Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y uno que otro personaje.


Capítulo Beteado por: Dess Cullen


Capítulo 33

Berlín, la nueva ciudad del amor.

Bella

Deslizo mis manos debajo de sus mejillas, ambas cayendo en sincronía a cada lado de mis caderas. No estoy segura si sacudirlo sea lo más conveniente por lo que decido dejarlo reaccionar por sí mismo. Mi respiración se obstruye en algún recodo de mi garganta, manteniéndome inquieta. Él comienza a jadear sin parpadear aún.

—¿Bella? —Su pecho azorado sube y baja en un par de segundos. Sus ojos brillan en la oscuridad de la habitación y tengo que morderme el labio para reprimir el sollozo interno— ¿Vamos a tener otro hijo?

Se me escapa un sollozo de la garganta.

—Sí

Él comienza a dibujar una sonrisa torcida en su rostro de la cual tardo en responder. De un momento a otro me encuentro en sus brazos y el llanto me invade de tal manera que no soy capaz de detenerme. Empapo su camisa con mis lágrimas saladas pero no presto atención. Nos balanceamos en nuestro pequeño perímetro del que solo somos conscientes un instante más tarde.

—¡No lo puedo creer! —Profiere. Suelto una risita nerviosa, enjugándome los ojos con la mano desocupada. Mi barbilla se pega en su pecho cuando Edward vuelve a hablar, su voz volviéndose más ronca— ¿Cuándo lo supiste? ¿C-Cuánto tienes?

Libera su abrazo apresando mis hombros de manera que no pudiese escapar, como si eso fuese posible. Apenas busco su mirada me doy cuenta que sus ojos están tan aguados como los míos. Hace mucho tiempo que no lo veo tan emocionado, y tal vez el hecho de que sé que vamos a tener un hijo, su emoción me hace sentir tremendamente realizada.

—Hace casi un mes que lo sé —Replico— Tengo 12 semanas —Su roce acude a mis mejillas, amoldando sus manos con delicada acción antes de inclinarse y darme un beso colmado de nuestras propias lágrimas. Mueve su labio junto al mío despacio, como si tuviera miedo de romperme si es más rudo. Su frente está en la mía en cuanto su respiración comienza a acelerarse. Su aliento caliente logra tranquilizarme— ¿Es necesario que pregunte si estás feliz?

Edward sonríe abiertamente, robándome otro beso.

—Es el mejor regalo de bodas que pudiste haberme dado, Bella. No tienes… la menor idea de lo que estoy sintiendo ahora —Exhala en mi frente— No sé cómo explicarlo.

Enredo mis manos alrededor de su cuello.

—Yo tampoco sé explicarlo, es tan raro —Confieso, sacudiendo la cabeza.

Me atrae hacia él situando sus manos en mi espalda. Estar así me hace sentir menos preocupada, menos insegura, aunque eso no significa que desaparezcan. En cuanto comienzo a pensar en ellas… me desvanezco, de modo que aprovecho al máximo el tiempo mientras continúa ciñéndome, repartiendo besos al costado de mi cabeza con una ternura indescriptible; meciéndome en un susurro, tratando de digerir la noticia que cambiará por completo nuestras vidas.

—Sabes que estamos juntos en esto ¿verdad? —Se separa un poco, echándome un vistazo— ¿Estás feliz?

Sostiene mi rostro.

—¿Me preguntas si estoy feliz de que tengamos otro bebé? Por supuesto que estoy feliz ¿cómo no voy a estarlo? —Ambos sonreímos y me acoplo en sus brazos nuevamente, inclinándome a tal punto que mis pies se elevan del suelo. Giramos despacio en la habitación, reprimiendo el gritito que quiere escapar de mi boca mareándome— ¿Te puedo decir una cosa? Elif y el bebé tienen mucha suerte de que seas su papá.

Me estudia antes de sonreír, dejando un beso en mi frente con dulzura.

Y no miento. Edward es de esos padres que todo el mundo quisiera tener. De esos padres comprensivos, protectores y celosos de una tierna manera. Me siento complacida de que nuestra hija pueda tener eso, un padre que la mire como si nada en torno a él importe. Con esa mirada especial cargada de amor y que tenga clarísimo que él nunca le hará daño a propósito, que nunca la apartará de su vida. Una imagen que por supuesto, yo no tuve en absoluto.

Sostiene mi cintura al descubierto con claras intenciones de reanudar nuestro trabajo previo. Su boca viaja a la mía en una milésima de segundo, su mano posándose suavemente en mi vientre plano mientras sus ojos se mantienen en los míos. Pego mi nariz alrededor de su mejilla, repartiendo besos a lo largo de su mandíbula y descansando en el hueco de su cuello. Aprovecho esa pausa para presionar mi mano en la suya, advirtiendo el calor en torno a mi cuerpo.

