Notas de la autora:

Damas, muchas gracias por la paciencia. Tenía este chap para la semana pasada, pero no sé qué me pasó, me dio un arrebato y lo volví a borrar y a empezarlo de nuevo hasta que me encajaron las piezas. A Amy Kawaii Candy, Crimela, Antotis, Lyldane, Suiseki, IRomi, MarianUchiha, y a Fluoradolescent siempre agradecimientos por sus preciados comentarios y MPs, al igual que al resto por las lecturas y los favs/alerts. Y qué demonios, por todo.

Feliz domingo y mis mejores deseos para la nueva semana.

Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Kishimoto Masashi.


El valor del silencio

por Shizenai

Capítulo XXXVI – Un Ángel de la guarda

Itachi se removió nuevamente sobre el camastro encajado entre un montón de maderas que pretendían ser una despensa en la segunda planta. Sakura ya le había asegurado que no debía preocuparse del susurro de Yuri, que sólo había estado asustada y él mismo encontraba razonable que no supiera lo que decía en aquel entonces antes de que partieran. Sin embargo, su actual incapacidad para conciliar el sueño era muestra suficiente de que no la creía. De todas formas, no es que dudase de la palabra de la chica Haruno, pues, incluso cuando sus labios componían mentiras piadosas, sus ojos de jade acababan revelándole la verdad igual que un misterioso copo de nieve al derretirse en la palma de una mano cálida. Aún así, que Sakura creyera que un susurro era simplemente un par de palabras suaves en la boca de una niña, dejaba bastante claro que aún tenía mucho que aprender del mundo fatal que la rodeaba.

«Sólo un susurro.» Se repitió incrédulo, y después, soltó un bufido.

Para él no era ninguna sorpresa. A lo largo de su exaltada vida había comprobado cómo un susurro aceleraba el corazón del hombre más insensible que jamas hubiese conocido; había visto cómo un susurro anticipado detenía una guerra que fue zanjada con mandobles de acero en sus propias manos; y en otras ocasiones, quizás las más frecuentes, Itachi había aprendido que un susurro asustadizo en la oreja adecuada podía desgarrar en cuestión de horas la garganta de cualquier individuo incluso al otro lado del mundo. Los susurros mentían, confesaban la verdad, engatusaban, envenenaban lentamente, excitaban, suplicaban y estaban cargados de odio... Un susurro era, por sobre todo, un instrumento peligroso hasta en los labios de una niña.

No era tan descabellado pensar que incluso la hija de la mesera, una niña inofensiva pero confinada en un mesón lleno de viajeros, pudiese haber oído el rumor acerca de cierto muchacho de Konoha que recientemente había sido atrapado en una brutal batalla; la misma en la que había participado él, la misma que había derrotado a Hoshigaki Kisame sin que su imponente fuerza hubiese sido suficiente para sobrevivir a un enfrentamiento directo contra un jinchūriki descontrolado. Si la niña había oído sólo un mísero cuchicheo al respecto, todo era cuestión de que anudara cabos: el susurro de Yuri podía revelarle a Sakura que él no le había contado todo lo que sabía. Aunque..., puede que sólo estuviese suponiendo demasiadas cosas.

Se retorció otra vez, acomodó mejor la cabeza en el brazo que estaba usando como almohada y se encontró plenamente concentrado en no abrir los párpados. Aquello era una pesadilla. Acto seguido, un chirrido en la bisagra podrida le hizo saber que acababa de perder un ala de la ventana. La claridad de la luna llena fue el menor de sus problemas cuando comenzaron a colarse también ráfagas de aire helado y batallones de insectos ruidosos.

Itachi suspiró sonoramente.

Se dio media vuelta para quedar de cara al techo agujereado de aquella inhabitable casita, y volvió a pensar en Sakura. ¿Amaba realmente al hombre que había detrás de su disfraz? Seguro ¿Confiaría ciegamente en él incluso cuando sus actos no se correspondiesen con sus pensamientos? Ya se lo había demostrado, pero... ¿hasta cuándo duraría? ¿Dónde estaría el límite para ella entre lo comprensible y lo inaceptable?

… ¿qué cambiaría cuando descubriese que él había atacado a Uzumaki Naruto, el amigo que tanto se esforzaba en proteger?

Desde luego, cabía esperar que aquel gesto poco honesto por su parte pretendiera protegerla de un daño que ya era irreversible. Pero, Sakura no lo entendería ni le perdonaría aquel silencio, no cuando siempre había demostrado anteponer el bienestar de sus amigos al suyo propio. Y, sin embargo, ¿cuántas veces había dudado en susurrarle a ella la verdad? ¿En cuántas ocasiones estuvo a punto de romperle la sonrisa para decirle en voz baja que él había encerrado a su amigo en una mazmorra fría hace mucho tiempo, mientras ella conservaba aún las esperanzas de que Akatsuki jamás lo alcanzaría?

Probablemente, muchas más veces de las que podía contar con los dedos de las manos.

