El Castigo Por un Engaño
Por Candy Fann (CandyFan72)
Respetuosamente reconozco los cientos de fics que he leído y la influencia que puedan o no puedan tener en mi historia – esta historia la he escrito sin fin de lucro y es basada en los personajes principales que le pertenecen a Mizuki e Iragashi
Muchos personajes que han sido añadidos pueden ser basados en personajes históricos – pero su función en esta patraña es puramente un trabajo de ficción ya que este relato no es históricamente exacto.
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Mil gracias por todos sus mensajes – su apoyo es apreciado y el incentivo principal para seguir con este relato
Capítulo 37 – Retorno
Estoy cayendo.
Y al caer recuerdo vagamente a esa niña del cuento infantil, Alicia en el país de las maravillas, cayendo por la madriguera del conejo... en caída libre, al igual que yo ahora.
Siento el aire revoloteado mi cabello y espero…
Espero... y espero un poco más; esperando la inevitable sacudida que sucede cuando finalmente aterrizas en el suelo con un golpe sordo y despiertas, completamente aterrorizado, de una terrible pesadilla.
Pero el esperado golpe nunca llega.
Y esto no se siente como solo otro de mis sueños tempestuosos.
En lugar de oscuridad, estoy rodeado de luz y de repente puedo escuchar olas rompiéndose suavemente a mis pies y el sonido de gaviotas graznando en la distancia. A pesar de que mis ojos están cerrados, siento el cálido beso del sol brillando sobre mí, y el inconfundible olor de una brisa salada llena mis fosas nasales.
Parpadeo inquieto, cegado por la luz que se cierne sobre mí, pero no siento temor…
Me siento pequeño, como un niño, pero no es hasta que abro los ojos para contemplar la inmensidad del océano que soy consciente de mi verdadera insignificancia.
Vuelvo mi cabeza hacia un lado y veo a una chica corriendo en la playa, jugando con un cachorro. La reconozco como Rosemary, mi hermana mayor y el perro es Pecas, un hermoso Labrador color chocolate que encontró abandonado en las calles de Edimburgo y que tía Elroy odia con pasión desmesurada.
Rosemary corre con su perro persiguiendo gaviotas a lo largo de la playa, sin sombrero ni guantes, y su melena dorada parece hecha de hebras de oro puro bailando a la luz del sol.El eco de su risa flota con el viento, como su cachorro le ladra a un palo que ella agita delante de él. Mi hermana tiene dieciocho años de edad, es una joven encantadora y recientemente se ha enamorado de Vincent Edward Brown, un capitán de la Marina Real. Lo conoció a bordo del barco en el que cruzamos el Mediterráneo, y el capitán Brown ha sido un visitante frecuente a nuestra villa italiana aquí en la Costa Amalfitana. Tía Elroy le desprecia, pero a nuestro padre le gusta y le tiene en alta estima.
El sol en mi rostro se torna más cálido, y pronto puedo oír la voz atronadora de tía Elroy cerca. "¡Rosemary! ¡Estás montando todo un espectáculo, señorita! Ven acá inmediatamente y ponte su sombrero y guantes. ¡Tu cara estará cubierta de pecas dentro de poco y arruinarás tu cutis para siempre!"
Mi hermana finge que no puede escuchar sus reproches insistentes y corre más rápido con el perrito mordisqueándole los talones, sus carcajadas pronto llenan el aire y la voz de mi tía se hace más fuerte. "¡Henry! ¡Tienes que hacer algo! Esa muchacha es incorregible. Su comportamiento es inaceptable en una señorita de su alcurnia. ¡Dios mío! Si alguno de nuestros conocidos la viera en este instante, su … su reputación en la buena sociedad como una muchacha sensata quedaría por los suelos.¡Henry! ¿Me escuchas? ¡A estas alturas nunca le encontrarás un marido que logre encarrilarla como se debe!"
Y luego, lo oigo… ya que él tiene la misma voz de barítono profunda que he heredado.
"Vamos a darle a tu tía otra cosa de qué preocuparse, mi muchacho," dice mi padre a mi lado con una risa traviesa, súbitamente alzándome en sus brazos para ponerme sobre sus hombros. Puedo ver toda la playa desde allí... y me siento invencible.
Mi padre empieza a perseguir a mi hermana mientras cabalgo sobre sus hombros, y me escucho a mí mismo emitiendo chillidos de risa. Voy rebotando de arriba abajo, pero no tengo miedo. Papá sostiene mis tobillos con sus enormes manos y corremos hasta que los gritos de la tía Elroy son ahogados por el sonido de las olas y el perrito ladrando a nuestros pies.
Entonces papá pronto se vuelve de la playa y corre hacia el agua y, con una carcajada, me tira sobre una ola espumosa. Mi cabeza sale a la superficie y escupo un chorro de agua salada de mi boca... y, mirándonos el uno al otro, nos reímos.
Tengo cuatro años y mi padre es mi héroe. Cuando él está cerca es como tener a mi propio dios; alguien como el tal Zeus de los libros de historia que él me lee por las noches cuando no está demasiado cansado o fuera en un viaje de negocios.