El calor de su mano produce en mí tanta paz que una vez se aleja, necesito regresarla allí. Retrocedo en mis pies hasta caer sentada en la cama. De inmediato comienzo a arrancar su camisa, mandando al diablo los botones. Edward se inclina hacia adelante, repartiendo besos por mi abdomen hasta el inicio de mis pechos, gruñendo al sentir la tela de mi sostén.

—Tú eres la experta en quitar sujetadores —Susurra agitado. Arranco la tira desde mi espalda y él se encarga de quitarlo por completo con los dientes, tironeándolo y lanzándolo lejos de la litera. Me mira con ojos oscurecidos, erizando mi piel. Su mirada animal a punto de atrapar su presa hace que empiece a hiperventilar— Cubre esos oídos, bebé, que mamá y papá harán un poco de ruido aquí afuera.

Sus labios vuelven a los míos rápidamente, besando el borde de mi boca y su lengua embistiendo la mía entre gemidos roncos. Agarro un puñado de su pelo en un jadeo ardiente, escuchándolo quejarse por ello, aunque eso no lo incentiva a alejarse.

Yo no quiero que se aleje.


Distingo una pequeña caricia cosquillosa en la espina dorsal cuando me despierto. Me encuentro acostada boca abajo y mi brazo se desliza por encima de mi cabeza, rozando el respaldo. Trato de parpadear varias veces para adaptarme a la clara luz de la habitación, algo que no termino de hacer completamente, así que hago puño mi mano en la colcha, encogiendo los hombros en un suspiro. El rostro de Edward se posa en mi pelo por encima de mi brazo, dando toques suaves antes de inclinarse hacia mí.

—Buenos días, mi hermosa esposa.

Su nariz se queda en mi pelo y aspira.

Levanto las comisuras en una sonrisa soñolienta.

—Buenos días ¿Qué hora es?

Se separa un poco.

—Las tres de la tarde.

Doy una vuelta, mis ojos abiertos de par en par.

—¡¿TAN TARDE?!

Escucho su risa.

—Recuerda que no estamos acostumbrados al horario de acá. En Seattle apenas son las seis —Estrello mi cabeza en la almohada con cansancio. Hago sonidos con mi garganta como gorgoteos. Se siente tan bien estar en la cama sabiendo que son las tres de la tarde y no quiero levantarme— Ven aquí.

Empiezo a rezongar cuando toma mi cadera.

—Déjame dormir —Me agarro de la almohada otra vez— cinco minutos más.

—No lo haré —Empieza a pinchar mi cintura, retorciéndome de inmediato. Me quita la sábana del cuerpo con travesura.

Pese a que trato de regresarla a mi cuerpo, él no me deja.

—Edward, tengo frío. ¡Estoy desnuda!

Encoje los hombros.

—No me alcanzan los dedos para contar las veces que te he visto desnuda —Sus cejas se elevan sugerentes y tengo que rodar los ojos. Los suyos viajan por mi cuerpo con descaro— ¿Bella? ¿Es idea mía o anoche no estabas tan hinchada?

Miro hacia mi abdomen de inmediato. Si no fuera porque sé a lo que se refiere, estaría ofendida.

No parece haber mucho cambio de todos modos.

—A lo mejor el bebé creció durante la noche —Le guiño un ojo, abrazándolo por la cintura—o ahora que papá sabe de su existencia, no tiene para qué esconderse.

—O solo necesitas ir al baño.

Golpeo su brazo.

—Cierra la boca —Se sacude en una risotada, haciéndome sonreír — ¿Puedes regresarme la sábana? Estoy congelándome en serio —Cubre mi cuerpo con la sábana y una frazada extra, asegurándose de que estoy envuelta hasta los hombros. Su barbilla descansa en el tope de mi cabeza luego de dejar un casto beso en ella. Dormito un poco en su pecho, sintiendo el latido tranquilo de su corazón. Pulsa sus brazos en mi espalda como si no quisiera despegarse nunca. Entonces, no soy consciente de lo que mi boca dice a continuación— Ella ya lo sabe.

No tengo idea a qué vino esa declaración. Creo que últimamente decir las cosas sin medir las consecuencias está siendo un problema tremendo para mí, mas si no esperaba decírselo de golpe o siquiera mencionárselo tan pronto.

—¿Ah?

—Elif —Contesto todavía en esa posición— Se lo conté antes de la boda.

No me dice nada en ese momento. Dibuja círculos imaginarios con su pulgar en mi espalda.

—¿Cómo reaccionó?

Libero un suspiro, apretando mis ojos cerrados.

—No reaccionó mal —Le digo con un fruncimiento— pero tampoco bien… creo.

Eso genera que sus brazos se tensen.

—¿Por qué? ¿Qué te dijo?

A regañadientes, me separo de su cuerpo caliente y atrapo toda la frazada posible otra vez. No tengo la fuerza para buscar mi ropa en la habitación.