Posteriormente, con el paso del tiempo, de cada confidencia nunca antes dicha, de los besos más sinceros, de cada reconfortante abrazo, fue más difícil decidirse. No estaba seguro de si se lo impedía el miedo a perderla, peor aún, que lo odiase, o la idea de hacerle daño. Por consiguiente, se había permitido pensar que brindarle una vida entera a su lado —siendo, por supuesto, no una de las mejores elecciones que ella se merecía— la haría mucho más feliz que conocer la realidad de sus actos. Había decidido sobre lo que era mejor para ella, como ya hubiese hecho hace años con su hermano.

Y... ¿y si volvía a equivocarse... de nuevo?

Nada ganaba con lamentarse sobre lo inevitable. Qué importaba si era él o cualquier otro quien le daba caza, Naruto estaba sentenciado a ser el objetivo de peligrosos planes durante el resto de su vida. ¿Qué significaba eso para él si a cambio podía garantizar la seguridad de la ninja?

Absolutamente nada.

Esa gélida certeza daba vueltas en su cabeza, la inundaba de remordimientos, se deslizaba por cada terminación nerviosa y se concentraba en aquella porción compartida entre el omoplato izquierdo y el cuello donde ya había recibido un zarpazo del demonio de nueve colas. Quemaba y dolía. Jamás había dejado de hacerlo desde su batalla. Entonces, recordaba además las palabras del rubio cuando lo hubo visitado por primera vez en las mazmorras; su voz rasposa, indómita, casi una maldición que retumbaba como un soniquete en su cabeza:

«Ahora que me tienes a mí, déjala ir a ella. Protégela hasta que esté sana y salva», le rugió en el oído, en un tono todo lo osado que podía esperarse de él. Por supuesto, Uzumaki había hecho acopio de su fortaleza para añadir además matices como «Uchiha de mierda» y «te mataré con mis propias manos», entre otros muchos más halagos que no tenían relevancia ahora. Pero, sólo hasta entonces, Itachi había comprendido que si aquel chico se encontraba encerrado allí y él todavía con vida al otro lado de la celda, era porque se había entregado a la organización voluntariamente, con la única esperanza de que él accediera a liberar a su amiga.

Itachi conocía el sacrificio demasiado bien como para no distinguirlo en sus ojos azules y sangrientos de ira, tan transparentes e inútiles para mentir en notorio contraste a los suyos; negros, impenetrables y misteriosos.

¿Cómo podía cumplirle a Uzumaki aquella promesa sin faltar a las que le imploraban los labios de la propia Sakura mientras le pedía una y otra vez que no se alejara de su lado nunca?

Quizás por entonces ya era demasiado tarde para aceptar la propuesta de Naruto: él ya estaba enamorado de ella y su primer error había sido demostrárselo.

Nada de aquello importaba en realidad. La decisión estaba tomada. Pronto se marcharían, escaparían del sino que conllevaba permanecer en la organización y cualquier secreto concerniente al jinchūriki de Konoha lo acompañaría hasta la tumba.

Nunca. Jamás. Definitivamente, ella no debía saberlo.

Ya se había permitido relajarse, el sueño volvía más pesados los párpados de sus ojos, deshacía los nudos aparatosos que tensaban ciertos músculos de su cuerpo y la vista se tornaba turbia, tramposa. Veía recuerdos reflejados entre las vetas de la pared, sombras engañosas, cercanas. Inmediatamente escuchó un sonido más allá de su propia ensoñación. El crujido de la carcomida madera bajo unos pies ligeros y descalzos. Se cernía lentamente sobre él, con la perfecta silueta de un ángel oscuro, casi macabro.

Los luminosos ojos le recorrieron el cuerpo de un extremo a otro, y luego, le siguieron sus manos, tan atrevidas y perturbadoras que Itachi hizo ademán de incorporarse hasta que sintió un nuevo peso sobre sus caderas. En un intento por que nada resultase demasiado precipitado, le colocó ambas manos en la cintura, notando que la presión se acrecentaba sobre esa zona donde cualquier otro hombre habría deseado tener sentada a aquella diosa.

Quería mirarla a los ojos y componer alguna protesta, pero el cuarto estaba anegado de tinieblas, al igual que sus pensamientos. Los labios de ella se adelantaron, dando paso a un gemido que rasgó el silencio, las uñas le arañaron la piel cuando se filtraron bajo los pliegues de su ropa, y finalmente, ella absorbió su primera negación con un beso.

La joven le atrapó el labio inferior mientras notaba cómo tiritaba el resto de su cuerpo de un frío insano. Él no se movió, ni siquiera lo había hecho cuando lo mordió, se separó un instante para mirarlo a los ojos y volvió a inclinarse para besarlo de nuevo mientras entrelazaba sus delgado brazos alrededor de su cuello. Ninguno de sus evidentes encantos parecía provocarle ningún efecto.

Un suave forcejeó hizo que desplazara lentamente sus generosas curvas femeninas, y un claro de luna que se filtró por la media abertura de la ventana recientemente rota, le detalló su rostro, perfecto, pincelado, ni el carmín borroso de sus labios ni el maquillaje arruinado de sus ojos decaían su belleza.

—No —le pidió en un susurro ronco cuando el resto de su cuerpo ya se había negado.

