–37–

Heimdall, el guardián del Puente Bifrost, permanecía plantado ante la puerta del Observatorio de Asgard, dedicado a su perpetua labor de custodiar el acceso a la entrada. Viéndole, cualquiera habría dicho que nunca había dejado su puesto; y los años que había estado de paro forzoso por causa de la destrucción y posterior reconstrucción del Observatorio parecían apenas un breve paréntesis entre una y otra eternidad. El vigilante era como un tótem, una estatua inmóvil en honor al tiempo, que continuaba alerta a lo que ocurría tanto junto a él como a millones de años luz de distancia, desafiante al paso de los siglos.

No mostró la menor reacción cuando vio que un caballo se aproximaba velozmente al Observatorio, avanzando sobre la plataforma luminosa y diáfana que lo comunicaba con la ciudad. Su jinete era una figura menuda, cubierta totalmente con una capa que disimulaba sus rasgos, aunque Heimdall no necesitaba verlos en ese momento para identificar a quién pertenecían. Ya los había visto antes, de hecho la había visto venir desde antes de subir al caballo. Él lo veía todo.

El jinete encapuchado detuvo el caballo y desmontó, dirigiéndose hacia el custodio asgardiano. Sus movimientos aún eran gráciles, pero parecían teñidos por el cansancio, o tal vez la debilidad de quien acaba de salir de una larga enfermedad. Bajo la capa, sus vestiduras eran de un luto riguroso.

–Poderoso Heimdall –le saludó solemnemente la figura, con una voz femenina que denotaba el más absoluto agotamiento–, en esta hora de aflicción vengo a solicitar… no, a suplicar tu ayuda, aunque no la merezca.

El enorme guardián no alteró ni un músculo su expresión impasible.

–Hablad, Princesa –la invitó con su voz profunda, como de siglos.

–Nunca fui una princesa –dijo ella, bajándose la capucha y revelando los rasgos fatigados de Sigyn–, sino la más desgraciada de las mujeres.

Heimdall no pudo poner objeción a eso. Todo el sufrimiento por el que había atravesado había hecho mella en la belleza de Sigyn: en poco tiempo parecía haber envejecido veinte años. Sus ojos aguamarina se veían enrojecidos y rodeados de pequeñas arrugas, su rostro estaba demacrado y sus mejillas hundidas; y en su hermoso cabello caoba habían aparecido algunas canas prematuras.

–Sé que no tienes razones para confiar en mí, teniendo en cuenta mis lazos familiares, pero te ruego que me escuches –continuó ella–. Mis vínculos con Loki están ya rotos para siempre. No debes temer ninguna trampa de mí.

–No tenéis que justificaros, mi señora –repuso el guardián–, sé que sois inocente.

–O culpable de algo que no puedo evitar –suspiró ella–. En todo caso, ya no tengo nada que ver con mi marido. Vengo por mi cuenta, apelando a tu compasión.

–Tenéis mi compasión, y mi pésame –contestó Heimdall, que había contemplado todo lo ocurrido con sus ojos clarividentes. Era una lástima que su juramento de vigilante le obligara a no intervenir jamás en nada de lo que veía, sólo en el caso de que el acceso al Bifrost se viera comprometido–. Perder a un hijo debe ser la mayor desgracia que puede ocurrirle a alguien, cuanto más perder dos.

–Sí… –ella luchó por contener las lágrimas, pero enseguida recuperó el dominio de sí misma–. Sólo hay dos caminos para acabar con mi desventura –expuso–. Tú tienes la llave del primero. Si te niegas, sólo me dejarás el segundo.

–Esa botella que guardáis en vuestro seno –insinuó él.

Sigyn extrajo la botellita de entre sus ropas. El vidrio oscuro refulgió débilmente a la luz que emitía el Observatorio. Era muy pequeña, pero el líquido que contenía era mortal incluso en la menor cantidad, si era ingerido.

–Déjame marchar, te lo suplico. Aquí ya no me queda nada, sólo razones para morir.

–¿Dónde deseáis ir?

–La Tierra –contestó ella–. Allí podré desaparecer entre los mortales. Si Thor pudo aprender a convivir con ellos en armonía, también podré yo. Loki no podrá encontrarme y yo podré empezar una nueva vida, lejos de las penas del pasado.

