MLB: Arenas de Tiempo

Hola mis ladies y mis lords.

Y llegó por quien lloraban.

Al fin después de mucho tiempo he terminado con el capítulo.

Debo decirles que no fue nada fácil ni tampoco sencillo de escribir esta parte de la historia.

Antes de que lean el capítulo les dejaré un pequeño aviso.

ADVERTENCIA: este contenido puede dañar la mente y la sensibilidad del lector. Se recomienda discreción. Si no toleran la escenas sangrientas y subidas de tono les recomiendo que salgan cuanto antes de este capítulo. Pero si deciden quedarse no me haré responsable su estado mental. Quedan advertidos bajo su propio riesgo.

Ahora sí mis queridos lectores, sí tienen estomago, que disfruten de la lectura.


Capítulo XXIII: Chione's Sentence

(La Sentencia de Chione)

Los cálidos rayos del sol se asomaban en la ventanas y balcón del joven matrimonio real mientras que una fresca brisa hacia danzar gentilmente las cortinas de la habitación, en la cama yacía dormida Maat mientras que una sábana delgada y blanca le cubría la parte baja de su cuerpo, la joven reina comenzó a despertarse poco a poco debido a que los resplandecientes rayos golpearon delicadamente su rostro. La azabache lentamente abrió sus ojos mientras que su visa se acostumbraba a la clara luz de la mañana, la chica miró su lado derecho esperando a encontrar a su marido durmiendo a su lado, pero, tristemente sólo pudo observar el vacío y frío espacio de la cama.

Maat sintió un vuelco en el estómago al igual que en su corazón, dejo escapar un suspiro de decepción; al momento en que la joven reina se estaba reincorporando un dolor punzante se hizo presente en la parte baja de su cuerpo, justo en la parte pélvica, ella soltó un quejido doloroso que la hizo volver a recostarse en la cama. Un fuerte y notorio sonrojo había golpeado todo el rostro de la joven reina al recordar la noche en que ella estaba al dominio de su marido, la pobre chica no sabía que pensar en esos momentos; por una parte estaba bastante mortificada y asustada… pero… por otro lado se sentía viva, satisfecha y… deseada.

Cubrió con una mano su rostro, tratando de tapar esa expresión de vergüenza de su rostro. Las lágrimas no tardaron en salir de sus ojos azules acompañados de los sollozos que salían de sus labios. Maat se incorporó poco a poco en la cama, mientras que aquel punzante dolor en su parte pélvica se hacía cada vez más notorio que aquello hizo que a la joven Reina soltará quejidos de molestias.

Plagg y Tikki salieron de sus escondites, detrás de una estatuilla de barro de la diosa Isis, mientras se dirigieron con la azabache. Ambos kwamis no pudieron evitar sentir culpa y tristeza de no haber podido ayudarla.

– Maat… ¿Cómo…? ¿Cómo te sientes? – Tikki apenas podía formular aquella pregunta, se odiaba a sí misma, ¿Cómo podía preguntarle aquello sí sabía bien lo que ese akuma le hizo a su portadora?

– Estoy bien Tikki… estoy bien… – se limitó en contestar la Portadora a su kwami con una sonrisa triste y forzada.

– Perdóname. Perdóname Maat, perdóname. – sollozó Tikki mientras que sus lágrimas no tardaron en salir de sus ojos.

– No llores Tikki… no es tu culpa. – al decir eso Maat tomó a Tikki mientras la acurrucó sobre su mejilla, sin importarle que la sábana cayera y expondría sus senos.

– Maat tiene razón Tikki. Sí hay algún culpable aquí ese sería yo. – dijo con rabia y odio Plagg, ocasionando en que las dos féminas llamará su atención.

– Plagg… tampoco es…

En ese momento el felino interrumpió a la azabache.

– No lo digas… no lo digas Maat porque es cierto. Era mi deber proteger a Aten del poder de Sokaris. Y mira lo que he ocasionado por mi culpa; Aten fue akumatizado, y, él… él…

Plagg no pudo seguir hablando, su voz se encontraba entrecortada a la vez que los recuerdos de esa noche de su Portador "violando" a la pobre Portadora de su amada Tikki era algo difícil de recordar o tocar. Maat sintió compasión por el pequeño felino, ella sin pensarlo lo tomó cuidadosamente entre sus manos haciendo que kwami negro se sobresaltará por el suave y cálido toque de la chica. La joven Reina lo acurrucó entre su cuello y mandíbula a la vez de que le decía.

– Sí hay algún culpable aquí ese sería Sokaris, Plagg. Ni tú o Tikki tienen la culpa de nada. Ahora nuestra esperanza es hacer que Aten vuelva a la normalidad y vencer de una vez y por todas a ese maldito bastardo.

– Así se habla Maat. – dijo con ánimo Tikki a su portadora.

– Tikki. – llamó la Reina de Tebas a su kwami.

– ¿Sí Maat?

– Anoche antes de que Aten nos interrumpiera nuestra platica. Tu mencionaste algo sobre…

– La fuerza del Portador. Lo recuerdo. Como te había dicho anteriormente Maat, la fuerza del Portador no además es aquel a quien lo eligen por sus buenos actos sino que también por tener un cuerpo, una mente y un alma fuerte. – explicó Tikki a su portadora quien se quedó perpleja ante la información de la kwami roja.

– Entonces… ¿Los Portadores de los Prodigios somos elegidos por eso?

– Sí Maat.

– Pero… ¿Qué hay de Sokaris? Digo, si tú dices que los Prodigios sólo se los dan a aquellos que son de buen corazón, entonces, ¿Por qué escogieron a Sokaris como un Portador cuando en verdad él es un…?

– No es el Portador que elige el Prodigio Maat. Es el Prodigio quien escoge al Portador. – habló Plagg.

– ¿Cómo? – la joven reina casi se le caía la mandíbula de la fuerte revelación que le hizo el kwami negro.

– Verás Maat. Hay muchas formas para que el Prodigio escoja bien a su Portador, si es necesario que el elegido deba tener un cuerpo, una mente y un alma saludable; pero también; debe tener buenos sentimientos en su corazón. El caso de Sokaris puede que haya sido un error.

– ¿Un error? ¿A qué te refieres con eso Plagg?

– A lo que me estoy refiriendo Maat es que también los Prodigios podemos equivocarnos de elegido. – Maat sintió un golpe fuerte en la boca del estómago mientras que un sudor frío empezó a sentir por todo su cuerpo desnudo. – No podemos diferenciar entre el bien o el mal de nuestros Portadores debido a que no conocemos a fondo sus corazones, puede que en un principio sintamos la calidez de su corazón pero conforme vamos conociéndolo ahí es cuando cambian las cosas: si el portador quiere seguir en el buen camino el corazón seguirá siendo puro, pero, si es todo lo contrario; si el portador decide seguir en el camino de la oscuridad el corazón se pudrirá y con eso tomará ventaja del poder del Prodigio.

– Oh, Plagg… – susurró la joven reina.

– Sokaris fue escogido por alguna razón antes de caer tentado en la oscuridad. Es por eso que debes detenerlo cuanto antes Maat, sí él descubre que Aten es Khepera aprovechará el momento de que le entregue el anillo. Eres nuestra esperanza Maat. Al igual que Volpe. – agregó Tikki mientras que aquella última frase lo pensó.

– Lo haré. – dijo con una increíble determinación en su voz la azabache. – Plagg necesito que me digas en dónde se encuentra el akuma.

Plagg se estremeció al recordar el lugar dónde el akuma se encontraba reposando.

El felino estaba indeciso. No sabía si responderle o no aquella pregunta de la elegida de Tikki. No quería verla preocupada, ni mucho menos verla sufrir.

¿Qué haré ahora? – pensó él.

– ¿Plagg? – nombró ella el nombre del felino.

Al momento en que el kwami negro iba a responder unos gritos le habían interrumpido.

Rápidamente los dos kwamis se escondieron mientras que Maat se alcanzó a cubrir su desnudes con la fina sabana. Para sorpresa de ella las dos voces que ella reconoció eran de sus dos amigas: Dione y Auset. Ellas dos tocaron con desespero la puerta de la habitación del matrimonio real, hasta Maat había pensado que en cualquier momento la puerta se derrumbaría por aquellos bruscos golpes.