Ella no cedió. El demonio que articulaba magistralmente su cuerpo le atrapó los hombros para obligarlo a reposar nuevamente sobre la superficie mullida de aquel camastro. Le sujetó los brazos por encima de su cabeza; ella era fuerte, muy fuerte. Los labios de fresa volvieron a encontrar su boca otra vez más, en su posición dominante, y lo que él deseaba se resolvió en una mirada reprobadora que lo apuñaló después de haber tirado firmemente de sus cabellos de seda.

—¿Por qué? —inquirió indignada—. Ni que fuese la primera vez que nosotros...

—Konan, la persona que tú quieres amar de verdad está justo a unos metros de distancia. Yo no podría llenar ese vacío. Nunca antes ha dado resultado, ¿no?

La joven se escandalizó, clavó fuertemente sus largas uñas en la palma de su mano y golpeó el hombro del Uchiha en un berrinche que bien podría haberle dejado un moratón. Luego se apartó de su regazo, se deslizó hacia el borde del catre y volvió a subirse la gabardina hasta que la tela le bordeó los hombros.

A simple vista, acurrucada y temblando, a Itachi casi le parecía una chiquilla desamparada. Por supuesto, tan mortífera como el resto de sus encantos.

—Konan...

—¡Cállate! —Lo miró a él por encima del hombro, que ya se había incorporado y sentado justo al otro extremo del mueble—. No me mires así, Itachi. No te consiento que me trates como si fuera idiota o una pobre chica desvalida...

—No te miro de ninguna manera.

—Exacto —continuó–. No lo haces, como sí por alguna ridícula razón creyeras que no te ves mucho más patético que yo misma.

El shinobi se llevó el dedo pulgar y el índice al puente de la nariz. Era demasiado pronto para empezar el día discutiendo.

—¿Alguna vez en todos estos años te he menospreciado, Konan? No me creo que después de tanta complicidad consideres que el modo en que te he demostrado mi aprecio no era sincero.

—Oh, vamos. No trates de hacerme creer que somos amigos.

—No somos amigos —le aseguró él—. Pero desde que llegué aquí has sido lo más parecido a un camarada y, ¿sabes por qué? Porque tanto tú como yo tenemos razones más fuertes que nuestros propios deseos para permanecer en la organización, incluso cuando el peso de vestir estas nubes cada días nos ahoga. Eres la única que puede entender cómo me siento permaneciendo atado aquí. Nunca olvidaré eso.

—Pero ahora quieres matarme.

—No —le respondió, tratando de ser lo más gentil que podía—, si no me obligas a elegir, y por favor te pido que no lo hagas porque tal vez las cosas no resulten como tú quisieras.

Algo se conmovió en su corazón a pesar de todo. Era complicado mirarla a esos ojos que brillaban con sutileza, cuando era tan evidente que ya había estado llorando durante horas. No a causa suya, como le resultaba obvio, ella sólo encontraba más sencillo saciar su rabia sobre él, como tantas otras vece había hecho antaño.

—Pain tiene razón. —Se delató al fin. El origen de sus alegrías y sus desasosiegos siempre resultaba ser él—. La gente sólo me ve como a una fulana idiota. Quería creer que no, pero al final siempre acabo siendo utilizada. Nunca debí confiar en ti y seguramente tampoco debía haberlo hecho en Goro. Incluso puede que tenga que darte las gracias por haberme ahorrado el desengaño. No soy tan necia como para creerme que no tenías un verdadero motivo para eliminarlo. Y ahora, tú también quieres irte, y abandonarme como si yo... como si no fuera...

—Konan. —Ella se tensó al notar la cercanía de su cuerpo cuando se deslizó entre el sonido de frufru de las sábanas—. No puedo compartir contigo todo lo que pienso, si lo hago, corro el riesgo de que discordemos, y no quiero que llegue el momento en que tú y yo tengamos que enfrentarnos.

—¿Contarme qué? ¿Que la quieres sólo para ti aunque pertenece a la organización?

—Sí.

Él se arrodilló frente a ella por el respeto que alguna vez se habían tenido, le deshizo una lágrima que se contoneaba al borde de sus preciosos ojos, y Konan encontró ese contacto demasiado tierno para la rabia que sentía internamente hacía él. Ya ni siquiera se molestaba en responderle lo que quería oír para tenerla satisfecha.

—No te pido que colabores conmigo en mi deserción, pero no te interpongas. Ya he cumplido con mi obligación en este sitio, mi marcha no va a interferir en tus asuntos. Ya no te sirvo de nada aquí, y me temo que Haruno Sakura tampoco.

«Mal rayo te parta...», pensó la chica. ¿Es que ni siquiera él, que le había parecido más perceptivo que el resto, podía darse cuenta de que sufría como cualquiera? Nunca había pertenecido a ningún hogar, a ninguna familia. La gente en la que se apoyaba a menudo la dejaba sola como si únicamente fuese un trasto roto que pudiera repararse con el tiempo... Si pensaba que podía marcharse delante de sus narices sin que ella hiciese nada por no perderlo, es que la había tenido por muy poca cosa...

