CAPÍTULO 37

RECHICEROS CHIRIPITIFLÁUTICOS

(LA MAGIA DE SEVILLA – SEGUNDA PARTE)

Disclaimer especial: Supongo que debe incluirse con respecto a los creadores de los Chiripitifláuticos, y supongo que también corresponderá algún derecho a RTVE…Y ya puestos, a los creadores de Barrio Sésamo (también versión española) y La Bola de Cristal.

Dedicado a los niños españoles de finales de los sesenta y principios de los setenta que crecieron con los Chiripitifláuticos en la tele única, aunque pocos contaban con semejante electrodoméstico en sus casas porque, según tengo entendido, eran objetos de lujo. También tengo entendido que entre ellos los hay que son fans de HP.

Marzo de 2010

Alberto se encaminó resuelto hacia la librería con su hija Mencía de la mano. En su opinión, era un poco ridículo llevarla así, como si fuera una niña pequeña, cuando estaba a punto de cumplir once años y era larguirucha como todos sus hijos. Pero a ella le gustaba. Y en el fondo a él también. Sabía que más pronto que tarde sus retoños empezarían a volar del nido – una expresión que le producía una sonrisa, puesto que sus hijos, los cuatro, podían, literalmente, abandonar el hogar paterno volando en una escoba – pero a pesar del trabajo que daban, las preocupaciones y los sobresaltos, no tenía ninguna prisa por que llegara el momento, de manera que llevarla de la mano en el fondo le hacía ilusión. La niña había pedido un libro y él había comprometido su palabra, así que aquel día en Sevilla tras haber visitado Sileno Silvano, el fabricante de varitas para magos, lo que correspondía hacer en aquel luminoso sábado era ir directos a Biblos.

Biblos era la librería mágica por antonomasia de la capital hispalense. Cuatro generaciones, todas de brujas, habían llevado la propiedad y la gestión directamente en los últimos ciento veinticinco años. No era mucho tiempo desde un punto de vista mágico, pero la personalidad de las cuatro féminas, cada una en su estilo, había sido tan marcada que se habían convertido y habían convertido la librería, cada una por méritos propios, en todo un referente. Actualmente se hacía cargo Marisa, la última generación, una bruja que rondaba la cuarentena, había estudiado Lengua y Literatura Mágicas complementada con numerosos cursos muggles y disfrutaba especialmente recomendando libros. Pero casi siempre aparecía, fuera por arte de magia o no, Doña Gertrudis, su madre, una bruja de edad indefinida que siempre vestía pantalones, llevaba el pelo cano corto, las gafas en la punta de la nariz y camisetas de colores vivos durante todo el año. Y aunque cojeaba ostensiblemente no dudaba en subirse a las escaleras para alcanzar los estantes más elevados y pasarles el plumero. Porque para Doña Gertrudis los libros eran como hijos. Y los cuidaba como tales, a veces incluso en detrimento de los de verdad, aunque Marisa y su hermano, que habían crecido con aquella manifiesta debilidad de mamá, no le daban mayor importancia, excepto por el riesgo de que se cayera y se hiciera daño.

Se encaminaron, pues, hacia el establecimiento, acompañados de Clara, la pequeña amiga de su hijo Alberto que acababa de descubrir que era una bruja, y sus todavía cariacontecidos padres que a su vez acababan de adquirir la primera varita mágica de la niña en el fabricante hispano por antonomasia, Sileno Silvano. De hecho Susana, la madre de Clara, aferraba con fuerza el bolso, no por miedo a que se lo sustrajeran en la Sevilla mágica, sino porque dentro, en su correspondiente caja que a su vez estaba dentro de su correspondiente bolsa, estaba la susodicha varita. Y lo peor de todo, también había un hechizo publicitario que chillaba en cuanto tenía ocasión "¡Sileno Silvano! ¡Fabricante de varitas para magos!". Y Susana no se atrevía a tirar la bolsa en una papelera mágica. Al menos, no de momento.

-Ahí no cabemos todos.- Dijo Susana al contemplar el escaparate de la librería. Se trataba de una fachada pintada de color madera, con un cartelón medio destartalado en el que, escrito con letra inglesa, se leía Biblos, y un minúsculo escaparate ocupado casi en su totalidad por sagas vampíricas muggles para adolescentes.

