"Hija de la Tempestad"


Cap. 37: Caperucita y el lobo feroz.


Engullido en mitad de aquel huracán que no cesaba de izarle de su postura... la espalda completamente arqueada en sentido inverso y el cuello estirado hacia detrás en un ángulo anatómicamente doloroso... la sangre que atravesaba sus sienes por debajo de la piel pulsándole a un ritmo de tambor cada vez más horrísono...

El dolor físico... era insoportable.

Pero el dolor mental... aquello sí que era el más terrible de todos los padecimientos. La sensación de no pertenecerte a ti mismo, de ser una figura articulada de madera cuyos movimientos se guían por la mera voluntad de hilos invisibles...

Atrapado en su mente, esclavo de sus cada vez más acentuados sentidos, oveja negra descarriada que ha ido a meterse de cabeza en un lodazal repleto de arenas movedizas.

¿Qué clase de broma maléfica era aquella? ¿Desde cuándo trocó su destino de tal manera que fuera encajando un golpe tras otro sin percatarse ni siquiera de por dónde le venían?

"Tu destino, mortal, trasciende más allá de los límites de tu propia lógica. Pero eso no es importante a fin de cuentas. Eres MI peón, bajo cualquier apariencia con la que decidas disfrazarte, a las órdenes del Amo que más te convenga y con los ideales que más se amolden a tu psique... nada de esto tiene la más mínima importancia. Eres MÍO. Y, si mueres, seguirás siendo mío."

- Que te lo crees tú.

"Por supuesto que lo creo, mortal, pues las reglas de este juego son creación mía. Y yo digo que no hallarás paz ni reposo de ahora en adelante por tu dudosa senda hacia el desastre. Así lo quiero."

- Nadie me dice lo que debo hacer y lo que no. Y tú no me llevarás con la correa como a un perro.

"Aquí yo decido quién lleva la correa puesta y quién tiene la mano asida al otro extremo de la misma. Y tú puedes elegir entre ser vasallo o Señor. ¡Elige!"

- No seré Amo ni súbdito de cualquier tierra inhóspita que puedas ofrecerme. Ya tengo un contrato establecido. Y mi contrato comprende un Plano de existencia y una prominente figura que me aseguran el Sueño Eterno entre los brazos de la Nada. Y ésa figura, a buen seguro, empuña mucho más poder en una sola mano del que tú siquiera podrías soñar.

"Descubrirás muy pronto lo fácil que es caer en las garras de aquello que más tratas de evitar y lo difícil que es intentar de nuevo alcanzar la superficie. Te esperan oscuros tiempos, mortal, tiempos en los que de tu fuerza, voluntad e ingenio dependerá el hecho de acabar o no tus días como esclavo del Acechador."

- ¿El Acechador?

"Eso es. Aquel al que los de tu condición dan el nombre de... Hircine."

El dolor físico cesó en el mismo instante en que dejó de ver las aguas negras de alquitrán en las que se iba hundiendo poco a poco a medida que el huracán hacía descender su cuerpo de la levitación a la que había estado sometido.

Después solo hubo sensación de asfixia, como tentáculos ciñéndose en torno a su caja torácica, cuello y extremidades.

Y oscuridad. Bendita oscuridad.


Se despertó apenas cuando comenzaba a despuntar el alba por levante, dejando a su paso destellantes rayos que reflectaban en la superficie de la nevada provincia como un manto de oro y color.

Estaba agazapado en posición fetal contra la fría pared de un pequeño saliente rocoso que había dado cobijo a su cuerpo en las horas nocturnas y, de lo primero de lo que su consciencia se percató, fue que estaba completamente desnudo, tal y como los dioses le trajeran al mundo.

¿Qué... demonios...?

Aturdido, desorientado, con la vista borrosa y un sabor extraño plagando las papilas gustativas de su lengua, las articulaciones algo entumecidas a causa del frío y el cuerpo adolorido en general, Lucien Lachance gateó hasta el exterior del saliente rocoso para ponerse tentativamente en pie, tratando de aclarar su visión y de despejarse un poco con objeto de analizar aquella extraña situación con tranquilidad.

