Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capítulo 38

Era una cuestión de pulir los detalles. Tenía que rematar algunos y esperó hasta que Rosalie dejó la tienda la tarde siguiente. Había llegado a la conclusión de que la única forma de tratar con Lulú era ser directo. Entró en la librería y señaló a un expositor con CDs.

—¿Cuál es su favorito?

Lulú se colocó las gafas.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque me gustaría comprar su disco favorito.

Lulú, siempre dispuesta a hacer una venta, se pasó la lengua por los dientes.

—Si compras cinco, el sexto te sale a mitad de precio.

—No necesito media docena de discos... — se calló un instante y siseó —. De acuerdo, compraré seis. ¿Cuáles son sus favoritos?

—Le gustan todos, si no, no estarían aquí. Es su tienda, ¿no?

—De acuerdo — empezó a sacar unos al azar.

—No tengas tanta prisa — le apartó los de dos —. Cuando llega antes que yo suele poner al guno de estos tres.

— Entonces, me llevaré estos tres y estos.

—También vendemos libros.

—Ya sé que venden libros. Sólo... ¿Qué me recomiendas?

Lo estaba desplumando, pero decidió que era un dinero bien gastado. O suficientemente bien gastado. Tampoco le vendría mal un libro de arte renacentista para poner en la mesa de delante del sofá, ni los diez libros más vendidos esa semana, ni los seis CDs, ni todo lo demás.

Por lo menos, Lulú se había reído cuando le hizo la factura. Se había reído con ganas.

Abandonó la librería unos cientos de dólares más pobre y con muchas cosas que hacer en poco tiempo.

A pesar de todo, llegó a la puerta de Rosalie a las siete y media en punto.

Ella fue igual de puntual y salió con un ma letín.

—Notas —explicó—. Y copias del tríptico in formativo, del boletín de la tienda y del anuncio que circulará durante las próximas dos semanas.

—Estoy deseando verlo —señaló su coche—. ¿Quieres que ponga la capota?

—No, mejor la dejamos bajada.

Se fijó en lo que quería decir con «nada formal». Llevaba unos pantalones oscuros y una camiseta azul.

Una vez más tuvo que contenerse las ganas de preguntarle dónde iban a cenar.

—Por cierto — Emmett le dio un ligero beso antes de abrirle la puerta del coche—, estás guapísima.

Perfecto, se dijo Rosalie. Amable y ligeramente seductor. Podía seguirle el juego.

—Estaba pensando lo mismo de ti — replicó mientras se montaba en el coche —. Es una tarde preciosa para dar una vuelta por la costa.

—Me has leído el pensamiento — rodeó el coche y se sentó al volante —. ¿Música?

—Sí.

Se puso cómoda. Estaba calculando cuánto tiempo le permitiría que coqueteara con ella cuando enarcó las cejas con un gesto de sorpresa al oír las flautas.

—Una elección muy curiosa viniendo de ti — comentó Rosalie —. Siempre te había gustado más el rock, sobre todo si sonaba tan alto que te rompía los tímpanos.

—No pasa nada por cambiar de vez en cuando. Hay que conocer cosas nuevas — tomó la mano de Rosalie y la besó —. Hay que ampliar los horizontes, pero si prefieres otra cosa...

—No, está bien. Qué complacientes estamos... — se movió un poco con el pelo al viento —. El co che se agarra bien.

—¿Quieres probarlo? — Quizá a la vuelta.

Decidió dejar de intentar entenderlo y disfru tar del resto del paseo. Pero volvió a ponerse en tensión cuando él cruzó el pueblo sin parar. Se quedó mirando a la casita amarilla cuando Emmett paró enfrente de la puerta.

—Vaya, no sabía que la hubieras convertido en restaurante. Me temo que eso es una infracción del contrato de alquiler.

—Es algo ocasional —salió del coche y lo rodeó para abrirle la puerta—. No digas nada todavía. —, volvió a levantarle la mano y le dio un beso en los nudillos—. Si decides que prefieres ir a otro sitio, nos vamos a otro sitio, pero primero dame una oportunidad.

Con la mano cogida todavía, la llevó alrededor de la casa en lugar de entrar en ella.

