Disclamer: Los personajes de Frozen y Enredados pertenecen a Disney, qué queréis que os diga, ojalá fueran de mi propiedad pero bueno, me conformo.
Sí, lo sé, lo siento, soy consciente de ello, no os asustéis. Os prometo que no volveré a escribir desde el punto de vista de Hans xD.
Life's too short
Capítulo XXXVIII
~El príncipe sin corazón~
[Hans]
Con doce hermanos mayores amargándome la vida desde el día en que nací, abandonar las Islas del Sur era más bien una obligación que un deseo. Casarme con una princesa de un poderoso reino era para lo que me habían criado, ser perfecto en todos los aspectos bajo una manta oscura y estricta, camuflada entre sonrisas pero ahogada en miles de llantos sin más consuelo que mi soledad.
Once de mis hermanos ya tenían la vida resuelta y yo, el más pequeño de todos y a mi edad, seguía sin poder escapar del castillo en el que estaba encerrado, bajo la mirada decepcionante de mis padres. Odiaba tantas cosas en mi vida, que llegué a aceptarlas como tales, ni una sola gota de amor rozaba mi maltratado corazón y ya ni me importaba.
Partir hacia Arendelle era quizás el último intento antes de consumirme a mí mismo. Tenía que ir a por todas, usar todo lo que había aprendido todos aquellos años para hacerme con el poder, aunque tuviera que manipular a la gente, aunque tuviera que pisarlas para pasar por encima de ellas, aunque tuviera que traicionarlas, tenía que hacerme con el poder, tenía que demostrar de una maldita vez que era mejor que mis hermanos. Tenía que cerrarles la boca.
Para asegurar mi triunfo, debía planear las cosas meticulosamente, haciéndome con toda la información posible para estar por encima de los hechos y así poder controlarlos. Uziel, mi mejor contacto, sería la llave que me abriría las puertas de los secretos que se escondían entre esas murallas, se encargaría de describirme la posición de las piezas de aquél ajedrez, para que al final, pudiera convertirme en rey con una jugada magistral. Dos princesas vulnerables que viven en una casucha, lo cierto es que parecía tenerlo bien fácil.
Mi primera sorpresa fue al llegar al castillo. Habían encerrado a mi amigo en el calabozo por imbécil, ese canalla no sabía controlarse pero no esperaba que llegaran a encerrarlo. Aún así, eso no me impidió hablar con él, con mi convicción fui capaz de ir hasta él para conseguir mi propósito.
Me dijo que llevaba seis años entre esos barrotes, ingeniando formas de acabar con el reino, queriendo vengarse con un empeño digno de admiración. Dos años y medio faltaba para que lo liberaran, quizás demasiado tiempo, quizás debía usar mis fondos para sacarlo de ahí. Pensé que podría ser buena idea aprovecharme de él y me puse de su parte, haciéndole creer que yo también deseaba el entierro del reino y que lo sacaría de allí. No sería malo tener a alguien dispuesto a todo.
Entré queriéndome ponerme al día de la situación actual y salí con un plan descabellado para acabar con Arendelle, no era el mejor de los comienzos, pero no estaba mal del todo.
Pasé unos días fingiendo estar de turismo, recorriendo cada rincón analizando minuciosamente la situación actual, yendo de taberna en taberna haciéndome con valiosa información, preguntando por Anna y Elsa. Me costó entender cómo la gente hablaba de ellas dos con normalidad, en las Islas del Sur, la homosexualidad es vista con desprecio y repugnancia, no es algo natural después de todo.
Entonces, decidí sacar a Uziel del calabozo para idear un plan. Le mentí diciéndole que la opción más inteligente para acabar con el reino pasaba por convertirme en rey, y se lo creyó como un besugo.
Días después y con todo preparado, decidimos dar el primer paso importante del plan y fui con mi mano derecha hacia la casa donde vivían para darles una visita. Ese sería el primer contacto para ver de cerca a las piezas más importantes de mi tablero de ajedrez.
Bajamos de nuestros caballos y nos plantamos ante la puerta, escuchando algo de barullo dentro. Tuvimos que tocar un par de veces para que nos escucharan.
— Voy voy…— abrió— ¿Sí?— pelo largo y castaño, casi de un tono pelirrojo, con pecas en las mejillas, un simple vestido blanco y algo despeinada. Esa debía de ser Anna.
— Disculpe que la moleste en este glorioso día. Soy el príncipe Hans, de las Islas del Sur, y éste de aquí es Rai, mi acompañante.
