Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece. La serie y sus personajes son propiedad de Akira Toriyama.
El Legado
Capítulo XXXV
Limpieza
parte uno
Tres días después
Era una noche particularmente fría, el viento calaba la resistente piel de los saiyajin, especialmente aquellos que no gozaban de la energía suficiente para considerarse guerreros. No les causaba un gran problema, ya que pese a no ser destacados y resistentes combatientes, sus cuerpos eran más fuertes que la de muchas otras razas, pero solían guarecerse bajo techo para que el hielo del ambiente no se volviera tan incómodo, especialmente para los más débiles.
Bardock caminaba por las calles de una ahora solitaria calle, fumando su último cigarro. Alguno que otro saiyajin iba camino al mercado, a alguna taberna o de regreso a casa, mientras que él dirigía sus pasos hacia el sur, exactamente hacia el palacio donde trabajó tantos años cuidando al hijo menor de la reina. Hizo tantas veces el mismo recorrido a pie y volando que le trajo un sin fin de recuerdos a su cabeza, sobretodo la imagen de él y sus dos hijos, mucho más pequeños, acompañándolo a palacio para poder entrenar con Tarble. Casi podía ver a esos pequeños hablando sin parar, excitados por poder trabajar su fuerza en un lugar como ese, junto con un príncipe y los Saibaiman. Kakarotto siempre intentaba llevarle a su madre alguna extremidad de esos enanos verdes, ya que su carne y piel era muy bien vendida en la carnicería, además el niño gozaba ver a Gine feliz. Raditz también emocionado intentaba calmarse para concentrarse y enfocarse en intentar ser más fuerte, pero lo pensaba demasiado y por eso no lograba avanzar a la par de su hermano. Ahora que lo pensaba, le gustó esa época. Fue diferente y agradable y le provocaba cierto orgullo ver a sus hijos vestir las armadura de guerrero que Gine compró especialmente para ellos... Demonios, extrañaba tanto a Gine…
Era curioso ver todo a su alrededor tan desolado, el motivo de esto era el príncipe Vegeta, quien dio la orden para por fin partir a la guerra y así recuperar la gloria de Vegetasei. Por supuesto no dio detalles ni especificó coordenadas, y todos los guerreros abandonaron el planeta sin preguntar, febriles por una nueva batalla, la definitiva, que regresaría a la normalidad sus vidas y rutinas. Hubo muchos guerreros que se quedaron, hastiados de perder su tiempo por una causa que casi veían perdida o por el hecho de no tener noticias de su rey, el que pensaban había huido por la humillación sufrida y por eso no se desgastarían en arriesgar sus vidas por alguien que no valía la pena. Primero debían volver y demostrar de qué estaba hecho y luego de eso volverían a confiar en su rey.
Tres días consideró prudente para esperar a que las naves estuviesen lo suficientemente lejos. El palacio se encontraba prácticamente deshabitado y todo el mundo estaba pendiente de la nueva batalla que se llevaría a cabo. A nadie le llamaría la atención un hombre rondando el palacio. Sus hijos ya debían encontrarse muy lejos de Vegetasei y la verdad sobre Koora aún no era de conocimiento público, era el momento adecuado para hacer lo que prometió. La hora de sacar a su hija del planeta había llegado.
—Príncipe Vegeta, el rey espera —dijo un soldado en cuanto entró al cuarto del joven.
No respondió, ni siquiera miró al guerrero. Salió de su habitación en dirección a la otra donde podría tener una conversación con su padre a través de una pantalla. La primera conversación desde que éste le informó toda la verdad de su madre, la reina. De alguna forma su padre se enteró de todo antes de que abriera la boca, por lo tanto, era demasiado tarde para decir algo, ya que en el caso de enterarse que tenía conocimiento de la verdadera identidad de su madre, se vería como una tremenda traición, rebeldía y signo de total debilidad, lo cual no era verdad, pero ya no había vuelta atrás. Era algo que debería callar para siempre, pues no quería que nadie se enterara que tuvo la oportunidad de acabar con la traidora y que no lo hizo por algo que aún no era capaz de explicarse.
En cuanto entró al cuarto, apretó un botón de la gran pantalla y pudo ver al rey.
—¿No hay nadie más en la habitación? —preguntó Vegeta en cuanto vio a su hijo.
—No.
—Bien. Según los cálculos, nave se dirige hacia un único planeta en la órbita. Si es así, en una semana le haremos alcance.
—Sí —respondió y cerró la boca. No tenía deseos de hablar. Se sentía extraño e incómodo. Era como si el cuerpo que vestía ya no le pertenecía, mucho menos las emociones que experimentaba.
—Las naves de los draxon son mucho más modernas y efectivas. Podremos acercarnos sin que nos detecten los radares. No sabrán qué los golpeó hasta que ya sea demasiado tarde —dijo emocionado, tal y como se presentaba luego de que abandonaron el planeta de Atlas. Parecía feliz de poder ir a vengarse y recuperar todo lo robado a su planeta, pero principalmente se encontraba humillado y ardiendo en odio hacia Koora.
—Entendido, en cuanto llegue con las tropas nos dirigiremos a tu encuentro —respondió Vegeta.
—Fue muy buena idea dejar a los castrados para atacar a los hombres fieles a la reina. Pensaste rápido y eso es digno de un rey.
Con lo sucedido, el rey pensaba que la idea de su hijo de usar a los castrados para atacar a los fieles a Koora, había nacido de forma espontánea en cuanto le reveló la verdad.
—Sí. —Sabía que debía decir más, pero no podía. Quería cortar pronto la transmisión y marcharse a su cuarto hasta que llegaran a destino. Sabía que una vez comenzaran a pelear, se repondría de lo que le estuviese pasando.