– Dione, Auset pueden pasar. – dijo Maat a sus amigas quienes ese breve instante entraron con mayor rapidez.

– ¡Maat hay algo que debes de saber! – dijo Dione mientras trataba de recuperar el aliento junto a Auset.

– ¿Qué tengo que saber? – preguntó la azabache.

– ¡Maat! ¡Aten mando a prisión al visir Khalfani junto a Chione a prisión! – replicó la sacerdotisa.

La joven reina miró incrédula a las dos féminas, mientras sentía un nudo en la boca de su estómago.

– ¿C-Cómo?

– Como has escuchado Maat. Su esposo mandó a arrestar al visir junto a su hija la misma noche en que ustedes celebraban su coronación. – confesó la griega.

– ¿Por qué Aten hizo eso? – preguntó conmocionada la joven reina.

– Nadie lo sabe, ni siquiera la guardia real. Solo tu esposo hizo esa orden así de la nada. – explicó Auset.

– Oh, por Ra. ¿Dónde se encuentran ellos ahora? – exigió Maat a sus amigas.

– Están en la prisión del palacio. – respondieron ambas féminas.

– Iré allá.

– Espera Maat no puedes ir. – dijo Auset mientras le tomaba del brazo a su amiga.

– Auset necesito ir. No me detengas, debo saber por qué mi marido encarcelo a Chione y a su padre.

– Lo sé pero…

– Tan siquiera deberías vestirse primero Reina Maat, no querrá armar un alboroto vestida de esa forma ni mucho menos con despertar el deseo sexual en los hombres al ver a su majestad casi desnuda. – rió divertidamente Dione mirando de pies a cabeza a la azabache quien ni cuenta se dio que ya no traía puesta la sabana después de salir rápidamente de la cama.

– De eso quería hablarte Maat. Tenemos que vestirse primero si no quieres recibir miradas lujuriosas de los hombres. – agregó la sacerdotisa.

– Oh, por Ra. Tan bajo he caído que me he olvidado de mi desnudez. Chicas háganme el favor de ayudarme a vestirme lo más sencillo posible. – suplicó de favor a sus amigas.

*…*…*…*…*…*…*…*…*

Después de unos minutos Maat ya estaba vestida lo más sencillo que podía tal como se los indicó a las dos féminas, nadie en el palacio la reconoció pues se había cubierto de pies a cabeza con una capucha. Había llegado con rotundo éxito a la prisión librándose de la vista de los guardias que resguardaban la entrada del lugar, al entrar al dicho lugar comenzó a buscar en cada rincón y celdas a Chione o a su padre; el lugar para ella le parecía un laberinto, aunque hubiera casi nueve pasillos para la joven reina le pareció infinito. Fue en ese momento que al cruzar unas celdas vacías y alejadas de los demás prisioneros distinguió una cabellera marrón y larga.

– ¿Chione? – preguntó Maat mientras se detuvo en aquella celda y mirando a la persona quien se encontraba sentada. – ¿Chione eres tú?

– ¿Maat? – la azabache suspiró aliviada. Definitivamente aquella persona era Chione.

– ¿Chione qué paso? ¿Por qué estás aquí? ¿Y tú padre? – preguntó la joven reina a la prisionera.

Chione rompió el llanto, pero no era uno de verdad sino que era un llanto dramático y con lágrimas de cocodrilo, mientras corrió hacia el otro de la celda para explicarle la situación de su encierro a Maat.

– Oh, Maat es terrible estar aquí. No tolero estar ni un minuto más, estar rodeada de asquerosos, mal vestidos, pobres muertos de hambre me hacen sentir asqueada. Necesito que me saques de aquí junto a mi papi. – lloró a moco tendido la chica mientras que se le corría el khol. – Los guardias de Aten irrumpieron mi casa por órdenes de Aten, y nos sacaron a mí y a mi padre a la fuerza y nos llevaron aquí; en esta maldita pocilga de mala muerte.

No cabe duda alguna por qué mi marido lo hizo. – pensó Maat pero ahora sabía que no era tiempo para pensar ese tipo de cosas. Ella sabía que algo muy raro había hecho su marido como para encerrar a Chione junto a su padre y tendrá que descubrirlo tarde o temprano.

– Maat no sé qué está sucediendo, ni mucho menos sé por qué Aten me encerró a mí y a mi padre en esta prisión. – la joven reina estaba atónita, al ver la expresión confundida de Chione supo que ni ella tampoco sabía lo que estaba pasando. – Maat… habla… habla con Aten, dile que me saque de aquí.

– Yo… no sé cómo hacerlo Chione… Aten ahora es Faraón y nada ni nadie puede cambiar su parecer. – era cierto lo que decía Maat, desde que ha tenido memoria ella y su madre fueron siempre testigos de las ordenes que su padre hacía con mano de justicia sobre toda Menfis, nadie lo contradecía sobre su parecer con poner el orden y la justicia hacia pueblo, ni mucho menos su madre.

– Me arrepentiré de esto… – dijo con rabia y vergüenza Chione, llamando así la atención de la azabache. – Maat… nunca he dado la cara ante una súplica, pero, en este momento te imploró y te suplicó que hables enseguida con Aten. Lo conozco muy bien desde que tengo memoria, y ahora mucho más. Dile a tu… esposo… que me saque de aquí junto a mi padre, él te escuchará Maat, eres su esposa, la mujer a quien… verdaderamente ama, adora y venera con todo su ser más que a todo Egipto. Por favor Maat, habla con Aten. Él no te negará a lo que tú le pidas.

– Yo… – Maat estaba impactada por las palabras de Chione, aunque ella sabía que la pelimarrón no la estimaba ni mucho menos la respetaba muy en fondo sabía que Chione reconocía que Aten la escogió a ella sobre todo y todas las mujeres de todo Egipto. – Lo haré. Le diré a Aten que te saque de aquí junto a padre Chione.

– Gracias Maat. No te quedes más aquí y ve con Aten, por favor. – le imploró una vez más.

Maat asintió levemente mientras se retiraba de la celda de Chione.

Pero jamás contó que unos guardias que se encontraba en el mismo camino que ella la sorprenderían.

– ¡Alto ahí! – dijo uno de los guardias a la azabache.

La Portadora de la Mariquita se sobresaltó del espanto mientras aferraba su capucha con sus manos.

– ¡¿Cómo has escapado de tu celda prisionera?! – vociferó otro guardia mientras que él junto a sus colegas amenazaron a la disfrazada reina con sus lanzas en mano.

¿Y ahora qué hago? Si ellos descubren que soy la reina me veré en un gran problema. Pero… Chione depende de mí ahora, debo ayudarla como sea. – pensó Maat. – ¿Cómo osan dirigirse de esa forma ante su reina?

– ¿Reina dices? – rió un guardia junto a sus compañeros. – Verdad para ser cierto. Nuestra Gran Reina jamás se atrevería en venir como un lugar como este. – nuevamente rió el mismo guardia.

La joven frunció el ceño ante burla de aquel guardia.

– En eso equivocan en eso. – dijo molesta Maat. Ella se quitó la capucha revelándose ante los guardias su identidad.

Lo guardias al ver la identidad de la "prisionera" inmediatamente se reverenciaron ante la joven reina, a la vez que ellos soltaron sus armas y pidiendo perdón a su gobernadora.

– ¡Gran Esposa Real! – exclamaron ellos sin dejar de mirar el suelo con arrepentimiento y miedo. – Perdónenos por nuestra osadía en haberla insultado Gran Esposa Real.

– Su castigo sería la muerte misma y el olvido del mundo de los muertos. – dijo la Portadora de la Mariquita al grupo de hombres quienes temblaron ante la amenaza de su reina.

– Piedad Gran Esposa Real.

– Le pedimos nuestro más grande perdón.

– No sabíamos que usted era…

– Silencio. Ya fue suficiente. – ordenó la azabache. – ¿Ustedes saben por qué la hija del Visir y él mismo están encarcelados?

Los guardias se tensaron al escuchar aquello, sin levantar la mirada uno de ellos le respondió a su reina.