No recordaba gran cosa de la noche anterior y no podía siquiera imaginarse el por qué estaba en mitad del bosque en cueros, con una sensación vagamente similar a una resaca monumental... añadiéndole el plus de aquellas evidentes lagunas de memoria que no lograban ubicarle en su actual circunstancia.

Estirándose con los brazos hacia arriba, provocando que su cuello y articulaciones crujieran hasta colocarse en su debido lugar, el mareado Oyente se llevó momentáneamente una mano al rostro para masajearse los adoloridos párpados hasta que, paralizado, se notó el rostro húmedo y la mano impregnada con aquel olor... aquel olor metálico que tan bien conocía y que solía revolverle los intestinos nueve de cada diez veces...

Pestañeando varias veces hasta que pudo enfocar la vista, se encontró con que, además de desnudo, su anatomía corporal se hallaba salpicada en distintas zonas de sangre reseca. Y sus manos habían sido, sin duda, el origen de tan singular coyuntura pues estaban desde la mitad del antebrazo hasta las mismísimas yemas de los dedos sumergidas en óxido y tinte carmesí relativamente fresco.

Estupefacto y asqueado a partes iguales, el hombre imperial escaneó detenidamente las inmediaciones con sus oscurísimos ojos rapaces hasta encontrar un rastro medio borrado en la nieve de huellas salpicadas en rojo que, sorprendentemente, parecían suyas.

Siguiendo aquel descolorido e impreciso sendero en mitad del hielo, a Lachance no le llevó mucho más de diez minutos encontrar lo que él supuso que era el inicio del Camino Negro que llevaba directo a la población de Cheydinhal.

Pero eso no fue lo único que encontró.

La terrible imagen que se le presentó a orillas del camino, dispersa en varios puntos cubriendo un radio de veinte o treinta metros, no podía ser más dantesca:

Con los rostros de los que aún conservaban cara contraídos en una mueca de absoluto horror, se hallaban varios cadáveres ensangrentados de seres humanos desperdigados aquí y allá.

Tirados en el suelo en las más extrañas posiciones y casi todos carentes de una o varias extremidades que habían sido, asimismo, arrancadas de sus cuerpos de forma brutal, los desgraciados presentaban decapitaciones, marcas de zarpazos y mordiscos y rotura de varios huesos, que surgían astillados por encima de la carne abierta.

Aparentemente parecían viajeros ya que en el camino yacía, volcado, el carromato que los transportara. Y el caballo que tirase aquel carro se hallaba eviscerado, los intestinos asomándole por el imponente tajo abierto en su abdomen, faltándole también algunos trozos de carne y piel a consecuencia de las marcas de mordiscos que exhibía por zancas, cuello y lomo.

Comenzando a transpirar copiosamente a causa de la impresión, Lucien dio un par de pasos hacia detrás hasta que su espalda topó con un árbol y, al notar la textura rugosa de la corteza contra su piel desnuda, hubo de reprimir un respingo cuando le dio por tocarla con una mano y se la encontró húmeda de más sangre salpicada sobre su superficie.

Porque bajo aquel mismo árbol, y aquello le dejó lívido, se encontró con otro cadáver de lo que antaño debió de haber sido un hombre... con la salvedad de que a este le faltaban prácticamente todos los órganos internos que debieran haber llenado su reventado costillar, expuesto al aire libre, y no presentaba rostro alguno en la rojiza calavera sin ojos que coronaba sus hombros.

En el momento en que la comprensión cayó sobre el ánimo del imperial como una tonelada de ladrillos, este se viró violentamente de aquella repugnante visión para vaciar el estómago en su totalidad sobre la mancillada nieve carmesí.

Tal y como se había temido, el resultado era oscuro, casi negro, y escalofriantemente abundante. Y desprendía un hedor metálico cien veces peor que el habitual olor ácido y nauseabundo de la bilis.

Con la pérdida del contenido que su estómago había estado procesando segundos antes, también vino la pérdida de temperatura corporal y el Hombre Oscuro se frotó los brazos en un intento estéril por obtener calor mediante fricción.

Más que horrorizado se sentía repugnado en sumo grado y, no sabiendo muy bien cómo manejar aquellas reacciones físicas producto de su turbación mental, se internó en la espesura y fue corriendo a un lado del camino, siguiendo la trayectoria de este, hasta que algo le golpeó de pleno los sentidos.

