Amor… amor, amor es… ups, no tengo idea… =)
Rachel, ya podrías dejar al señor Peals y Lea, ya podrías dejar al señor ¿Paetz?
Oye… ¡quiero esos eclairs! ¡Aunque sea uno!
Fuegos aún invernales, cortesanas.
Ese martes, Rachel se juntó con su madre a almorzar en una cafetería cercana a la preparatoria donde trabajaba. No hablaron más que de ella; Shelby la seguía de cerca, como un sabueso conocedor y en modo completamente madre, y ese modo podía llegar a sobrepasar la intensidad de la hija mayor. Demás estaba decir que la había puesto al tanto de los últimos acontecimientos… todos. Desde la importantísima noticia de Levar, pasando por los regaños ante un insistente ocultamiento de la presencia de Quinn a sus amigos, hasta la cita de ese día con ella.
Pero para defenderse de esas reprimendas, Rachel poseía una respuesta lógica: nada podía hacer si Quinn decidía no comunicarse con nadie.
En definitiva, ya todo acabaría al día siguiente…
Con respecto a Judy, su madre se había emocionado notablemente y más, sin embargo sus deseos de inmiscuirse eran intensos, así que también la mujer la había puesto al tanto de eso. Y la hija, como debía ser, la contuvo todo lo que pudo durante toda la hora que habían compartido.
Aún sentada en la barra, Rachel miró su teléfono; eran las dos y cuarenta y cinco de la tarde. Minutos después de haber despedido a su madre, había enviado un mensaje a Quinn para avisarle que había quedado libre.
Se sentía nerviosa, lo admitía, como si estuviera esperando a su chica para pasar todo el día juntas. Y quería hacerlo, pensando que no era su chica, pero sintiendo que sí era alguien muy importante para ella. Mientras, continuaba con su empresa de comunicarse con Matthew… y él con la de serle indiferente.
—¿Cuánto más vas a ignorarme? —rezongó, jugueteando con su móvil y curioseando el movimiento de la tradicional cafetería ambientada en los años cincuenta.
—¿Te sirvo otra soda?
Rachel levantó la vista de la pantalla y le sonrió a la camarera, negando con la cabeza.
—No, gracias. En un rato me marcho.
Sorbió lo que quedaba de su vaso y en eso recibió un mensaje. Pensando que sería la respuesta de Quinn, se fijó rápidamente, pero no era ella; se trataba de Matt.
Tragando con fuerza el gusto de su limonada, lo abrió y leyó atenta.
"No estoy en condiciones todavía de hablar contigo. Regreso la semana entrante, así que prefiero hacerlo personalmente".
Rachel revoleó los ojos y resopló. A pesar de todo le agradecía ese gesto; le daría tiempo de sobra para ajustarse a sus nuevas decisiones y ya estaría sola para resolver su destartalado mundo amoroso.
"¡Así están las cosas!", pensó.
Quinn, ya dentro de un taxi y en viaje, había decidido no enviarle una respuesta al mensaje de Rachel; tontamente quería sorprenderla. Sabiendo que ya había terminado el almuerzo con la madre, ahora le tocaba a ella.
Suspiró suavemente. Toda la mañana estuvo pensando en Shelby… cómo le gustaría verla, conversar con ella… ¿pero qué le diría? Nunca resultaron muy bien sus encuentros, con ella demasiado joven y desquiciada… Resopló, mirando las calles sin verlas realmente. Por lo pronto eso no sucedería, por lo pronto, porque así como había decidido seducir a Rachel, también había decidido recuperar todo lo que le "pertenecía" por derecho de vida y derecho de lazo de amor.
Pero ahora estaba ella, el nexo maravilloso de todo eso a solo minutos de distancia, al que debería otorgarle absoluta comodidad en su presencia, con su cercanía. Rachel debía sentirse segura.
