DISCLAIMER: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la trama me pertenece.
CAPÍTULO 37
Jasper P.O.V.
Íbamos caminando por el pasillo, en silencio hacia el despacho de Aro. El plan consistía en amenazar a Aro para conseguir que nos dejara marchar. Había algunos riesgos, pero alguna cosa teníamos que hacer, además, estábamos enfadados con él por habernos manipulado para adorarlo y seguir sus órdenes sin rechistar. Yo ya estaba harto de que tratara a Alice como una máquina de visiones. ¡Era una persona! Los dolores de cabeza de Alice me volvían loco. Ella sufría, y si ella sufría, yo lo hacía también. No podía verla sufrir.
De repente Alice se tensó y se quedó quieta en mirad del pasillo, con la mirada perdida. Estaba nerviosa, con el rostro en una mueca de dolor y angustia. No sabía qué era lo que le pasaba, pero sí que me estaba asustando porque la visión duraba demasiado.
–Alice, ¿qué ves? –le pregunté cogiéndole la mano fuertemente.
Pero había algo raro en la visión. Alice no me respondió, se quedó con la mirada perdida, sin mirarme, sin poder ni hablar. De repente, Alice inhaló profundamente, como si hubiera visto algo terrible. Su mano apretó más fuerte la mía y empezó a temblar.
–¡Alice! –le grité zarandeándola para que saliera de la visión.
–Jasper… no –murmuró temblándole la voz. ¿Qué era lo que estaba viendo que la tenía tan asustada?
–¡Alice! ¡Alice! –grité ya sin importarme si nos descubrían por el pasillo–. Venga nena, estoy aquí contigo. No estás sola.
Las rodillas le cedieron y se deslizó hasta el suelo. Yo me quedé de rodillas, sosteniéndola apretada a mi pecho, acariciándole el cabello para intentar calmarla. Ella tenía las manos agarrando con fuerza mi camisa, con el rostro hundido en mi cuello y sollozando. Seguí acariciándole el cabello, dándole algún que otro beso en el pelo para tranquilizarla. Al fin, Alice abrió los ojos y miró a su alrededor.
–¡Jasper! –gritó llorando y envolviéndome el cuello con sus brazos–. Oh, Jasper.
–Chis, no llores nena –le dije abrazándola aun más fuerte–. Venga, vamos a nuestra habitación. Estoy aquí contigo, no tienes nada que temer.
La cogí en brazos y me levanté con ella encima. Ella no dejó de sollozar en todo el camino. No quería preguntarle aún qué era lo que había visto, no quería agobiarla. Abrí la puerta de la habitación, la volví a cerrar y tumbé a Alice en la cama. Ella no me soltó el cuello ni un momento, así que me tumbé a su lado y la abracé.
–Ese plan no lo vamos a hacer –murmuró Alice tras un largo rato tumbados en la cama.
–Ya me lo imaginé –le dije besándole el cabello–. ¿Qué has visto? ¿Aro se iba a enfadar?
Alice levantó la cabeza para mirarme directamente a los ojos.
–Peor que eso –murmuró.
Entonces nos sentamos en la cama, ella abrazada a mí pero mirándome. Empezó a explicarme lo que había visto. Que íbamos al despacho, dejábamos a Jazz en casa de una anciana y luego me narró lo más espeluznante de todo. No podía creer de lo que era capaz Aro. Era capaz de dejar que matáramos a Marco, y no le importaría nada. Otra cosa que me impactó mucho fue el hecho de que tratara tan mal a Sulpicia, ¡ella no se merecía algo así! Y Demitri… él haría cualquier cosa por ayudar a mi esposa, y le estaba enormemente agradecido. Pero lo de después no me hizo ninguna gracia.
–Y Aro… él abusó de mí delante de ti. Él sabía que… sabía que era la peor tortura que podía hacerte y… yo cerré los ojos pero no pude evitar que lo hiciera. Tenía que hacerlo… te necesitaba a salvo.
–Oh, Alice –le dije conteniendo mi furia.
¿¡Cómo podía hacer eso!? Vale, no lo había hecho, pero si hubiéramos seguido adelante con ese plan hubiera pasado. ¡Maldito cabrón!
