Closer:

"Lo cierto es que yo ignoraba que tenía en mi esas reservas de ternura.
Y no me importa que ésta sea una palabra sin prestigio.
Tengo ternura y me siento orgulloso de tenerla" M.B


Closer 38: Visita Inesperada P.2

Una hora después mis padres reían mientras veían a Jake tomar jugo y cereal, tostadas y café, tanto como podía ingerir mientras me enviaba miradas envenenadas y yo le lanzaba besos en respuesta.

—No mires así a tu hermana Jacob, piensa en las muchas resacas que vas a tener y ella no estará aquí— hice un gesto sacando más mi labio inferior.

— ¡Bah! Pobre Edward— dijo, y eso fue suficiente para borrar mi expresión y girarme para tomar café también.

Nadie dijo nada más, él terminó de comer y se levantó sacudiendo todo a su paso. Se veía cansado pero aun así lo suficientemente despierto para seguir gruñendo.

— ¿Dónde quieres ir?— lo miré y dudé. Realmente sólo había querido levantarlo, no es como si yo quisiese ir a algún lugar en específico, así que fruncí el ceño — ¿Qué?— me miro entornando los ojos — ¿Dónde?— volvió a preguntar y me avergoncé de mi comportamiento.

—No sé— dije con expresión arrepentida.

— ¡Oh no! Tú— levantó un dedo acusador —Vas a montar mi moto, con un casco y vas a gritar de lo rápido que andaré, porque prometiste subir, me he levantado y ahora nos vamos— dijo, sentí que él hablaba un poco incoherente, pero no mencione mucho más de lo que me permitía mi risa.

—No conduzcas tan rápido, Jacob— regañó mi madre tomándome hacia ella.

—Bah, no le haría daño a mi hermanita. Mi moto y yo somos inofensivos seres, que hemos sido obligados a funcionar un día de "fuera de servicio" pero, no la consientas. Vamos, bruja. Hay un camino en él que quiero probar velocidad— dijo y me estremecí.

—No me moveré de aquí a menos que prometas una velocidad prudente—mire a mi papá —Papi, oblígalo a prometerlo— dije enrollándome más en mi mamá.

—No lo hare— dijo sonriendo hacia mí, estreché la mirada —Te lo has ganado, te dije que lo dejaras dormir.

—Charlie Swan— dramatice haciéndome la ofendida —Creo que has dejado de quererme con el tiempo— limpié una lagrima imaginaria —Juraría que alguna vez te escuche decir algo sobre motos, chicos, velocidad y yo. Y ahora, todo lo que consigo es... nada— digo tristemente.

—Bah, conduce con cuidado Jacob— le dijo y sonreí.

—Vámonos pequeño Jacob— me separé de mamá e hice un gesto de despedida tomando a mi hermano del brazo jalándole afuera —Es hora de hacerme amiga de tu novia— dije riendo.

— ¿Cual novia?— preguntó dudando, él realmente parecía seguir medio dormido.

—Esa que tienes en el estacionamiento o con la cual pasas mucho, mucho tiempo— ambos sonreímos.

Después de todo, creo que el casco no me luce tan mal.

...

El paseo estaba siendo más bien relajante, después de un rato Jacob dejo de gruñirme para llevarme a sitios que han sido reformados, nuevas plazas, lugares que él había conocido por su propia cuenta. Nunca fue poco menos que cauteloso mientras manejaba, asegurándose que me sintiera bien con la velocidad a la que conducía, preocupándose en cada segundo de cómo estaba. En ese aspecto Jake parecía más un hermano mayor, siempre había sido muy cuidadoso conmigo, y lo agradecía.

Disfruté del tiempo a su lado, me abracé a él mientras viajábamos en la moto, sintiendo el contraste cálido y frio del aire golpeando mi piel expuesta. Y extrañando desde ya a mi hermano, porque sabía que desde esta mañana lo estaba haciendo, despidiéndome de todos, aunque aún no había decidido como tal viajar de regreso.

—Ven, compremos helados. ¿Quieres?— dijo luego de pasear por una plaza cerca del muelle. Nos acercamos a un puesto móvil de conos de helado. Lo dejé que él pidiera por ambos mirándole mal cuando pensó en ponerme un sabor con nueces y pasas, no me agradaban y él lo sabía. Riendo fue a por ello mientras me quedaba sentada en una banca jugando con el celular entre mis manos, sin pensar en nada. Había pocas personas paseando por ahí, pero las pocas que lo hacían sonreían como si fuese el día más relajado de sus vidas, tal vez lo fuese. Yo estaba teniendo, en medio de todo, uno bueno.

Era más de la hora del mediodía, habíamos tomado el desayuno tan tarde que no hacía falta hacer la hora de la comida. No aún.

Estaba tan distraída en mis pensamientos que cuando sonó mi celular me tomo desprevenida y por poco lo dejo caer, mi corazón se aceleró por el susto y por la llegada de un mensaje, jugué con él boca abajo para no ver la pantalla, pero la curiosidad y el deseo de saber si era él, eran más fuertes que mi tonta obstinación.

En la pantalla brillaba el aviso de un mensaje nuevo, hace un minuto, y proveniente del celular de mi Señor.

Sonreí aunque no sabía el contenido, me sentí bien a pesar de que no lo había abierto. Levanté el rostro y vi que Jake ya estaba ordenando, dejé que el sol que ya empezaba a extinguirse bañara mi rostro, y finalmente volví al celular para abrir el mensaje y ver su contenido.

Una dirección, era todo lo que rezaba el mensaje. Una dirección de Seattle, no muy lejos de donde estábamos, Mi corazón que ya había logrado tranquilizarse ahora marchaba a ese ritmo loco y desaforado que solo él conseguía lograr, y todo por la perspectiva de lo que podía significar esa dirección, sin hora ni fecha.

Mi estómago dio un vuelco.

— ¿Todo bien?— preguntó Jake llegando a mi lado, sosteniendo mi helado en una mano y comiendo ya del suyo —Ten— ofreció, lo miré pero no pude decir nada, no aún, mi estómago se seguía retorciendo en nervios y todo lo que ordenaba mi cerebro es que me pusiera en marcha para ir a la dirección indicada.

Tomé el helado de sus manos y lo llevé a mi boca, para ocuparme de algo y no responder aún. Tenía que pensar, ahora, reaccionar, ¿qué hacer? lo único que podía hacer era ir ¿no?

—Jake— llamé a pesar de que estaba justo a mi lado, esperando que dijera cualquier cosa.

— ¿Estás bien?— volvió a preguntar. Lo volví a mirar ascendiendo un poco mi cabeza en el proceso, le sonreí y él rio por lo bajo, como si supiese exactamente que estoy guardándome algo. —Tienes helado en los dientes— me reí por eso.

— ¿Me llevas a un lugar?— pregunté después de limpiarme y dejar la risa.

— ¿No es eso lo que he hecho todo el día?— devolvió.

—Sí, pero. Ahora de verdad quiero ir a un lugar— Entornó los ojos y comió más helado, lo imite.

— ¿Dónde?

Le indiqué la dirección.

—Nunca he ido a ese sitio, pero sé que es sólo como un mini bar-restaurante. ¿Por qué quieres ir ahí? ¿Tienes hambre?— preguntó. ¿Qué podía decirle? ¿Que si? Ni yo sabía a qué iba a ese sitio.

—Si— mentí.

—Pero déjame terminar esto— dijo señalando su helado, me encogí de hombros y me dediqué a comer el mío mientras movía los dedos en el celular sin hacer realmente nada, pero queriendo responder, o llamar, o lo que sea. ¿Para qué era esa dirección?

Terminé de comer mi helado mucho más rápido que Jake, y era de esperarse pues yo era la única ansiosa allí. Intenté bromear con él para que el tiempo se pasara rápido y mis nervios se calmaran, pero no funciono demasiado o si, pero por pocos casi nulos segundos.

Para cuando él hubo terminado su helado yo ya estaba ajustando el casco en mi cabeza, él negaba y me sonreía.

—De verdad ¿Estás bien?— volvió a preguntar mientras se subía a la moto.

—Lo estoy. Sólo conduce— pedí siguiendo sus pasos hasta estar sobre la moto y de nuevo abrazarme a él —Andando— pedí moviendo mis piernas como si estuviésemos montando a caballo, eso lo hizo reír y arrancar de inmediato.

Llegamos pronto, yo conocía el edificio, más nunca había subido allí, sin embargo nada de eso importó, ni Jake a mi lado, ni nada, cuando todo lo que podía pensar era en la ansiedad insidiosa que me carcomía con cada segundo. ¿Qué o quién iba a encontrar allí? tenía miedo, real miedo de tomar una esperanza errada que terminaría haciéndome sentir peor por la noche.

—Vamos, vamos— me empujó Jake una vez hubo ubicado la moto en un sitio adecuado. Sujeté su brazo para apoyarme y para retenerlo, entramos al edificio que no era demasiado alto y gracias a ello era apreciable la terraza hacia donde nos dirigíamos. Entramos al ascensor viendo algunas personas ir y venir, no sabía a qué se dedicaba el resto del edificio pero todo el mundo parecía ir informal. Algunas personas más subieron al ascensor, pero apenas y se ocupó espacio, era muy grande.

Al llegar y ser anunciada la terraza, mi estómago dio el vuelco esperado incitado por el nerviosismo. Palmeé mi mano sobre el brazo de Jake tirando de él para no ir tan rápido. Al salir del ascensor podía ver un poco hacía afuera, pero las columnas de una media pared me impedían ver demasiado. Caminamos por un corto pasillo que claramente llevaba a una abertura que dejaba de frente el sitio donde ordenabas y a la derecha se explayaba toda la zona de mesas. Mi corazón aleteó fuerte.