Sí, Rachel debía sentirse más segura, ser más resuelta. ¡No era de adultos estar titubeando como lo hacía! Pero vamos, ¿cuánto hacía que no se veía envuelta en esas "andanzas sensoriales"? Mucho tiempo que no sentía un verdadero cosquilleo, un bombeo de sangre con todas las letras, ni deseo real… por lo menos hasta que Quinn invadió su presente.
¡Entonces tenía derecho de sentirse así!
Con un mohín esta vez observó su reloj… tampoco debía ser tan rigurosa…
—Hola extraña. Si me invitas una copa te contaré un par de secretos que te podrían interesar.
Rachel se volvió rápidamente hacia la voz a su lado y rió con una exhalación. Quinn la miraba con un ladino mohín, sus gafas de descanso y un gorro blanco con algunos mechones apretados a la frente. Tan cercana, tan accesible… La recibió como si nadie estuviera allí, como si estuviesen totalmente solas.
—Es muy tentador, pero me temo que no tenemos tiempo.
Quinn la miró con descontento.
—¿Cómo que no? ¿No llegué a tiempo?
—Mmm, tres y diez —murmuró, mostrándole su muñeca—. Dentro de lo aceptado, pero si no nos apuramos, llegaremos tarde.
—¿Dónde iremos?
—Ya lo verás.
Satisfecha por causar la evidente sorpresa en Quinn, Rachel pagó rápidamente y ambas salieron del lugar.
En la acera, Rachel comenzó a buscar el auto.
—No he venido en auto —agregó la otra—; hoy nos llevarán. Probablemente ninguna de las dos estará en condiciones de conducir para cuando acabe el día.
Rachel elevó las cejas, pillada por sorpresa.
—¿Andas con misterios?
—No puedo ser menos —acotó, guiñándole un ojo.
La actriz asintió, con las mejillas ardiendo.
—¡Bien, será un día agitado!
Por lo menos eso se olía, no solamente arriba del taxi, sino al bajar en la dirección que Rachel le había dado al taxista.
Se detuvieron frente a un viejo edificio de tres pisos, con escaleras de seguridad a la vista y un largo cartel que colgaba de lo más alto. Las siglas en vertical de: DDUS ostentaban varios años y una desgastada pintura negra delante de un fondo blanco.
Quinn sonrió con toda la cara, recorriendo aquella típica fachada que solía aparecer en las viejas películas de los noventa.
—¿Dónde estamos?
Rachel se volvió, delante de la puerta metálica por la que estaba a punto de ingresar.
—No puedes esperar a estar arriba, ¿verdad?
Quinn negó con la cabeza.
—Estamos cerca del teatro y cerca de la vivienda de Paolo. Hoy es nuestro día de descanso, pero él no descansa —informó sonriendo—. Vamos.
No necesitó mucho más para seguirla al interior; subió detrás de ella por escaleras metálicas tenuemente iluminadas, y al final del camino se encontró con un estudio de danza. ¡Lo sabía!
Rachel aplaudió y las tres personas que allí se encontraban se giraron, y las visitantes, o más bien Rachel, fue recibida con gritos y vítores.
La pequeña actriz salió catapultada hacia el buenmozo argentino que se acercó, la tomó en brazos y la elevó por los aires, acción acompañada por los grititos de la que volaba.
Quinn no podía quitar su sonrisa de la cara a la vez que se acercaba. Paolo recibía a Rachel como a una reina; estaba feliz de verla.
El interior del lugar hacía honor al exterior. Pisos de madera, viejos ventanales, viejas lámparas, espejos…
—¡Quinn, hola señorita! ¡Qué bueno que han venido! —exclamó el muchacho cuando dejó a Rachel en el suelo.
Tomó a la otra por los hombros y le dio un sonoro beso en la mejilla.
—Gusto en verte, Paolo… sobrio —se atrevió a bromear la rubia, causando la risa de aquél y una tímida caída de ojos de Rachel.
—¡Y prepárate para ver lo que hago con todos mis sentidos alertas! —vociferó presuntuosamente, riendo.