Un olor. Tenue, sutil, apenas fresco de lo que parecían escasas horas.

El olor de la sangre fresca y pulsante. El olor de una presa viva.

El olor del miedo, de la adrenalina y el sudor disparándose en una situación límite.

Inconscientemente, siguió aquel mismo rastro por puro instinto esprintando a toda velocidad sin cansarse como no había creído que pudiera volver a hacer desde que era un chaval, hasta llevarle a las mismísimas puertas de una cabaña a apenas unos metros fuera del Camino Negro.

La puerta de la cabaña, como juzgó de un simple vistazo, había sido forzada; y pronto Lucien Lachance se encontró atravesando el rellano de la humilde vivienda para hallar en la pared opuesta a la entrada donde estaba él a un muy aterrorizado nórdico quien, además de estar blandiendo un cuchillo de frente en posición de ataque, presentaba la parte izquierda del cráneo erosionada y ensangrentada a consecuencia de un profundo zarpazo.

- ¡TÚ! - exclamó el hombre señalándole con un dedo tembloroso - ¡Jodido monstruo! ¡Eres uno de ellos...!, ¡un puto demonio cambiante! - en esto que intentó retroceder estúpidamente pese a saber que lo que tenía detrás era pared - ¡No te acerques a mí!

Pero el imperial solo suspiró. Había dormido tan poco y estaba tan cansado...

- Sí... - asintió con la mirada un momento perdida hasta que volvió a enfocar su atención sobre el otro hombre – Pero nadie puede enterarse de esto que ha sucedido, me temo... No puedo dejar cabos sueltos.

El norteño se puso lívido del susto.

- ¿Qué... qué diablos vas a hacer?

Lachance cerró la puerta del caserón tras suya. Sus ojos predadores titilaban con fuego amarillo en la media luz de la estancia.

- Voy a matarte.


Sabes que tienes que hacerlo, sabes que tienes que hacerlo...

Tempest permanecía quieta, en pie sobre la nieve y sumamente tensa a la espera de que sus Hermanos Cuchillas abrieran el enorme portón que daba acceso al Templo del Soberano de las Nubes para, una vez se hallara cómoda y caliente junto a un buen fuego, deshacerse de aquella cosa.

El Wabbajack, el bastón daédrico del Gran Lunático, Sheogorath.

Habían sido unas semanas de horrible indecisión, dividida entre entregárselo a Martin y el ridículo pensamiento de quedárselo para ella sola y buscarse otro artefacto que lo sustituyera en su lugar.

No lo entendía, había probado el bastón en varias ocasiones con animales y... bueno, también con aquel coco comeniños que andaba por ahí en paños menores por la Arboleda de la Locura. El tipo había acabado, además de convertido en gusano, aplastado por la bota de la muchacha. Total, ninguno de los locos de la arboleda ni el propio Sheogorath le habían dicho nada, así que...

Porque sí, aquel bastón tenía un poder de chiste: transformaba a cualquier criatura temible o medianamente agresiva en dóciles ovejitas, vacas, patos, mariposas, gusanitos... ¡hasta pollitos y conejitos de corral!

Todavía no lo había probado con ninguna criatura apacible, y algo en su interior le prevenía de hacerlo. Cosas del instinto y tal.

Entonces, ¿por qué querer conservar aquella cosa maliciosa y ridícula que metamorfoseaba seres vivos?

Probablemente la influencia del Daedra tuviera mucho que ver en su reticencia a hacer entrega del báculo con el fin de destruirlo. Su poder, irremediablemente, atraía a los mortales... por muy estúpido o absurdo que el susodicho poder fuera de por sí solo.

Y esto mismo anduvo cavilando silenciosamente para sus adentros la pequeña Heroína de Kvatch hasta que consiguió acceder al templo, pasarse cinco minutos a saludar a sus Hermanos Cuchillas y a Mazoga (quien ahora colaboraba en la guardia del Templo del Soberano de las Nubes y entrenaba duro para defenderlo junto a su inseparable compañero, el silencioso y fuerte Agronak gro-Malog) para, finalmente, encontrarse nuevamente esperando en la Gran Sala a que el futuro Emperador se reuniera con ella.