–Pero no sirvió de nada, ¿sabes? Tú lo agarraste cómo pudiste, y él… él te mató –no podía ni hablar. Enterró su rostro en mi cuello y me abrazó fuerte. Cuando se calmó un poco, continuó hablando–. Te… quemó delante de mí y luego me encerró en una celda para torturarme.
–Ya está, Alice, ya está. Sólo ha sido una visión, eso no ocurrirá. Tranquilízate, por favor –le supliqué.
–Lo sé, lo sé, lo siento –dijo.
En aquel momento Jazz se sentó en la cama con nosotros.
–Jazz se ha preocupado –dije mientras cogía en brazos al gatito–. Ves con mami.
Alice cogió con una sonrisa a Jazz, haciéndole carantoñas y acariciándolo.
–Menos mal que sólo ha sido una visión, si no… no sé qué hubiera hecho –dijo sentándose en mi regazo.
Me sentía furioso de que Alice hubiera visto eso y lo hubiera pasado tan mal.
–Tenemos que pensar en otra cosa –susurré.
–Algo que no acabe tan mal –dijo haciendo una mueca de disgusto.
–Menuda suerte tenemos con tu don, así podemos saber si el plan funciona o no –le dije besándola en los labios–. Estoy muy orgulloso de ti.
–Para algo tiene que servir ver el futuro –contestó con una sonrisa orgullosa.
–¿Y si hablamos con Aro para hacer un pacto? –pregunté de repente–. Quizá eso pueda interesarle.
–Lo podemos intentar.
Alice se sentó a horcajadas encima de mí y me besó en los labios.
–Pero ahora quiero estar contigo –me contestó cuando se separó de mi boca.
–Será un placer, cielo –contesté agarrándola por el trasero y acercándola a mí, para que sintiera cómo la deseara.
Alice llevó sus manos a mi camisa, dejando mi torso desnudo.
–Te amo –me dijo besándome con pasión.
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–Aro –le dijo Alice antes de que empezara la reunión–, cuando terminemos la reunión, ¿podríamos hablar en privado un momento?
Aro abrió los ojos, sorprendido.
–Por supuesto.
La reunión, que duró una hora, se hizo eterna, y cuando terminamos, Aro hizo que lo siguiéramos a su despacho. Él se sentó en una de las butacas y nosotros nos sentamos juntos en uno de los sofás.
–Antes de que me digáis lo que sea que queráis decirme, Alice, querida, ¿me permitirías saber qué te pasó ayer por la noche? –preguntó mirando fijamente a Alice.
Aro adelantó la mano para que Alice se acercara a él. Alice dudó, y antes de levantarse, me miró, me guiñó un ojo y se acercó a Aro. Aro palmeó el reposabrazos del sillón para que Alice se sentara allí. Ella obedeció y entonces Aro la cogió de la mano.
Las emociones de Aro iban variando mientras Alice le mostraba su visión. Primero era enfado, después celos, después vergüenza y al final era angustia.
–No me lo puedo creer –exclamó Aro cuando Alice acabó, pero no le soltó la mano–Alice, yo… No sé qué decir.
Alice se levantó para volver a sentarse a mi lado, y para mi sorpresa, Aro también se levantó. En un acto rápido, antes de que Alice tuviera tiempo de sentarse, Aro abrazó a Alice y le dio un beso en el pelo. Yo me levanté y lo miré frunciendo el ceño, apretando los puños.
–Nunca te haría eso, Alice –le dijo Aro soltándola, al fin–. Te lo prometo –y entonces se dirigió a mí–. No te preocupes, no le haré nada.
Los tres volvimos a sentarnos y procedí a explicarle a Aro lo que podíamos hacer.
–Aro, mira, lo que queríamos hablar contigo era que…
–Sí, me lo imagino, queréis volver a casa –terminó Aro por mí.
–Exacto –asentí–. Soy consciente que no quieres que Alice se vaya, pero Alice tiene una familia, tenemos una familia, y nos gustaría volver a casa. Podríamos llegar a algún trato, ¿no crees?
–¿Qué clase de trato? –preguntó Aro curioso.