Con aspavientos y exclamaciones, las tomó de las manos y las llevó junto al pequeño grupo. El coreógrafo, Alan, ya conocía a Rachel, así que la saludó efusivo y luego fue presentado a Quinn. La muchacha, en cambio, fue presentada a las dos como su nueva compañera de baile: Anne.
Rachel había tenido razón, ya estaban a punto de comenzar, porque nada más se intercambió algunas pocas palabras, y después la magia del viejo estudio comenzó a obrar en todos, especialmente en ellas.
La música pop llenó el ambiente y los bailarines comenzaron a estirar y entrar en calor bajo las indicaciones de Alan.
Todavía en su nebulosa, Quinn los examinó a ellos unos instantes y terminó en Rachel, que lucía una mirada satisfecha y conocedora.
—¿Veremos un ensayo de baile en un estudio salido de Flashdance? —preguntó socarrona.
Rachel abrió la boca, escandalizada por sus palabras.
—Te cerraré esa boca que tienes, Fabray. Se te caerá la baba en unos diez minutos, te lo aseguro —respondió, señalándola con el dedo índice, a la vez que se iba hacia un lateral.
Quinn siguió el contoneo de sus caderas y la miró con interés cuando tomó de entre las cosas de los bailarines, un termo y algunos objetos que nunca había visto.
Rachel se sentó y la invitó a que lo hiciera a su lado; luego muy concentrada manipulaba y repartía en el suelo aquellos enseres.
—¿Qué estás haciendo? —indagó Quinn, sentándose.
Rachel, en su acostumbradísimo plan técnico, empezó a explicarle realizando dichas acciones.
Ella volcaba la "yerba" en un "mate", llenaba el pequeño y extraño cuenco con agua caliente del termo, introducía una bombilla y sorbía de ella.
"Paolo me explicó que el primer mate no se traga, que se le da a la tierra en ofrenda". De esa manera, la encaminaba en el particular ritual argentino de "tomar mate".
Sumergida en su estado de asimilación de nuevas cosas por ver, Quinn se sentía en éxtasis al verla disfrutar y experimentar. No así tanto con esa bebida; no le gustaba demasiado. Le parecía de un sabor muy intenso y amargo, dentro de lo excepcional, claro, ya que no se asemejaba a nada de lo probado antes.
Así que recibió solo unos pocos y se lamentó, porque era una situación bastante íntima que disfrutaba.
Rachel igualmente se encontraba en un estado sublime; vivía parte de sus costumbres fuera de casa con Quinn una vez más, y era el paraíso. Se abstuvo de contarle qué harían allí, y le hizo creer que verían algo como lo que había visto en los ensayos de teatro. También recibió de buena gana las burlas por esa bebida que tanto le gustaba, pero que para ella no gozaba de mucho encanto.
Luego de unos quince minutos ya todo tomaba otro color; los bailarines detuvieron su entrada en calor y la música se detuvo. Rachel aprovechó ese momento para acercarse un poco más a la mujer a su lado, y así no perderse nada de lo que estaría a punto de suceder.
—Estoy esperando a Jennifer Beals —susurró Quinn divertida.
—Tendrás que conformarte con la magia de ese chico que ves ahí. Paolo es mágico para todo, pero para esto… —sostuvo Rachel, jugando con la bombilla metálica dentro de su boca.
Quinn la miró frunciendo el entrecejo; ya estaba bien con el halago.
—Me parece que me da un poco de celos este chico.
Rachel chasqueó la lengua y sacudió la cabeza con una sonrisa.
—Yo también le tengo envidia —respondió haciéndose la desentendida, y desvió la mirada hacia el movimiento de los dos bailarines cuando se posicionaron uno frente al otro.
La estilizada y pequeña figura de Anne, se convirtió en una postura de perfecta línea recta delante de su varonil compañero, a punto de tomarla en brazos.
Alan también ya estaba en el equipo de sonido, y solo bastó un parpadeo para que una magia diferente hiciera de las suyas allí adentro.
