Saludos desde Ecuador para mis lectores:

Me tardé pero lo logré, aquí les traigo un capítulo más de este fic. Esta es mi forma de dar la bienvenida al 2013, el cual espero que nos traiga cosas buenas a todos nosotros.

Agradezco a todas las personas que leyeron esta historia en 2012 y también a quienes me apoyaron con sus comentarios. Gracias Hikaru Kino88, Blue Forever, Pegasasu No Saya y Tatily por sus más recientes reviews.


[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012

Escrito en Ecuador por Kazeshini


CAPÍTULO 37: ¡ENFRENTAMIENTO! EL REGRESO DEL SANTO DE ORO LEGENDARIO


==Maravilla Suprema, Selva de Eldorado==

Una hermosa aura de color verde azulado bañaba el cuerpo de Cavillaca de Colibrí.

Viendo a la inca en pose amenazante, Mar hizo su parte alzando la guardia, esperando muy atenta los primeros movimientos de quien intentaba atacarla.

—No me contendré al combatir contra ti —amenazó enérgica la sudamericana, clavando una mirada furtiva sobre la invasora de su territorio—. Perteneces a la noble orden de los Santos de Atenea y aún así te has rebajado al nivel de una vulgar ladrona.

La imprecada decidió no contestar a las infundadas acusaciones de su interlocutora. Sabía que sería inútil hacerlo, así que en silencio se mantuvo quieta e intentó concentrarse en el combate.

Solo había algo que seguía inquietando a la Amazona en cloth negra: Poco a poco caía presa del nerviosismo y la duda… Aunque había pasado corto tiempo desde que logró despertar su cosmos gracias a su gran poder de voluntad, aún así no conocía prácticamente nada sobre estrategias de batalla, ni tampoco las respectivas técnicas de su constelación guardiana.

El nerviosismo de la chica gradualmente empezaba a convertirse en desesperación, al sentir elevarse el cosmos de su oponente en mayor proporción.

Su reacción instintiva fue tratar de imitar a la enemiga y encender su propia aura cósmica en la misma proporción, pero había algo que no le permitía manifestar su verdadero poder.

—«¡No lo entiendo! —se dijo a sí misma la chica de cabellera negra, sintiendo como el sudor frío bañaba su frente—. ¡¿Por qué no puedo elevar mi cosmos tal y como lo hice en el instante en que ascendí hacia este lugar?! ¡¿Qué me pasa?! ¡Tampoco puedo sentir la fuerza y seguridad que me permitieron desenterrar los materiales del señor Kiki!»

La representante de Q'inti lentamente se iba acercando a la inexperta Mar, quien instintivamente retrocedía con cada paso que avanzaba la Guardiana.

—No seas cobarde, pequeña. Ya que tú no tienes la voluntad para luchar, seré yo quien tome la iniciativa.

—No pienso claudicar ante ti, Cavillaca —alegó la muchacha de Coma Berenices, intentando ocultar sus inseguridades con un tono convincente—. ¡Recuperaré las armaduras doradas que originalmente le pertenecen a Atenea!

La joven de cabellera negra en trenza lanzó golpes al azar a su contendiente, los cuales, a pesar de estar reforzados por el cosmos celeste de la Ateniense, eran esquivados con relativa facilidad.

—Parece ser que me has estado mintiendo todo este tiempo —manifestó la mujer en armadura emplumada, esquivando una patada baja de un brinco—. Se ve que no sabes nada sobre el combate real. ¡No eres un Santo Femenino de Atenea como afirmabas!

Con un rápido movimiento, la inca eludió un último embate, para aprovechar la guardia baja de la inexperta guerrera e inmovilizarla con sus brazos. Un potente abrazo frontal bastó para atenazar por completo a la Amazona.

Mar forcejeaba por liberarse, y más al sentirse incómoda al estar tan cerca del rostro de su rival, quien de hecho tenía una marcada expresión de disgusto en su semblante. Sus ojos encendidos en púrpura reflejaban el desprecio que le tenía a la invasora, y mucho más al tenerla tan de cerca.