—No es sobre lo que me dijo, es… lo que vi en ella. —Menea la cabeza, confundido— La vi triste. —Admito. Arruga el ceño parpadeando y apoya el codo sobre la cama— Tenemos que tener cuidado con ella, Edward. Sabemos que es grande para entenderlo, pero es adolescente y la situación en que la hemos puesto…

—Lo sé —Acomodo la espalda con la vista fija en el techo. La pintura tiene dibujos apenas visibles de líneas verticales. Mi pecho se aprieta sin que tenga el valor de relajarme. No puedo relajarme ahora. Edward mueve su cabeza cerca de mí, lo suficiente para resollar— Bella ¿estás llorando?

Aparto rápidamente una lágrima.

—No

Su mano sostiene la mía con fuerza.

—No me mientas, te acabo de ver limpiándote la cara —Su insistencia causa que derrame más lágrimas— Cariño, lo vamos a superar.

Meneo la cabeza, el nudo formándose en mi garganta como un maldito bastardo. Que sensación horrible es querer hablar pero sabes que vas a romperte si lo haces.

—No quiero que se sienta apartada, Edward. No quiero que se sienta sola nunca más y no sé cómo demonios hacerlo. Yo… —Me ahogo en un hipo— no tengo idea de cómo ser una mamá de verdad o si es que lo voy a hacer bien con el que viene y estoy tan asustada de solo pensarlo.

Lo digo a tanta velocidad que necesito recuperar el aliento. Los brazos de Edward están nuevamente alrededor mío, sosteniéndome como si fuera a caerme de la cama.

Y vuelvo a respirar.

—Te dije anoche que estamos juntos ahora, Bells. Elif va a entenderlo, solo tenemos que darle un poco de tiempo. Estoy seguro que debe estar confundida por la noticia, un poco abrumada tal vez, pero lo comprenderá. Su comprensión la hace ser la persona más especial del mundo ¿sabes?

Estaba llorando como un bebé pero no pude evitar sonreír ante sus palabras.

Mi preciosa Elif.

—Es que ella es increíble —Digo en un susurro— es maravillosa.

—Claro que lo es —Responde.

Trato de dejar de llorar a regañadientes.

Al cabo de unos minutos me siento más recuperada. Levanto la cara para dejar un beso en su cuello y decidir que es hora de ponernos en marcha. No voy a seguir llorando en nuestra luna de miel. Sacudo la sábana frente a mí, levantando la vista con una exhalación.

—Oh.

—¿Qué?

—¿Sabes lo injusto que es que tengas puesto el bóxer y yo esté desnuda?

—¿Quieres ver algo en especial? —Pregunta con una sonrisa.

Entrecierro los ojos.

—Vamos a desayunar —Hago caso omiso a su pregunta. Cubro mi cuerpo con la sábana pese a sus protestas— o a almuerzayunar. Date prisa, dormilón. Berlín nos espera allá afuera.


Comemos en la cafetería Einstein. Esa fue la única palabra que familiaricé porque tan pronto nos entregaron nuestro menú para pedir, las letras fueron un dolor en mi cabeza. Edward dice unas cuantas palabras en alemán que me dejan sorprendida, no estaba enterada que dominaba un poco el idioma. Tal vez hay más cosas de las que no se sobre él y eso me entusiasma. Pedimos zumo de naranja, huevos con tocino y tostadas con mantequilla. Tengo su mirada bobalicona viéndome engullir todo como si fuera la última comida del día.

—Te recuerdo que anoche no cenamos tu famosa pasta y me desperté hambrienta.

Se ríe.

—Me estoy dando cuenta que tienes hambre —Agita su cabeza. Trago el trozo de tostada, desesperada por coger el tocino— Tómate tu tiempo ¿eh?

Clavo una mirada de advertencia y hago caso omiso a los murmullos incoherentes de los que están en mesas cercanas, prestando toda mi atención a la comida delante de mí. Lo único que falta es que ponga una servilleta en mi pecho para no ensuciarme la ropa.

Terminando de comer nos vamos a la feria artesanal internacional, que queda a unas calles de la cafetería.

Engancho mis dedos en los suyos mientras pasamos caminando. Compramos helados artesanales de frutas con nueces y Edward me regala un sombrero para el sol hecho de cáñamo. Aun sabiendo que no hay mucho sol a esta hora de la tarde, permanezco todo el camino con él puesto sobre la cabeza, jugueteando con la cinta celeste en forma de moño que tiene en el centro. Una vez llegamos a una fuente de agua, decido sacar unas cuantas monedas de mi bolsillo. No soy de las que cree en la suerte con este tipo de cosas, pero ya que estamos aquí ¿por qué no? No tengo más nada que pedirle a la vida, de cualquier manera, dejo que la suerte haga su trabajo. Lanzo las monedas al agua, observándolas salpicar cuando caen al fondo.

Abrazo a Edward por la cintura, mis ojos puestos en los suyos, y en una distracción, noto como un señor rollizo se acerca a toda prisa para sacarnos una fotografía. No lo perdemos de vista cuando señala que posemos para la siguiente. Es un fotógrafo callejero de allí, así que le compramos todas las que sacó para nosotros.