Me detuve obligando a Jacob a hacer lo mismo a mi lado. Miré, escaneando todas las mesas y mi corazón se detuvo junto a mi respiración, tan pronto lo vi. Quería hacer muchas cosas a la vez, la primera fue sonreír, tanto que mis mejillas dolieron aunque sabía que él no estaba viéndome, no aún. Mi estómago se revolcó en los nervios de su presencia y la dicha de tenerlo ahí, a sólo unos pasos.

—Jacob— llamé a mi hermano, distraído en no sé qué.

—Si— dijo, con esa voz distorsionada por la distracción. Alejé los ojos de él para mirar a mi hermano, ¡sí! él estaba distraído mirando a una chica de la barra.

— ¡Jacob!— golpeé su brazo haciendo que él diera un brinco y me mirara.

— ¿Qué ocurre?— demando sobándose, aunque yo apenas y le había causado algo.

—Necesito que te vayas— dije con determinación, sonrojándome al final de la frase. Él me estaba mirando como si me hubiese vuelto loca, no lo culpaba.

— ¿Que estás diciendo?— preguntó.

—Que quiero que te vayas— repetí.

— ¿Y te deje aquí, sola?— preguntó de nuevo, desconcertado.

—Eso es lo que digo— me muerdo el interior de la mejilla.

— ¿Me quieres explicar?— pregunta mirando a nuestro alrededor, tiro de él.

—Jake, ahí está Edward, no sabía que iba a venir, él sólo me ha escrito está dirección— explico, sus ojos se iluminan y vuelve a escanear a las personas al otro lado de la pared —Jake, quiero que te vayas. No le digas a papá y mamá que él está aquí— pido.

— ¿Por qué?— frunce el ceño.

—Porque puede que papá quiera conocerle, y yo no sé qué quiere Edward aquí. ¿Me entiendes? por favor, ¿confía en mí? ya hablaremos de nuevo en la casa ¿sí?— pido.

— ¿Si vas a volver? — pregunta, ahora soy yo la que encoje el entrecejo. Asumía que iba a hacerlo ¿o no? aunque, ahora que lo pensaba, con él aquí, no lo sabía.

—No lo sé, la verdad— digo mirando a mi hermano, impulsada a la sinceridad —Pero debo volver ¿no?— dije sonriéndole —Papá y mamá me esperan— le ánimo.

— ¿Y qué les digo cuando me pregunten por ti?— pregunta, ya dando un paso hacia el ascensor de nuevo.

—Sé que sabrás inventar algo, Jake— me acerco a él acortando la distancia debido a su paso, me levanto y beso su mejilla —Eres el mejor hermano— volví a besar su mejilla y él estaba sonriendo. Luego desapareció tras el ascensor.

Me giré de cara hacía donde debía ir, donde estaba él. Ese era el mejor lugar para mí.

...

La terraza del edificio en que nos encontrábamos parecía, en toda regla, un espacio privado exclusivo para nosotros. Pues habían tan pocas personas, y esas pocas estaban tan enfrascadas en lo suyo, que nadie parecía levantar la mirada o si quiera tener la curiosidad para mirar de soslayo lo que otros hacían. Así que me sentía totalmente cómoda, con la disponibilidad del día y el poco público para contemplarlo en un elemento casual de su persona, sin trajes ni corbatas, ni esa seriedad atronadora que solía acompañarlo junto con su mirada templada que sirve para dejarme constantemente plantada en mi lugar. Desde que lo había visto, y eso es hace apenas unos pocos minutos cuando llegué a este lugar, traía consigo un gesto cálido, satisfecho y hasta podría decir, aliviado. Algo que, pese a no ser común en su persona, conjugados con su actitud relajada y ojos achicados aprensivos, le daban un aire de deliciosa seducción.

—Creo que estar con tus padres crea un reflejo distinto en ti— esa era la primera frase dicha por su persona, y a mis oídos acostumbrados a sus órdenes directas y certeras, le resulto de lo más atípico. Llevaba algunos minutos observándome, minutos donde no me sentí incomoda, sólo halagada por el tacto de su mirada sobre mí. Y donde también, no podía dejar de observarlo para cerciorar con mis ojos que su presencia aquí, era real.

— ¿Por qué lo dice?— pregunté curiosa, bebiendo del coctel que el mismo había ordenado.

—Porque tus ojos están inusualmente brillantes, luces fresca— me repasó una vez más con su tórrida mirada —Y definitivamente porque estas sonriendo un poco más de lo habitual— dice echando su cuerpo hacía atrás, como alguien que ha dicho algo casual. Como mi Amo iniciando una inusual conversación, como si no fuese sorpresivo tanto como sorprendente que él hubiese viajado tantos kilómetros, con más que él fin de verme a mí. Le sonreí, complacida con sus palabras y mimosa en el ambiente cálido que él empezaba a crear. Quise decirle aquellas palabras de mi madre, quise decirle que hasta hace pocas horas no tenía ni los ojos brillantes ni una sonrisa permanente. Quise decirle que en su ausencia, si bien no todo es tristeza, tampoco hay una felicidad permanente.

— ¿Y eso es malo?— le pregunté, observándolo a través de mis pestañas, como hacia cada vez que quería verlo pero temía que él no quisiese que lo mirara. Una lenta sonrisa se forma en sus labios, me observó y negó.

—No— respondió simplemente, pero el gesto que lo acompañó fue suficiente para provocar la sensación de extrema comodidad que hormigueó por mi cuerpo. Mientras decía el monosílabo se recostó en el asiento con ese gesto relajado, observándome arduamente a la par que estiraba un brazo suyo sobre la mesa en mi dirección. Traía una camisa verde que jugaba con el color de sus ojos, y sobre ésta una chaqueta negra, ambas arremangadas, de tal manera que podía apreciar cada línea y lunar de su brazo, y aquello sí que lograba distraerme. —Ven aquí— dijo él, sacándome de la ensoñación de acariciar su piel fuerte. Lo miro, él está con su otra mano señalando su regazo. Observo a mí alrededor.

—Señor, ellos— murmuro suave.

—Ven aquí— repite sin hacer caso a mi objeción, si es que eso se puede considerar como una. No quiero que repita de nuevo lo que ha dicho y, a decir verdad, desde que lo he visto no he querido otra cosa que estar más cerca de él, mucho más cerca de lo que la pequeña mesa circular que nos divide lo permite. Mi corazón late fuerte, es una reacción esperada pero igual de abrumadora, aunque ya debería de haberme acostumbrado. Me pongo de pie ante su atenta e intensa mirada, rodeo la mesa y voy hasta su lado.

Su mano sujeta la mía, la otra tira de mi cintura y pronto estoy sobre sus piernas, con las mías juntas a un lado. No es una posición descarada, no es un asunto vulgar o sexual. Sólo es la calidez del momento, de tenerlo después de una semana de nuevo junto a mí. Su calor, su olor y envuelta por ese magnetismo que sólo él posee y que me empuja a ampararme a su lado. Inclino mi cabeza hacia delante metiéndome en el hueco de su cuello.

—Gracias por venir— algo dentro de mí siente como si debía decir eso, así que siento algo liberarse de mí una vez lo pronuncio. Mi nariz está moviéndose por la tersa piel de su cuello, llenándose de ese aroma que sólo él tiene, y que me hace sentir de nuevo en casa.

—Eso suena como que me has extrañado, pequeña— una mano suya hace movimientos suaves con sus dedos en mi espalda, la otra juega con mi cabello. Sonrío, cada vez parece más fácil comunicarme con él.

—Siempre— me alejo un poco para que él pueda verme y yo verlo mientras lo digo. —Entonces, ha venido para… — dejé la frase a medias, porque aún no había logrado aceptarlo por completo.

—Porque quería verte— sonríe con todos sus dientes relucientes —Y porque voy a ir a casa tus padres - sé que pasé de la caricia de su primera declaración a la sorpresa de la segunda, no obstante sonreí porque él dio por sentado de inmediato que iba a hacerlo, por supuesto, ¿Quién iba a detenerlo?

— ¿Por qué quiere hacerlo?— pregunté sintiendo como él se tensaba por un breve segundo, yo no estaba asustada o sorprendida con su respuesta. Sólo curiosa - No, no me malinterprete. Me refiero a que antes, antes no fue de su importancia - dije recordando aquella vez.

—Las cosas ya no son como antes pequeña. ¿No crees?— preguntó entornando sus ojos, por supuesto, todo era totalmente distinto a aquella vez. Nosotros, todo. Asiento. — ¿Cómo has llegado aquí, que les has dicho?— preguntó de nuevo. Me alejé un poco de él para crear un espacio donde pudiera verlo y él verme.

—Salí con Jake desde temprano, estaba con él en una plaza no muy lejos de este lugar cuando recibí el mensaje, y le pedí que me trajera hasta aquí— expliqué.

— ¿Tiene él un auto? — cuestionó con evidente interés.

—Una moto— le dije y sentí como se tensó de nuevo, fruncí el ceño — ¿Hay algo mal con eso, Señor?— pregunto.

—Edward, Isabella. Debes empezar a llamarme Edward— me remuevo incomoda sobre sus piernas y retiro mis ojos de si girando todo mi rostro hacia otro lado. ¿Por qué él quiere eso?

Su mano sobre mi mejilla me vuelve, suave pero firme en su movimiento enérgico.

— ¿Por qué?— preguntó.

—Porque se te hace muy difícil llamarme por mi nombre delante de las personas aún, y no sé cómo te vayas a sentir respecto a mí delante de tus padres, por lo tanto puedes practicar desde ya. No voy a molestarme, entiendo porque lo hacemos. Para mi es claro que no hay una falta de respeto cuando pronuncias mi nombre ¿entiendes?— me tranquilizo un poco aunque la incomodidad de su petición sigue viva en una parte de mi mente.

—Entiendo— le digo, sin terminar como lo haría habitualmente. "Entiendo, Señor" él me mira y niega como si leyese lo que acabo de pensar, o supiese que no he dicho la frase completa.