—¡Mantente quieta, Mar! —le ordenó con autoridad—. Tampoco me agrada la idea de tenerte así de cerca, pero un contacto físico como este es necesario para ejecutar mi técnica…

A la aludida se le dilataron las pupilas de terror al escuchar estas palabras. Por primera vez en su vida recibiría los efectos del poderoso ken de un enemigo.

—¡'Caleidoscopio Primaveral'!

Los ojos de la protectora de Viracocha resplandecieron como un arcoíris y miles de combinaciones de colores que se retorcían en simétricas y confusas formas geométricas, invadieron el campo de visión de la aturdida joven. El ambiente selvático fue reemplazado de repente por la perturbadora visión de inquietos y vivos colores, los cuales provocaban efectos nocivos en su víctima, quien poco a poco iba perdiendo su capacidad sensorial.

Viendo que Mar había caído en un profundo trance al ser presa de su ken, la joven mujer de blanca cabellera rizada vio seguro soltarla de su abrazo. Acto seguido, se camufló entre la infinidad de combinaciones cromáticas que había creado.

—«Sé que me escuchas, porque estoy hablando directo a tu mente —empezó a decirle desde la nada a quien había paralizado con su ken—. Antes de enviarte al otro mundo, debes saber que hicieras lo que hicieras, jamás habrías podido vencerme. A mi compañero Wayra se le otorgó un don divino, al igual que a mí… Poseo la bendición de la poderosa deidad femenina inca llamada Mama-Ocllo, quien en su infinita bondad me obsequió el don de la 'Victoria Perpetua'. Es imposible que yo pierda, porque puedo conocer al instante cuáles son las fortalezas y debilidades de cualquier ser humano para aprovecharlas a mi favor…»

La técnica de parálisis había aplacado por completo a la joven Mar, quien al escuchar en el interior de su mente las palabras de su enemiga, intentó idear alguna forma para deshacerse de la ilusión arcoíris.

—«No puede ser… tan fácilmente caí en la trampa de Cavillaca —reflexionó para sí misma la muchacha, dejando escapar lágrimas de sus entonces opacos ojos celestes—. A este paso no podré cumplir con las expectativas de mis compañeros de Plata ni del señor Kiki».

—«Precisamente, pequeña. No eres más que una vergüenza… —respondió para su sorpresa la mujer inca en sus pensamientos—. Y que no te extrañe que pueda leer tus cavilaciones. Cuando alguien recibe los efectos del 'Caleidoscopio Primaveral', no solo puedo leer sus fortalezas y debilidades, sino que también puedo anticiparme a sus acciones».

—«Si ya conoces mis fortalezas, entonces tendré que potenciarlas para vencerte».

—«Lo siento, Mar, pero solo veo debilidades en ti. Y de hecho la principal de ellas radica en tu cuerpo. Por lo visto acabas de recuperar tu capacidad de caminar hace poco, y todavía no te acostumbras a los cambios en tu físico. Vencerte será más fácil de lo que esperaba.»

Sin que ésta lo notara, tres zonas del cuerpo de la chica de Rodorio empezaron a emitir ligeros destellos de luz blanca. Una en el hombro izquierdo, otra en el centro del cuello y una última en pleno corazón.

—«La constelación de Cabellera de Berenice está compuesta por tres estrellas. Aprovechando el hecho de que no has formado un vínculo fuerte con la cloth de tu formación de astros, te derrotaré atacando tus puntos estelares… Ni siquiera una saqueadora como tú merecería el sufrimiento que está a punto de experimentar… ¡'Dolor Eterno'!»