— Aha… ¡Elsa! ¡Ven!— apareció corriendo un pequeño niño de unos cinco años, de pelo blanco y fascinado al ver una figura como la mía.
— ¿Cómo te llamas pequeñín?— me agaché, pero se escondió detrás de ella. Por supuesto ya sabía su nombre, quería parecer simpático ante su hijo pero al parecer no salió como esperaba.
— ¿Qué te trae por aquí?— preguntó ella con inocencia. Entonces apareció Elsa, rubia trenzada, un poco más alta que Anna, llevando en brazos a su hija pequeña de unos meses de vida.
Volví a presentarme para ella.
— No tenemos nada que ver con la realeza,— me cortó Elsa con frialdad— habla con los responsables del castillo si-
— Perdón por presentarme aquí sin aviso, no es propio de mí. Estoy al corriente de vuestra situación, y la verdad es que no estoy aquí por temas reales. Sé que tiempo atrás teníais una de las mejores pastelerías del continente y me preguntara, si no es molestia claro, si podríais hacer uno de vuestros pasteles para mi amiga, la semana que viene es su cumpleaños y quería que fuera muy especial. Le encantan los dulces y me gustaría ofrecerle la mejor tarta de su vida.
— Oh…— Anna parecía haber mordido el anzuelo.
— Lo siento pero nosotras ya no hacemos pasteles, hay una pastelería en el centro que estoy segura que no le decepcionará.
— Venga Elsa, ha venido hasta aquí expresamente para esto.— me limité a sonreír.
— ¿Puedo hablar contigo un momento?— nos cerró la puerta y esperamos unos segundos de murmuros subidos de tono. Al volver, Anna parecía decepcionada— Lo siento, pero no podemos atender a su petición, estamos muy ocupadas y no tenemos tiempo para encargos… Ahora si nos disculpa.
— Ya veo… Gracias de todas formas, hubiera sido un gran regalo…— pensé que había fracasado cuando Anna se interpuso antes de que Elsa cerrara la puerta.
— Espera, ¿su regalo iba a ser el pastel?— llegó el momento de improvisar.
— Sí… venimos expresamente a Arendelle para volver a probar una de vuestras delicias al menos una vez más, pero no pasa nada, lo entiendo… tendré que pensar en otro regalo… le hubiera hecho mucha ilusión…
— Oh… qué tierno…— retrocedí con la falsa intención de irme— E-espera, yo lo haré, te haré uno de nuestros mejores pasteles.
— ¡Anna!
— ¿De veras? No quisiera ser una molestia…
— No, no, sólo es un pastel, será divertido volver a cocinar para un cliente ¿verdad Elsa?
— Argh… Haz lo que quieras.
— Hehe… ¿Queréis pasar? Así concretamos cómo quieres que sea y la fecha. ¿Así que vinisteis cuando teníamos la tienda?— mentira tras mentira, pude hacerme con la confianza de Anna, lo cual no me costó demasiado, y como no dejaba de hablar, pude sonsacarle información muy valiosa.
Por otra parte, Elsa parecía desconfiar de mí, no estaba muy contenta que digamos. Pasaron unos diez minutos hasta que nos echó bruscamente pero estuvo bien, más que suficiente para hacerme una idea de lo fácil que iba a ser el resto.
Esa fue la primera vez que me sentí tan confiado, nada podía salir mal, tenía todos los números para conseguirlo y no sólo conseguiría el poder, sino que encima acabaría con sus vidas. Unas molestias menos. Uziel estaba deseando que llegara ese día.
[Anna]
Costó, pero al final conseguí que Elsa dejara de darle vueltas al asunto. Repetía una y otra vez que veía algo extraño en ese príncipe Hans, que no se fiaba de él y que no le sonaba haberlo visto por la tienda. Habían pasado miles de personas y unos cuantos años desde entonces, era normal que no lo recordara.
A todo esto, llegó el día de la entrega y entre las dos nos las apañamos para hacer un buen pastel, tal y como lo acordamos, preparado para la fecha en cuestión, listo para ser cobrado y olvidado.
— ¿Vamos a comer tarta?
— No Jack, este no es para nosotros, pero si quieres, mañana haremos magdalenas de chocolate.
— Vale~— nuestro pequeño había crecido una barbaridad, era increíble ver como empezaba a ser consciente de las cosas, como ya controlaba sus poderes aún cuando se enrabiaba y lo guapo que era. Era un chico excepcional que el siguiente año estaría preparado para ir a la escuela, si Elsa dejaba de preocuparse por sus poderes claro.
