Holaaa jeje ke tal todo? kreo ke ya es tiempo de conocer a la otra parte de la historia no les parece? jejee es la hora de James

recuerden de ke nada me pertnece

Capítulo 36

James Remington deambulaba por las habitaciones palaciegas de su casa de Monterrey. Aburrido e inquieto, observaba sus pertenencias. Las había elegido todas con mucho cuidado, ya fuera personalmente o a través de un decorador que seguía sus instrucciones concretas.

Siempre había sabido con precisión lo que le gustaba y lo que quería. Siempre se había ocupado de conseguirlo. Al coste que fuera y con el esfuerzo que fuera necesario. Todo lo que le rodeaba era un reflejo de su gusto, tan admirado por sus socios y sus colegas, y por cualquiera que quisiera entrar en cualquiera de esas categorías.

Pero a él todo aquello le disgustaba.

Pensó subastarlo. Podría donarlo a alguna buena causa de moda y conseguir un poco de buena prensa a la vez que se deshacía de cosas que ya no quería. Podría filtrar que se deshacía de esas cosas porque le recordaban dolorosamente a su difunta esposa.

Su adorada Marie, perdida para siempre.

Pensó incluso en vender la casa. La realidad era que le recordaba a ella. En Los Angeles no tenía ese problema. Ella no había muerto en Los Angeles. Desde el accidente iba muy pocas veces a Monterrey. No solía pasar más de un par de días y siempre iba solo. Por supuesto, no tenía en cuenta al servicio; para él los criados estaban en la misma categoría que los muebles: eran necesarios y tenían que ser eficientes.

La primera vez que volvió, el dolor lo desgarraba. Lloró como un desesperado tumbado sobre la cama que había compartido con ella, aferrado a su camisón, oliendo el aroma que desprendía. El amor lo consumía y el dolor amenazaba con devorarlo vivo.

Ella le había pertenecido. Cuando pasó el tormento, deambuló por la casa como un espectro, tocó lo que ella había tocado, escuchó el eco de su voz, percibió un resto de su aroma por todas partes. Como si ella estuviera dentro de él. Pasó una hora en el vestidor de su esposa y acarició toda su ropa. No se acordó de la noche que la encerró allí porque había llegado tarde a casa.

Se regodeó en su recuerdo y cuando no pudo soportar más estar en la casa, fue en coche hasta el lugar del accidente. Y estuvo llorando al borde del acantilado. El médico le recetó algunos medicamentos y descanso. Los amigos le arroparon con compasión. Empezó a disfrutar con todo eso.

Al cabo de un mes, ya había olvidado que le había insistido a Marie para que fuera a Big Sur ese día. Consiguió autoconvencerse de que él le había insistido en que no fuera, que se quedara en casa y descansara hasta que se encontrara bien.

Naturalmente, ella no le hizo caso. Nunca le hacía caso.

El dolor dio paso a la ira, una rabia que lo dominaba y que intentaba mitigar con alcohol y soledad. Helen lo había traicionado al salir en contra de su voluntad, al empeñarse en asistir a esas fiestas frívolas en vez de respetar los deseos de su marido.

Ella lo había dejado imperdonablemente solo.

Pero también pasó la rabia. Llenó ese vacío con una fantasía que se hizo sobre su matrimonio y sobre él mismo. Oyó que la gente hablaba de ellos como de una pareja perfecta a la que la tragedia había separado.

Lo leyó, pensó en ello. Lo creyó.

Llevaba uno de sus pendientes colgado de una cadena junto al corazón y consiguió que el medio de comunicación adecuado se enterara de aquel detalle. Se decía que Clark Gable había hecho lo mismo cuando perdió a Carol Lombard. Conservó la ropa de ella en los armarios, sus libros en las estanterías y sus perfumes en los frascos. Erigió un ángel de mármol en la tumba vacía; todas las semanas, recibía una docena de rosas rojas a sus pies.

Se concentró en el trabajo para conservar la cordura. Consiguió volver a dormir sin soñar que Helen volvía con él. Poco a poco, ante la insistencia de sus amigos, empezó a hacer vida social. Pero no le interesaban las mujeres que querían consolar al viudo; salía con ellas sólo porque era una forma de que la prensa no le olvidara. Se acostó con algunas sólo porque si no hablarían de él en términos poco halagadores.

El sexo no le había apasionado nunca. El dominio sí.

No se había planteado volver a casarse. No habría otra Marie. Estaban destinados el uno al otro. Ella estaba hecha para él, para que él la moldeara, le diera forma. A veces había tenido que castigarla, pero la disciplina era parte de la formación. Él había tenido que enseñarla.