—En muy poco tiempo Vegetasei y nosotros volveremos a la gloria de siempre —comentó orgulloso, pero su hijo pareció no escucharlo y preguntó:
—¿Cómo supiste la verdad? —Fue más fuerte que él. Debía averiguar cómo. Era algo que no lo dejaba en paz y quería saber enseguida si el rey tenía conocimiento de todo lo sucedido entre él y su madre en aquel planeta de Alina.
El rey sonrió de lado antes de responder.
—Es humillante admitirlo, pero el más inútil de mis hombres fue quien descifró todo.
—Explícate mejor, por favor.
—Koora debió haberme hecho algo para que no pudiera darme cuenta de su traición, pero la rata de Nappa sospechaba de ella y se encargó de seguirla hasta tener pruebas.
—¿Qué clase de prueba? —preguntó molesto.
—Eso no importa. Ahora tenemos que enfocarnos de hacer pagar a los traidores y luego recuperar lo nuestro.
—Sí.
—Nappa ha ocultado un rastreador en la nave de Koora para poder seguirla. No importa cuánto tarde ni donde vaya. Iremos detrás de ella.
El rey continuó hablando de la gran idea que fue incluir a los castrados y a los draxon, que luego de esto comenzarán a trabajar juntos hasta que lo considere prudente y muchas cosas más referente a cómo debían proceder una vez llegaran, pero Vegeta no lo escuchó. Ahora lo entendía todo, había sido él mismo el causante de que se supiera toda la verdad. El estúpido de Nappa continuó espiando a Koora, pese a que le había dado la orden de detenerse. Seguramente quería tener pruebas concretas de la infidelidad de la reina para desenmascararla y así ganarse la aprobación del rey, pero terminó con información mucho más valiosa, y claro, la segunda pesaba mucho más.
—¿Todo bien Vegeta? —preguntó con un tono de voz más severo. Podía esperar muestras de debilidad de cualquiera, menos de su hijo mayor, el heredero al trono y desde que comenzó la llamada lo vio distraído.
Hasta ahora, los únicos que sabían de la traición de la reina eran su hijo mayor y Paragus. Cuando se comunicó con Vegeta le ordenó discreción, ya que si ella fue capaz de mentirle en su cara, debían haber muchos más traidores en el planeta y no quería que nadie se enterara de la verdad, de lo contrario podrían advertirle y no quería que escapara. Por eso el ataque a los hombres de la reina sería sorpresa. Se encargarían de aprisionarlos a todos antes que pudieran hablar.
No le importaba acabar con la mitad de los habitantes de Vegetasei si así era necesario. Sabía que encontraría simpatizantes de la reina hasta en los puestos más altos del reino, pero también tenía la certeza que su hijo mayor no sería uno de ellos.
—Sí, señor. Lo siento.
—Eres en el único en quien confió, Vegeta —prosiguió el rey—. Te informaré de cualquier cambio en la misión. Será información que solo compartiré contigo, espero que te comportes a la altura.
—Por supuesto —respondió frunciendo el ceño—. Es así como siempre ha sido y será. —Ese pequeño llamado de atención le sirvió para comportarse como siempre—. Todos caerán, desde la reina hasta el más inútil de sus hombres. Hay una sola forma de pagar la traición y los haremos caer como lo merecen.
—Así me gusta, Vegeta… —hizo una pequeña pausa antes de continuar—. Hablé con Paragus. Le dije diera la orden a los castrados de detener a cualquiera que intentara ayudar a los traidores. No solo a los soldados de Koora, no importa quien fuese, su rango o título. Todos pagarían por igual la traición, incluso la reina o un príncipe, no me importa.
—No era necesario. Esa orden ya la había dado. Todo está listo. —dijo Vegeta a su padre, mientras la imagen de Tarble se le vino a la cabeza y apretó los puños, a sabiendas que desde el otro lado de la pantalla, su padre no podía verlo.
—Muy pronto estaremos de regreso celebrando el fin de algo que solo quedará como un recuerdo. Luego de esta batalla, nadie se atreverá en pensar que pueden acabar con nosotros.
—Sí, señor.
—Estamos al habla. —No esperó y cortó la comunicación.
La pantalla se puso negra y el príncipe permaneció en su lugar, observando su reflejo en la pantalla. No le gustó lo que vio y se dirigió hacia la puerta para regresar a su habitación. Dio pasos largos y rápidos hasta que llegó. Nuevamente su corazón latía más agitado de lo normal, como si se hubiera cansado por caminar unos cuantos metros. Caminó de un lado a otro, de brazos cruzados y golpeando su dedo índice sobre su brazo; no se había percatado, pero había comenzado a sudar. Debería estar concentrado en la batalla, todo lo demás quedar en segundo y último plano, como siempre había sido, pero tal como sucedió cuando no pudo matar a Koora, ahora cometería otro acto en contra de sus pensamientos y actos que lo hundiría mucho más.
No lo procesó, simplemente tomó su scouter y marcó para comunicarse a otro aparato que se encontraba en Vegetasei. La llamada no tardó en conectar.
—Vegeta. —Se escuchó la voz de Ginn sin problema ni interferencia.
El príncipe se tomó unos segundos con la boca abierta antes de emitir sonido alguno. La verdad es que no sabía qué decir.
—Tarble no debe salir de su habitación hasta que la limpieza termine. Debes custodiarlo. Tiene prohibido inmiscuirse en lo que suceda en el planeta, o morirá. —No esperó respuesta y cortó la llamada, e inmediatamente tiró el scouter sobre una mesa como si quemara y no pudiera soportar el calor en su mano enguantada. Se alejó unos pasos, sin entender qué ha hecho ni porque, pero sabe está mal, y nuevamente esa incómoda presión en el pecho se hace presente, tal y como lo experimentó la última vez que estuvo con Koora.
