XXXVII
El amor de Saori, Parte 2

Moscú, 27 de junio de 1969, 04:44p.m.

Se vivía un clima de tensión en el Kremlin. Prácticamente todos los empleados que trabajaban allí tenían el estómago apretado a causa de las últimas noticias que habían llegado de Estados Unidos. Y nadie tenía el estómago más apretado que el dirigente soviético, Leonid Brezhnev.

Leonid Brezhnev no necesitaba de un espía destacado en la capital del capitalismo para saber a qué se estaba enfrentando. Lyndon Johnson había convocado una rueda de prensa, condenando el ataque que había sufrido el país en uno de los tantos silos nucleares diseminados por la nación, atribuyéndolo a un espía soviético. Y pese a que el presidente hablaba de "acciones disuasivas", Leonid supo interpretar lo que realmente había querido decir Lyndon Johnson con esas palabras.

Ataque nuclear.

Brezhnev había aprendido durante su larga carrera como político que la agresión de una persona siempre se equiparaba con la medida en la que esa persona había sido agredida. Un desastre nuclear en suelo estadounidense, supuestamente perpetrado por un espía soviético, solamente podía tener una consecuencia, y Brezhnev no podía permitir que ninguna nación amenazara la seguridad de su propio país, sus habitantes y sus ideologías. Había sido entrenado para responder a la amenaza de forma decisiva e inquebrantable… y era eso lo que iba a hacer.

Tratando de no dejar que los retortijones de estómago le afectaran demasiado, Brezhnev comenzó a realizar varias llamadas telefónicas, comunicándose con los mandos militares para frenar cualquier misión en todos los teatros de operaciones. Lo que estaba a punto de hacer haría cualquier movimiento militar convencional totalmente irrelevante. A continuación, llamó al comandante en jefe de las fuerzas armadas soviéticas, con un único propósito.

—¿Diga?

—¿Cuántos ICBMs poseemos en este momento?

—Cincuenta y tres mil.

—¿Y se encuentran todos listos para el lanzamiento?

Hubo un silencio incómodo en la línea antes que el comandante en jefe respondiera, claro que no sonaba muy convencido de lo que acababa de escuchar.

—¿Todos, señor?

—Me oíste claramente —ladró Brezhnev y el comandante en jefe quedó en silencio nuevamente. Brezhnev pensó que la línea se había cortado hasta que escuchó la respuesta.

—Están todos listos… señor —dijo el comandante en jefe con voz trémula.

—Excelente. Dentro de cinco minutos declararé alerta máxima y, treinta minutos después, recibirá el código universal de lanzamiento, el cual transmitirá a todas las bases dentro de diez minutos. Después de eso, cuando el código haya sido aceptado, me comunicarán el estado de los misiles y los lanzarán en cuanto yo haya entregado la autorización. ¿Me ha entendido?

—S… sí, señor.

—Bien.

Leonid Brezhnev colgó y se quedó sentado, pensando en lo que estaba a punto de desatar. Si él estaba en lo correcto, Lyndon Johnson iba a realizar un ataque preventivo con unas pocas cabezas nucleares, insuficientes para destruir toda la Unión Soviética. Pero aquella sería una acción ingenua. Brezhnev sabía que si su contraparte estadounidense hacía algo como eso, estaba condenando a su país al holocausto nuclear. Para cuando supiera que su nación estaba en peligro, cincuenta y tres mil ICBMs estarían a medio camino entre la Unión Soviética y Estados Unidos y todas las naciones simpatizantes. Para ese entonces, ya no habría nada que hacer. La Guerra Fría llegaría a su fin y el comunismo sería el vencedor.

Leonid Brezhnev tomó una decisión.

Se dirigió a un retrato enorme de Stalin que colgaba junto a la amplia ventana detrás de su escritorio y lo apartó con cuidado. Detrás del óleo, había una caja fuerte, cuyo código solamente era sabido por Brezhnev, pues era él quien lo había inventado. Cuando abrió la caja fuerte, extrajo un sobre rojo de aspecto ordinario, rompió la lacra con la que estaba sellada la carta y tomó un trozo de papel, también de aspecto corriente, y contenía unos números y letras del alfabeto cirílico. Para alguien ajeno al gobierno, aquel enjambre de caracteres era un completo disparate, pero para Leonid Brezhnev, aquel era el trozo de papel mejor protegido de toda la Unión Soviética.

Pero faltaba un paso muy importante.

Brezhnev caminó en total parsimonia hasta el otro extremo de su oficina, donde había un aparato similar a una máquina de escribir. Pero no era en absoluto una máquina de escribir.