—No necesito tu consuelo. No de alguien tan ridiculizado como tú —graznó con una mirada sombría, apartando de una manotazo los dedos que le había estado acariciando el rostro—. ¿Cómo puedes ser tan necio? ¿Qué, si me opongo? ¿Crees que te tengo miedo? ¿Que no estoy preparada para que me desgarres el cuello mientras duermo en una demostración bastante digna de lo bien que se te ha dado siempre traicionar a las personas que te querían?

Aquel veneno escupido de sus labios debería hacer efecto, pero no lo parecía. Itachi le fijaba los ojos con cierta compasión, como cualquier hermano mayor que soportara comprensivamente la rabieta de un niño pequeño, y al final, sólo a ella parecía quedarle en el paladar el regusto amargo de la derrota.

—Eres astuto, Itachi, pero no lo suficiente para percatarte de la venda que aprieta esa pequeña zorra en torno a tus ojos. —Quiso interrumpirse, degustar en esas pupilas de el dolor anticipado de esa misma traición con la que él le pagaba—. Cuéntame más, en tu maravillosa idealización de los acontecimientos, ¿ella arruinaría su fantástica vida como sucesora de la Hokage para pudrirse en un agujero nauseabundo con un asesino? ¿Se te olvidó por casualidad lo que eres y todos los crímenes que has cometido? Puedo anunciártelos uno por uno —bufó con crueldad—. Nunca alcanzarás esa felicidad, Itachi, nunca podrás huir de ti mismo. No te lleves a engaños, tu lugar sigue estando entre nosotros. Si ella te hizo creer que podría cumplir todos tus sueños, me temo que cuando te abandonó hoy, se los llevó consigo —le confesó por fin.

Konan emitió un sonido ronco que aspiraba a ser una carcajada triunfadora, pero no lo sintió así. El resplandor que veía en la mirada negra se ocultó tras una nube oscura, y muy apresuradamente, notó un estado de inseguridad en aquella habitación pese a que no estaba sola. Incluso si él intenta algo y ella gritaba, Pain la escucharía.

—¿Quieres gimotear como una nenaza a la que acaban de partirle el corazón, o prefieres que te consuele yo ahora...?

El Uchiha se oprimió contra ella, la gabardina que la cubría volvió a resbalarle por el cuerpo cuando intentó detenerlo, y un quejido agudo escapó lastimosamente de sus labios en cuanto notó la presión de unos dedos alrededor de su fina garganta de cisne. Algo parpadeó en sus ojos oscuros; la muerte roja. La estructura del camastro gimoteó ruidosamente ante sus intentos por zafarse de aquel presagio, en cuanto la falta de oxígeno le nubló la vista, sus uñas dejaron de tener energía para arañar la mano que la obligaba a perder el conocimiento.

—¿Qué habéis hecho con ella? —preguntó el Uchiha en un tono áspero, distorsionado, irreconocible; la advertencia tácita de que no debía dejar que lo repitiera por segunda vez. Konan se retorció bajo él, con poco aliento, le indicó la dirección con un gesto vacilante con la mano. Después, él se inclinó para susurrarle al oído antes de que la inconsciencia se la llevase del todo—: Espero que recuerdes este día y que te di la oportunidad de apartarte en el instante en que escogiste convertirme en tu enemigo. Cuando la frialdad de mi katana te roce el cuello, necesitarás acordarte de por qué me obligaste a acabar contigo.

Se despidió de ella con una última mirada fulminante, aunque Konan ya no lo veía. En su último pensamiento antes de perder el sentido, suplicó que todo aquel arranque hubiese sido únicamente producto de un impulso, y no de la promesa que acababa de consagrarle.

La puerta de aquel caserío se cerró tras él con un estruendo horroroso. Cada endeble madera pareció temblar tras el sonoro portazo, amenazando con venirse abajo a la más leve ventisca. Aunque, sólo le recibió el silencio en el exterior y la mirada del amanecer apuñalando el cielo a lo lejos. Itachi trató de pensar fríamente, pero le abordaron demasiados malos designios. Algunos le hacían flaquear las rodillas a medida que componía un nuevo paso, y aunque le costaba creer que Sakura hubiese desaparecido delante de sus narices sin que él pudiese haber hecho nada para impedirlo, no la encontró en su lugar cuando alcanzó el muro derruido en el que se apoyaba nerviosamente Suigetsu. Cualquiera habría dicho que lo estaba esperando.

—Hey, hey, quieto ahí, amigo, te estás equivocando —balbuceó el muchacho, horrorizado, alzando las manos en un torpe intento de alejarlo.

Cuatro pares de ojos eran demasiados para que una chica malherida y maniatada pudiera escaparse sola, probablemente, lo único que aterraba a Suigetsu era saber exactamente lo que había ocurrido..., y él pensaba averiguarlo.

Ni siquiera le respondió. Apretó las mandíbulas para evitar darle la paliza de su vida allí mismo, y sintió el calambre en los dedos cuando lo atrapó por el cuello de su uniforme incapaz de regular toda esa fuerza que duplicaba la ira.

—¡Oye, suéltame, te estás precipitando! —gimoteó el espadachín, tratando de acoplarse al ritmo de sus pasos mientras era arrastrado bruscamente—. Yo nunca le haría daño a ella... Por los siete infiernos, ¡cálmate, te van a ver todos!

