XXXVIII. Juego de idiotas

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Gracias por no saludarme.

Escribí eso rápidamente en un trozo de pergamino con letra muy cargada, casi atravesándolo para que se notara mi enojo, y se lo enrollé con brusquedad a la lechuza que había seleccionado para que mandara el mensaje.

—Encuentra a Severus Snape —le susurré a la lechuza negra como el azabache, mirando sus ojos directamente, traspasando mi energía maligna —. Encuéntralo donde esté y dale un picotazo de mi parte —extendí mi brazo derecho para que se subiera a él —. Y ahora, ¡vuela, lechuza! ¡Vuela lejos y véngame!

El dueño de la tienda, que estaba atrás de mí, me miró con recelo y extendió la mano.

—Son un galeon y ocho sickles.

—¿Un galeon y ocho sickles? —contesté con voz de pito, agrandando mis ojos — ¿Por qué?

—Porque, si el destino es desconocido, se cobra la tarifa fija para larga distancia —contestó exasperadamente.

Busqué en mis bolsillos llenos de papeles y coloqué el dinero sobre el mesón. Aproveché de dejar la basura y las migajas también.

—Muchas gracias, hasta luego —me despedí y me escabullí antes de que dijera algo.

Habían transcurrido tres días desde mi cumpleaños, y nada había cambiado demasiado: no me había enterado de Severus, seguía visitando a Sirius y compartiendo con los Weasley y los demás; continuaba trabajando en el Ministerio, haciendo rondas y siendo despreciada por la admiradora de Shackebolt. Con mi padre habíamos hablado acerca de su trabajo, y habíamos acordado en que yo me encargaría de las compras en el supermercado para ayudarle a llevar mejor los otros gastos que generaba mantener una casa y una familia. Lo único interesante que había hecho, había sido leer el libro que me había regalado Remus. En un inicio, siendo honesta, no le tuve mucha fe, sin embargo, una vez habiéndolo empezado a leer, no pude soltarlo y decidí poner en táctica el paso número uno: "Sacar en cara lo que no ha hecho bien". Por eso es que decidí, después del trabajo, mandar ese mensaje cargado de resentimiento. No esperaba respuestas, pero si lo hubiese hecho, habría creído que contestaría con una nota de disculpa, no una gran disculpa, pero una disculpa a lo Severus Snape, es decir, una que dijera "Disculpa" o "Lo siento". A la noche siguiente, mientras me ejercitaba al ritmo de las Brujas de MacBeth, una lechuza color canela picoteó mi ventana. La dejé entrar para que depositara sobre mi mano un escueto trozo de pergamino, más pequeño que el que yo había enviado, y este decía…

Hola.

Se me cayó la mandíbula de la pura impresión, buscando el resto del mensaje, con embrujos y gomas de borrar especiales.

—Qué-gra-cio-so —gruñí haciendo rechinar mis dientes, dándome cuenta que eso era todo —. Así que quieres jugar ¿no, Snape? —corrí hacia mi escritorio, choqué con la silla, destapé un tintero, el cual volqué, saqué otro tintero, el que estuve a punto de volver a volcar, tomé una pluma maltrecha y escribí de nuevo.

Te doy el premio de Los Grandes Idiotas de Inglaterra.

—Oye tú, lechuza —le espeté al ave que giraba la cabeza en todas direcciones, buscando algo interesante para comer —. Toma —enrosqué el pergamino en su pata —, y vete a cazar ratones a otro lado, que aquí no encontrarás nada, porque en esta casa vive una maniática de la limpieza.

Mi humor no pudo mejorar durante el resto de los días. Tuve poco trabajo de terreno, así que tuve que soportar muchas presencias desagradables, como las de mis compañeros de trabajo, la de Fudge, la de Scrimgeour que, extrañamente, estuvo muy atento a mí, como si sospechara de algo. No me dio muy buena espina, pero tuve que soportarlo. Por precaución, con Kingsley ni siquiera nos dirigimos la palabra y, la vez que me topé con Arthur, tuve que ignorarlo olímpicamente, haciendo como que me interesaba en el techo del pasillo. También, tuve un pequeño enfrentamiento con la acosadora de Kingsley, Harriet Diamond, y no fue porque a mí se me diera la gana echarle el dragón de la furia encima.