-Nunca olvides que las apariencias engañan, sobre todo en materia de brujería.- Contestó Cecilia. Y resueltamente empujó la puerta de madera y entró en el local.

Los demás la siguieron, y cuando le tocó el turno Susana abrió la boca asombrada. Biblos por dentro era, efectivamente, enorme, muy limpio y muy diáfano. Y en muchos sentidos, muy muggle. Porque todos los libros del momento del mercado muggle también se vendían allí. Y ya iba Susana a preguntar en qué se diferenciaba de La Casa del Libro, por poner un ejemplo, cuando vio que los niños se iban hacia la zona infantil y juvenil. Y entonces no fue capaz de decir nada porque se quedó con la boca abierta al darse cuenta de que su pequeña hija brujita corría como loca hacia unos libros que parecían encuadernados en pieles escamosas, con párpados cerrados y alguna que otra garra a la vista. Siguió al a niña con premura preocupada, pero finalmente tanto Clara como Alberto se entretuvieron con un libro que dejaba salir nubes de humo de colores y ella respiró.

Susana ralentizó el paso pero no se detuvo y llegó hasta aquel estante. Además de los escamosos, había libros que parecían tener un cuerno largo, recto y como en espiral. Otros mostraban un aspecto verdoso muy inquietante y algo parecido a una mano artrítica dotada de largas y asquerosas uñas. Y hasta los había con una especie de ceja única sobre unos párpados cerrados que además lucían a cada lado lo que se parecía terriblemente a un tornillo a medio desenroscar. Como no veía letras por ninguna parte de las tapas, extendió la mano para tomar uno, curiosa sobre la materia que podría merecer semejante exterior. Pero se detuvo en seco cuando unos ojos amarillos y amenazadores se abrieron de golpe y la miraron fijamente desde la portada del libro.

Susana, nerviosa, decidió darse una vuelta por otra parte. Para tranquilizarse pensó que al fin y al cabo, Alberto y Cecilia estaban allí, con los niños. Alberto, que era tan muggle como ellos pero convivía con cinco elementos mágicos y no mostraba ninguna preocupación, asombro o inquietud. Y si pasaba algo, confiaba en Cecilia, que para eso era una bruja... Entonces sintió un escalofrío. Todavía la palabra le daba repelús... Intentó quitárselo de la cabeza y se dirigió hacia unos estantes sin mirar mucho qué contenían.

Una bruja miraba atentamente las estanterías de Artes Adivinatorias (la Interpretación de los Sueños; Cartomancia y Tarot; Los Cuadrados Mágicos de Salomón; Augurios Diversos...) mientras un hombre mutilado repasaba con el dedo los lomos rugosos y, por qué no decirlo, siseantes de los Bestiarios. Cuando el mago se apartó amablemente para dejarla sitio comprobó que le faltaba media cara. Entonces sintió algo tremendamente parecido al pavor y volvió con los niños a toda prisa.

Mencía estaba buscando en un largo estante repleto de una colección llamada Los Rechiceros. Una colección que parecía medianamente normal, mientras Cecilia hablaba animadamente con Marisa. Susana se había sorprendido enormemente al saber que una de sus autoras favoritas era precisamente la hermana de Cecilia.

-Pero ella… ¿ella no…?- Había preguntado cuando se enteró.

-Ella también es mágica. Lo que ocurre es que escribe para todo el mundo. De hecho, su editor tiene en realidad dos empresas, una mágica y otra que no lo es…

-Pero… pero en las contraportadas dice que en un viaje de trabajo visitó Italia y que allí conoció a su marido, que es médico…

-Bueno, no es exacto. Almudena conoció a Stefano en Madrid. Pero es cierto que en un viaje de trabajo a Roma fue cuando se enamoraron…- Cecilia no aclaró que el viaje había sido una tarea del Ministerio de Magia. Ni que Almudena había roto una maldición en el Palazzo Orsini de Milán. Ni otros pequeños detalles que no venían al caso y que, sin duda, aterrorizarían aún más a aquella madre, cuyo nivel de desconcierto iba en auge.

