(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 35.
La noche siguiente Albert Andley de pie en la segunda planta del castillo mirando en dirección al patio. Debajo de el, dos figuras avanzaban lentamente a través de los setos. La capa blanca de Candy la hacia fácil de distinguir, y Terry se caracterizaba por el vacío que lo rodeaba siempre.
El debería estar ahí a bajo a un metro de distancia por detrás, vigilándolos, asegurándose de que ella no agarraba a Terry y los usaba para escapar. El sentido común y sus años de experiencia le gritaban que debía estar con ellos, por más que los siguieran seis guardias. Aquella muchacha era mentirosa, astuta y despiadada.
Pero era incapaz de moverse.
Cada día que pasaba sentía que las barreras se iban derritiendo. Era el quien las dejaba derretirse. Por culpa de su risa autentica, porque una noche la había sorprendido durmiendo con la cara entre las páginas de un libro y porque sabía que iba a ganar.
Era una criminal. Una maquina de matar, una reina de los bajos fondos… y aun así…, aun así no era más que una niña a la que habían enviado a Endovier con diecisiete años.
Se ponía enfermo cada vez que lo pensaba. A los diecisiete años, el estaba entrenando con los guardias, pero vivía allí, tenia un techo sobre la cabeza, buena comida y amigos. Con esa misma edad, Terry había estado cortejando a Rosamund, sin ninguna preocupación.
Pero a ella –con diecisiete años- la habían enviado a un campo de exterminio. Y había sobrevivido.
Albert no estaba seguro de si el podría sobrevivir a Endovier, y mucho menos durante meses de invierno. Nunca lo habían azotado y nunca había visto morir a nadie. Nunca había pasado frio ni hambre.
Candy se echo a reír por algo que le había dicho Terry. Había sobrevivido a Endovier y aun así seguía siendo capaz de reír.
Aunque lo aterrorizaba verla allí a abajo, a una mano de distancia del cuello desprotegido de Terry, lo que mas le aterrorizaba era que confiaba en ella. y no sabia lo que eso quería decir sobre si mismo.
Candy iba caminando entre los setos y no pudo evitar sonreír de oreja a oreja. Iban andando cerca el uno del otro, pero no tan cerca como para tocarse. Terry se la había encontrado poco después de cenar y la había invitado a dar un paseo. De hecho, el se había presentado tan deprisa después de que los criados se llevaran su comida que Candy podría haber pensado que el príncipe había estado esperando fuera.
Por supuesto, si deseaba agarrarlo del brazo y absorber su calor se debía exclusivamente al frio. La capa blanca forrad de piel no lograba evitar que el aire glacial le congelara todo el cuerpo. Solo podía pensar en como reaccionaria Annie a aquellas temperaturas. Después de enterarse de la suerte que habían corrido los rebeldes, la princesa había comenzado a pasar casi todo el tiempo en sus aposentos y había declinado las repetidas ofertas de Candy para salir a pasear.
Habían pasado más de tres semanas desde su ultimo encuentro con Elena, y no la había visto no oído, a pesar de las tres pruebas a las que se había sometido desde entonces. La más emocionante había sido una carrera de obstáculos que había logrado superar tan solo con unos arañazos y contusiones sin importancia. Por desgracias Pelor no le había ido tan bien y por fin lo habían enviado a casa. Pero había tenido suerte: habría muerto otros tres competidores. A todos los habían encontrado en pasillos olvidados y todos estaban mutilados hasta resultar irreconocibles. Incluso Candy había empezando a asustarse al oír cualquier ruido extraño.
Ahora solo quedaban seis: Neil, Tumba, Nox, un soldado y Renault, un mercenario despiadado que había sustituido a Verin como mano derecha de Neil. Como era lógico, la actividad favorita de Renault era provocar a Candy.
Procuro dejar de pensar en los asesinatos mientras pasaban junto a una fuente, y vio que Terry la miraba con admiración por el rabillo del ojo. Por supuesto que no había estado pensando en Terry al elegir un vestido color lavanda tan bonito para ponerse esa noche, ni al asegurarse de que iba cuidadosamente peinada y de que sus guantes blancos estuvieran inmaculados.
-Y ahora ¿Qué hacemos? –pregunto Terry-. Ya hemos recorrido dos veces el jardín.
-¿No tienes obligaciones principescas que atender? –Candy entorno los ojos cuando una ráfaga le arranco la capucha e hizo que se le helaran las orejas. Cuando volvió a cubrirse con la capucha, vio que Terry le estaba mirando el cuello -. ¿Qué? –pregunto envolviéndose en la capa.
-Siempre llevas ese colgante –dijo el príncipe-. ¿Es otro regalo?
Aunque la muchacha llevaba guantes, Terry se quedo mirándole la mano, donde llevaba el anillo de amatista que le había regalado Albert, y sus ojos dejaron de brillar.