Cuando Rusia invadió Alemania hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, soldados soviéticos encontraron unos dispositivos que lucían como máquinas de escribir regulares. No obstante, después de torturar a espías nazis en total clandestinidad, los rusos se dieron cuenta que se habían topado con una poderosa máquina para codificar información. Se trataba de la infame máquina Enigma y una de ellas estaba en poder de Leonid Brezhnev, y Nikita Jrushchov antes que él.

El paso siguiente en su plan era codificar los números y caracteres del trozo de papel a través de la máquina Enigma, la cual había sido modificada para acomodar caracteres cirílicos, y transmitir el mensaje a su comandante en jefe, quien también poseía una máquina Enigma, calibrada de forma que pudiera decodificar el mensaje sin errores.

Una vez que el mensaje fue codificado, Leonid Brezhnev salió de su oficina y dirigió sus pasos hacia la oficina de comunicaciones del Kremlin. Una vez allí, le indicó a un técnico en comunicaciones que transmitiera el mensaje de manera urgente y, por último, regresó a su oficina, tomando asiento y cogiendo una botella a medio llenar de vodka. Dentro de poco, el comandante en jefe recibiría el mensaje, lo decodificaría y lo diseminaría por toda la nación.

Sólo es cuestión de tiempo para que esos cerdos capitalistas ardan en fuego nuclear.

Washington, 27 de junio de 1969, 9:24a.m.

—ICBMs listos al cien por ciento —anunció un técnico de comunicaciones de la Casa Blanca, quien había recibido el reporte del Secretario de Defensa sobre el estado de los misiles. Lyndon Johnson, aunque preocupado por las palabras de Sailor Silver Moon, sabía que la única forma de terminar con la Guerra Fría era tomando medidas drásticas. Había que vaporizar a la Unión Soviética y erradicar cualquier rastro del comunismo de la faz de la Tierra.

Pero, pese a que el Estado Mayor había ratificado la decisión del presidente, Lyndon Johnson sabía que, entre la Guerra de Vietnam y la inminente guerra nuclear que se avecinaba, habría mucha sangre derramada en muchas partes del mundo, habría gente que moriría irrevocablemente, gente que nada tenía que ver con la guerra y que no abogaba por ninguno de los dos bandos predominantes en esos tiempos. Daño colateral se dijo el presidente, a sabiendas que sus acciones iban a producir más daño colateral que cualquier otra acción en toda la historia bélica de la humanidad.

No, es necesario se convenció el presidente. Si el comunismo triunfa, habrá mucha más gente que pagará el precio. Millones morirán, pero cientos, quizás miles de millones podrían correr el mismo destino si la Unión Soviética prevalece. Y no era solamente el presidente quien estaba convencido que el comunismo era el mal, sino que la CIA y el Departamento de Defensa, aunque no podía decir lo mismo de la mayor parte de la población del país. Sí, es necesario. Se lo debo a los habitantes de esta gloriosa nación.

Lyndon Johnson ya no dudó más. Tomó el maletín delante de él, lo abrió usando una combinación que solamente él sabía y extrajo un aparatoso instrumento de radio con un teclado alfanumérico similar a una máquina de escribir, solamente que con una prominente antena adosada a uno de los costados del aparato. En otro compartimento del maletín, había una tarjeta plastificada con números y letras escritas en éste y en el compartimento restante, había una llave roja, cuya ranura estaba en el aparato mismo. Podía parecer que todo eso fuera demasiado para el presidente, pero una de las primeras cosas que se le enseñaba a un presidente en esos tiempos era a operar un sistema como aquel.

Lyndon Johnson tragó saliva y extrajo el papel plastificado y escribió el código en la máquina. Cuando ésta hubo reconocido el código como correcto, tomó la llave y la insertó en la ranura. Sin embargo, sabía que si giraba la llave, no habría vuelta atrás, pues al girar la llave, enviaba una señal a la máquina para que transmitiera el código por radio a todos los silos nucleares del país, autorizando a lanzar los misiles de manera inmediata. El presidente volvió a tragar saliva y sudor comenzó a correr por su frente. Es increíble cómo una simple llave puede acabar con millones en un maldito parpadeo. Sus dedos sostenían la llave, sintiendo el peso que acababa de caer sobre su espalda, el horrible peso que jamás creyó que iba a sostener alguna vez. Su corazón latió con más ímpetu y sus dedos comenzaron a temblar, al tanto que si giraba la llave, la historia lo recordaría como un genocida.

Ah, al diablo.

Lyndon Johnson giró la llave.

El código de lanzamiento había sido diseminado. Pronto, los misiles volarían y mucha gente iba a morir.

Unos pasos urgentes se escucharon en medio de toda la tensión y, momentos más tarde, un ayudante se abrió paso entre la muchedumbre que poblaba el Despacho Oval, llevando un papel en sus manos. Sus ojos estaban desorbitados y parecía haber corrido una maratón a juzgar por la forma en que respiraba.

