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Dentro de la oreja de un Oráculo
El pequeño Kiyomaro se sentía como en un sueño, jugando con su pequeña amiga Megu-chan. No tenían idea de porqué, pero encontraban fascinante perseguir a una pelota blanca y brillante que rebotaba por doquier sin estarse quieta.
Megu-chan se lanzó sobre la pelota blanca y la atrapó bajo su estómago. Kiyomaro se unió a ella y la tomaron entre ambos; Se sentía suave y blanda, y tenía ojos grandes y ovalados. Vibró entre las manos de ambos y brilló con gran intensidad.
Kiyomaro la soltó y, por primera vez, comenzó a mirar a su alrededor. Cerca de ellos, un grupo de niños y ancianos estaban congregados discutiendo asuntos de gran importancia, puesto que sus expresiones eran muy serias y preocupadas.
Megumi los observó detenidamente junto con él; ella también parecía haberse despabilado. Les tomó unos minutos recordar quienes eran todos los ancianos: Folgore, Rayosol y el Profesor Riddles; y quienes eran todos los niños: Kyanchome, Kido, Tio, Gashu, Ponigon y el pequeño juez.
―¡Gash Bell! ¡Eres Gash Bell! ―exclamó Kiyomaro, en un momento de iluminación.
Gash se volteó a verlo, sorprendido y emocionado.
―¡Kiyomaro, ya me recuerdas!
―Megumi ¿me recuerdas ahora? ―preguntó Tio, muy ansiosa.
―Sí, Tio, claro que sí ―respondió Megu‒chan, y se abrazaron.
―¿Qué sucedió? ―preguntó Kiyomaro.
―Acaban de atrapar a la deidad del pasado ―dijo el profesor Riddles―. Seguramente les debe haber dado algunos recuerdos para que la soltaran.
La pelota blanca y brillante que habían estado persiguiendo no parecía una deidad del tiempo, pero lo era, y seguía por allí brincando como una pelota.
El profesor Riddles tuvo que contarles todo lo que había pasado porque no tenían recuerdo alguno. El agujero de Gorm los había llevado hasta ese lugar donde se encontraban; era el registro Akáshico: un laberinto de roca y muros tan altos como rascacielos.
―¿Pero, por qué perdimos nuestros recuerdos de un momento para otro? No sucedió cuando estábamos en el bosque ―dijo Kiyomaro.
―Eso pudo deberse a que el estado de Akashíco en ese momento no era el más óptimo y su conjuro no tuvo el mismo efecto ―explicó el profesor―. Sin embargo, desde que llegamos ustedes han estado tratando de atrapar a la deidad para salvar al bosque de las flores y la deidad les ha estado quitando sus recuerdos.
―¿Dónde están Sherry y Koko? ¡Ha! ¡Mir tampoco está! ―dijo Megu-chan.
―Nos separamos ―le explicó Kido―. Ellos usaron el agujero de Gorm para ir en busca de la deidad del presente, y nosotros nos quedamos para recuperar la deidad del pasado.
―¿Y qué estamos esperando? ―indagó Kiyomaro, cruzándose de brazos―. La deidad está justo allí.
―Nosotros somos humanos comunes y mamodos corrientes; no podemos atrapar a la deidad sin que nos pase lo mismo que a ustedes ―dijo Rayosol.
―Pero el anciano de la barba larga dijo que nos la entregaría si lográbamos encontrar la salida de este laberinto sin usar el agujero de Gorm ―dijo Gashu.
―¿Qué anciano de la barba larga? ―preguntó Kiyo.
―Este…Kiyomaro… ―Gash señaló con un tímido dedo hacia arriba.
Megumi y Kiyo levantaron la vista y se encontraron con un gigantesco anciano de túnica blanca inclinado sobre ellos observándolos.
La luz que habían creído que emanaba del día, en realidad emanaba del cuerpo de ese anciano de cabello y barba blanca.
―¡Qué esperan! ¡Sigan moviéndose! ¡Si no encuentran la salida no les permitiré llevarse a la deidad del pasado! ―dijo el venerable anciano, algo impaciente.
―Es el oráculo de los humanos ―explicó Kido―. Cuando las deidades se escaparon, esta deidad llegó hasta aquí y el abuelo se rehúsa a dárnosla a menos que seamos merecedores de tenerla.
―¿Pero cómo le demuestras a un anciano que eres merecedor de una deidad del tiempo? ―se preguntó Megumi.
―¡Dejando de perder el tiempo y encontrando la salida en el menor tiempo posible! ―los aturdió el oráculo.
―Kiyomaro, te necesitamos ―dijo Gash―. Tú eres listo ¿no? ¿Puedes hallar la salida?
Resultaba preocupante que ni siquiera el profesor Riddles y Rayosol hubieran podido encontrar la salida.
―Hemos caminado por mucho tiempo y parece que este laberinto no tiene fin ―dijo Folgore.
―Es el laberinto del tiempo; no fue diseñado para tener fin ―les confesó el oráculo.
―¡Si no tiene fin cómo esperas que salgamos! ―gritó Kyanchome sacudiendo su puño al aire.
―Ho, esto es como un acertijo ―dijo Kiyo, y se puso a pensar―. Es un laberinto del tiempo. Aquí no hay direcciones como derecha, izquierda, adelante o atrás. Entras aquí cuando naces y sales cuando te mueres. Quizá necesitemos morir.