– Gran Esposa Real usted sabe que jamás le mentiríamos a usted o ningún miembro de la familia real. Ninguno de nosotros sabemos el motivo por el cual el Gran Nafeer ordenó arrestar al Visir y a su hija.

– ¿Ni un poco?

– Nada. – respondieron ellos.

Maat soltó un suspiro decepcionado mientras perdía las esperanzas por buscar respuestas del arresto de Chione y su padre.

– Gran Esposa Real lamentamos nuestra osadía con decirle esto.

– Prosiga. – dijo ella al guardia.

– Usted no debe de estar aquí Gran Esposa Real, no sabe el riesgo que podría correr su vida si se queda más tiempo aquí. En esta prisión se encuentran asesinos, conspiradores, violadores y ladrones.

– Permítenos escoltarla nuevamente al palacio. Ahí estará más segura que en este lugar.

– Hagan lo que tengan que hacer. – respondió la azabache mientras iba siendo llevada a la salida de la prisión, y por su puesto directamente al palacio.

*…*…*…*…*…*…*…*…*

Una vez que ella fue llevada al palacio. Lo guardias la llevaron también ante presencia del Gran Nafeer, quien se encontraba en el salón de tronos escuchando cada noticia sobre su reino, las puertas se abrieron y Maat entro junto a los guardias de la prisión dentro del salón.

– Maat, mi hermosa y amada reina. ¿A qué ha venido a verme reina mía? – dijo Aten con una sonrisa burlona y sin dejar de ver con picardía a su mujer.

– Pueden retirarse. – comentó Maat a los guardias mientras que ellos se reverenciaron y se fueron del salón de tronos. – Aten debemos hablar. A solas. – dijo ella con una voz seria, muy pero muy seria.

– Retírense todos. – ordenó Aten a los sirvientes, escribas y guardias mientras que éstos dejaban a solas a la pareja real. – ¿Y de qué quieres hablar mi querida Maat? – preguntó sedosamente su marido sin quitar aquella sonrisa de su rostro.

– Me he enterado que has mandado a Chione y a su padre a prisión. – la expresión de su esposo cambio mientras que había sido reemplazada por una de molestia y a su vez fruncida.

– No lo negaré. Y sí, envié a Chione y a Khalfani a prisión. – confesó sin descaro Aten a su esposa.

– Pero… ¿Por qué? – preguntó ella con incredulidad.

– Eso es algo entre Chione y yo, Maat. No quiero que interfieras a lo que estoy haciendo. – replicó Aten.

– ¡Claro que lo hago y lo haré Aten! ¡Soy tu esposa y a la vez la Reina de Tebas! ¡Y exijo una respuesta inmediata por el encierro de Chione y del Visir Khalfani! – vociferó la azabache.

– ¿Por qué te preocupas ahora por Chione? Ella te ha insultado e incluso hacerte la vida imposible.

– Cómo Reina de Tebas debo preocuparme por mi pueblo ahora Aten. Aunque Chione me ha querido hacer la vida imposible ella es parte de tu pueblo. – comentó Maat. – Aten debes sacar a Chione y a su padre de la prisión.

– ¿Y por qué debería hacerlo Maat?

– Es tu amiga de la infancia Aten.

– Cierto. Puede que haya sido mi amiga de la infancia, pero eso fue hace mucho pero mucho tiempo Maat. Mi amistad con ella termino y para siempre.

Maat se estremeció al mirar la mirada esmeralda de su esposo, jamás había visto aquella mirada tan llena de frialdad y repudio.

– ¿Cómo puedes decir eso Aten? ¿Qué acaso no te importa que Chione y su padre estén encerrados en esa prisión? ¿Qué te han hecho ellos? – preguntó la azabache con mortificación.

– ¿Por qué te dignas en defenderlos Maat? ¿Y más a Chione?

– Aten… hoy fui a la prisión. – confesó Maat sin saber que aquello en realidad hizo enfadar a su marido.

– ¿Qué hiciste qué? – siseó Aten. Se levantó de su trono y se dirigió hacia su esposa.

– Fui a la prisión.

– ¡¿Pero en qué estabas pensando Maat?! ¡Te pudieron haber hecho algo en ese lugar! – vociferó a voz de trueno el joven Faraón espantando a su pobre mujer.

– Aten… – ella trató de calmarlo pero al ver la furia en sus ojos supo que había cometido una gran equivocación al decirle aquello de que había ido a la prisión.

– ¡Suficiente! – él la tomó de los brazos con algo de brusquedad, cegado por la ira jamás se dio cuenta del daño que le estaba haciendo. – ¡¿Sabes del riesgo que hubieras tenido en ese maldito lugar?! ¡¿Qué pasaría si en un descuido tuyo te hubiera atrapado un malnacido?! ¡Dímelo Maat! ¡¿Qué hubiera pasado?!

– Aten… me estás lastimando… – se quejó ella pero aun así su esposo la ignoró. Su agarré se hacía más y más fuerte.

– ¡Si me vuelvo a enterar de que fuiste a la prisión otra vez Maat me veré obligado no además encerrarte a tu habitación sino que se te prohibido salir del palacio! – amenazó Aten soltando en ese instante a su esposa y dándole la espalda, Maat soltó un quejido de dolor sus brazos que a su vez le ardían le dolían y comenzaron a notarse por un tenue color rojizo.

– Aten… lo siento…

– Con lamentarlo Maat no será lo suficiente. – dijo Aten sin quitar aquel tono molesto de su voz y aun dándole la espalda.

– Lo sé… pero Chione y su padre no se merecen estar en prisión no al menos de que ellos hayan cometido algún crimen.

– Tú no sabes nada Maat.

– Sí tan solo me dijeras el caso… – Maat trató de saber el caso pero su esposo la calló.

– Es suficiente. Es mejor que olvides todo esto y que no se toque más del tema. – ordenó Aten.

– ¿Por qué haces esto Aten? ¿Qué te ocurre? ¿Quién eres? ¿Qué pasó con el hombre con el me casé y me enamoré? – la voz de Maat se quebró mientras que unas lágrimas traicioneras escaparon de sus ojos cuando escuchó la respuesta de su marido.

– Ese hombre ya no existe, ya no más.

– Aten… me rompes el corazón. – aquello había sido un puñal para el joven Faraón, escuchar aquellas palabras llenas de dolor de la boca de su esposa había sido como un choque de emociones que hasta le hizo temblar.

Al momento en que Aten se dio la vuelta para ver a su esposa, ella inmediatamente salió corriendo lo más aprisa posible del Salón de Tronos con lágrimas en los ojos. El joven Faraón se quedó ahí solo, mientras que su mente sólo recordaba la expresión de dolor y tristeza de su amada esposa.

– ¿Problemas en tu matrimonio? – aquella mascara purpura apareció en el rostro de Aten mientras que una expresión fría y molesta apareció en él.

– Cierra la boca. – siseó con frialdad el joven Faraón. – ¿Qué es lo quieres Sokaris?

– ¿Para qué me lo preguntas? Ya sabes la respuesta Qat Mowsen. – replicó el villano. – ¿Cuándo me entregarás los prodigios de Ladybug y Khepera? Ya he esperado mucho y mi tiempo al igual que mi paciencia se están acabando.

– Tranquilo. Muy pronto obtendrás en tus manos los prodigios, Sokaris. En cuanto yo cumpla primero mi objetivo, no olvides nuestro trato.

– Bien. – chasqueó la lengua el villano. – Te daré un tiempo limitado, pero, si no cumples con tu promesa no además me veré obligado a quitarte tus poderes sino… que tu amada esposa pagarás las consecuencias. – aquello le había hervido la sangre al Portador del Gato.

– ¡No metas Maat en esto! ¡Si te atreves a tocarle un solo cabello a ella te juro que…!

– Entonces no hagas perder mi tiempo y mi paciencia. – amenazó Sokaris. – Tienes cinco soles y cuatro lunas para conseguir esos prodigios o tu esposa sufrirá las consecuencias.

La máscara de la mariposa despareció. Y la rabia de Aten incrementó, tanto que hizo que su mano chocará contra un pilar haciendo una grieta en ésta y a la vez que sus nudillos le sangraran.