—¡Señor! —clamó el ayudante, dejando el papel sobre el escritorio del presidente—. ¡Señor, tiene que ver esto!

Lyndon Johnson, sintiéndose un poco irritado por la interrupción, tomó el papel, leyó su contenido, e inmediatamente lo dejó caer al piso.

—Santo Dios —dijo el presidente, confirmando sus peores miedos.

Brezhnev había vaciado los silos de la Unión Soviética hace diez minutos atrás.

Afueras de Washington, en ese mismo momento

Herbert Dixon estaba preparándose para el momento más decisivo de su vida. Una alerta le había comunicado que Estados Unidos acababa de lanzar todo su arsenal nuclear en contra de la Unión Soviética. Era el momento de llevar a cabo la siguiente etapa de su plan. Tomó un intercomunicador y transmitió un mensaje corto pero preciso.

—Comiencen el descenso.

Herbert sabía que los misiles iban a demorarse unas dos o tres horas en llegar a la Unión Soviética y que lo mismo se podía decir de Estados Unidos. Y a una velocidad de descenso de ciento cincuenta metros por hora, el laboratorio estaría lo suficientemente profundo para que no sufriera ningún efecto producto de los misiles. Y, mientras tanto, el goteo de terconalina seguía sin problemas.

Un brillo repentino hizo que Herbert abandonara su escritorio y mirara hacia el ala Tychus. Por un momento pensó que alguien había estropeado el sistema de regulación de las luces, pero luego notó que el brillo no provenía de arriba, sino que de abajo. Pudo ver al personal mirando como posesos el fenómeno, sin siquiera atreverse a formular alguna explicación. Herbert oscureció la ventana de la pecera para ver mejor, sólo para llevarse una desagradable sorpresa.

Había algo brillando en el interior de Sailor Galaxia, algo que emitía un intenso resplandor plateado. Luego, comprendió.

—Maldición, ¡MALDICIÓN!

Pero apenas terminó de gritar, el brillo se apagó.

Herbert Dixon lucía preocupado, más de lo que había estado en mucho tiempo. Sabía lo que significaba ese resplandor, y comprendió que la Guerra Fría podría tener un final inesperado, un final que a él no le interesaba en lo más mínimo. No obstante, sabía que era demasiado tarde. Con el laboratorio en pleno descenso, Herbert tardaría mucho tiempo en salir, pero, ¿qué podía hacer?

Nada.

Herbert respiró hondo para calmarse y entendió que, aunque la Guerra Fría terminase ese mismo día, el laboratorio seguiría siendo un secreto, por lo menos mientras Richard Helms no abriera la boca. Pero Sailor Silver Moon había encontrado el lugar y Herbert Dixon agradeció haber tomado la decisión de hundir el laboratorio. De esa forma, ella jamás lo encontraría.

La decisión de Herbert era clara.

Seguir con el plan.

A varios kilómetros de la Casa Blanca, en ese mismo momento

Los participantes de la batalla todavía estaban ciegos por el resplandor plateado que brotó del pecho de Sailor Silver Moon cuando Sailor Amethyst intentó matarla. Varios instantes más tuvieron que pasar para que el mundo fuese visible nuevamente. Todos pensaron que Sailor Silver Moon sería atravesada por la espada que sostenía Sailor Amethyst, pero ellos se habían equivocado.

La espada jamás atravesó su pecho. Era como si Sailor Silver Moon estuviera hecha de un material tan duro que no podía ser hendido por nada. De hecho, la espada de Sailor Amethyst se rompió al mero contacto y, lo que era más, la apariencia de Sailor Silver Moon había cambiado. Tenía escamas transparentes sobre sus hombros, el listón en su espalda era más largo y su uniforme era casi todo blanco, con franjas grises y doradas en el borde inferior de su falda. Lo más sorprendente de la escena era la flor de piedra que flotaba frente a Sailor Silver Moon. Henry Abberline y Sailor Pluto reconocieron la gema al instante.

—Es…

—¿El Cristal de Plata?

Sailor Zephyr tenía una expresión de horror en su cara. Ella había sido testigo de cómo Sailor Galaxia se había apoderado del Cristal de Plata y de cómo lo había usado para ensamblar el Diamante de Hielo. Era esa la razón por la que los días se estaban tornando más fríos en todo el mundo, aunque sabía que ese no era todo el poder del Diamante de Hielo. Lo que no podía explicar era cómo diablos Sailor Silver Moon se las arregló para obtener el Cristal de Plata. Tan perdida estaba en sus pensamientos que Henry Abberline aprovechó su confusión para propinarle una paliza que la dejó inconsciente.