Reconocía que echaba de menos sus conversaciones con Martin, sus palabras tranquilas y amables plagadas de consuelo, su oído paciente, su inagotable fuente de cordura y sentido común... lo sentía tan lejos... Lejos los días de vida sencilla haciendo la guardia junto a Caroline, fregando platos o barriendo el porche del templo, poniéndose ciega de manzanas al amor de la lumbre con un libro sobre las rodillas mientras Martin le enseñaba las bases de la lectura con inagotable paciencia y candor...

Sentía lejano al que fuera su amigo, debilitado su vínculo con él, aislado no ya solo de la Civilización, sino del mundo en general enfrascado como estaba en la traducción de aquel repugnante librito maléfico.

Le echaba de menos. Y los breves encuentros entre ambos, muchas veces mediados por la presencia de Jauffre o por la terrible sombra del jefe, no hacían sino acrecentar aquel sentimiento de falta.

De algún modo extraño... seguía amando aquella figura ilusoria que tenía de Martin en su cabeza, intacto y perfecto en su totalidad, radicalmente opuesto a la clase de individuo con el que compartía cama.

A veces le daba por pensar en lo contradictorio de sus preferencias, en la clase de hombres rectos en los que antes se fijara... y en la clase de delincuente con el que había acabado enredada.

Había madurado lo suficiente como para tener en cuenta que la apariencia física ejercía una poderosa atracción sobre ella, pero la actitud... De Martin en su momento le había atraído más la actitud que la mera apariencia. Aquello tenía que ser síntoma de la autenticidad del sentimiento...

… O de que, sencillamente, le había pincelado en su cabeza como ella creía que Martin era, no la verdadera persona tras el telón de humo.

Sin embargo no quería desprenderse de aquella imagen, y aquello le dificultaba mucho las cosas a la hora de entablar una relación seria, como cuando estuvo con Lex, o andar de rollito picante, como ahora con Lachance, con otro hombre.

Pero era lo que había. Y lo que hay, o lo tomas o lo dejas, como las lentejas.

Y así fue que, una vez tuvo al Heredero frente a ella, feliz como siempre de ver a su pequeña amiga entera y de una pieza, este recibió feliz y, una vez más, asombrado la noticia de que un artefacto daédrico obraba en poder de Tempest.

- ¿Lo has conseguido de veras...? - dijo el hombre, completamente perplejo - ¿A qué Príncipe...?

- Sheogorath. – contestó la muchacha tranquilamente, mostrándole el báculo daédrico que portaba en su mano izquierda – Cuando le da por ser razonable es un tío la mar de majo. Cumplir una misión en su nombre fue mucho más fácil que lo que los otros pretendían encargarme, y no tuve que matar a nadie.

Bueno, aquello no era del todo cierto. Se había ventilado unas cuantas reses durante el proceso. Y luego el tema de las ratas... y los perros fritos...

Martin contempló la pequeña y nívea mano de la chica aferrando aquel bastón maléfico como si el asunto no terminara de encajarle del todo bien.

El Gran Lunático... su pequeña amiga había escogido prestarle un servicio al Gran Lunático.

Parecía tan lógico y peligroso al mismo tiempo... La muchacha, no queriéndose inmiscuir evidentemente en complots asesinos ni tramas oscuras con los Daedra, había escogido llevar a cabo, seguramente, uno de tantos disparates excéntricos por los que el Dios Loco era holgadamente conocido.

El artefacto, el famoso Wabbajack, tenía en su haber histórico un libro publicado y todo con su nombre.

La lectura del volumen que compartía título con el artefacto dejaba entrever, apenas a las diez líneas de lectura, con prístina clarividencia que quien lo había redactado no estaba lo que se dice muy en sus cabales.

Martin observó muy cuidadosamente a su joven amiga y la encontró igual que siempre. No parecía ni mucho menos perturbada, amnésica o trastornada.

- Tempest... – dijo el sacerdote inmediatamente y sin venir a cuento mientras alzaba la mano con los dedos corazón, índice y pulgar extendidos - ¿Cuántos dedos ves?

La muchacha enarcó una ceja.

- Pues tres, Martin. – replicó con más que evidente extrañeza.

El hombre bajó la mano.

- Dime en un minuto todas las palabras que se te ocurran que acaben en "ato". - dijo a toda velocidad.