La Guardiana de Colibrí no exageraba con sus advertencias telepáticas. Apenas pronunciado el nombre de su segunda técnica, su víctima fue presa del dolor más terrible que podría existir. Mar no pudo evitar gritar a toda voz al sufrir tan inconcebible tortura en las tres áreas de su cuerpo antes mencionadas. Cada uno de sus puntos estelares parecía ser taladrado repetidamente desde su mismo interior por una fuerza punzante que incluso había agujereado las piezas de su cloth.

En medio de su indescriptible martirio, la agredida aún intentaba resistirse al cruel castigo. Desesperadamente lanzaba débiles golpes al aire, esperanzada por impactar con alguno a Cavillaca para que detenga el martirio.

—«¿Entonces así se siente estar completamente sola? —elucubró la muchacha, en medio de la demencia que le producía su agonía y la desagradable combinación de colores—. ¿En la Tierra logré alcanzar mi potencial porque tenía a personas apoyándome?... Sí… debió ser eso… Si el señor Kiki, mis compañeros de Plata y la señorita June no hubiesen estado conmigo, yo jamás habría hecho bien las cosas por mí misma».

—«Vaya… recuerdo que aseguraste que habías sentido un gran dolor en el pasado, pero veo que el actual lo supera. Por otro lado, creí que las mujeres que luchan para Atenea tendrían una mentalidad más decidida, pero no te culpo por querer rendirte, Mar. Mi técnica llamada 'Dolor Eterno' imita la velocidad de los aleteos del colibrí para producir un sufrimiento continuo del que no podrás escapar. Como ves, combinadas mis técnicas son infalibles».

Y en efecto, el confuso ambiente psicodélico que envolvía la jungla, aparte de paralizar a la Amazona, también parecía incrementar la intensidad del suplicio. Sus piernas tambalearon y cayó de rodillas, intentando contener la sangre que escapaba en delgados hilos por sus tres heridas. Su cosmos se había apagado por completo para ese momento, pero aunque en su mente aún tenía confusión y dudas, se incorporó nuevamente y se puso en la tarea de continuar lanzando sus débiles arremetidas al azar.

—«Cavillaca… puede ser que el dolor y mi humanidad me hagan tener dudas en momentos críticos… pero eso no quiere decir que me rendiré ante ti. ¡Es cierto que estoy sola acá arriba, pero si quiero ser una guerrera digna de servir a Atenea, lucharé sin ayuda hasta vencerte. Aunque ya no queden residuos de cosmos en mi cuerpo, te venceré!»

Los huesos de la clavícula y esternón de la joven de Coma Berenices estaban a punto de ser completamente perforados. Cuestión que habría dejado desprotegidos sus órganos vitales, sin embargo, intempestivamente la guerrera de melena blanca detuvo sus dos técnicas.

—Ya tuve suficiente —sentenció la sudamericana, reapareciendo entre la espesura de la selva—. Es hora de terminar de una vez con esta batalla sin sentido…

Mar había caído nuevamente tras volver la normalidad el escenario y detenerse su agonía. No obstante, la Amazona era incapaz de recuperarse para reaccionar a lo que vendría a continuación.

Viéndola recostada sobre un charco de su propia sangre, Cavillaca extendió una aguda púa desde el metal de su guantelete izquierdo y la acercó a pocos centímetros del rostro de la indefensa chica.

—Observa bien esto, pequeña. Este el pico del sagrado Q'inti. ¡Te ejecutaré con él si te niegas a rendirte y no admites que eres solo una ladrona de reliquias incas!

Por unos segundos que parecieron eternos, el silencio reinó en el lugar de la batalla. A pesar de la terrible amenaza, la Guerrera de Atenea no parpadeó una sola vez y su mirada mostraba un intenso brillo que denotaba su determinación.

—Prefiero morir… antes que rendirme contra alguien tan bajo como tú…

—Entonces esa es tu respuesta… Fue un honor pelear contra ti, Mar de Cabellera de Berenice…

Con un rápido y simple movimiento, Cavillaca hundió su arma directamente en el corazón de la expuesta joven en armadura de metal desconocido.