Mientras tanto, Sailor Silver Moon miró el Cristal de Plata por un momento antes de tomarlo en sus manos como si fuese algo muy delicado y, como si todo eso lo supiera de memoria, ascendió a los cielos en dirección desconocida.

—¡Saori! —exclamó Sailor Neptune, pero ella no la escuchó.

—¡Saori! —gritó Henry Abberline, quien tenía un mal presentimiento—. ¿Qué quieres hacer?

—Quiere terminar con la Guerra Fría —dijo Sailor Pluto, mirando al cielo con una expresión grave en su rostro—, pero ignoro cómo pretende hacerlo. No sé si tenga poder suficiente para detener los misiles.

Mientras tanto, las sirenas comenzaron a sonar en todas partes. Millones de estadounidenses a lo largo y ancho del país se fueron a sus casas, rezando a Dios para que aquel calvario se terminara, otros se dirigían a sus propios refugios y algunos aprovechaban la confusión para provocar desorden y vandalismo. Era un caleidoscopio de emociones, sentimientos, acciones y pensamientos que solamente podía acabar de un solo modo.

Con un gigantesco hongo nuclear.

Por otro lado, Henry Abberline y Sailor Neptune aprovecharon el momento para neutralizar a los demás Sailor Demonios, tras los cual Sailor Pluto se acercó a ellos, luciendo cansada y preocupada.

—Sé a qué lugar va Saori —dijo—. Si quieren, pueden acompañarme.

Sailor Neptune y Henry Abberline asintieron y tomaron las manos de Sailor Pluto. Luego, los tres fueron envueltos en una burbuja de luz y desaparecieron del lugar, dejando a ocho Sailor Demonios y a Sailor Zephyr fuera de combate.

Treinta kilómetros sobre el Atlántico, treinta minutos después.

Sailor Silver Moon flotaba en el aire, sintiendo que era precisamente eso lo que le faltaba. Le costaba trabajo respirar, pero sabía que no tenía elección. Las vidas de cuatro mil millones de personas dependían de lo que ella hiciera. Después de aspirar unas cuantas bocanadas de aire, Sailor Silver Moon alzó ambos brazos hacia el cielo, como si estuviera entregando el Cristal de Plata a modo de ofrenda a algún dios pagano.

Por favor, Cristal de Plata, dame el poder para salvar a este mundo de la destrucción.

Un brillo plateado brotó de la gema en forma de una esfera de luz que se extendía rápidamente en todas direcciones. Sailor Silver Moon reunió todas sus fuerzas para hacer que esa esfera aumentara más de tamaño, pero sus brazos comenzaron a temblar y estaba perdiendo energía rápidamente. No tenía idea que los misiles seguían en curso, decididos e imparables.

No es suficiente se dijo Sailor Silver Moon, no es suficiente y me estoy quedando sin fuerza. ¿Qué puedo hacer?

Inmediatamente, una frase se coló entre la desesperación de la Sailor Senshi.

¿Y cómo hago eso?

La respuesta, como siempre, está en tu corazón, Saori.

Y, como de la nada, unas palabras resonaron en la mente de Sailor Silver Moon, palabras que había escuchado alguna vez, pero que no podía recordar cuándo lo había hecho.

Por Dios que eres hermosa, Saori. Me habría gustado pertenecer a este tiempo, solamente para conocerte y pasar el resto de mi vida contigo. Pero no puedo. No pertenezco a este lugar y debo alejarme, aunque eso signifique perder tu amor. No obstante, estoy agradecida por el tiempo que pasé contigo, por lo que has hecho de mí, por todo lo que me has entregado. Es una experiencia que jamás voy a olvidar, Saori. Jamás.

Te amo, Saori… y siempre lo haré, aunque esté con otra persona. No amaré a nadie sin pensar en ti, en cómo me has hecho una mujer más fuerte, en cómo me hiciste tuya en el hotel y en mi habitación en Cabo Cañaveral… en cómo transformaste mi vida. Recuerdo que dijiste que tenías mal carácter cuando comenzamos a conocernos. Es verdad. Tienes mal carácter y puedes ser bastante maleducada e impertinente, brusca y terca, pero eres fuerte, valiente, decidida y posees un gran corazón. Eres todo lo que debió ser tu madre, Saori. Fuiste una bendición para este mundo. Salvaste a la madre de tu madre, fuiste un ejemplo para ella y, por eso, ustedes tendrán un mejor futuro. El mío seguirá siendo lo que es, pero no estoy luchando por mi futuro. Lo hago por el tuyo y por el del resto de este mundo. Solamente espero que, cuando despiertes, te conviertas en la heroína que estás destinada a ser. Porque yo siempre he creído en ti, Saori, y siempre lo haré. Siempre.