De repente, después de ese silencio que no fue ni incomodo ni agradable, sólo un silencio. Pensé en todas las preguntas que quería hacerle. Como ¿Desde cuándo había tomado la decisión de volar hasta acá? ¿Cómo? ¿Dónde se estaba hospedando? ¿Cuánto se iba a quedar? ¿Venia para llevarnos de regreso? porque yo no estaba pensando en aceptar que él regresara sin mí.

—Sé que quieres hacer muchas preguntas, pequeña. Pero no valen la pena— dijo volviendo a tomar mi rostro con una mano suya, colocándola en la dirección correcta y ejerciendo la suficiente fuerza como para no poderme apartar. Me jala hacía él y tengo un deja vu de todas esas veces en que he creído él va a besarme, pero nuevamente erré, sin embargo no me molesté, él colocó mi mejilla al lado de la suya y empezó a refregar su barba contra mi piel. Me perdí en la sensación agradable de esa acción, en su cercanía, su olor y esa caricia intima que lo confirma a mi lado. Cuando él me liberó sin alejarme, dejándome la libertad para hacerlo, muevo mi rostro contra él un poco más, luego me muevo, giro y dejo mis labios contra su mejilla y supe que él sonreía.

...

Íbamos en taxi, directo a la casa de mis padres. Aquí no había un gran anuncio para ellos o un, espérame, voy a avisar a mis padres, voy a prepararlos y luego vamos. No, nada de eso, él lo quería ahora y... justo como ahora, era eso lo que estábamos haciendo.

No sé cuántas veces refregué mis manos contra mis piernas e intenté alisar una onda de mi cabello mientras miraba por la ventana, de lo único que había tenido oportunidad, es de llamar a mi madre para decirle que íbamos. Sólo eso, nada más. ¿Era suficiente? no creo, estaba temblando significativamente y él no decía nada, se mantenía aislado en sus pensamientos.

—No creas que no me he percatado de tu estado— dice negando mi pensamiento anterior —Y te digo, tu nerviosismo es totalmente infundado. Créeme, no estoy pensando en dar una buena impresión, ni siquiera debes temer que ellos me impresionen a mí. Todo va a ir bien, sólo pretendo que ellos sepan con quien pasas tus días, tu padre al menos, de esa manera en un futuro no hay necesidad de caras dobles o mentiras. ¿Me entiendes?— dijo a la par que daba una ligera palmada sobre mis manos para evitar que siguiera retorciéndolas, sus palabras me aliviaron completamente, pues me dejaban más claras sus intenciones de una forma más específica. Respiré aliviada, y pudimos hacer el resto del camino en un ambiente más agradable donde me permití preguntarle sobre los regalos, su familia y Chloe.

No tenía claro si una parte de mi o no, deseaba que él tuviese la suavidad de tomar mi mano y quizá darle un apretón mientras bajábamos del taxi. No, él no hacía ese tipo de cosas, él había cambiado muchas cosas o más bien habíamos evolucionado en nuestra relación, pero ese tipo de cosas, ese tipo de apoyo, él no lo hacía.

Él actuaba dándome una mirada resuelta de pie a mi lado, viéndose imponente y seguro, y podía con cada disposición que dábamos hacía la casa de mis padres, sentir como esas emociones se filtraban en mí, dejándome un poco mejor a su lado y no como el manojo de nervios que venía hace un rato.

—Esa es la moto de Jake— señalé hacía la derecha, la moto estaba en su puesto habitual con un casco puesto en uno de los espejos, tragué grueso. Nada me aplacaba por completo, ni siquiera su presencia. Constantemente imaginaba a mi padre, mirando a mi Señor de arriba abajo, midiendo su accionar, observándolo a mi lado, porque nada iba a hacer que me despegara de él. Y entonces mi papá lo juzgaría o lo aprobaría ¿y lo peor? nada de eso me importaba, porque yo iba a volver a Chicago, a nuestra casa y la vida seguiría como siempre. Pero... creo que estaba temiendo hacer o decir cualquier cosa estúpida y ganarme un castigo, una mirada de reproche, una mirada decepcionada o... no sé. A decir verdad, y tal vez estaba equivocada por cómo me sentía, no tenía ningún problema en la opinión que se forjara en mi familia, lo tenía respecto a la opinión que se formara en mi Señor.

—No quiero que vuelvas a subir en eso— dijo y me estremecí de pies a cabeza por la incidencia gélida de sus palabras. Negué.

—No... No me gusta, pero yo, le hice una pequeña broma a Jake esta mañana y acepte andar con él. Nunca lo había hecho a pesar de que él siempre insistía— me excusé ante él, pero claro yo ya me había montado y no sabía que eso no le gustaba, lo que me daba una segunda excusa.

— ¿Tienes intenciones de hacerlo de nuevo?— preguntó haciéndome girar para mirarlo, él coloco una mano en mi brazo, no apretaba los dedos pero su agarre era suficiente.

—No— sacudí mi cabeza —No me gusta, y ya sé que a usted tampoco— le digo mirándolo, que supiera que estaba diciendo la verdad.

Sonrió.

—Podría hacer una concesión si te gusta, pero ya que no lo hace. No vas a hacerlo de nuevo y ya. Bonito jardín, por cierto— dijo sacándome del ajetreo anterior. Me reí por lo bajo como liberando un poco de tensión con ese comentario superfluo saliendo de él.

—Es una afición de mi madre— digo señalando algunos matorrales —Desde que tengo uso de razón, ella dedica tanto tiempo a este jardín como a los niños de su escuela, como a Jake, papá y a mí— aclaré. Él asintió sin decir nada, ya había soltado mi brazo y perder su agarre, el contacto físico con él, no era muy agradable para mí. Lo había extrañado, y una parte ambiciosa, avara y egoísta, quería decirle que podíamos dejar a mis padres para otro día y quizá... tenerlo más tiempo a solas conmigo. Pero, como es evidente, no tengo ni la posición ni la disposición para atreverme a decirle algo así, tal vez él lo considerara si lo hiciera, pero sinceramente me era tan difícil como acostumbrarme a llamarle por su nombre, y eso me ponía a prueba durante el próximo tiempo que él decidiera era bueno estar en mi casa.

— ¿Dónde se está quedando?— pregunté, formando rápidamente otra pregunta — ¿Desde cuando llegó?— lancé y él se detuvo en su andar por la corta verja de entrada, estábamos muy cerca y si mi papá o mamá estaban por ahí en la sala, ellos podrían vernos ahora, y cualquier acción por su parte o la mía habitual, nos dejaría en evidencia, lo sabía, más lo ignoré.

—Te despertó la curiosidad muy tarde, pequeña— dijo inclinándose hacía mí, la sonrisa seguía en sus labios, bailando como si toda la situación a nuestro alrededor fuese de lo más estimulante para su humor sórdido. ¿Lo era?

—Lo siento— murmuré bajando la cabeza y sintiendo quizá, algo de rubor en las mejillas. Estaba sensible, muy sensible y susceptible a cualquier cosa.

—Hey— levantó mi rostro sujetando mi cabeza —Está bien, voy a ser bueno contigo— dijo como quien hace un difícil acto benévolo. —Estoy hospedándome en un apartamento de alquiler en el mismo edificio donde estábamos hace unos momentos. Llegué hace apenas— miro su reloj de pulsera —unas tres horas—. Mi corazón dio un vuelco, eso nos dejaba con que apenas había llegado, se había comunicado conmigo. Por primera vez reparé en su rostro, realmente en lo que había ahí, no la belleza aturdidora de sus ojos intensos y su sonrisa rayada. Más bien en las suaves bolsas en sus pómulos, los gestos cansados de su rostro. Asentí, dando por satisfecha mi curiosidad. — ¿Bien? — preguntó, supongo yo queriendo que verbalizara mi satisfecha curiosidad.

—Sí, gracias— dije sonriéndole poco, aunque si suficiente.

—Siempre es un placer satisfacer tu curiosidad— dijo con todo el gesto sardónico grabado en cada movimiento. Me estremecí y escuché su risa mientras nos volvía hacía la puerta —Ahora, si no tienes más preguntas. ¿Podemos ir dentro?— preguntó y volví a asentir caminando por delante de él. Error.

En dos zancadas estaba a mi lado, yo caminaba más lento para ralentizar el corto espacio hasta la puerta, estaba haciendo el ridículo pero creo, a juzgar por lo que veía en él, que conseguía gracia en todo esto.

—No sé si me agrada mucho que camines delante de mí— dice cambiando sus pasos para acompasarlos a los míos, faltaban como dos metros para llegar a la puerta y eso eran dos pasos suyos y tres míos, sin embargo, yo los estaba haciendo parecer una milla de distancia. —Te confieso, deberías apurarte pequeña. Tengo planes para nosotros, y tu lentitud sólo está logrando agotar está paciencia que me he instado a sostener—. Me volvió de nuevo a él, pegando mi cuerpo a la pared junto a la puerta, mi corazón ladro. ¿Qué estaba haciendo? ¿Con mis padres tan cerca? Me estrechó más contra su cuerpo y la pared, y a pesar de que si estaba desviando mis ojos cada tanto a la puerta, fui consciente, muy consciente, de su olor y el calor que emanaba y me embriagaba. Se inclinó hacia adelante. —Manos atrás— mandó.

—Señor... — iba a suplicar pero sus ojos me dijeron que no era una buena idea.

—No digas nada— susurró quedo. —Debes llamarme Edward al pasar por la puerta, y cada vez que te equivoques vas a conseguir algo nuevo de mí en el momento en que pueda aprovecharlo ¿Entiendes?— preguntó, su cabeza casi a la altura de la mía. Miró abajo, mis labios. A duras penas había logrado juntar mis manos atrás, él no dejaba espacio suficiente para hacerlo con comodidad. Una cosa me quedaba clara, él no iba a esperar a que estemos solos, tragué, viendo igualmente sus labios. Se inclinó más, prácticamente rozando sus labios con los míos con cada movimiento de respiración que hacía.

—Lo he entendido— dije en una exhalación de aire contenido. El deseo corriendo y disipándose en cada porción de mi ser.

