POR FAVOR, LEER:
Hola. Bueno, antes de empezar este capítulo, quiero hacerles saber que Riona me ha pedido de favor enviarles un mensaje de su parte. Como muchas de ustedes ya sabrán, hace poco ella anunció que estaba embarazada. Desgraciadamente, ayer por la mañana perdió a su bebé y, bueno, creo que no es necesario el explicarles cómo se siente. Les pide su comprensión y paciencia, ya que, por el momento, frenará sus historias para recuperarse (más emocional que físicamente). Cito sus palabras, para ser más clara "Por favor, cuando lo hagas pon un aviso a las chicas, la mayoría nos leen a las dos.
Explícales lo q me ha pasado y q me tardaré un poco en actualizar, y q espero
que me comprendan".
Aclaro que si Riona no dejó una nota de autor en alguna de sus historias es porque no quiso enterarlas de esa forma. Sé que todas comprenderán la situación y la apoyarán. Yo no tengo palabras ahora mismo; pero por si lees esto, Riona, sabes que se te quiere y estima mucho. Animo y gracias por la confianza. Eres una persona grandiosa.
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Capítulo 37: Verdad.
Isabella Swan.
Acomodé una mano sobre mi pecho, mientras la verdura se cocía a fuego lento. Mi corazón aún seguía latiendo con vigor, amenazando con explotar en cualquier momento. No debería de sorprenderme, pero lo hacía. No acababa de comprender cómo es que podía sentir tanto por una persona que, prácticamente, sólo aparecía en mi vida para atormentarme.
Porque era eso lo que Edward hacía: abrumarme con su actitud tan variante, impredecible e impulsiva. ¿Qué ganaba con besarme de esa manera? ¿Qué buscaba? Mi mente no podía pensar en una sola cosa. No me atrevía si quiera a ilusionarme. ¿Cómo? Si traía como acompañante a esa muchacha que parecía una diosa. ¿Quién lo diría? Ocho meses sin la más mínima conmoción en mi rutinaria vida, y ahora había tanto por lo cual preocuparme. Comenzando con el hecho de que le debía una reparación a la motocicleta de mi amigo y que nuestros ahorros decaerían más con ello. Estupendo.
—Alice, ¿Podrías pasarme los platos y los tazones? – pregunté al escuchar que alguien entraba
Los platos aparecieron a mi lado segundos después.
—Gracias –volví el rostro, privándome de la respiración cuando descubrí que no era mi pequeña hermana la que se encontraba cerca– Oh, disculpa…
—No tengas cuidado – contestó la muchacha de rojiza cabellera, con una sonrisa un tanto extraña, indescifrable. Seguí sus pasos, elegantes y gráciles, hasta que tomó asiento en la mesa del centro y fijó sus ojos en mí –Así que tú eres… Isabella Swan.
Asentí.
—Mi nombre es Tanya, es un placer conocerte.
—Igualmente –mentí y decidí dar media vuelta para esquivar aquella mirada examinadora.
—Lo que pasó ayer con Edward y el chico aquel… Eres una muchachita muy problemática, ¿sabías?
—Siento si te incomodé – dije rápidamente. Escuché que soltaba una pequeña risita.
—Bella, de verdad que eres orgullosa y demasiado huraña
—No hables como si me conocieras –terminé por enfadarme y la reté con la mirada
—Ey, espera – tranquilizó, con aire burlesco – No querrás que ahora seamos nosotras las que peleemos, ¿o sí?
Tensé la mandíbula. Por mí, no había problema alguno; pero claro, lo último que quería en esos momentos era llamar la atención de Edward mientras desgreñaba a su perfecta noviecita. Además, debía de recordar que no estaba en mi casa y que, en ese momento, Tanya tenía más derechos que yo en ella.
—Te conozco – declaró de repente, mirándome a los ojos desde donde se encontraba – Sé de ti como si te hubiera conocido toda una vida. Te llamas Isabella Swan; tienes 19 años; trabajas desde que eras una niña; tienes dos hermanas, una más grande y otra más pequeña; eres huérfana; estudias medicina; te disfrazas de hombre para trabajar; te encanta leer; sabes cocinar y lo haces muy bien; te enfada la altanería y la prepotencia; sueles fruncir el ceño ante la menor provocación y eso hace que parezcas un gatito cabezón…
Dilaté la mirada y ella pareció notarlo, porque esa sonrisa indescifrable se acentuó en su fino y blanco rostro.
