hola.. espero ke les gste esto.. hehe aki sta la respuesta de rose..
recuerden de ke nada me pertenece
Capitulo 36
-¿Estabas enamorada de él? -no estaba seguro de por qué estaba hurgando en la herida, pero no podía evitarlo.
-Emmett...
-¿Estabas enamorada?
Ella dejó escapar el aire lentamente. Mecánicamente, empezó a llenar de agua un jarrón para poner las flores.
-Era muy joven. Se parecía muchísimo a mi padre: firme, tranquilo, dedicado a su profesión. Mi padre me quería porque ése era su deber como padre, no porque lo sintiera así. Hay una gran diferencia -el olor fresco y delicado de las flores subió hasta ella-. Tal vez, de alguna manera, pensaba que si él me aceptaba, sería como si me aceptara mi padre. No sé, era bastante tonta.
-Eso no es una respuesta -Emmett descubrió que los celos podían ser muy amargos.
-Supongo que no estoy segura de cuál es la respuesta a tu pregunta -movió los hombros y esponjó las flores en el jarrón de cristal-. ¿Podríamos comer? -se quedó muy tranquila cuando él le puso las manos sobre los hombros, pero no pudo resistirse cuando le hizo darse la vuelta.
Por un momento temió que dijera algo amable, dulce, que la socavara por completo. Vio algo de eso en su mirada, de igual modo que él vio que los ojos de Rosalie mostraban aprensión. Tiró de ella hacia sí y la besó.
Ella comprendió la turbulencia de sus sentimientos y se dejó llevar. Podía aceptar el deseo y la pasión sin miedo a contravenir sus propias reglas. Lo rodeó con los brazos y lo abrazó con fuerza. Sus labios lo buscaron. Si con el alivio venía mezclado un sentimiento más profundo, podía convencerse de que no era nada más complicado que la pasión.
-Come deprisa -le dijo Emmett-. Estoy pensando en pasar cuatro horas haciendo el amor.
-¿No habíamos comido ya?
Él chasqueó la lengua y frotó la nariz contra el cuello de Rosalie.
-No, tú no. Cuando le preparo la cena a una mujer, espero que, por lo menos, coma -le dio un palmada en el trasero para animarla a hacer lo que le decía y se apartó un poco-. Saca los tazones.
Rosalie se los pasó y contempló cómo los llenaba con raciones muy generosas.
-Huele fenomenal. ¿Quieres una cerveza?
-Sí.
Ella sacó dos del frigorífico y vertió el contenido en sendos vasos.
-¿Sabes?, si alguna vez te cansas de ser ranchero, podrías trabajar de cocinero en Utopía.
-Siempre es un alivio saber que uno tiene un respaldo.
-Ahora tenemos a una mujer de cocinera -continuó Rosalie mientras tomaba asiento-. Los hombres la llaman Tía Sally. Se los ha ganado con sus galletas... -se calló para dar el primer bocado. Una oleada de calor se extendió desde la lengua por todo su cuerpo. Tragó y vio que Emmett sonreía burlonamente-. Eres generoso con la pimienta, ¿eh?
-Es lo que distingue a un hombre de un crío –el llenó el tenedor hasta arriba-. ¿Te resulta demasiado picante?
Con desdén, ella tomó un segundo bocado.
-No hay nada que no pueda tomar de todo lo que eres capaz de preparar, McCarty.
Él se rió y siguió comiendo. Rosalie pensó que el primer bocado le había abrasado la boca hasta las cuerdas vocales. Comió con tanto entusiasmo como él, refrescándose de vez en cuando con un sorbo de cerveza.
-La gente que vive en ciudades no sabe lo que se pierde -comentó ella mientras rascaba el fondo del tazón.
-¿Quieres más? -le ofreció él al ver cómo devoraba el último resto que le quedaba.
-No quiero morir -replicó ella-. Dios santo, Emmett, una dieta a base de esto y tienes asegurada una perforación de estómago. Está buenísimo.
-Cuando era pequeño teníamos un capataz mexicano -le contó él-. No he conocido a ningún hombre que supiera más de ganado que él. Pasamos juntos casi un verano entero en el campamento. Tienes que probar mis tortillas de harina de maíz.
Ese hombre era una caja de sorpresas, se dijo Rosalie al tiempo que apoyaba los codos en la mesa y dejaba descansar la barbilla entre las manos.
-¿Qué fue de él?
-Ahorró lo suficiente, volvió a México y creó su propia ganadería.