Tempest echó la cabeza para atrás, algo desconcertada por tan extrañas preguntas y peticiones.

- ¿A qué viene todo esto? - inquirió.

- Tú hazlo. – le instó el hombre con cierto tono de impaciencia.

La chica rodó los ojos.

- Gato, plato, pato, rato... - enunció – Dato, chato, boniato, retrato, orfanato, neonato... ¿pazguato? - preguntó para sí misma, insegura de si aquella palabra existía de veras o no en la lengua coloquial – Garabato... fosfato... eeeh... ¿gurriato?

El Heredero la detuvo con un leve gesto de la mano.

- Es suficiente, gracias Tempest. – dijo mientras dejaba escapar un profundo suspiro de alivio – Temía por un momento que quizás la influencia de Sheogorath te hubiera alcanzado y no vieras las cosas... del mismo modo que antes.

Tempest torció el gesto con la aún permanente ceja verde enarcada sobre uno de sus escépticos ojos azules.

- O sea, que creías que se me había pirado el panchito. – constató con toda franqueza.

- Bueno... - admitió el hombre tras dudar un momento – Sí. Tal vez lo pensara. Después de todo la influencia de un Daedra es poderosa y la mente humana es un terreno listo para abonar, Tempest.

- Vamos, me estás diciendo que si te hubiera traído algo de Namira hubieras pensado que ahora, en vez de molarme el fiambre de pavo, me molaría más un fiambre de ésos que van metiditos en cajas y los entierran en los cementerios. - replicó – O, si te llego a traer la Rosa de Sanguine, temerías por la bodega del templo, por si os dejo sin reservas de alcohol y tal, ya sabes...

Sin embargo pronto dejó de lado su ristra de sarcasmo al contemplar la mirada ausente del hombre vagar a lo lejos casi... melancólico... dolido...

- La Rosa de Sanguine... - suspiró distraídamente – Ha sido tanto tiempo desde que no volvía a pensar en ella... ahora parece que fue hace una Eternidad...

- Pues estuve a puntito de conseguirla.

Martin volvió bruscamente a la realidad para observar a la pequeña imperial frente a sí completamente petrificado.

- ¡¿Qué?! - exclamó con, quizás, demasiado énfasis para su propio bien.

- Bueno... – comenzó Tempest encogiéndose de hombros despreocupadamente – El jefe y yo nos fuimos dirección a su Ermita y...

- ¿"El jefe"?, ¿y quién diablos se supone que es ése "jefe"? - escupió el sacerdote, tan alterado como estaba que se le estaba empezando a olvidar hasta el simple hecho de ser educado.

- Ya sabes... - dijo la muchacha, cada vez más confusa con aquel comportamiento que tan extraño se le hacía en la persona de Martin – Mi jefe... ése tío de negro que da tan mal rollo...

El Heredero se llevó entonces una mano a la frente para pellizcarse el puente de la nariz en un gesto de sumo cansancio.

- Ah, sí... sí... - murmuró – Continúa, por favor.

- Bueno... - la joven retomó el hilo de lo que estaba diciendo, no sabiendo si sentirse o no preocupada por el inestable ánimo de su amigo – El caso es que nos mandó hacer una chorrez en Leyawiin que no salió muy allá que digamos y, al volver, el demonio nos soltó con todo el jeto del mundo que teníamos que integrarnos en uno de sus fiestorreos para beber como cosacos y hacer... bueno... otras cosas, ya me entiendes...

A Martin se le comenzaron a revolver los intestinos a marchas forzadas. No quería saber aquello, no quería ni pensar en que Tempest hubiera...

Bendito Akatosh... ¡era una chiquilla! ¿Cómo no pensar que a una muchacha de su edad no le iban a gustar las fiestas y el alcohol? Al ser tan joven no podía tener una conciencia exacta ni una visión objetiva del verdadero matiz del asunto... seguro que todo aquello había sido cosa del tipo de negro, el muy pervertido...

Martin comenzó a hiperventilar, sabedor de que, de un momento a otro, le entraría un ataque de ansiedad si no lograba dominarse.

¡No tenía que haberla mandado a una misión como aquella! La culpa era suya, suya, suya...