– Maldita sea. Y maldito seas Sokaris. – siseó con rabia y frialdad. – Maat, mi querida Maat. No permitiré que nada ni nadie te haga daño.

El joven Faraón salió del Salón de Tronos en busca de su esposa.

Entre tanto, Maat se encontraba en su habitación siendo consolada por Plagg y Tikki. Ella les había confesado a los dos kwamis lo que había pasado entre ella y su esposo haciendo que la ira del pequeño dios gatuno le hirviera la sangre.

– Ese idiota me las pagara muy caro. – dijo Plagg haciendo que su pelaje se erizara.

– Aten no tiene la culpa Plagg. Recuerda que él está siendo poseído por el akuma de Sokaris. – comentó Maat.

– Pero aun así no debió lastimarte. – se quejó el felino. – Argh, como me molesta. Maldito Sokaris y sus akumas. Pero ya vera. Cuando todo esto termine no sabe de lo que le espera.

– ¿Plagg siempre es así Tikki? – preguntó la azabache a su kwami.

– No. Es la primera vez que se comporta de esta manera Maat. – respondió Tikki.

Plagg aún seguía ofendiendo a su portador hasta que se detuvo cuando escuchó a lo lejos pisadas que venían hacia la habitación del matrimonio.

– Alguien viene. – alertó el kwami negro a su compañera.

Él y Tikki se escondieron mientras que Maat miraba desde su cama la puerta de su habitación.

Las puertas se abrieron y apareció Aten.

La joven reina se tensó mientras tragaba grueso su saliva, su esposo se dirigió hasta ella sin perder el contacto visual con la de su mujer. Maat sintió un tremendo escalofrío al recordar lo que sucedió en el Salón de Tronos pero aun así mantuvo un perfil seguro para no mostrar debilidad ni nerviosismo ante su esposo.

– ¿A qué vienes ahora Aten? – preguntó molesta la azabache.

– ¿Acaso no puedo estar al lado de mi esposa? – respondió con una pregunta el joven Faraón.

– Después de cómo te comportaste conmigo en el Salón de Tronos ni tengo ganas de verte ni de escucharte Akhenaten Harsafes. – una sensación electrizante sintió el rubio mientras que su corazón latió frenéticamente contra su pecho.

– Dilo otra vez. – comentó él haciendo que su esposa lo mirará confundida.

– ¿Repetir qué cosa?

– Mi nombre. Mi completo.

Maat frunció el ceño mientras que un tic apareció en su ojo derecho.

– ¡De todo lo que te dije sólo te interesa eso! ¡Qué diga tu nombre completo! – gritó furiosa la joven reina.

– Te ves hermosa cuando te enojas. – dijo él sonrientemente, cosa que causo en Maat un rubor en sus mejillas, no se sabía si era del coraje o de alago.

– ¡Suficiente! ¡Largo de mi habitación! – ordenó ella mientras señalaba con su dedo índice la puerta.

– ¿Así es como tratas a tu esposo y Faraón de Tebas Maat? te recuerdo bien que soy el único quien puede sacar a Chione y a su padre de prisión. – sonrió lascivamente el chico.

La joven reina palideció, se había olvidado por un momento del caso del Visir junto a su hija. Aten al ver la expresión de su esposa no borro su sonrisa, se acercó a ella quedando cara a cara que hasta su nariz rosaba con la de ella.

– ¿Por qué tan callada mi reina? – preguntó él. – Pensé que al verme me volverías a suplicar con dejar libre a Chione y a Khalfani de prisión, pero por lo que veo sólo era una pequeña rabieta tuya.

– ¿Rabieta? ¡¿Rabieta?! ¡No fue ninguna rabieta Aten! ¡Lo que dije allá en el salón de tronos fue enserio! ¡Debes liberar a Chione y a Khalfani de la prisión!

– ¿Por qué ahora te importa Chione? Hace unos momentos te habías olvidado de ella, Maat. – se burló el joven Faraón haciendo que la rabia de Maat aumentará poco a poco.

– ¡Eres un…!

– Cuidado con lo que me vas a decir Maat. Te recuerdo que soy ahora el Faraón, un movimiento en falso y, no además Chione y su padre pagaran las consecuencias de sus actos, tú tendrás sangre inocente en tus manos.

Aquello hizo que la sangre de la Portadora de la Mariquita se helera a la vez que su corazón salto garganta.

La pobre reina estaba perdiendo la batalla contra su esposo. Debía hacer algo para convencer a su marido de sacar a la pelimarrón junto a su padre de la cárcel. Fue en ese momento que ella decidió en jugar con su última carta.

– Aten… desde el fondo de mi corazón… te imploro y te suplico que saques de la cárcel a Khalfani y a su hija. – Maat se retiró del colchón y el siguiente acto que ella hizo dejó sorprendido a su marido. Ella se postro ante los pies de Aten y con una voz llena de súplica y sinceridad le dijo. – Por favor, Aten. Depende de mí ahora la vida de Chione, sea lo que sea que ella hizo le sea perdonado… haré lo que tú me pidas sin ninguna contradicción hacia a ti… sólo… sólo libérala a ella y a su padre.

Aten sonrió complacido y lascivamente.

– ¿Lo que sea?

– Lo que sea ante mi Faraón y mi esposo. – dijo sumisamente.

Aquella sonrisa lasciva se amplió a su vez que se tornó oscura.

– Bien, que así se haga entonces. Chione será libera dentro de dos soles.

Gracias a Ra, al menos Aten la liberará a ella y a su padre de la prisión. – pensó ella aliviada. – Gracias esposo mío.

Aten sonrió pero esta vez había sido una verdadera. Ayudó a Maat a levantarse del suelo y la miró fijamente perdiéndose en aquellos preciosos ojos azules que mostraban alivio y gratitud. Aten acercó sus labios al oído de su esposa haciéndola estremecer por su aliento tibio, al momento en que su marido le hablo al oído la mirada de Maat se dilató a la vez que su rostro se tornó pálido y con una expresión de horror.

El joven Faraón se separó de ella sin quitar aquella sonrisa que ahora era una de picardía. Besó los labios de su mujer y se fue de la habitación dejándola completamente sola.

Las emociones que sentía la joven reina eran un remolino junto a una tempestad que juraría que en cualquier momento éstos estarían a punto de explotar. Tikki y Plagg salieron de sus escondites mientras le preguntaban a Maat de lo que le dijo Aten al oído. Ella no tenía habla para responderles, la chica se sentó a la cama y pocos segundos después se acurruco en el colchón haciéndose un ovillo mientras su mente la torturaban aquellas palabras que le dijo su marido y que a su vez le hizo sentirse incomoda y con miedo.

"Llego el momento de hacer nuestra descendencia Maat."

– ¿Descendencia? ¿Descendencia de quién? – pensó aterrada y mortificada la Portadora de la Mariquita.

Aten no se había ido por completo de la habitación, él se encontraba recargado sobre la pared mientras seguía esbozando aquella sonrisa placentera y lasciva. Su mente no dejaba de procesar aquella imagen de él mismo junto a su esposa y sus futuros descendientes. Fue una grandiosa idea en haber aprovechado ese momento de suplica por parte de su esposa. Sólo hacia falta por cumplir lo prometido a su esposa.

Antes de dirigirse al Salón de Tronos le ordenó a un sirviente que enviará a un escriba al lugar dónde él se encontraría. Una vez ahí Aten se sentó en su trono y esperó a que el escriba llegará, una vez que llegó el joven Faraón comenzó a ordenarle a que escribiera lo que el dictaría.

Era un mensaje para el carcelero.

Una vez que el escriba había dejado de escribir lo que el joven Faraón dictaba, el Portador del Gato le ordenó al hombre que le enviará el mensaje al mensajero real, y que éste se lo diera personalmente al carcelero junto a unas monedas de oro.

El escriba acató la orden de su señor y se fue del palacio hacia la casa del mensajero.

Una vez que el escriba llegó a la casa del mensajero toco a su puerta y una vez atendido por el hombre, éste le dijo.

– Nuestro Señor Faraón ha ordenado que le entregue usted este mensaje junto a este saco de monedas de oro al carcelero. Y esto es para usted. – le entregó al hombre dos bolsas de cuero, uno era su pago por su trabajo.