Se nos hace de noche en la feria. Buscamos un supermercado en el plano turístico y alcanzamos un taxi. Edward es quien empuja el carrito mientras nos movemos por los corredores. Cojo algunas verduras para la cena y mercancías suficientes para nuestra estancia en la ciudad.

—¿No vamos a comprar pollo?

Arrastro la parte delantera del carro lejos del pasillo de las carnes.

—Nop

Se detiene abruptamente.

—¿Por esa razón no comes carne? —Cuestiona refiriéndose al embarazo.

Consigo algunas galletas con chips de chocolate y las meto al carrito de compras.

—Estuve un mes queriendo vomitarte encima cada vez que llevabas pollo para la cena.

Él ladea la cabeza.

—Lo siento.

Soplo un beso al aire.

Descargo toda nuestra comida en la caja para pagar, dejando que Edward se encargue de entenderle a la cajera el monto. Nos vamos con nuestras compras fuera del supermercado rápidamente. Por más que insistí en ayudarlo con algunas otras –solo llevo dos bolsas- no dejó que lo hiciera, recordándome que llevo a su hijo en mi vientre y que no debo esforzarme. En unos cuantos meses más voy a convertirme en una porcelana por tantos cuidados excesivos.

De regreso en el hotel guardo todo en la despensa y me ayuda con la cena. Preparamos lasaña con mucho queso, cosa que es como una compensación por no llevar carne. Pica las verduras en cuadritos, metiéndolas a una olla con agua hirviendo mientras yo dejo las láminas de pasta en agua caliente.

Él va a tener que acostumbrarse a mis cenas vegetarianas, a menos que quiera pedir una pizza a domicilio y encerrarse a comer al baño.

Saco Coca-cola de la nevera y me la quita de inmediato.

—Tú no puedes tomar cafeína —Indica con el dedo, acercándose y tomándome de la cintura— Hay zumo de naranja y… creo que manzana.

—Es tu culpa por comprar gaseosas cuando no puedo tomar.

Las esquinas de sus ojos se achinan en una sonrisa, estirando la trompa hacia mí, besa el puente de mi nariz.

—No lo vuelvo a hacer. Lo prometo.

Cenamos en la mesita de roble junto a la salita de estar. Puedo ver la luna desde la ventana del balcón y me pregunto qué estará haciendo Elif en este momento. No me importa que suene exagerado, pero la extraño un montón. Es raro no recibir una llamada de ella o que yo lo haga cuando estamos mucho tiempo separadas, que últimamente, ese tiempo se ha reducido a un par de horas. Edward me mira de reojo de vez en cuando. Revuelvo el último trozo de lasaña, metiéndolo a mi boca y saboreando el gusto a espinaca y queso derretido. Él alcanza mi mano de pronto, presionando mis nudillos antes de ponerse de pie.

—¿Qué estás haciendo? —Demando un poco desconcertada, viéndolo llevarme de la mano hacia la caja encima de la mesa al fondo sin prestarme atención— Edward

—Dame un segundo —Pide con una sonrisa y me mantengo agarrada de su mano, esperando que vuelva a mí y lo explique, sin embargo, cuando escucho la música de una radioemisora, tengo que parpadear. ¿Acaso eso es…?— Es una radio, aunque no lo parezca.

Vuelvo a sus ojos que se concentran en los míos mientras toma mi brazo, apoyándome en él.

Y la pregunta estúpida sale de mis labios:

—¿Quieres que bailemos?

—A menos que quieras cantar, no tengo problema con eso —Retrae los hombros. Mi sonrisa crece ante su respuesta, cortando nuestra distancia para darle un beso. Mientras nos balanceamos lentamente por la salita, caigo en cuenta que esto es lo único que necesito ahora— Bailar juntos debería considerarse algo que hacer antes de que el día acabe.

Cierro los ojos.

—Lo haremos —Prometo.

No hay letra en la canción y la melodía es tan relajante que voy a dormirme en sus brazos.

—Elif está bien, Bella. No debes preocuparte por ella.

—¿Cómo sabes que estaba pensando en ella? —Aparto la cara de su hombro.

Él baja la mirada a mi rostro.

—¿Por qué otra cosa estarías tan triste?

Dando una vuelta al aire, pongo mis manos alrededor de su cuello, buscando su boca para dar una leve caricia. Tuerce la cabeza hacia el lado derecho, dándome fácil acceso a seguir besándolo. Mis mejillas arden cuando sus dedos pasean por mi espalda baja, haciendo un camino rápido para pellizcarme el trasero. Doy un rápido respingo en mi lugar, mordiendo su labio para que sepa que es un hijo de puta. Con todo y eso, no tengo intensiones de apartarme, por mucho que vuelva a pellizcarme.

—Te vas a ir al infierno si sigues pellizcándome el culo —Susurro, causando que se ría de mí.

Ajustando su mano en mi mejilla, todavía sonriendo. Prácticamente cubre la mitad de mi cara y tengo que poner la mía encima, notando la fría alianza en su dedo anular.