En esos momentos se escuchó un aullido tremendo y sobrenatural que, literalmente, puso los pelos de punta a los tres muggles, Alberto incluído. Marisa salió corriendo varita en ristre para sacar la cabeza de un cliente de las fauces de papel de un volumen llamado Terapia General Contra la Licantropía mientras el resto de los clientes seguían a lo suyo como si tal cosa..

-¿Te… te gustan estos libros? – Preguntó Susana a Mencía, mas que nada por dejar de pensar en el escalofriante sonido que parecía horadarle el cerebro.

-Son super diver…- Explicó la niña a Susana. – Mi amiga Lola me dejó dos y me los devoré en dos días…- La madre de Clara tomó un libro al azar y lo abrió para hojearlo. El libro desprendió un polvillo púrpura que la cubrió entera.

-Escoge de una vez, Mencía, que nos tenemos que ir.- Apremió Alberto intentando disimular el tembleque en la voz que le había dejado el aullido de marras.

- ¡Oh, papi! Es que estoy buscando el primero, como no lo he leído…- Decía Mencía sin quitar la vista de las baldas.

-Ahí está…- Dijo Susana señalando el que llevaba en el canto el número 1.- Al menos, hablar de una trivialidad como aquella la tranquilizaba.

-No, ese no es. El primero de la serie es el número cero…

-¿Cero?

-¡Si! ¿No es genial?

-Pues no se… ¿Qué es lo que contiene el tomo cero?

-¡Todas las precuelas de los personajes!

-¿Precuelas? ¿Precuelas de los personajes?

-Es como los Cinco-. Comentó Cecilia que se había unido a ellos casi sin que lo notaran. .- O Gerónimo Stilton mezclado con Kika Superbruja...

-¡Qué va, mamá! ¡No tienes ni idea! Es un grupo de niños magos que viven diversas aventuras y que tienen una palabra mágica especial que sirve para que se pongan en contacto en cualquier situación, sobre todo cuando están en apuros...- Explicó Mencía de carrerilla.

-¿Qué palabra es? – Preguntó su hermano que había dejado de lado los libros de humos de colores.

-A ver si la adivinas.

-¿Abracadabra?

-Eso es muy poco original.

-¿Supercalifrágilistico espiralidoso?

-No, eso tampoco es original.

-¿Entonces?

-¡Chiripitiflaútico!

-¡Ah! Chirimiri ¿qué?

-Chi-ri-pi-ti-flaú-ti-co – Susana, despacio, silabeó la palabrita. Y para asombro de Cecilia, ella y Miguel sonrieron con algo de espontaneidad, por primera vez en lo que iba de día.

-Los Chiripitiflaúticos eran una serie de la televisión de mi infancia.- Explicó la madre de Clara mientras Cecilia dedicaba una mirada interrogadora a Alberto, que sonrió y tomó un libro. Alberto leyó la contraportada, en la que se decía del autor que era un mago de familia muggle que había sabido combinar con éxito recuerdos de su infancia muggle con las tradicionales formas de contar historias de niños mágicos.

-Como tuvimos las niñas tan pronto, eres de las mamás más jóvenes de la clase… pero claro, con el resto de la gente no pasa lo mismo. No se pusieron a tener bebés con veintiuno y veintitrés… - Explicó después a Cecilia en un aparte, cuando todos habían salido de Biblos y se encaminaban hacia el Horno de las Brujas para comer.- Por eso nosotros no llegamos a ver a los Chiripitiflaúticos. Pero creo que fueron tan famosos como Los Payasos de la Tele para los niños de finales de los sesenta. Tenían una canción, algo así como Chiripitifláutica es la sonrisa del bebé… chiripitifláutico es don José…

Cecilia, dejando aparte la cancioncita, pensó que Alberto tenía razón. Los padres de Clara, por lo que fuera que no venía al caso, se habían subido a uno de los últimos vagones del tren de la paternidad para tener a Clara, mientras que ellos habían saltado casi en la mismísima locomotora y habían reincidido otras tres veces. Por eso ellos conocían Los Chiripitiflaúticos, o como rayos se llamaran y fueran lo que fueran, porque ella creció con la versión española de Barrio Sésamo, que incluía a un erizo rosa gigante llamado Espinete, y la Bola de Cristal, que se parecía mas a su mundo.