Había ido al baño a refrescarme tras una reunión con mi equipo de trabajo, que había abarcado temas de organización y una capacitación de diez minutos que tuve que hacer sobre Sigilo y Rastreo, la materia que estuve a punto de suspender y que menos manejaba. En dos minutos tuve que leer un artículo de cinco mil palabras, que había llegado desde España, y que tuve que exponer para una manga de idiotas mediocres, que habían exigido que, los de más alto rango, debían preocuparse de la nutrición cognitiva de todos ellos, una vez al mes, para mejorar el rendimiento del equipo de trabajo. Si bien, estuve diez minutos explicando el tema, me quedé atrapada veinte minutos más en el salón de reuniones contestando preguntas mal formuladas, provenientes de la manga de cabezas de chorlito.

—Un momento más, y exploto… Esto, definitivamente, no estaba en mi contrato. Jamás leí un "Disposición para tratar con distintos niveles de gente sin cerebro" —hablaba conmigo misma en el tanto que regresaba a mi oficina —, creo que demandaré a… —me detuve de súbito y me sobresalté al oír el ruido de un cajón cerrar con fuerza. El cajón de mi escritorio, para ser precisa —. ¿Qué crees que haces? —pregunté, extrayendo la varita de mi bolsillo.

Harriet, la invasora presente en el lugar, puso sus manos en la espada y me miró con la máxima inocencia que pudo fingir.

—Te pregunté que qué crees que haces —repetí, acercándome sin miramientos.

—Yo…

—¡No! Silencio —bramé algo desesperada, arrepintiéndome de haberle hecho esa pregunta —. No tienes derecho de estar aquí, Diamond, esta es mi oficina. Voy a avisar inmediatamente a Scrimgeour que estabas hurgando en mis cajones —le avisé antes de dar media vuelta. Sin embargo, la puerta se cerró de golpe.

Harriet se acercó a mí, con las manos en alto y disculpándose muy rápidamente.

—¿Según el conducto regular, no se supone que deberías decirle a Shacklebolt primero? —preguntó con ansiedad.

La miré, frunciendo al máximo mi entrecejo.

—¿Por qué estabas viendo mi escritorio? —indagué con mis mejillas súbitamente coloradas al tratar de recordar si habría escrito alguna vez algo vergonzoso de Severus. Por lo menos, sabía a la perfección que no tenía fotos de él guardadas o un mechón de su grasoso cabello.

—Yo…

—"Yo…" Mira, puedo aguantar bromas, ¿sabes? Soy una persona bromista, pero meterse en la privacidad de la gente… —me puse más roja —. Una vez aprendí que es lo peor que se puede hacer —terminé, recordando la vez que invadí la habitación de Severus, en mi séptimo de año en Hogwarts, cuando quise saber qué era lo que tanto le impedía estar conmigo —. Explícate, ahora.

—Lo siento —su voz sonó sincera, y su expresión también lo era —. Siempre estás con Kingsley —farfulló con desesperación —, y la otra vez me dijiste que tú y él son sólo amigos, pero…

—No me creíste, ¿cierto?

—No.

—¿Querías buscar pruebas en mi escritorio? ¿Qué clase de estúpida guardaría algo relacionado con la persona que te gusta? —bramé con las manos en la cintura para verme más amenazadora.

Sí, si tuviera una fotografía de Severus, lo guardaría en mi escritorio. Soy "esa" clase de estúpida.

—¿Estás admitiendo que sales con Kingsley?

Me tomé el nacimiento de la nariz con mis dedos, tratando de reunir paciencia.

—¡Contesta! —vociferó Harriet. Eso fue suficiente para que me hiciera explotar.

—¡Sí, estoy saliendo con Kingsley, y qué te importa a ti! ¡Inventé acerca de su matrimonio! No quiero que me lo quites, ¿entendiste? Ni si quiera trates de acercarte a él. Ahora, ¡fuera de aquí!