Algo muy malo le estaba ocurriendo, podía sentirlo, pero no lograba descifrarlo para terminarlo y regresar al de siempre.
—Señor, lo necesitamos en la cabina de mando —dijo un soldado que debió llamarlo en más de una ocasión para que le prestara atención.
—Voy enseguida —respondió distraído, aliviado de tener algo más en qué pensar.
Vegeta creía que lo que estaba por ocurrir le serviría para sanar, pero estaba equivocado. Aún no llegaba el momento en el que tocaría fondo y todo cambiaría.
Horas más tarde, Tarble se paseaba inquieto por su habitación. Dentro de poco llegaría Bardock y sacarían a Kyle de una vez por todas de este planeta. Tenía la nave lista con provisiones y todo lo necesario para llevar a su hermana sin problema alguno al encuentro con Koora. No pensaba despertarla hasta llegar a un lugar seguro, quería que fuese a su madre la primera que viera al abrir los ojos.
Estaba demasiado nervioso pese a tener todo a su favor. Había pocos soldados y toda la atención estaba dirigida a su hermano y la próxima pelea, pero era tan delicado lo que estaban por cometer, que no podía mantenerse tranquilo, especialmente al aún no tener noticias de su madre.
Fue hasta la cama, tomó su scouter y activó para establecer comunicación. Había una forma de calmar su inquieto corazón, al menos por un corto momento.
Para su fortuna la llamada se conectó enseguida.
—¡Tarble!
El niño sonrió cuando escuchó la voz de Gure. Hace tiempo le había obsequiado un scouter para poder comunicarse, aunque claro, no le explicó cómo hacer llamadas, así solo podría hacerlo él. Su intención era que nadie nunca supiera de ella ni su ubicación. Su planeta era rico en muchos minerales, algo por lo que los saiyajin atacarían y esclavizarían sin pensar.
—Gure —susurró Tarble e inmediatamente se transportó a un mejor lugar, uno más tranquilo y apacible, uno en el que podría vivir por siempre y olvidar el pasado.
—Tarble, estábamos muy preocupados, no habíamos sabido de ti en mucho tiempo —exclamó la niña y luego agregó ya más calmada y feliz—. Papá siempre decía que estabas viajando, estabas muy lejos y por eso no podías hablar.
—S- sí —respondió en voz baja y avergonzado de tener que mentir—. Estaba demasiado lejos, por eso no pude llamar antes… Siento haberlos preocupado.
—Eso ya no importa. ¿Cuándo vas a venir? Prometiste que vendrías a pasar un tiempo con nosotros y continuamos esperando. Incluso ya tenemos un cuarto para recibirte, ya no tendrás que dormir con mi hermano —dijo riendo.
El niño también rio al oír su voz tan alegre.
—¿Tienen un cuarto para mí?—dijo contenido, pero emocionado por aquel gesto.
—Sí. Tiene muy pocas cosas, pero cuando vengas podrás arreglarlo como gustes… Sé que amas viajar por las estrellas, siempre es lindo conocer nuevos lugares y gente, pero también es bueno dejar raíces, construir algo, como dice mi papá… Todos preguntan por ti, Tarble, incluso la gente del pueblo, están muy agradecidos por lo mucho que los ayudaste.
—¿E-en serio? —Debió reprimir el llanto. Jamás nadie le había dicho algo así, nadie había estado agradecido ni preocupado por él, salvo su madre. Y no había hecho nada difícil, sólo ayudar a construir una casa y trabajar en la tierra, ya que con su fuerza mucho más sobresaliente que la de esa gente, todo le resultaba más simple.
Le gustaba hacer cosas, crear, compartir. Era algo nuevo que aprendió con ellos y por eso estaba demasiado agradecido.
—¡Por supuesto!
—Es por eso que me comunico contigo, Gure —Parecía que cada vez perdía más la fuerza para hablar. No quería que nadie lo escuchara y correr peligro que encontraran a Gure y su gente. Jamás se lo perdonaría.
—¿Vas a venir? —preguntó emocionada. Si alguien estuviera en la misma habitación que Tarble, podría haber escuchado su aguda y simpática voz.
—Sí, muy pronto… y no iré solo.
—¡¿A quién vas a traer?! ¡¿A tu mamá?!
—No… a mi hermana… y luego a mi mamá.
La voz de la niña se podía escuchar sin necesidad de acercar el scouter al oído. Estaba tan contenta con la noticia que sin terminar la llamada comenzó a gritarle la noticia a su madre, quien seguramente se encontraba en otra habitación de la casita. Tarble guardó silencio, con una sonrisa feliz al escuchar esas voces llenas de vida y alegría. Era lo que quería para él, su hermana y mamá.
—Tienes que darme una fecha para prepararnos —dijo la niña a Tarble—. Y también puedes invitar a tu hermano. Sería lindo conocer a toda tu familia.
—Lo intentaré, pero él siempre está ocupado —susurró triste. Ya había aceptado que no volvería a ver a su hermano. Deseaba que la última vez que estuvieron juntos hubiese sido diferente.
—Es una lástima, pero al menos conoceremos a tu hermana y mamá.
—Sí —dijo, y miró la puerta de su habitación cuando escuchó pasos acercándose—. Gure, lo siento, pero me tengo que ir. Prometo comunicarme pronto para avisar mi llegada. Adiós. —Apenas pudo escuchar la despedida de Gure cuando cortó la llamada y puso el scouter sobre el velador.
Golpearon a su puerta, pero no esperaron una respuesta para entrar. Era Ginn, que luego de cerrar la puerta fue a sentarse a una silla junto a una de las ventanas que daban al exterior de palacio.