Por otro lado, Mandy lloraba cada dos por tres, por cualquier cosa, ya fuera por hambre, por querer dormir, por no poder dormir, por reclamar atención o simplemente por aburrirse, Jack a su edad era un cielo comparado con ella.
— Iba a venir a las doce ¿verdad?— preguntó Elsa.
— Sí, en eso quedamos.— faltaban diez minutos.
— Bueno… ¿Mandy aún duerme?
— Sí… no me lo creo ni yo, ya lleva unas horas.— fue justo decirlo y ponerse a llorar. La cogí en brazos desde la cuna que teníamos en el comedor y la calmé, tenía hambre— Ya está ya está…— creí que nunca llegaría a amar a alguien tanto como a Elsa, pero me equivoqué— Mi pequeña…
Entonces el príncipe Hans llamó a la puerta.
— Ya voy.— Elsa abrió y lo dejó entrar, con su acompañante. Los escuché hablando en la cocina, ella tan tajante como siempre.
— Tu otra mamá es un poco desconfiada ¿sabías?— le dije a mi amorcito, aunque no fuera a entenderme.
Nos pidió perdón amablemente por las molestias y nos agradeció otra vez por el favor que le hicimos con unas galletas. Nos pagó como acordamos y se fueron sin más, habiendo hecho feliz a un modesto y honrado príncipe.
— ¿Ves como no tenías que tener tanto miedo?
— Supongo que sí… Lo siento pero es que me pareció una historia tan… inventada.
— ¿Por qué?
— ¿De verdad hacíamos pasteles tan buenos?
— Eran los mejores del mundo, ¿no te acuerdas?
— Por supuesto que me acuerdo.— se acercó para darme un beso y Jack se subió al sofá para molestar— ¿Tú también quieres un beso?— Elsa se puso a hacerle cosquillas y seguimos con nuestra pacífica y hermosa vida de ensueño, creyendo que esa felicidad duraría el resto de nuestras vidas.
Nos comimos sus curiosas galletas para merendar y terminamos el día con un ligero dolor de cabeza. Un día ajetreado, pensé.
— Mamá… no puedo dormir…— Jack entró en nuestra habitación a media noche y nos levantamos con migraña.
— ¿Qué ocurre cielo?
— Me duele la cabeza.— dijo subiéndose a nuestra cama.
— Seguro que no es nada, se te pasará si duermes con nosotras.— Elsa me miró asustada, doliéndose por la cabeza— ¿Qué?
— A ti también ¿verdad?
— Un poco… sí.
— Esas galletas… Voy al castillo a por un médico, quedaros aquí.
— Sólo es un dolor de cabeza…— dije.
— Sabía que había algo extraño en todo esto.— se fue en un momento y salió rápidamente con Citlab, en plena noche. Me empecé a preocupar, ¿y si Elsa tenía razón y se lo había inventado todo? ¿y si nos había envenenado? ¿por qué? Era una locura.
Traté de calmarme y descansar, pero me dolía la cabeza y cuanto más vueltas le daba, más me dolía. Minutos después, empecé a sentirme mareada, me notaba la barriga revuelta e intuí que no tardaría mucho en vomitar. Me pregunté si Elsa estaría bien, podría haberse quedado a medio camino y con sólo pensarlo me ponía de los nervios.
— Aguanta cielo, ahora vendrá un médico y te pondrás bien.
A los veinte minutos tuve que ir al baño para vomitar, no debí comer tantas galletas. Me estaba encontrando cada vez peor y me preocupaban Jack y Elsa. Por suerte él sí que consiguió dormir.
Mientras estaba en el baño los escuché llegar. Me alegré que hubiera ido a buscar a Kristoff también. Como el pequeño estaba descansando, el médico me trató a mí primero. Le dije cómo e sentía y me hizo unas pruebas. Cuando le dijimos que los tres habíamos comido unas galletas, su expresión cambió.
Nos dijo que era muy probable que nos hubiera envenenado. Nos dio un medicamento que nos calmó, pero no nos garantizó que nos curara. Nos dio instrucciones sobre qué hacer las siguientes horas, qué tomar, qué comer, y le pedimos a Kristoff que fuera al castillo para que enviara una carta urgente a Corona para informar de nuestro estado, necesitábamos a Rapunzel.
No pude pegar ojo el resto de la noche, Elsa terminó vomitando también y nuestro dolor de cabeza se hacía cada vez más insoportable.
Jack despertó de buena mañana con malestar y le dimos el medicamento que nos dio el médico. Se sintió mejor entonces y nos tranquilizó verlo mejor. Era un chico muy fuer.
Kristoff nos cuidó por la mañana y habló con el médico a solas antes de que se fuera al castillo.