Harriet se colocó una mano en el pecho, ofendida y traicionada. Respiró con fuerza, echando humo por las orejas. Me chocó el hombro al pasar por mi lado y dio un portazo tan fuerte, que hizo que se cayera uno de mis cuadros de Las Brujas de MacBeth y se le rompiera el vidrio.

—¿Qué está mal con el mundo? —exclamé, mirando al cielo. Esa respuesta, no la sabía, pero sí sabía que, definitivamente, había algo malo con Snape. En la noche recibí su respuesta. Una lechuza rojiza llegó a media noche. Sturgis me relevaría esa noche.

Lo aceptaré con gusto, pero no me escribas más si no es para algo importante.

Lo tomé como un desafío, aunque no sabía si el principio del "sí, pero no" se aplicaba también a los hombres. Estaba segura que ese "no" de Severus, significaba "no". El punto es que, yo quería fastidiarlo hasta que se aburriera y fuera a mostrar la cara.

Es importante hacerte saber que eres un imbécil de primera y, que lo que hiciste, me dolió mucho. Tal vez, nunca te lo perdone.

Si seguíamos así, íbamos a terminar en la cárcel por uso excesivo de lechuzas mensajeras, con cargos de "gastar mucha tinta y pergamino en cosas estúpidas", "congestión del cielo por aves nocturnas" y "maltrato y explotación animal". No llegamos a esos extremos, pero tampoco existían esos cargos, a menos que el retrasado de Fudge ya hubiese creado esa ley con el fin de descubrir a los que estaban del lado de Dumbledore. Por un lado, me estaba resultando divertido lo de los mensajes. Me sentí como en mis tiempos de adolescencia, y eso me llenaba de vida, pero lo que vino después, me hizo sentir más vital aún.

Sturgis Podmore no se presentó esa noche para hacer la ronda de vigilancia en el Ministerio, según Moody, a quien también le correspondía estar allí por esa vez. Me lo topé al día siguiente, en el vestíbulo del Ministerio. Nos encontrábamos al lado de la pileta de los Hermanos Mágicos.

—¿No se supone que no deberíamos estar hablando estas cosas aquí? —farfullé — Digo, las estatuas pueden estar oyendo lo que decimos —sugerí con sarcasmo —, seguro que salen corriendo en cualquier momento a acusarnos.

El ojo falso de Moody giró a toda velocidad por unos segundos y, luego, se atascó.

—Maldición —dijo, sacándose el ojo, haciendo un ruido de succión.

—No otra vez, por favor —rogué con desgano.

No quise mirar cuando, rápidamente, enjuagó el ojo en el agua de la pileta para volver a hacerlo girar en su cuenca.

—Probablemente estemos siendo vigilados ahora —masculló, retomando la conversación. Frené el ataque de arcadas —, pero necesito estar seguro de que no está por aquí.

—Tuviste toda la noche para asegurarte de que no estuviera aquí —rebatí, arqueando una ceja.

—Alguien se lo pudo haber llevado, o haber ocultado mediante magia negra. Mi ojo mágico tiene sus fallas, no muchas, pero las tiene —me miró penetrantemente con su ojo normal —. Tienes que andarte con cuidado cuando estés aquí. Presiento que, en cualquier momento, sucederá algo.

—Eso no es una gran predicción, Ojoloco. No es como que un mago malvado se esté tomando el poder por todos lad…

—Ssshh. No se hable más. Iré a hacer una ronda, vete a hacer tus cosas. Nos vemos en el cuartel.

Estuve a punto de sufrir una fusión-despartición con Snape cuando aparecí en la solitaria y descalabrada placita. Aparecimos tan juntos y tan coordinados a la vez, que nuestras espaldas chocaron para hacerse espacio. Me giré rápidamente, alarmada, creyendo que me había dado contra un árbol. Cuando me percaté que era él, lo fulminé con la mirada.

Snape, rápidamente, y sin decir nada, me agarró del brazo y me llevó a rastras tras unos gruesos y frondosos arbustos.

—Deberías quitarte esa túnica, ¿no crees? Hace un poquito de calor. Pareces un cura…

—¿Qué te hice? —preguntó dándome una sacudida de hombros con sus manos. El toparse conmigo por sorpresa había sacado a flote todas sus emociones.