—Ginn, ¿qué haces aquí?
—Quiero compañía. No puedo esperar sola a que pasen los días y la guerra termine. —Llevaba fuera de su habitación un par de horas a sabiendas que se encontraba en el interior, pero terminó entrando cuando no lo escuchó, tenía miedo que hubiese salido por la ventana, por lo que era mejor quedarse con él.
Tarble la miró y luego el reloj en la pared. Ya casi era la hora para reunirse con Bardock.
—¿Por qué no fuiste con el resto? Pensé que querrías pelear.
—Quería, pero tu hermano no quiso. Creo que le molesta sentirse atraído a mí y por eso me aleja —respondió como siempre solía hacerlo, además eso fue lo que pensó cuando no la dejó abordar su nave, pero ahora lo entendía, la quería en el planeta para cuidar a su hermano. Tal vez en el momento de partir no sabía a ciencia cierta lo que ocurriría, pero ya sospechaba algo y era bueno tener a alguien de confianza a mano.
—Aún puedes ir y alcanzarlos. Solo son tres días de diferencia. No creo que la batalla dure menos de una semana. —Quería que se fuera para no interferir. Confiaba en ella, pero no podía arriesgarse y contarle sus planes, más que nada porque Ginn era más fiel a Vegeta.
—Lo pensé, pero no iré. Si ganan esta guerra, habrá muchas más esperando por mí. No me perderé de nada nuevo —Sacó la cinta que guardaba dentro de su guante izquierdo y se amarró su abundante cabello en una cola de caballo.
Tarble suspiró. Sabía que sería una tarea ardua intentar deshacerse de Ginn y los minutos pasaban y pasaban.
Ginn se acomodó en la silla y sonrió cuando su mirada se cruzó con la de Tarble. Había sido buena idea entrar y hacer guardia a su lado. No sabía qué era, pero estaba extraño y no creía que se debiese a la muerte de su madre. El niño tramaba algo y con mayor razón no lo dejaría salir de su habitación.
—¿Qué se supone que estamos haciendo aquí? —preguntó Kakarotto a su hermano, sin mirar atrás.
—Vamos a comer ¿No quieres aceptar una invitación a comer? Yo pago —dijo luego de que entraran a la taberna. Usualmente se encontraban repletas de gente, pero ahora solo la mitad de las mesas estaban ocupadas, y todos hablaban de lo mismo: la guerra entre los saiyajin y los planetas de esa mujer Alina. No había nadie que no recordara ese nombre, especialmente al tratarse de una mujer sin nivel de pelea que era capaz de humillar al rey Vegeta.
Los hermanos se sentaron en una mesa junto a una de las ventanas que daban a la calle y el menor gritó para que desde la barra escucharan lo que quería para comer. Raditz hizo lo mismo, pero no detalló, solo pidió lo mismo que Kakarotto.
—Pensé que irías a pelear —comentó el niño.
—No. No estoy de ánimo para combates, además a los guerreros como nosotros no nos dejaran sacar nada de valor, todo se lo llevan los de alto rango y los más rápidos. ¿Y qué hay de ti?
—Tampoco estaba de ánimos —mintió. Había quedado muy malherido luego de la paliza que le dio su padre. Tenía muchas ganas de ir para entrenar y mejorar su técnica, pero aún tenía huesos rotos y era demasiado orgulloso para pagar unas horas en un tanque de recuperación.
Cuando comenzó a llegar la comida, Kakarotto no siguió conversando, se centró en la carne y la bebida, mientras que Raditz no podía ingerir una sola pieza de pan. Le había mentido a su padre, hace dos días lo visitó y aseguró que tenía todo listo para irse con Kakarotto y de paso consiguió averiguar el día que iría por la princesa. Ese día era hoy, y por ningún motivo se iría del planeta dejando solo a su padre cuando más podría necesitarlo. Estaba seguro que con estar en un lugar concurrido y apartado de palacio serviría para no relacionarlos, además, sabido era que ya no había relación entre ellos, lo que ahora contaba a su favor. La idea de Raditz era dejar a Kakarotto comiendo y bebiendo hasta embriagarlo y se durmiera. No sería difícil, ya que al niño le encantaban las bebidas con alcohol y no tenía mucha resistencia.
—Si no te comes tu parte, la comeré yo —amenazó el niño, con la boca llena de comida.
—No hay problema —dijo Raditz sonriendo—. Solo quería una excusa para traerte aquí.
—¿Una excusa? No quiero hablar de Bardock. Si vuelves a molestarme con lo mismo me iré en cuanto termine la comida.
Raditz sonrió más ante ese comentario.
—Si estuvieses tan molesto deberías irte ahora mismo, no después de comer.
—Tengo mucha hambre, puedo soportar tu mierda un rato, pero luego me voy.
—Está bien, Kakarotto, no hay problema. No quiero hablar de papá hoy. Solo quiero que estemos juntos, nada más. —Le llenó el vaso en cuanto vio que lo tenía vacío.
El niño lo miró con desconfianza, pero continuó comiendo animadamente.
Ginn bostezó una vez más y se alejó de la ventana. Vio un poco de movimiento en el exterior, por lo que decidió correr las cortinas para que Tarble no pudiera ver nada. Tomó el pequeño libro que estaba sobre el velador y regresó a la silla para intentar leer, mientras que Tarble continuaba sentado a los pies de la cama, observando el reloj. Ya era hora, debía ir al encuentro de Bardock.
—¿Qué haces? —preguntó la chica al verlo ponerse de pie.
—Tengo que salir, no tardo, puedes seguir leyendo aquí.
Antes que pudiera acercarse a la puerta, Ginn ya estaba delante de él tapándole el camino.