==Estados Unidos==

Todo permaneció en absoluto silencio tras la súbita desaparición de Isis y Evan. Solo dos sarcófagos egipcios se mantenían estáticos, como mudos testigos de la sangrienta batalla que acababa de acontecer.

El ataúd que se encontraba a la derecha del cadáver de Anubis se abrió lentamente tras emanar flamas negras. De su interior escapaba un denso vapor de la misma tonalidad, haciendo imposible ver el contenido del cofre.


==Maravilla Suprema, Bosque de Luonnotar==

Tras la terrible batalla en territorio finlandés que terminó con el deceso de dos diosas; los tres guerreros que habían enfrentado a Mielikki aún se mantenían con vida, pero sus condiciones eran lamentables y se encontraban casi al borde de la muerte.

Marin de Águila fue la primera en recobrar la consciencia. Tambaleándose, avanzaba entre los árboles sin importarle sus heridas. Estaba ansiosa por encontrar a su compañera de oro y a su hermano menor.

—«No puedo sentir ningún cosmos en el bosque —reflexionó desesperada la Amazona de Plata—. Shaina… Touma… por favor, resistan…»

Algo detuvo su doloroso avance. Una extraña sensación invadió su corazón y la obligó a voltearse para mirar a ninguna parte. Por alguna razón su instinto provocaba que su corazón lata velozmente.

—Este sentimiento me es familiar… —se dijo en un susurro, levantando por inercia su cansada mirada azul hacia las copas de los árboles, las cuales dejaban colar delgados rayos de sol entre sus ramas—. Es imposible que hayas escapado del castigo que te impusieron los dioses…


==Estados Unidos==

Un visiblemente frustrado Ikki de Leo arribó a la plaza donde se desarrollaba la contienda entre el dios de los muertos y el joven de bronce.

—¡Demonios! —maldijo el recién llegado, descargando su ira con un certero puñetazo en una pared que tenía cerca—. Me distraje intentando buscar el cosmos de ese sujeto Ra y no me apresuré en ayudar al novato, aun cuando sentí que su alma se corrompía. ¡No debí creer que él podría sobreponerse solo al odio que crecía en su interior!

Lo único que encontró el Santo de Oro fue silencio absoluto y dos cofres mortuorios que parecían haber emergido desde las entrañas de la tierra, para permanecer en una quieta posición vertical. Pero lo que en realidad le extrañó, fue que uno de los sarcófagos estaba abierto y vacío…

—No tengo tiempo para distraerme con estos objetos. Encontraré a Evan y lo liberaré de esos malos sentimientos. Lo que menos me hace falta en este momento es lidiar con uno de mis propios compañeros.

Al girarse para abandonar la escena, Ikki se sobresaltó cuando vio lo que se presentaba ante él: La imperceptible presencia de un hombre a sus espaldas lo había estado escoltando desde que llegó a la plaza.

Se trataba de un joven y atlético guerrero de corta cabellera castaña ensortijada. Aquel invasor ataviado en una bella armadura de metal blanco casi platinado, tenía su indescifrable mirada verde posada sobre el Caballero de Atenea.

—Tú… tú eres…

—Así es, Ikki. Soy Aioria de Leo…

El actual dueño de la cloth del quinto signo del zodiaco se veía sumamente impresionado al tener a su antecesor cara a cara. Casi no podía articular palabra ante tal sorpresa.

—Esto debe ser un error… Se suponía que el espíritu de Aioria fue encerrado en el monumento a los Caballeros Dorados que se erguía en el Santuario.

Quien decía ser el Legendario Leo, escrutó al antaño Fénix con la mirada. Casi no le había prestado atención a sus palabras, ya que su atención estaba concentrada en la armadura de oro que vestía el de cabellera azulada.