-El sueño inalcanzable -murmuró Rosalie.
-Es muy fácil jugarse la paga del mes en una partida de póquer... y perder.
Rosalie asintió, pero sus labios esbozaron una sonrisa.
-¿Tú juegas?
-Aguanto algunas manos. ¿Y tú?
-Clay me enseñó. Tenemos que quedar para jugar un día de estos.
-Cuando quieras.
-Confío en mis habilidades como jugadora de póquer para conseguir resolver este asunto de los robos. Emmett vio que se levantaba y empezaba a recoger
la mesa.
-¿Cómo?
-La gente se vuelve descuidada cuando cree que estás dispuesta a darte por vencida. Han cometido un error llevándose a Baby, Emmett. Los voy a atrapar, sobre todo si nadie sabe que ando tras ellos. He estado pensando en contratar a un detective privado, cueste lo que cueste. Prefiero pagar que permitir que sigan produciéndose robos.
Él se quedó sentado un rato oyendo el correr de agua en el fregadero, un ruido cotidiano, hogareño
-¿Cómo va a repercutir todo esto en tus beneficios, Rosalie?
Ella giró la cabeza y lo miró por encima del hombro. Una mirada tranquila, fría.
-Todavía puedo asumir el riesgo.
Él se guardó mucho de ofrecerle ayuda económica, aunque le fastidiaba. Se levantó y dio varias vueltas en torno a la cocina hasta situarse detrás de ella.
-La Asociación de Ganaderos te respaldará.
-Pero para eso tendría que contárselo todo y, cuanta menos gente esté al corriente, más eficaz será la labor del detective.
-Quiero ayudarte.
Conmovida, Rosalie se dio la vuelta y lo abrazó. -Ya me has ayudado. Nunca lo olvidaré.
-Para aceptar mi ayuda antes tienes que verte atada de pies y manos.
Ella se rió y levantó la cara hacia él. -No soy tan mala.
-Peor -replicó él-. Si te ofreciera algunos hombres para patrullar tus tierras...
-Emmett...
-¿Ves? -la besó antes de que ella pudiera seguir protestando-. Yo mismo puedo trabajar para ti hasta que todo esté resuelto.
-No puedo permitírtelo...
Él la besó de nuevo con fuerza.
-Yo soy el que va a tener que verte preocupada y luchando -dijo mientras sus manos empezaban a bajar-. ¿Sabes cómo me afecta eso?
Ella intentaba concentrase en lo que le decía, pero la boca de Emmett reclamaba toda su atención. El beso, picante, con sabor a especias, la dejó sin respiración, pero se aferró a él pidiendo más. Cada vez que la tocaba, en cuestión de segundos el deseo la dominaba. Nunca había conocido nada tan liberador, o que la hiciera prisionera con tanta facilidad. Habría luchado contra esto último si hubiera sabido cómo. No le quedaba más remedio que aceptar aquella prisión, igual que aceptaba el cielo abierto y el viento. Era el único hombre que podía conseguirlo.
Había algo que sí podía hacer por ella, pensó Emmett. Hacerle olvidar los problemas y las penas, aunque fuera temporalmente. Incluso así, él lo sabía bien, si hubiera tenido elección, Rosalie habría mantenido cierta distancia, también en ese aspecto. Le habían hecho daño una vez, y todavía no confiaba del todo en él. La frustración que le produjo esa idea hizo que su boca se comportara con mayor rudeza y sus manos se mostraran apremiantes. Sólo en un aspecto Rosalie era completamente suya. La alzó en brazos y silenció sus protestas.
Rosalie era consciente de que la estaba llevando Algo en su interior se rebelaba, y sin embargo... No la llevaba a ningún lugar donde ella no quisiera ir de, buen grado. Quizá él necesitaba aquello, «romanticismo» lo había llamado en una ocasión. El romanticismo la asustaba, igual que las flores. Era muy fácil mentir a la luz de las velas, muy fácil engañar con flores y palabras dulces. Y ya no estaba segura de que las defensas que la protegían siguieran existiendo. Al menos frente a él.
-Te deseo -las palabras surgieron de sus labios trémulos pegados a los de Emmett.
Éste la habría llevado a la cama, pero estaba demasiado lejos. La habría amado despacio, lentamente, como se merecía esa mujer, pero estaba demasiado ansioso por hacerla suya. Con su boca todavía unida a la de Rosalie, se dejó caer con ella encima del sofá y dejó que la pasión los devorara.
