Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.
***Hermosas, bellísimas y adoradas lectoras, sólo nos queda un capítulo, el próximo será el gran final. ¿No están con los nervios de punta?
Yo sí, y no sólo porque ustedes han estado conmigo en cada capítulo, en cada duda, en cada párrafo que escribo, sino porque ha sido de mis últimos proyectos, no sé cuánto tiempo seguiré haciendo esto, no sé si después de esta historia habrá otras, pero sé que si así es, me darán su apoyo incondicional, como siempre; y si no es así, lo harán igualmente.
Las adoro con todo el corazón, al parecer, después de este capítulo se decide todo.
Disfruten y nos leemos pronto, besos, An-***
Capítulo treinta y ocho.
El trayecto en auto lo hice en un estado de semi inconsciencia que Emmett se aseguro de preservar, llevándome en brazos él mismo, hasta que nos encontramos dentro de una habitación muy amplia, con un serio toque femenino que me hizo creer nos encontrábamos en la habitación de Alice, por lo cual me quedé dormida al instante.
Desperté cuando el pálido sol de Seattle se encontraba ya en lo alto del cielo, suponía que debían ser las doce o cerca de la una.
La primera reacción que tuve al descubrirme en una habitación completamente desconocida fue de temor, pero después recordé que había sido el mismo Emmett quien me había traído a este lugar.
Era una habitación amplia, con paredes mayormente blancas, decoradas de una manera decó con motivos vinos, borgoña y lila claro, tenía mucho estilo y clase. La cama era más amplia de lo que jamás había visto con sábanas blancas y muchísimos almohadones de colores pastel. Los muebles eran de madera negra y las cortinas de una gasa blanca y lila. Todo aquello gritaba femineidad pero al mismo tiempo, fuerza.
—Buenos días, bella durmiente—me saludó mi hermano, entrando a la habitación con una bandeja repleta de comida en una mano y unas prendas de ropa en la otra, apenas me daba cuenta de que aún llevaba puesto el vestido de la boda de Angie.
—Creí que habías olvidado ese apodo desde la secundaria—saludé sonriendo. Tomé la muda de ropa, era un pantalón gris de algodón que se veía bastante cómodo, una blusa de tirantes finos blanca y un ligero suéter de punto gris.
—Dormiste casi doce horas seguidas, creo que te queda—me sonrojé ligeramente y le di un enorme mordisco a una de las tostadas con mermelada que había en la bandeja.
Me terminé el pan y salí corriendo a una puerta contigua en la que descubrí un baño amplio, con la misma decoración que la habitación y en donde me cambie rápidamente de ropa, fue un alivio para mi cuerpo que había permanecido casi veinticuatro horas encerrado en aquel vestido.
Regresé a la habitación donde mi hermano se encontraba comiendo y viendo FRIENDS acomodado en la cama.
— ¿Ahora me dirás dónde estamos o primero te acabaras mi desayuno? —pregunté afablemente mientras me acomodaba también debajo de las sábanas y tomaba un plato lleno con fruta fresca.
Emmett dejó su tostada de lado y observaba fijamente sus manos, como avergonzado.
— ¿Emmett? —Tenía un leve presentimiento de lo que estaba por decirme, pero esperaba que no lo hiciera.
—En la casa de los Cullen, esta es la habitación de Rosalie y mía—por muy poco tiro toda la fruta sobre las inmaculadas sabanas blancas de aquella cama en la que mi hermano, y su lo que fuera Rosalie de él, dormían.
— ¿Y hasta ahora me lo dices? ¿Por qué no fuimos al apartamento de Alice? —Intenté por todos los medios que mi voz permaneciera tranquila y que no saliera a relucir lo histérica que me encontraba, pero al parecer, no había hecho mi mayor esfuerzo.
—Bells, relájate, Alice entregó ayer su departamento—iba a comenzar a gritar de verdad cuando mi hermano me detuvo—Alice y yo vivimos aquí desde hace casi dos meses, no te lo habíamos dicho porque apenas si hemos hablado contigo, además… los tres creímos que sería bueno que conocieras un poco más a los chicos.
— ¿Conocer mejor a los chicos? —Apunté con ironía y acidez, yo no era así con mi hermano, jamás le había hablado de tal forma, pero yo no era yo en estos momentos. —No quiero ni siquiera que se me acerquen, ellos no significan nada para mí, Emmett, nada, y sería bueno que tú y Alice comenzaran a darse cuenta de que ellos no son nuestros ángeles.
Me sentía frenética, mi respiración era errática y sentía mucho calor de repente. Contrario a lo que creía, Emmett no dijo nada, ni siquiera me miraba, observaba por el gran ventanal que apuntaba hacía un jardín lleno de flores silvestres de todos los colores.
—Bella, creo que la que no ha entendido eres tú—se giró para verme con una inmensa melancolía, tristeza por mí—, mira a tu alrededor, date cuenta de que estos son ellos, nuestros ángeles viven en ellos, no ellos en nuestros ángeles. Rose, Jazz y Ed no le dieron vida a ellos, Rosalie, Jasper y Edward les dieron la oportunidad de vivir.