Adiós, Saori. Gracias por todo lo que me has dado, gracias por abrirme tu corazón, por permitirme adueñarme de tu cuerpo y, más que todo, por cambiar mi vida para mejor. Te lo agradezco mucho. Siempre habrá un espacio para ti en mi corazón. Adiós, Saori. Hasta siempre. Mis pensamientos siempre estarán contigo.

Sailor Silver Moon no recordaba cuándo había escuchado aquellas palabras, pero sí sabía quién las había pronunciado.

Amy.

Y mientras tanto, más palabras acudieron a su cabeza, como si alguien que perteneciese a un pasado distante miles de años estuviera tratando de entregarle un mensaje, un mensaje que Sailor Silver Moon todavía no era capaz de comprender.

Hace unas horas, Nicole y Scarlett hablaron mal de ti y yo les dije, a gritos, que ellas no te conocían como yo y que te iba a amar con todo mi latiente corazón hasta que ya no pueda más, pese a lo que digan de ti.

Más palabras brotaron de la fuente de su memoria.

Además, hay algo en ti que me hace sentir curiosidad por tu cuerpo… me hace querer recorrerlo hasta aprendérmelo de memoria… me impele a fundirme contigo hasta que nadie pueda diferenciar entre tú y yo.

Sailor Silver Moon no contuvo las lágrimas, a medida que más palabras se hacían un hueco en su mente.

A… Andrómeda. Hu… ye. No… no hay nada que… que puedas… hacer… por mí.

¡No te voy a dejar ir! ¡Te amo, por los mil demonios!

Yo… yo también te amo… Andrómeda.

Compartiremos el mismo destino. Pero te prometo que nuestro amor jamás morirá, Perséfone. ¿Lo oyes? ¡Jamás morirá! ¡Dilo!

No… puedo.

¡DILO!

Nuestro… amor… jamás… mo… morirá.

Esa es mi chica.

Sailor Silver Moon dilató los ojos.

Aquella era la respuesta que estaba buscando. El mensaje no podía ser más claro.

La respuesta, como siempre, está en tu corazón, Saori.

El Cristal de Plata es tu corazón.

Violet y Amy podían estar separadas por la impenetrable barrera de las dimensiones, pero había algo que unía a ambas mujeres, algo que Sailor Silver Moon no había apreciado en su totalidad en el momento, pero que ahora cobraba un nuevo y maravilloso sentido. Y ese alguien era ella misma, fuese Saori Müller, Sailor Silver Moon o Andrómeda. Tanto Violet como Amy habían podido ver más allá del carácter de Saori y aceptarla por lo que era, para eventualmente amarla, y Saori le había abierto su corazón a ambas chicas.

Pero eso no era todo.

No todo había sido color de rosa para ella. Hubo un momento en el que lloró a lágrima viva, lloró como cualquier otra chica, gritando y sollozando al aire. Pero no estaba sola. Sus padres estaban allí para refugiarla y consolarla, pues, por muy fuerte y ruda que fuese Saori, perder a Violet en esa oportunidad hizo que se sintiera como una niña de cinco años que se hubiera lastimado una pierna mientras jugaba en la calle. Pero no estaba sola. Fue apoyada por personas a las que había creído muertas por mucho tiempo, y lo hicieron pese a su carácter, pese a todos los defectos que Saori cargaba con ella.

Algo que solamente un padre o una madre podía hacer.

Y estaban aquellas personas que creían en ella en ese momento.

Henry. Michelle. Setsuna.

Sailor Silver Moon sentía que una red invisible interconectaba a todas esas personas, inexorablemente atadas a ella por un lazo más fuerte que el acero, más firme que una roca y más duradero que la vida misma. Fuese por el vínculo entre dos amantes, entre padres e hijos o entre amigos, aquella fuerza era la misma, pero con diferentes caras.

La respuesta, como siempre, está en tu corazón, Saori.

Y, en ese momento, su corazón latía más fuerte que nunca. Era como si cada latido tuviese el poder del trueno que sucedía al relámpago, más profundo que los abismos del océano y más armonioso que un coro de ángeles. Al final, el verdadero poder de Sailor Silver Moon no residía en su extraordinaria fuerza, en su abrumador dominio sobre el aire o en su marmórea determinación.

El verdadero poder de Sailor Silver Moon provenía de su corazón, de sus experiencias, de sus aciertos y caídas, de sus momentos de pasión, de sus lazos de amistad y del cariño y apoyo de sus padres.

Repentinamente, el Cristal de Plata emitió una multitud de rayos plateados en todas direcciones y Sailor Silver Moon lo tomó y sintió su calidez, como si tomara las manos de Amy o Violet, las de Serena o Darien, y comprendió qué era lo que alimentaba a la gema, lo que le daba ese asombroso poder.