Él me toma en sus fuertes brazos y me abraza, y entonces yo me aferro a sus anchos hombros mientras retozamos inmersos en las cálidas aguas color turquesa. "Te quiero, pequeño Bert," profesa con una sonrisa, apartando de mi rostro un mechón de pelo largo y mojado. "Recuerda esto, hijo mío. Puede ser un viejo cliché, pero es cierto: el dinero no compra la felicidad. Gente como tu tía tienen todo el dinero que pueden desear y, sin embargo, existen en una vida de miseria de la que no pueden escapar. Cuando crezcas, muchas personas intentarán convencerte de la importancia de tener una casa más grande, o dirán que más dinero en tus arcas te hará feliz... pero eso no es nada más que un espejismo. Tu felicidad proviene de aquí," afirma, señalando mi pecho desnudo con un dedo. "Haz lo que tu corazón te indique, hijo. Encuentra a alguien que te ame y te acepte por el hombre que eres y no por tu apellido o riqueza. Ese será tu reto y, cuando la encuentres, será tu verdadero tesoro. Sólo tienes que ser tú mismo y trata de ser feliz, Bert. Todo lo demás en tu vida encajará en su lugar."
Le sonrío confiado, inseguro del significado de sus palabras, pero una parte de mí siempre recordará lo que ha dicho este día. Estas serán las últimas vacaciones que pasamos juntos, como al año siguiente, tres meses después de celebrar la boda de mi hermana, mi padre morirá tras una corta batalla contra la neumonía. Sus últimas palabras serán para Rosemary, rogándole que cuide de mí y me proteja de las excesivas expectativas de mi tía.
Sin embargo, en esas últimas vacaciones, el futuro sigue siendo nada más que un sueño efímero... y nuestra vida juntos parece extenderse frente a nosotros llena de posibilidades.
Una ola se estrella sobre nosotros y ambos quedamos sumergidos completamente bajo las aguas color turquesa. Mis pequeñas manos tratan de aferrarse a los hombros de mi padre, pero la corriente es demasiado fuerte y me acarrea lejos de él. Trato de no entrar en pánico, pero mis pulmones gritan clamando una bocanada de aire a la vez que soy sumergido más y más profundamente hasta que me parece que estoy llegando al fondo del océano. Mis pulmones están a punto de estallar y cierro los ojos, incapaz de mirar a la muerte en la cara, y con un grito, descubro que puedo por fin abrirlos y mis pulmones respiran nuevamente con normalidad.
Esta vez, sin embargo, me encuentro lejos del mar y dentro de una habitación familiar. Para ser exacto, una habitación de la que casi me había olvidado en Lakewood. Mi hermana Rosemary yace en su cama, una sombra de su antiguo ser. Ahora ella es mayor, y yo también. Tengo 14 años de edad y soy más alto que el hombre cabizbajo de pie a mi lado, un caballero que sujeta con pesar a mi sobrino Anthony por los hombros. Vincent silenciosamente toma a su hijo de la mano y lo lleva fuera de la habitación cuando mi hermana susurra mi nombre con dificultad. Me acerco a su lecho, y ella da un par de palmaditas a un lugar a su lado a la orilla de la cama. Me siento sin saber qué hacer o decir, pero ella toma mi mano rápidamente. Su pequeña mano es fría al tacto, tan fría como el hielo, y sé que el final de su trayecto en esta tierra se acerca. Mi mano, más cálida, trata de transmitirle algo de calor, cubriéndola completamente con delicadeza.
"Oh Bert... así no es como quería dejarte," gime casi sin aliento, ahogándose con cada palabra. "Yo quería verte conocer a alguien especial, sonreír al saber que estas locamente enamorado y luego formando tu propia familia.Pero ahora parece que voy a tener que conformarme con estar vigilándote desde el cielo."
Mi voz se quiebra, un resultado vergonzoso de la odiosa pubertad por la que estoy pasando y del dolor que siento ante otra pérdida, pero no me importa. Aun no soy un hombre y no quiero que mi hermana me deje... no cuando apenas estoy empezando a comprender todo lo que mi familia espera de mí. "Por favor, Rosemary, no te vayas," le ruego suavemente a través de mis lágrimas. "Anthony te necesita. Yo te necesito. Y Vincent estará perdido sin ti."
Su rostro es tan exangüe como el de un cadáver, y deduzco, por el sonido laborioso de su respiración, que ya se ha resignado a perder la última batalla. Ha estado tísica durante muchos años, y ahora su cuerpo no puede resistir otro día de sufrimiento. "Bert. Ay hermanito. Tendrás que mostrarle a Anthony cómo ser fuerte. Sólo tiene siete años, y te adora.Vincent buscará consuelo en su carrera, pero sé que Anthony no será capaz de viajar con él a menudo. Por favor, Bert… cuida de él. Cuida de mi Anthony. Y recuerda lo que papá siempre decía: la felicidad está dentro de ti. Intenta ser tú mismo. Encuentra a alguien que ame al hombre en el que algún día te convertirás y no a tu dinero o apellido. Sólo vivimos una vez, Bert, entonces vive bien y se feliz… feliz aun cuando me eches de menos, porque yo viviré siempre en tu corazón. Ahora por favor, dile a Vincent que entre. Quiero decirle adiós a mi marido."
Beso su frente sudorosa y, temblando de pie a cabeza, salgo a encontrar a mi cuñado, quien espera pacientemente en el pasillo con Anthony.Apenas puedo contener mis lágrimas, y con un leve movimiento de su cabeza Vincent se retira para esta al lado mi hermana, dejándome a solas con mi sobrino. Tomando la mano de Anthony, lo llevo hacia el jardín, donde las últimas rosas de la temporada empiezan a perder sus pétalos. Un sollozo escapa de mi garganta como veo los pétalos siendo acarreados por la briza en un remolino, como si el jardín ya estuviera de luto por la pérdida de mi querida hermana y los pétalos son sus lágrimas.