—No imaginaba que alguien como tú sería el heredero de mi cloth dorada —manifestó pausadamente y en tono tranquilo el guerrero de atavíos blancos—. Dejando a un lado el hecho de que no posees ninguna relación con mi constelación, me extraña que Atenea te haya dado el honor de formar parte de sus Caballeros más poderosos. Supongo que su imprudencia le obligó a caer en la desesperación, al estar ansiosa por tener nuevamente doce Santos de Oro protegiéndola.

—El verdadero Aioria no diría cosas como esas…

—Piensa lo que quieras, Fénix… pero tú sabes que no mereces portar esa armadura de oro. Supongo que te otorgaron el derecho a usarla solo como un mero obsequio por tus supuestos logros.

Ikki se mantuvo en silencio por un momento. No supo refutar las palabras de quien parecía ser el antiguo León Dorado. En su mente solo estaba presente la idea de que en realidad no deseaba abandonar su armadura original del Fénix para convertirse en un Caballero Dorado.

—¿Qué sucede, Ikki? —añadió el castaño con un nuevo tono frío e hiriente—. ¿Acaso no puedes soportar el hecho de que tu generación no es lo suficientemente digna y poderosa, como para compararse con los doce que sacrificamos nuestras vidas en Giudecca?

—Definitivamente alguien como tú no podría ser mi antecesor —replicó contrariado el aludido—. Respeto profundamente a todos y cada uno de los valientes que habitaron las Doce Casas antes que nosotros. Y ese respeto nace precisamente de la nobleza y lealtad que mostraron en el Inframundo, y todo para darnos la esperanza de que los mortales sí podíamos alcanzar el territorio de los dioses. ¡Alguien que menosprecie a sus compañeros es una deshonra! ¡Es un impostor como tú quien no merece vestir siquiera esa mala imitación de la cloth de Leo que portas!

Ikki se refería al diseño de la armadura blanca que vestía a su oponente, el cual era idéntico al de la suya. La única diferencia entre ambos era que el Dorado no portaba su casco de Leo, ya que Horus se lo había arrancado cuando lo golpeó en el rostro durante su combate.

—La verdad me tiene sin cuidado si crees o no en mis aseveraciones, pero ya que eres un hombre de hechos y no de palabras, te demostraré que soy el verdadero Aioria…

En un parpadeo la energía cósmica del guerreo en cloth blanca se elevó a niveles insospechados. Por un momento a Ikki le pareció que el poder de aquella aura dorada superaba incluso a la de los Guardianes egipcios. En silencio simplemente se limitó a ocultar el asombro en su rostro y disfrazarlo con su característico entrecejo fruncido, mientras que por su parte su rival concentraba la energía emanada en su puño.

—Al ser el Santo Dorado de Leo, imagino que dominas y podrás detener mi técnica insignia… ¡'Plasma Relámpago'!

Ikki quedó paralizado al ver acercarse una red formada por una multitud de finos rayos de luz dorada. Cada uno de los millones de golpes de plasma luminoso pasó de largo a su víctima, apenas acariciando su armadura dorada. Su objetivo no era impactar en el Santo, sino sobre un edificio que se erguía detrás de él. El fortísimo conjunto de letales líneas de luz entrecruzadas, colisionó en la base de la estructura y la derrumbó sobre sus cimientos como si de un castillo de naipes se tratase.

—La próxima vez que ejecute mi ken, no será sobre un simple edificio —amenazó el enemigo con malicia en sus palabras—. Tu cuerpo será destrozado cuando despliegue el 'Plasma Relámpago' nuevamente.

Por un momento el Dorado se volteó para ver de reojo la terrible devastación que había causado su nuevo contendiente. Su furia fue extrema al conocer de antemano que cientos de personas se encontraban dentro de esa edificación.

—¡Maldito infeliz! ¡Eres un demonio corrompido por la maldad! ¡Un Santo de Atenea jamás atentaría contra la vida de inocentes! ¡Seas o no Aioria, no tenías derecho a cometer una atrocidad como esa!

Al agresor le tenían sin cuidado las iracundas palabras del Ateniense. Aún rebosante de poder dorado, cambió su actitud fría a una más usual de él.