—Lo siento, Tarble, pero no puedes salir de aquí.
—¿De nuevo con eso? Necesito salir un momento, no tardaré, puedes confiar en mí.
—Son órdenes nuevas, Tarble.
—¿De quién? ¿De Vegeta? —preguntó molesto—. ¡Mató a mi mamá! ¡Jamás voy a volver a obedecerlo! —Mintió, pero debía hacer lo posible por salir.
—Sé lo que hizo, pero ahora las cosas cambiaron. No puedo dejarte salir por hoy, sea lo que sea que tengas que hacer puede esperar un poco, no será para siempre.
—No puedes hacer esto, Ginn, soy el príncipe, yo te doy órdenes. —Levantó la voz para que supiese que hablaba en serio. Debía salir de su cuarto ahora mismo y ayudar a Bardock. Esta sería la única oportunidad para sacar a Kyle del planeta, no podía quedarse encerrado.
—Sé quién eres, pero considerando los acontecimientos no puedo dejarte salir como la otra vez. Lo siento, es mi última palabra.
—Hazte a un lado, Ginn, voy a salir, quieras o no, y hablo en serio —dijo con tono de mando imitando a su hermano cuando daba órdenes a soldados. Solo alcanzó a dar dos pasos antes de caer al suelo por un golpe de bota de Ginn. Fue tal la fuerza que terminó con la espalda contra la pared.
—Yo también estoy hablando en serio, Tarble —dijo, y se quedó de pie junto a la puerta. No le agradaba usar la fuerza bruta contra él, pero si Vegeta fue capaz de llamarla y exponer su debilidad con tal de cuidar a su hermano, entonces se trataba de algo serio, y ella no defraudaría a Vegeta y tampoco dejaría que lastimaran a Tarble.
Como guardaespaldas del príncipe Tarble, Bardock debía conocer cada rincón y entrada secreta de palacio en caso de tener que escapar con el niño. Fue por eso que no le fue difícil entrar, pese al tiempo transcurrido, reconocía muy bien el lugar, como si el día anterior hubiera estado ahí.
Fue sigiloso cuando encontró un soldado del rey haciendo guardia cerca del sector. Se supone debían haber más, pero seguramente la mayoría se encontraba fuera del planeta. No tuvo otra opción que acercarse sigiloso por detrás y quebrarle el cuello a la primera oportunidad. No podía comenzar una pelea dentro de palacio, de lo contrario lo descubrirían enseguida. Se preocupó de ocultar el cadáver y continuó avanzando.
Cuando llegó al lugar donde debía encontrarse con Tarble, lo esperó por unos minutos. No lo hubiera hecho, pero en ese momento un par de soldados del rey pasaron caminando y no tenía cómo deshacerse de ellos sin hacer un escándalo. Debió permanecer escondido detrás de una pared falsa hasta que ya no pudo escuchar sus pasos ni voces. Luego de eso decidió no esperar más al príncipe, no podía perder el tiempo, tenía que seguir solo.
Atravesó un par de puertas más. Se metió a otro cuarto deshabitado y desde ahí avanzó por otro pasillo oculto. El palacio era realmente grande y la sección donde habitaban los príncipes siempre se había encontrado deshabitado para la comodidad de estos. Debió tomar por sorpresa a otro soldado, pero no le salió tan fácil como el anterior. Recibió varios codazos en el abdomen antes de lograr quebrar su cuello. Afortunadamente la armadura se encargó de amortiguar el impacto y no hizo tanto ruido. Dejó el cuerpo en un pasillo y siguió.
Sabía que el castigo por matar guerreros de su raza era la muerte, sobre todo si estos hombres eran soldados reales, ya que valían más que el resto, y por supuesto, mucho más que un saiyajin sin poder de pelea. Pero no era la primera vez que Bardock asesinaba soldados del rey. Hace años, cuando el rey atacó el planeta de Alina en contra los ruegos de Koora, éste sometió a las personas que le había dado cobijo al príncipe Vegeta quien se encontraba al borde de la muerte. En ese momento debió hacerlo para ayudar a Koora y a los inocentes que no podían defenderse contra los saiyajin. Recordaba muy bien aquella ocasión, ya que fue donde todo cambió para Koora, quien después comenzó a renegar de los combates, y claro, el resto ya es sabido. Por eso ahora paseaba por palacio, como un fantasma eliminando a los soldados que debiese derribar con tal de sacar a su hija para reunirla con su madre.
Continuó su camino, hasta que encontró a dos soldados custodiando una entrada. Sabía que al otro lado debía estar Kyle, pero no había cómo llegar ahí sin atravesar la puerta. Los observó detenidamente hasta que reconoció sus colores, por lo que decidió arriesgarse. No tenía otra opción. Salió de su escondite y se dejó observar por los soldados que se pusieron en posición de ataque en cuanto lo vieron frente a ellos.
Bardock levantó sus manos y habló con calma.
—Cyb, no vengo a atacar, también soy fiel a la reina. —Afortunadamente recordó a uno de los hombres y aunque no estuvo muy interiorizado con lo que hizo Koora después que dejó de trabajar para ella, suponía que todos sus hombres debían compartir los mismos ideales que ella, de lo contrario no los tendría a su lado. Conocía a Koora y sabía cómo trabajaba, por lo tanto debía arriesgarse.
—¿Qué es lo que haces aquí? —preguntó el soldado que dejó la postura de combate cuando también lo reconoció. Todos sabían que Bardock había sido el hombre de confianza de la reina y pese a ya no trabajar para ella, la soberana siempre tuvo buenas palabras hacia él.
—Estoy aquí por la reina.
—¿Le pasó algo? —preguntó preocupado el otro soldado, un hombre muy joven, casi de la misma edad que Raditz—. Nos dijo que podíamos abandonar el planeta, y muchos lo hicieron, pero nosotros nos quedamos esperándola.