–¿Y Odín qué opina de vuestros planes?

–El Padre de Todos no sabe nada de esto –Sigyn agachó la cabeza–; nunca me permitiría dejar Asgard. Seguramente pensaría que crearía un peligroso precedente si se supiera, o que Loki redoblaría sus ataques a la Tierra en sus intentos de buscarme.

–De modo que lo que me pedís es ir contra la ley más alta –concluyó Heimdall.

–Lo sé –asintió ella–; no te reprocharía que te negases.

–No, no me lo reprocharíais –replicó él–, sólo cargáis una muerte sobre mi conciencia.

–No, buen Heimdall –aseguró la mujer–; nunca pienses eso. Yo ya estoy muerta, mi corazón lo está. Sólo te pido una oportunidad para que pueda revivir de nuevo. Si no accedes, mi tiempo aquí habrá acabado y lo aceptaré con humildad, al igual que he aceptado otras cosas. Nunca te culparé por ello. Sólo existe un culpable de mi desgracia y ambos sabemos quién es.

El guardián fijó sus impasibles ojos dorados sobre la antigua princesa, ahora humillada y suplicante.

–¿Estáis segura de que seréis feliz en la Tierra?

–No –ella sonrió tristemente–, yo ya no aspiro a la felicidad. Ésa es una gracia a la que renuncié hace mucho tiempo. Ya sólo deseo paz –dirigió su mirada hacia las luces de Asgard–, y aquí ni siquiera podré tener eso. No mientras siga siendo la esposa de Loki.

Heimdall le dio la espalda, girándose hacia el dispositivo del Puente Bifrost.

–Me ponéis en un gran aprieto, Princesa. Realmente no sé qué hacer.

–Cualquiera que sea tu elección, te agradezco que me hayas escuchado y que lo tomes en consideración. Sé que harás lo correcto.

Él no contestó, limitándose a contemplar meditabundo el espacio estrellado más allá de la bóveda dorada. Tras él, Sigyn, en silencio, aguardó pacientemente su decisión. En su puño derecho seguía sosteniendo apretadamente la botellita con el veneno.

Después de un tiempo él habló, y sus palabras la golpearon como un mazazo:

–Lo siento, Princesa. Tenéis mis simpatías, pero tengo que cumplir la ley. No puedo ayudaros a dejar Asgard sin el permiso del Padre de Todos.

Ella se tomó unos segundos para asimilar lo que aquellas palabras implicaban. No estaba enfadada con Heimdall, ni siquiera sorprendida; él sólo cumplía con su obligación. Hacía mucho que ya había aprendido a no confiar en sus esperanzas. Éstas siempre se habían visto hundidas: su amor adolescente por Loki, las ilusiones que había puesto en sus hijos… era de esperar que eso tampoco le saliese bien.

Pensó en hablar con Thor, como había sido su plan original, pero… ya no tenía caso. Aquello seguramente era una señal. Parecía que, después de todo, el destino quería que acabara su vida allí.

Se situó en el borde del camino, sobre el abismo que se había tragado a Loki y lo había devuelto a Asgard años atrás, y contempló serenamente la inmensidad azul cuajada de estrellas. Bebería el Eitry después saltaría. Durante unos segundos volaría, tal como había fantaseado tiempo atrás; y luego su cadáver se hundiría en el abismo. Así no le estorbaría a nadie.

Con calma, destapó la botellita. Había dicho que lo aceptaría con resignación y eso haría. Había crecido como una sirvienta, y había amado como una mujer. Tal y como había afirmado ante Heimdall, nunca había sido realmente una princesa. Pero podía morir como una.

–*–*–*–*–*–

–Despierta, padre –la voz de su hijo mayor le llegó a través de la bruma de sus sueños–. Ha llegado el equipo de rescate.

Loki abrió los ojos, aturdido y sin la menor referencia de dónde se encontraba o en qué momento. Desde que Sigyn lo había abandonado, había alternado períodos de lucidez con una duermevela que no bastaba para reponer sus energías; pero estaba tan agotado que apenas podía mantenerse despierto, al igual que tantos años atrás, al regresar del abismo. Casi pudo sentir la dulce mano de Sigyn sobre su frente, como aquella vez al despertar. Pero sabía que era una ilusión vana.