Una palabra, cuatro letras.

Sailor Silver Moon alzó ambos brazos nuevamente y, concentrando toda su energía y su corazón, desató todo el poder del Cristal de Plata, lanzando un grito tan poderoso que se escuchó en cada rincón del mundo. Desde Washington hasta Moscú, todos vibraron con el sobrecogedor grito que parecía provenir de los cielos. Incluso Lyndon Johnson, Richard Helms, Leonid Brezhnev y Herbert Dixon escucharon a Sailor Silver Moon, desconcertados y asustados.

A continuación, una enorme esfera de resplandeciente luz plateada llenó cada rincón del cielo, y todo el mundo pensó que los misiles habían estallado. Sin embargo, no se podía sentir ningún estremecimiento de la tierra y, poco a poco, la gente salió de sus casas y refugios, y miraron al cielo, el cual ya no era azul, sino plateado. El miedo parecía haber sido evaporado de sus cabezas a medida que los misiles caían como lluvia de acero y uranio sobre suelos de diferentes países. Pero ninguno de ellos estalló, ninguno dejó un triste y horrible legado radioactivo detrás, sino que simplemente cayeron, inertes, trozos de metal que ya no podían cumplir con su propósito.

El mundo había sido salvado de la destrucción.

Pero el mundo ignoraba el precio que se debió pagar por ello.


Henry, Sailor Neptune y Sailor Pluto flotaban en medio del aire cuando vieron a una figura descender en caída libre hacia el Océano Atlántico. Henry, con horror, se dio cuenta que era Sailor Silver Moon quien estaba cayendo y urgió a Sailor Pluto a que la salvara. Con frenética urgencia, Sailor Pluto, junto a sus acompañantes, usó sus poderes temporales para aparecer unos cientos de metros por debajo de Sailor Silver Moon. Henry se preparó para agarrarla, pero la velocidad de caída casi hizo que la soltara, pero sus brazos se mantuvieron firmes. Una vez que la carga estuvo segura en los brazos de Henry, Sailor Pluto volvió a usar sus poderes para aparecer en la mansión de Henry Abberline y la comitiva entró al inmueble, dejando a Sailor Silver Moon sobre uno de los sillones más amplios.

—No respira —dijo Henry con un creciente miedo invadiendo su mente. Se limpió el sudor de su frente y comenzó con reanimación cardiopulmonar, mientras que Sailor Neptune y Sailor Pluto miraban el drama con creciente angustia y desesperación.

—¡Vamos, Saori! —le animaba Henry durante sus esfuerzos—. ¡Has sobrevivido cosas peores! ¡Tú puedes!

Pero Saori no se movía. Las lágrimas comenzaron a aparecer en los ojos de Sailor Neptune y Sailor Pluto, quienes se llevaron sus manos a la boca, como queriendo resistir las ganas de gritar.

Después de tres minutos de maniobras de reanimación, Henry tuvo que admitir su derrota. Cansado, se derrumbó sobre el piso alfombrado, apenas atreviéndose a creer lo que había ocurrido. Le dio la impresión que estaba inmerso en una pesadilla, viendo los ojos cerrados de Saori, como si estuviera durmiendo, y a Sailor Neptune y Sailor Pluto luchando por contener el llanto. Pero Henry sabía la cruel verdad, pese a que no quería aceptarla aún.

Saori Müller, Sailor Silver Moon, la salvadora del mundo, había muerto.

Washington, 27 de junio de 1969, 01:14p.m.

Lyndon Johnson no tenía nombre para lo que estaba sintiendo, sentado en el Despacho Oval. NORAD había confirmado que todos los misiles, fuesen americanos o soviéticos, habían sido inutilizados y habían caído sin que ninguno estallara. Solamente se habían reportado unas veinte víctimas en todo el mundo, y solamente porque les había caído un ICBM de varias toneladas encima. Casas habían sufrido daños sustanciales, pero era una fortuna que tan pocas vidas se hubieran perdido. Mientras Lyndon Johnson buscaba una explicación racional para que cien mil misiles nucleares se volvieran pedazos de metal inerte, el teléfono sonó. Era un sonido fuera de lugar después de todo lo que había ocurrido. Con tiento, el presidente descolgó el auricular y se lo llevó al oído.

—¿Diga?

—¿Qué mierda pasó con los misiles?

Lyndon se llevó una sorpresa. No esperaba que esa persona le llamara en absoluto. Imaginaba que debía sentirse tan confundido como él lo estaba.

—A mí que me cuelguen. ¿Por qué diablos me llamaste?

