-Necesito tu ayuda, Isabelle…

-Si no me cuentas el motivo por el que necesitas mi ayuda, no podré hacerlo, querida.

Nos encontrábamos en una cafetería del transitado Portobello Road, cuna del comercio en Londres. Habíamos elegido aquél recóndito lugar dentro del mundo muggle para evitar miradas indiscretas. Sabía que estaba incumpliendo una de las normas impuestas por Dumbledore sobre no salir de Hogsmeade debido a los mortífagos invictos que aún andaban sueltos buscando a su amo. Además de eso, a mi mejor amiga y a mi nos apetecía perdernos por las calles londinenses donde la magia estaba escondida y la vida cotidiana de un muggle era el principal motor que ponía en marcha aquella sociedad.

Isabelle había venido a Gran Bretaña por asuntos laborales. Aspiraba a poder ser profesora en la Universidad de Turín, pues Stregonanco le venía un tanto pequeño. Mi amiga siempre ha sido una chica que aspiraba a más (virtud que me encantaba y admiraba) haciendo todo lo posible para conseguirlo. Por aquél entonces, se enteró de que en la Universidad Mágica de Gran Bretaña se estaban impartiendo unos cursillos sobre magisterio y sin dudar, se había apuntado a ellos. Básicamente, era como la Academia de Aurores, pero ambientado sobre todo en la rama de la enseñanza.

El caso es que vernos y tomar café estaba dentro de su visita, hecho el cual me dio la oportunidad de comentarle de manera sutil todo lo ocurrido en mi vida y, por ende, pedirle ayuda.

Estamos ya en el verano de 1985, más en concreto, la última semana de Agosto, antes de comenzar el curso 1985/1986. Lo recuerdo porque aquél año era demasiado seco y el calor era insoportable a determinadas horas del día.

El hielo de mi refrigerio estaba ya derritiéndose mientras mi mente buscaba las palabras exactas para responder a mi amiga.

-Es sobre… bueno, no te lo vas a creer pero…-sonreí pensando en la reacción que tendría la muchacha, exagerada para bien cómo no-Hay alguien que ha llamado mi atención y… bueno… ese alguien es un chico.

Dejé que las palabras calaran en ella. Mis sospechas fueron confirmadas cuando, a cámara lenta, sus ojos pardos se abrieron de par en par y su boca se abría de asombro.

-No me lo puedo creer… ¿Lo dices en serio?-dijo mientras dejaba su taza de té en la mesilla-Dime que no estás bromeando.

Me encogí de hombros y me limité a sonreír, sonrojándome levemente. Aquella respuesta parece que le pareció suficiente a mi amiga, pues dio un leve brinco en su asiento acompañado de un gritito (los de las mesas contiguas la miraron como si estuviera loca. Y en parte tenían razón).

-¿Sarah Di Piero enamorada? ¡Por fin se han escuchado mis plegarias! Pensaba que tendría de por vida a una solterona como amiga. Mira que le pregunté a Angelo si tenía más primos para presentarte o amigos ¡o vecinos!. Tienes que contarme todo. ¿Cómo se llama? ¿Es guapo? ¿Rico? ¿Cómo es?

Me sentí algo apesadumbrada por tantas preguntas. Pero supongo que, sabiendo que tenía a la experta en relaciones sentimentales delante de mí, me lo merecía.

-Es una persona que me atrae ligeramente. Y la verdad es que es complicada. No voy a decirte quién es, simplemente que es demasiado… complicado. Ha sufrido mucho en el pasado, al igual que yo, y la verdad es que no sé cómo hacerle entender que toda la guerra y todo el sufrimiento ha pasado…-hice una breve pausa, recordando las palabras parecidas que le dije al pocionista-Ha hecho mucho por mi, la verdad…

La cara de Isabelle se encogió levemente de frustración por un momento. Pero luego, exhaló un profundo suspiro y se retiró un par de mechones teñidos de la frente, como si estuviera evaluando la situación.

-Entonces es alguien que luchó también en la guerra… Digamos que nuestro… "amante sin identificación", o llamémoslo "X" más bien, es un veterano de guerra, el cual sufre por dentro debido a los estragos que el conflicto ha supuesto en su pobre alma…

Quien no la conociera, pensaría que se estaba excediendo en cuanto al melodrama. Pero os aseguro que Isabelle siempre ha sido así, un "ser artístico incomprendido".

-Sí, más o menos…

-Me encantan esos tipos de hombres… Cuanto más complicados, más interesante es el juego-mi amiga bebió otro sorbo y suspiró-Pero antes de hacer nada, es mejor cambiar tu aspecto… los hombres suelen rehuir de las banshees, te lo digo ya.

-¿Qué tiene de malo mi aspecto?-repliqué, frunciendo el ceño, algo molesta.

-¿Quieres conquistar a un hombre? Pues déjame en tus manos y confía en mí.