- En cualquier caso, Ceci, bienvenidos sean los Chiripitiflaúticos – Dijo Alberto al verla tan seria.- Y los Cinco Magníficos Super Requete Hechiceros... o lo que sean.

-¿A qué viene eso?

-Viene a que gracias a ellos los padres de Clara se han empezado a sentir cómodos. Han encontrado un asidero a lo que ellos conocen, a lo que siempre han creído que era la única realidad…

-Visto así…

-Hazme caso. Yo tengo experiencia en estas cosas...

Cecilia sonrió y apretó el brazo de Alberto. Si hubieran estado solos, se habría abrazado a él y le habría besado. Tenía razón. Ella enseguida perdía la perspectiva muggle. Esa era una de las razones por las que amaba a Alberto: él la anclaba al mundo real, y eso para ella era vital.

Pero no pudo seguir con sus reflexiones porque habían llegado a El Horno de las Brujas, que era un restaurante situado justo debajo del Instituto Británico, en la calle Federico Rubio. Tradicionalmente, había sido conocido lugar de reunión de los aquelarres. Pero hacía por lo menos un siglo que los aquelarres se parecían mas a jornadas gastronómicas que a otra cosa y por eso el tipo de negocio que ahora albergaba era más que adecuado a su tradición histórica.

El local estaba ambientado como si fuera una cueva con motivos tradicionales de aquelarres y la carta, que estaba decorada con un caldero que realmente burbujeaba, podía tener cinco olores distintos, todos incitadores del apetito. El contenido mezclaba platos típicamente andaluces, como el jamón con picos, los gazpachos, el pescaíto frito o las acedías, con cosas tan raras como "suspiros embrujados", "espíritus de unicornio" o "campanas de difuntos".

- Los suspiros son en realidad como canutillos rellenos de nata. Lo que ocurre es que silban como si fueran flautas cuando te los llevas a la boca.- Explicó el camarero cuando preguntaron.- Los espíritus de unicornio son verduras en tempura con un hechizo de caramelización. Y las campanas en realidad son unas setas negras, feas pero deliciosas…

Susana y Miguel sonrieron diplomáticamente y procedieron a pedir cosas normales y corrientes. Lo mismo que Cecilia. Alberto, en cambio, se atrevió con los espiritus de unicornio y terminó declarando que eran un plato delicioso.

-¿Hay mucho más que ver aquí? Me refiero a… ya sabéis. – Preguntó Miguel.

-Aquí puedes hablar con total libertad.- Le recordó Cecilia.- Bueno, está el Panteón de Sevillanos Ilustres, que es el espacio «poltergeist» más famoso de la península…

-¡Oh, mamá! ¿Podemos ir? ¡Tengo muchas ganas de ver otro poltergeist! ¡En el castillo de Escocia había uno, pero para cuando me enteré de lo que era ya se había ido y no volví a encontrarlo…- Exclamó Mencía encantada mientras Susana la miraba un poco espantada.

-Quizá otro día. Para cuando terminemos de comer solo nos quedará tiempo para una pequeña vuelta antes de tomar el tren.

-Jooooo.

Efectivamente, no les quedó mucho tiempo. Suficiente para comprar un helado gigante en la pequeña sucursal sevillana de La Floriana y comérselo mientras paseaban por aquel entorno abigarrado. Se cruzaron con una bruja anciana, casi totalmente desdentada, que estaba hablando por un teléfono móvil mientras se apoyaba con la otra mano en un andador del que colgaba una bolsa con unas paletas de playa. Y con un brujo que llevaba el pelo medio quemado. Y con unos niños vestidos con unos trajes que parecían grandes bolas de colores…

- Se dice, desde tiempos remotos, que en las Hispanias hay gentes muy extrañas.- Murmuró Cecilia sonriente ante la cara de asombro de Sunana cuando vio a los niños que parecían burbujas gigantescas. Era un viejo dicho del mundo mágico, alusivo en realidad a los variopintos tipos de muggles que a lo largo de la Historia habían pasado por allí, pero servía. Susana tragó saliva y dijo que lo del libro de Mencía le había infundido algo de ánimo, con lo que consiguió ganarse una amplia sonrisa de la niña que además se desasió de la mano de su padre y se puso a hacerle muchas preguntas sobre aquellos Chiripitifláuticos de su infancia.