La vocecita de mi sobrino y la desesperación de sus palabras, finalmente desgarran mi corazón. "¿Qué va a pasar con mi madre, tío Bert?"
Caigo de rodillas frente a él, estrechándolo contra mi pecho cuando estalla en lágrimas de angustia. "Tu madre va a estar cuidando de nosotros desde el cielo, Anthony, pero una parte de ella siempre estará aquí, en nuestros corazones y en este jardín. Recuérdalo. No estamos solos, ella estará con nosotros siempre."
Él entierra su rostro en mi hombro, y siento su pequeño cuerpo temblar con cada sollozo. Una ráfaga de viento se lleva los pétalos que se arremolinan a nuestro alrededor, y de repente nos vemos envueltos totalmente por una nube fragante. Sólo puedo ver una pared de pétalos color rosa y blanco rodeándome por completo, y cierro los ojos cuando una luz cegadora me deslumbra una vez más.
Cuando el viento cesa, me encuentro vestido con mi kilt en una colina muy familiar. Es uno de mis lugares favoritos en Lakewood para esconderme, y el lugar al que he huido. Es el día del entierro de mi hermana, pero tía Elroy ha decretado que, como el heredero secreto de la fortuna de Ardley, sería demasiado arriesgado para mí asistir. Además, me ha informado que me veré obligado a alejarme de Anthony para asistir a un exclusivo internado en Londres. Le he dicho mil veces que no quiero irme... que sería mejor permanecer aquí con mis tutores y Anthony, pero ella simplemente no quiere escuchar mis razones.
Frustrado, me he llevado mi gaita mientras todos aún están en la iglesia, determinado a despedirme de mi única hermana a mi manera. Seguramente el pobre George estará buscándome frenéticamente por todas partes, pero no me importa. Las reglas de protocolo se pueden ir al demonio esta mañana. Tengo que decirle adiós a Rosemary antes de ser enviado al extranjero para comenzar a cumplir con mi destino.
Empiezo a tocar una de melodías favoritas de Rosemary, la única que se me da tocar bien.Dejo que la música se eleve al cielo y silenciosamente ruego que mi oración alcance los oídos de mi hermana, para que su espíritu me ayude durante mi viaje a través del océano. Me detengo y comienzo a sollozar como un chiquillo al recordar las palabras de mi padre y luego las últimas de mi hermana: se feliz... trata de ser tú mismo.
¿Cómo se supone que voy a lograr eso cuando todo a mi alrededor ahora me parece tan oscuro como la penumbra de una pesadilla?
¿Qué esperanza tengo de ser feliz cuando las únicas personas a mi alrededor que eran felices ya no están aquí?
Me siento perdido y desconsoladamente abandonado; un ser pequeño e insignificante en este vasto mundo de adultos lleno de reglas de protocolo que supuestamente tengo que acatar de ahora en adelante como la cabeza de un imperio financiero y un clan.
De repente, la briza acarrea el sonido de un lamento lejano… los sollozos de una niña que parece tan sola y desilusionada como yo. Camino hacia el sonido de sus gemidos, y entonces la veo. La pequeña está tirada boca abajo sobre la hierba como un diminuto ángel caído haciendo una pataleta, con sus pequeños hombros sacudiéndose de arriba abajo por la fuerza de su llanto. Ella es tan pequeña… y luce tan solitaria como yo. Puedo ver su cabellera dorada sujeta por dos coletas, e inmediatamente pienso en el cabello de Rosemary.
Me limpio mis lágrimas, y tomando una respiración profunda, comienzo a tocar mi gaita de nuevo.
La chiquilla levanta su rostro, y sus ojos, tan grandes y brillantes como un par de esmeraldas, me miran con curiosidad inusitada. Cuando la melodía concluye me dice que su nombre es Candy y que vive en el Hogar de Pony, el orfanato al otro lado de la colina.
Ella también está sola en este mundo, y no soy tan ignorante como para no saber que su vida seguramente será más dura que la mía. Mi suerte ya está echada: una vida llena de obligaciones, lujo y comodidad a cambio de mi libertad. La suerte de ella, sin embargo, talvez ni siquiera llegará a existir en medio de su pobreza.
Me avergüenzo de las lágrimas que he derrochado momentos atrás. Yo tendré el mundo a mis pies, y ella probablemente sufrirá la desdicha de haber sido abandonada toda su vida.
La chiquilla no nota mi bochorno, y con su vocecita infantil, me hace saber que mi melodía suena tal como caracoles arrastrándose por la hierba.
La ronca carcajada que sale de mi pecho me sorprende, ya que pensé que jamás volvería a reír de esa manera y sin embargo, en compañía de Candy, lo he logrado.
Una ráfaga de viento se lleva una carta que ella sostiene en su mano, y mientras corre detrás de ella, noto que George se acerca en uno de nuestros coches detrás de la colina.
Quisiera despedirme de Candy, pero no es posible. Después de verla sonreír, no deseo preocuparla si es testigo de mi tunda verbal. Me dirijo corriendo hacia el vehículo aparcado al pie del otro lado de la colina, entrando rápidamente sin rechistar.
"¿Te has despedido de tu hermana?" me pregunta con un deje de algo indescriptible tiñendo el tono de su voz.