–No lo sabemos bien, por eso queríamos hablarlo contigo, para que quedáramos en algo que nos favoreciera a los tres.
–¿Pero no estáis bien aquí? Os estoy tratando como a mis hijos –dijo él alzando las manos.
–Pero echamos de menos a nuestros hermanos y a nuestros padres –le contestó Alice.
Aro se rascó el mentón y nos miró fijamente. Estuvo un largo rato así, sin decir nada, sólo mirándonos.
–Lo que podríamos hacer es estar que pasaseis dos meses aquí en Volterra, y un mes en vuestra casa –dijo frunciendo el ceño, no muy convencido de lo que estaba diciendo.
–¿Y no podríamos hacer dos meses en cada sitio? –sugerí yo.
Ya que íbamos a tener que venir aquí de vez en cuando, que fuera equivalente el tiempo que pasáramos en casa y el tiempo que pasáramos en Volterra.
–No –negó Aro moviendo la cabeza enérgicamente–. Dos meses aquí, uno en vuestra casa. Y nada de quejas porque estoy siendo demasiado generoso.
Alice y yo nos miramos. Ella asintió.
–Está bien –dije yo–. Pero júrame que no te echarás atrás, que cumplirás con tu palabra.
–¿Dudas de mi palabra? ¿No confías en mí?–preguntó Aro abriendo mucho los ojos.
–Hombre, confío en muy poca gente, y te aseguro que tú no estás entre ellos –le contesté encogiéndome de hombros.
–Está bien –dijo levantándose y tendiéndome la mano–. Te lo juro. Y vosotros juradme que seréis fieles a vuestra palabra y cumpliréis el trato.
–Lo juramos –contestamos Alice y yo al unísono.
Aro frunció el ceño y me miró fijamente, como analizándome con la mirada.
–¿Alice es en quién más confías? –me preguntó Aro.
–Por supuesto –contesté cogiendo la mano de Alice–.En ella confío más que en nadie.
–¿Puedo preguntaros algo? –nos preguntó. Nosotros asentimos–. ¿Cómo os conocisteis? Sólo es mera curiosidad.
–Fue en 1948, en Philadelphia –empezó Alice–. Yo ya había visto que nos encontraríamos en una cafetería y lo esperé allí. Era un día lluvioso cuando nos encontramos.
–No quise llamar la atención y entré en la cafetería. Cuando vi que era un vampiro, primero pensé que me atacaría, nunca confié en nadie. Pero cuando Alice bajó del taburete y se acercó a mí con sus pasitos de bailarina, su sonrisa y esos sentimientos de alegría, me di cuenta de que ella diferente.
–¿Cuánto tiempo estuviste esperando? –preguntó Aro a mi esposa.
–Veintiocho años –respondió Alice–. Valieron la pena –dijo mirándome con una sonrisa.
Aro estuvo interrogándonos un rato más, preguntándole a Alice sobre qué fue lo primero que vio, cómo se inició en la dieta vegetariana, cómo sobrevivió ella sola cuando despertó. En cuanto a mí, también me preguntó alguna cosa, pero no le di detalles de mi estancia con María, aunque era consciente de que tal vez supiera algo. Aro también nos explicó algo de cuando conoció a Sulpicia.
–Ha sido un placer hablar con vosotros y llegar a un acuerdo –dijo levantándose del sillón y estrechándome la mano y depositando un beso en la de Alice–. Estoy seguro que será beneficioso para todos.
Con Alice cogida de la mano, salimos del despacho de Aro rumbo a nuestra habitación, completamente satisfechos de haber logrado llegar a un trato con Aro.
–Estoy contenta de haber llegado a un trato –dijo Alice mientras rebuscaba en el armario.
–Yo también, nena. Aunque… es extraño en él que haya permitido esto, ¿no crees? –le pregunté a mi esposa, que estaba sacando cosas del armario.
–Aro se ha sentido muy culpable por la visión que tuve, creo que permitirnos esto ha sido como un gesto de disculpa por su parte –dijo ella quitándose la camisa.
–¿A dónde vamos, cielo? –le pregunté alzando las cejas.
–Es una sorpresa –contestó con una de sus sonrisas espléndidas capaces de dejar sin respiración a cualquiera.