—Dime una cosa, Ikki: ¿Acaso sientes al menos residuos de maldad en mi cosmos? ¿Acaso mis ojos ya no reflejan la nobleza y el corazón valiente, que siempre me caracterizaron cuando portaba esa armadura dorada que ahora vistes sin ningún mérito?

Una vez más el aludido se quedó en silencio. Las últimas acciones y palabras del enemigo le dieron la certeza de que estaba enfrentando al auténtico León Dorado, quien en pocas palabras era el mismo que había conocido cuando aún se mantenía con vida.

—Entonces así son las cosas… —habló al fin el antaño Fénix, con cierta resignación en su voz—. Es evidente que fuiste revivido en ese extraño sarcófago abierto. Solo respóndeme algo, Aioria: ¿Vendiste tu alma a los dioses egipcios, para traicionarnos a cambio de la efímera vida que ahora posees?

—Fui revivido tiempo antes de ingresar en aquel ataúd, pero no poseía un nivel de poder como el actual, hasta que el señor Anubis reforzó mi cosmos con la energía vital de cientos de personas… No, espera… —se corrigió haciendo una pequeña pausa—. No fui revivido. En ningún momento morí en realidad... Lo que hice fue nacer como un hombre renovado. Abrí los ojos a la verdadera misericordia y magnanimidad, las cuales no pertenecen a Atenea como ustedes creen. Es mi señora Morrigan quien posee la bondad absoluta.

Solo con la simple mención del nombre de la diosa celta de la oscuridad, Ikki perdió el control y se dejó dominar por su ira. El recuerdo de las atrocidades por ella cometidas en el Santuario, y las tantas vidas de sus aliados que había segado; estaban presentes en su furioso pensamiento.

Por instinto Ikki lanzó un rabioso puñetazo llameante al rostro del Santo Blanco de Leo, quien con cierta dificultad logró contenerlo con su mano derecha, antes de que el golpe impacte en su rostro.

—¿Es que no lo entiendes Fénix? —le cuestionó el agredido, aún forcejeado con el puño de su rival—. ¡Atenea no merece más mi lealtad! ¡Porque a pesar del gran sacrificio de mi hermano Aioros y de toda mi generación de compañeros de oro en el Muro de los Lamentos; ella no movió un solo dedo por liberarnos del martirio que nos impusieron los dioses griegos! ¡Fue Morrigan quien, incluso perteneciendo a un panteón diferente de deidades, tuvo la amabilidad de sacarnos de aquel suplicio! ¡Mientras Atenea nos había olvidado en medio del limbo, fue Morrigan quien extendió su divina mano para rescatarnos de la oscuridad infinita en la que nos encontrábamos sumidos!

—¡Eres tú quien no entiende, Aioria! —le increpó el actual Leo, presionando más con su puño para romper la defensa de su oponente—. ¡Aunque ahora puedas disfrutar de la luz del mundo de los vivos, tu corazón sigue muerto y envuelto en la más densa oscuridad!

—No hay razón para seguir escuchando tus sandeces…

A vertiginosa velocidad, Aioria arrojó una poderosa esfera de luz concentrada al rostro del hombre en cloth de oro. El impacto fue tan potente, que logró proyectar violentamente al agredido contra una estatua que se encontraba a distancia considerable, haciéndola pedazos con su cuerpo tras la estrepitosa colisión.

—Vaya tonto… —añadió despectivamente el antaño Dorado—, cometiste un error básico, dejando desprotegida tu cabeza al no usar tu casco. Hagas lo que hagas, siempre mantendrás el nivel de un simple Caballero de Bronce.

Una fuerte risa retumbó entre los restos del monumento destruido.

—Para mí es un halago el que recuerdes que sirvo a Atenea desde que era un Santo de Bronce —intervino Ikki riendo para hacer perder la calma a su agresor—. Estoy orgulloso del vínculo que aún mantengo con la constelación del Fénix.