"Si," es mi simple respuesta.
George suspira, observándome a través del espejo retrovisor. "Me alegra saberlo. Ahora tenemos que regresar a la mansión para que te cambies de ropa. El tren partirá en menos de dos horas."
Lágrimas amenazan con empañar mis ojos, pero, recordando a la valiente chiquilla en la colina, me las trago rápidamente. "Está bien. Vamos."
Cansado, pongo la gaita a mi lado y cierro mis ojos, sólo para encontrarme rodeando por esa luz cegadora nuevamente.
Sin embargo, esta vez no hay brisa, sólo una agradable sensación de calidez.
Cuando abro los ojos, me encuentro frente a una enorme ventana en lo que parece un castillo de piedra blanca. Puedo oler el aire acarreando el aroma a flores y heno recién cortado, despertando en mí recuerdos de un lugar en el que ya he estado antes… el lugar de mi nacimiento.
Tengo diecisiete años de edad y estoy en Escocia durante el verano.
Me encuentro de vacaciones con Tía Elroy en la mansión Ardley pero no estamos solos ya que hay una visita inesperada con nosotros.
Cecile, la ahijada de mi tía, ha decidido acompañarnos. Tiene veintiocho años de edad, sin hijos y recientemente a enviudado. Su marido Giles, un hombre al que llegó a despreciar poco después de su boda, murió en un duelo con el marido de una de sus amantes y Cecile, la ahora Vizcondesa Goshen, se niega rotundamente a observar el período requerido de luto por un hombre que la engañó por muchos años. Como tal, ha decidido viajar por todo el mundo y visitar a sus numerosos parientes, y la primera en su larga lista es Tía Elroy, una mujer a quien adora fastidiar.
Noto mi desnudez y me doy cuenta que estoy mirando la salida del sol antes de volver a mi propio dormitorio.
Todavía estoy en la habitación de Cecile y acabo de perder mi virginidad.
Después de unos días de coquetear en secreto, ella me invitó a su dormitorio, y anoche por fin logré escabullirme después de que todos los criados y mi tía se retiraron a descansar.
Soy consciente de sus pasos suaves en la alfombra afelpada cuando camina hacia mí, apoyando su cuerpo desnudo contra mi espalda. Siento sus hermosos pechos sobre mi piel y sus brazos rodean mi cintura. Ella comienza a trazar pequeños círculos sobre los tensos músculos de mi estómago antes de permitir que sus manos desciendan más abajo. Entonces sus manos toman a mi miembro, que ya ha comenzado a endurecerse bajo el calor de sus caricias.
"Estuviste increíble anoche," susurra contra mi piel, enviando escalofríos de placer a lo largo de mi espalda. "No puedo creer que haya sido tu primera vez."
Pongo mi mano sobre la de ella y sigo sus movimientos lánguidos sobre mi virilidad. Su piel se siente como satén al tacto, y mi sangre comienza a bullir dentro de mi cuerpo.
Me vuelvo hacia ella, perdiéndome a mí mismo en un beso ardiente. Reconozco que ella es mayor que yo y posee mucha más experiencia, pero yo soy un estudiante ávido.
Llegamos a la cama, y me entierro en el cielo que existe entre sus piernas de una sola estocada.
Sé que no la amo... pero soy muy joven y ella es la mujer con quien he descubierto los placeres de la carne por primera vez. Como un chico aun siendo gobernado por sus hormonas, no puedo resistir la tentación que esta seducción me ofrece.
Pasamos dos semanas juntos, el tiempo suficiente para aprender todo lo que ella me puede enseñar, pero no lo suficiente como para formar una conexión emocional más profunda.
Ella se va antes de que mi tía descubra nuestra aventura, y cuando se marcha no siento dolor. Cecile me hizo un hombre, pero mi corazón aún sigue desconociendo el amor.
No.
El amor vendrá más tarde, mucho más tarde. Y de una manera inesperada.
La niebla escocesa comienza a elevarse, y pronto estoy rodeado por la oscuridad.
Al disiparse la bruma, me encuentro en las calles de Londres.
Estoy bebiendo en un bar con algunos amigos, cuando de repente, por el rabillo un ojo, vislumbro una cabellera dorada que me resulta demasiado familiar pasando con rapidez por la ventana a mi lado. Momentáneamente aturdido, me levanto de mi silla y abandono a mis amigos sin decir adiós ya que comienzo a perseguir a la dueña de esos bucles de oro.
Camino rápidamente detrás de ella por las calles sin que me note, y puedo ver que ya no es una niña. Ahora es una jovencita de quince años de edad, y el próximo año tendré que hacer los preparativos necesarios para que sea presentada en sociedad como se debe. De repente me doy cuenta de que cuando eso ocurra también me veré forzado a vetear las ofertas de matrimonio de los que, estoy seguro, serán sus muchos pretendientes, ya que su belleza no pasará desapercibida durante mucho tiempo.
Cuando gira en una esquina, veo que se dirige camino hacia los lugares más insalubres de Londres, por lo tanto llamo su nombre. Y cuando se voltea, no me reconoce durante unos minutos.
Claro. Mi barba ya no existe, pero todavía llevo puestas mis gafas oscuras. No soy exactamente el señor Albert que la encontró casi ahogada al pie de una de una cascada.
No.
Ahora luzco mi edad actual… y creo que eso por ahora la desconcierta.