—Un gatito cabezón – repitió para sí misma – Cuando Edward lo mencionó… ni si quiera se dio cuenta de que lo hacía. Creo que nunca ha notado que siempre termina por mencionarte.
—Mucho debió extrañarme –murmuré, con sarcasmo. Lo que Tanya me decía no significaba nada. La burla existe y, al parecer, yo me había convertido en una muy grande.
—¿Qué sientes por él? – exigió saber
—No tengo porqué contestarte
—Eres tonta - recargó su barbilla delicadamente sobre sus manos – Tanto orgullo no te llevará a nada.
Decidí darle la espalda y continuar con lo que anteriormente estaba haciendo. Comencé a cortar las verduras en trocitos, sazoné el pollo y lo acomodé en el horno. Aunque no recordaba muy bien si le había vertido la sal suficiente.
—No sé si sabes, pero Edward y yo regresaremos a Italia en unos cuántos días.
—Buen viaje – repliqué, tratando de hacer manifiesto la tortuosa punzada que atravesó mi pecho.
¿Qué esperaba para irse? Me resultaba absurdo, incluso infantil, la antipatía que sentía por esa muchacha; pero era incontrolable. A pesar de saber que ella había estado con Edward desde mucho antes de que yo llegara, la miraba como una intrusa.
Absurdo. Agité mi cabeza para desechar tales pensamientos.
—¿En verdad no te importa? – insistió
—¿A dónde quieres llegar con todo esto? – me volví para enfrentarla.
Ella ya no sonreía. Sus ojos parecían atravesarme, pude percibir cierta rabia reflejada en éstos.
—No creas que dejaré a Edward tan fácilmente
—Nadie te está pidiendo que lo hagas – dije lo más firmemente posible.
Ella se levantó del asiento.
—Una niñita como tú sería incapaz de hacerlo feliz – declaró – Si Edward regresa a Italia conmigo, haré todo lo posible porque no vuelva dentro de mucho tiempo – advirtió – No pasarán ocho meses, si no años para que lo vuelvas a ver.
No contesté, y no precisamente porque no quisiera, si no porque no sabía qué decir. El dolor de saber que las palabras de esa muchacha eran muy posibles me enmudeció. Era algo como saber el día, segundo e instante justo en el que vas a morir. Algo que te causa miedo y tristeza. Algo que sabes es inevitable. Algo de lo que quieres e intentas huir, aún sabiendo que es inútil.
Eso fue lo que hice. Salí de la cocina y me dirigí hacia la recamara en la que había estado instalada todo este tiempo y, a una velocidad angustiante, recogí mis pocas pertenencias, me acomodé la mochila sobre los hombros y salí de aquella mansión sin saber qué rumbo tomar.
Pensaba que, quizás, si me distanciaba desde un principio, me ahorraba los días que quedaban por verlo con su novia y me evitaba el verlo partir, por segunda ocasión. Lo que fuera era bueno para contrarrestar la sensación de vacío en el pecho. No era nada lindo andar días y noches enteras con la garganta ceñida por el llanto que te niegas a derramar, ni mucho menos agradable es dormir pensando en alguien que sabes está más lejos que la luna. ¿Qué más daba? Lo que debería de preocuparme en esos instantes era ver a dónde iba. No podía quedarme tirada en la calle así nada más. La noche no tardaba en llegar, así que debía de darme prisa.
La primera opción que vino a mi mente fue ir con Jacob. Tomé un taxi y le di la dirección, recordando que hacía ya mucho tiempo no iba a su casa. Toqué la puerta con mis nudillos y aguardé.
—Bella…
—Leah… - respingué
—¿Buscas a Jacob? – preguntó amablemente, mientras miraba con disimulo la mochila que llevaba en los hombros – Ahora no se encuentra, pero…
—Sólo pasaba a visitarlo – me apresure a mentir – Ya sabes, quería hablar con él sobre la compostura de su moto.
—No creo que tarde, ¿Por qué no pasas y lo esperas?
—No, mejor vengo otro día – comencé a alejarme – Gracias.
Crucé la calle y caminé hasta llegar al parque de mis penas. Reí secamente por tan ridículo nombre, pero no me ocurría otro mejor. Mi imaginación, de por sí ya carente, andaba por los suelos. Además, si se analizaba bien, llamarlo así no era tan malo. Ese pequeño lugar de Forks había sido mi refugio en los peores momentos. Viajé mi mirada por él… Tal vez dormir ahí no fuera tan peligroso.
