POV Beatriz
-¿Ya me dirás a dónde vamos?-
-Por supuesto que no, dejaría de ser una sorpresa, además, ya no falta mucho para que lleguemos.-
Severus me sonrió de oreja a oreja.
-No es justo ¿sabes? Es tu cumpleaños, se supone que quien debería sorprenderte soy yo.-
Le devolví la sonrisa y pensé en todo lo que había pasado en lo que iba del día. Durante la madrugada fui arrastrada, por una presencia invisible, al interior de La Cámara de los Secretos donde encontré un extraño cofre, que Dumbledore aún revisaba con sumo cuidado antes de decidir si entregármelo o no, y mi estado de "heredera de Salazar Slytherin" quedó, más que en evidencia, grabado en la piel de mi muñeca derecha.
El director y Severus fueron por mí y me trajeron de vuelta a casa, completamente dormida. Desperté cuando amaneció, con mi adorado maestro de pociones durmiendo junto a mí y con sus brazos rodeando mi cintura. Nos tardamos un buen rato en salir, lo primero que hicieron todos al vernos fue felicitarme por mi cumpleaños y ofrecernos comida para desayunar, bueno me la ofrecieron a mí y yo se la ofrecí a Severus.
Después de llenar nuestros estómagos llegó el momento del interrogatorio, le conté a mi familia todo lo que había pasado con lujo de detalle, incluido el momento de oscuridad que experimenté, dijeron que investigarían y en cuanto supieran algo me lo harían saber pero por ahora lo mejor era que disfrutara de mi día. Esa fue su extraña manera de decirme que desapareciera del lugar mientras ellos arreglaban todo para celebrar.
No tuvieron que insistirme mucho, decidí que iría a uno de mis lugares favoritos que hace bastante no visitaba así que tomé mi varita, uno de mis arcos junto con un carcaj de flechas y desaparecía de ahí con Severus tomado de mi mano. Estar a su lado era el mejor remedio para prácticamente cualquier cosa, los silencios entre nosotros no los sentía pesados ni incomodos, me encantaba sentirlo cerca, disfrutar de su compañía.
-Estamos por llegar a un sitio al que nunca, jamás, he llevado a nadie, ni siquiera a Fantes o a Minnie. Es un lugar casi sagrado para mí, uno de mis mayores secretos, sin embargo, ni siquiera pensé en venir sola porque desde que estamos juntos no hay nada que no desee compartir contigo, ¿tienes idea de lo sorprendente que es eso?-
-Tan sorprendente como todo lo que te rodea, eres la persona más asombrosa que he conocido jamás.-
Negué con la cabeza, sin dejar de sonreír.
-Entonces nunca te has visto en un espejo.-
Iba a responderme pero puse mi mano libre sobre su boca cuando escuché el sonido de los cascos. Se quedó quieto, sonreí aún más y le hablé en un susurro.
-Llegamos, no hagas ningún ruido o movimiento brusco y obedece a todo lo que te diga ¿de acuerdo?-
Levantó una ceja y me miró inquisitivamente, alejé mi mano para dejarlo hablar.
-Así que ahora ¿tú eres la que da las órdenes?-
Su voz era baja pero su tono tan grave y presuntuoso, que sólo le escuchaba usar en clases, me hizo sentir algo extraño en el estómago, unas cosquillas que jamás había sentido junto con la necesidad de besarlo en ese preciso instante. Lo miré de arriba abajo y algo se encendió en mi interior, me parecía tan atractivo, sus finos labios que se movían de manera experta contra los míos, su piel cetrina y perfecta bajo las yemas de mis dedos, sus ojos negros que me estremecían de pies a cabeza, y de pronto recordé la calidez de sus brazos a mi alrededor, su aroma, el tacto de sus manos contra mi piel, el sabor de sus besos. Por Merlín, sentí el calor subir a mis mejillas cuando me di cuenta de a dónde me estaban llevando mis pensamientos. Bajé la cabeza demasiado turbada por las nuevas sensaciones.
-¿Te sientes bien? Tal vez deberíamos volver.-
Me sacudí esos pensamientos y volví a verlo.
-Estoy bien, vamos.-
Avanzamos unos metros más y por fin llegamos, pasamos unas cuantas cortinas de yerba y le enseñé a dónde lo había llevado. Sus ojos se abrieron de par en par y su rostro formó el gesto de asombro más hermoso que jamás hubiera presenciado. Delante de nosotros se encontraba la parte de bosque más maravillosa, flores de todos los colores sobre follaje del verde más vivo, árboles frutales enormes, plantas de todo tipo, pequeños insectos y otros animales corriendo libres por aquí y por allá y bebiendo del río que corría por en medio del lugar. Pero lo más impresionante de todo eran los blanquecinos y extraordinarios unicornios que habitaban ahí.
Me adelanté a Severus y le indiqué que se quedara justo dónde estaba. Caminé hasta llegar a dos unicornios que estaban separados del resto, estuvieron a punto de huir pero reconocieron mi aroma, me acerqué un poco para confirmarlo y ellos fueron hasta mí. Relinchaban felices y yo acariciaba sus cabezas. Pronto nos rodearon muchos otros unicornios y se acercó al que más deseaba ver. Corrí hacia él y lo abracé con todas mis fuerzas, dio un resoplido sobre mi oreja y me golpeó en mi hombro con su cuerno, estaba enfadado.
-Hola, sí ya sé que tiene mucho tiempo que no vengo. Lo lamento.-
Volvió a bufar y giró un poco su cabeza para alejar mis manos de él. Sí, se ven muy puros e inocentes pero cuando te conviertes en el único amigo humano de un unicornio y lo dejas plantado por varios meses, no son ni tan buenos ni tan amables.