Ella entendió su desesperación. Era sincera y real. No podía caber duda del frenesí que dominaba su boca y el apremio que mostraban sus dedos al tocarla. El deseo no tenía sombras. Podía sentirlo latiendo en él tanto como en ella. Las palabrotas de Emmett cuando la ropa se resistía la hacían reír. Ella lo volvía así de torpe, era el mayor cumplido que podían hacerle.
Él se mostraba despiadado y, cuando por fin logró tocarla sin la barrera de la tela interponiéndose entre los dos, la cabeza de Rosalie empezó a dar vueltas y más vueltas. Se dejó ir. Con cada caricia frenética y cada beso insaciable, se alejaba más y más del mundo estricto y práctico que ella había creado a su alrededor. En una época había buscado soledad, y recurría a la velocidad cuando deseaba sentirse libre. Es ese instante, Emmett era todo lo que necesitaba.
Sintió el roce de su pelo en el hombro desnudo y saboreó incluso esa sensación tan simple. Le procuraba una dulzura que fluyó dentro de ella hasta que el ardor de la boca de Emmett despertó de nuevo la pasión. Con él se había dado cuenta de que era posible tener las dos cosas. Sólo con él había reconocido su propia necesidad de tenerlas ambas. Esa revelación, al igual que la pasión que la dominaba, la hizo gemir.
¿Sabía lo entregada que estaba, tenía idea de lo increíblemente excitante que era? Emmett tenía que luchar contra la necesidad de poseerla rápidamente, implacablemente, así como estaban, a medio desvestir. Ninguna mujer le había hecho perder el control de ese modo. Una mirada, un roce... y lo hacía suyo por completo. ¿Cómo era posible que ella no se diera cuenta?
El cuerpo de Rosalie discurría bajo sus manos fluido como el agua, embriagador como el vino. Sus labios tenían el tacto de la seda y la descarga de una corriente eléctrica. ¿Cómo era posible que una mujer no fuera consciente de esa combinación mortal?
Para recuperar el aliento, él llevó los labios a su garganta y se escondió allí. Aspiró el olor del baño que se había dado, un sutil aroma femenino que subsistía allí, en espera de seducir al amante. Entonces se acordó de las heridas. Meneó la cabeza para tratar de aclarar su mente.
-Te estoy haciendo daño.
-No -ella lo atrajo de nuevo hacia sí-. No, verdad. No soy tan frágil, Emmett.
-¿No? -levantó la cabeza para poder ver su cara
El delicado perfil, la piel de terciopelo que seguía siendo suave incluso después de una jornada al sol. La fragilidad que surgía y desaparecía en su mirada con la palabra indicada, la caricia apropiada.
-Algunas veces sí -murmuró-. Deja que te lo demuestre.
-No...
A pesar de sus protestas, la besó suavemente en los labios, con mucha dulzura y de manera tranquilizadora. Eso no hizo disminuir la pasión, tan sólo la retuvo mientras le mostraba la magia de un simple beso. Como si sus ojos no fueran a verla nunca más, le pasó los dedos por el rostro y estos trazaron la curva del pómulo y bajaron por el delgado perfil de la mandíbula.
Paciente, dulce, entre murmullos, sedujo a quien no necesitaba ser seducida. Tierno, minucioso, tranquilo, sus labios le mostraron lo que todavía no le habían dicho. La mano que Rosalie tenía en su hombro se deslizó hasta su cintura. Él le tocó la punta de la lengua con la suya y, lentamente, fue profundizando el beso hasta que ambos quedaron exangües. Luego prosiguió en la veneración cuidadosa de su cuerpo. Ella flotaba.
¿Había algún tipo de placer que él no pudiera mostrarle?, se preguntó Rosalie. ¿Este mundo de zumbidos sería otro aspecto de la pasión? Deseaba desesperadamente darle algo a cambio, sin embargo, su cuerpo se hundía, abrumado por el peso de tantas sensaciones. Sándalo y cuero, esos olores siempre le recordarían al él. El borde calloso de sus manos, resultado del roce diario de las riendas... Nada le gustaba tanto sobre su piel. Emmett se movió, ella se hundió más en los cojines y él también.
Podía identificar su sabor, y otro que, se dio cuenta, debía de ser un resto del suyo en los labios de Emmett. Su mejilla rozó la de él, no demasiado suave, pero Rosalie deseaba frotarse contra ella. Él susurró su nombre y ella volvió a sentir una calidez que la envolvía.