– Todo lo que nuestro ordene que se ha concedido. – dijo el mensajero.

El escriba se retiró y se fue a su casa con una pequeña bolsa de cuero que traía veinte monedas de oro.

El mensajero guardó el dinero cuidadosamente y se fue de su casa en camino hacia la cárcel.

Una vez ahí los guardias que resguardaban la entrada le impidieron el paso, el mensajero les dijo.

– Nuestro Señor Faraón ha ordenado que le entregue esto al carcelero junto a estas monedas de oro. – el hombre les mostró a los guardias el mensaje junto al pequeño saco de monedas.

– Puede pasar, y todo lo que el Señor Faraón ordene se ha concedida. – dijeron los guardias permitiéndole el paso al mensajero.

Antes de que el hombre encargado con el mensaje entrará a la cárcel, uno de esos guardias le había ordenado a uno de sus colegas; quienes se encontraban dentro de la cárcel; escoltarán al mensajero sano y salvo con el carcelero. Y así fue. Los guardias llevaron al hombre con el carcelero quien lo recibió preguntándole lo siguiente.

– ¿Qué noticias me traes mensajero?

– Vengo con un mensaje junto a unas monedas de oro de nuestro Señor Faraón que me ha ordenado que le entregará a usted carcelero. – el mensajero le entregó el mensaje junto al pequeño saco de monedas.

– Que se haga la voluntad de nuestro Señor Faraón. ¿Algo más? – preguntó el hombre.

– Nada por el momento.

– Bien, escolten al mensajero a la salida. – ordenó el carcelero a los guardias quienes se llevaron al mensajero fuera de la cárcel.

Una vez solo el hombre quitó el sello y comenzó a leer el mensaje del joven Faraón.

Su vista se dilato de la sorpresa con una pizca de terror, sus manos comenzaron a temblarle haciendo que la hoja de papiro se moviera algo brusco, su ceño se frunció severamente, y finalmente su mandibula se tenso haciendo que sus dientes crujieran.

Una orden era una orden.

Y se tenia que cumplir.

Ya fuera buena o mala.

*…*…*…*…*…*…*…*…*

La noche cayó, pero esa noche sería diferente donde solo…

La oscuridad.

La rabia.

La lujuria.

La venganza.

La dominación

La sumisión.

La desesperanza.

Serían los principales testigos en el Reino de Tebas. En especial en dos lugares.

En el palacio justo en la habitación matrimonial había unas cuantas antorchas encendidas mientras la atmosfera se podía oler una fragancia hipnotizante. Aten se encontraba sentado en la silla esperando con impaciencia a que su esposa llegará a la habitación con su deslumbrante belleza. La deseaba, la anhelaba y la quería en ese momento ahí mismo junto a él. Esa noche le haría el amor como nunca antes lo había hecho, quería dominarla, quería que ella lo deseará, quería escucharla gritar su nombre como un dios terrenal, quería saborear la miel de su flor, quería llenar aquel fértil vientre con su semen, quería engendrar a sus descendientes dentro de ella. Aten relamió sus labios deseoso, su cuerpo ya se encontraba caliente, y sus pupilas ya dilatabas mostraban el hombre de lujuria.

Unos golpes se escucharon a la puerta haciendo que el joven faraón se levantará de su asiento y dijera con voz ronca y llena de orden un "adelante". Las puertas se abrieron y Aten no pudo evitar de sonreír lujuriosamente al ver a su esposa con ese aire de deidad y belleza.

– ¡Retírense! – ordenó el Portador del Gato a las sirvientas, ellas se retiraron y cerraron la puerta dejando solos a los esposos. – Acércate Maat. – le ordenó a su esposa.

Maat respiró profundamente y fue directamente hacia su esposo. Podía ver en su lenguaje corporal lo impaciente que se encontraba al igual que un hambre de lujuria carnal invadía su mirada esmeralda.

La joven reina sólo vestía un vestido completamente transparente dejando ver toda su desnudes, sólo sus brazos lo tenía decorados con unas pulseras que traían consigo un hermoso velo transparente y blanco; para los egipcios aquel velo sería la representación de las alas de Isis.

– Cada noche luces más hermosa que la anterior mi reina. – confesó el rubio roncamente al oído de su esposa.

– Haz lo que tengas que hacer. – dijo la azabache rendida.

– ¿Hacer? ¿Qué quiere que haga primero reina mía? – preguntó él mientras esbozaba un sonrisa burlona.

– No lo sé. Es por eso que le pregunto a mi señor lo que desea hacer primero.

– Quiero desnudarte y dejar mi huella en tu piel. – respondió Aten.

– Como mi amado desee. Retírame el vestido y deje su huella sobre mi piel. – autorizó Maat a su esposo.

El joven Faraón le despojó sensual y tortuosamente el vestido a su mujer, ocasionándole en ella un ardor sobre su piel y a su vez un cosquilleo en su vientre y en su intimidad. Sólo las alas de Isis fue lo único que traía puesto consigo. El Portador del Gato comenzó a depositar besos en el cuello, la clavícula, el nacimiento de los senos y en éstos a Maat. Entre tanto ella no dejaba de gemir y suspirar el nombre de su esposo mientras se dejaba llevar por el placer que él le brindaba.

En la cárcel todo era oscuridad, ya que en algunas partes del lugar había pocas antorchas que apenas alumbraban con su luz. En la celda donde se encontraba Chione, ella apenas si podía dormir cómodamente en el polvoriento suelo del desierto. La pelimarrón solo suplicaba a los dioses que Maat pudiera haber convencido a Aten sacarla de ahí cuanto antes, la vida de comodidades era lo único que ella pensaba antes que otra cosa.

Sin que Chione lo supiera alguien su vida cambiaria drásticamente para siempre.

Pasos sigilosos comenzaron a acercarse a la celda de la dormida chica, mientras que unas manos empezaron a quitar el seguro de aquel lugar. Uno a uno los prisioneros que antes estaban encarcelados entraron con libertad a la celda de la chica, sus miradas hambrientas escanearon el cuerpo de la fémina mientras que oscuros pensamientos asaltaron los pensamientos de los presos. Chione comenzó a sentir el ambiente de su celda pesado y con un olor a podrido y mal oliente. Poco a poco su vista fue abriéndose mientras miraba con algo borroso su entorno, se talló sus ojos y cuando por fin se vista se aclaró una expresión de terror y asco se paralizo en su rostro.

Su grito se quedó atorado en su garganta ya que una mano callosa y sucia le cubrió la boca. Mientras que la voz de otro se le había acercado a ella diciéndole al oído un comentario que la deja en shock y a su vez que su sangre se helara.

"Está noche zacearas nuestros deseos."

Las manos de los comenzaron a manosear su cuerpo a través de su vestido blanco que después se convirtió en uno sucio y oscuro, para luego ser arrancado y destruido dejándola a su completa desnudez. Chione gritó y maldición a cada uno de los presos por lo que le hacían mientras que las lágrimas no dejaban de escapar de sus ojos; gritos, sollozos, gemidos, gruñidos y aullidos fue lo único que se escuchaba en la cárcel. La pobre muchacha sentía su sexo dolerle al penetrado a la fuerza por esas bestias salvajes y que a su vez la sangre le escurría por las piernas, sus gemidos apenas salían de su boca la cual había sido atacada por el miembro de otro preso, su orificio anal sangraba y le dolía que también era penetrado por otro hombre. Todos los presos tomaban turnos para saciar su lujuria y deseo que por días, semanas, meses o años estaban aprisionados en aquella cárcel.

Chione no para de gritar ni tampoco de suplicar.

Dentro de su ser siempre quiso que su primera vez hubiera sido con el único amor de su vida y también hubiera sido especial, y no como ahora no con aquellas bestias.

Antes de que ella llegará al clímax ella gritó desgarradoramente el nombre de él.

El nombre de…

– ¡ATEN!

Maat gimió como nunca antes el nombre de su marido. Ella se encontraba en la posición de cuatro y bocabajo mientras que Aten la penetraba como toda una bestia salvaje, el joven Faraón acercó su rostro en la espalda de su esposa y lamió cada gota de sudor de su cuerpo haciendo que ella volviera a gemir gustosa. Sus alas de Isis le habían sido despojadas de hace tiempo y asi revelando su desnuda espalda sin esa estorbosa tela.