–¿Y Aro…
–A Aro se lo he dicho cuando no mirabas, y me ha dado permiso, así que ningún problema. Y antes de que me lo digas, no, Jasper, no te lo pienso decir, lo verás cuando lleguemos.
Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.
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–¡Venga! –gritaba Alice estirándome de la mano para que la siguiera–. ¡Eres una tortuga!
Yo rehusaba a moverme, quería que Alice me explicara dónde íbamos.
–Dime a donde vamos y te seguiré hasta el fin del mundo si es necesario –le dije cruzándome de brazos cual niño pequeño.
–Te he dicho mil veces que no te lo pienso decir, ¡no seas plasta! –dijo golpeando el suelo con un pie.
–Pero Alice, yo…
–Mire, señor Whitlock, como me vuelva a preguntar a donde vamos, le juro que le dejo aquí solo y me voy yo sola sin usted, ¿entendido?
–Está bien, señora Whitlock –dije, no sin poner antes los ojos en blanco. ¿Qué tendría pensado esta mujer?
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–¡Es papá! –gritó Alice sacándose el móvil del bolsillo del pantalón–. Pondré el altavoz.
–¿Alice?
–¡Papá! Hola, ¿cómo estás?
–Echándoos de menos a Jasper y a ti, ¿cómo estáis vosotros?
–¡Muy bien! ¿Sabes qué? ¡Hemos hecho un trato con Aro!
Alice, muy animada, le contó a Carlisle lo que había pasado con Aro. Él nos explicó que Nessie se moría de ganas de ir de compras y que había rehusado a ir con alguien que no fuera su tía Ally. Carlisle se puso muy contento cuando se enteró que Aro nos dejaba regresar, aunque lo mejor hubiera sido que nos hubiera dejado volver para siempre. Pero algo era algo, ¿no?
–¿Has tenido visiones de ellos? –le pregunté cuando colgó.
–No, las he bloqueado desde ya hace tiempo. Me ponía muy triste cuando los veía y prefiero evitarlo –dijo agachando la cabeza.
Agarré su barbilla con mis dedos y le alcé la cabeza para tender un beso sobre sus labios.
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Llevábamos horas y horas corriendo, ni siquiera sabía hacia dónde nos dirigíamos, pero sí que me había dado cuenta de que cada vez los bosques eran más espesos y con mucha más vegetación y población animal. Eso significaba que nos dirigíamos hacia el norte.
–Alice, estamos yendo hacia el norte, ¿no tendrás pensado llevarme a Milán, no? Porque no tengo muchas ganas de ir. La última vez que fuimos te pasaste dos semanas de desfile a desfile y cuando salíamos de allí, íbamos de compras. Y después de las compras, otro desfile. Y otro, y otro,...
Alice paró de correr y alzó una ceja.
–¡Ya vale! ¿De verdad te crees que te voy a torturar así? ¡Qué poco me conoces! –dijo riéndose y volviendo a correr de nuevo.
Al poco rato, Alice se paró y sacó algo de su bolsa. Era un pañuelo gris.
–¿Qué haces? –le pregunté cuando vi que se acercaba a mí con él.
–Taparte los ojos –me dijo con una sonrisa traviesa.
–Uuuiii… ¿qué va a haces usted conmigo, señora Whitlock? –le pregunté con una sonrisa de lado y haciendo movimientos raros con las cejas al más puro estilo Emmett.
–Se me ocurren muchas cosas que hacer con usted en estos momentos, señor Whitlock, pero ahora mismo lo único que haré será conducirlo a un lugar sorpresa –dijo mientras se ponía de puntillas para vendarme los ojos–. ¿Ves algo?
–No –le contesté.
–Estupendo. Ahora te llevaré hasta un sitio, ni se te ocurra hacer trampa. ¿Confías en mí?
–Más que en nadie en este mundo –dije mientras bajaba la cabeza para darle un beso, pero ella se apartó enseguida, provocando que casi me estampara de narices en el suelo–. ¡Oye!
–Si te beso ahora, te quedas sin sorpresa –dijo riéndose.