Había extendido un mantel blanco sobre el césped recién cortado. Estaba rodeado de velas apagadas y de almohadones de todos los colores y telas. También había una cesta alargada repleta de lilas.

Emmet la levantó.

—Es para ti.

Primero miró las lilas y luego la cara de Emmett.

—No es temporada de lilas.

—A mí me lo vas a decir—replicó Emmett mientras le entregaba la cesta—.Siempre te han gustado.

—Es verdad, siempre me han gustado. ¿Qué es todo esto Emmett?

—He pensado que podíamos hacer un término medio entre trabajo y placer entre público y privado.

—Un pic-nic.

—También te han gustado siempre —se inclinó para rozarle la mejilla con los labios—¿Por qué no tomamos una copa de vino mientras piensas qué te parece?

Rechazarlo habría sido descortés y altivo además de cobarde, tuvo que reconocer. No era cuestión de darle un corte cuando intentaba ofrecerle una tarde agradable sólo porque ella se los hubiera imaginado felizmente casados y haciendo pic-nicsen el jardín de su casa.

—Me encantaría tomar un poco de vino.

—Ahora mismo lo traigo.

Rosalie dejó escapar un suspiro cuando él ya no podía oírla y al ver que se cerraba la puerta trasera, levantó la cesta de lilas y sumergió la cara dentro.

Al cabo de un instante, oyó la música de arpas y gaitas que salía de la casa. Sacudió la cabeza, se sentó en uno de los almohadones, puso la cesta a su lado y esperó a que volviera.

No llevó solo vino, sino también caviar.

—Vaya pic-nic.

Emmett se sentó y encendió las velas con un gesto casi despreocupado.

—Sentarse en la hierba no quiere decir que no se pueda comer bien — sirvió el vino y alzó las co pas —. Slainte.

Rosalie asintió con la cabeza al reconocer el brindis irlandés.

—Has cuidado el pequeño jardín.

—He hecho lo que he podido. ¿Lo has plantado tú?

—Yo he hecho parte y Bella el resto.

—Puedo sentirla en la casa — extendió caviar en una tostada —. Puedo notar su alegría.

—La alegría es uno de sus mayores dones. Cuan do la miras no ves el espanto por el que ha pasado. Ha sido aleccionador ver cómo ha terminado por descubrirlo por sí misma.

—¿Qué quieres decir?

—Nosotros siempre tuvimos el conocimiento En el caso de Bella fue como si abriera una puerta, la traspasara y se encontrara con una habitación llena de tesoros fascinantes. Lo primero que le enseñé fue a agitar el aire. Cuando lo consiguió... puso una cara maravillosa.

—Yo no he enseñado a nadie. Pero hace unos años asistí a un seminario de brujería.

—¿De verdad? — Rosalie se lamió el pulgar para retirar unas bolitas de caviar—. ¿Te gustó?

—Fue... serio. Fui por un impulso yme en contré con algunas personas interesantes. Una de las conferencias trató de los juicios de Salem y derivo hacia la isla de las Tres Hermanas —se sirvió un poco de caviar—. Tenía casi todos los datos, pero le faltaba el espíritu; el corazón. Este sitio —echo una ojeada al bosque, escuchó el mar— no se puede resumir en una conferencia de cincuenta minutos —se volvió para mirarla—. ¿Vas a quedarte?

—Nunca me he ido.

—No —le rozó la mano con la suya—. A cenar.

—Sí — Rosalie cogió otra tostada.

Emmett se terminó la copa de vino y se levantó.

—Tardaré un minuto.

—Te echaré una mano.

—No. Todo está controlado.

Controlado gracias a Bella, pensó Emmett mientras iba a la cocina. No sólo lo había preparado to do y se lo había llevado, sino que también le había dejado una minuciosa lista de instrucciones; una lista que podría seguir hasta un inútil en asuntos culinarios. Bendijo a Bella y sirvió las rodajas de tomate con aceite y hierbas y la langosta fría.

—Es delicioso — Rosalie se puso cómoda mien tras disfrutaba de la comida —. No sabía que se te diera tan bien la cocina.

—Son mis talentos ocultos — alardeó antes de cambiar de tema —. Creo que voy a comprarme un barco.