Finalmente, sus ojos se ensanchan al reconocer mi voz, y con una sonrisa, corre hacia mis brazos que, abiertos, la esperan.
A partir de ese momento pasamos mucho tiempo juntos y a menudo me visita en el zoológico donde trabajo como un voluntario. Pero pronto ya no viene a visitarme sola. Terry Grandchester usualmente la acompaña, y casi puedo tener la certeza de que, cuando ella sea presentada en sociedad, él será su pretendiente más tenaz.
En vez de sentirme aliviado por esa perspectiva, mi corazón comienza a doler de un modo extraño.
Por eso es que decido que es el momento ideal para emprender marcha en busca de una última aventura; un viaje de despedida para conmemorar el fin de mis días como un vagabundo antes de convertirme en el patriarca William Ardley.
Un par de meses después, cuando mi barco se aleja del puerto rumbo a África, pienso en Candy una vez más. Ella está en Escocia pasando las vacaciones, y probablemente se estará enamorando cada día un poco más de Terry.
No me siento culpable por no decirle adiós. Me he dicho a mí mismo que es mejor así, pero en el fondo de mi corazón, sé que no es cierto.
Estoy huyendo… porque lo que siento por ella no es lo correcto.
Esta vez, cuando la niebla me envuelve, estoy agradecido por el alivio y consuelo que su oscuridad me proporciona.
La penumbra se transforma nuevamente en luz en el horizonte, y me encuentro en medio de una selva.
Estoy de pie fuera de una choza admirando el crepúsculo en la sabana africana, contemplando las estrellas a medida que estas comienzan a aparecer como agujeros brillantes en el lienzo azul del firmamento.
Escucho el susurro de los arbustos a mi espalda y doy la vuelta para encontrarme con Diane Gillmore caminando hacia mí sujetando una botella de vino. Ella sonríe torpemente cuando le saludo con una leve sonrisa. Diane es una enfermera americana, y sus ojos verdes y cabello rubio desgraciadamente me recuerdan diariamente a los de una persona que estoy tratando desesperadamente de olvidar.
Tomando una de sus manos y sin decir palabra, la conduzco hacia el interior de mi choza, donde la desnudo lentamente antes de hacerle el amor.
Sé, gracias a Cecile, cómo evitar eyacular dentro de una mujer para evitar un embarazo, pero con Diane, he decidido ser extra precavido y uso uno de los condones proporcionados por la pequeña clínica donde ambos trabajamos.
Aunque ella es una amante dócil, mi poca experiencia es suficiente como para saber que yo no he sido su primero. Y también sé en mis adentros que no seré el último, aunque tengo la sensación de que ella quiere que me convierta en su príncipe azul y el dueño de su corazón.
Pero claro, no sabe que eso es imposible...
Al moverme en su interior, cierro los ojos y pienso en otra rubia muy lejos de ahí... una chica a quien se supone jamás podré amar libremente.
Cuando terminamos, Diane quiere quedarse conmigo y dormir en mi choza con nuestros cuerpos sudorosos entrelazados en un abrazo íntimo, pero me niego a permitírselo, alegando que tengo demasiado trabajo que hacer.
La verdad es que presiento que ella es una mujer de corazón demasiado tierno, y no quiero que tenga expectativas falsas sobre mí que le hagan sentirse herida cuando yo decida irme de aquí sin mirar atrás.
He intentado abrirle mi corazón y darme la oportunidad de enamorarme de Diane, pero todo ha sido en vano ya que mi estúpido corazón no atiende a razones. Me encuentro en un conflicto constante por el amor que siento por una chica que nunca podrá ser mía y la perspectiva de un nuevo comienzo con alguien que está dispuesta a aceptarme como Albert… pero que no es Candy.
Este conflicto a menudo me mantiene despierto por las noches, pero un día un telegrama simplifica mi decisión. El telegrama es de George, informándome que Candy ha huido del Colegio San Pablo semanas atrás y nadie parece saber exactamente dónde se encuentra.
Preocupado y en un estado de pánico frenético, rápidamente guardo mis escasas pertenencias y, siguiendo una corazonada, decido volver a América inmediatamente para buscarla. Me despido de Diane en una escueta nota escrita apresuradamente, la cual dejo dentro de su choza. En este momento ella se encuentra muy lejos, visitando un pueblo remoto en las colinas al borde de la selva y no estará de vuelta durante días.
Al montar mi caballo me doy cuenta que esta vez realmente siento dolor, pero es una clase de dolor previamente desconocido para mí. No es dolor por la joven que ahora dejo atrás.
No.
El dolor en mi pecho es por una muchacha perdida que ansío ver en mis brazos con toda mi alma, sana y fuera de peligro.
Mi corazón corre desbocado al comenzar mi viaje de vuelta al amor que tanto luché por olvidar sin lograrlo.
Y entonces...
Entonces la guerra estalló.
Y mi amor dejó de existir.
Italia
América
Chicago
Candy. Los lazos del destino siempre me llevarían hacia ti.
26 de diciembre, Mansión Ardley, Lakewood
"¡Dios mío!" gritó George al entrar en el solárium, dejando caer el frasco de aspirinas y el vaso de agua en el suelo de mármol. "¡Albert! ¿Qué le sucede? ¡Albert!"
Corrió hacia el diván donde Albert se encontraba prostrado inconsciente, abriendo por instinto los botones superiores de su camisa. "¡Albert!" gritó otra vez, dándole un par de cachetadas nerviosas en las pálidas mejillas sin obtener resultados. "¡Mierda! ¡Albert, responde!"