No, Bella, ¿Qué tonterías dices? Buscaría un hotel. Me puse de pie y retomé mi marcha, no sin antes desplegar el paraguas, pues la tan común lluvia en Forks había hecho acto de presencia.
Presentí que algo iba a ir mal cuando los reflectores de un carro me alumbraron desde atrás. Aceleré el paso, sin girarme a ver, pero fue inútil. El Mercedes negro me alcanzó sin ninguna dificultad.
—¡Bella!
—Esme – reconocí.
La doctora estacionó el auto a la orilla y se bajó.
—Cariño, ¿Qué haces debajo de esta lluvia y a esta hora lejos de casa?
Huí de su amorosa mirada y no fui capaz de crear una mentira para engañarla. Sentí su mano acariciar mi mejilla poco después.
—Entiendo – susurró – Bella, mi hijo no es malo, pero es muy obstinado y a veces no entiende rápido.
—Esme…
—No tienes qué decir nada – interrumpió con dulzura – tu silencio me lo ha dicho todo. Y comprendo tu forma de actuar...Toma – me tendió una pequeño juego de llaves plateadas que extrajo de su bolsa – Son de la vecindad. Ahí estarás más segura y podrás pensar mejor.
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Estar de nuevo en ese lugar me revivía muchos recuerdos. Permanecí sentada un momento en los escalones, antes de entrar. Observé el pequeño y sencillo juego de casas con detenimiento. Nada había cambiado, pero apreciaba cada rincón con una aguda sensación de extrañeza. ¿Quién diría que en este lugar tan común fuera yo a conocer a una persona como él? A veces solía hasta creer que todo era un sueño, que en algún momento despertaría, abriría los ojos y me levantaría atropelladamente para preparar el desayuno. Vería a Charlie llegar y saludarnos antes de marcharse a la comisaría. Discutiría con Rose. Iría a la escuela y después a mi antiguo trabajo, en donde no había necesidad de ser Leonardo. Y de regreso, me dejaría caer sobre el viejo sofá e intentaría dormir, sin Edward dentro de mis sueños…
Ahí era cuando me obligaba a recordar que la realidad era otra: cuando un miedo ahogante me invadía al imaginar siquiera que él no existía. Y es que, antes de Edward, mi vida era como una agenda perfectamente organizada. Suponía que del dolor a la nada… era mejor la primera opción.
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Rosalie Swan.
Miré a través de las cortinas y los vi acercarse al auto. Ninguno de los dos sonreía. Emmett abrió la puerta para que Pamela subiera y le ofreció su mano para ayudarla. Ella aceptó el gesto con una sonrisa e intentó acercársele, pero él volvió el rostro hacia la izquierda, rechazándola sutilmente.
Le dijo unas cuantas palabras, acomodó las maletas en la cajuela y caminó de regresó hacia la casa. Yo sabía a dónde se dirigía, así que esperé quieta a que la puerta de mi habitación se abriera.
—Rose – me besó en cuenta entró, estrechándome entre sus brazos, mientras yo correspondía de la misma enloquecida manera, resistiendo el deseo de pedirle que se quedara conmigo – En cuanto regrese, iremos a la cabaña.
—Diviértete – dije secamente, dándole la espalda. Para promesas incumplidas, ya tenía suficiente. Escuché sus pasos alejarse y, en cuanto me supe sola, cerré los ojos y golpeé la pared para controlar el maldito impulso que me incitaba a llorar.
Ya basta, gruñí entre dientes. Me había tomado muy en serio el papel de la estúpida del cuento. Si había tenido errores antes, ¿Qué importaban ahora? Había pagado, ¿no? Ya había sufrido… Amaba a Emmett, y siempre lo iba a hacer, pero si Pamela le era más importante que yo, debía de aceptar mi derrota con el poco orgullo que me restaba.
La alarma de mi celular me avisó que la hora del trabajo se avecinaba. Caminé al espejo y me aseguré de que mi aspecto no estuviera tan fatal como para salir a la calle. Lo vanidosa nadie me lo quitaría, ni siquiera el amor, era un defecto con el cual moriría. Trabajar me ayudaba a distraerme para no pensar. Me gustaba y, al menos, tenía la seguridad que había hecho una buena elección al estudiar ingeniería automotriz.
