Charioce se recostó en el respaldo de la silla y miró a Dias. Siempre era bueno consultar con su viejo amigo. La conversación con Bertrand de Marhill y su hijo Reginald se había desarrollado satisfactoriamente. Se negaron a permanecer en Crewel después de concluida la reunión, porque habían dejado a sus propios huéspedes para encontrarse con Charioce. Charioce se sentía complacido. Era como había dicho Enrique. Bertrand tenía varios hijos que podían servir a Charioce, y eso era precisamente lo que él necesitaba. Los hombres de Charioce rehuían la responsabilidad de gobernar los restantes dominios. Preferían la vida militar.

—¿Qué opinas de sir Reginald? ¿Será un buen castellano en Warling?

—Parece entusiasmado, quizá demasiado —replicó Dias con expresión pensativa—. Hasta ahora tenía sólo la perspectiva de Marhill, y aun está, sólo después de la muerte de Bertrand. Creo que te servirá bien, aunque sólo sea para demostrar que es digno de Marhill cuando llegue el momento.

—Pienso igual que tú. Ahora sólo nos resta conquistar Warling.

—Una o dos semanas más, y sus muros cederán —pronosticó confiadamente Dias—. También estamos trabajando en el túnel de Blythe. Antes de las primeras nieves Kempston será un lugar seguro. ¿Y qué haremos después? Reinará la paz en tus tierras y no habrá nada que hacer.

Charioce sonrió.

—Déjame gozar un tiempo de la paz, antes de que salga a buscar otras batallas.

—Quizá te agradé tanto la vida del terrateniente, que no desees más conflictos.

Charioce no contestó. Estaba pensando en la verdad de esa afirmación, y Dias lo sabía.

—En todo caso —agregó Dias—, comprendo tu idea. Ha sido inteligente consultar a sir Bertrand y a su hijo antes de que los necesites realmente. A decir verdad, pensé que usabas este encuentro sólo como una excusa para ver a tu esposa.

Charioce sonrió, y Dias lanzó una carcajada.

—¡Acerté!

—Veo con agrado todo lo que me trae de regreso a esta residencia —dijo Charioce, encogiéndose de hombros.

—¿Y qué opina ella de tu decisión de incorporar a tus propios dominios hados de los hijos de Bertrand? porque en efecto, el dijo que tenía otro hijo que podía ocuparse de Blythe.

—Sí, pero todavía no he hablado del asunto con Nina.

Dias elevo los ojos al cielo.

—Amigo mío, ¿en qué piensas? Sir Bertrand es vasallo de Nina.

—Lo sé.

—Has debido consultarla antes de formular el ofrecimiento.

—Era mi intención, pero anoche… no era el momento oportuno. Y esta mañana —sonrió afectuosamente— dormía muy tranquila, y no quise despertarla. Pero, ¿por qué habría de oponerse? Me he limitado a estrechar los lazos entre esa familia y nosotros. El padre trabajará para ella, y los hijos para mí.

—Una mujer puede mostrarse más celosa de lo que es suyo que de lo que sucede con un hombre.

Charioce frunció el ceño.

—¿Cómo es que de pronto sabes tanto de mujeres?

—Al parecer, se mucho más que tú.

Charioce emitió un gruñido y extendió el brazo para comenzar a comer la carne fría que una joven criada acababa de depositar sobre la mesa. Charioce advirtió la sonrisa de la muchacha, y su mirada la siguió cuando ella comenzó a alejarse.

—Si sabes tanto de las mujeres —preguntó a Dias—, dime qué demonios sucede con las mujeres de esta casa. No me refiero a mi esposa.

—¿Qué mujeres? —consiguió decir sin sonreír.

—¡Todas! Las criadas, las esposas de mis hombres. Durante varias semanas se han comportado como si yo estuviese apestado. Y ahora, de pronto me prodigan sonrisas. Lady Bertha, incluso se acercó a Warling a traerme un pastel de frutas. Y la esposa de Warren ha enviado flores… ¡Flores!

Dias no pudo ocultar más su buen humor, y río satisfecho.

—Sin duda, están tratando de compensarte por haber pensado que tú fuiste quién golpeó a tu esposa la noche de la boda. ue quien corrigió el error. Oí decir que se enojo mucho cuando supo que te culpaban de lo que hizo su padre.

—¿Fue golpeada? ¿Quién lo dice?

El buen humor de Dias desapareció. Charioce había palidecido, y estaba inmóvil.

—Maldito sea, Charioce, ¿quieres decir que no lo sabías? Pero pasaste la noche con ella. ¿Cómo pudiste no darte cuenta?

—¿Quién? —repitió Charioce. Su voz era un ronquido.

Lady Rose pudo verle la cara al día siguiente, cuando las damas fueron a retirar las sábanas —dijo Dias con cierta inquietud.

—¿La golpearon mucho?

Dias comprendió que tendría que revelar todo lo que sabía.

—Al parecer, fue un castigo intenso. Oí decir que la cara de lady Nina estaba grotescamente hinchada y amoratada. Eso es lo que impresionó tanto a lady Rose. Creyó que tú eras el responsable, y no ocultó lo que había visto.

—Sabías todo esto, y jamás me has dicho nada.

—Pensé que tú deberías saberlo. Y no habría mencionado el asunto ni siquiera ahora, salvo que las murmuraciones y…

Dias miró a Charioce, que saltó de la silla y en pocos pasos atravesó el salón. Momentos más tarde se sobresalto, al oír el ruido de la puerta cerrada con fuerza en la planta de arriba.