—Bien— parecía concentrado en su tarea, mi corazón hacía todo ese trabajo ruidoso en mi pecho y sentía que con cada segundo, en cualquier momento aparecería alguien por la puerta y nos vería en tan... buena situación. El contacto de mi labio superior con su labio inferior envió chispas por todas partes, sólo un contacto y estaba atorada en está difícil tarea de respirar. Suspiré temiendo hacer un movimiento que lo hiciera retroceder, pero entonces él me asió contra la pared, su cuerpo se ajustó al mío casi elevándome para estar a su altura. ¿O lo había hecho? Y entonces, supe lo que era tener la gloria de su boca pegada a la mía una vez más, lento... tan lento que asemejaba una tortura, pero a la vez tan delicado y bueno que estaba arrebatándome cada cosa buena de mí. Cuando me dejo, estaba botando aire y tomándolo difícilmente, pero era de gusto, y aún estaba casi abrazada a él aunque sin usar mis manos. —Eso ha sido mejor que todo, vamos dentro— dijo colocando una mano en mi espalda, soltó mis manos que se apretaban juntas.

Saqué la llave que guardaba en mi bolso mientras lo sentía a él tan pegado detrás de mí. Parecía un día normal, entrando a cualquier casa, él no estaba preocupado por nada y yo quería tomar un poco de esa actitud tranquila suya tanto como quería que él me tomara a mí.

— ¿Alguien en casa?— pregunté a la nada, aunque creo que no muy fuerte pues sentí su burla a mi espalda, para mi alivio toda la sala estaba sola.

—Esfuérzate un poquito más— dijo burlándose de mí. Mascullé entre dientes y él pellizco mi costado, dolió, pero fingí que nada había ocurrido, él seguía sonriendo.

—Ven conmigo— dije, deteniéndome abruptamente en el lugar para verlo con temor. Nunca le había hablado así y sonó como una orden atrevida por mi parte. Él estaba mirándome, pero lejos de ver el brillo del enojo o la ofensa en sus ojos, todo lo que había era diversión. Una diversión malsana que revolvía mis tripas.

—Esto va a ser divertido. Juega bien tus cartas pequeña, recuerda que tú vuelves a casa conmigo— me guiño un ojo antes de girarme con sus manos. Estaba por reírme de mi misma, era eso o entrar en una crisis nerviosa por mi atrevida forma de pedirle que me siguiera, me sacudí como si de esa manera las líneas de preocupación se pudieran borrar del todo. Lo intenté, al menos. Me encogí de hombros como si estuviese haciéndoselo saber a alguien.

Caminé hacia la cocina sabiendo que él estaba siguiéndome.

— ¿Mamá?— llamé y en unos cortos segundos de tiempo recordé la última y única vez en que mi Señor y ella estuvieron en un mismo espacio. Ellos habían terminado llevándose bien, y Jake estaba más que complacido. Las cosas habían cambiado, pero lo único desconocido aquí era mi papá.

—Aquí estoy, cariño— anunció desde la cocina, dimos un paso más antes de doblar por el arco de la entrada y verla detrás del mesón con un delantal y manos enguantadas, cocinando. Le sonreí.

— ¡Edward!— dijo ella, algo de ¿emoción? filtrándose en su voz.

—Señora Swan, es un gusto volver a verla— respondió él con un tono formal, disciplinado.

—A estas alturas, puedes decirme Renee ¿No crees?— le preguntó ella luego de soltarlo. Si, ella se había acercado a mi lado, tras de mí, y lo abrazó. Yo estaba temblando para cuando volvió a mirar las cosas sobre los fogones, él estaba a mi lado, una mano suya jugando con mi blusa a la espalda.

—Si, a estas alturas estoy seguro que puedo— dijo él como quien no quiere la cosa. Pero cuando vi de reojo, él seguía divertido con todo esto. Solté el aire tenso que había acumulado.

—Espero que tengas hambre Edward— dijo mi madre —No es por comprometerte pero, me he puesto en marcha en mis mejores dotes culinarios cuando Isabella me avisó— dice mirándonos de reojo, él seguía muy pegado a mí y nada de eso me molestaba. Su paz me daba paz.

—No se preocupe Renee, yo no he comido desde que estaba en Chicago, no he comido desde la cena de anoche en casa de mis padres— eso no lo sabía por supuesto y fruncí el ceño. ¿Por qué no había tomado nada esta mañana? Lo miré, pero no era como si las respuestas estuviesen en su rostro.

—Bien, eso me alegra hasta cierto punto— dijo —Pero debes tener un hambre descomunal muchacho. He horneado estos bollos. ¿Quieres probar?— dijo señalando una bandeja cubierta.

—No, me gusta esperar hasta la comida. Pero muchas gracias por su ofrecimiento— dijo él. Y yo seguía tan sorprendida por su amabilidad.

—Bien, si quieren pueden dar una vuelta por ahí, a la comida aún le falta un poco— dijo y asentí.

— ¿Dónde está papá?— pregunté, queriendo hacer esto muy rápido.

—Él ha salido un momento, ha ido a comprar algunas cosas y estará en seguida en casa— respondió. —Jake ha ido con él— siguió antes de que preguntara.

—De acuerdo— dije y sentí su mano envolverse en la mía provocando un efluvio de tranquilidad a mi cuerpo, me instó a salir de ahí.

—Estamos... por ahí— me despedí y ella asintió haciendo un gesto vago con su mano enguantada.

¿Era extraño tenerlo a él en esta casa, donde crecí y pase tantos años, y tantas emociones?

No.

Mi corazón sabía que no era extraño; mi mente lo confirmaba.

Todo lo que sentía, es que era correcto. Que él viera esto de mí, que mirara las fotos dispuestas en la sala, la copia en miniatura de mi título, los trofeos de Jake.

— ¿Quiere... venir a mi habitación? T...tengo algo ahí, de regalo de navidad que ellos han dejado para usted— dije no muy segura de mis palabras, observándolo mientras él se movía por toda la sala viendo las cosas a su antojo, tomándose su tiempo en cada detalle. Él levanto los ojos del portarretrato que estaba tocando hasta mí, me miró durante un intervalo de unos diez segundos y luego volvió a mirar el portarretrato. Solté aire y volví a tomar tanto como pude, esperando. Sabía que él estaba pensando.

Se movía más cerca de la posición en que me encontraba, donde había una foto de Jake y yo, él tan joven como un niño y yo con diez años menos. Sonrió.

— ¿No es una falta de respeto a tus padres que me estés invitando a tu habitación?— preguntó.

Fruncí el ceño y lo miré incrédula. Pero a pesar de eso, realmente lo pensé. Sin embargo, yo no era ninguna adolescente, y él no era... como un novio adolescente. Los parámetros que rigen la normalidad de una presentación no entraban en nosotros. Y yo sentía, que una falta de respeto, era no invitarlo.

—No con usted— dije como quien tiene muy claro que el cielo es azul y las nubes son blancas. Él no dijo nada, sin embargo terminó de acortar la distancia para llegar a mi lado.

—Bien, entonces vamos— dijo empujándome suavemente.

Asentí y nos lleve hacía el pasillo donde se encontraban las puertas de las habitaciones. Señalé para él cada uno hasta encontrar el mío al final del pasillo cerca de la puerta del patio de atrás.

—Tenías una vía de escape muy fácil en tu adolescencia— observó mirando de la puerta de mi cuarto a la otra, de afuera. Sonreí negando y él arqueó una ceja.

—Nunca pensé que tenía que tener una vía de escape, al menos no para lo que creo está pensando. Me gustaba salir en la noche, si— dije abriendo la puerta —pero eso sólo era para estar en el jardín y de pronto sentarme por ahí— expliqué.

De nuevo él no dijo nada, esperé algún otro comentario pero sólo entramos a la habitación. Él se encargó de cerrar la puerta mientras yo iba directo a donde estaba mi maleta medio lista para irme, la había mantenido así desde que llegué, nunca desempacando por completo. Rebusqué entre las cosas donde había guardado lo que tenía para él.

Saqué la corbata que ellos le había comprado, junto con un suéter del tipo que a él le gustaba usar y que yo había comprado para él. Giré a él, de pie cerca de la puerta observándome y observando todo alrededor.

—Esto es para usted— dije acercándome a su lado y tendiendo lo que me estaba dando.

—Arrodíllate— me aturdí, al instante y sin pensarlo. Él dijo... hice la interrogante con mi mirada. ¿De verdad? pero no había equivocación, él estaba concentrado en lo que sea que estaba pensando. Me eche hacía atrás creando una distancia prudente entre su cuerpo y el mío. Esperé porque quizá corrigiera o cambiara lo que había dicho pero él estaba igualmente esperando, esperando porque yo obedeciera.

Me arrodillé, sobre el piso, resintiendo ante la incomodidad de mis rodillas al tocar directamente contra el piso duro. Agaché la cabeza, porque esto era como tomar posición y para mí era una serie de movimientos que se juntaban en consonancia, de rodillas, abriendo las piernas, irguiendo la espalda y agachando la cabeza. Extendí mis brazos hacía él ofreciéndole también lo que tenía en mis manos y era suyo.

—Eso es, veamos que tienes para mí— tomó las dos cosas de mis manos, las corbata estaba en su caja, sin destapar, el suéter permanecía en una bolsa de regalo que había comprado. No quise mirar mientras él contemplaba cada regalo, porque ¿qué hacía si no le gustaba algo? ¿Si no le gustaba el suéter, al menos?

Pero él seguía sin decir nada, y el silencio pasando en el tiempo no era una cosa agradable para mí. Nunca lo ha sido.

Escuché un mohín positivo salir de sus labios, algo que sonaba como un gesto de aprobación, pero no estaba muy segura, después de todo la mente podía estarme engañando para escuchar lo que quería.