– Aten… más… más rápido. – suplicó la joven reina embriagándose en el mar de lujuria.

Aten abrazó la cintura de su esposa y la sentó a espaldas de él sin quitarle el miembro de su sexo. La mano derecha de él comenzó a pellizcar el pezón izquierdo mientras que su otra mano masturbaba el hinchado y caliente clítoris, para así arrancarle más gemidos a ella.

– ¿Te gusta Maat? ¿Te gusta cómo te penetro, te estimulo, y te tocó? – gruñó al oído de su mujer.

– Sí… sí… Aten… me gusta… – gimió sin parar.

– Estás estrecha. – jadeó el joven Faraón.

Las penetraciones de Aten eran tan profundas y rápidas que hizo que Maat se corriera antes de que él lo hiciera. Aquello le había molestado al Portador del Gato pues él quería que ambos se corrieran al mismo tiempo. Después de varias embestidas por fin el deseo de Aten se había cumplido, él Y Maat se habían corrido finalmente.

Ella se desplomó encima de su marido mientras que él la abrazaba atrayéndola hacia a él. El antihéroe de Egipto beso por primera vez con ternura la frente de su mujer, mientras veía como el sueño la vencía poco a poco. El aroma de sexo y sudor había golpeado las fosas nasales de Aten, ocasionando que su miembro volviera a ponerse erecto y duro, Maat soltó un gemido de placer mientras que sus caderas se movían para sentir nuevamente aquella sensación en su sexo.

Aten rió ante eso, acomodó a su esposa sobre el colchón dejándola bocarriba mientras le decía al oído lo siguiente.

– Déjamelo todo a mi Maat, porque quiero hacerte sentir como si estuvieras en el Aaru mismo.

– Yo… ah… – gimió levemente la joven reina quien apenas estaba consciente de lo que estaba haciendo.

Su mente estaba cansada pero su cuerpo aún se encontraba despierto sintiendo aquellas sensaciones de las penetraciones de su marido. Toda esa noche Aten le hizo el amor a Maat, llenando su semilla dentro de ella, deseando con su ser que una nueva vida creciera dentro de su amada diosa; como él la llamaba con cariño.

Esa noche había sido testigo de dos vidas tan diferentes.

La primera era de una víctima en desgracia que había sido violada sin piedad en una celda con un número mayor de hombres hambrientos.

Y la segunda era de otra víctima pero tentada en la lujuria y en el domino de su esposa a quien su corazón estaba siendo poseído por un akuma sin que ella lo supiera.

Las dos eran mujeres.

Y las dos eran víctimas pero con un caso diferente.

Deseando con toda la fuerza de su corazón que toda aquella pesadilla y dolor terminará de una vez.

*…*…*…*…*…*…*…*…*

2 días después…

El sol estaba en su punto más alto en el palacio se podía presenciar casi un alboroto, pues según los rumores en toda Tebas se escuchan en la boca de todos que Aten no además había encarcelado al visir Khalfani y a su hija Chione sino que el nuevo Faraón les haría un juicio a ellos por sus "crímenes".

Toda la familia real se encontraba presentes en el Salón de Tronos esperando a los acusados.

Aten y Maat se encontraban sentados en sus tronos mientras que Akenatón y sus hijos se encontraban a un lado de Aten. Aunque esto le había molestado al Faraón de las Dos Coronas debido a que su grande obsesión por la joven Reina de Tebas quiso estar a su lado como el verdadero Faraón que era.

En ese momento, las puertas del Salón de Tronos se abrieron de par en par. Unos cuantos guardias entraron escoltando a Khalfani junto a su hija al lugar mientras que las miradas de todos los testigos se asombraron al ver al visir junto a su hija, pues al parecer aquellos rumores que tano se decían en las calles de toda Tebas eran ciertas.

Khalfani y Chione si habían sido arrestados.

Los guardias se hicieron a un lado mientras que otros guardias de atrás habían empujado al hombre junto a su hija frente a la familia real.

Maat, Tutankamón y Anjesenamón miraron horrorizados y preocupados por las condiciones que se encontraba la pobre de Chione. Ella estaba sumamente pálida, enferma, con una mirada muerta, su cabello que antes era brillante y bien cuidado ahora se encontraba maltratado y opaco. Mientras que Aten ocultando tras una máscara de seriedad se estaba riendo en sus adentros como un psicópata a la vez que una socarrona sonrisa ya comenzaba a asomarse en sus labios. Akenatón simplemente vio con curiosidad a su sobrino y sobre su plan contra Khalfani y su hija; en especial con ella.

– Hoy se inicia el juicio del ex-visir Khalfani y su hija Chione. – dijo Aten con una voz segura y seria.

¿Aten que pretendes hacer? – pensó Maat desconfiando en lo que haría su marido con ese "juicio".

– Khalfani se te acusa de aprovechar el poder sobre Tebas, bajar el pago a los vendedores y mercaderes, y extraer de los almacenes el trigo sin siquiera pagarlo. ¿Es cierto eso? – los murmullos de los presentes no dejaron de escucharse por todo el salón mientras que el hombre lo negó.

– Eso es mentira Gran Faraón. Yo soy un buen hombre de buenos principios, prudente y sobre todo que nunca le he hecho ninguna grosería a la familia real.

Aten se quedó analizando a Khalfani, desde que él tiene memoria ese hombre siempre aprovechaba todo ante su poder e incluso siempre incriminaba a personas inocentes por sus injusticias y más por los caprichos de su hija.

– Recuerda que le estás hablando al mismo Faraón, Khalfani. Tu vida depende de él ahora y de los dioses y por supuesto de mí también. – comentó Akenatón.

– Les juro sus altezas que todo eso que dicen de mí no son más que mentiras. – se defendió el hombre.

– Chione. – llamó Aten a lo que alguna vez había considerado a su amiga, la chica no dijo nada pero se había estremecido al escuchar la voz de él. – A ti se te acusa de burlarte de los dioses, poner falsos testimonios contra personas que ni siquiera tuvieron la culpa de tus crueles actos, adulterar, y más sobre todo tratar de usurpar el lugar de mi esposa y la verdadera Reina de Tebas.

– ¡¿Qué?! – exclamaron Anjesenamón y su padre.

Tutankamón y Maat no dijeron nada pero no podían sentir lastima por Chione, ambos sabían que ella siempre estuvo enamorada de Aten. No la culpaban de todo. El corazón no se manda pero la obsesión e puede llevar a un grande problema.

– ¿Tienes algo que decir Chione? – preguntó el Portador del Gato.

Pero Chione no dijo nada, no tenía palabras en ese momento. Su mente no procesaba del todo, y cómo no, si hacía dos días atrás que todos los reos de la cárcel la habían violado e incluso hasta humillado. ¿Y ella? Sólo gritaba de dolor y suplica e incluso hasta pedía a los dioses por su socorro, que su salvador fuera Aten o el héroe Khepera. Pero nadie vino a su rescate.

– Chione. – llamó Maat a la chica pero parecía no reaccionar.

– El que calla otorga. – sentenció Akenatón. – ¡Esta mujer se merece la pena de muerte y en ser olvidada para siempre del mundo de los muertos y de los vivos!

El corazón de Maat se detuvo mientras miraba horrorizada al Gran Faraón de las Dos Coronas.

– Aten.

– Tranquila Maat, todo esto se va a solucionar. – sonrió su marido tratándola de tranquilizar, pero la mortificación y el horror no le permitían a la pobre Portadora de la Mariquita sentir la tranquilidad.

– Señor de las Dos Coronas. – habló enseguida Tutankamón. – Lamento mi osadía en decirle esto, este juicio lo está haciendo el Gran Nafeer Akhenaten Harsafes y él debe de sentenciar a los criminales por sus crímenes.

– ¡Pero qué te atrevimiento es ese Príncipe Tutankamón! – dijo molesta su hermana. – ¿Qué acaso no has escuchado los crímenes que dijo el Gran Nafeer sobre estos malnacidos? Ambos se merecen la muerte.