Dicho eso, llamó rápidamente al camarero y pagó las viandas. Salimos de la cafetería y nos desaparecimos en un callejón solitario. Lo que restaba de día, estuvimos de tienda en tienda, comprando ropa, zapatos y maquillaje. Por Merlín, aún me río al recordarme metida en los probadores mirando con incredulidad mis piernas blanquecinas saliendo de vestidos un tanto acortados, por no hablar de la sesión de maquillaje. Nunca me he considerado una persona que mime demasiado su aspecto, sólo lo necesario para no causar una mala impresión.

Volvimos a mi casa de Hogsmeade cargadas de bolsas. Para Isabelle había sido una compra satisfactoria. Para mí, bueno, no quería imaginar la cara de Severus y los demás profesores al verme con estas… pintas. Pero confiaba en mi mejor amiga, no perdía nada intentándolo.

La semana restante fue exclusivamente preparatoria para el nuevo curso. Recuerdo que me probaba los conjuntos que me había comprado una y otra vez, con las debidas explicaciones de Isabelle y de mi madre sobre ropa, complementos y maquillaje. No me importaba que me usaran de maniquí, pues en estas sesiones de moda podía ver cómo a mi madre se le iluminaba el rostro, siendo la Antonella de siempre, joven y vivaracha. Sabía que iba a estar varios meses sin poder verme y sola en el pueblo y, aunque ella lo negaba, eso la entristecía un poco. Y era comprensible, pues una mujer de costa y clima cálido confinada en un pueblo de montaña donde llueve casi todos los días era como tener un pajarillo en una jaula de oro. Pero la seguridad era la seguridad.

Y así, tras un verano que supuestamente anunciaba calma y rutina, acabó con el huracán Isabelle. El nuevo curso abrió sus puertas una vez más. Me fui unos días antes a Hogwarts, como acostumbraba a hacer y no dudé en estrenar los nuevos modelos el primer día que estaba allí. En la reunión del claustro de inicio de curso, me puse una blusa metida dentro de una falda recta de colores suaves. Por encima me puse una especie de túnica que más bien recordaba a una gabardina muy larga. En el pelo me apliqué un par de hechizos que mi madre me enseñó para tenerlo ondulado y me apliqué un poco de color en los ojos y en la cara.

Me sentía extraña cuando me miré al espejo. No era normal ver a una profesora vestida así. Sabía que iba haciendo un poco el ridículo y que había una probabilidad del 80% de que los consejos de Isabelle no iban a funcionar con Severus. Me puse unos zapatos cómodos y bajé de mi habitación para ir a la Torre del Director. Llegaba tarde, pues, quieras o no, arreglar mi aspecto conllevaba su tiempo y, sin querer, se me había pasado. Tras subir la enrevesada escalera de caracol con prisa, llamé un par de veces a la puerta antes de abrir.

-Buenas tardes… perdón por la tardanza.

Todos los profesores se encontraban allí. Dumbledore me miró desde su escritorio y por un momento, vi la sombra de la duda en sus ojos… como si no me hubiera reconocido. El silencio envolvió la sala. Vi que la profesora Sprout y Minerva me miraban de arriba abajo. Casi podía escuchar el zumbido de sus mentes maquinando preguntas y cotilleos. Mi mirada se paseó por los presentes hasta que se toparon con los de él. Severus me estaba observando con su rostro de impasibilidad, aunque con cierto brillo en sus ojos atezados.

-Oh… Sarah, buenas tardes-el director rompió la estupefacción que había causado mi cambio de imagen-Estás preciosa… ven, siéntate, acabamos de empezar.

-Gracias…-musité, sentándome en una silla que había libre. Muchos profesores estaban de pie y otros se apoyaban en las columnas de piedra.

-Bien, ahora que estamos todos… ¡bienvenidos a un nuevo curso! Da gusto que puedo seguir contando con la plantilla de siempre… más bien con casi toda.-Dumbledore se colocó bien sus gafas de media luna mientras cruzaba sus brazos apoyando los codos en la mesa-Os presento a la profesora Rachele Tyler, que impartirá la asignatura de DCAO este año.

La mujer, de avanzada edad, saludó a todos con una sonrisa cálida. Me dio buena impresión de primeras, a decir verdad.

-Este año queremos cambiar también algunas normativas con respecto a los exámenes y convivencia dentro del colegio. Se someterá a votación.-el anciando director cogió un pergamino donde brillaba una letra pulcra-Primero, los exámenes finales no se volverán a impartir en las aulas respectivas a las asignaturas como se ha hecho hasta ahora, sino en el Gran Comedor. He podido observar que las matrículas en el nuevo curso han ido incrementando y poco a poco nos estamos quedando sin sitio. No se aplicarán a los TIMOS ni EXTASIS, pues esos exámenes no están dentro de nuestra jurisdicción ¿Votos a favor?.