—¿Sí...? John Bigelow sigue haciendo barcos de madera por encargo. Aunque sólo hace uno o dos al año.

—Iré a verlo. ¿Navegas algo?

—De vez en cuando, pero nunca me apasionó.

—Ya me acuerdo — le acarició el pelo —. Pre ferías ver los barcos a montarte en uno.

—También prefería estar dentro del agua que encima de ella — levantó la mirada cuando un gru po de adolescentes pasó corriendo por el atajo que llevaba a la playa —. El señor Bigelow también al quila barcos, pero si quieres probar antes de com prártelo; puedes ir a ver a Drake. Tiene un nego cio de alquiler bastante bueno.

—¿Drake Birmingham? No lo he visto desde que he vuelto. Ni a Stacey. ¿Qué tal están?

—Se divorciaron. Ella se quedó con los hijos, tenían dos, y se fue a Boston. Hace unos seis años, Drake volvió a casarse con Connie Ripley.

—Connie Ripley... — Emmett hizo un repaso mental para localizarla —. Una morena grandota con muchos dientes.

— Esa es Connie.

—Iba justo delante de mí en el colegio. Drake debe andar por los...

—Ha pasado de los cincuenta —Rosalie tomó la copa de vino por el pie—. La diferencia de edad y las conjeturas sobre un idilio ardiente entre ellos como motivo del divorcio fueron la comidilla en la isla durante más de seis meses —tomó otro bocado de langosta—. Bella se ha esmerado. La langosta está buenísima.

—Pillado—hizo una mueca—. ¿He perdido puntos?

—En absoluto. Has demostrado muy buen gus to ysentido común al contratar sus servicios. Ahora a lo nuestro —se cruzó las piernas y cogió el maletín.

—Me encanta mirarte —Emmett le pasó un dedo por el tobillo—. Con cualquier luz y desde cualquier ángulo pero sobre todo en este momento, cuando el sol esta poniéndose y las velas empiezan a iluminarte

Sintió un hormigueo por las palabras, el tono y a mirada mientras se acercaba a ella. Sam le puso la mano en la nuca con delicadeza y le rozó los labios con los suyos.

El hormigueo se convirtió en ebullición Aspiró su aliento mezclado con el aroma de las lilas y la cera de las velas y la cabeza le dio una vuelta larga y lenta.

—Perdona—Emmett le besó la frente y se apartó—. Hay veces que no puedo contenerme Vea mos que tienes ahí.

Lo que tenía era un caso clarísimo de debilidad en las rodillas y de mente confusa. La había derretido con un beso y quería pasar a ver los papeles.

—¿De qué va todo esto, Emmett?

—De trabajo y placer — dijo distraídamente mientras le pasaba la mano por la espalda antes de sacar la copia del anuncio —. Está muy bien. ¿Lo has diseñado tú?

—Sí — Rosalie se obligó a serenarse.

—Deberías mandarle una copia a su editor.

—Ya lo he hecho.

—Muy bien. Ya he visto el tríptico, pero no te había dicho lo efectivo que resulta.

—Gracias.

—¿Pasa algo? — preguntó Sam con cierta indeferencia.

Rosalie notó que le chirriaban los dientes ante la pregunta. Irritada por estar irritada, intentó re componerse.

—No. Te agradezco tu colaboración—tomó aliento —. De verdad. Es un acontecimiento muy importante para la librería. No quiero que salga bien, sino perfecto.

—Estoy seguro de que Caroline lo pasará bien.

Había algo, algo muy sutil, en la forma en que dijo su nombre.

—¿La conoces personalmente?

—Mmm. Sí. Es un detalle bonito que Bella ha ga una tarta que reproduzca la cubierta del libro. En cuanto a las flores... Quizá sea mejor que las cambies por rosas. Creo recordar que las prefiere.

—Crees recordar...

— Vaya, vaya. Veo que tienes previsto obse quiarla con champaña y chocolate a su llegada a la habitación del hotel. Como el hotel ya le ofrece eso como atención, sugiero que añadamos un par de cosas. Por parte del hotel y de la librería.

Rosalie tamborileó los dedos en la rodilla, pero se detuvo al instante.

—Es una buena idea. Quizá estuvieran bien unas velas, un libro sobre la isla, ese tipo de cosas...