Ponigón se llevó las patas a la cabeza y los demás también entraron en pánico.
―¡Mama mía!
El oráculo reía a carcajadas porque encontraba divertido el colapso nervioso de Folgore. El famoso y hermoso cantante italiano andaba arrastrando un tubo de oxígeno y una mascarilla para poder respirar.
―Muy bien Gash‒kun, mira hacia ese viejo tramposo ―dijo Kiyomaro, y Gash le obedeció.
Kiyo abrió su libro de conjuros y lanzó un ZAKERUGA directo al rostro del oráculo de los humanos.
―¡Sáquenos de aquí, viejito! ¡O le seguiré lanzando rayos! ―gritó Kiyo.
―¡Jajaja! ―se burló el oráculo―. ¡Soy el Padre Tiempo, y tú estás tratando de asustarme con rayitos! ¡Jejeje! ¡Jijiji! ¿He? ¿Qué pasa?
El cielo comenzó a ponerse turbio de repente, unas nubes grises ascendieron, y el oráculo se dio cuenta de que uno de los rayos había caído sobre su túnica y le había prendido fuego. Comenzó a saltar mientras el humo lo ahogaba.
Kiyomaro, Gash y sus amigos aprovecharon la oportunidad para treparse por la barba del oráculo gigante y estirarle de los pelos de la nariz hasta arrancárselos.
―¡Kyaaa…! ¡Qué hacen! ¡No se me suban!
Ponigon galopó hasta la oreja del anciano para arrancarle los pelos de allí pero en lugar de pelos, se encontró con una puerta. Hizo señas a los demás.
―¡Podría ser la salida! ―dijo Gashu, palmeando a Ponigon―. ¡Muy bien hecho Ponigon! Ahora habrá que revisar con cuidado para ver que hay det…
Kiyomaro los empujó a todos hacia dentro. No podía esperar a saber que había dentro y quería divertirse; era un niño. Y Megu-chan no se le quedaba atrás; ella se encargó de empujar al resto y cayeron en un agujero negro y profundo.
Los quejidos del Padre tiempo se escuchaban amplificados.
―¡No puedo dejarlos llevarse a la deidad! ¡Solo podría llevársela alguien capaz de controlar al tiempo! ¡Mensos!
―¡Esa es mi mamodo! ―gritó el pequeño juez―. ¡Ella puede hacerlo!
―¡¿Esa incompetente niña dejó que las deidades se escaparan?!
―¡En realidad, nosotros tuvimos algo que ver con eso! ―gritó Gash, sintiéndose culpable.
―¡Qué!
―¡Qué yo tuve la culpa!
―¡Ya dejen de gritar dentro de mi cabeza, malcriados!
Solo para hacerle la contra, Kiyomaro, Megumi y el pequeño juez se pusieron a cantar muy desafinados.
―¡Ya me tienen loquito! ―gritó el padre tiempo.
En seguida, Folgore se les unió. Iban a provocarle una migraña al oráculo para que les diera a la deidad.
―¡Está bien! ¡Le devolveré la deidad al oráculo Akashíco! ¡Y para que lo sepan, si querían salir del laberinto solo tenían que pedirme por favor! ¡Qué no saben nada de cordialidad! ¡Groseros!
―¡Hay, ya sácanos de aquí y te juro que no regresaremos jamás! ―gritó Tio, cansada de caer al vacío dando vueltas y vueltas.
En lo más profundo, por fin comenzaron a divisar una luz que les mostraba la salida.
―Ho vaya ―Una‒chan suspiró y arqueó su cabeza.
De su oreja cayeron unos granos de arena diminutos como motas de polvo, que en realidad eran Gash y todos los demás gritando como locos. Eran tan pequeños que fue un milagro que Una-chan los escuchara. Los atrapó a todos en su mano y los acercó a su rostro para verlos mejor.
―¡Una-chan! ¡Una-chan, creciste mucho! ―gritó Gashu.
―¡Ahí estás, ya era tiempo de que te aparecieras! ¡Tú, grandísima…! ―le gritó su pequeño lector.
―Los estuve buscando ―dijo Una, lanzándolos al aire.
Uno por uno, cayeron sobre sus traseros y recobraron sus tamaños, pero no sus edades normales.
―¿Salimos de tu oreja Una-chan? ―preguntó Tio.
―Lo siento, gajes del oficio ―respondió ella.
Kiyomaro se puso a mirar en todas direcciones, muy alarmado. Estaban en la azotea de la escuela y no se veía a la deidad por ningún lado.
―¡La deidad! ¿Dónde…?
―Bueno, ustedes salieron, pero ella se quedó dentro de mí. Puedo sentirla.
―Una, lo sentimos ―dijo Megu‒chan―. Sabíamos que tu no querías ser un oráculo pero…el bosque de las flores…la flor de Tio…
―Está a salvo en el averno.
«¡Qué!» exclamaron todos.
―Si, me gustaría explicarles, pero creo que lo mejor ahora sería ocultarnos porque allí va otra vez.
Una estaba hablando fríamente y sin emociones, como lo venía haciendo desde que había recuperado sus ojos. Pero en cuanto los demás vieron el torbellino de arena que venía hacia ellos, se echaron al suelo uno encima del otro.