Al momento de escuchar los acordes y observar cómo aquellos dos se compenetraban, Quinn quedó con la boca abierta.
—Eso es…
—Tango —completó Rachel por ella, seria, sin quitarle mirada.
Exactamente eso quería ver. Quinn era una amante de la música, y ver una danza de esas características sobrevolaría sus expectativas.
Ella no podía dejar de mirarlos y Rachel no conseguía dejar de observar sus facciones, envueltas de ese variopinto de notas regaladas por ese instrumento tan increíble que era el bandoneón, especialmente en las variaciones del intérprete que solía bailar Paolo: Astor Piazzolla. También le había enseñado la revolución que el músico le había otorgado al tango más clásico, y se lo había hecho escuchar… y Rachel lo entendió.
—Es increíble —susurró Quinn, apretando los puños en su regazo, hipnotizada por los pies de esos dos bailarines, con sus pasos, volteretas y tensión en el rostro.
—Lo es —respondió Rachel en el mismo tono—. Están bailando las "Cuatro estaciones".
Ya conocía al argentino, por eso se tomaba la libertad de no mirarlos. No sería tan tonta de perderse lo que no conocía, que era aquella mezcla de las expresiones emocionadas de Quinn, abrazadas a la música única del tango de la vanguardia más pura de una tierra lejana al conocimiento.
Quinn percibía sus ojos escocer, estaban húmedos como esa letanía sensual de movimientos y entrecruces de piernas. Asimismo sus ojos llameaban, al igual que las facciones de Anne, que observaban a Paolo como si fuera el único ser en la faz de la tierra. Lo agarraba con fuerza, se inclinaba hacia él con una gracia sin igual, y aquél la sostenía… y la orquesta de pronto lograba una variación arrítmica y emocionante. Era, tal vez, la danza más hermosa que había visto.
Quinn hacía el amor con esa mirada verde enorme detrás de los cristales transparentes, y a Rachel se le secaba la garganta y a la vez se le formaba un nudo allí, imposible de tragar sin dolor.
La sensualidad se le metía rápidamente bajo la piel para correrle por la sangre con salvaje abandono. Eso tenía el tango; cuántas veces había escuchado algo así en su época de estudiante, de colegas y músicos, mas nunca lo había vivido tanto como cuando conoció a Paolo. Y ahora todo ese conocimiento y experiencia se revestía de otro vuelo cegador. Con Quinn allí todo tomaba otro significado.
La música se detuvo y el silencio pobló el estudio. Así, repentinamente y tan confuso que no se entendía. Se necesitaba más, mucho más que esa demostración.
—¡Bravo! —se escuchó un grito femenino, atiborrado de emoción, acompañado de un aplauso estridente.
Los bailarines, jadeantes, se volvieron y sonrieron a las espectadoras.
Quinn aplaudía con ganas y un deleite hermoso, que embellecía aún más rostro. Aquellos, tomados de la mano, les dedicaron una reverencia y rápidamente atendieron las palabras de Alan.
Era un descanso merecido después de tal proeza y al mismo tiempo uno para sus emociones a flor de piel. Quinn bajó la cabeza y exhaló profundamente. Necesitaba unos instantes para observar a Rachel. Y allí se encontraba ella, con algunos mechones sobre la frente, con el cabello castaño echado sobre un hombro…
—¿Todavía quieres que Jennifer Beals aparezca? —preguntó ella en un murmullo.
Quinn le respondió con una sonrisa, entrecerrando la mirada.
—Que no se atreva a pisar este parquet en la próxima hora.
—Bien dicho —acotó la otra, tendiéndole el mate.
—Esto es único —musitó, aceptándolo y bebiéndolo con más identidad—. Jamás vi algo parecido.
Rachel asintió con ojos vedados.
—Sabía que te iba a enamorar. Piazzolla puede hacer lo que desee. Cada vez que recuerdo algunas interpretaciones que se han hecho aquí del tango, me avergüenzo.