—Señorita Swan – me llamaron.
Me asomé por debajo del carro. —El jefe pide que vaya a su oficina.
Me limpié el rostro y las manos con una toalla húmeda. Los únicos momentos en los que me importaba poco por mi apariencia era cuando me encontraba rodeada de carros y motores. Subí las escaleras y aproveché a tomar un vaso de agua antes de entrar en la oficina. El jefe aguardaba sentado en su silla de piel, frente al elegante escritorio.
—Tome asiento – indicó y obedecí – Rosalie Swan – pronunció mientras cogía un folder y repasaba un par de hojas – Tienes muy poco tiempo trabajando aquí, pero tu desempeño ha sido excelente. Mucho mejor que el de varios hombres con años de experiencia – halagó poco después, mirándome.
Di un suspiro. Por un momento había creído que sería despedida o algo similar.
—Gracias – relajé los hombros
—El motivo por el cual te he llamado es porque quiero hacerte una propuesta – anunció y escuché atenta cada una de sus palabras – Hace un par de meses inauguré un negocio en Rochester y necesito personal apto, como tú, para laborar allí. Obviamente, si aceptas, se te cubrirían los gastos de transporte, te alojarías en un apartamento con otras compañeras de trabajo y le daría un considerable aumento a tu salario. Sé que estás estudiando tus últimos dos años de la carrera –agregó – pero el estudio lo puedes concluir un poco después. Si no te adaptas, puedes regresar y seguir trabajando aquí. No hay problema con ello. Sólo quiero que lo intentes. Me daría mucho gusto si aceptarás. Tu capacidad es digna de confianza y sé que si gente como tú está laborando allá, los clientes no tardará en reconocer la calidad que ofrece mi negocio. Piénsalo – sugirió – Y dame tu respuesta mañana…
Irme a Rochester. No sonaba nada mal si a ello se le sumaba todos las comodidades y beneficios que me aseguraban tendría. Abandonaría la escuela por un rato, eso sí, pero a cambio podría ayudar a Bella un poco más con los gastos y, lo más importante, tendría la excusa perfecta para salir de la casa de los Cullens.
¿Un cobarde intento de huída? Posiblemente; pero era lo más factible que se me presentaba en ese momento. Hasta Bella, que era considerablemente más fuerte que yo, lo había hecho. Amaba a Emmett, pero esta relación me hacía daño. Dicen por ahí que si amas, sufres, pero también hay otra frase que afirma "Todo tiene un límite". Mi buena fe ya había topado el suyo y, aunque había sido yo misma quien había dicho "No me dejes ir" estaba cansada, no de él, puesto que había sido yo la que insistió en permanecer a su lado…
A un maldito carajo con todo eso. El amor te vuelve idiota y, si eres idiota, te ven la cara de estúpida. Cerré la maleta y salí de la habitación. Alice estaba ahí.
—Rose…
—He hablado con Bella – tranquilicé – dice que está en la vecindad, pero que mañana viene para que no estés sola.
—No me preocupa eso – frunció el ceño – No quiero que te vayas.
—Es necesario, me darán un aumento de salario.
—No te vas por eso – acusó. Nuestras miradas se encontraron. ¿En qué momento Alice había crecido tanto? Ya no parecía la pequeña niña a la cual podría engañar y dominar a mi antojo.
Suspiré, admitiendo mi derrota. —Algún día lo entenderás
—Lo único que entiendo es que tú y Bella no hacen otra cosa más que huir.
—Lo dices porque Jasper no te está restregando en la cara a otra chica.
Se sobresaltó al escucharme
—¿Acaso pensabas que no me había dado cuenta? -sonreí con ironía. Ella parpadeó numerosamente y agitó la cabeza para recobrar la compostura
—Necesitan hablar – volvió al tema – Emmett te quiere.
—No lo suficiente… Es tarde – anuncié, recobrando el timbre normal de mi voz – Adiós.
—¿Él sabe que te vas? – insistió
—No, y no pienso esperarlo – declaré secamente - Cuídate, Alice – me acerqué para besar su frente – No le des problemas a Bella…
La sangre abandonó mi rostro cuando abrí la puerta y topé contra su pecho.
—Rose – murmuró. Me alejé de él, pálida y consternada ¿Qué hacía aquí? Se suponía que no regresaría hasta dentro de un par de días más – ¿Y ese equipaje?
—Me voy – anuncié, evitando mirarle.