Me agarró fuerte de la mano y empezamos a andar. No veía por donde iba, pero sí que oía lo que pasaba a mi alrededor. Oía el cantar de los pájaros, la suave brisa del otoño paseando entre las hojas de los altos árboles que no rodeaban, nuestros pasos y el sonido del agua.
Paremos de caminar, Alice me soltó la mano y me dio un beso en la mejilla.
–Ya te puedes quitar el pañuelo –dijo mi amada esposa.
Obedecí, me desaté el nudo y observé a mi alrededor. Quedé alucinado. Todo a nuestro alrededor eran árboles, pero nos encontrábamos en el borde de un acantilado con una vista maravillosa: un lago a nuestros pies, unas cataratas increíbles, grandes montañas rodeando el lago, grandes prados verdes y húmedos por la recién lluvia de días anteriores… Era absolutamente maravilloso.
–Es precioso, ¿verdad? –preguntó Alice deleitándose de el paisaje que nos rodeaba–. Es incluso mejor de que pensaba.
–Es maravilloso –dije embelesado–. Como tú.
Agarré a Alice por la cintura y la besé apasionadamente en los labios.
–Aquí hay animales más grandes, ¿vamos a cazar? –preguntó Alice sonriendo.
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Me senté en una roca al lado de la enorme cascada que descendía a nuestro lado hasta llegar al enorme lago.
–¿Satisfecho? –preguntó Alice acercándose a mí.
–Completamente.
–¿Te apetece darte un chapuzón? –preguntó Alice poniendo su carita irresistible.
–¿Traes bañador?
Me dedicó una sonrisa picarona y después empezó a desabrocharse el botón del pantalón. Rápidamente, se quitó los zapatos, los pantalones, la camisa quedando en ropa interior.
–¿Te bañas o no? –preguntó
–Por supuesto –le contesté levantándome para acercarme a ella.
En un rápido movimiento, Alice se deshizo de las únicas prendas que le quedaban y saltó muy artísticamente desde un saliente de la roca hasta llegar al pozanco que había bajo nuestros pies. Imité a mi esposa, y una vez quedé desnudo, me tiré al agua.
–Está congelada –dijo Alice tirándome agua con las manos y riéndose cual niña pequeña–. Si fuera humana estaría tiritando.
–Si fueras humana, no te habría dejado quitarte la ropa –dije acercándome a ella.
–Si fuera humana, no haría esto.
Alice pasó sus brazos alrededor de mi cuello. Juntó ferozmente sus labios con los míos, moviéndolos con pasión y urgencia. Fuimos nadando sin separarnos ni un milímetro hasta una zona en la que llegábamos al suelo de pie. Seguimos besándonos, sólo éramos lenguas y pasión, labios moviéndose al compás, manos acariciando al ser amado.
Al estar completamente desnudos, mi miembro de rozaba con Alice, provocando que en pocos instantes estuviera listo para estar dentro de ella.
–Te necesito Alice –le dije separando un instante nuestros labios.
–Yo a ti también –susurró juntando sus caderas a las mías, haciendo que nuestros sexos se rozaran.
Agarré a Alice por las caderas, ella me rodeó con sus piernas, y lentamente fui entrando en ella, rodeados de inmensos bosques, el sonido relajante de la cascada que teníamos detrás y el sonido de la naturaleza a nuestro alrededor.
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–¡Yo primera! –gritó Alice tocando la roca que había al lado de la esplendorosa cascada.
–¡Eres una pequeña tramposa! –le grité haciéndome el ofendido–. Tú saliste primero, eso no se vale.
–No es culpa mía si nado más rápido que tú –dijo a la vez que me sacaba la lengua.
–Con que esas llevamos, ¿eh? ¡Ven aquí pequeña tramposa! –grité empezando a perseguirla por el agua.
La verdad es que sí que nadaba muy rápido, era una estupenda nadadora, pero aun así, logré cogerle el pie antes de que escapara de mi alcance.
La abracé entre mis brazos, ella no opuso ninguna resistencia. Colocó sus brazos alrededor de mi cuello, nos miramos fijamente a los ojos mientras la inmensa cascada de agua caía justo a nuestro lado, ensordeciendo cualquier otro sonido. Sólo se escuchaba el sonido del agua cayendo a gran presión, pero yo lo único que veía era a ella. A mi esposa.