Gruesas lágrimas corrían por mis mejillas, ¿cómo se atrevía a decirme eso?
—Sé que no lo entiendes, pero hay momentos, en los que Rosalie me protege, justo como lo haría Rose, sólo que ahora la siento junto a mí, de verdad, siento su latido junto al mío cada noche, Bella.
De repente recordé la posición protectora que había tomado Rosalie la noche anterior, y vino a mi memoria aquella primera vez que soñé sobre el prado y esa persona junto a mí, lo que más recordaba era su latido, el latido constante y fuerte que me decía que había vida y que esa vida…era mía.
—Bella, por favor, date cuenta, ellos son reales, y nos necesitan, de verdad nos necesitan, todos—volteé a ver a mi hermano nuevamente, no había remarcado la palabra todos sólo por casualidad. Estaba diciéndome que Edward me necesitaba, pero yo… no estaba segura.
Podía pensar en ello, no era la primera vez que me preguntaba sobre Edward y cómo sería, además estaba su mirada, tan insistente y poderosa, y la siempre presente descarga eléctrica que me provocaba, sin embargo, tenía miedo.
Eso era, puro y crudo temor, no quería volver a sufrir, Ed había dejado una huella indeleble en mí.
"No te vayas", las palabras de Edward Cullen regresaron a mí más fuertes que nunca, casi como si las estuviera susurrando en mi oído en ese momento.
¿Podría ser cierto? ¿Podría ser posible lo que Emmett decía? Que ellos…fueran reales.
—Sólo piensa en ello, hermanita—mi hermano se levantó en ese momento, plantó un suave beso en mi frente y salió de la habitación.
Comencé a observar todo el alrededor, habían pequeños detalles aquí y allá.
Una mariposa de papel pegada en la pared, libros, cuadernos, una blusa colocada descuidadamente sobre una silla que se encontraba en la esquina de la habitación, fotografías, muchas fotografías.
Las observé, en su mayoría eran de Rosalie con sus hermanos, en algunas salía con ellos vestidos con unas togas amarillas que les quedaban terriblemente bien; de pequeños, montados sobre un carrusel, de ellos en la playa, juntos en su baile de graduación. En todas y cada una de ella se veía a unos jóvenes alegres, vivaces, tenían una historia, un pasado, momentos felices y tristes, creciendo y jugando. Había una en especial que parecía más reciente que las demás, vestían de fiesta y al parecer se encontraban en un bar, tomé la foto y busqué en el reverso, descubrí que era del día del accidente.
Se veían tan felices, relajados y divertidos, pero no se parecían realmente a los jóvenes que yo había visto la noche anterior, como si de verdad hubiera algo más, se veía en su mirada, algo nuevo, una nueva vida.
Dejé la fotografía y me fijé en dos que estaban sobre un buró, realmente no sabía cómo no me había dado cuenta antes de que estaba en la habitación de Rosalie, una de las fotografías mostraba a una muy sonrojada Rosalie quien era sujetada por un muy sonriente Emmett, mientras le daba un beso en la mejilla.
La otra…era la que yo tenía de ellos, la misma que me recordaba a la mía con mis hermanos. Los dos sonrientes príncipes y la bella princesa.
Salí de la habitación sin saber a dónde dirigirme, no se escuchaba un solo sonido en el lugar y no tenía ni idea de dónde estaba Emmett.
Sin saber cómo, me encontré frente a una puerta blanca, como todas las de la casa, pero sabía a quién pertenecía aquella.
Entré sin pensarlo dos veces, todo estaba justamente como lo recordaba. La habitación de Edward, con el gran ventanal y las paredes blancas y chocolate, el equipo de sonido súper moderno, la biblioteca personal, los muebles serios, todo tan… simple. Me sentí por un momento sobrecogida, como si hubiera llegado al lugar indicado, esa sensación en mi pecho…
Un pequeño objeto me llamó la atención, algo que no había estado ahí antes, era nuevo y sobresalía visiblemente entre el mobiliario.
Era un marco dorado, sencillo pero hermoso, y en el marco estaba…la fotografía de mi cumpleaños número cinco.
Sostuve fuertemente el marco entre mis manos, temiendo que pudiera tirarlo, ya que estaba temblando totalmente, no podía dejar de llorar y todo lo que Emmett me había dicho clavaba un puñal dentro de mi corazón, las palabras de Edward continuaban repitiéndose en mi cabeza y el recuerdo de su toque parecía quemarme.
En ese momento una imagen llegó a mí, un día en mi oficina, mucho antes de que todo aquello sucediera. La impresión hizo que soltara el cuadro y se rompiera con un gran estruendo.
La última persona que había tenido esa fotografía…había sido Ed.
Sean pacientes con Bella, sólo tiene miedo de no tomar la decisión correcta, ya verán que hará lo mejor para todos.
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