- … Total, que le dijimos muy educadamente que se peinara. - concluyó la chica, ajena a todo aquel caos interior fluyendo como un río de veneno en el interior de la mente del sacerdote de Akatosh – Que si quería ver gente en bolas se fuera a una playa nudista. Que se joda, es un demonio muy guarro. - puntualizó poniendo cara de asco – Por lo tanto, no conseguimos el favor del Daedra y ahí se quedó el asunto de la Rosa de Sanguine.

Toda la ansiedad, el nudo en el estómago y los pensamientos burbujeantes levantaron violentamente su peso de encima del ánimo de Martin Septim tan rápido oyó esto último, que se mareó.

Oh... bien... la chica era sensata y no se había metido en ceremonias ni ordalías extrañas... Aquello suponía un alivio tan grande para el Heredero que dio repetidas gracias a sus dioses en silencio. El asunto de Sanguine le afectaba más de lo que recordaba de aquella nefasta etapa de su vida, perdido como un yonki entremedias de mareas hedonistas y vacíos sueños de autorrealización.

Él ya había caído una vez en aquella trampa mortal y había sobrevivido. No quería que la muchacha pasase por lo mismo que él para darse cuenta de lo peligroso que puede llegar a ser jugar con fuerzas siniestras que habitan otros Planos paralelos a la realidad de Nirn.

Los mortales en su mundo perecedero y los Daedra en su realidad atemporal. Era, ciertamente, mejor no mezclarlos.

- ¿Estás bien, Martin? Te has puesto pálido...

La voz de Tempest le devolvió de inmediato al preciso instante en el que hallábanse ambos sumergidos. Dioses, necesitaba dormir un poco... la traducción del Xarxes estaba drenando cada onza de vitalidad que el hombre poseía.

- Sí, yo... - comenzó Martin para detenerse en mitad de la frase – Disculpa... me temo que en este momento no estoy demasiado lúcido... La mención de cualquiera que sea la cosa que hayas tenido que hacer para obtener un artefacto maléfico me pone literalmente enfermo, Tempest... de modo que creo que prefiero no preguntarte el proceso que habrás tenido que seguir con el Gran Lunático. Conozco demasiado bien la depravación de los Príncipes del Oblivion.

Hubo un repentino silencio, solo cortado por el aire helado que atravesaba cada muro de aquella joya de la arquitectura akaviri perdida en mitad de la nieve.

- Bien, será mejor que me entregues esta... - el hombre se detuvo un momento para pensar en un adjetivo adecuado para definir aquella cosa vil – … herramienta maliciosa. Mis preparativos para el ritual son distintos según el artefacto que usemos, así que lo necesito cuanto antes. - añadió, extendiendo una mano tentativamente y tomando el báculo de la pequeña manita de su portadora.

El problema es que Tempest no lo soltó.

Martin se quedó unos segundos congelado, observando el repentinamente contraído semblante de su pequeña amiga producir una mueca semejante al susto.

Las manos de ambos imperiales sujetaron fuertemente aquel diabólico instrumento, coronado en su extremo superior por las tres caras talladas de un loco en tres muecas distintas, en una postura tensa. Martin intentó alejar la influencia del objeto de manos de la muchacha y esta solo atenazó su presa.

- Tempest... suéltalo. – le previno Martin, su voz teñida de una aguda nota de advertencia.

La joven continuó paralizada, aferrando su mano izquierda a aquella cosa como si le fuera la vida en ello.

- Tempest...

- Yo... - comenzó ella con la voz apagada y algo cascajosa – Puedo... puedo guardarlo hasta que tengamos todos los requisitos para llevar a cabo el ritual...

- Suéltalo, por favor...

- ¿Qué temes? - comenzó la chica entonces, nerviosa y a la defensiva - ¿Que desaparezca con él de la faz de Mundus y no tengáis oportunidad de completar el ritual sin él? - su eléctrica mirada azul se oscureció – Además... te lo entregaría de buena fe en el momento preciso y... y...

La mirada del sacerdote también se oscureció y sus ojos azul cielo se aceraron, pasando en cuestión de milésimas del reposo a un ligero eco de hostilidad.

- El báculo sigue en tu mano, Tempest. – señaló, tenso y alerta.

La muchacha pareció un momento salir de su nube de estupor en cuanto meneó la cabeza varias veces de lado a lado.