Eso me hace sentir orgullosa.

Él es mío.

Solo, solo mío.

—Me vuelves loco, Bella. Te amo.

—Yo también te amo.

Después de todo soy yo quien rompe el beso cuando la intensidad comienza a acelerarme el pulso y por más que me guste la sensación, lo aparto rápidamente. Esta noche quiero tenerlo junto a mí sin segundas intenciones y él lo entiende tan bien, por eso malditamente lo amo. Asimismo quiero que pague por apretarme tan fuerte el cachete, pero eso es lo de menos. Seguramente debo parecerle una bruja ahora mismo por dejarlo a mitad de, pero luego de ayudarme a lavar los platos, preparar cabritas, veo que está bastante recuperado.

Los canales de televisión tienen opción para subtítulos pero no sabemos cuál es el botón correspondiente, de manera que estamos la mitad de ella viéndola en alemán y cuando por fin descubrimos que se trata del botón rojo, entendemos la razón por la que los protagonistas no quedan juntos. Posterior a encontrar un poco aburrido el final, nos vamos a dormir. Cabeceo en la cama antes incluso de terminar de acomodarme y Edward me arropa con la colcha hasta que mis ojos comienzan a cerrarse.

Pasamos nuestra primera semana de luna de miel conociendo la ciudad. Repetimos nuestro trayecto a la feria, visitamos el museo de pérgamo, el muro de Berlín, cenamos la mayor parte del tiempo fuera y por las noches estamos más puertas adentro en la habitación que en la salita. Hemos hablado tres veces desde entonces con Elif. La primera vez que volví a escuchar su voz, sentí a mi corazón salirse de mi pecho unos segundos.

Y eso que solo habían pasado tres días desde la boda.

En la segunda semana más o menos podemos ubicarnos sin obstáculos por la ciudad. Cuando tomamos un taxi sabemos con exactitud en cual sitio bajarnos. Tenemos nuestro restaurante favorito en el centro, uno donde preparan comida estadounidense. Pese a lo bien que se siente estar aquí, sigue siendo extraño caminar por las calles de Berlín. La comida y sus tradiciones son muy diferentes a lo acostumbrado. El mismo trato de la gente con el otro. Hasta el aire es distinto o solo es que extraño mi casa.

—Sal del jacuzzi, Bella

Pongo espuma en mis brazos.

—No —elevo mis cejas para dar a entender que su silueta está distrayéndome. Edward está desnudo de pie fuera del jacuzzi, sus hombros con un montón de espuma. Pego mi espalda en la superficie de loza— Ven conmigo ¡no seas aguafiestas!

Toma una toalla de baño, secándose el pelo.

—Hemos estado hace dos horas en el agua —Recuerda con una sonrisa— Estás insaciable.

Suelto una carcajada.

—Sí, como digas ¿ahora soy yo la insaciable? Vuelve al jacuzzi, maldita sea. —Levanto mis piernas del agua, trazando mis manos por la espuma—¿Te gustan mis piernas, Edward?

Recorre sus ojos por ellas, mordiéndose el labio. Eso provoca que sonría pretensiosa.

—No trates de…

Cielo —Llamo con dulzura— ¿Por favor? Vuelve al agua. —No tengo que volver a insistir, Edward regresa al agua en cuanto se lo pido. Me acurruco más en la superficie, esperando que él finalmente se siente— ¿Ves? No es tan difícil.

Rueda los ojos.

—Vas a arruinar la sorpresa que te tengo.

Golpeo mis manos en el agua, salpicándonos.

—¿Tienes una sorpresa para mí?

Me mira con intensión, sus ojos viajando a mis labios.

—Sí, es un lugar al que no hemos ido y ahora ven aquí. —No me da tiempo a pensar nada más cuando me encuentro sentada en su regazo— ¿No querías que regresara al jacuzzi? Atente a las consecuencias.

—Humm —Me sujeto de la baldosa. Comienza a hacerme cosquillas— ¡Oye! —Suelto una risotada, tratando de apartarme de sus manos— ¡al bebé no le gustan las cosquillas!

—Oh, sí que le gustan —No logro nada tratando de tomar sus manos. Se larga a reír ante mi fracaso— Eres muy cosquillosa, Bella.

Procuro recuperar el aliento, abrazándome a mí misma como escudo.

—¿Y aun así me haces cosquillas? No es justo que le hagas eso a tu mujer, Edward.

Baja mi rostro con una mano, sus labios a un centímetro de los míos.

Mi mujer. —Exhala su aliento a menta en mi rostro— Eso suena increíble.

—No, en realidad eso sonó machista.

—¿Qué? ¿Ahora eres anti-hombres?

—Oh, cállate.

—¿Le estás pidiendo a tu marido que se calle?

—No eres mi marido, eres mi hombre.

Edward sonríe.

—¿Y tú eres mi marida?

—¿No puedes hablar en serio?