-No –se tapo el amuleto con la mano-. Lo encontré en mi joyero y me gusto. Eres insoportablemente territorial.
-Tiene un aspecto muy antiguo. Has estado robando de las arcas reales, ¿verdad? –le guiño el ojo, pero ella no sintió ninguna calidez detrás del gesto.
-No –repitió Candy de manera cortante.
Aunque un colgante no iba a protegerla del asesino, y aunque Elena tenia algunos planes que no quería desvelarle, Candy no pensaba quitárselo. Su sola presencia la consolaba en las largas horas que pasaba sentada en la cama, mirando la puerta.
-De pequeño leía historias sobre los albores de Adarlan; Gavin era mi héroe. Debo de haber leído todas las leyendas que hablan de la guerra contra Erawan.
"¿Cómo puede sr tan inteligente? No ha podido adivinarlo tan pronto". Candy hizo lo posible para aparentar un interés inocente.
-¿Y?
-Elena, la primera reina de Adarlan, tenia un amuleto mágico. En la batallas contra el Señor Oscuro, Gavin y Elena se quedaron indefensos contra el. Cuando el Señor Oscuro estaba a punto de matar. A la princesa, apareció un espíritu y le dio el colgante a Elena. Y cuando se lo puesto, Erawan ya no puedo hacerle daño. La princesa vio al Señor Oscuro como lo que era y lo llamo por su verdadero nombre. A este le sorprendió tanto que se distrajo y Gavin lo mato –Terry miro al suelo-. A su colgante le dieron el nombre del Ojo de Elena. Lleva siglos perdido.
Resultaba curioso oír a Terry, el hijo del hombre que había prohibido y proscrito todo rastro de la magia, hablando de amuletos poderosos. Aun así, se echo a reír lo mejor que pudo.
-Y ¿piensas que esta baratija es el Ojo? A estas alturas ya debe estar convertido en polvo.
_Supongo que no –dijo el, y se froto los brazos con fuerza para entrar en calor-. Pero he visto unas cuantas ilustraciones del Ojo y tu colgante se parece a el. Quizá sea una replica.
-Quizá –enseguida busco otro tema de conversación-. ¿Cuándo llega tu hermano?
Terry miro hacia el cielo.
-Tengo suerte. Hemos recibido una carta esta mañana que dic que la nieve de las montañas impide a Hollin volver a casa. Va a tener que quedarse n la escuela hasta después del segundo trimestre, y esta furioso.
-Tú pobre madre… -dijo Candy esbozando una sonrisa.
-Probablemente envía a algún criado para entregarle sus regalos a Yulmas, a pesar de la tormenta.
Candy no oyó su respuesta y, aunque estuvieron hablando durante mas de una hora después, deambulando por los jardines, ella no logro tranquilizarse. Elena tenia que haber sido que alguien reconocería su amuleto… y si aquel era el autentico… El rey podía matarla en el acto por llevar no solo una reliquia de familia, sino n objeto de poder.
Aun así, no pudo vitar preguntarse cuales serian realmente los motivos de Elena.
Candy levanto la vista del libro y miro el tapiz de la pared. La cómoda seguía estando donde la había colocado ella, a empujones, justo delante del pasadizo. Negó con la cabeza y regreso al libro. Aunque leyó las frases, no retuvo ninguna d las palabras.
¿Qué quería Elena de ella? las reinas murtas no solían volver para darles ordenes a los vivos. Candy agarro con fuerza el libro. Tampoco es que estuviera obedeciendo la orden de Elena de ganar el torneo: se había empleado a fondo de todos modos para convertirse en la campeona del rey. Y en cuanto a los buscar y derrotar el mal que moraba en el castillo…, bueno, ahora que aquella parcia guardar relación con la persona que estaba asesinando a los campeones, ¿Cómo no iba a intentar averiguar su procedencia?
Se cerró una puerta en alguna de sus aposentos. Candy dio un respingo y el libro se le escapo de las manos. Agarro el candelabro metálico que había junto a la cama, lista para saltar del colchón, pero volvió a dejarlo en su sitio cuando oyó el canturreo de Philippa al otro lado de su cama para recuperar el libro.
Había caído bajo el lecho. Candy se arrodillo en el suelo helado y se estiro para alcanzar el libro. Como no llegaba a palparlo, cogió la vela. Lo vio inmediatamente, pegado a la pared, pero cuando sus dedos ya podían tocar la tapa, el brillo trémulo de la luz de la vela dibujo una línea blanca en el suelo por debajo de la cama.
Candy tiro del libro y se puso en pie sobresaltada. Le temblaron las manos al empujar la cama para moverla de su sitio y los pies le resbalaron en el suelo casi helado. La cama acabo moviéndose lentamente, pero ya había desplazado lo suficiente para ver lo que habían dibujado en el suelo.