—Es que… con todo esto… pensé que podía haber una solución no bélica para esta debacle.

El presidente de los Estados Unidos se atragantó con su propia saliva. ¿Una solución no bélica? ¿Había ido a parar a la Tierra de Nunca Jamás por accidente? Eran las últimas palabras que esperaba escuchar de alguien como Leonid Brezhnev.

—¿Estás al tanto que tenemos ideologías distintas, verdad?

—¡Lo sé! Pero, ¿y si hay un punto medio? ¿Y si hay alguna forma en que podamos coexistir?

Lyndon Johnson desconocía a la persona al otro lado del teléfono. Hace unas horas atrás, todo su pensamiento estaba enfocado a acabar con el capitalismo a cualquier costo. ¿Y ahora hablaba de coexistir? ¿Leonid Brezhnev se había convertido en un pacifista?

—No hay puntos medios, Leonid.

—Eso no lo sabes, porque nunca en esta condenada guerra de mierda nos planteamos siquiera la posibilidad. El mundo no es blanco y negro, Lyndon. Tal vez haya espacio para la paz. ¡Piénsalo!

—La paz es mala para el negocio, Leonid —dijo Lyndon Johnson, quien ya estaba comenzando a perder la paciencia. Si aquel era un sueño, quería despertar cuanto antes.

—Y la guerra es mala para la humanidad —repuso Leonid Brezhnev con aplomo—. ¡Imagínate qué habría sucedido si esos misiles hubieran cumplido con su misión! ¡Estarías gobernando un páramo nuclear en este momento! ¿Qué negocio florecería en un páramo, Lyndon?

—¡Está bien, está bien! Lo pensaré. Pero ahora debo dar una conferencia de prensa. La gente quiere explicaciones.

Y Lyndon Johnson colgó, respirando hondo para aclarar su mente, sin conseguirlo del todo. Aquel grito en el cielo todavía le causaba escalofríos y ese gran resplandor plateado permanecía como un misterio irresoluto. Sin embargo, el presidente decidió que la rueda de prensa era más importante. Con eso en mente, dejó que los maquilladores hicieran su trabajo y se dirigió a las afueras de la Casa Blanca, donde tendría lugar la conferencia. Quería que la gente acudiera en masa al evento, pues Lyndon Johnson ya había encontrado las palabras correctas para su discurso.

Había una multitud alzando pancartas proclamando paz por todas partes. El pedestal con el sello presidencial había sido erigido frente a una hilera de vallas papales, las cuales contenían a los espectadores. Cientos de cámaras cliqueaban desesperadamente cuando el presidente hizo acto de presencia. Los flashes parecían supernovas en miniatura y el murmullo de la gente semejaba al de una colonia de abejas. El cielo se había tapizado de nubes que amenazaban lluvia.

Y la voz del presidente llenó el aire con solemnidad.

—Señoras y señores —anunció Lyndon Johnson para toda la nación—, hoy estuvimos más cerca que nunca de la total aniquilación de la humanidad. Más de cien mil misiles nucleares fueron lanzados con el propósito de ganar de manera decisiva la Guerra Fría. Sin embargo, los misiles fueron neutralizados y no causaron gran devastación.

Los vítores y los gritos reemplazaron a los murmullos por breves momentos antes que éstos se disolvieran en el aire invernal de Washington. Lyndon Johnson tomó aquello como una señal para seguir con su discurso.

—La razón por la que los misiles fueron desactivados en pleno vuelo fue una llamada del líder soviético, Leonid Brezhnev, abogando por una solución pacífica a este conflicto. —Lyndon Johnson no se sintió en absoluto mal por la mentira que le había dicho a la población. De todas formas, omitir parte de la verdad era considerada una mentira también—. Y, después de pensarlo un poco, llegué a la conclusión que él tenía razón y desactivamos remotamente los misiles para que no hicieran daño permanente en la población, en las personas y en la tierra. Con este acontecimiento, puedo decir con toda seguridad, que la Guerra Fría ha llegado a su fin. Ya no habrá más miedo e inseguridad. El día de hoy marca una nueva era para la humanidad…

—¡Ese imbécil es un mentiroso! —gritó una voz que provenía de la muchedumbre. A continuación, un grupo de personas se fue apartando como el Mar Rojo se apartó alguna vez del camino de Moisés y un hombre cargando con un bulto apareció frente al presidente Johnson. Sin ningún pudor, apartó las vallas papales y el Servicio Secreto trató de intervenir, pero fueron repelidos misteriosamente por una barrera invisible. Lyndon Johnson tragó saliva.