—¿Quién dijo que estaba hablando en broma?

—¿Vamos a preguntarnos todo el tiempo?

Agarra mi muñeca, divertido.

—¿Te estás enfadando? ¿Acaso esta es nuestra primera pelea de casados?

—Sigues con las preguntas —Pongo mi mano fría en su pecho, acercándome hasta toparme con su nariz— No me desafíe, señor Cullen.

Entrecierra los ojos.

—Estoy un poco asustado —Salimos del jacuzzi media hora más tarde envueltos en nuestras batas blancas del hotel. Preparo un poco de té y panqueques para desayunar. Ato una parte de mi cabello con un elástico rosa mientras sirvo la comida. Edward se topa con mi trasero en la pequeña cocina y me impulso hacia adelante, tropezando con la mesa. Él rápidamente está sosteniéndome el brazo, viendo que me he golpeado en el abdomen— ¡Dios, soy tan bruto! ¿Estás bien?

Arreglo la tira de la bata.

—Estoy bien, Edward. Apenas rocé la encimera.

Él es un adorable sobreprotector neurótico.

Lanza jarabe de frambuesa a mi mano cuando intento ponerle un poco a mi panqueque. Quito un trozo de su tostada con el ceño fruncido. Jugueteamos con el desayuno como si fuéramos dos niños pequeños. Él no deja que coma tranquila, es constante en molestarme mientras mastico o mete su tostada en mi vaso con leche. Tengo que codearlo varias veces hasta que al final termino empujando mi silla más lejos. Eso lo hace parar, solo para hacer un puchero.

Contengo la sonrisa cuando escucho a su silla contra el suelo y su mano está alrededor de mi cuello en un par de segundos, dándome un beso y sacudiendo su nariz con la mía.

Recogemos las cosas al terminar y me ayuda a lavar todo antes de arreglarnos para salir.

Escojo un vestido verde agua con lunares blancos hasta arriba de la rodilla. Tiene un pequeño escote y un elástico en la cintura para no incomodarme. Últimamente todo lo que me pongo me queda ligeramente apretado. Supongo que debo acostumbrarme a ello, aunque no deja de ser deprimente. Amarro las tiras de mis sandalias y estoy lista en la salita de estar.

Edward se levanta del sofá, soltando un suspiro abrumador.

—Pensé que te habías dormido —Bromea.

Le doy una mirada escéptica.

—Muy gracioso.

Bajamos del autobús con el sol cubriendo nuestras cabezas. Me pongo el sombrero que traje del hotel, el mismo que Edward me regaló en la feria artesanal y nos adentramos a la orilla del camino. Esto es lo que llaman el famoso Spree. Edward lo mencionó días antes de casarnos. Es un viaje en barco con el fin de enseñarte la ciudad. La gente se arremolina mientras avanzamos. Compramos nuestros boletos y esperamos a que los guardias permitan el acceso quitando la cerca.

Tomo la mano de Edward al tiempo que subimos por la escalerita. Él besa mi sien, recibiendo una sonrisa de mi parte. Buscamos asientos desocupados frente a la baranda. Empiezo a observar el movimiento del mar. De pronto, escucho un suave flash a mi lado del asiento. Edward sostiene la cámara fotográfica en sus manos, sonriendo.

—Necesitaba hacerlo, te ves preciosa.

Una vez que comenzamos la marcha, observo el paisaje cristalino y la forma en que el barco se balancea lento de un lado hacia el otro. Cuando han pasado unos cuantos minutos, la silla comienza a incomodarme, razón por la que nos ponemos de pie, cuidando de apoyarnos en la baranda. Saco algunas fotografías con la cámara, logrando enfocar a Edward desprevenido.

—Esto es tan bonito, cariño —Le digo, abrazada a su cintura— Tenemos que venir los tres algún día.

—Los cuatro —Corrige— Pronto seremos cuatro ¿puedes creerlo?

El vestido flota en el aire y pongo una mano sobre mi vientre para detenerlo.

Sí, pronto seremos cuatro.

—Es una sensación rara saber que él está allí —Señalo, como si acabara de entenderlo— Su corazón está latiendo y eso es tan asombroso.

—Lo es —Frota mi espalda ante mi voz espasmódica— porque es nuestro bebé.—Mima mi mejilla con los nudillos. — Bella… ¿sabes qué?

Inhalo profundo.

—¿Qué?

Me enseña una sonrisa torcida, sus ojos enternecidos como los míos.

—¿Recuerdas que dijiste que ellos tenían la suerte de que yo fuese su papá? —Limpio la esquina de mi ojo, agitando la cabeza para que sepa que lo recuerdo— Yo te digo a ti, aquí, que estoy feliz de que seas la mamá de mis hijos. Te lo digo en serio, Bella. Es por ti que Elif existe y ya sé que tuve mucho que ver en eso, pero al fin y al cabo fuiste tú quien le dio la vida. La misma vida que le darás a este bebé —Pone una mano sobre mi vientre— Y no puedo más que darte las gracias por tan hermoso regalo.