"¡Piensa George!" se dijo a sí mismo, tratando de calmar su corazón que bombeaba como si se le fuera a escapar del tórax en cualquier momento. Iluminado por ese pensamiento, clavó los ojos sobre el pecho de Albert y notó, con un suspiro de alivio, la suave subida y caída de su respiración. Satisfecho de que por lo menos su muchacho no parecía estar gran peligro inminente, caminó hacia al gabinete donde se guardaba el licor y vertió un buen trago de whisky escocés en un vaso.
A continuación, tomó el vaso y, sosteniendo la cabeza de Albert, agitó la bebida bajo las fosas nasales de su jefe.
"Albert, abre los ojos si es posible," le indicó con voz tensa, acercando el vaso a los labios pálidos del joven para forzar un poco del líquido dentro de su boca. "Estas aquí conmigo en Lakewood, pero creo que lo mejor sería llevarte al hospital para que un médico pueda revisarte."
Los párpados de Albert revolotearon un poco, y alentado por esto, George le obligó a beber un poco más de whisky, haciendo que el joven tosiera, atragantándose.
Finalmente, después de unos minutos en los que George se sintió envejecer un par de décadas, Albert logró sostener el vaso de cristal con una mano temblorosa. "No…no te preocupes. Estoy bien George," declaró con voz ronca al parpadear lentamente antes de abrir los ojos. "Sólo necesito un momento para…para orientarme. Debo decir, fue muy inteligente de tu parte eso de enviar a los criados de vacaciones. Al menos mi tía no va a averiguar a través de los chismes de Maree o de Morris que ya estoy de vuelta en América."
Al oír esto, George se quedó de piedra, mirando atónito al joven frente a él, boquiabierto y con los ojos tan grandes como platos. "¡William! ¿recuerdas… recuerdas a tu tía Elroy?" logró balbucear.
Albert puso el vaso ya vacío sobre una mesa junto al diván, sentándose de golpe. "¡Recuerdo todo George! Puedo recordar a mi tía, Lakewood… mis sobrinos. ¡Te recuerdo a ti!" y de repente, al igual que todos sus recuerdos volvieron a su mente, la realidad de la situación descendió sobre él. "Dios mío, George… ¡también me he casado con mi propia hija adoptiva!"
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El lujoso vehículo avanzaba con dificultad a través de la nieve en la carretera que los llevaría al pueblo, ya que el anochecer se acercaba rápidamente y la visibilidad disminuía por minutos. Sin embargo, para los pasajeros dentro del coche, no había tiempo que perder. Habían pasado toda la tarde formulando una estrategia para lidiar con las complicaciones que el regreso Albert y su matrimonio con Candy suponían, y era hora de comenzar a poner el plan en efecto.
"He comenzado a trabajar en la adopción y me he comunicado con James antes de salir de la mansión. Se ha puesto en contacto con uno de mis amigos para manejar las legalidades. Llevaré la petición de Candy ante el juez y, con tu firma y aprobación, no debería tomar demasiado tiempo disolver la adopción. Ella todavía es considerada menor de edad, por lo tanto, me he tomado la libertad de proponer mi nombre como su tutor legal en tu lugar, ya que no creo que alguien más en tu familia sea capaz de hacerlo."
"Gracias, George," expresó Albert, sacudiendo su pierna nerviosamente mientras se habrían paso lentamente hacia la casa que compartía con su esposa. "No necesitarás ser su tutor por mucho tiempo, ya que planeo hacerla mi esposa cuanto antes. Sólo tengo que asegurarme de que la adopción sea anulada antes de poder decirle a Candy que he recuperado mi memoria."
George gruñó frustrado, aun sopesando la sabiduría de la decisión de Albert con escepticismo. "Todavía creo que deberías ser honesto con su esposa, William. Merece saber que recuerdas tu pasado y tu verdadera identidad."
Albert suspiró, recorriendo los dedos por su cabello. "George, ya hemos hablado de esto ad nauseam. Aún no le puedo decir toda la verdad. La conozco. Citaría algún comentario estúpido hecho en el pasado por mi tía Elroy acerca de no ser una mujer digna de convertirse en la esposa un miembro de la familia Ardley. Dados sus profundos sentimientos de abnegación, renunciaría a su propia felicidad y me abandonaría, aduciendo que sería mejor que yo sea libre para casarme con alguien de mi clase. Yo lo sé y tú también lo sabes. Si mi tía averigua que me he casado con Candy, pero que nuestro matrimonio no es considerado una unión legal, hará todo lo que esté a su alcance para influenciar a Candy y separarnos. No. No puedo arriesgarme a perder a mi esposa. Tengo que anular la adopción primero, y luego, cuando le confiese mi identidad, le pediré de rodillas si es necesario que se case conmigo otra vez."
"Está bien. Supongo que conoces a Candy mejor que yo," respondió con una sonrisa casi intangible. ¿Qué vas a decirle cuando lleguemos a tu casa? ¿Otra mentira?"
"Una verdad parcial," rectificó el joven, fulminando a George con su mirada. "Le diré que voy a viajar contigo a Chicago para disolver su adopción, cosa que es verdad, y que volveré dentro de dos o tres días una vez que la aplicación haya sido presentada ante el juez. Entonces volveré acá a Lakewood para esperar las órdenes del juez y le diré toda la verdad. Al menos, si estoy aquí, seré capaz de asegurarme de que no huya."