Me puse una mano en la barbilla y fruncí la trompa, acariciando una barba invisible.

—Veamos… Si nos remontamos a los ochenta, el tiempo en que estuve en Hogwarts… —estiré la otra mano para ponerme a contar situaciones con los dedos.

—No te pases de lista —gruñó con dientes apretados —. No te he hecho nada —añadió con fuerza, pero vi duda en sus ojos. Yo no sabía Legeremancia, pero a veces era intuitiva.

—¿Para qué me preguntas, entonces, si tu sólo te contestas la pregunta? —me crucé de brazos. Entrecerró los ojos taladrándome con su penetrante mirada — ¿En serio no lo sabías?

—¿Saber qué? —me soltó —¿Tengo que saberlo todo? ¿Tengo que estar al tanto de todo lo que te sucede, todo lo que tenga relación contigo? No eres el centro de mi universo —susurró con voz afilada.

—Oh, ahora tienes un universo, no lo sabía, ¿cómo se llama? ¿Universo Frivolidad? Sí, deberías saberlo —contesté con orgullo —, eres un profesor, los profesores saben.

—No sé por qué gasto el tiempo en hablar contigo, Nymphadora. Estoy tratando de saber lo que te pasa y tú…

—¡No me saludaste para mi cumpleaños! Veinte de agosto, hace cuatro días.

—¿Tu… cumpleaños? ¿Por eso me escribiste ese mensaje? —formuló una expresión de desprecio con sus finos labios. Sentí ganas de besarlo— Pensé que era algo más importante.

—Mi cumpleaños es importante —corregí yo.

—Bueno, de qué te quejas. El otro año nuevamente tendrás un "cumpleaños".

Arqueé las cejas y sonreí con petulancia.

—¿Y qué te hace pensar que estaré viva para el otro año?

No pensé dos veces lo que dije, sólo lo dije, y ya. No era una persona suicida, me amaba y amaba mi vida. No quería morir. Severus se congeló y me miró como si nunca me hubiese visto antes.

—Repite lo que dijiste —solicitó con voz de ultratumba, pudiendo ver cómo me estaba imaginando sin vida. Me di cuenta que había metido la pata, pero no fue muy difícil enmendarlo.

—Nada —sonreí amistosamente —, no he dicho nada —antes que contestara, acorté el espacio que existía entre los dos y lo besé. Me respondió el beso, apasionado al principio, pero luego su entusiasmo se esfumó con la misma rapidez que había llegado — ¿Estás enojado? —pregunté con precaución.

—No. No tengo razones para estar enojado —miró de reojo hacia la nada.

Suspiré.

—Entonces, ¿de verdad no sabías que era mi cumpleaños? —pregunté con desánimo.

Arqueó las cejas, incómodo y contestó sin remordimiento alguno:

—Yo no he dicho eso.

—¿Qué? ¿Entonces lo sabías?

—Sí.

Decidí relajarme y poner atención a la situación del momento. Estaba tenso, como si tuviera sentado sobre un palo de escoba muy delgado. A mí no me engañaba.

—Te estás callando algo —insistí tomándole las manos con sutileza.

—Sólo estoy pensando en lo que acabas de decir.

—¿En lo de "mi muerte"? ¿Para qué querías que lo repitiera si lo oíste?

—¿Puedes parar de preguntarlo todo? Pareces niña de cinco años —me espetó, soltando mis manos. Me dio la espalda —. Vine a hacer algo importante, no tengo mucho tiempo.

Estaba extraño, pero podía apostar a que no era por lo de "mi muerte". Aún estaba dolido, lo noté en su expresión de forzada indiferencia. Contenta, no sé por qué, lo abracé por la espalda y le di un sonoro beso en la mejilla —el cual pasó por alto — antes de caminar, como dos personas que se detestan mutuamente, o más bien, que sentían indiferencia el uno por el otro, hacia el cuartel general de la Orden del Fénix. Bueno, en ese momento en particular, Severus parecía sentir una especial inquina hacia a mí, y yo creía saber por qué.