Retirando los escombros de roca que lo enterraban, se reincorporó y señaló amenazante a Aioria para decirle unas palabras llenas de convicción:

—No me hables de errores básicos, traidor… ¡Ambos pelearemos sin casco en igualdad de condiciones!

—¿De qué hablas? No me obligarás a quitarme el…

Aioria calló su réplica cuando sintió que su diadema blanca de Leo se rompía bruscamente sobre su cabeza. Una sección afilada de metal incluso lastimó un costado de su frente, haciéndola sangrar.

—Admito que tu velocidad y fuerza son bastante impresionantes —lo elogió el guerrero blanco de Morrigan, al tiempo que limpiaba el líquido vital que derramaba su rostro—, pero eso no significa nada en comparación con lo que yo puedo hacer… Mi poder incluso ha superado al del Caballero de Oro promedio.

El castaño usó su prodigiosa velocidad para acercarse al Santo y tomarlo firmemente por el cuello con una mano. No solo su cosmos había aumentado tras regresar a la Tierra, su fuerza física también se había incrementado y la muestra era la relativa facilidad con la que estaba asfixiando a Ikki.

—Hablabas de luchar en igualdad de condiciones, ¿cierto?, pero no sucederá con alguien como tú… Tanto criticas mi deshonra al traicionarlos y eres tú el pecador que osa vestir esa armadura, sin siquiera aceptar la protección de la constelación de Leo.

Propinándole un fuerte rodillazo en el antebrazo, Ikki se soltó de la garra. En una rápida maniobra, aprisionó al rival rodeándolo por el cuello con el brazo extendido. Acto seguido, lo estrelló rabiosamente contra el pavimento, destrozando el piso en el proceso y levantando una espesa nube de polvo y escombros.

Teniendo al antaño usuario de la cloth de Leo aturdido por el golpe, el actual portador de dicha armadura aprovechó para seguir descargado su ira con sus palabras.

—Puede ser que no esté completamente satisfecho con mi papel de Santo de Oro, ¡pero aún así planeo cumplir la misión que Atenea me ha encomendado, sin importar quien intente detenerme!

El recién golpeado se reincorporó en medio del dolor. Con desprecio escupió la sangre que se había acumulado en su garganta, y con la misma aversión observó a su oponente.

—Ikki… —lo llamó un tanto furioso, disipando el polvo en un santiamén con el impulso generado por su fuerza cósmica dorada—. Es una lástima que no puedas respaldar esas palabras… Te advertí que la próxima vez que despliegue el 'Plasma Relámpago' lo impactaría contra tu cuerpo.

—Te afectó demasiado el golpe que te di. En ningún momento ejecutaste tu técnica.

Pero el Santo de cabellera azulada se equivocaba. Aioria estaba consciente del hecho de que un ken no suele funcionar dos veces contra un Caballero, así que, en millonésimas de segundo, se las arregló para camuflar la ejecución de su técnica, sin que el Dorado se percate de ello.

Ikki apenas y pudo contemplar la compleja red entretejida de incontables líneas de luz que colisionó sobre su desprevenido ser. Los rayos de plasma dorado salidos de la nada vapulearon a su objetivo de manera salvaje, incluso cuarteando severamente las piezas de las que se componía la armadura de Leo.

Abatido, el agredido se desplomó de boca sobre el cemento. El efecto del ken parecía haber sido más devastador que de costumbre, ya que quien lo había recibido no daba señales de siquiera moverse o reaccionar.

—Ese es el poder de un auténtico León Dorado, quien pasó por miles de vicisitudes para poder ganarse el derecho de portar esa armadura que me vi en la penosa obligación de averiar…

Continuará…


Gracias por acompañarme una semana más en una entrega de este fic, el cual espero terminar en el transcurso de este año .

Nos vemos en el siguiente capítulo o en el siguiente dibujo en el face. ¡FELIZ 2013!