—¡Lyndon Johnson! ¡Acabas de mentirle a tu pueblo, a un pueblo que ni siquiera te eligió! —El hombre dejó el bulto sobre el suelo como si estuviera hecho de cristal y, en un gesto teatral, quitó la manta que cubría el bulto, revelando a una mujer muy hermosa de cabello gris y un uniforme muy familiar para mucha gente presente. Era evidente que aquella mujer estaba muerta—. ¡Te crees un héroe, cuando solamente estás tirándote flores, dándote crédito por algo que no hiciste! ¡Si quieres buscar al verdadero héroe de este conflicto, no mires más allá de este cadáver!

El presidente compuso una mueca de fastidio al ver a la mujer frente a él. Sabía quién era ella, la misma mujer que le había dicho que iba a salvar al mundo, con independencia de lo que él decidiera. Desafortunadamente, no había ninguna prueba que había sido Sailor Silver Moon la salvadora de la humanidad.

—¿Y me puedes mostrar alguna evidencia? —retó el presidente Johnson. El público seguía mirando al cadáver, lentamente cobrando conciencia de quién era ella, convenciéndose, por alguna razón, que no había sido una acción política la que había salvado al mundo, sino que el sacrificio de esa mujer.

—¡No necesito evidencia! —gritó el hombre, quien no era otro que Henry Abberline—. ¡Tú sabes que no hiciste nada por prevenir esta guerra! ¡De hecho, ella te advirtió sobre las consecuencias de tus acciones y no quisiste escuchar! ¡Querías lanzar esos misiles a toda costa! ¡Y ella dio su vida para que nadie pagara el precio por tu atrevimiento! ¡Sailor Silver Moon siempre dio todo y más por este mundo, luchó hasta la muerte por él, y vienes tú para llevarte el crédito de su sacrificio! ¡Simplemente eres detestable!

El murmullo se fue acrecentando, un murmullo furioso por lo que acababa de salir a la luz. Las vallas papales pronto no fueron suficientes para contener a la multitud y el Servicio Secreto se vio sobrepasado. Sin embargo, nadie quería agredir al presidente. La muchedumbre rodeó el cuerpo de Sailor Silver Moon, dándose cuenta, de manera misteriosa, que había sido ella, y no un político, la razón por la que ellos seguían con vida.

De improviso, el llanto de una niña hizo que las personas le abrieran el paso. Se trataba de una niña de once años que caminaba lentamente hacia el cadáver de Sailor Silver Moon. Se arrodilló lentamente junto a ella y le tomó la mano, aunque sabía que no iba a responder. Ella había sido su heroína desde que la rescató de una muerte segura en un accidente de ingeniería hace casi nueve años atrás. Su madre se mantenía cerca, sonándose la nariz con un pañuelo, incapaz de entender cómo un político se atrevía opacar lo que había logrado Sailor Silver Moon. Como era natural, la niña era la pequeña Ikuko y su madre era Reika Omura, quienes se habían trasladado a Washington por asuntos de negocios entre su marido y su jefe, el señor Tsukino.

Fue la acción de aquella niña frente a su heroína la que precipitó los acontecimientos. Varios hombres apartaron gentilmente a Ikuko y cargaron respetuosamente a Sailor Silver Moon, llevándola hacia algún lugar donde pudiera finalmente descansar en paz. Por otro lado, otros hombres se acercaron al presidente y, en un acto jamás visto en toda la historia del país, fue aprehendido mientras otros contenían al Servicio Secreto. La policía y los militares tampoco hacían nada, confundidos y desconcertados tanto por los sucesos recientes como por el poderoso resplandor plateado que había marcado el fin de la vida de la verdadera heroína de la Guerra Fría.

Acontecimientos similares tenían lugar en todo el mundo. Vietnamitas y estadounidenses soltaban sus armas, el Muro que separaba la Alemania Oriental y Occidental estaba siendo derrumbado de a poco por la gente, mientras que los guardias y soldados se quedaban petrificados en confusión, sin disparar un solo tiro o soltar un solo perro. Todas las operaciones de la CIA en diversos países de Latinoamérica habían sido paralizadas y los agentes encubiertos fueron arrestados por las autoridades locales, mientras que los dueños de los bancos y corporaciones miraban con horror cómo las cosas se les estaban escapando de las manos.

La verdad, nadie tenía pruebas concretas que Sailor Silver Moon había, en efecto, salvado las vidas de cuatro mil millones de personas, pero la gente no necesitaba pruebas. Ellos sabían, en lo más profundo de sus corazones, que le debían sus existencias a ella, una chica en uniforme que pasó de ser ridiculizada por los medios a ser una verdadera leyenda, algo de lo que el ser humano podía sentirse real y honestamente orgulloso. Un verdadero e incontrovertible testimonio de lo que el poder del amor era capaz de conseguir.

Y era eso, el amor, el mayor tesoro de la humanidad.