Al aclararse su vista, vio que Fenrir y Jormungand estaban allí, ante él. Sigyn solía decir que le gustaba cumplir sus promesas y en ese caso no había sido la excepción, habiendo hecho honor a la suya de avisarles, pensó. Siempre se había tomado eso de cumplir con su palabra tan en serio como poco se lo tomaba él. Sigyn… pensó. ¿Dónde estaría? ¿Qué estaría haciendo? Y… –el pensamiento lo debilitó–, ¿seguiría viva?

Mientras, sus hijos lo contemplaban con una especie de horror ante su aspecto e incluso algo de compasión. Se sintió vagamente irritado. Incluso tras todo lo que había pasado, su mente seguía reaccionando igual ante aquella sensación humillante.

Fenrir se encontraba inclinado sobre él, examinando las cadenas que aún amarraban su cuerpo. Sus fuertes manos azuladas sostenían unas tenazas, las más grandes que hubiera visto nunca.

–Parece que Karnilla no se anda con tonterías, ¿eh? –intentó bromear el muchacho, pero Loki sólo pudo contestarle con un gruñido ahogado.

–Deja de parlotear y quítame esto de una vez.

–A eso voy, ten algo de paciencia.

¿Paciencia? Loki llevaba lo que le parecía una eternidad allí encadenado. No podía soportar ni la postura, ni el peso del metal sobre su cuerpo un solo segundo más. A medida que se aproximaba el momento de su liberación, se sentía aún más impaciente por ésta.

Como adivinando sus pensamientos, Fenrir empezó a manejar las tenazas en las cadenas. A pesar del tamaño y resistencia de las tenazas, aún así le costó quebrarlas, parecían tan irrompibles como el propio Mjolnir. Por un momento, Loki creyó que lo que se rompería serían las mismas tenazas, pero afortunadamente aguantaron, aunque el joven tuvo que hacer denodados esfuerzos para conseguir cortarlas.

–Esto está duro… –murmuró él, bufando por el forcejeo.

–Y pensabas que podrías romperlas con tus mandíbulas –se burló Jormungand, observando con los brazos cruzados.

–Por lo menos yo estoy haciendo algo, mientras tú miras –replicó incisivamente el primero.

–Sólo hemos traído unas tenazas, ¿cómo vamos a manejarlas los dos? –alegó su hermano– Además, tú siempre has tenido más fuerza física que yo. Es cuestión de ser prácticos.

–Algo has dicho de cierto: soy más fuerte que tú –comentó Fenrir resoplando, mientras hacía saltar los eslabones de la cadena junto a los brazos de Loki.

–Sólo en nuestra forma jotun –replicó el otro con suficiencia–. Esta cadenita no sería nada para mí en mi forma de serpiente, pero si me transformara aquí os aplastaría a los dos.

–Presumido… –murmuró Fenrir, sonriendo entre divertido y despectivo. Loki escuchaba la conversación entre sus hijos sin intervenir. Aunque en general estaba demasiado cansado y abatido para pensar en nada, una parte de él se maravillaba al ver la interacción entre los dos hermanos. Pese a que estaban continuamente metiéndose el uno con el otro, la relación entre ellos parecía ser mucho más sana que la que habían tenido Thor y él. Ambos conocían sus fortalezas y sus debilidades, y no guardaban ningún tipo de resentimiento al otro por sus diferencias.

¿Habrían podido Thor y él tener una relación similar, aunque fuera en otra vida? ¿Cuánto habrían cambiado las cosas de haber sido así? Pero en realidad sí la habían tenido, sólo que lo había olvidado. Recordó una conversación que Thor y él tuvieron muchos años atrás, poco antes de la coronación frustrada del primero. En aquel momento aún eran hermanos que se apreciaban. Como Fenrir y Jormungand, tenían la suficiente confianza como para estar bromeando entre ellos, burlándose cada uno del casco del otro. Y luego él le había dicho a Thor que le quería, y que se alegraba de que fuera coronado tanto como él.