Empiezo a hipar.

Me pregunto si existen más hombres como Edward.

Aunque los hubiera, para mí él siempre será único, y lo mejor es que está conmigo.

—Eso… es lo más lindo que me han dicho después de que Elif me dijera mamá.

Él ríe entre dientes.

—¿En serio?

—Completamente. —Jalo su camisa y dejo tres besos rápidos— Gracias, Edward. Y a mí me gusta tener tus bebés, quería que lo supieras.

Vuelve a reír, envolviendo sus brazos alrededor de mi espalda y mirando hacia el paisaje de nuevo. Juntos. Como marido y mujer.


Llamamos a Elif en la última semana en Berlín, pero no tenemos éxito. Esme nos dijo que no se encontraba en casa porque había salido con Alice. Estaba un poco triste por no escuchar su voz esta vez, pero lo intentaríamos luego.

Acomodo el pie en el almohadón mientras Edward intenta de alguna manera quitar mi malestar. He estado con los pies hinchadísimos desde que volvimos del paseo en barco. Las tiras de mis sandalias estaban marcadas en mi pie y desde entonces no he podido ponerme ningún miserable zapato. Pensé que eso pasaba cuando el embarazo estaba más avanzado. No recuerdo haber tenido así los pies en mi primer embarazo, pero supongo que no todos son iguales o solo es que lo olvidé. Nada más ahora noto que mis caderas están un poco dilatadas. Hay mañanas en las que me levanto con el abdomen plano y otras como si acabara de comerme toda la alacena con comida.

—¿Así está bien? ¿Te sientes mejor?

Mi cabeza se golpea en el respaldo duro del sofá.

—No, estoy incómoda.

—Lo siento, nena.

—No importa —Él se pone de pie y se sienta junto a mí, rodeándome— ¿Puedes traer helado? Quiero helado.

—De acuerdo.

—¿Edward?

—¿Sí?

—¿Puedes traer el helado con galleta oreo?

—Como quieras, cariño.

—¿Edward? —Se voltea a mitad de camino— No olvides la salsa de caramelo —Digo con una sonrisa angelical.

Regresa con un bote de helado y el frasco de caramelo. Me tiende la cuchara y él mismo quita la tapa del helado. Estoy zarpándome la mitad de su contenido en un par de segundos, haciendo caso omiso de lo frío que se siente en mis dientes. Edward está todo el tiempo mirándome con una sonrisa divertida. Debo verme como una glotona en este momento, pero este helado es demasiado irresistible.

—¿Se supone que esto es un antojo? —Consulta, sus pies sobre la mesa.

Muevo los hombros, metiendo otra cucharada de helado.

—Eso creo. A menos que tenga un ataque de ansiedad a causa de mi pie hinchado.

Me mira a hurtadillas.

—¿Con cuál opción te quedas?

Trago un poco, echándole una ojeada.

—La segunda.

—¿No crees que sea un antojo, entonces?

—Pueden ser la dos. —Admito.

—¿Puedo tomar de tu helado?

—No —Escudriño bajo mis largas pestañas como si se tratara de alguien a quien debo investigar. Después de unos segundos golpeo la cuchara en la superficie del recipiente— Está bien, compartiré mi helado contigo.

Trae una cuchara extra para él y nos terminamos el helado demasiado pronto. Me quedo raspando los rincones del tarro para quitar todo el helado sobrante, aunque luego se derrite en la cuchara. Parezco alguien que no ha comido en días, por eso pienso que es ansiedad. Me deprimo fácilmente por todo, razón por la que como hasta por los codos. Al principio cuando tenía problemas con Elif y con Edward, me pasaba lo mismo.

—Entonces… —Edward palmea su pierna sobre el vaquero— ¿Estás lista para recibir a dos –la mayor parte del tiempo intolerantes- personas en tu departamento?

Dejo el recipiente encima de la mesa, acomodando mi pie más al centro en el almohadón. Reprimo la sonrisa de mis labios.

—Estoy más que lista. Llevo mucho tiempo deseándolo —Aseguro— Además, ahora es nuestro departamento.

Me guiña el ojo.

—Tienes razón. Espero que de aquí a que el bebé nazca podamos tener una casa más grande. Ya sabes, el departamento es muy pequeño para un niño recién nacido.

Mordisqueo mi labio.

—Lo sé, por eso te dije que buscaras una casa con cuarto de huéspedes. Era por el bebé.

Su rostro se suaviza al recordarlo. Deja su mano en mi estómago mientras se acomoda en el sofá, su rostro cerca y no estoy entendiendo muy bien lo que pretende hacer. Yo también me acomodo y hasta entonces me doy cuenta que su cara está a poca distancia de mi cuerpo. Deja un beso en mi vientre, acariciándolo con los dedos.