Incluso cuando sus manos empezaron a recorrerla, la excitación siguió siendo indefinida. No lograba salir de la nebulosa que la envolvía, y ya no lo intentaba. Su piel palpitaba y el temblor le llegaba hasta la sangre, hasta los huesos. La boca de Emmett era toda suavidad en su pecho y, con la lengua, hábilmente, la hacía estremecerse; luego se relajaba y, a continuación, le provocaba un nuevo estremecimiento.
Él mantuvo aquel ritmo lento, a pesar de que bajo su cuerpo, Emmett empezaba a retorcerse. E tiempo iba pasando mientras él se daba el gusto d mostrarle cada nueva delicia. Sabía que la tarde es taba acabando por el modo en que la luz incidía en rostro de Rosalie. Únicamente los murmullos y suspiros quebraban la paz que los rodeaba. Nunca se había sentido tan a solas con ella.
La poseyó lentamente, saboreando todos y cada uno de los momentos, de los movimientos, hasta que todo acabó.
Echada bajo él, Rosalie contempló cómo la luz se iba extinguiendo. Había sido como un sueño, pensó, como algo por lo que suspirarías a mitad de la noche, cuando los deseos se hacen con el control de la mente. ¿La conmovería más que la pasión con la que habitualmente se entregaban el uno al otro? De algún modo sabía que lo que acababa de experimentar era más peligroso.
Emmett se movió y, aunque ella no se había quejado de su peso, se sentó y la atrajo hacia sí.
-Me gusta cómo te quedas, suave y cálida, después de hacer el amor.
-Nunca antes había sido así -murmuró ella.
Las palabras lo emocionaron, no pudo evitarlo.
-No -echó hacia atrás la cabeza de Rosalie y la besó de nuevo-. Pero volverá a ser igual.
Quizá porque ella deseaba más que nada agarrarse a algo, quedarse, depender, precisamente por eso se alejó de él.
-Nunca estoy segura de cómo interpretarte -algo indicaba a Rosalie que era hora de ir con tiento. Estaba perdiendo pie, no comprendía absolutamente nada.
-¿En qué sentido?
Cedió ante la necesidad de abrazarlo de nuevo y notó cómo una mano le acariciaba arriba y abajo la espalda desnuda con naturalidad. Con renuencia, se escabulló entre sus brazos y se puso la camisa.
-Eres muchas personas diferentes a la vez, Emmett McCarty. Cada vez que pienso que por fin sé quién eres, te transformas en alguien distinto.
-No -antes de que ella pudiera abotonarse, tiró de la pechera de la camisa para atraerla de nuevo hacia sí-. Distintos estados de ánimo no significan que sea otra persona.
-Quizá no -ella lo desconcertó besándole la palma de la mano-, pero sigo sin poder entenderte.
-¿Eso es lo que quieres, entender?
-Soy una persona simple.
Él se quedó mirándola fijamente mientras ella continuaba vistiéndose.
-¿Estás de broma?
A Rosalie le pareció que en su voz asomaba la risa y lo miró entre seria y avergonzada.
-No. Yo necesito saber dónde piso, qué opciones tengo, qué se espera de mí. En tanto en cuenta sepa que puedo hacer bien mi trabajo y cuidar de lo que me pertenece, estoy satisfecha.
Él la miró pensativamente mientras se ponía los pantalones.
-¿Tan vital es para ti el trabajo?
-Es lo que sé hacer -replicó ella-. A la tierra la entiendo.
-¿Y a la gente?
-No soy muy buena con las personas. A menos que las comprenda.
Emmett se puso la camisa pero la dejó abierta, sin; abrocharse los botones, y fue hasta ella. -¿Y a mí no me comprendes?
-Sólo a veces -murmuró-. Creo que cuando mejor te entiendo es cuando estoy enfadada contigo. Otras veces... -se estaba hundiendo en aguas aún más profundas, así que optó por alejarse.
-«Otras veces...» -repitió Emmett, sujetándola por los brazos.
-Otras veces no sé. Nunca me imaginé que acabaríamos juntos... de este modo.
Él le pasó los pulgares por la cara interior de los codos, allí donde le latía el pulso. Ya no era firme y regular.
-¿Qué significa «de este modo», Rosalie?
uuuyyy... ke pasara? se enojara Emmett? ke le dira Rose? kien sabe no..
jejeje espero reviews...
cuidence