Muchos profesores levantaron las manos, casi todos diría yo. Albus asintió con una sonrisa satisfecha y marcó con su flamante pluma un pequeño tic afirmativo.

-Bien, bien… me alegro que concuerden conmigo. Segundo, el tema de los horarios. Algunos de vosotros me han venido con quejas al respecto-le lanzó una mirada significativa a Severus-Así que he decidido establecer obligatoriamente seis horas semanales para cada asignatura, tres de teoría y una de práctica. Conforme a eso, se distribuirán los horarios. ¿Votos a favor?

En este caso, no se levantaron muchas manos, pero sí las suficientes como para dar por válida la norma. Flitwick, Sprout y algún que otro profesor no levantaron la mano, haciendo una mueca de disconformidad silenciosa.

-Y por último, el tema de festejos… Vamos a quitar el baile de disfraces de Halloween, muy a mi pesar…-el director miró ahora a Minerva como un niño mira a su madre cuando le niega su dulce favorito. La mujer entrecerró sus ojos y negó con la cabeza. Dumbledore suspiró levemente, como derrotado-Y se quedará en una simple cena y baile. ¿Votos a favor?

Los profesores volvieron a votar positivamente. Parece que la subdirectora hizo bien su trabajo hablando con sus colegas para quitar esa fiesta. La verdad es que la fiesta de disfraces era una distracción importante para los alumnos, además de incómoda para los que no nos gustaba ese tipo de celebraciones.

Como de costumbre, mi atención se fue esfumando hacia el viejo director, el cual hablaba sobre las normas básicas del colegio, cosa que hacía todos los años.

-Espero que este año su clase no interfiera en mis horas lectivas, profesora.

Severus se había acercado a mi silenciosamente, haciendo que sus palabras me sobresaltaran. Alcé la mirada hacia el profesor y carraspeé levemente.

-No… no se preocupe. Este año mis clases van a ser por la tarde, así que no tendrá problema.

-Eso espero…

Rompí el contacto visual con sus ojos para volver a centrar mi atención en un hilacho de la falda que flotaba de una esquina. Me pareció ver por el rabillo del ojo cómo la vista del pocionista rodaba hacia el resto de mi cuerpo. Imaginar la posibilidad de que de verdad se había fijado en mi encendía un calor en mi estómago, que se expandía por el resto de mi cuerpo. Recordé los consejos que me había dado Isabelle, así que carraspeé una segunda ve y volví a mirarle.

-Profesor, este año voy a necesitar algunas pociones abrillantadoras para los instrumentos… Verá, algunas piezas se están oxidando a causa de la humedad y… bueno, es una pena que se estropeen…

El profesor Snape me observó de nuevo, enarcando una ceja.

-Le prepararé más poción, profesora.

Sabía que iba a decir eso, por lo que solté la respuesta que mi mente tenía ya preparada.

-Puede usted darme los ingredientes y hacerla yo sin molestarle. Seguramente estará ocupado con las clases y no quiero… inoportunarle.

Escuché que Dumbledore daba por finalizada la reunión, ya que todos los profesores comenzaron a hablar entre ellos y a irse del despacho. Me levanté, quedándome al lado del pocionista. Noté mis manos sudar.

-No es una molestia, profesora. Puedo hacerlo yo sin problemas-replicó el hombre, yendo hacia la salida observando con una mueca cómo las profesoras Sprout y Minerva hablaban con la nueva integrante de la plantilla.

-Pero insisto-me estaba quedando sin excusas-Yo… eh… quiero aprender cómo se hace para prepararla en un futuro en mi despacho.

Respiré profundamente rezando por dentro para que aquél pretexto sirviera para convencer a Severus y le sonara convincente. Salimos al rellano y bajamos las escaleras. Los profesores cogieron diferentes caminos cuando llegamos al pasillo, yendo nosotros dos hacia el Vestíbulo, donde se separarían nuestros caminos.

-Está bien, profesora. Puede venir mañana por la tarde para preparar la poción…-dijo Snape tras unos minutos largos de silencio, donde sólo se escuchaba nuestros pasos resonar-Justo después de las clases.

Suspiré mientras notaba mi corazón latir con fuerza en mi pecho. Había dado un pequeño paso importante. En aquél momento tenía que andar con cuidado, pues parecía que estaba en un campo repleto de minas.

-De acuerdo… mañana nos vemos pues-dije mirando al hombre con una pequeña sonrisa. Habíamos llegado al Vestíbulo-Muchas gracias… Severus.

El pocionista sacudió la cabeza levemente antes de seguir andando hacia las mazmorras. Me quedé un rato observando cómo su figura era tragada por las profundidades del castillo. Al cabo de minutos, cuando la campana tocó la hora, subí las escaleras hacia mi habitación, feliz por mi pequeña victoria.