Se le helo la sangre en las venas.
Marcas del Wyrd.
Alguien había dibujado docenas de marcas del Wyrd en el suelo con tiza. Formaban una gigantesca espiral con una marca grande en el centro. Candy tropezó al retroceder y se golpeo contra el vestidor.
¿Qué era aquello? Se paso una mano temblorosa por el pelo y se quedo mirando la marca dl centro.
No era la primera vez que veía aquella marca. La había visto dibujada a un lado del cadáver de Verin.
Se le revolvió el estomago. Corrió hasta la mesilla de noche y cogió la jarra de agua. Sin pensarlo, echo el agua sobre las marcas y corrió hasta el cuarto de baño para llenar la jarra. Cuando el agua hubo acabado de reblandecer la tiza, agarro una toalla y la restregó el suelo hasta que le dolió la espalda y las manos y las piernas se le quedaron heladas.
Entonces, y solo entonces, se vistió con unos pantalones y una túnica y salió por la puerta.
Afortunadamente, lo guardias no dijeron nada cuando les pidió que la acompañaran a la biblioteca a medianoche. Se quedaron n la sala principal mientras ella dejaba atrás las estanterías en dirección a la hornacina olvidada y polvorienta donde había encontrado casi todos los libros que hablaban de las marcas del Wyrd. Se dio toda la prisa que pudo y en ningún momento dejo de mirar por encima del hombro.
¿Seria ella la siguiente? ¿Qué significaba todo aquello? Se retorció los dedos con nerviosismo. Doblo una esquina qu estaba a unas diez estanterías de la hornacina y se detuvo en seco.
Annie, sentada en pequeño escritorio, se quedo mirándola con los ojos como platos.
Candy se llevo una mano al corazón, que le latía desbocado.
-Maldita sea –dijo-. ¡Me has dado un buen susto!
Annie sonrió, pero había algo fuera de lugar. Candy ladeo la cabeza mientras se aproximaba a la mesa.
-¿Qué haces aquí? –pregunto Annie en eyllwe.
-No podía dormir.
La asesina miro el libro que estaba leyendo la princesa. No era el mismo que usaban durante clases. No, era un libro grueso y antiguo con sus paginas llenas de texto.
-¿Qué estás leyendo?
Annie cerró el libro de golpe y se puso de pie.
-Nada.
Candy se quedo observo su cara: la princesa tenia los labios fruncidos y la barbilla levanada.
-Pensaba que aun no era capaz de leer nada de ese nivel.
Annie se metió el libro bajo el brazo.
-Entonces, eres igual que todos los necios ignorantes de este castillo, Lillian –dijo con una pronunciación perfecta en el idioma común. Sin darle ocasión de responder, la princesa se alejo dando grandes zancadas.
Candy la vio marcharse. Aquello no tenia sentido. Annie no era capaz de leer libros tan avanzados, no cuando aun le costaba leer una frase detrás de otra. Además, Annie nunca hablaba con aquel acento tan perfecto. Y…
En las sombras detrás del escritorio, había caído un papel entre la madera y la pared de piedra. Candy lo saco y desplego el arrugado papel.
Se giro bruscamente hacia el lugar por donde había desaparecido Annie. Con un nudo en la garganta, Candy se guardo el trozo de papel en el bolsillo y volvió a prisa a la gran sala. La marca del Wyrd dibujada en el papel parcia estar quemándole la ropa hasta hacerle un agujero.
Candy bajo apresuradamente por una escalera y luego recorrió un pasillo con libros a ambos lado.
No, Annie no podía haberla engañado así. Annie no le habría mentido un día tras otro sobre lo poco que sabia. Annie había sido quien le había dicho que los grabados en el jardín eran marcas del Wyrd. Sabía lo que eran; le había advertido una y otra vez que se alejara de las marcas del Wyrd por que Anni era su amiga… Porque Annie había llorado al saber que habían asesinado a su gente y había acudido a ella para que la consolara.
Pero Annie procedía de un reino conquistado. Y el rey de Adarlan le había arrancado la corona a su padre y le había arrebatado su titulo. Y los habitantes de Eyllwe los secuestraban por la noche y los vendían como esclavos, igual que a los rebeldes a los que, según el rumor, tanto apoyaba Annie. Además, acababan de masacrar a quinientos ciudadanos de Eyllwe.
A Candy le escocieron los ojos al ver a los guardias holgazaneando en los sillones de la gran sala.
Annie tenia motivos mas que suficientes para engañarlos y para engañarlos y para conspirar contra ellos. Para poner fin a aquella estúpida competición y ponerlos nervioso a todos. ¿Qué mejor objetivo que los criminales que vivían allí? Nadie los echaría de manos, pero el miedo se instalaría en el castillo.
Sin embargo, ¿Por qué iba Annie a conspirar contra ella?
Continuara…
