CAPÍTULO XXXVIII: GOTTLIEB
Menos de dos días. Según los últimos cálculos de Gottlieb era lo que tenían hasta que se produjese el ataque. Y por una parte, era una buena noticia. Según esos mismos cálculos, el tamaño de la grieta indicaba que esperaban un kaiju de categoría 3. No es que un kaiju de categoría 3 se pudiera calificar de "buena noticia", ningún kaiju podría considerase como tal, hasta el más raquítico y escuálido era capaz de acabar con cientos de vidas en apenas unos minutos. Y un categoría 3 por definición no era ni raquítico ni escuálido. Pero un categoría 3 no era un categoría 4 y cuando uno está desesperado se agarra a un clavo ardiendo.
Eso era lo "bueno", lo malo era que tenían poco tiempo para prepararse. Con el gran inconveniente de que, en realidad, no podían prepararse. El plan pasaba porque Raleigh y Mako no entrasen en la deriva y eso, no había duda, les pasaría factura física y emocionalmente, no había forma humana de que se pudieran recuperar con tiempo suficiente para intentarlo más de una vez. Eso implicaba es que hasta el momento del ataque no podrían probar si el plan funcionaba o no. Mientras tanto, se tenían que conformar con hacer aproximaciones. Debían practicar su sincronización a la vez que reducían cada vez más el tiempo, pero sin sobrepasar en ningún momento el punto crítico. Y eso añadía una nueva dificultad a todo el asunto, en realidad nadie sabía dónde estaba el punto crítico.
Por supuesto, el manual daba un dato, pero ya nadie se planteaba seguir el manual. De hecho, en aquel momento Gottlieb estaba usando el manual para elevarse un poco en el asiento y tener así una mejor visión del jaeger en el que se encontraban Raleigh y Mako haciendo pruebas. Si todavía existieran los Record Guiness (y las circunstancias fueran otras), pensó, les llamaría porque sin duda estaban batiendo uno: el de número de veces que una persona puede hacer una deriva en un solo día. En aquel momento estaban en la novena vez, o ¿era ya la décima? Llevaban horas con aquello y estaban todos exhaustos, pero estaba claro, mientras que Raleigh y Mako quisieran continuar, nadie se iba a mover de allí.
A excepción de Herc, por supuesto, que llevaba todo ese tiempo en el simulador con Schitalch y Kim trabajando con ellas técnicas de lucha. En un primer momento Herc había insistido en trabajar con ellas la entrada en la deriva, estaba claro que el nuevo plan seguía sin gustarle lo más mínimo. Herc había tenido que tomar la decisión de desconectar a Raleigh y era una decisión que había tenido que tomar poniendo sus obligaciones como jefe por delante de sus sentimientos como amigo. Y no quería tener que volver a hacerlo. Gottlieb sabía que cada vez que Herc miraba a Raleigh sentía una gran alegría porque estuviera vivo, pero que también sentía culpa. Él también la sentía, no podía sino pensar que si hubiera esperado unos instantes más antes de abortar, Mako hubiera podido traer a Raleigh de vuelta con ella y no hubiera pasado todo ese tiempo en coma.
Y por esa misma razón, aunque el plan hubiera sido idea suya, en realidad le gustaba tan poco como a Herc. Hubo un tiempo, en el que para él todo había sido mucho más sencillo, en el que todo habían sido números y ecuaciones, que no había que elegir entre amigos y extraños. Pero ese tiempo había pasado, él lo sabía, Herc lo sabía y Raleigh y Mako lo sabían y por eso estaban todos donde estaban en ese momento. Herc en el simulador, él en el puesto de control, y Raleigh y Mako, a juzgar por sus caras tras esa última deriva, en el punto crítico.