—¿A dónde?
—No te importa – contesté. Pamela apareció a su lado, sus grandes ojos obscuros me contemplaron con asombro, mientras yo la empujaba para poder salir.
—¡Rose! – escuché a Emmett ir tras mí, así que aceleré el paso y abordé el taxi que me esperaba lo más pronto posible. Debía de ser así o cabía la posibilidad de flaquear.
—Acelere – ordené y las llantas comenzaron a rodar al instante, mientras gotas de lluvia bañaban el cristal de la ventanilla y yo me obligaba a no volver la mirada hacia atrás.
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Alice Swan.
—¡Son unos tontos! –exclamé, mientras impactaba mi pie contra el balón y lo hacía rebotar violentamente contra la pared
—Alice – llamó Jasper, llegando hasta mí – ¿Qué sucede? ¿Por qué quieres romper la barda?
—¡Nuestros hermanos son unos tontos! – exclamé.
Pegó una patada al balón, quitándolo de mi camino para que éste no volviera a sufrir otro más de mis maltratos
—Tranquila –tomó mis manos –no ganas nada haciendo esto
—Lo sé – suspiré y dejé que sus brazos me arroparan – Pero no los entiendo. Arman una tormenta en un vaso de agua…
—Para ellos es un poco más complicado –explicó – Ha de resultar muy difícil tener que elegir entre dos personas que son igual de buenas.
—¿Me harías una promesa? – pedí
—¿Cuál?
—Que cuando encuentres a alguien que te haga dudar de lo que sientes por mí, me lo dirás.
—Alice tonta –rió
—No es una broma
—Para mí sí – besó mi frente – ¿Qué te hace pensar que yo pudiera dudar de mi amor por ti, por Dios santo?
—No sé – susurré, tratando de no hacer manifiesto mi creciente y repentino miedo – Puede que algún día tú puedas conocer a una chica guapa…
La súbita y delicada presión de sus labios contra los míos me silenció. Cerré los ojos mientras dejaba que las cosquillas de mi estómago se acentuaran y bajaran hasta mis pies.
—Alice, yo te querré siempre… - prometió, con nuestras bocas apenas y separadas – Y ni enfermo de la cabeza cambiaría a la niña más linda del mundo por una "Chica guapa".
—Es muy pronto para decir eso – discutí, susurrando
—Claro que no. Sé que somos muy jóvenes y nos falta mucho por vivir y conocer; pero estoy totalmente seguro de que te quiero a mi lado hasta el último momento.
Suspiré cuando volvió a besarme, deshaciendo con el sabor de sus labios mis miedos e inseguridades. Enredé mis dedos en las doradas hebras de sus cabellos. Sí, quizás era demasiado precipitado hablar de un futuro juntos, pero lo entendía… Pues yo igual tenía la seguridad que querría a Jasper por siempre.
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Edward Cullen.
—Vaya, Isabella tiene un sazón exquisito – halagó Tanya, al probar un trozo de pollo
—Sí – asentí, sin prestarle mucha atención. Me encontraba más concentrado en buscarla por alrededor. No la había visto desde anoche y su ausencia comenzaba a provocar una inquietud sediciosa e incontrolable. —Por cierto, ¿No la has visto? – decidí preguntar, con desenfadada y exagera indiferencia.
Ella sonrió.
—La vi salir de la casa con una enorme mochila. Casi podría apostar a que se estaba yendo de acá.
Parpadeé. ¿Había sido mi imaginación o las últimas palabras de Tanya eran una verdad disfrazada de broma? Enterré el cubierto en un pedazo de carne y me lo llevé a la boca. Mastiqué lentamente y me permití buscarla una vez más…
Los súbitos e imperiosos golpes contra la puerta nos sobresaltaron.
—¿Quién podrá ser? – decidí investigar.
—¡¿Dónde está Bella? – gruñó Jacob en cuanto me vio. Instintivamente, tensé los hombros y crispé mis manos – ¡Te he hecho una pregunta!
—¿Y yo qué voy a saber? – contesté, con controlada violencia.
—¡Mierda! – me empujó y se adentró a la casa sin permiso alguno. Seguí sus pasos, mientras él caminaba dando grandes zancadas hacia su habitación; la cual halló totalmente deshabitada – ¡¿Qué le has dicho esta vez? – se volvió hacia mí.