— Os vais a poner bien ¿de acuerdo? En un par de días estaréis como una rosa y si no, Punzi os curará.
— Gracias Kristoff.— me pregunté si sería cierto, su tono de voz no era el mismo de siempre.
Por la tarde Elsa y yo nos empezamos a encontrar muy mal, Jack por suerte parecía mejorar, pero nosotras no.
Escuchamos desde la habitación que llegaba alguien y bajé como pude para ver quién era. Kristoff abrió sin verme.
— Buenas tardes caballero, soy el príncipe Hans, de las Islas del-
— ¡Maldito!— lo cogió del cuello y lo lanzó brutalmente hacia la pared, como si fuera un simple cojín.
— ¡Detente!— dijo su compañero empuñando una espada, amenazándolo con la hoja rozando su cuello.
— No…— Elsa se puso detrás de mí.
— Dios mío…— entró otro hombre, de barba descuidada, tirando a viejo y con unas pintas de loco importantes— ¿Ese no es Uziel?
— ¿El tesorero?— tenía razón, pensé que habían encerrado a ese desgraciado de por vida.
— Míralas, ahí en la escalera, tan pobres e indefensas… Decidme, ¿cómo os encontráis?— dijo Hans, riendo, divirtiéndose.
— ¡Serás hijo de puta!— no pude contener mis palabras.
— Qué forma de hablar más grosera viniendo de una princesa…— se acercó a nosotras pero no retrocedí, me sentía capaz de darle un buen puñetazo aún estando tan enferma.
— Yo ya no soy ninguna princesa…
— Ya, ya… ¿Os han dicho ya que no hay antídoto para el veneno que os habéis metido?— entonces vi que Kristoff apartaba la mirada, no podía ser cierto— ¿No? Bueno, no os preocupéis, mañana estaréis criando malvas. ¿Dónde está el pequeño Jack?
— ¿Mañana…?— Elsa me agarró con fuerza entonces. No iba a dar tiempo, aunque Punzi hubiera partido de buena mañana, tardaría dos días en llegar.
— ¿¡Qué quieres de nosotras!?— le grité.
— Ah… así me gusta, directa al grano. Por si os lo estabais preguntando, aquí mi amigo Uziel tiene los antídotos que os curarán en un santiamén. ¿Queréis saber cómo conseguirlos?
— ¿Quieres saber tú cómo te partiré los dientes?— me estaba poniendo agresiva, pero es que no pude evitarlo.
— Haha, qué graciosa. Si aprecias la vida de ese nido de moscas te aconsejo que mantengas la boca cerrada.— dijo señalando a Kristoff— Veréis… vosotras dos, dada vuestra herencia real, tenéis el poder de convertir en rey a quien sea que sea vuestro esposo, así que si no queréis perder más tiempo… Rai os hará firmar unos papeles y os daremos el antídoto que tanto queréis. Así de sencillo.
— ¡Há! Cómo si fuera a permitir que una escoria como tú se convirtiera en rey.
— Yo firmaré esos papeles.
— ¡Elsa!
— Veo que al menos una de las dos usa la cabeza.— me di cuenta de que Jack había bajado cuando me agarró del vestido asustado.
— Vuelve arriba cariño.— no se movió, tampoco dijo nada. Viendo lo decidida que fue Elsa a firmar aquellos papeles, cogí en brazos al pequeño y lo subí hacia la habitación.
— ¿Qué está pasando mami?
— Unos señores han traído unas medicinas fabulosas que nos curarán de golpe, ya verás. ¿Cómo te encuentras? ¿Aún te duele la cabeza?
— No, ya no.
— Bien… ahora quédate aquí ¿de acuerdo? ¿me prometes que no te moverás de aquí?— asintió con la cabeza— Buen chico.
Al volver, esos tipos ya cabalgaban con sus caballos. En la mesa había un frasco abierto y Elsa estaba llorando.
— No llores… dudo mucho que consiga salirse con la suya mientras-
— Anna.— Kristoff me miró desalmado, negando con la cabeza— Nos… han engañado, esto es whiskey.
— ¿Qué?
— No hay ningún antídoto para eso, el mismo médico lo dijo.— una fría sensación recorrió mi nuca.
— ¿Q-qué…?— estábamos perdidas.
Mandy: Me alegro un montón de hacerte un poquitín más feliz :) Yo también morí al escribir el momento en que la coge en brazos por primera vez :''')
¡Mierda! ¿¡Y ahora qué!? ¿Cómo voy a continuar la historia? (Es broma, por supuesto que lo sé). *Mierda*