¿Qué lo importaba ya eso? Tanto Konan como Pain eran conscientes de sus sentimientos hacia Sakura. Seguramente, incluso el propio Suigetsu lo sabía. Lo había sopesado desde el principio, antes de que le hubiese jurado la libertad a ella la noche anterior mientras la tenía aún entre sus brazos... ¿Cómo era posible que todo eso se hubiese esfumado en cuestión de horas? Ella nunca intentaría escabullirse sin él, si lo había hecho en contra de su voluntad...

—No te preguntaré cómo está ella, porque aún soy susceptible de confiar en que no tienes del todo la cabeza hueca —comenzó a decirle, ignorando sus manotazos—. Tanto daría que te hubieses ensartado con esa espada si resulta que ella ha sufrido el mínimo daño mientras te quedabas mirando, haré que te la tragues hasta la empuñadura. Aunque siendo honesto contigo, haré que te la tragues de cualquier manera. Si ibas a cruzarte de brazos mientras Pain la forzaba, no debiste ayudarla desde el principio. Si fue el miedo al líder lo único que te hizo cambiar de opinión, es que estás asustado del hombre equivocado.

—Al igual que tú —le respondió una tétrica voz.

El Uchiha se paró en seco, mirando la maraña espesa que eran las ramas de los árboles al pelearse entre ellos por encima de su cabeza, y luego, viró hacia el camino que había dejado imprudentemente sin vigilancia tras su espalda. Los jadeos inconstantes de Suigetsu le impedían analizar con claridad cada pequeño murmullo de su alrededor, pero enseguida, tuvo su cadavérica figura resplandeciendo en un extremo opuesto. Nada lo diferenciaba de un fantasma. Introdujo lentamente el dedo corazón sobre la anilla del shuriken que siempre llevaba anudado al cinto, y por suerte para él, Suigetsu le apretó la mano en un disimulado movimiento. «No» pareció decirle con sus traslúcidos ojos.

—A alguno de mis hombres les parecería una amenaza lo que estabas farfullando —consideró Pain. Se adelantó, rodeó un árbol y quedó a un escaso palmo de él—. Esto no es propio de ti, la angustia con frecuencia nos hace perder los estribos. No voy a juzgarte por la estupidez que has cometido hace unos minutos con tu compañera. Aunque, quizás ya te sea indiferente. ¿Será acaso que a nuestro amigo Uchiha ya no le importa que todo el mundo sepa exactamente lo que está pensando?

—Oh, me encantaría tener tiempo para ti. Lo sacaré de alguna parte, te lo aseguro, al igual que lo haré para acabar lo que empecé con ella —sugirió, haciendo un movimiento de cabeza hacia el caserío—. Ahora mismo, en cambio, tengo otras prioridades. Si me disculpas...

—Me parece que no. —Pain alzó un brazo hacia el tronco del árbol que luego le golpeó a él en el pecho—. No tengas tanta prisa. Si te sobra un minuto probablemente te gustaría saber lo que ha sucedido aquí hace unas horas.

—No lo sé... ¿Me gustaría?

El líder frunció los labios con expectación. El crujido de hojas secas hizo que Itachi volviera a centrar su atención en el muchacho de la enorme espada, entrecerró los ojos lentamente, y el chico miró hacia otro lado fingiéndose ajeno al asunto.

—Quién te lo iba a decir, ¿verdad? Parece que ahora lo entiendes —adelantó Pain—. Haruno está viva, pero no está aquí. Ha sido ella quien le ha pedido que la lleve de vuelta al refugio. Lejos, muy lejos de tu alcance. Vaya... ¿crees que después de todo la has defraudado?

—¿Quién ha sido? —exigió saber con resquemor. Aquello era broma, tenían que estar tomándole el pelo—. ¿Con quién se ha ido?

Hasta el último aliento le abandonó el pecho.

—Con tu hermano.

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El amanecer del tercer día la sorprendió despierta. Tal vez, puede que fuese el cuarto día, o incluso el primero. Ya no estaba segura. El tiempo era relativo, mentiroso. Las horas se sucedían rápidas y lentamente a la vez. Puede que fuese culpa de la fiebre y el dolor por las heridas que no cesaban de supurar olor a enfermedad y auguraban propósitos incluso peores. En cualquier caso, había sido una eternidad sin Itachi y sin la sonrisa que le llegaba a los ojos cuando lo descubría mirándola y pensando en algo divertido... ¿Se habría dado cuenta ya de que se había ido? ¿Cuánto tiempo había pasado realmente desde entonces?

No lo sabía, y tampoco quería pensar en ello.