"No creo que Candy sea el tipo de mujer a la que podrías convencer fácilmente de hacer algo en contra de su voluntad, William," declaró George con una sonrisa más abierta. "Pero si realmente te ama, su resolución de permanecer a tu lado como esposa será puesta a prueba, no sólo por tu familia, sino que también por el resto de la sociedad. Ya tuvimos bastante suerte al encontrarte y ver que has recuperado tu memoria cuando tu matrimonio apenas comienza y no hay niños de por medio. Si ese fuera el caso, sería demasiado fácil para enemigos como Neil Leagan montar un escándalo y acusarte de haber cometido incesto con tu propia hija adoptiva."
"No tenemos lazos de sangre," Albert refunfuñó, removiéndose incómodamente en su asiento mientras George lo veía con ojos entrecerrados.
"Ese puede ser el caso, William, pero todavía es mal visto ¡y además es considerado un delito en el estado de Illinois!"
Condujeron el resto del trayecto en silencio, ambos rumiando sobre todo el trabajo que tenían que completar antes poder volver a respirar con tranquilidad.
Esta sería la primera prueba de muchas, y la batalla apenas estaba a punto de comenzar.
Cuando el vehículo se acercó a la pequeña casita de piedra en las afueras de Lakewood, Albert no pudo evitar emitir un suspiro al recordar el futuro que tenía previsto al lado de su esposa al examinar la pequeña propiedad por primera vez con el señor Cartwright meses atrás. Recordó los días de verano que pasaron juntos en el jardín, y cómo él había pensado que su primer bebé tomaría sus primeros pasos rodeado de hierbas aromáticas y flores.
Ahora estaba a punto de regresar a vivir una vida que no había elegido, mas esta vez estaría arrastrando a Candy para compartir el mismo destino.
¿Permanecería a su lado para luchar por su amor?
Por su propia tranquilidad, tenía que confiar en ella y que sería lo suficientemente fuerte para hacerlo.
Pero aun siendo así, una vocecita dentro de su cabeza le dijo que todos a los que él había amado se habían marchado y Candy no sería diferente.
Sacudiendo la cabeza, Albert silenció esa voz traidora tan pronto como vio las luces de su casa brillando a través de una ventana donde las cortinas seguían abiertas.
El vehículo se detuvo frente a la pequeña valla blanca, y George se volvió hacia Albert. "Recuerda que debemos tomar este tren, William. Si queremos llevar a cabo este plan a espaldas de tu tía, necesitamos regresar a Chicago lo más pronto posible."
"Lo sé, George," contestó, abotonándose el abrigo y enrollando una bufanda de lana alrededor de su cuello. "No puedo demorarme o confesar la verdad, pero necesito verla antes de irme."
Al salir el coche, Albert se apresuró a cruzar el pequeño sendero que llevaba hasta la entrada principal y rápidamente abrió la puerta con sus llaves.
El fuego en la chimenea crepitaba alegremente, caldeando el ambiente de toda la habitación. Con su mirada buscó a su esposa, quien se encontraba en la cocina parada frente a las puertas abiertas de la alacena.
"Hola, mi amor," saludó sin quitarse el abrigo. "¿Llevas mucho tiempo en casa?"
"¡Albert! ¡Ya estas aquí!" Cerrando la alacena de golpe, Candy se acercó a su marido con una sonrisa adornando sus labios. Su sencillo vestido de lana verde oscuro acentuaba el brillo en sus ojos y sus mejillas parecían sonrosadas por el calor del fuego, dándole el aspecto de un duendecillo travieso. Al verla tan feliz y radiante, Albert acortó la distancia entre ellos y tomándola en sus brazos, la besó apasionadamente.
Candy respondió con avidez a la pasión de su marido, moviendo sus labios lentamente sobre los de él. Su lengua rozó los labios varoniles, profundizando el beso al deslizarla entre ellos para explorar el interior de su boca.
Inhalando el exótico aroma de su mujer, Albert gruñó, enterrando los dedos en sus rizos dorados como la presencia abrumadora de su esposa en sus brazos inundó cada uno de sus sentidos. La besó con amor y pasión, disfrutando el movimiento de esa boca sensual y correspondiendo cada roce de la lengua con la suya. En ese breve instante, tuvo que admitir para sus adentros una verdad inequívoca: podría haber encontrado las memorias de su pasado, pero la única boca que podía recordar en detalle era la de su esposa.
Albert deslizó sus manos grandes y rugosas sobre el cuerpo núbil de la joven, deteniéndose para ahuecar suavemente su trasero firme y respingón mientras sus labios continuaron devorando su boca. "Te amo," murmuró contra su boca, sintiendo cómo su corazón se desgarraba al pensar que necesitaba tomar un tren y abandonarla, aunque fuera solo por unos días. "Nadie te amará tanto como yo te amo."
"Albert," suspiró ella, rompiendo el beso para mirar la profundidad de los ojos de su marido. "¿Qué sucede, mi amor? Me pareces diferente esta noche."
Albert bajó su mirada fija y cerrando los ojos, acercó su frente hasta tocar la de ella. "No, mi amor. Todo está bien. Es sólo que… Candy… tengo algo que decirte."
Los ojos tan verdes como esmeraldas se abrieron de par en par, reflejando su confusión. "Tengo que ir a Chicago con George. Y nuestro tren sale esta noche dentro de una hora," confesó el rubio a quemarropa.