Al final, durante las últimas semanas que pasaron juntos, James había llegado a creer que por fin había aprendido. Era rara la vez que cometía un error en público o en privado. Se había sometido a él como una mujer debía someterse a su marido y él le había dejado claro que estaba satisfecho con ella.

Recordaba, o se había convencido de que recordaba, que había estado a punto de recompensarla con un viaje a Antigua. Ella, su Marie, estaba fascinada con el océano y le había confiado durante aquellas primeras semanas embriagadoras de amor y descubrimientos que a veces soñaba con vivir en una isla.

Al final, el mar se la había llevado.

Notó que la depresión se apoderaba de él como una niebla espesa y se sirvió un vaso de agua mineral para tomarse la pastilla. En uno de sus bruscos cambios de humor decidió que no vendería la casa. Volvería a abrirla. Daría una de esas fiestas tan lujosas para invitados selectos en las que Marie había actuado de anfitriona tantas veces y con tanto éxito.

Se sentiría como si ella estuviera a su lado, que era donde tenía que estar. Sonó el teléfono, pero él no hizo caso y siguió de pie mientras acariciaba la joya de oro a través de la camisa de lino.

—¿Señor? Le llama la señora Reece. Le gustaría hablar con usted si no está ocupado.

James, sin decir nada, alargó el brazo para que le entregaran el teléfono inalámbrico. Ni siquiera miró a la doncella uniformada que se lo entregó; abrió la puerta corredera y salió a la terraza para hablar con su hermana.

—¿Barbara?

—James, me alegro de encontrarte. A Deke y a mí nos encantaría que vinieras con nosotros al club esta tarde. Podemos jugar al tenis y comer en la piscina. Ya hace unos días que no te veo.

Él empezó a pensar en alguna excusa. El círculo de amistades de su hermana en el club no le interesaba casi nada. Pero recapacitó pronto ya que sabía lo bien que organizaba Barbara las fiestas. Y lo mucho que ella deseaba librarlo del engorro de los detalles.

—Me parece muy bien. Además, quiero hablar contigo —miró su rolex—. Nos veremos allí, a las once y media.

—Sensacional. Prepárate. He practicado el revés.

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Tenía perdido el partido. Barbara había roto su servicio otra vez y hacía cabriolas por la pista con su conjunto de tenis de última moda. Naturalmente, ella podía perder el tiempo cualquier maldito día de la semana practicando con un profesor mientras el capullo de su marido se dedicaba a jugar al golf.

James, en cambio, era un hombre ocupado con un trabajo que le exigía mucho y con clientes poderosos que lloriqueaban como bebés si no les prestaba toda su atención. Él no tenía tiempo para juegos estúpidos. Lanzó una bola con toda su fuerza sobre la red y rechinó audiblemente los dientes cuando Barbara se estiró y la devolvió. Sudoroso, corrió con un gesto de crispación en la boca.

Era un gesto que Bella habría reconocido, y temido. Barbara lo reconoció también y falló la jugada.

—Vas a matarme —gritó ella mientras volvía a su sitio lentamente.

Pensó que James siempre había sido muy temperamental. Le costaba no ganar, no salirse con la suya. Le había pasado siempre. De niño, reaccionaba de dos maneras: con un silencio gélido que podía traspasar el acero o con una explosión de violencia.

Su madre siempre le decía que ella era mayor, y que tenía que ser una buena hermana y dejarle ganar. Tenía tan asimilada esa costumbre que casi no tuvo que meditar la decisión de fallar el golpe siguiente. Además, la tarde sería mucho más agradable si él ganaba. No merecía la pena provocar una situación incómoda por un simple partido de tenis. Barbara se tragó su espíritu competitivo y acabó perdiendo el juego.

La expresión de James cambió casi al instante.

—Has jugado muy bien, James. Nunca llegaré a tu altura.

Le sonrió mientras se preparaban para el siguiente set. A los chicos les espanta perder contra las chicas, era otra de las enseñanzas de su madre. ¿Y cuando esos chicos se convertían en hombres?

James se puso de un humor espléndido cuando terminó ganando el partido. Se encontraba sobrado de fuerzas, ágil y cariñoso. Le pasó un brazo por los hombros y le besó la mejilla.

—Tienes que perfeccionar tu revés todavía.

Barbara sintió un brote de irritación en la garganta que se tragó inmediatamente.

—El tuyo es imparable —dijo mientras recogía la bolsa—. Y como me has humillado, te toca pagar la comida. Quedamos en la terraza. Treinta minutos.

Barbara se hizo esperar, era una molestia mínima. Cuando apareció, a James le complació mucho lo atractiva que estaba, su magnífica presencia. Detestaba que una mujer fuera mal vestida o peinada y su hermana no le defraudaba nunca.