Si volvía la vista atrás para cerciorarse de que eran realmente tantas las leguas que lo separaban de él después de tantísimo tiempo a su sombra, no estaba segura de cómo reaccionaría. Quería volver sobre sus pasos, por lo menos, para concederle la explicación que Sasuke no le había permitido darle pues, muy a su pesar, estaba también convencida que de haberlo hecho jamás habría sido posible aquel viaje necesario, necesario como ninguno antes lo había sido. Mientras la debilidad y los remordimientos se apoderaban de ella, se esforzó en pensar en las palabras que le había prometido Uchiha Sasuke antes de partir, hasta el punto en que ya no fue capaz de pensar en otra cosa:

«Sé perfectamente dónde se encuentra guarecido Naruto. Está solo, muy herido, pero aguantará. No puedo prometerte por cuánto tiempo, pero podrás hacer algo por él si logras confiar en mí y no hacer más preguntas hasta que lleguemos. Si tú cumples parte del acuerdo que tuvimos, estoy dispuesto a llevarte ahora mismo hasta allí. No lo dudes, te necesita ahora más que nunca. Luego, te dejaré ir a donde te plazca. Tendrás esa libertad que tanto ansias. Te lo prometo.»

La consternaba oír de sus labios tanta frialdad al referirse al amigo que jamás trataba como "nuestro", no podía más que reprocharle el egoísmo de haberlo abandonado a su suerte cuando podía haberlo ayudado mientras sólo retrasó ese hecho para venderlo como moneda de intercambio por una técnica médica de la que ni siquiera disponía garantías. Sin embargo, el tono casi imperturbable de su voz le hizo comprender la gravedad de la situación. No podía desperdiciar el tiempo pensando si estaría cometiendo un error al creerle. Las dudas significaban regresar atrás, y aquello, a su vez, podía suponer el fin de Naruto.

No podía arriesgarse a perder algo más que su vida que, aquella mañana en concreto, parecía ser muy poca. La garganta se le resacaba y le ardía como si aguantara un enjambre de abejas en la entrada del estómago; ningún antojo por alimentarse la sobresaltaba más que los cortos sorbos de sake aguado que le humedecían los labios aun si sólo fuese para mantenerse lúcida; la horrorosa brecha de la cara le dolía tanto que le costaba contener las ganas de arrancarse la piel de un tirón, y poco, o casi nunca sentía el menor gusto por seguir respirando.

Sabía que era a causa de la infección, del cansancio, de su condición febril. No descansaba apropiadamente desde que Sasuke y ella habían partido entre lodazales y pantanos infinitos, y ella tampoco se lo pedía siendo consciente del estado en el que podía encontrarse su rubio amigo. En ocasiones, era curioso contemplar cuán precavido podía ser el Uchiha cuando se trataba de su hermano mayor, como si toda precaución fuera poca y temiese que en cualquier momento pudiera plantarse delante de sus narices entre un revuelo de plumas negras y cuervos escandalosos. Su falta de piedad hacia ella y las atenciones que requería le desinflaban el espíritu, puede que incluso ésa fuese su idea desde el comienzo...

«No... Claro que no...», se dijo a sí misma. Sasuke jamás se tomaría tantas molestias para matarla. Tenía que confiar en él, a pesar de todo, no podía dejar de verlo como su amigo y él debía guardar —aunque sólo fuese una pizca— el cariño hacia los que por tanto tiempo fueron sus compañeros, y más aún, la única familia que le quedaba.

Pero, como comprendió muy pronto, no todo dependía de la confianza y los vanos presentimientos. Se sentía débil, muy débil...

Un pinchazo helado le palpitó en el pecho. Sus ojos verdes se dilataron de puro dolor y notó la intensa convulsión que le sacudía cada centímetro del cuerpo. Los párpados querían cerrársele, pero los abrió de nuevo. No podía acabar allí. No sin haber hecho algo decente por salvar a Naruto ahora que lo tenía tan cerca. En medio de su desolador miedo, saboreó la sangre propia en la boca y pensó en que aún tenía demasiadas cosas sin resolver para que la vida se le apagase de pronto. No obstante, al sentirse tan desprotegida, el ardor casi insoportable de las lágrimas le cubrió los ojos casi resignándose a lo que estaba a punto de suceder.

«Sakura», oyó su nombre pronunciado de unos labios que hacía demasiado tiempo que no la llamaban con inquietud. La forma borrosa de su perfecto rostro se formó ante ella mientras notaba cómo la estrechaba entre sus brazos y le sacaba la lengua para que dejara de mordérsela y ahogarse en su propia sangre.

—Sasuke —barbotó, en un tono que no parecía un sonido—. No me traiciones.

Y..., aquél último impulso por aferrarse al kimono del sorprendido muchacho se llevó su último brote de energía.

Nada de lo que pudo representarse en el escenario abstracto de su cabeza es digno de ser mencionado aquí. El ardor que saturaba sus venas alimentaba su fiebre, y con ella, su vehemencia.

Ese tiempo alejada del mundo la hizo recuperarse, aunque sólo levemente. Una vez abrió los ojos sólo para darse de bruces con un cielo que ya no era tan similar al que Sasuke y ella habían contemplado a través de kilómetros y kilómetros de viaje. Pero, tampoco le importó. La siguiente ocasión en la que recuperó la conciencia se topó con los ojos diminutos y sabios de una anciana muy gruesa que la obligaba a tomar un caldo espantoso y, al instante siguiente, la anciana había rejuvenecido y era incluso hermosa, sin ese olor a pelo de gato mojado que había captado al principio. La imagen de aquella joven también se desvaneció tras sus párpados, y un tiempo después —tanto darían cinco minutos que cinco años— el eco de voces volvió a dar portazos a sus sentidos.