Candy sintió su corazón deteniéndose y bajando hasta sus tobillos. "¿Esta noche?" jadeó trémulamente mientras su rostro se vaciaba de todo color. "¿Tienes que marcharte esta noche? Pero Albert, ¡yo estaba casi lista para hacer la cena! Yo… yo también tengo algo importante que decirte y quería sorprenderte cocinando una cena especial esta noche."
Albert frotó sus diminutos hombros con ternura. "¿Es verdad? ¿Ibas a cocinar algo para mí? ¡Eso hubiera sido increíble, mi amor! Pero tendrás que sorprenderme cuando regrese." Deslizando las manos por los brazos de su esposa, Albert tomo las pequeñas manos en las suyas. "Candice, yo también tienen algunas noticias que compartir contigo," dijo bajando la mirada. "Tengo muchas cosas importantes que decirte, cariño. Pero nuestra conversación podrá esperar hasta que vuelva dentro de tres días. Entonces podremos sentarnos y hablar sobre nuestras respectivas noticias. En este momento, necesito meter algo de ropa en mi mochila rápidamente, ya que George está esperando fuera por mí en el coche."
"¿George? Debería haber entrado contigo," le reprendió, apartándose de su marido para dirigirse a la ventana con la cortina abierta, dándole un vistazo al elegante coche esperando fuera.
"Tenemos prisa y las carreteras están cubiertas por la nieve, amor," explicó rápidamente mientras se dirigía al dormitorio. "Probablemente George sabía de antemano que tú comenzarías a bombardearlo con mil preguntas y luego llegaríamos tarde a la estación para tomar el tren."
Candy cerró la cortina, esforzándose por mantener sus emociones a la raya al escuchar el sonido de gavetas cerrándose y abriéndose en el dormitorio; sonidos diciéndole que su marido se preparaba para su viaje. Trató con dificultad en no pensar en todas las otras ocasiones donde Albert había desaparecido sin decir adiós, diciéndose a si misma que esta vez todo era diferente. Estaban casados y él la amaba.
Nada ni nadie cambiaría eso.
Sacudiendo sus dudas fuera de su cabeza, decidió ser la esposa que su marido se merecía, esperando con paciencia, y una sonrisa, su regreso. Después de todo, sólo estarían separados durante tres días, y cuando Albert regresara, por fin podrían celebrar su emancipación de la familia Ardley y el comienzo de su propia familia.
Cuando Albert volvió al salón con su mochila a la espalda, sus fuerzas flaquearon y lágrimas inundaron rápidamente sus ojos, estallando en sollozos. Albert se acercó a ella en un par de zancadas, estrechándola contra su pecho mientras Candy lloraba. Los minutos pasaron silenciosamente hasta que Candy, sorbiéndose la nariz e hipeando, se disculpó por su arrebato infantil. "Me siento triste," exclamó enterrando su rostro un poco más en el pecho fuerte y varonil de su esposo. "Lo siento...no quiero que te marches preocupado por mí, pero cuando te vi saliendo de la habitación con tu mochila, recordé cosas de nuestro pasado que tú aun desconoces. Verás Albert… tú me dejaste atrás sin despedirte tantas veces y ahora sé por qué lo hiciste. No querías ver mis lágrimas... al igual que en este momento yo no quiero hacer más difícil para ti el tener que marcharte."
"Candy, mi amor, te juro que voy a volver pronto," declaró con voz ronca de emoción, levantando el mentón de la joven para mirarla directamente a los ojos. "Nada podrá mantenerme lejos de ti. Por favor, dime que me crees."
Tragándose las lágrimas, Candy le devolvió la mirada, perdiéndose en los ojos de su marido. En ellos vio todo su amor reflejado en el iris azul, un profundo amor que los vería conquistar cualquier dificultad que el futuro les pudiera deparar.
Juntos conquistarían todos los obstáculos frente a ellos, y esta separación sería como tomar el primer paso hacia un maravilloso futuro.
Sonriendo a través de sus lágrimas, Candy le dio a su esposo un beso fugaz en los labios. "Yo creo en ti, mi amor," susurró suavemente, limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido. "Ahora vete antes de que George se congele fuera y pierdan el tren."
"Prometo que volveré tan pronto como sea posible," afirmó con firmeza, presionando su frente contra la suya.
Candy frotó la punta de su nariz con la de suya antes de empujarlo suavemente lejos de ella hacia la puerta. "Te estaré esperando, Albert, así que date prisa y vuelve pronto a mi lado por favor."
Abriendo la puerta, Albert se despidió de su esposa con un beso fugaz antes de desparecer en la oscuridad; consciente con cada paso hacia el coche a través de la nieve que pronto estaría a bordo de un tren que lo llevaría de vuelta a todo lo que dejó atrás en Chicago para llevar a cabo la jugada más importante de su vida.
Sin embargo, al alejarse de la casita de piedra, no tenía manera de saber que esa sería la última vez que vería a su esposa por mucho tiempo. De haberlo sabido, jamás hubiera tomado el maldito tren.
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Continuará…
Chicas, muchas gracias por todos sus comentarios. He tratado de sacar este capítulo lo más pronto posible ya que varias lo han pedido.
Les ruego que sigan dejando sus comentarios, ya que su apoyo es lo que me incita a seguir escribiendo.
Muchas gracias a todas las chicas que leen en silencio, mas quiero agradecer especialmente a quienes dejan su opinión en un comentario:
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