Era cuatro años mayor que él, pero podía pasar por una mujer de treinta y cinco. Tenía el cutis cuidado y firme, el pelo liso y lustroso y la figura esbelta. Se sentó a su lado debajo de una sombrilla.

—Voy a consolarme con un cóctel de champán —cruzó las piernas enfundadas en seda salvaje—. Entre eso y que estoy con el hombre más atractivo del club, mi humor mejorará inmediatamente.

—Yo estaba pensando en lo guapa que es mi hermana.

A ella se le iluminó la cara.

—Siempre dices las cosas más encantadoras.

Y era verdad... cuando ganaba. Barbara se felicitó una vez más por haber tirado por la borda el partido.

—No esperemos a Deke —dijo mientras seguía sonriendo a su hermano—. Sabe Dios cuándo terminará.

Pidió un cóctel y una ensalada César y se quejó ruidosamente cuando su hermano pidió langostinos en salsa.

—Me fastidia muchísimo que tengas ese metabolismo. No engordas ni un gramo. Probaré un poco de tus langostinos y te maldeciré cuando mi entrenador personal me torture mañana.

—Con un poco de disciplina, Barbara, mantendrías una buena figura sin necesidad de pagar a nadie para que te haga sudar.

—Créeme, se merece cada dólar que le doy. El muy sádico —se reclinó con un suspiro para protegerse del sol—. Dime, querido, ¿de qué querías hablarme?

—Voy a dar una fiesta en la casa de Monterrey. Va siendo hora de...

—Sí —su hermana se inclinó hacia delante y le tomó las manos entre las suyas—. Sí, va siendo hora. Me alegro mucho de volver a verte bien, James, de ver que haces planes. Has pasado una época espantosa.

Se le llenaron los ojos de lágrimas; le quería tanto, le importaban tanto sus sentimientos, que parpadeó sin preocuparse por el maquillaje.

A James le horrorizaban las escenas en público.

—Has empezado a salir adelante durante las últimas semanas. Eso es bueno. Es lo que Marie hubiera deseado.

—Tienes razón, claro.

Apartó las manos mientras servían las bebidas.

A James no le gustaba que le tocaran. Otra cosa era un contacto casual. En el mundo de los negocios, los abrazos o los besos eran una herramienta más. Pero detestaba que le acariciaran.

—No he organizado una buena reunión desde que pasó lo de Marie. Sí algunas cosas de negocios, naturalmente, pero... Marie y yo planeábamos todos los detalles de las fiestas juntos. Ella se ocupaba de muchas cosas, las invitaciones, el menú... todo sometido a mi aprobación, claro. Esperaba poder convencerte para que me ayudaras.

—Claro que lo haré. Sólo tienes que decirme lo que tienes pensado y para cuándo. La semana pasada fui a una fiesta muy glamorosa y divertida. Les robaré algunas ideas. La dieron Kate y Donald. Kate suele ser una pelmaza, pero sabe organizar una fiesta. Hablando de ella... creo que debería decirte... espero que no te enfades. Prefiero decírtelo yo antes de que lo oigas por ahí.

—¿De qué se trata?

—Kate ha estado cotilleando, ya la conoces.

James apenas sabía de quién le estaba hablando.

—¿Y?

—Ella y Donald se fueron de vacaciones al este hace un par de semanas. Primero fueron a Cape Cod, pero ella acabó convenciendo a Donald para que siguieran dando vueltas y alojándose en albergues, como nómadas. Asegura que mientras andaban por allí, visitando un pueblo u otro, vio a una mujer que se parecía a Marie.

La mano de James se crispó sobre el vaso.

—¿Qué quieres decir?

—Me llevó a un rincón y no paró de darle vueltas. Decía que a primera vista le pareció un fantasma. Insistía tanto en que esa... aparición podía ser una doble de Marie, que me preguntó si tenía una hermana. Le dije que no. Me imagino que vio de refilón una morena delgada de la edad de Marie y echó a volar la imaginación. Como no hace más que contarlo, no quería que te enteraras por ahí de un rumor que podía hacerte daño.

—Esa mujer es idiota.

—Bueno, la verdad es que tiene bastante imaginación —dijo Barbara—. Bueno, asunto zanjado, dime cuánta gente tienes pensado invitar.

—Doscientos, doscientos cincuenta —respondió distraídamente—. ¿Dónde dice Kate que vio a ese... fantasma?

—En una isla de la costa este. No estoy segura del nombre porque intentaba cambiar de conversación. Algo sobre unas hermanas. ¿De etiqueta o informal?

—¿Cómo?

—La fiesta, querido. ¿De etiqueta o informal?

—De etiqueta —murmuró James mientras dejaba que la voz de su hermana se convirtiera en algo parecido al zumbido de unas abejas.


Oh oh correra peligro Bella? kien sabe.. jejeje

espero reviews

byee