Loki se sorprendió al darse cuenta de que en el fondo estaba diciendo la verdad. Aunque ya tenía planeado meter a los gigantes de hielo en la Cámara de Odín para estropearle la ceremonia… en realidad sólo lo había hecho para fastidiarle un poco, una de sus tontas bromas pesadas. En ese momento no había querido hacer daño de verdad a Thor, ni que se pusiera en peligro yendo a Jotunheim a atacar a Laufey, ni que fuera desterrado… Lo más increíble de todo era que había sido sincero al afirmar que quería a su hermano, porque entonces aún era eso: su hermano. Ahora… ahora ya no. Nunca más. Y descubrió que haber perdido a su hermano mayor –así como a los padres a los que una vez había querido– le dolía también. Tanto como perder a sus hijos, o a su esposa.

Pero ya no había vuelta atrás. Con Narvi y Váli desde luego, ya no la había; ni tampoco con sus padres adoptivos, de los cuales se había ganado con creces su odio y su temor. Pero, ¿la habría con Sigyn? ¿Y con Thor? Y en el caso de este último, ¿quería él que pudiese haberla? No, decidió. Con su mujer sí, pero Thor era otra cuestión. Una vez había sido el hermano al que había querido, y posiblemente aún quisiera. Pero eso no significaba que no fuese también su enemigo natural, el opuesto que estaba destinado a combatir hasta que sólo uno de los dos quedara en pie. ¿No era ése un destino maldito? Desde luego, pero el dios del engaño no merecía otro mejor.

Por fin logró el joven gigante quebrar la cadena en unos cuantos sitios, suficiente como para permitirle liberarse, y Loki se incorporó y se separó de aquella maldita roca, jadeando de puro alivio. Cruzó los brazos sobre su pecho y los movió, intentando hacer desaparecer el agarrotamiento que sentía. Le parecía tenerlos descoyuntados después de haberlos mantenido en la misma posición… ¿cuánto? ¿Horas, días, semanas, siglos? Intentó levantarse, pero el haber estado tanto tiempo inmovilizado había entumecido sus músculos y el sentirse tan débil no lo ayudaba. Trastabilló, a punto de perder el equilibrio.

–Tómatelo con calma, padre –le recomendó Fenrir, inclinándose sobre él–. Te ayudar…

–Puedo yo solo, ¿está claro? –lo cortó él con su voz autoritaria de siempre, y se sacudió del contacto del muchacho. Sus hijos no le quitarían aquel último resto de dignidad, ése no. Pero Fenrir no pareció ofendido o molesto. Sabía de sobra cómo era su padre, incluso en ese estado.

–Bien, como quieras. Pero tómate tu tiempo.

Era un buen consejo. Respirando hondamente, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, Loki logró incorporarse y ponerse de pie. Le costó, pero consiguió mantenerse en esa posición. Durante todo aquel tiempo había creído que nunca volvería a estar así.

Extenuado, se pasó la mano por la frente sin acordarse, y al instante retiró la mano cuando sus nervios chillaron de nuevo: había olvidado sus quemaduras. Aunque él mismo no podía verse, su piel se había oscurecido por la zona de su frente y su cuero cabelludo, e incluso había unos regueros de piel medio quemada bajando por su cuello y hasta su pecho.

–¿Te duele? –se interesó Jormungand, dándose cuenta de su respingo.

–Ya no tanto –admitió Loki. Pero aun así sentía la piel caliente en las zonas lesionadas, como si le latiera, y el menor roce encendía en él un dolor insoportable.

–Te traemos esto –el muchacho sacó una redoma de color lechoso de su chaqueta y se la lanzó a su padre. A pesar de su agilidad, a Loki estuvo a punto de escapársele de entre sus dedos agarrotados–. Es un ungüento curativo, hecho con placenta de cerdo y plantas medicinales. Lo siento, era lo único que encontramos en casa. Tu mujer nos dijo que te sería útil.

Él no dijo nada, ocupándose en abrir la redoma y esparcir buena parte de su contenido en su mano, para aplicarlo posteriormente sobre su frente y cuello. A pesar de su repugnante olor, la sensación era untuosa y fresca y lo alivió de inmediato. Sumado a su resistencia de gigante de hielo, eso quería decir que se recuperaría pronto. Sólo tenía que comer algo, reponer fuerzas, y…

–¿Nos dices ya qué te ha ocurrido? –demandó Fenrir–. Tu mujer tampoco quiso contarnos nada.

–Karnilla… –murmuró él, acabando de extender el ungüento sobre su frente. Ésta quedaría brillante y grasienta, al menos hasta que la piel absorbiera la pomada–, y tu maldito Eitr –añadió acusadoramente, señalando hacia su hijo mediano.

