Los ojos de mi hermano permanecían observándome fijamente. La profundidad e intensidad de su mirada hacía que me estremeciera ante la posibilidad de que algo malo estuviese a punto de relatarme.
Su rostro iba endureciendo sus rasgos y poco a poco pude ver como sus ojos comenzaban a cambiar de color. El tono castaño iba desapareciendo comenzando a dejar paso a un rojo tan intenso como la sangre.
Un grito ahogado intentó escapar de mi garganta mientras mi mente intentaba hacer que mi cuerpo me obedeciera. Debía salir de allí corriendo. No sabía lo que se sucedía pero aquella visión era terrorífica. Su piel iba empalideciendo y sus dientes se volvían aún más blancos hasta alcanzar el tono de la nieve.
Mi respiración se volvió irregular y sentí como mis ojos se llenaban de lágrimas. Era exactamente igual que ver a la propia muerte delante de ti. Sabía que no tendría más vida pues mi propio hermano me mostraría mi final.
Cerré los ojos y cuando al fin encontré la voz para chillar, él tapó mi boca. Abrí rápidamente mis párpados encontrándome con aquellos ojos encendidos. Estaba al borde del colapso. ¿Qué le estaba pasando a mi dulce hermano?
- Tranquila, Helen -susurró con una voz más melosa de lo normal.- No te haré daño.
Su voz, aquel tono tan monocorde y pacífico conseguía calmar mi ansiedad sin yo pretenderlo. Sentía como si una cálida manta rodease todo mi cuerpo protegiéndome de cualquier mal. Como si careciese de voluntad.
- No puedo hacerte daño -susurró y sus labios besaron mi frente.
Mis hombros se destensaron y a pesar de seguir aterrorizada con mi mirada fija en aquellos ojos perturbadores, pude notar como mi cuerpo estaba en paz.
Como si supiera lo que sentía quitó poco a poco su mano de mis labios y me sonrió. Su mano acarició mi mejilla y sentí como era tan fría como el hielo pero suave, muy suave.
- Yo soy una criatura, Helen. Soy un vampiro -murmuró.
Era la primera vez que escuchaba esa palabra. En la vida había conocido una existencia diferente a la humana, salvo la animal y la vegetal.
- ¿Qué… qué es un vampiro?
Complacido por mi pregunta sonrió y se separó de mí un paso sabiendo que no huiría ni tampoco gritaría. Mis manos se apoyaron sobre mis rodillas encima del vestido y le observé atentamente.
- Yo soy un vampiro. Somos seres que nos alimentamos de sangre… sangre humana -frunció el ceño.
- ¿Sangre humana? -repetí con un hilo de voz.
- Así es. Es una condición horrible pero esta naturaleza posee tantas ventajas, Helen. Poseo los instintos de un animal, incluso más. Sé lo que otros piensan, soy más fuerte, más rápido y la noche es mi aliada. Las horas nocturnas son mi reino. Nadie puede engañarme…
- Pero…. pero ¿cómo? ¿naciste así? -pregunté incrédula.
- ¡Oh, no, mi inocente Helen!
Se acercó sentándose a mi lado sobre mi cama y rozando con suavidad una de mis manos.
- ¿Recuerdas la batalla en la que me dieron por fallecido? -escrutó mi mirada.
Observando sus ojos rubí intensos recordé aquel fatídico momento en el que me había sentido más sola que nunca.
Se abrió la puerta del enorme salón donde celebraban los reyes un nuevo baile. Querían quitar la atención de esa guerra que estaba en pleno apogeo entre Cronsworld y el reino de Showred, el reino de mi tío, Charles Elder Devonshire.
Todo el mundo permaneció en silencio. Mis hermanas y yo en el último escalón de la escalera esperábamos ansiosas saber por qué toda la música había cesado.
Un joven, con el uniforme del ejército iba andando abriéndose paso entre aquellos vaporosos y voluminosos vestidos de gala de las telas más exquisitas del reino.
Al llegar a los pies de mi padre se inclinó y el rey con un gesto de su mano le hizo hablar.
El chico desconcertado alzó su mano con un sobre sellado con la indeseable cera negra.
- Gabriel -susurré y me levanté del escalón corriendo hasta mis aposentos derramando lágrimas amargas.
Había perdido al único que me había querido realmente desde un principio en esta familia. Daba igual que fuese completamente legítima, obviaban aquello.
Mis ojos se llenaron de lágrimas y asentí apoyando mi mano libre sobre mi pecho. Gracias a Dios tras varios meses de considerarle como el primogénito caído habían llegado a nuestros oídos noticias de que los rebeldes habían cuidado de él y que en realidad no había fallecido.
- En esa batalla ocurrió algo, Helen. Algo que me abrió los ojos a un mundo diferente transformándome en lo que soy ahora.
- ¿Qué fue? -apreté su mano- ¿qué sucedió para que adquirieses esta forma?
Sabía que quizá aquel relato me disgustaría y puede que incluso me horrorizara aún más que ver aquel cadáver estaba bajo aquel hechizo que me conseguía mantener calmada, tranquila, con los deseos de huir en mi mente pero no en mi cuerpo.
- La historia es larga -susurró- pero creo que nadie nos molestará al menos durante unas cuantas horas. Aunque tomaré mis precauciones.
Lentamente el rostro de Gabriel volvió a ser el mismo de antes y sus ojos retornaron a su tono pardo característico. Su piel recobró el color y me sonrió aquel hermano que siempre había recordado.
Mi temor a morir había desaparecido al ver de nuevo a mi protector. Sus caricias en mi mejilla terminaron de salvarme de los intensos deseos de llorar que poseía en ese instante.
- No es una historia agradable pero temo que ya no puedo ocultarla más por tu propio bien – me informó. – Recuerdo a la perfección el día que me despedí de ti en el palacio para partir a la batalla. Llevabas tu vestido azul con aquellas cintas que tú misma habías aprendido a coserle. Tus rizos caían por tu angelical rostro de tan solo trece años. No había flor en el mundo más hermosa que tú, Helen y eso que aún eras una niña. Me abrazaste con todas las fuerzas que tenías y me dijiste que te llevase a la batalla conmigo. Tras un leve llanto y una promesa de que regresaría el primero de todos los que lucharían a mi lado, accediste a dejarme marchar. Me subí en mi caballo y cabalgué hasta donde me esperaban.