Quinn rió suavemente.
—De ahora en más yo también me avergonzaré.
—Paolo hace presentaciones en hoteles. También trabaja de esto.
Sus miradas conectaron un momento, hablando de lo mismo, sintiendo lo mismo.
—Me has vuelto a sorprender.
Rachel no pestañeó, consciente de la tensión que florecía entre las dos de la nada.
—Una vez cada una —contestó en voz baja—. Quiero que te lleves la mejor impresión donde quiera que vayas ahora.
El estómago se le contrajo involuntariamente; no lo había querido decir de esa manera, pero ya lo había hecho.
Para Quinn también fue una puñalada, certera, y no sabía qué responder, por lo menos no con las palabras que pululaban en su cabeza, basadas en sus decisiones.
Por el momento mejor valía ser prudente.
—Lo haré…
Rachel asintió hosca, y apoyó el mate con un poco de brusquedad en el suelo, desviando la atención hacia los bailarines que se hidrataban. Esa aceptación no le había caído muy bien.
Tratando de ocultar su malestar empezó un jugueteo ausente con la bombilla, aguardando que comenzara otra pieza.
Quinn tomó nota de esos gestos con plena satisfacción; ella estaba molesta y aseguraba que era por sus dichos. Cuanto más entendiera que Rachel estaba con ella, más confianza cobraría su "plan". Era un proceso lento y aún la impactaba, pero allí se delataba todo lo que ocurría entre ellas.
—Ey…
La rubia rompió el silencio, llamando la atención. Rachel se volvió y la miró interrogante.
—¿No hay más de esos? —señaló el mate con el que jugaba.
—Lo siento, no queda más agua. Si quieres…
—No, está bien. Pensándolo mejor, creo que es suficiente. Siento ganas de… ir al baño.
—Sí, ¿verdad? —rió Rachel—. Es como un diurético.
Quinn iba a tontear con algo más, pero el coreógrafo se adelantó un poco, dirigiéndose a ellas.
—¡La última curda para ustedes, benemérito público! —exclamó teatralmente, señalando a los bailarines, y ellas aplaudieron entusiastas.
—¿La conoces? —preguntó Quinn en un murmullo.
Rachel negó con la cabeza y se acercó un poco más.
—Jamás la había escuchado antes, pero… Paolo dice que debes escuchar "respirar al bandoneón". No lo entendía hasta que lo escuché… inténtalo. Quizás tengas suerte.
La otra la miró sin comprender.
—Tal vez si cierras los ojos… —propuso.
Ya la música estaba envolviendo el estudio y a ellas.
Quinn no quería hacer eso, pues se perdería del baile, y era excitante realmente ver la sensualidad de aquellos dos, pero la intriga ganó terreno y le hizo caso.
Pocos segundos más tarde abrió la boca con pasmo y agachó la cabeza. A diferencia del anterior, en este tango el bandoneón y la voz rasposa del cantante hacían un único dueto, y ambos penetraron rudamente en sus oídos, viajando por su cuerpo.
Ese instrumento de viento no solo respiraba, sino que realizaba otros sonidos típicos de su manejo, lo juraba. Lo juraba sobre su piel estremecida, con todos los poros abiertos y los vellos erizados. Era una sensación desconocida.
Rachel de la misma manera vivía esas emociones aunque fueran consabidas, e igualmente recubrían la piel debajo de la ropa, pero en ese momento se hallaba absorta por otra cosa.
Quinn y su silente subyugación, con las mejillas rojas y labios entreabiertos. Quinn con la desnuda entrega a aquello fantástico que recién conocía, eso le pasaba a Rachel.
Apretó las mandíbulas cuando la música embrujadora la empujó a seguir con ahínco la línea de sus labios, el mentón y su cuello.
Una vez más no conseguía dejar de admirarla, ni de desear ocupar el lugar de ese espacio incorpóreo que rodeaba su boca.
—No quiero que te vayas...