–¡¿Qué? –Jormungand acusó el ataque– ¿Quieres decir que ha usado mi propio veneno para…?

–Sí, demonios, sí. Lo ha usado.

–Ya te dije que no deberías ir soltando esa porquería por todos lados –bromeó Fenrir, divertido.

–Cállate –le ordenó su hermano, verdaderamente irritado por primera vez, y enseguida volvió su atención hacia Loki, con actitud arrepentida y servil–. Lo siento, padre. Cómo iba yo a saber que…

–Da igual… –lo cortó el dios del engaño, fatigado. Jormungand tenía razón: no podía saberlo. Ni siquiera él mismo había podido sospechar hasta dónde llegaba la cólera de la reina Norn, pero ahora lo sabía. Y ella también descubriría hasta dónde alcanzaba la suya, de eso no había duda.

–Pero qué… ¡por las barbas de Odín! –Jormungand se había alejado un poco y había descubierto la jaula donde yacían los cadáveres de Narvi y Váli. Se acercó y los observó, lleno de repugnancia– ¿Qué demonios es esto?

–Son tus hermanastros –repuso Loki con voz fría, afectando una indiferencia que estaba lejos de sentir–. O, más bien, eran.

–¿Tus hijos asgardianos? –su hijo no salía de su asombro–. Es increíble.

–¿También Karnilla? –dijo solamente Fenrir, y Loki asintió– Así que eso era lo que nos esperaba si nos hubiéramos dejado capturar nosotros también. Es extraño, tu mujer no nos contó nada de esto. Cómo íbamos a imaginar…

–No os preocupéis. Karnilla pagará –fue toda la respuesta de Loki. Su voz de nuevo era gélida, sin que dejara traslucir la menor emoción que ocupara su corazón en ese momento.

–¿Y esto? –Fenrir señaló al cadáver del guerrero Norn, con la cimitarra sobresaliendo de su pecho.

–Uno de esos Norn. Mi esposa tuvo que matarlo.

–¿Esa mujer tan menudita pudo con este animal? –se sorprendió el joven jotun–. ¿Al final la entrenaste con tus poderes, o…?

–No hermano, este sitio no te deja utilizarlos –le recordó Jormungand.

–Más increíble aún. ¿Así que esa "delicada" dama se las arregló para vencer por la fuerza a uno de estos temibles Norn? –Loki no contestó, recordando la escena, no tan lejana aún, en la que Sigyn había estado a punto de someterse a la lascivia de aquel despreciable gusano y luego perecer, con tal de defenderlo a él– Vaya, con razón dicen que las mosquitas muertas son las peores –comentó Fenrir hacia su hermano, el cual respondió solamente alzando una ceja, algo incrédulo.

–Salgamos de aquí –Loki cortó los parloteos de su hijo mayor–. Tenemos mucho que hacer.

Los tres hombres emprendieron la salida, pero antes Loki se volvió ligeramente hacia la jaula.

–Fenrir… o Jormungand, me da igual. ¿Podríais recoger los… los cuerpos de vuestros hermanos y sacarlos de aquí también?

–¿Para qué? –se sorprendió Fenrir, tanto por la petición como por el tono de ésta. Desvaído, casi débil.

–Hice una promesa. Y ésta sí la pienso cumplir.

Ambos hermanos intercambiaron una mirada. Ninguno de los dos era de tener demasiados escrúpulos en cuanto a los cadáveres, pero aun así no les gustaba mucho la idea.

–A mí no me mires. Te lo ha dicho a ti primero –Jormungand se quitó la responsabilidad de encima, y Fenrir maldijo de mala gana.

–Siempre me toca a mí el trabajo sucio… –murmuró mientras se dirigía a la jaula, entraba y tomaba los cuerpecitos de Narvi y Váli, uno en cada brazo. Mientras los cargaba, no pudo evitar ponerse a bromear para descargar la tensión, como hacía siempre que se sentía incómodo–: Mmm, niños tiernecitos…

Loki le dirigió una mirada de odio puro, y Jormungand de censura:

–No te pases, hermano.

–Sólo bromeaba –se defendió el licántropo–. De sobra sabéis que no me gusta la comida fría.