—Levanta la cabeza— ordenó. Yo había olvidado por completo donde estábamos, pensando o trasladándome por un momento a nuestra casa. Pero al mirarlo y ver la puerta tras él y el color de la pintura, volví a recordar que estábamos en la casa de mis padres, y que mi mamá estaba sólo a unos pasos de donde estábamos, en la cocina. Él pareció notar mis preocupaciones, sin embargo no dijo nada, él se mantenía como un ser difícil de perturbar. —Recuérdame agradecer a tus padres— dijo alzando la corbata ya fuera de la caja. Asentí. —Ahora creo que debería agradecerte a ti—. Fue hacía mi cama pasando por mi lado y se sentó —Ven aquí— mandó palmeando la cama junto a él. Tragué grueso y miré hacia la puerta. ¿Me iba a negar?

Me senté a su lado, en la cama.

Las imágenes de miles de cosas pasaban por mi mente, recreándome en la expectación de una acción que no había sido dicha ni prometida, yo inclusive podía sentir que su mirada y su calor significaban más que él simplemente sentado a mi lado observándome. Pero ¡estaba equivocada! ¡Cuán equivocada!

—No sé qué estás pensando, pequeña. Pero afuera está tu mamá, no voy a agradecerte nada en tu habitación con ella ahí afuera— dijo como burlándose de mí, me avergoncé. Mis mejillas se encendieron pero más allá de ello me sentí enojada con él, por burlarse de mí, por... por hacerme sentir humillada, por agobiarme con su postura y sus órdenes cuando iba a flaquear en el momento indicado; y enojada conmigo, por pensar lo que no era, por enojarme con él esperando con algo que sabía que no llegaría. ¿Él sensato? no cuando se trataba de lo que era correcto para mí, pero él en este momento no estaba siendo exactamente sensato, él sólo estaba jugando conmigo, con mi paciencia y un precario control que era más suyo que mío.

Me puse de pie dándole la espalda. La vergüenza haciendo mella en mi cuerpo.

—Voy a hacerle compañía a tu madre, tenme esto aquí para más tarde. Te dejaré para que reflexiones tus pensamientos— dijo pasando a mi lado, abrió la puerta tirando del pestillo ajustado con seguro, que él mismo había gestionado. Sonrió una última vez hacía mí, dándose la vuelta sobre su hombro. Apreté los puños y esperé hasta quedar sola, No sé qué me hizo sentirme tan voluble en ese momento, era quizá la forma extrema en que había querido estar con él y luego... tenerlo, pero saber que no podía de la verdadera forma en que lo quería, eso estaba matándome y me mantenía borde. No me gustaba.

Salí cuando escuché más ruido del que debería en una casa con apenas tres personas en ella, con dos juntas que estaba segura no tenían muchas cosas que decir.

Pero cuando me asomé a la sala tuve que permanecer estática en mi lugar ante la incredulidad de lo que se plasmaba ante mis ojos. Inusual y sin mi presencia, y eso era lo que más me hacía sentir rara. Mi Señor, él estaba apretando la mano de mi padre, sonriéndole como si hubiese visto a alguien que conoce de antaño, pero una parte de mi cerebro registro que era cortesía por su parte.

Mi padre de igual forma le saludaba con aprensión y un respeto que me era difícil asimilar. Era como si... como si él, mi Señor, estuviese ejerciendo eso a su alrededor. Vi a Jake acercarse con confianza y una amplia sonrisa en su rostro saludándole. Y fue como si todo estuviese bien, como si él simplemente entrara en mi familia de la manera más fácil.

Había pensado en Charlie diciéndole cosas, preguntándole cosas, y aún quedaba mucho rato por pasar. Pero por lo que apenas veía con las presentaciones, sabía que nada iba a ser como yo lo esperaba. Mi mamá sonreía hacía ellos de pie junto a él. Y yo no podía sentirme más repentinamente fuera de lugar. Mi papá estaba diciéndole algo a él, ellos estaban intercambiando comentarios, estaba escuchando pero mi cerebro no estaba procesando sus frases, aún estaba anonada.

En un segundo efímero de tiempo, algo que apenas se registra, él me observo. ¿Cómo supo que estaba aquí? yo había retrocedido lo suficiente para no verme ante ellos. Sin embargo él tenía sus ojos clavados en los míos, haciéndome imposible seguirme alejando, anclándome. Sus ojos estaban invitando a acercarme, él seguía hablando mientras papá le daba a mi madre las bolsas y prestaba atención a su conversación, y realmente seguía pensando que ellos ya se conocían, aunque sabía que no era verdad.

Vi el gesto imperceptible para todo el mundo de su mano, uno que me invitaba a acercarme a su lado. No iba a negar, tampoco iba a salir corriendo. Yo no estaba asustada ni molesta, solo... impresionada. Yo estaba impresionada por él, por su habilidad y por las cosas que estaba haciendo.

Venir aquí.

Acercarse a mí.

Decir lo que había dicho hasta ahora.

Conocer a mi papá.

Yo estaba más que queriendo agradécele a él esto. Y él lo vio en mis ojos y la disposición de mi cuerpo a medida que me acercaba a donde estaba, como hipnotizada por esa fuerza poderosa de sus ojos verdes azulados.

— ¡Ahí estas pequeña hermana!— gritó Jake lanzándome un trozo de galleta, iba a reprenderlo por su comportamiento inmaduro pero él me tomó de la mano, alcanzándome a medio paso de su posición y me ayudó a sentar a su lado. Eso se sentía mucho mejor. Pasó su mano por mi espalda, y empezó a jugar de nuevo con mi camisa.

—Ya he conocido a tu chico Isabella, ¿Dónde estabas?— la vergüenza y el placer de sus cómodas palabras luchaban en mí. Sólo sonreí y negué.

—Guardando algunas cosas en mi habitación— dije para excusarme, eso era suficiente para mi papá, acostumbrado a mis respuestas superficiales y carentes de mucha información.

—Bien ¡Huele delicioso mujer!— dijo dirigiéndose a mi madre. —Tengo hambre ¿ustedes no tienen hambre?— pregunto dirigiéndose a todos nosotros.

—Ciertamente huele muy bien— dijo mi Señor a mi lado.

—Ya vas a ver cuándo lo pruebes— afirmó Jake palmeando a mi Señor en la espalda —Iré a llevar unas cosas al garaje, vuelvo enseguida— asentimos, al menos papá, mamá y yo, que sabíamos perfectamente él no iba a volver enseguida, y que quizá, iba a tener que ir por él cuando llegase el momento de comer. Él y su moto eran como una cosa única e inseparable.

—Bueno, definitivamente espero eso—. respondió mi Señor a la afirmación de Jake, me reí un poco liberando más y más tensión de la que había estado acumulando, me doy cuenta ahora, sin necesidad. Todo estaba bien, todo iba a estar bien.

— ¿Quieres algo de tomar Edward? ¿Nadie le ha ofrecido nada?— ambas, mi mamá y yo, nos sentimos avergonzadas por ello. Mi mamá le había ofrecido comida, pero nadie algo de beber. — ¡Ya veo que no! Dios santo. ¿Quieres tomar algo, Edward?— volvió a preguntar directamente hacía él que estaba sonriendo en mi oído por mi reacción.

—No Charlie, está bien—. Dijo él.

—Tengo de todo tipo de marcas de cerveza en la nevera, y algunas botellas de whiskey que quedaron de anoche— ofreció como tentándolo, sonreí estaba vez yo, negando.

—Él no va a tomar nada de eso— dije, pero no fue realmente mi intención hacerlo, no en voz alta. A mi lado él se sacudía con risa. ¡Vaya! esto estaba dándole una diversión que nunca había visto. Sin embargo mi papá me miraba como si se me hubiese zafado un tornillo.

— ¿Ella no te deja beber?— y eso rompió todo, ambos sucumbimos en sonoras risas por lo irónico de su frase. No me había dado cuenta, me había recostado a su cuerpo.

—No, Charlie. Ella se refiere a que no suelo tomar alcohol— dijo, y eso me hizo recordar a anoche. A la llamada, a lo que dijo Rosalie sobre él bebiendo con Emmet y Carlisle.

—Ah, entiendo— murmuró. — ¿Puedo preguntar por qué? Lo siento, es que se me hace curioso, a decir verdad no conozco a alguien que se niegue a lo que he ofrecido— mi papá parecía azorado, él no era un tipo duro, más bien amable y cordial con todos.

—No sé— mi Señor hizo un gesto con su cabeza, inclinándola a un lado —No es que no beba en absoluto, es más bien que no me gusta demasiado. Ayer ya lo he hecho en casa de mi familia, con mi papá. Y no es bueno recibirlo hoy de nuevo. Llevo un buen control de mi salud y me gusta conservarlo— explicó, creo yo, esperando que eso fuese suficiente, y a juzgar por el rostro aprensivo de papá, lo era.

—Vale, entiendo. Eso me deja como un irresponsable de mi salud— dijo apenado ahora. Reí bajo.

—Me complace que te estés relajando— susurró en mi oído. Asentí. —Nah, no se preocupe. Estoy seguro, por lo que veo, que es usted un hombre completamente sano— papá sonrió hacía él, sinceramente, ellos estaban más que bien el uno con el otro. Terminé de soltar toda la tensión acumulada.

La comida paso en un abrir y cerrar de ojos, era una hora atípica para comer, apenas las seis de la tarde. Bueno, atípica en la casa de mis padres, para mi Señor y para mí era una cosa normal y cotidiana, además, había hambre y eso era visible en la forma en que nadie había dejado sobras en sus platos. Mi madre sonrió complacida al ver esto.

—Eso ha estado delicioso. Y créeme, no soy un adulador que anda diciendo estas cosas— dijo él, a su lado yo sabía eso muy bien.

—Eso ya lo había descubierto— dijo mi madre sonriéndole. Sabía que se estaba refiriendo a la vez anterior que ellos se vieron, él no había sido tan... cordial como ahora, sin embargo recuerdo perfectamente que al final hablaron muy bien.

...