– Silencio, Faraón habla. – interrumpió Aten a sus primos dejándolos callados en ese momento. – Yo, el Gran Nafeer y Faraón de Tebas, declaró a Chione, hija del visir: Khalfani…

Tres segundos de profundo y molesto silencio se escuchó en el Salón de Tronos, lo cuales habían sido duraderos para aquellas personas que esperaban la sentencia de los acusados. Fue en ese momento que Aten habló de nuevo.

– Inocente de todos los cargos. – gritos de exclamaciones molestos se escuchó por todo el palacio. Los primos y el tío del joven Faraón lo miraron con incredulidad al igual que su esposa. Aten al su brazo en señal de silencio y continuó hablando cuando las voces cesaron. – Sí declaró a Chione inocente. Pero. Quedas desterrada de Tebas y de todo Egipto, sin ninguna pertenencia, sin tu título, tu nombre y tu esencia quedaran borrados y olvidados, nadie te dará acobijo en Egipto y si alguno lo hacen serán sentenciados a muerte, vagaras por el resto de tu miserable día en el desierto donde el sol consumirá poco a poco tu vida. Qué se haga y que se escriba.

Maat no sabía que decir o que pensar de su marido. No sabía que sentencia era peor. Pero muy en el fondo sabía que estaba agradecida con su esposo por haberle dado tan siquiera la oportunidad a Chione de seguir viviendo. Pero ahora no era momento de celebración, faltaba la sentencia de Khalfani.

La joven reina miró al padre de Chione y luego a su esposo. Con la ansiedad de saber lo que venía a continuación.

– Y en cuanto a ti Khalfani. – dijo Aten mientras que el ex-visir lo miraba entre esperanzado y nervioso. – Yo, el Gran Nafeer y Faraón de Tebas, declaró a Khalfani, padre de Chione. Culpable de todos sus crímenes. Será sentenciado a la pena de muerte, y será olvidado del mundo de los muertos y de los vivos. Que se haga y que se escriba.

Fue en ese momento en que Chione reaccionó.

– ¡No! ¡Aten te lo suplico! ¡Haz conmigo lo que quieras pero no sentencies a mi padre a muerte!

Aten lo miró sin sentimiento y sin importancia.

Lo único que se atrevió a hacer fue en levantarse de su trono, caminar hasta a ella y decirle al oído con unas frías, amargas y odiosas palabras.

– Sangre por sangre. Ese es también tu castigo. Tú mataste a mi padre, yo mataré al tuyo.

Chione estaba en shock, pálida y sin habla. Sólo alcanzó a mirar a Aten con una mirada de desesperación junto a un grito silencioso en ellos.

El antihéroe regresó a su tronó y con una voz justa le dijo a sus guardias.

– Llévense a ese hombre a la plaza, ahí es donde se le ejecutará a toda vista de Tebas. Y en cuanto a esta mujer. – señaló a Chione mientras que ella temblaba del miedo. – Por haber adulterado, que se cumpla la ley de Egipto. Córtenle la nariz.

Maat, Tutankamón y Anjesenamón sintieron un tremendo escalofrío al escuchar la cuchilla siendo afilada por un guardia. Los gritos de Chione aclamaron suplica y perdón. Pero sus llamados fueron ignorados por todo el salón. Khalfani trató de socorrer a su hija pero la fuerza de todos los guardias juntos se lo evitó. El sonido de la hoja de la cuchilla afilándose se dejó de escuchar el guardia se dirigió donde se encontraba la chica quedando frente a frente con ella.

La azabache miraba horrorizada la escena que estaba a punto de atestiguar: Chione estaba siendo sujetada de ambos por dos guardias mientras gritaba clemencia por su nariz mientras que el otro guardia que se encontraba frente a ella estaba a punto de mutilarle la nariz. La joven reina miró a su esposo y con una voz de súplica y de tono débil le dijo.

– Mi Señor, ¿Me concede el permiso de retirarme? No quiero ver como masacran a una pobre mujer, no quiero llevarme este momento de tristeza y dolor en mis recuerdos.

– Alto. – ordenó Aten al guardia que ya estuvo a punto de cortarle la nariz de su antigua amiga. – Mi querida esposa te concedo ese permiso de retirarte de este lugar. Tus ojos llenos de pureza no merecen ver tal acto de maldad en este día ni tampoco en este lugar. – autorizó él.

– Gracias por su autorización mi señor.

Maat se levantó de su trono y, antes de que bajará las escaleras para irse de ahí, miró a Chione por última vez con una tristeza y perdón infinita a su vez que la azabache le dijo a la pelimarrón un "lo siento" que sólo sus labios pudieron moverse sin pronunciar aquella palabra. La joven reina se retiró inmediatamente, al igual que Anjesenamón; quien también pidió permiso a su padre-esposo y a su primo de retirarse y en acompañar a Maat que en estos momentos ella lo necesitaba. Cuando las dos féminas se retiraron lo más alejado posible, Aten ordenó en proseguir con el castigo. Chione miró horrorizada y en un movimiento rápido el cuchillo se deslizó en la nariz de la pelimarrón haciendo un corte limpio e intacto seguido de un grito desgarrador y agudizado por parte de la chica.

Chione se desplomó al suelo mientras que un pequeño charco de sangre comenzó a hacerse en donde ella se encontraba, las manos de la chica cubrieron aquella zona de su rostro, ocultando en lo que alguna vez se encontraba su nariz. La sangre que brotaba de aquel orificio se deslizó entre el hueco de sus dedos mientras que aquel pedazo de carne sobrante de su nariz se encontraba justamente enfrente de ella.

Mientras que en los pasillos del palacio se encontraba Maat cubriéndose los oídos mientras que las lágrimas comenzaron a escapar de sus ojos. El dolor en su corazón era tan fuerte y desagradable que ya no podía soportarlo ni un minuto más; no sabía si aquel dolor había sido causado por tal atrocidad que hizo marido con Chione o si fue porque ella se sentía culpable al no poder hacer algo más para ayudar más a la pobre pelimarrón de su cruel juicio. De pronto, la pobre y destrozada reina sintió una calidez en su hombro derecho, ella abrió sus ojos con pesar y vio que aun lado de ella se encontraba su amiga Anjesenamón con una mirada de preocupación y tristeza.

La hija-esposa de Akenatón abrazó a la esposa de Aten transmitiéndole en ella consuelo y fuerza, mientras que la azabache no paraba de llorar ante lo débil que era.

– Debí haber hecho más. Yo debí… yo debí…

– Shhh… hiciste mucho Maat, en verdad que lo has hecho. Estoy orgullosa de ti. – consoló Anjesenamón a Maat.

– No quiero ir a ver la ejecución de Khalfani. Mi corazón no toleraría tal sacrilegio. – sollozó la pobre reina, mientras que la prima de su esposa lo único que podía hacer en ese momento era en consolarla.

*…*…*…*…*…*…*…*…*

En la plaza de Tebas todo el pueblo del reino se encontraba reunido en aquel sitio, pues las noticias iban volando de boca en boca como palomas mensajeras.

Las personas se empujaban a otras para poder presenciar el momento de la ejecución de Khalfani, al igual que las personas que se encontraba en sus terrazas y sus balcones se asomaban curioso para poder saber lo que pasaba y lo que pasará con el antiguo visir.

Y ahí, justo en el centro de la plaza principal de Tebas se encontraba aquel hombre.

Khalfani suplicaba clemencia hacia sus dioses que le protegieron del cruel destino que Aten le había dado a juicio.

El hombre que todo Tebas había visto crecer y ejercer sería ejecutado ante la mirada de todos.

Tebas sería testigo de la primera ejecución de un visir traicionero y saqueador de poder.

Muchos los del pueblo se contentaban al ver aquel hombre ser ejecutado por la justicia de su nuevo señor. Otros comenzaban a incomodarse ante la idea de ser testigos de una sangrienta ejecución. Y pocos eran los que le tenían lastima tanto para Chione como a Khalfani porque dentro de muy poco ella sería ahora una huérfana y desconocida para todo Egipto.

Y hablando de ella.