Loki le dio la espalda, furioso. Era normal que ni él ni Jormungand se tomaran aquello demasiado en serio, era la primera vez que veían a aquellos niños y no tenían por qué significar nada para ellos. Pero, él… eran sus hijos. Ningún padre debería sobrevivir a sus hijos.

La tarde estaba cayendo cuando abandonaron la caverna. Para Loki, fue como salir de una noche para adentrarse en otra, otra mucho más amplia y con mayor libertad, afortunadamente. Alguien menos fuerte que él habría acabado con claustrofobia. Pero él no tenía ese tipo de debilidades… aunque sí otras, empezaba a comprenderlo.

Alejándose de la cueva y ascendiendo sobre un promontorio, ordenó a Fenrir que dispusiera los cuerpos de Váli y Narvi sobre sendas oquedades en el suelo. Se agachó junto a ellos y los contempló durante largo tiempo, demasiado apesadumbrado para que las palabras le salieran.

–Adiós, pequeños... –susurró al final en voz baja y casi quebrada, acariciando la mejilla azulada de Váli y después el oscuro cabello de Narvi, cubierto de sangre seca– Descansad en paz, hijos míos. Lo siento muchísimo... ojalá podáis perdonarme. Pero quien os ha hecho esto lo pagará muy caro –añadió con tono sereno pero escalofriante–. Os lo juro.

Se puso de pie retirándose un poco y sus ojos destellaron ejerciendo su poder. En teoría la influencia de la mina Norn aún debería haber anulado sus poderes, pero ahora que estaba algo más lejos, apartado del contacto de aquella maldita roca, y con sus sentimientos de odio y de dolor ardiendo bajo su impasible aspecto como la lava bajo la roca volcánica, sólo necesitó hacer un pequeño esfuerzo. No pasó mucho tiempo sin que los cuerpos de aquellos desdichados niños estallaran en llamas, unas llamas rojas, amarillas y verdosas, como aquéllas del marco de las Llamas de la Omnipresencia. Sus espíritus irían al Helheim; Loki esperaba que su hermanastra Hela cuidara de ellos. Ella no era lo que se dice especialmente compasiva, pero compartían la misma sangre. Eso debía significar algo, por poco que fuera.

Mientras la noche cubría de nubarrones el firmamento, los tres hombres contemplaron en un silencio solemne cómo los cadáveres se consumían en las piras funerarias gemelas. Loki nunca olvidaría lo que sintió en ese momento. Ahora sabía lo que debieron sentir Odín o Frigga cuando despedían a Balder. En el funeral de éste, para él todo había sido mera fachada, una actuación aparentando un dolor que no sentía. Pero ahora…

Sus niños, Narvi e incluso Váli, eran casi los únicos seres que habían conseguido sacar algo bueno de él. Karnilla tenía razón: al matarlos, también había extinguido su única esperanza de volver atrás, de redimirse. Tal vez aquello había estado predestinado a acontecer desde el principio para que él no se desviara de su auténtico destino: seguir el camino de Fenrir y Jormungand. El camino de la guerra y de la sangre, el camino del Ragnarök. Sigyn se equivocaba al tener esperanzas de lo contrario, ya no tenía otra salida.

Cuando los fuegos se extinguieron y sólo quedaban unos rescoldos coronados por unas débiles estelas de humo que se alzaban hacia el cielo, Loki les dio la espalda. Su rostro no mostraba la menor emoción; sus ojos permanecían secos. Todos los golpes recibidos habían logrado secar sus lágrimas.

–Asunto resuelto –murmuró con pasmosa insensibilidad, y echó a andar. Sus hijos (los que le quedaban vivos) lo siguieron–. Esto no cambia nada: el plan sigue adelante. Aunque ya no contemos con los ejércitos Norn, los gigantes de hielo de Byleist aún nos son leales, y siguen siendo mayoría. Atacaremos Asgard ya mismo, en cuanto los organicemos y los pongamos en marcha. No pienso esperar a que Thor se marche. Estoy cansado de esperar.

Fenrir y Jormungand se miraron de nuevo, esta vez alarmados y algo culpables.

–Eeeh… padre –dijo tímidamente el segundo.

–Qué –repuso Loki, sin mirar atrás.

–Tal vez no sea buen momento, pero tenemos que darte una mala noticia. También hemos perdido al ejército de Jotunheim.