- Sí... - musitó distraídamente hasta que, ante un nuevo tirón en dirección contraria por parte del Heredero, su agarre se hizo tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos – Vaya... ¿y por qué no? ¿Por qué no iba a quedármelo? - desafió, tirando del bastón hacia ella.

- ¿Tanto te cuesta dejarlo ir? - preguntó Martin entonces, abruptamente.

Ella enmudeció un instante, aflojando su agarre pero sin soltar.

- Pues no... - balbuceó como ida hasta que, pensándoselo mejor, levantó la vista y frunció el ceño – Y sí.

- Entonces tenemos un problema, amiga mía. – declaró el Heredero con voz grave, terriblemente serio – Porque no abandonarás esta sala con el Wabbajack en tu poder.

La fina carita de duende se ella se contrajo de pura rabia.

- ¡Yo llevé a cabo la misión! - gritó - ¡Es MÍO! ¡Me lo han concedido A MÍ!

- No hace falta enfadarse, Tempest... - dijo él, tratando de suavizar las cosas.

No quería esto y no le gustaba un pelo cómo se estaba desarrollando la situación.

- ¡Si me enfado es por tu culpa! - le señaló ella con un dedo acusador.

- Creo que ya has tenido tiempo más que suficiente esta cosa en tu poder. - repuso el sacerdote pegando un tirón con todas sus fuerzas, consiguiendo arrebatarle el bastón a la chica.

Pero lo que no se esperó fue que ella se le tirase encima, clavándole las uñas en el brazo, intentando recuperar aquella cosa terrible que le había sorbido la razón.

- ¡Lo sabía, lo sabía! - exclamaba la chiquilla ahogadamente, intentando resistir la fuerza superior del hombre - ¡Lo quieres para ti!

- ¡BASTA!

El sorpresivo bramido, completamente terrible en la voz usualmente suave y tranquila de Martin, hizo que la joven se detuviera y le dirigiera una mirada completamente aterrorizada.

El Heredero tiró violentamente el báculo daédrico lejos y sujetó a su pequeña amiga por los hombros.

- ¡¿Has visto para qué lo quiero?! - le gritó en toda la cara, zarandeándola de lado a lado violentamente para que reaccionase - ¡¿LO HAS VISTO?!

Ella le contempló un instante con aquella expresión de susto hasta que dio un corto gritito, hizo un puchero y se puso a sollozar como una criatura a la que acaban de pegar injustamente.

Envolviéndola rápidamente en un apretado abrazo, Martin hizo una discreta señal con la mano para que se detuvieran en sus avances hostiles los tres Cuchillas ocultos que, estando de guardia, habían escuchado los gritos de la pelea y, silenciosamente, se habían infiltrado en la Gran Sala con sus respectivas katanas desenvainadas.

Baurus, Ferrum y Jena. Probablemente el primero, al tenerle cariño a la chica, hubiera dudado. Pero los otros dos, con tal de defender a su Emperador, hubieran reducido a Tempest sin pestañear. No importaba que ella perteneciera a la Orden, si atentaba contra la seguridad de un Septim (aunque solo fuera arañándole) se la trataría igual que a una criminal.

No era una cuestión de falta de compañerismo, sino del código de honor de los Cuchillas. Ellos estaban allí para proteger a aquellos por cuyas venas fluía la fuerza ancestral de los descendientes de los Sangre de Dragón. Y, mucho antes que eso, los Cuchillas habían sido reputados cazadores de los ya extintos dragones.

Y el deber se les inculcaba como algo sagrado, inquebrantable.

Los silenciosos guerreros se retiraron a las sombras, aún sin quitarle la vista de encima a Tempest, y Martin, suspirando, la llevó consigo a la cocina para que se tomara algo calentito y se tranquilizase.

- Que nadie toque ni se acerque a ésa cosa. – dijo en voz clara y audible, empleando aquel tono de comando que tantísimo detestaba usar, una vez pasó al lado de Baurus y le señaló con un dedo el caído báculo daédrico – No quiero ni una palabra de esto a Jauffre, ¿de acuerdo?

El guarda rojo vaciló.

- No podemos mentir al Gran Maestro... - comenzó a decir hasta que la mano alzada del Heredero le frenó en seco.