Chione, aun herida por la mutilación de su nariz, fue llevada y exhibida por toda Tebas. Muchas personas se quedaron impactadas al ver lo que ellos atestiguaban en ese momento. La pobre chica jamás se había sentido tan avergonzada en toda su corta vida, desesperada quiso su cubrir su sangriento y mutilado rostro de todas la personas pero no podía ya que dos guardias la sujetaba de ambos brazos para que así ella; además de sentirse tan débil; no pudiera escapar de ahí.

Chione fue llevada a la plaza principal donde ahí mismo ella presenciaría en primera fila la ejecución de su padre.

Khalfani al ver a su hija en mal estado sintió unas nauseas junto a un sentimiento de rabia y cólera. Aquel joven Faraón a quien había visto crecer y jugar junto a su hija no tenía ni el perdón de los dioses por lo que hizo. El hombre; que era necio, mentiroso y usurpador; aun sostenía en mente que aquella "mentira" que le hizo Aten era para conspirar en su contra. Lo maldijo. Maldijo a Aten con todo su corazón. No además se atrevió en castigar y exiliar a su hija de Tebas sino que también tuvo el descaró de exhibirla como una adultera cuando en realidad ella todavía no estaba casada.

El galope de unos caballos juntos a unas ruedas de unas carrozas llegó a la plaza.

Era Aten junto a su tío y su primo acompañados de unos cuantos guardias para protegerlos de la enorme muchedumbre de la plaza.

Aten esbozó una sonrisa frío y socarrona al ver como Khalfani lo miraba con profundo rencor y repudio.

– ¡Pueblo de Tebas! – comenzó a decir Aten. – ¡Este hombre junto a su hija! ¡Han sido acusados de traición y conspiración al poder! ¡Chione; hija de Khalfani; se le ha acusado de adulterio, blasfemar contra nuestros dioses, usar falsos contra otros personas, y más sobretodo tratar de usurpar el lugar de mi esposa; su Reina! ¡Khalfani; el antiguo visir del difunto Faraón Garai Harsafes; se le ha acusado de conspirar, saquear, mentir y burlarse de todo Egipto por el uso de poder y autoridad!

El pueblo de Tebas comenzó a abuchear y a insultar tanto a Khalfani como a Chione.

Aten disfrutaba ver ese pequeño escenario.

Merecen sufrir los dos. – pensó él.

El joven Faraón hizo una seña a uno de los guardias mientras que ese hombre tomó un hacha de la su carroza y se dirigió hacia donde se encontraba Khalfani y su hija. El ex-visir trató de zafarse del agarre de quienes lo sostenían, pero estas personas se lo impidieron. Los guardias que sostenían al hombre lo obligaron a que agachara la cabeza mientras que el verdugo se colocará a un lado a él listo para decapitarlo.

– ¡Aten! ¡Te lo suplicó Aten! ¡Ten piedad de mi padre! – suplicó entre gritos Chione pero el pueblo de Tebas le pedía a su señor que decapitará e hiciera justicia con aquel traicionero hombre.

– El pueblo lo ha decidido Chione, y yo también. Este hombre debe pagar por todos sus crímenes. Siéntate agradecida que tu vida haya sido perdonada. – dijo el Portador del Gato a la pelimarrón.

– Te arrepentirás de todo Akhenaten Harsafes. – dijo con rabia y cólera pura Khalfani.

– Ejecútenlo. – ordenó él.

– ¡NO!

Todo había sido rápido.

El verdugo alzó el hacha para luego dejarla caer.

Khalfani miró por última vez a su hija antes de sentir la filosa cuchilla rozarle por el cuello.

Chione sintió todo su mundo desmoronarse al ver la sangre salpicarse por todas partes.

Aten sonrió satisfecho y orgulloso al ver el cuerpo sin vida del antiguo visir y a Chione mirar horrorizada por el sangriento y la masacrada escena.

Ya todo había terminado. Al igual que su venganza.

Chione fue desterrada de Tebas y olvidada por siempre.

Khalfani ya estaba muerto; su cuerpo fue arrojado a los cocodrilos y su cabeza fue clavada en una asta para advertir a todo aquel que nadie debe meterse ni mentirle a la familia real.

Aten por fin pudo saborear la verdadera victoria y continuar su reinado junto a la mujer que amaba.

Y Akenatón finalmente obtendría en sus manos los Prodigios de la Mariquita y del Gato con la ayuda de Qat Mowsen.

*…*…*…*…*…*…*…*…*

Maat se encontraba en la plaza junto a Anjesenamón.

Ambas comenzaron a buscar a Chione, pues ese mismo día ella tendría que irse de Tebas antes de que las consecuencias cayeran en ella.

La pobre reina sintió un nudo en el estómago al escuchar en boca de la gente sobre la ejecución de Khalfani.

Cuanto dolor. – pensó la azabache. – Cuanto dolor deberá cargar ahora Chione.

Las dos féminas continuaron buscando a la pelimarrón hasta que por fin dieron con ella en el mismo lugar exacto donde se había ejecutado a Khalfani. Las esposas de los Faraones se acercaron a Chione quien tenía una mirada perdida y muerta.

– ¿Chione?

Ella no habló. Sólo se quedó ahí quieta, mirando el suelo arenoso que aún conservaba la sangre de su padre.

– Chione, ¿Me escuchas? – preguntó Maat.

Pero la chica no le respondía.

– Anjesenamón ayúdame a con Chione a llevarla a esa pileta. – suplicó la azabache.

– Sí. – replicó ella.

Ambas reinas llevaron a una traumatizada Chione a la pequeña pileta donde ahí mismo comenzaron a limpiarle sus heridas. Una vez que ella terminaron de limpiarla le aplicaron una pasta de hierbas medicinales sobre aquel hueco donde alguna vez se encontraba su nariz. La pelimarrón soltó un quejido ahogado mientras que una lágrima resbalo de su ojo derecho.

– Lo siento Chione… en verdad… lo siento tanto. – Maat sentí su corazón hacerse añicos al igual que el de Anjesenamón. – No debieron hacerte esto… ni a tu padre…

– Él es… el dios de la muerte misma… él es Anubis reencarnado… – comenzó a decir Chione alertando a la azabache y a la pelicastaña.

– ¿Qué dijiste Chione? – preguntó confundida Maat.

– Él no es Aten… él es un monstruo… un monstruo que sólo busca sangre y violencia… el día del juicio ha llegado… debo… debo salir de este infierno. – la sangre de Maat y Anjesenamón se helaron por completo.

Chione se levantó de la pileta y se fue andando con una mirada de una muerte viviente.

– ¡Chione espera! – las dos trataron de detenerla pero aquellas palabras que mencionó la pobre pelimarrón las dejo muertas de miedo, en especial a la azabache.

– Aten ya no es el mismo, ahora es otro. Tú sufrirás el doble que yo sufrí Maat. Estas maldita ahora Maat. Y tu descendencia también lo estará. Te odio. Espero que sufras por el resto de tu existencia.

Chione desapareció de la vista de las dos chicas.

Para siempre.


Y hasta aquí se termina el capítulo de hoy.

La verdad mis queridos lectores es la primera vez que escribo un capítulo tan oscuro y algo de gore.

No sé como lo vayan tomar ahora pero sinceramente les digo que quise algo diferente para hacer más profunda y dramática a esta historia.

Sí tienen algo que decir con respecto a este capítulo acepto cualquier comentario o critica que deseen dejarme.

Acepto abrazos, tomatazos, pastelazos, zapatazos, chanclazos, latigazos, y todo lo que termina en "azos", al igual que pedradas, bucheos, escupitajos, etc.

Ahora que Chione a sido desterrada de Tebas, ¿Que sucederá ahora con Maat?, ¿Aten cumplirá ahora con el trato de Sokaris?, ¿Logrará obtener al fin Akenatón los pordigios?, ¿Maat tendrá la fuerza y el valor para luchat con su marido?, ¿Logrará quedar embarazada la Portadora de la Mariquita de su akumatizado marido? No se pierdan el próximo capítulo de: "MLB: Arenas de Tiempo".

Bueno mis queridos lectores hasta aquí hemos concluido el día de hoy.

Que tengan un buen día, tarde o noche.

Les deseo un feliz año 2018.

Besosy abrazos.

Bye, bye petite papilion.

Atte.: Queen-Werempire.