—Hola, bebé, habla papá. Sé que eres muy pequeñito o pequeñita para entenderme, pero te amo incluso si no te conozco en persona todavía. —Deja otro beso ahora manteniendo sus labios allí— Mamá también te ama muchísimo. ¿Y sabes qué? Tienes una hermana que estoy seguro te amará como a nadie.

Acaricio su cabello con mi mano, dando suaves toques con mis dedos. La conmoción siendo más fuerte que yo. Aprieto mis labios en una sonrisa nostálgica. Él levanta los ojos para observarme y solo puedo acercarme a dejar un beso en su frente con ternura.


Inhalo por la nariz y suelto por la boca.

Edward ronca a mi lado y estoy a punto de lanzarle la almohada por la cabeza.

Desde hace una hora más o menos que estoy despierta con una incómoda quemazón en el pecho. Es insoportable. Por más que intento dormir, no logro hacerlo. Doy vueltas sin parar por la cama, apoyando las manos sobre mi mejilla y cerrando los ojos. Con el tiempo los vuelvo a abrir. Resoplo contra la almohada, moviéndome de nuevo y poniéndome de pie. Edward libera un ronquido sordo antes de desperezarse y darme una mirada aletargada.

Froto mi mano en mi pecho caminando hacia el baño.

—¿Qué pasa, Bella? —No respondo. Escucho el chirrido de la cama cuando se levanta para seguramente seguirme— ¿Amor?

—Tengo acidez, no te preocupes —Digo, haciendo una mueca— Vuelve a la cama.

Me siento en el váter y él se pone de cuclillas.

—¿Estás loca? No me voy a la cama de nuevo. ¿Quieres que te lleve al hospital?

—No vamos a entender una mierda.

Arruga el entrecejo.

—Eso es lo de menos, no voy a dejar que te retuerces de dolor solo porque estamos lejos de casa.

—Edward —Llamo— Te lo dije, es acidez. Es normal en los embarazos.

—Podemos llamar a tu madre, si quieres, para que te diga que hacer.

Restriego mi mano sobre mi frente, dirigiéndome a él y amando su preocupación.

—Gracias, cariño, pero voy a estar bien. Te lo prometo.

No parece estar seguro de eso, de modo que lo intenta de nuevo, pero mi respuesta es la misma. Al final, el ardor disminuye y volvemos a la cama. Me abrazo a su cintura caliente, acomodándome para rogar por un sueño profundo. Uno que percibo tan pronto comienzo a sentir el peso en mis ojos.

—Despiértame si te sientes mal ¿de acuerdo?

—De acuerdo —Balbuceo.

Su beso en mi frente es lo último que recuerdo.

Para el martes, tenemos los pasajes listos para viajar de regreso en dos días. Se supone que lo haríamos el lunes que viene, pero decidimos adelantarnos. La ansiedad de volver a casa ha comenzado a inquietarnos. A la única que le diríamos sobre esto, sería a Esme. Edward dice que podemos confiar en ella.

Quito mis pantuflas al sentarme en la silla junto a la mesa, escuchando el "bip" ronco del teléfono. Tomo unas cuantas galletas con chips de chocolate antes de que escuchemos la dulce voz de su madre. Nos saluda emocionada como si no hubiese sabido de nosotros durante un largo tiempo, cuando en realidad hace doce horas atrás hablamos con ella de nuevo. Preguntamos por Elif, pero no la encontramos.

Ayer cuando llamamos, tampoco estaba.

—¿Entonces vuelven el Jueves o el viernes?

—Jueves —Responde Edward, explicándole que no puede contárselo a nadie, ya que Esme habló sobre ello en voz alta, aunque luego nos dijo que estaba sola en casa— Oye, mamá. ¿Es idea mía o Elif nos está evitando?

Guardo el frasco de galletas en la despensa antes de comérmelas todas. Edward tiene la llamada en voz alta, así escuchamos los dos.

Esme carraspea.

—No ¿Por qué habría de hacerlo?

—¿Estás segura que no pasa nada? —Cuestiona con los ojos entrecerrados. Me vuelvo a sentar en la silla— Mamá.

—¿Qué?

—Eres una pésima mentirosa.

—¿Yo?

—Sí —Responde con impaciencia— ¿Qué hizo ahora? ¿Acaso reprobó alguna asignatura?

—Sabes que ella no reprueba asignaturas.

—¿Entonces? —Inquiero.

Esme no responde.

Y empiezo a desesperarme.

—Mamá —Edward llama de nuevo, desesperado como yo— ¿Qué le pasó a Elif?

¿Qué le pasó a Elif? Provoca que se me erice la piel.

Esme sigue sin respondernos.

Entonces exclamo:

—¡Esme!

Jadea y estamos al borde del colapso.

—Puede que… Elif tenga suturas en la cara desde hace unos días.


¿Qué creen que le pasó a Elif? No sé ustedes pero esto me huele a drama… y viene de buena fuente esta información ¿? jajaj

Desde ya les digo, cuatro capítulos más y el epílogo

Un beso a todas y muchas, muchas gracias por leer y comentar :)

¡Hasta el próximo!