-¿En serio vas a seguir molesto? En verdad, no quise estar lejos por tanto tiempo pero pasaron demasiadas cosas, ya sabes, son los muggles con los que vivía y luego hubieron cosas con cierta magia que no tenía idea que tenía, mira.-
Levanté mi muñeca a la altura de sus ojos, siguió tratando de ignorarme pero me vio de reojo.
-Esta estúpida marca es el símbolo de Salazar Slytherin, ¿puedes creerlo? Se suponía que era hija de muggles y ahora soy una heredera de una magia ancestral o algo así y, por si fuera poco, resulta que Albus Dumbledore es mi abuelo.-
Y por fin volvió a mirarme de frente, con sus ojos repletos de sorpresa y preguntas.
-Sí, yo también me sorprendí, se suponía que no tenía familia, no una común, y ya tengo abuelo. Mi madre fue hija del director de Hogwarts y mi padre…-
Me mordí el labio, sabía lo que él le había hecho a los unicornios hace dos años, ¿y si me despreciaban por ser su hija? Lágrimas comenzaron a escocer mis ojos, tenía miedo a que me rechazaran, hasta ahora esto sólo lo sabían pocas personas, algunos centauros y una elfina doméstica.
-Mi padre es Voldemort, sé lo que él les hizo, yo… entenderé si no me quieren más por aquí yo…-
Se acercó hasta mí y puso su cabeza sobre mi hombro, dio un suave relinchido.
-Gracias, yo también te quiero.-
Volvió a alejarse para mirarme a los ojos, escuché fuerte y claro lo que me dijo. Los unicornios son criaturas míticas, espectaculares y sumamente inteligentes, además de que logran comunicarse con quienes ellos quieren mediante telepatía, no es como si escuchara su voz sino que simplemente aparece en mi mente lo que me dicen.
-Tú no eres como él y siempre serás bienvenida, no puedes ignorar de dónde vienes pero puedes decidir a dónde vas. Sé que decidirás bien.-
Sonreí y él dio otro relinchido. Se fue detrás de uno de los árboles y volvió con algo en el hocico.
-Por cierto, feliz cumpleaños.-
Puso entre mis manos una pequeña fruta dorada parecida a una zarzamora por el tamaño y la forma. Era brillante, preciosa y producía un aroma único que jamás había olido.
-Su nombre es Feli beatus.-
-¿Cómo es Felix felicis?-
-Igual al Felix felices sólo que mucho más poderosa. Si comes esta fruta, durante siete horas tendrás éxito en todo lo que te propongas.-
-Wow, esto es demasiado, no puedo aceptarla.-
Quise regresársela pero me empujó con su hocico para que ni lo intentara.
-Es para ti.-
Lo abrasé una vez más y recordé al hombre que estaba esperándome.
-Traje a alguien para que lo conozcas. Es mi, bueno, no sé si novio sería un término adecuado pero sí, ¿puedo?-
Señalé a dónde estaba Severus y me dio la señal de que podía decirle que saliera. Llamé a mi pocionista favorito y se acercó poco a poco a dónde estaba con Silver. Severus se paró frente a nosotros y se nos quedó mirando con precaución, no quería hacer algo indebido.
-¿Es él?-
-Sí, te presento a Severus Snape. Severus, te presento a mi amigo, Silver.-
Severus hizo una tímida reverencia que me sacó una risa que logré disimular, claro que Silver no paró de reír en mi cabeza.
-¿Una reverencia? ¿Cree que soy la reina o qué? Alguien dígale que no hay monarquía en el Mundo Mágico-
-Silver.-
Severus se nos quedó mirando sin entender por qué había reprendido a mi amigo.
-Él usa la telepatía para comunicarse conmigo.-
La boca de Severus casi toca el suelo.
-Ya veo.-
-Bueno, Beatriz, es tiempo de divertirnos, ¿Vamos?-
Iba a decirle a Severus que era hora de jugar cuando lo vi algo perturbado, trago seco y me dijo con un poco de temor:
-Lo escuché, ¿cómo pudo entrar a mi mente?-
Me confundió un poco su respuesta pero la luz me llegó rápido.
-¿Eres un oclumante?-
Dudó pero no me mintió.
-Sí, de los mejores debo admitir.-
En serio que no dejaba de sorprenderme.
-Eso no importa, en realidad, los unicornios están por encima de la gran mayoría de nuestra magia pero, tranquilo, ellos jamás utilizarían sus poderes para algo indebido.-
Se tranquilizó un poco.
-De acuerdo, hora de que el juego comience.-
Sonreí de lado y llamé a Stella, llegó a mi lado en un segundo.
-Hola, pequeña, creí que te habías olvidado de nosotros.-
-Jamás, sólo estuve fuera de combate durante un tiempo. Pero ahora volví y es tiempo de mostrar porqué las chicas somos las más fuertes ¿no crees?-
Su relincho hizo eco en el bosque y logró que todos nos miraran.
-Te extrañé, vamos.-
Sonreí con expectativa y monté a Stella que enseguida comenzó a galopar.
-Los vemos en el campo, chicos.-
Silver, resopló en mi mente, con emoción y casi pude ver a Severus morirse del susto cuando prácticamente lo obligó a subirse en él para alcanzarnos. Cerré los ojos y disfruté del viento contra mi rostro, me fascinaba la sensación, no estábamos en el aire y aun así sentía que volábamos.