Un rato más tarde todos reposábamos en la sala, viendo a mis padres sabía lo muy cansados que se encontraban aunque apenas fuesen las siete. Ellos tuvieron una noche larga, los comprendo, y una parte de mi quería con mucho ahínco que ellos se fueran a dormir. Ya.

Pero la parte noble y sensata de mi cuerpo se mantenía anclada, aunque pegada totalmente a él.

—Bien. Creo que es hora de irnos— dijo mi Señor a mi lado, haciendo ademan de levantarse en el proceso. Me tensé cuando vi la mirada de mi padre, la incredulidad total bailo en todo su rostro, mi madre por el contrario tenía la reacción típica de alguien que esperaba lo que acababa de escuchar.

— ¿¡Disculpen!?— exclamó mi padre ofendido. Tragué, ésta era sin duda una de las cosas que no quería enfrentar, una disputa entre ellos. A mi lado, él ya se había puesto de pie y estoy segura, esperaba a que yo le siguiera, pero estaba anclada por la fuerza propia de mi tranquilo padre, que en este momento no tenía ninguna relación con ese adjetivo.

— ¿Que está mal?— preguntó mi Señor, estaba segura que él entendía perfectamente la razón por la cual mi padre estaba teniendo esa reacción, sin embargo él sólo estaba haciendo parecer como que él que estaba mal era precisamente mi padre. ¿Y mi opinión? de verdad mi padre estaba mal.

—Creo que mi casa merece respeto, tú estás en mi casa, Isabella. Viniste a pasar vacaciones con nosotros— dijo él, puntualizando cada palabra. Lo miré, no estaba ofendida o molesta por sus palabras y su tono, yo quería llevarlo al terreno más cómodo posible, pero antes de que yo dijera cualquier cosa, mi madre habló.

—Charlie, ¿qué esperabas? Edward ha venido, y ellos viven juntos. ¿O preferirías que Edward durmiera con ella, en su habitación?— era una pregunta, pero todos supimos que era una pregunta retórica. Jake ni siquiera se atrevía a hablar, y con esa sugerencia de mamá, yo menos.

— ¡Por supuesto que no! Sólo... yo sólo... — dijo frunciendo el ceño, pero golpeado por la realidad de una situación. Él se enfurruño completamente y ese fue mi momento para ponerme de pie.

—Bien— dijo ahora mi Señor, empujado de seguro por la afirmación de mi madre, me giré por completo hacía él, ignorando potencialmente al resto de personas.

— ¿Me puedes esperar un momento? Voy a hablar con papá, y luego me gustaría darme una ducha, recoger unas cosas y salir ¿sí? ¿Por favor?— pedí, bajando mi tono al final y convirtiéndolo una vez más en esa melodiosa y mimosa voz que esperaba conseguir cualquier cosa de él. Enarcó una ceja, supongo que debido a mi tono, pero él estaba relajado. Metió las manos en los bolsillos delanteros de su jean y asintió.

— ¿Crees que puedo esperar aquí? ¿Soy aun bienvenido?— preguntó, casi con burla en su voz. O estoy segura que tenía la burla total plasmada en cada palabra, pero estaba ignorándola.

—Por supuesto que puedes, Edward— pronto mi madre estuvo de pie tras de mí. Asentí y él me dio un movimiento imperceptible de su cabeza, indicándome que entrara en acción. Me volví hacia mi padre que permanecía con la vista clavada en nosotros, el ceño fruncido y facciones consternadas.

— ¿Vienes conmigo un minuto?— pregunté dirigiéndome a él. Me miró, con esa cristalina muestra de afecto afectado en sus ojos. Se puso de pie y caminó directo a la cocina, lo seguí.

Con mi padre nos habíamos distanciado mucho desde que me fui a estudiar en Chicago. Nosotros solíamos hacer muchas cosas juntos, y pasar al menos ratos de domingo y noches frente a la pantalla del plasma viendo películas y riendo en familia. Sin embargo las cosas ahora eran un poco distintas, pero eso por supuesto no disminuía en nada el amor incondicional hacía mi padre. Teniendo eso en cuenta le hice frente, en la cocina, lejos de las miradas de los demás.

— ¿Está todo bien?— le pregunté una vez él se volvió hacia mí, dejando el mesón entre nosotros y sin mirarme demasiado a los ojos.

— ¿Tú crees?— preguntó de vuelta, como si fuese obvio.

—Creo que no hay nada mal, no entiendo porque algo no debería ir bien— puntualicé.

—Eres mi hija, no es como si yo pudiera aceptar que en mis narices me digas que vas a dormir con alguien— dice mostrando impecablemente como de ofendido estaba.

—Vivo con él, papá. Eso ya lo sabes, ¿por qué hacer esto ahora?— pregunté intentando suavizarlo aunque creo que yo no sabía muy bien hacerlo.

—Estas en la casa de tus padres, cariño. ¿Crees que debo tomarlo bien?— preguntó.

—Estoy en la casa de mis padres, pero yo no soy una niña. Y lo sabes. Yo no quiero hacerte sentir mal, pero quiero que me entiendas para que podamos llevarlo bien ¿sí?— pedí.

—Se sentía bien tenerte de vuelta, como si todos estos años en que has estado lejos no hubiesen sucedido— dijo, dejando ver cosas que no había pensado.

—He estado aquí antes, he estado aquí otras navidades. ¿Por qué de esa manera ahora?— no entendía demasiado su postura.

—No lo sé... — pronunció vago —Sólo lo sentía así, pero creo que estaba engañándome a mí mismo. Está bien, lo entiendo. Y es una gran cosa que él haya venido a pasar los últimos días del año contigo. El hecho de que hayas estado aquí en navidad me hacía pensar que la seriedad que parecía llevar esa relación que llevan, no era tanta como dice tu madre, pero ya veo que no es así. ¡Pero no me pidas que me disculpe con nadie!— terminó y reí.

—No lo haré, no tienes nada por lo que disculparte. Edward sabrá entenderte— reprimí el escalofrió que crecía en mi espalda baja al pronunciar su nombre. Mi papá hizo un mohín pero en seguida acorté la distancia rodeando el mesón para abrazarlo y besarle en la mejilla.

—Creo que iré a acostarme, estoy demasiado viejo y cansado— dijo mientras salíamos de nuevo a la sala en un abrazo, creo que eso había sido demasiado fácil. Me alegraba.

—Si sigues haciendo reuniones como la de anoche, vas a ponerte más viejo— le dije sonriendo, todos esperaban por nosotros.

— ¡No le digas eso!— exclamó Jake —Él es el alma de las fiestas. Él debe seguir organizando esas buenas reuniones— codeó a papá y ambos rieron mientras yo me encargaba de ser la voz sensata rodando los ojos.

—Vas a acabar con él, Jacob— le regañé.

—Nah. Pero igual estoy cansado así que me voy a acostar. ¿Vienes, Renee? — preguntó a mi madre. Ella asintió aun de pie junto a él y se despidió caminando por el pasillo pero antes de desaparecer por completo se giró hacia nosotros.

— ¿Vendrás mañana, cariño?— preguntó, había algo en su tono que sonaba afligido. Antes de dar una respuesta miré a mi Señor, asintió hacía mí.

—Por supuesto, mami— le dije sonriéndole. Ella afirmó con la cabeza y me devolvió la sonrisa.

— ¿Vendrás a despedirte, me refiero a hoy?— ese fue mi papá.

—Sí, está bien— dije dándole otro beso en la mejilla —Ve a descansar— y él lo hizo despidiéndose algo superficial de mi Señor.

El siguiente, y no demasiado después, en desaparecer fue Jake. Quien sí se despidió de nosotros con entusiasmo. Él era harina de otro costal. Para cuando quedamos solos, y yo ya sabía lo que haría a continuación para irme con él, no sabía cómo situarlo en la casa.

—Señor— llamé, cuando me miró sus ojos me taladraron.

— ¿Que dijiste?— él me había escuchado, así que fruncí el ceño con su pregunta hasta que fui iluminada.

— ¡Edward!— exclamé avergonzada.

—Eso está mejor— acusó tomando asiento en el mueble, de nuevo.

—Sólo iba a decir...te, que puedes esperarme en mi habitación ¿si quieres? o ¿aquí? el televisor está ahí y a su lado está el mando— sugerí.

—De acuerdo, ve y date prisa— dijo sin decirme que iba a hacer. Como no me siguió cuando me di la vuelta para ir a mi habitación, pensé que ya no vendría.

Me perdí dentro de mi habitación, organicé en rápidos movimientos las cosas que había removido de mi maleta dejándola de nuevo como si estuviese a punto de cerrarla para volver, aunque no sabía aún cual era el plan, pero esperaba enterarme de ello más tarde. Seguidamente me desnudé y me interné en el baño abriendo los grifos de la ducha hasta ajustar, el chorro de agua, a una temperatura buena.

Estaba en eso, perdida en pensamientos agradables mientras tarareaba una melodía que había escuchado repetidas veces la noche anterior, cuando lo sentí.

Tan potente y agudo como de costumbre, causando esa sensación conocida que va recorriendo cada pulgada de piel, erizando cada porción de vello y piel que consigue a su paso. Un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza, pero poco hice por cubrirme o pensar en las repercusiones de lo que sabía estaba pasando, me quedé estática, esperando ¿qué iba a hacer? mi corazón hizo su propio tarareo de la canción que más le gustaba. El agua tibia no hizo más que aumentar la sensación de vapor y un calor que hasta hace momentos no estaba aquí. Tragué grueso y me atreví a mirar hacia mi izquierda, a través del vidrio empañado, donde era claro, estaba su figura.

Él no hacía ademan de movimiento, podía ver su cuerpo recostado contra el alfeizar de la entrada, su pecho subiendo y bajando con respiraciones acompasadas y lo más importante o perturbador era la forma en que sus ojos se clavaban en mí, tanto, que casi podía distinguir el brillo de ese color que quemaba entre el azul y el verde, a través del vidrio que no definía exactamente colores, pero que no conseguía hacer nada contra su propia manera de refulgir.