—Koora no regresará a este planeta jamás —respondió Bardock—. Y es lo mismo que deberían hacer ustedes. Pronto todos en el planeta sabrán que ella fue quien filtró información al enemigo. Es peligroso para ustedes.
—¿Pero entonces, qué haces aquí? —consultó Cyb.
—Vengo por su hija. Koora fue atacada y estaba en muy mal estado para arriesgarse a venir. Necesito llevarme a la niña para reunirla con ella. ¿Cuento con su ayuda?
Tardaron unos segundos en responder. Necesitaron procesar toda la información, pero luego casi al unísono respondieron con un potente sí.
—Ahora es el mejor momento para sacarla —dijo Cyb—. La gran mayoría de los soldados se fueron, podrás hacerlo sin problema. —Abrió la puerta y le indicó que pasara—. Hazlo rápido, nosotros nos quedaremos resguardando la entrada y te ayudaremos a sacarla del planeta.
—Gracias. —No esperó y fue, pero antes de ingresar al cuarto, el soldado lo tomó del hombro para detenerlo y decirle:
—Cuando veas a la reina, por favor, dile que somos muchos fieles a ella y que la esperaremos todo lo necesario. Creemos que ella puede hacer un cambio grande en este planeta y ayudar a mucha gente.
—Sí —respondió Bardock, e ingresó al cuarto. Los soldados no tardaron en cerrar la puerta para aparentar normalidad en caso que viniera alguien más.
Bardock caminó por el desolado pasillo, sus pasos retumbaban en el lugar. Ahora se daba cuenta de que lo que Koora hizo era grande y muy importante para muchos hombres y mujeres saiyajin. Nunca pensó que podría haber tantos con el mismo pensamiento pacifista que ella y esperaban las órdenes de ella para continuar trabajando.
Finalmente se acercó al cuarto donde se escuchaba ruido de máquinas funcionar, encargadas de mantener viva a la princesa y proporcionarle todo lo necesario para tenerla en óptimas condiciones. Cuando abrió la puerta permaneció unos instantes en el lugar, mirando el tanque/incubadora, donde su hija dormía plácidamente.
Era la primera vez que la veía, y no supo qué sintió en ese momento.
Kakarotto ya había engullido la mitad de los platos y bebido casi una botella entera, pero continuaba con mucha energía y despierto. Raditz ya necesitaba irse, pero el alcohol parecía no subírsele a la cabeza aún. Tal vez debería cambiar un poco el plan y comprarle más comida e inventar algún pretexto para dejarlo solo, eso debería servir.
—Esto está muy bueno, pero la próxima vez cocina tú —comentó el niño cuando se tomó un momento para escoger entre comer el pedazo de carne o una gran papa cocida.
—Antes odiabas mi comida.
—Ya no lo haces tan mal —respondió encogiéndose de hombros.
—Está bien, yo cocinaré la próxima vez, pero ahora puedo pedir más comida.
El niño no respondió, cambió su expresión relajada y clavó su mirada a cuatro saiyajin que entraron a la taberna. Raditz miró hacia donde lo hacía su hermano cuando notó su transformación.
La primera y única vez que Kakarotto había visto soldados del reino y castrados juntos, fue cuando perdió a su mamá.
Le tomó un poco a Raditz darse cuenta del por qué Kakarotto los miraba de esa forma, pero pronto descubrió que dos de esos hombres no tenían rabo.
Pronto los murmullos comenzaron a ser más fuertes entre los hombres y mujeres de la taberna. Los castrados no podían salir de la Zona Negra y mucho menos frecuentaban los mismos lugares que los normales. Llamaba poderosamente la atención que los otros saiyajin eran soldados del reino, ya que los colores en sus armaduras los identificaban como tal.
Se escuchó a un hombre en la barra decir que debían retirarse ya, que no importara que estuviesen con soldados del reino, debían irse porque no quería problemas. Todos sabían que ayudar a un castrado era considerado una falta grave.
Ni a los castrados ni a los dos soldados pareció importarles las palabras ni las miradas de desprecio. Conversaron entre los cuatro sin dejar de inspeccionar el lugar y a cada persona en su interior, hasta que se detuvieron en uno en particular.
Uno que vestía los colores de la reina.
—Ese, tráiganlo, ahora —ordenó el soldado de más alto rango.
Ante el mandato, los dos castrados fueron hacia el soldado que se encontraba en un rincón del local comiendo y bebiendo como el resto. El hombre dejó el vaso y la comida y se puso de pie enseguida, sintió que no sucedería nada bueno.
Lo que siguió fue rápido. Nadie intervino, la gran mayoría de los presentes no combatía o no tenía la fuerza necesaria para detener a los castrados, que con algo de dificultad sometieron al soldado de la reina, incluso debió intervenir un soldado del rey para eso. Varias mesas quedaron dada vueltas, los platos y botellas rotos y la comida esparcida en el suelo. Los saiyajin cercanos a la pelea se alejaron asustados y los más próximos a la puerta intentaron salir, pero se detuvieron cuando escucharon al soldado de rango alto ordenarles quedarse en su lugar.
En un momento Kakarotto quiso moverse, pero ante la mirada de Raditz se contuvo, por lo que se mantuvieron en sus asientos, observando todo.
—¡Escuchen todos y escuchen bien! —gritó el soldado que daba las órdenes—. Hay algo mucho más repugnante que los castrados y esos son los traidores. Por orden real, todos los hombres fieles a la reina quedan detenidos bajo el crimen de traición. Todo el que oponga resistencia será ejecutado en el acto y cualquiera que intente intervenir recibirá el mismo castigo.