—Tienes suerte de que no me hubiese marchado todavía —escuchó Sakura. Era una voz desconocida, desgastada, casi rozando lo inhumano—. Salvarte la vida una vez es pura cortesía, pero requerir de mi atención cuando ni siquiera han pasado diez días desde entonces, me parece un claro abuso de mi altruismo.

—¡Abuela! —gritó una chica—. Por supuesto que Sasuke es bienvenido siempre a nuestra morada.

—Evidente, querida. Demasiado bien sabes que sólo estoy bromeando.

No hace falta señalar que Haruno estaba bastante interesada en seguir escuchando la conversación mientras despertaba paulatinamente de su letargo. Después de todo y en su estado, era lo único que se veía capaz de hacer y, no por mucho tiempo. Enseguida, notó el cargado aire del ambiente y empezó a toser sintiendo dolor en el pecho: era una rara mezcla entre almizcle, incienso y pelo de gato. Abrió los ojos con dificultad y giró la cabeza lentamente para darse cuenta que su borrosa visión no le permitía distinguir nada más que siluetas turbias. Tardó mucho en cerciorarse que se trataba únicamente de la enorme nube de humo que recreaba una y otra vez una robusta anciana mientras fumaba con parsimonia de una enorme pipa de colores.

Tendida como estaba ella sobre alguna especie de lecho esponjoso y muy cálido, divisó también a la jovencita que juró haber visto antes, y al Uchiha acomodado sobre un mullido cojín entre ambas extrañas. En cierto modo, la actitud descuidada con la que apoyaba la cabeza en su brazo y extendía ambas piernas sobre la mesita central, le daba la sensación de que estuviese aburridamente descansando en el salón de su propia casa.

—No quiero que te sientas presionada, pero necesito que te des prisa —esbozó por fin la única voz que Sakura conocía.

—Oh, cielo, no es necesario que me supliques. Te aseguro que en un par de horas se sentirá como nueva.

—Estaba muy herida...

—Lo estaba, pero eso fue antes de tratar con mi nigromancia. ¿Alguna vez te he fallado? No quieras hacerme recordar esos tiempos en los que venías llorando, magullado y lleno de barro hasta los calzones. Incluso entonces lucías peor que ella, y eso que sólo venías de haber estado cazando ranas en el parque... Esas horribles heridas hacen latir de dolor el corazón de tu pobre abuela...

—Abuela, por favor, no incomodes a Sasuke —insistía la chica.

Una rosada ceja se alzó imperceptiblemente por la frente sudorosa de Haruno... ¿Quién era aquella fulgurante y extraña mujer? Desde luego, no podía tratarse de la abuela de Sasuke. Ella había muerto también la noche del exterminio del Clan Uchiha.

—Sé que tengo mucho por lo que darte las gracias, abuela, te prometo que esta será la última vez.

—No hables así, muchachito. Suena como si no fueras a volver a visitarme.

Un silencio demasiado expresivo se expandió tras la bocanada de humo de la anciana y, algo en la fija mirada de sus minúsculos ojos hizo que el chico se removiera sobre su espacioso cojín.

—¿No estarás pensando en llevar a cabo otra vez esa estupidez? —inquirió la señora, muy severa—. No voy a ayudarte si ése es el caso. La última vez que tu hermano y tú vinisteis aquí juntos fue para comer manzanas con especias y mostrarme las nuevas cicatrices que habíais conseguido el uno del otro con vuestros tontos juegos de guerras, ninguno de los dos daba por entonces más sombra que un renacuajo. Esta pobre vieja no ha aguantado viva por tantos años sólo para ver cómo uno de mis chicos regresa moribundo y bañado en la sangre del otro. Si tu padre supiera que consiento tales cosas...

—Mi padre está muerto.

El estallido de una taza llenó la estancia durante unos segundos, después de haber resbalado de las manos de la chica cuando se disponía a colgarla en un estante.

La anciana, por su parte, volvió a dar una profunda calada de su pipa, antes de expulsar el espeso humo y reclinarse para tratar de leer en sus ojos.

—Y si asesinas a tu hermano, eso tampoco lo hará volver.

Sasuke no se movió. Cruzó los vigorosos brazos por encima del pecho y torció el rostro en una expresión tozuda y persistente.

—No me interesa si estás o no de acuerdo conmigo. De todas formas, no hay nada de ti que pueda utilizar en su contra. Lo único que necesito es lo que puede darme ella. Por eso tienes que ayudarla.

La mujer esbozó una mueca reprobadora.

De verdad que aquellos retorcidos planes de Sasuke para garantizar la salud de su hermano únicamente con el propósito de enfrentarse después a él en un combate de igual a igual, hacían que el descubrimiento de Sakura por aquel fármaco regenerativo supiese más amargo que extraordinario.