¿Qué hacía?

Hasta ahora estaba segura que habían pasado al menos dos minutos, y yo no me movía mientras el agua seguía mojando mi cuerpo, no podía apartar los ojos de su figura pero, desde la primera ocasión, no fui capaz de mirar de nuevo hacía donde se encontraban sus ojos, pues para mí se sentía más como si fuese yo quien estuviese violando su privacidad en lugar de ser al contrario, mis mejillas estaban ardiendo en vergüenza y nada tenía que ver con la extrema sensación de calor que impregnaba el aire.

— ¿Por qué te detienes?— su voz hizo exactamente lo mismo sobre mi cuerpo, que provocaron sus ojos en un primer instante. Una corriente eléctrica viajo desde la punta de mis pies, haciendo vergonzosamente sensible el estado de excitación al que poco a poco iba sucumbiendo.

¿Qué iba a responderle? sentía en primer lugar que podía atragantarme con mi propia saliva, además, no sabía exactamente que tenía que responderle.

—Usted... — murmuré con un tono bajo, porque quería tanto como no, que él me escuchara.

—Yo sólo estoy observando lo que me pertenece, tú sigue en lo tuyo— dijo. Haciendo parecer casual y normal que él estuviese observándome ahí, con unos ademanes voyeristas que no demostraba muy a menudo.

Ante su petición lo intenté, realmente lo intenté. Me giré y tomé la esponja con jabón del neceser, vertí algo de jabón líquido en la esponja y empecé a frotar por mis brazos, una zona segura si lo pensaba.

—Creo que tus brazos están lo suficientemente limpios— dijo después de un tiempo en que yo seguía frotando mis brazos incapaz de hacerlo con cualquier otra zona de mi cuerpo, no me atrevía, mi corazón y mi consciencia estaban disparados en recordarme lo que estaba pasando y donde estaba pasando, notando sobre cualquier cosa, que de ser descubiertos, la que quedaría profundamente mal ante sus padres, era yo. Pero, aun sabiendo esto, no iba a pedirle que se retirara, eso lo sabía de ante mano.

— ¿Qué hago?— murmuré, esta vez verbalizando para mí misma lo que no sabía. ¿Qué iba a hacer? Con prudencia, intenté frotar la esponja en mi cuello, pero era demasiado consciente de su mirada aguda. En un movimiento precipitado evidenciando mi nerviosismo la esponja cayó al suelo de baldosas, por el rabillo de mi ojo capturé el movimiento de su cuerpo, y lo siguiente, la puerta corrediza siendo abierta.

Mi corazón se saltó dos latidos.

Mi respiración se trabó.

¿Que si mis papas salían en su búsqueda?

¿Que si Jake quería ir a hablar con él?

¿Que si alguno entraba a mi habitación?

¿Que si escuchaban?

¿Que si descubrían lo que estaba sucediendo en mi baño?

Estaba segura que todo el color de mi cara se había drenado, no sentía vergüenza, sentía temor. La consciencia me martillaba con esas preguntas una y otra vez mientras lo veía hacer. ¿Qué pensaba hacer?

—Señor, por favor— pedí, por primera vez desde que lo conocía, rogándole porque se aleje.

— ¿Ya no soy Edward?— preguntó burlándose de mí, alzando una ceja, levantando sus labios. Negué frenéticamente con mi cabeza, él nunca ha sido Edward para mí, ni siquiera en los momentos que he tenido que fingir lo contrario.

—Por favor— rogué, mi voz quebrándose al final. Él sabía exactamente lo que le estaba pidiendo, pero él parecía de una manera imposible acechar mi posición con más fuerza.

— ¿En serio?— preguntó, él estaba tan cerca y no había dado un paso, que estaba empezando a pensar que era yo quien se estaba moviendo, moviendo en su dirección. ¡Mierda! creo que sí.

—Yo... — dije —Mis padres— casi chillé. Él alzo su mano como diciendo que debo callarme. Cerré mi boca y me mantuve esperando, temblando, sin cubrirme porque sabía que era inútil en su presencia. Y quería hacerlo, quería cubrirme y pedirle que saliera, pero ¿cómo hacía? ¿Qué decía? ¿Qué era correcto?

—Cierra la llave— indica, fui hacía atrás en mis pasos con miedo, mucho miedo, de darle la espalda. Cerré ambas llaves y esperé. —Ven de nuevo, trae la esponja y el jabón— temblé de nuevo pero hice lo que pedía con movimientos torpes que estaba segura, sólo le causaron gracia. Llegué casi frente a él, a una distancia en la que no había estado antes, sólo nos separaba el borde del piso. No tomó los objetos de mi mano en el primer momento, con mi cabeza gacha para no ver nada de sus ojos ni que él viera en los míos, sentí sus dedos en mi mejilla húmeda aún por el agua, rastrillo en movimientos ascendentes y descendentes hasta que finalmente me impulso a mirar hacia arriba, hacía él. —Déjame pasar— ordenó y estuve a punto de decirle que no, que era incorrecto, que no debería estar aquí, que debió limitarse a esperarme afuera. Pero nada de eso salió de mi boca, yo no dije nada, pero si hice, me aparte dejándolo pasar. Dándole mi consentimiento.

Me hice hacía atrás, hacía la pared, yo no quería estar muy cerca. Si él se acercaba lo suficiente yo iba a olvidar cada buena razón para no sucumbir a él, dejándolo hacer a su antojo. Pero él me siguió, acorralando mi cuerpo contra la pared mientras sonreía, con malévola expresión, con ojos y boca.

—Por favor— supliqué cuando ya no tenía más espacio para donde correr, donde moverme, donde escapar de él. Esa era la última vez que iba a rogar.

Finalmente tomó de mis manos la esponja y el jabón, él estaba completamente vestido y sólo eso empeoraba el estado traidor de mi cuerpo, por lo irreverente de la situación. Vertió más jabón en la esponja que había perdido parte de su contenido al haber caído en el suelo mojado, no sin antes exprimirla, dejo el frasco del jabón en el alfeizar y se movió de nuevo hacía mí, con ese ademan seguro

Él si fue por los puntos que deseaba.

—Levanta la cabeza un poco— dijo y lo hice, irguiéndome y dejándole acceso a mi cuello. Él me observo sin hacer nada, sólo mirándome. Entonces chasqueó su lengua inconforme y se movió demasiado rápido; aturdiéndome salió de la ducha y se fue hacía mi habitación, pensé por un segundo que quizá escuchó algo que yo no, pero mis dudas quedaron hechas jirones cuando volvió sosteniendo en sus manos la corbata nueva que hace apenas unas horas le había dado de parte de mis padres, volví a tragar, demasiado ruidoso y vergonzoso. —Espero que a tus padres no les cause molestia, después de todo ya les voy a dar uso y de buena manera— dijo sonriendo hacía mí, como un niño que ha descubierto la mejor travesura que puede hacer en su vida. Pero yo ya no tenía más ruegos, no más. No podía. —Levanta las manos. Tú sabes cómo— dijo con esos ojazos brillando de intenciones. Lo hice, ya perdida e hipnotizada por esa magnificencia suya. Junté mis manos en lo alto mientras él veía a gusto mis acciones y procedía a hacer lo propio. Un nudo ingenioso, y mis manos estaban atados pendiendo de la corbata que se amarraba al otro extremo del trozo de tubo cromado que sobresalía de la pared y correspondía a la regadera. —Muy bien— se apremió a sí mismo una vez me hubo tenido a su antojo.

Cerré mis ojos, cautiva de sus acciones pero aun soportando los gritos de mi consciencia.

—Hmmm— murmuró suavemente y tuve que abrir mis ojos para ver su indicación, con su dedo sugiriendo que volviera a levantar la cabeza. Mis piernas temblaban mucho más que en una noche fría, y todo a su causa.

Él colocó la esponja en contacto directo con mi cuello, haciendo apenas un par de movimientos horizontales no demasiado fuertes, pero si certeros y personales, redescubriendo mi cuerpo a zonas sensibles que parecían ser todas, todo lo que él tocara, así fuese a través de la esponja. Descendió frotando en mi pecho, sin moverse a ninguno de mis senos, tal vez probando mi paciencia sobre la cual no había pensado hasta ahora.

Pensé que iba a descender la esponja y seguir, pero él volvió a subirla hacía mi cuello a la par que se inclinaba con su cabeza directa a mi seno izquierdo y metía un pezón en su boca. Me eché completamente hacía atrás pegándome a la pared pero sin poderme apartar de él, las sensaciones de su boca cálida contra mi piel rugosa, sensible y excitada se abrían paso dominando en mi cerebro, chasqueó su lengua y succiono con fuerza, torbellinos de colores bailaban en mi cabeza mientras apretaba mi boca para no soltar nada.

Se separó y respiré con alivio contenido que sabía, no me iba a durar. Sentí la humedad brotar de mi cuerpo en un proceso líquido y caliente que empeoraba todo, me estaba preparando a él.

Sin decir palabra llevo la esponja hasta mi seno sin despegarla en ningún momento de mi piel, la pasó un par de veces por todo el contorno elevado y finalmente sobre la superficie sensibilizada por su boca, de mi pezón. Choqué mi cabeza hacía atrás contra la pared cuando intensificó el movimiento ahí, frotando con determinación, sentía la superficie áspera de la esponja hasta un punto de incomodidad que a mi cuerpo le gustaba. Y mientras hacía esto y yo cerraba mis ojos, dejando escapar gemidos débiles y llevando mi cabeza hacía atrás contra la pared, él se inclinó hasta tener mi otro pezón en su boca. Acabando así con mis defensas y mis fuerzas, abrí mi boca y solté una queja libre y ruidosa a la que él respondió alejándose.

—No— protesté esta vez por todas las razones contrarias que antes. Ya había despertado mi cuerpo y yo lo había dejado ceder ante él, ahora no quería que se detuviera.