-¿Qué es eso de las clepsidras mágicas, Ceci? – Alberto aprovechó para preguntar en un susurro, recordando el curioso objeto que Marco Antonio Silvano había mostrado con mucho interés a su mujer cuando habían visitado el establecimiento de los fabricantes de varitas.

-En realidad son giratiempos.

-Bien. Y ¿qué son los giratiempos?

-No se si explicártelo, no vaya a ser que escandalices a los padres de Clara a las primeras de cambio…

-Mujer, no seas bruja...

-Ja, ja, ja.- Contestó Cecilia con sarcasmo. Alberto no prodigaba ese tipo de bromitas porque sabía que, en el fondo, ella no terminaba de verles la gracia. Al fin y al cabo, la condición brujil no hacía a nadie mejor o peor persona, por lo que ella no terminaba de comprender esa mala fama acrisolada con el correr de los siglos entre los muggles. Como tampoco podía comprender que generalmente se considerara a las hadas unas criaturas benéficas, cuando en realidad eran tontas, enredadoras y según su experiencia personal bastante bien dotadas de considerable mala leche. Pero en vez de protestar dedicó a Alberto una mirada perdonavidas y pasó a explicar. Al fin y al cabo, era su marido. Y como lo quería mucho sabía que, en el fondo muy profundo, Alberto sólo quería pincharla un poquitín, pero sin ánimo de fastidiarla demasiado. Y también sabía que, por muchos años que llevaran juntos, su conocimiento del mundo mágico nunca sería como el de ella, como les pasaba a los padres de Clara.

-Un giratiempo, como su nombre indica, permite retroceder en el tiempo.

-¡Viajar en el tiempo!

-No exactamente. Retroceder y volver a vivir. No se puede viajar al futuro. Y además, en teoría, existe un límite en el viaje al pasado, que no es otro que el nacimiento del que opera el giratiempo. Pero es un límite teórico. Nadie, que se sepa, ha conseguido un giratiempo capaz de ir hacia atrás más allá de unas cinco o seis horas.

-¡Digno entonces de la mejor aventura de los Rechiceros. ¿Sabes que uno de los libros menciona en el título algo de giratiempos?

-No, no he tenido ocasión de repasar los títulos de la colección, aunque si a nuestra hija le gustan tanto seguramente acabaremos por tenerlos por casa…

-Seguramente. Me ha parecido que no dan muchos sobresaltos. Tal vez yo mismo los lea. ¿Y si me vuelvo friki fan de los Rechiceros?

-Con una de casi once en casa, creo que ya me basta.

-Pero si lo hiciera… ¿qué te parecería?

-Creo que gritaría eso… ¿cómo era? ¡Ah, si! ¡Chiripitifláutico! ¡A ver si venían en mi auxilio!

-¿Para protegerte de ellos mismos o de sus propios libros?

-¿Quién sabe? Ya sabes que en materia de hechicería, las apariencias engañan.

-No exageres, Ceci.

-No exagero. Hoy has aprendido mucho. Y también los padres de Clara. Con algún que otro sobresalto añadido, pero creo que ha sido instructivo y provechoso…

-Si lo dices por el berrido de la librería, te confirmo que ha sido destripa tímpanos y eriza pelos.

-Sabes que lo digo por algo mas que por el berrido del libro.

Entraban ya en la versión mágica de la estación de Santa Justa. O tal vez era solamente un andén embrujado, como pasaba en Londres. Si veían a Fer, Alberto se lo preguntaría. Pero en ese momento tenía otras cosas que decir.

- Ceci, me siguen sorprendiendo las cosas que se pueden hacer con la magia. Y supongo que me sorprenderé mientras viva. Pero se que tu nunca me muestras una apariencia de ti misma, por muy bruja que seas, sino la Cecilia real, la que hay debajo. La que amo...

Y diciendo aquello estrechó a una emocionada Cecilia contra si, aunque a ella aparentemente no se le notara mucho la emoción. Lo que no sabía Alberto era que con aquel gesto había insuflado algo positivo en los padres de Clara, porque sintieron vívidamente que entre ambas realidades cabían puentes tendidos por el amor.

-Chiripitifláutico.- Murmuró Susana. Había fundadas esperanzas de que aquella realidad tan extraña no abdujera para siempre a su hija.