–Te amo tanto –me dijo Alice apoyando su cabeza sobre mi pecho–. No sé qué haría sin ti.
–Yo tampoco sé qué haría sin ti –dije besando su cabello.
Estuvimos un largo rato así, abrazados dentro del agua, amándonos y besándonos.
Después de unas horas, ya se había hecho de noche. En el cielo brillaba una hermosa luna llena, mientras Alice y yo estábamos sentados al lado de una hoguera y de una tienda de campaña improvisada que acabábamos de montar.
–Ha sido un día maravilloso –le susurré a Alice–. Gracias por hacerme tan feliz.
–Te amo –dijo incorporándose para juntar nuestros labios.
–Y qué le parece, señora Whitlock, si ahora que hemos cenado, nos hemos bañado, hemos recorrido los alrededores, vemos las estrellas desde el prado de allí abajo –le sugerí a Alice, la cual pegó un brinco y se levantó.
–¡Sí! ¡Sí! ¡Vamos a ver las estrellas! –gritó emocionada pegando saltitos.
La agarré por la cintura mientras caminábamos al prado, que estaba a pocos metros de donde habíamos asentado nuestro campamento. La hierba estaba bastante húmeda, por lo que puse una mantita en el suelo y nos tumbemos encima. Alice estaba tumbada a mi lado, con la cabeza apoyada en mi brazo y con una gran sonrisa en su rostro.
–Quien me hubiera dicho a mí alguna vez, mientras estaba en el ejército, que llegaría el día en que estaría al lado de una mujer maravillosa, contemplando las estrellas y más feliz de lo que había sido nunca –dije mirando de reojo a Alice–. Me cambiaste la vida Alice, le diste un sentido, me diste amor. No te puedes llegar ni a imaginar de lo que significas para mí.
Ella sonrió, mirándome llena de amor y ternura en su mirada.
–Yo aun recuerdo la primera vez que miré las estrellas. Estaba sola, vestida como una vagabunda y sin saber quién era. Fue la noche del primer día que desperté. Estaba muy asustada, no sabía qué era, cómo me llamaba ni nada de nada. Lo único que me mantenía firme, era la visión que había tenido de cierto caballero sureño diciéndome que me amaba. Eso me mantuvo en pie, la esperanza de saber que algún día iba a encontrar a alguien que me amaría sobre cualquier cosa. Y ahora, aquí estoy, acompañada de un hombre maravilloso al que amo con locura. No sabes lo feliz que soy en estos momentos.
–Créeme –dije acariciando su bello rostro–, lo sé.
Ella sonrió. Se puso de lado para mirarme. Las estrellas pasaron a ser un plano secundario, mis ojos sólo la veían a ella. El centro de mi universo. Mi vida entera.
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–¿Y qué tienes pensado para hoy? –le pregunté mientras recogíamos la tienda de campaña.
–No gran cosa, cazar un poco, dar un paseo, bañarnos en el lago, lo que tú quieras –dijo sonriendo.
–¿Lo que yo quiera? –pregunté dejando en el suelo la tela que llevaba en las manos para acercarme a ella–. Sé perfectamente lo que quiero, señora Whitlock –dije a la vez que tiraba su bolsa al suelo y la besaba apasionadamente contra un árbol.
¡Hola! Bueno, pues ya vuelvo a estar aquí :D ¿Ven? No he sido tan mala como para matar a Jasper xD jajajajaja qué mala he sido, pero, dejándolas tanto tiempo con la incertidumbre. Sí, sé que me pasé tanto que incluso dijeron de no leer nada más de esta historia, pero como ven sólo fue una visión de Alice… no se enfaden! Jijiji Amo demasiado a Jasper y a Alice como para matarlos u.u Aunque en una visión sí ;P
Por si alguien se lo pregunta, me fueron muy bien los exámenes, aunque hasta final de mes no sabré la nota u.u Muchas gracias por sus ánimos y su apoyo ^^ ¡Os amo!
Muchas gracias por sus comentarios, sus alertas y sus favoritos que tan feliz me hacen! ;D
Besos,
Christina.