— ¿No quieres que me detenga ahora? ¿Que salga y te deje terminar de bañarte en libertad? ¿Quieres que juegue con tu cuerpo, pequeña? Dime, ¿Qué es lo que quieres?— mordí el interior de mi mejilla con su última pregunta sintiendo la humeante sensación de las lágrimas llegar a mis ojos y apretar mi garganta.

Negué, empuñando en lo alto mis manos. Pero incapaz de hablar, sentía como si tuviese una mordaza en mi boca.

— ¿Quieres que haga esto?— volvió a descender hacía el pezón que había estado en su boca hace unos instantes para volver en ello. Succionó entre sus labios hasta que el dolor circulo por mi cuerpo y un sondeo me golpeo hacía atrás. Cuando él se separó, demasiado pronto para yo creer que fue suficiente, no pude más que asentir porque yo quería que él siguiera y nada más. —Eso es lo que pensé— dijo y paso ahora la esponja para mi otro seno, lavando sin utilizar su boca para nada. ¿Iba a dejarlo? hizo un lento y concienzudo proceso de refregar con la esponja debajo de mis ya pesados y excitados senos, hacia abajo en mi pecho y pasando hacía atrás por mi espalda. Cuando lo hizo con mi espalda que no estaba disponible a sus ojos, decidió que mirarme era bueno. Y eso era algo difícil de mantener. Él me miraba con esa expresión cruel e insondable de encantarle lo que estaba haciéndome, aun cuando sabía las repercusiones que podría tener. Yo era simplemente un cordero asustado y dispuesto, la disponibilidad a él, voluntaria o no, siempre era palpable en mi cuerpo y en mis acciones a su lado.

Bajó la esponja, no sin antes verter un poco más de jabón liquido en ella, y talló mis piernas desde abajo, mis tobillos y pies, hacía arriba. Mentiría diciendo que no estaba conteniendo el aliento cada segundo, si digo que él no estaba enloqueciéndome en cada furtivo toque de sus dedos, en cada leve roce y palmo de su mirada. Ascendió por mis rodillas y empezó a tallar mis muslos, rodeando toda extensión de mi piel y yendo poco a poco hacía las caras internas, más arriba.

Había en mí una mezcla de vergüenza y descaro, de pudor y de querer que él me viera y ayudara. Estaba dividida pero permanecía aquí. Finalmente volvió a ponerse de pie, y pensé, como todo, que tal vez él sólo me había provocado y ahora iba a dejarme así, llevarme a su apartamento o donde sea que se iba a quedar, y ahí iba a terminar lo que empezó, pero fueron sus siguientes palabras las que me hicieron desterrar ese pensamiento de mi cabeza.

—No voy a llevarte a mi apartamento a otra cosa más que para que duermas conmigo ¿entiendes?— dijo, paralizando mi cuerpo. En ese momento separó la esponja de mi cuerpo y lo siguiente que sentí fue como la colocaba entre mis piernas, justo en medio y empezó a frotar empujando hacia arriba. Cerré los ojos, asentí a sus palabras y gemí bajito.

—Entendido, Señor— medio hablé, medio gemí, respondiendo a su cuestión.

—Extrañaba escuchar eso— dijo en una exhalación, abrí los ojos para conseguirlo muy cerca, frotando con delicado trabajo entre mis piernas, provocando una humedad que contra el frio del agua en mi cuerpo, perlaba por ser vergonzosa. Se inclinó hacia adelante, repasando su nariz por la piel de mi mejilla —Hueles maravillosamente bien— su voz sonó tan baja y ronca, tan él. —Te pones tan húmeda— murmuró manteniéndose contra mí, frotando en círculos en contacto directo contra mi zona más vulnerable y anhelante por él.

Todo lo que estaba haciendo me estaba empujando a un borde, pero sentía crecer en mi cuerpo y en lo profundo de mis entrañas una necesidad imperante de ser penetrada por él ¿lo peor? no sabía cómo exprésalo a él, como pedírselo, me recargaba contra la pared a gemir mientras sentí sus labios hacer contacto con mi piel.

—Sabes delicioso— expresó lamiendo mi mejilla, ma arqueé y bombeé mis caderas hacía adelante, hacía su mano.

—Señor… — suspiré, deseando un poco más, queriendo besarlo y tomar tanto de él como a veces me era negado.

—Con calma, pequeña. Voy a dártelo— afirmó haciendo el roce de la esponja más urgente, apremiante y enloquecedor. Volví a golpear mi cabeza contra la pared del baño cuando él siguió lamento mi rostro, mi barbilla, mis labios. ¡Dios Santo! —Shhh— ascendió la mano libre y cubrió mi boca, acallando con su palma húmeda mis quejidos.

Un poco más, sólo un poco más.

Unos movimientos ligeros más de su mano, sus ojos sobre mí, su palma presionando mis labios y me relajé navegando en el limbo de la cálida sensación de un orgasmo otorgado por él. Seguí jadeando fuerte contra su palma, despidiendo la sensación del orgasmo mientras él lo prolongaba con movimientos lentos, sacudida por la vertiginosa sensación de su presencia.

—Eso ha estado mejor— exhaló separándose de mí, primero su mano de mi boca y luego la esponja de cualquier contacto con mi cuerpo. —Lava esto— dijo señalándola —Y termina de bañarte, voy a salir por la puerta de atrás— me guiño con diversión inclinándose para besar mis labios resecos, apenas un roce que me distrajo mientras él me soltaba. Cuando estuve del todo liberada, él simplemente se fue, sin mirar atrás.

Mentira sería decir que no duré unos cinco minutos recostada a la pared, esperando que él volviera, que miraba furtivamente la puerta del baño deseando verlo moverse de nuevo hacía mí. Pero luego de ese tiempo volví a la tarea de bañarme, o terminarlo según como sea visto. Haciéndolo esta vez más rápido por la urgencia de reunirme de nuevo a su lado, después de la experiencia vivida sólo quería sentir la calidez de su cuerpo cerca. Tal vez, nuestros últimos encuentros, me habían mal acostumbrado.

Salí vistiéndome rápidamente aunque siendo cuidadosa en lo que elegía para verme bien a sus ojos. Estaba clara en que él había dicho que sólo íbamos a dormir, y yo no estaba jugando a pretender nada más, era ese simple impulso de complacerlo a cualquier nivel posible.

Sequé mi cabello con detenimiento y me preparé para ir afuera, sin saber exactamente si debía sacar mi equipaje de aquí o no. Íbamos a volver, él lo había asegurado pero no tenía claros los detalles de su estadía. Fui a buscarlo donde se supone, en la sala, aunque quise ir por la puerta de atrás, medio abierta a mi salida de la habitación, a ver si estaba por ahí. Y cuando llegué a la sala y no lo vi, estaba segura que eso es lo que debí haber hecho, sin embargo sobre una de esas mesas de madera tallada de mis padres, pisada por el marco de una foto familiar, se encontraba una nota que desde la distancia reconocí escrita por la letra de él. Me acerqué con el corazón tamborileando en el absurdo pensamiento de que quizá él se había ido y me había dejado aquí, pero afortunadamente sólo fue eso, un pensamiento absurdo.

"Salí a caminar afuera..."

Edward

Era de noche, es verdad, pero cualquiera que viera la nota y luego la puerta de la casa medio abierta, le creería. Aparte de que, con todo el remordimiento de mi consciencia, mis padres nunca se formarían la idea de lo que nosotros acabábamos de hacer.

Fui afuera, mirando al frente de la casa, hacía la calle, esperando verlo por ahí, sin embargo él se encontraba más hacía la izquierda en el jardín de mi madre, vagando con las manos en los bolsillos y los pensamientos perdidos. Me quedé un rato recostada al umbral de la entrada, observando su figura que contemplaba el jardín y a veces levantaba la vista al cielo. Viéndolo, mis emociones se dispararon queriendo saber qué era eso que lo mantenía pensativo y a pesar de ese deseo que me mantenía alerta, me perdí en las facciones de su rostro y en el significado de su presencia aquí, a mi lado.

En algún momento me perdí también en mis pensamientos y fue entonces que él se percató de mi presencia volviéndose en mi dirección, observándome desde su posición, sin acercarse pero repasando en su mente y permitiéndome ver a través de la luminosa ventana de sus ojos, todas esas cosas que lo hacían presente aquí, para mí.

— ¿Estas lista?— no había necesidad de que alzara la voz, el silencio y la quietud de la noche que ya se había establecido, permitían que lo escuchara perfectamente. Pero yo no quería responder así que sólo asentí, incapaz de romper esa conexión que viajaba en la distancia entre nosotros.

— ¿Debo llevar mi equipaje?— le pregunté, y a pesar de mis palabras, que temía pronunciar, no por lo que dicen sino por el simple hecho de romper eso... eso que no se describir, con el ruido, no ocurrió nada, todo seguía igual.

—No— dijo. —Tú has venido a quedarte hasta las fiestas de año nuevo ¿no? — preguntó aún con las manos en los bolsillos y el gesto sereno; él sabía la respuesta a esa pregunta, fue parte de lo que habíamos discutido antes de mi venida. Yo iba a regresar la primera semana de enero. Pero la fecha en mi mente había cambiado y mi retorno dependía de la respuesta que él diera a mi escueta pregunta.

— ¿Usted?— él me mira, y sus ojos se achican formando dos pequeñas rendijas de verde brillante. Entonces sonríe, de verdad, como enseñándome que ya se la respuesta. Que él está aquí porque yo debía estar a su lado, porque yo no fui capaz de tomar la decisión de volver a su lado antes pero él si lo había hecho.

—Ve a despedirte— me apremió —Hasta mañana, diles de mi parte— asiento sonriéndole de vuelta —Y ordena un taxi. Te espero aquí afuera— me di la vuelta para ir a despedirme de mis padres, con una seguridad que muy pocas veces cuela en mi cuerpo y una sonrisa que estaba segura haría saber, al menos a mi madre, que ahora si estaba completa.