Estaba muy enfurecida mientras lo miraba ceñuda desde la distancia cuando unos enormes y redondos ojos amarillentos se plantaron a un centímetro de su rostro. Soltó un grito de inmediato. El gato maulló lánguidamente mientras era lanzado por los aires y la chica de melena castaña se apresuró a socorrerla para que se calmara

—¡L-lo siento mucho! —sollozaba la joven sonrojada de vergüenza—. Rooni es verdaderamente curioso con nuestros huéspedes y a veces puede comportarse de forma bastante grosera con los extraños. ¿Se encuentra bien, se ha hecho daño?

Entendió Sakura enseguida que Rooni era el ya espantado gato grisáceo. Sus confusos ojos repasaron la habitación para darse cuenta realmente de que la estancia estaba repleta de mininos de todas las razas y de todos los colores. Incluso la robusta señora sentada en el cojín parecía una Abuela Gato. Cuando volvió a prestar atención a la chica para darle una respuesta, encontró sorpresivamente que las heridas de sus cuerpo se portaban como si no las tuviera.

—Oh... —esbozó en su ingenuidad, y abrió mucho los ojos a la vez que hacia movimientos pausados con las articulaciones de sus brazos.

—Agradable, ¿verdad?

La anciana se levantó del enorme cojín rojo que inmediatamente volvió a recuperar su forma. Caminaba como si cada uno de sus pasos requiriese de mucho esfuerzo, y al sentarse en el taburete frente a ella, justo al borde de aquella cama, entendió que tenía mucho más de felina que de humana.

—Aún es joven —musitó la anciana al ver la tristeza en sus grandes ojos de jade al mirar al Uchiha, y la mirada hosca de éste hacia ella. Se acercó medio casco de coco con un ungüento que olía a rayos y se lo aplicó dulcemente por la cicatriz del rostro—. Si has sobrevivido a una experiencia espantosa, deberías agradecer esa suerte y abstenerte de esparcir tus flechas sin ninguna prudencia, sólo preguntándote día tras día por qué sigues con vida en vez de asumirlo como un regalo. Nunca sabes cuando una de ellas pueda darle de lleno a tu Ángel de la guarda. ¿Y qué haría cualquier idiota sin su Ángel?

Sakura la miró con los ojos bien abiertos. La Abuela Gato extendió una sonrisa discreta que adornó con un guiño con el ojo, y al instante, comprendió que aquellas palabras era realmente dirigidas a él.

¿Cuánto más podría saber aquella anciana ermitaña sin que fuese sutilmente insinuado a través de su lengua?

Con la caída de la luna, en el momento de la despedida, la ninja médico se exaltó en reverencias hacia la abuela y la nieta que tan amablemente la habían cuidado. Mientras Sasuke esperaba aburridamente a las puertas de aquella caverna, Sakura insistió en que debía de haber una forma de pagarles toda aquella atención, y entonces, la anciana le sonrió de nuevo.

—Nunca había visto algo así antes, muchos diferentes y exóticos, pero jamás uno tan hermoso. Ya que insistes tanto, ¿me darías un mechón de pelo?

La pregunta la tomó con tanta sorpresa que no pudo evitar buscar la aprobación del Uchiha mientras éste se desentendía encogiéndose de hombros.

—Claro que sí.

Cuando la anciana hubo obtenido su obsequio y Sakura regresó junto al muchacho con una apetitosa manzana roja que mordisqueaba alegremente, su acompañante no pudo evitar desequilibrar esa sonrisa con un bufido altanero.

—No sabes nada de brujas, ¿verdad?

La chica lo miró de reojo. La verdad es que sí que lo sabía. Durante su permanencia en Zalath'elein junto a Hoshigaki Kisame y Uchiha Itachi, había tenido por fortuna toparse con una de ellas, y... la experiencia no podía ser calificada de memorable.

—Dicen que las que se ocultan en las cavernas de los bosques son las peores, sobre todo si saben hablar con animales. Siempre están esperando que alguna muchachita indefensa se acerque a sus maléficas calderas. ¿No te inquieta para qué clase de conjures podría necesitar un mechón de pelo?

Sakura palideció mientras él la miraba con obviedad. Trató de acordarse de la sonrisa afable de la abuelita y de que aquello que cocinaba en su caldera no era ninguna pócima maligna, sino deliciosas manzanas con especias. Pero al final, se apartó de los labios la susodicha fruta roja para lanzársela desganadamente a su compañero.

—Toda para ti.

Él intentó aguantarle un instante más el porte serio hasta que, finalmente, compuso la más adorable carcajada que jamás le hubiese escuchado Sakura desde muchísimo... muchísimo tiempos atrás. Se frotó la manzana en la tela del pecho y le asestó el primer mordisco mientras la dejaba atrás.

Sakura arqueó una ceja mientras lo observaba alejarse... Seguía ella febril, ¿o Uchiha Sasuke acababa de gastarle una broma?

Aquello, como tantas otras cosas, nunca lo sabría.

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CONTINUARÁ...


Pensé que me daría tiempo a introducir una última escena, pero bueno, eso ayudará también a tener esa sensación de que realmente transcurrió el tiempo (por muy embotada que tuviese Sakura la cabeza xD).

¡Volveré lo antes posible! Se me cuidan, ¿ok? Saludos y abrazos...

Shizenai