—Perfecto —echó una ojeada a la correspon dencia por correo electrónico y fax con el editor y asintió con la cabeza—. Veo que no has dejado ningún cabo suelto. Así que... —dejó la carpeta a un lado y volvió a acercarse a ella.

Cuando tenía la boca a unos milímetros de la de Rosalie, ella le puso la mano en el pecho y sonrió.

—Me gustaría ir al baño.

Se levantó con la copa de vino en la mano y se dirigió a la casa.

Una vez en la cocina, la miró con detenimiento. Estaba impecable, aunque dudaba que de Emmett la usara para otra cosa que no fuera hacerse un café por la mañana. Siempre había sido un inútil en la cocina. Vio las instrucciones de Bella sobre la encimera y se apaciguó.

Entró en la sala y se quedó meditabundo cuando vio el libro sobre la mesa que había delante del sofá. También había velas. Se preguntó qué rituales y téc nicas de meditación practicaría cuando estaba solo.

Siempre fue un brujo solitario, como ella.

No había fotografías, pero tampoco había espe rado que las hubiera. Lo que sí le sorprendieron fue ron dos acuarelas colgadas en la pared. Retrataban escenas de jardines delicadas y serenas. Se habría es perado unas imágenes más efectistas y vigorosas.

Aparte de las velas, las pinturas y el libro, eviden temente nuevo y sin leer, no había mucho de Emmett McCarthy en la sala de la casita. No se había rodeado de los detalles que eran tan importantes para ella.

No existían flores, ni macetas con plantas, ni cuencos con piedras de colores o cristales.

Ya que fisgó hasta ese punto, y puesto que era su amante y casera, no tuvo escrúpulos en entrar en el dormitorio.

Ahí sí había algo de él; el olor, el espíritu. La cama de hierro que ella había comprado tenía un cubrecama azul marino casi espartano. El suelo estaba desnudo, pero vio en la mesilla de noche un libro de intriga que ella ya había leído y que tenía una de sus tarjetas como marcalibros.

La única pintura sí era efectista y vigorosa. Se trataba de un viejo altar de piedra que se levantaba sobre un suelo rocoso con un cielo en vivos tonos rojizos por el amanecer.

En el vestidor había una piedra grande y tras lúcida que supuso que utilizaría para meditar. Las ventanas estaban abiertas y podía oler la lavanda plantada por ella misma.

La sencillez, el olor y la casi absurda sensación de la presencia masculina le hacían sentir deseo, por lo que se fue de allí.

Una vez en el diminuto baño, se retocó los la bios y se perfumó el cuello y las muñecas con unas gotas del aceite que había preparado. Ya que Emmett estaba seduciéndola, ella lo complacería, pero ten dría que esperar hasta que estuviera en su casa otra vez, en su propio terreno.

Podía tontear tan bien como él.

Cuando volvió al jardín, Emmett ya había cambiado los platos de la cena por unos cuencos de cristal con fresas y nata.

—No sabía si querrías café o más vino.

—Vino —una mujer segura de sí misma, se di jo, puede permitirse ser un poco alocada

La noche estaba cayendo. Se sentó a su lado y se paso los dedos por el pelo antes de coger una fresa.

—No sabía… —lo miró intencionadamente y pasó la lengua por la fresa antes de morderla—. No sabía que te interesara el arte renacentista.

Emmett notó un cortocircuito en su cerebro. Casi pudo oír el chasquido

—¿Qué?

—Arte renacentista—metió el dedo en la nata y se lo lamió—. El libro que tienes en la sala.

—El... ¡ah, si! —Emmett consiguió apartar la vista de la boca de Rosalie—. Sí, es una época fascinante.

Rosalie esperó a que Emmett hubiera untado una fre sa con nata y se inclinó para morderla

—Mmm—se pasó la lengua por el labio superior—. ¿Qué anunciación te gusta más, la de Tintoretto o la de Erte?

Otro cortocircuito.

—Las dos son maravillosas.

—Desde luego, salvo que Erte fue un escultor modernista y nació algunos siglos después del Renacimiento.

—Suponía que te referías a Giovanni Erte, un oscuro y pobre artista renacentista que murió de escorbuto en condiciones trágicas. No tuvo mu cho reconocimiento.