—No sé de que hablas…
—¡Imbécil! – estaba furioso, pero yo apenas y le prestaba atención. Algo pasaba con Bella, algo malo, y la preocupación comenzaba a invadirme lentamente – Me dijeron que fue a mí casa y se marchó al no encontrarme. Es claro que ya no quiso seguir aquí
—¿Bella se fue? – no lo creía.
—No – replicó con sarcasmo –Desapareció así nada más, por arte de magia.
—¿Y porqué vienes y haces tanto escándalo aquí? – Intervino Tanya, tranquilamente –Edward no tiene ningún tipo de relación con Bella para que le reclames de todo lo malo que le pase. Finalmente, ella es tu novia, ¿no? Tú eres el que debería de estar más al pendiente de sus problemas.
—¿Mi novia? – repitió Jacob frunciendo el ceño – ¿Pero de qué tonterías hablan?
—¿Qué has dicho? – musité
—Lo que has escuchado –me escupió – A pesar de que yo todo este tiempo estuve enamorado de Bella, ella nunca me aceptó porque… - Frunció los labios, mientras me aniquilaba con la mirada. Era claro que estaba controlándose para no lanzárseme y terminarme de partir la cara, pero eso me importaba poco. Sus palabras, la reciente confesión, el saber la verdad… enterarme de que todo este tiempo yo había creído algo que no era, me llenaba la mente de voces ilegibles y molestas.
Fruncí el ceño y la presión que mantenía mis puños contraídos se intensificó. ¿Estaba acaso soñando? No, mi mente jamás creería algo tan ilógicamente absurdo.
—Edward…
Tanya. Detuve mis pasos, percatándome apenas que había dado vuelta y comenzaba a abandonar aquella habitación. Le miré, su rostro lucía tranquilo, como si no se percatará de mi ansiedad.
Jacob me empujó a un lado y se marchó sin decir nada más, mientras yo me obligaba a permanecer de pie dentro de la casa. Tanya sujetó una de mis manos.
—Estoy cansada. ¿Podemos irnos a dormir?
Asentí, tratando de convencerme de que era lo mejor. Subimos las escaleras y llegamos a la recámara en completo silencio. Ella se quitó las ropas y se acostó en la cama, cerrando los ojos al instante. Apagué las luces e intenté hacer lo mismo, pero me resultó imposible dejar de pensar en lo que Jacob me había dicho.
Bajé a la sala cuando me aseguré de que Tanya dormía y tomé asiento en el sofá. Me restregué la cara y suspiré, mirando al suelo y sintiendo tanta rabia contra mí, contra ella…
—Edward.
—¡Mamá! – brinqué – No imaginé que estuvieras despierta.
—Yo tampoco –sonrió y se sentó a mi lado –¿Qué sucede?
—¿Sabías que Bella se fue hoy de la casa? – pregunté, tratando de no ser muy evidente.
—Sí – contestó.
Volví a situar mi vista en el suelo.
—Me dijo que quería estar sola –agregó, como si estuviera pensando en voz alta – Lucía algo confundida. Creo que un buen lugar para pensar y despejar dudas sería la vecindad, ¿Tú qué opinas?
Dilaté la mirada. ¿La vecindad? ¿Era acaso que Esme me estaba diciendo indirectamente que Bella se encontraba ahí?
—Hijo, muchas respuestas a veces son tan obvias, que no necesitan ningún tipo de lógica para entenderlas – acarició mi mejilla y murmuró antes de ponerse en pie y marcharse – Por cierto, las llaves del auto se encuentran en el despacho de tu padre. Digo, por si quieres salir a dar un paseo para relajarte. Parece que Bella no es la única en esta casa que necesita realizar un autoanálisis para identificar cada uno de sus sentimientos.
La observé desaparecer entre las escaleras y, al quedar solo, decidí no pensar y dejarme guiar solamente por el impulso que me dictaba "ve y búscala". Caminé hacia el carro y aceleré fuertemente, mientras el reloj marcaba cerca de la media noche y la lluvia aceleraba su frío descenso.
Las luces prendidas me indicaron que ella estaba ahí. Permanecí de pie varios minutos sin atreverme a hacer nada, más que ignorar la humedad que goteaba de mis cabellos y comenzaba a penetrar la tela de mi sudadera. No pienses, sólo hazlo. Suspiré hondamente y estampé mis nudillos contra la puerta un par de veces.
Esperé un momento y poco después, la tuve frente a mí.
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Siento la demora. Gracias por leer.