Mientras el soldado hablaba, Raditz dirigió su atención hacia el exterior y se encontró con un escenario similar en diferentes puntos. La calle, otras tabernas y seguramente en el mercado y resto del planeta donde hubiese habitantes se llevaba a cabo lo mismo: soldados con los colores del rey, junto con castrados aprisionando y ejecutando a hombres de la reina y cualquier simpatizante de ésta.
—¿Qué está pasando? —preguntó Kakarotto en voz baja a su hermano.
El joven miró a su hermano, pero no respondió, pese a que ya sabía muy bien qué ocurría. Aún no lanzaban ninguna acusación concreta contra la reina, pero contaba con información privilegiada. Era claro que el príncipe Vegeta había hablado y muy pronto sería obvio que la reina era quien había traicionado al rey y a Vegetasei mismo al unirse con el enemigo.
En cuanto sacaron al soldado de la taberna, Raditz se puso de pie, preocupado y asustado. Detendrían a todo hombre fiel a la reina, eso significaba que su papá correría con el mismo destino, y lo peor de todo, en palacio había hombres de la reina, lo que significaba que su padre iba directo a un ejército listo para exterminarlo.
Salió de la taberna sin decirle una palabra a su hermano. Por supuesto el pequeño lo siguió sin entender aún qué demonios pasaba.
En el exterior todo era caos. Parecía que el planeta era invadido por su propia gente, sin piedad. Soldados del rey con castrados aprisionando, golpeando a conocidos y desconocidos, destruyendo lugares enteros con tal de encontrar a los traidores. Se llevaron a su paso todo y todos con tal de tomar a la mayor cantidad de hombres y mujeres. Quienes no eran guerreros corrían asustados a esconderse a sus casas, pero éstas eran inspeccionadas en la búsqueda de cualquier indicio de pertenecer al bando de la reina y de no encontrarse presente el traidor, los amenazaban de muerte para que apareciera su hijo o hija, padre o madre, hermano o hermana.
Muchos murieron esa noche porque su familiar había huido hace tiempo cuando la reina les dio libertad de acción; otros llegaban a auxiliar a sus seres queridos y no oponían resistencia a la detención para salvarlos y no comprometerlos. En otros sectores se efectuaron fieras batallas para defender a los suyos o escapar, pero castrados y fieles al rey estaban más preparados y los superaban en número, además contaban con la ventaja de no preocuparse por nadie. Ese fue el punto a favor que usaron en la mayoría de los casos.
—¡¿Qué hay que hacer?! —preguntó Kakarotto en medio del alboroto. Vio a castrados atacar a conocidos, gente que vivía cerca de su antigua casa o que reconocía del mercado y quiso ayudar, pero tuvo miedo. Los soldados del rey también estaban involucrados y eso era malo.
Raditz recién se percató que tenía a su hermano detrás de él.
—Espérame en la carnicería. Ve allá y no salgas.
—¡No! ¡No haré eso!
—¡Hazme caso! ¡Esto está muy peligroso!
—¡No! ¡Dime qué vas hacer! —gritó el niño para hacerse oír por sobre todo el escándalo.
—¡Vete a la carnicería! —ordenó, pero no esperó a que le obedeciera, corrió entre la gente para llegar a palacio y ayudar a su padre si lo necesitaba. No era buena idea volar, llamaría la atención y lo último que quería era que lo apresaran. No miró hacia atrás, pero intuyó que su hermano lo seguía y no supo que era peor, si dejarlo solo en el pueblo o que lo acompañase.
—¡Están deteniendo a los hombres de la reina! —gritó Kakarotto cuando se puso junto a Raditz. Los dos corrían tan rápido que levantaban polvo a su paso—. ¡Estás buscando a Bardock!
—¡Sí, eso estoy haciendo! ¡Y si vienes conmigo es porque vas a ayudarme!
—¡No voy a ayudarte con él! ¡Voy contigo para cuidarte!
Raditz no le respondió.
—Debes confiar en mí —insistió Ginn, luego de golpear al niño por tercera vez. No lo dejaría salir, ya lo tenía decidido—. Esto es por tu bien.
—¡Tú tienes que confiar en mí! ¡Necesito salir! —Se puso de pie con la mano en su costado. Ese último golpe le había dolido mucho. Aún no se reponía de la paliza de Vegeta y ahora debía soportar los puños de Ginn.
—Todos saben lo cercano que eres a la reina, no puedo dejarte salir hasta que todo termine.
—¿Qué es lo que van hacer? —preguntó alarmado.
—No puedo, Tarble. —Se acercó a la ventana para mirar. Ya comenzaba a ver movimiento en el exterior. La limpieza había comenzado—. No puedo decirte.
—¡¿No puedes?! ¡¿Después de todo lo que hemos pasado juntos?! —Se desesperó. Qué era lo que no sabía y le habían ocultado. Pensó en su madre, en que la habían descubierto y la angustia creció—. ¡Tienes que decírmelo! —gritó mirando a los ojos de Ginn.
La joven se sintió mal. Le debía mucho a Tarble, pero no había mucho que pudiese hacer. Su madre estaba muerta y no quería que él corriese el mismo destino.
—No tengo toda la información —dijo.
—¡Dime lo que sepas!
Ginn miró nuevamente hacia el exterior antes de responder.
—Van a capturar a todos los soldados de la reina. Soldados del rey y castrados tienen orden de detener y matar a cualquiera que se oponga.
—¡¿Qué?! ¡¿Vegeta habló?! —Una parte de él se mantenía esperanzada de que su hermano no abriera la boca. Esto era un duro golpe para él.
—Supongo que sí.
—¡¿Qué más sabes?! —Se acercó a Ginn y la tomó de la cintura de la armadura para presionarla y que hablara—. ¡Dime!