Rosalie soltó una carcajada.

—Ah, ese Erte. Admito la corrección — se mordió el labio inferior en vez de una fresa —. Eres muy listo, ¿verdad?

—Pagué una fortuna por ese libro. Me imagi no que Lulú sigue retorciéndose de risa — dejó que Rosalie le diera una fresa —. Entré para comprar algo de música y salí con veinte kilos de libros.

—Me gusta la música — se tumbó sobre el man tel blanco con la cabeza apoyada en un almohadón verde —. Me relaja. Me hace pensar en que floto en un río de agua caliente en un bosque sombrío. Mmm. Tengo la cabeza llena de vino — se estiró perezosamente y la fina tela del vestido se le ajustó al cuerpo —. Me parece que no voy a poder condu cir ese coche tan sexy que tienes.

Ella esperó que Emmett le dijera que ya lo podría conducir por la mañana, que le propusiera entrar para quedarse con él. Sonrió cuando se tumbó a su lado y le pasó un dedo por el cuello y los pechos.

—Podemos dar un paseo para que la brisa ma rina te despeje — Emmett captó la sombra de sorpresa en el rostro de Rosalie justo antes de besarla.

La mordió, la pellizcó y la acarició. Sintió que se abandonaba, que se entregaba y que el pulso se le aceleraba. Para tormento de los dos, le pasó los dedos por las piernas hasta entrar por debajo del vestido y alcanzar la piel cálida y se dosa de los muslos, hasta detenerse en la marca de la bruja.

—A no ser que... —le pasó el dedo por el borde de las bragas y le mordisqueó levemente los pechos por encima del algodón del vestido—. A no ser que no tengas ganas de pasear.

Rosalie se sentía algo más que alocada y arqueó las caderas

—No, lo que me apetece no es un paseo.

—En ese caso... —mordió con un poco más de tuerza—. Conduciré yo.

Rosalie se quedó boquiabierta al ver que Sam se levantaba y le ofrecía una mano.

—¿Conducir?

—Llevarte a casa —ver su cara de pasmo era casi tan gratificante como... Bueno, tuvo que re conocerse que no era ni la mitad de gratificante pero era la reacción que había esperado.

La ayudó a levantarse y se agachó para recoger las flores y el maletín.

—No te olvides de esto.

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Rosalie no dejó de darle vueltas de camino a su ca sa. Emmett había dado por supuesto, correctamente, se dijo que ella no se quedaría en la casita y había decidido correctamente también, que para rema tar la seducción tendría que apañárselas para lle varla a su cama.

Ahí era exactamente donde lo quería tener se dijo Rosalie mientras miraba las estrellas.

Como se había tomado tantas molestias y había sido tan encantador, le dejaría... que la convenciera. Una vez que se hubieran acostado, recuperaría el equilibrio del cuerpo y la mente.

Cuando llegaron a su casa, Rosalie sentía que te nía un control pleno de la situación.

—Ha sido una velada deliciosa; absolutamente deliciosa — Emmett la acompañó hasta la puerta y Rosalie le lanzó una mirada tan cálida como el tono de voz —. Gracias otra vez por las flores.

—De nada.

Las campanillas tintineaban y la luz del farol se reflejaba en las ventanas. Emmett le acarició los brazos.

—Vuelve a salir conmigo. Alquilaré un barco y podremos pasar un día sin hacer nada más que ba ñarnos.

—Quizá.

Emmett le tomó la cara entre las manos y se las pa só por el pelo mientras la besaba. El beso se hizo más ardiente cuando ella dejó escapar un gemido de placer. Cuando Rosalie se apretó contra él, Emmett alargó el brazo y abrió la puerta.

—Será mejor que entres — susurró sin separar los labios de los suyos.

—Sí, será mejor — Rosalie, medio mareada por al deseo, entró en la casa y se volvió para acariciarle la mejilla.

Emmett pensó que parecía una sirena.

—Te llamaré — cerró la puerta con una mano que le sorprendió por su firmeza.

Mientras volvía hacia el coche pensó que aca baban de tener su primera cita oficial en once años y que había sido una maravilla.


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Catch soon