XXXVIII
Se encierra en su mundo de mutismo, solo comparable al del año anterior.
Sin embargo, ahora está acompañada. Peeta Mellark debería odiarla. Pero aún así (y ella no se explica bien cómo) el chico ha conseguido seguirla al bosque, el lugar a donde escapa. Un día, mientras ella está allí, escondida en medio de un montón de matorrales, él aparece. No dice nada. Simplemente se sienta frente a ella y la mira.
Desde entonces, permanecen en silencio por horas, mirando a la nada, sin realmente hacer algo. Cuando vuelven él la mira y ella parece encontrar un poco de alivio en sus ojos azules.
Peeta Mellark, hace mucho, se convirtió en una constante en su vida.
Y no sabe cómo interpretar aquello.