—No sé a qué planeta van, pero también va el rey y guerreros de otro planeta con el que hicieron una alianza.
Tarble la soltó y alejó unos pasos. No quería pensar lo peor, pero si Vegeta habló también les debe haber dicho que su madre estaba viva.
—¡¿Saben dónde está mi mamá?!
—¡¿Cómo?! —por un momento Ginn no entendió de qué hablaba.
—Tengo que advertirle a mi mamá —exclamó para sí mismo, pero no sabía cómo. No sabía si llevaba scouter consigo ni en qué nave iba para contactarse. Debía encontrar a Bardock y avisarle enseguida.
—¡¿Avisarle a tu mamá?! ¡¿De qué estás hablando?! ¡La reina está muerta!
Tarble no le respondió, corrió hacia la puerta, pero la joven lo detuvo.
—Dime lo que está pasando, Tarble. ¿Qué es lo que ocultas? ¿Cómo es que la reina no está muerta?
El niño guardó silencio, no podía explicarle más a Ginn sin comprometer la misión que tenían.
Ginn iba a insistir, pero el lugar entero retumbó por una explosión no muy lejos de ellos. Los dos corrieron a la ventana para ver lo que sucedía. Ya habían guerreros peleando, hombres de la reina intentando escapar o ayudar a su compañero que había sido apresado por los soldados del rey y castrados. Pronto las explosiones de poder y gritos aumentaron.
—¡Están matando a nuestra propia gente! —lamentó el niño a viva voz—. ¡Tenemos que hacer algo!
—No, Tarble. Son traidores.
—¡Sabes que está mal, Ginn! No podemos exterminarnos entre nosotros. ¡Esta raza ya ha caído demasiado bajo! ¡Gente que conoces está siendo masacrada!
—Lo siento, Tarble —respondió Ginn angustiada al encontrar razón en las palabras del niño—. Pero no puedo dejarte salir. No podemos hacer nada, terminará pronto.
—No, Ginn. Esto recién está comenzando. —Se alejó un poco de ella, mientras que la chica continuó mirando hacia el exterior—. No se detendrá hasta que el planeta se vaya a pique.
—Tengo que protegerte… Lo siento mucho.
—Yo también lo siento, Ginn.
La joven no se dio cuenta cuando el niño acumuló gran cantidad de energía en las manos. Estaba tan absorta en lo que ocurría afuera que solo fue consciente del ataque del Tarble cuando la bola de energía golpeó su espalda y la empujó hacia el patio, llevándose consigo la ventana y parte de la pared.
Agotado, por usar toda su energía en un ataque, Tarble salió corriendo de la habitación para encontrarse con Bardock. Debía ayudarlo, advertirle y comunicarse con su madre antes de que fuese demasiado tarde.
Continuará...
No puedo creer que haya terminado en tan poco tiempo, pero la inspiración me golpeó y aquí está el capítulo. Sigo de vacaciones, me queda un par de semanas, así que no los aburriré con llantos sobre la universidad jajajaja.
Y bien, ya casi se sabe toda la verdad respecto a Koora. Los soldados fieles a ellas que continuaban en el planeta esperándola, han sufrido las consecuencias, al igual que inocentes y sus familiares. Pero eso no ha terminado, les falta mucho por sufrir.
Raditz no podía abandonar a su padre. No se lo perdonaría si algo le pasaba y no hacía nada al respecto. Ya perdió a su mamá, no podía seguir su papá. Y claro, Kakarotto orgulloso no podía dejar solo a su hermano, ya que pese a evitarlo todo el tiempo, lo quiere demasiado como para no importarle lo que haga, especialmente en un momento de peligro. Kakarotto pese a ser ahora independiente, sigue siendo un niño, por eso le preguntó todo a su hermano cuando comenzaron los ataques. Pese al tiempo, lo ocurrido entre ellos y la separación, siguen teniendo una relación especial, por mucho que el niño no quiera admitirlo.
Vegeta está mal. Primero no mató a su madre cuando pudo hacerlo y ahora traicionó al rey cuando llamó a Ginn para ordenarle que protegiera a Tarble. Por supuesto con el resto continúa comportándose como siempre, pero son esos importantes detalles los que lo tienen confundido y experimentando sentimientos que jamás había tenido. Koora y Tarble son su punto débil y ellos ocasionarán su pronta caída emocional.
La relación entre Tarble y Ginn es especial, ya que el niño le enseñó a leer y escribir y ella, sin proponérselo, terminó siendo amiga del pequeño príncipe. La única amiga en Vegetasei. Pero Ginn no puede traicionar a Vegeta y tampoco exponer a Tarble a que lo atrapen por ayudar a los hombres de la reina.
El único momento de Tarble es cuando se comunica con Gure. Es como transportarse a su planeta y vivir una realidad completamente diferente a la que tiene en el suyo y hará lo que sea con tal de llevar a su hermana a ese lugar.
Bardock por fin pudo llegar al cuarto donde mantienen a Kyle. Es la primera vez que ve a la niña y eso desordenó sus pensamientos por completo, pero no sabe que ya ha comenzado la limpieza, y si fue muy fácil entrar a palacio, salir será completamente diferente.
En el próximo capítulo veremos el desenlace de todo.
Muchas gracias a MikuMV, Claudia, Nyrak, Tour, Maytelu, Vanerod, Perla, Starfantasi492, Lol, Sidny Mikash, Ina, Silvin y los anonimos por dejar rw. Como ya les comenté, me gusta saber lo que piensan de esta historia, además de que siempre es lindo que mi fic que adoro tanto reciba muestras de cariño.
Nos vemos en una próxima actualización.
Miles de besos,
Dev.
27/07/2016