- Lo que Jauffre no sepa no le hará daño. – sentenció este – Además, no te lo estoy pidiendo como un favor personal, te lo ordeno como tu Emperador. - añadió con un tono de profundo disgusto, repelido por estar, ciertamente, dándoles órdenes a unos hombres a los que veía como sus iguales.

Baurus tragó saliva y, asintiendo silenciosamente, fue a reunirse con sus dos compañeros para quedar todos de acuerdo en no abrir la boca en lo referente a aquel... desagradable incidente.

Tempest y Martin acabaron sentados el uno al lado del otro en una de las mesas de la desierta cocina, poniéndose bien ciegos a tila y dulces varios.

Ambos lo necesitaban.

Ella para tranquilizarse y él para reunir uno a uno los pedazos de su quebrada serenidad.

Nada se dijeron a lo largo de aquella fría tarde de un ya agonizante mes de Fuego de Hogar, pues nada había que decirse. El verano aquel año había volado sin querer en mitad de las nieves eternas de un invierno daédrico interminable y ahora volvían las estaciones frías, desesperantes para una tierra en permanente estado de esterilidad congelada, desolada para el género mortal abandonado de la mano de los dioses.

Y tanto Martin como Tempest podían sentir aquella desolación helada hacerse eco en sus corazones, frágiles y expuestos a la maldad de los Daedra.

No obstante, ninguno abandonó la calidez confortadora de la compañía del otro hasta que decidieron irse a dormir unas horas para descansar de aquellos tiempos extraños donde personas amables y tranquilas como ellos acababan trasformados en seres solitarios, tristes, enfermos y locos.


Más y más sangre.

Cada vez que se pasaba la esponja por un nuevo recoveco de su cuerpo se encontraba más costras de sangre, hedionda y repugnante sangre coagulada, pegadas a la piel como sanguijuelas.

Se había enjuagado la boca a saber cuántas veces y seguía teniendo aquel regusto metálico pegado a la lengua y grabado a fuego en su cerebro.

Al final terminó metiendo la cabeza en el barreño con agua fría no solo para lavarse el pelo, sino para frenar aquella sensación de fiebre que le venía atormentando desde que saliera de ésa cabaña del Camino Negro, vestido con los harapos sangrientos pertenecientes al nórdico que se había cargado a golpes allí dentro, y cubriese la distancia que le separaba de Cheydinhal esprintando como un corredor de élite sin parar ni una sola vez en las dos horas escasas que le llevó alcanzar la población.

Ahora estaba de vuelta en su derruida fortaleza de Farragut, tratando de limpiarse y de hacer algo con aquel calor corporal insufrible que le estaba volviendo loco.

No le dolía la cabeza, no se sentía enfermo, no le latían los músculos de las piernas pese a ser consciente del esfuerzo antinatural que había supuesto esprintar durante dos horas seguidas sin parar.

No.

Sencillamente tenía calor... mucho calor.

Su cuerpo estaba cambiando y lo notaba. Su piel, en amplio contraste con el frío de la estancia subterránea, desprendía pequeñas vaharadas caloríficas, como si acabara de salir de una sauna. Y le dolía cada articulación de su anatomía al haberse estas ensanchado y recolocado.

Pero también oía mejor... infinitamente mejor. Oía cosas que no podía creer que le hubieran pasado desapercibidas antes, cosas tontas... cosas que, si no eran alteradas por un elemento potencialmente dañino o peligroso, podían resultar hasta relajantes.

El entorno en sí estaba plagado de sonidos, de tactos, de olores... y una gama cromática de tonos increíbles que jamás se hubiera parado a pensar que pudieran darse de la mano fuera de un óleo.

Cada detalle, cada sombra, cada foco de luz... todo era hermoso y deslumbrante.

El mundo se le antojaba redescubierto, infinitamente más bello que antes. Otra cosa no, pero debía de reconocer que aquellos sentidos sobrenaturales eran un regalo para la psique.

Y luego el tema de la regeneración...

Estaba segurísimo de que el bastardo que le había mordido le había hecho unas cuantas heridas bastante feas antes de haber podido contraatacar y... nada, ni rastro de mordiscos, zarpazos o desgarros, nada.

Seguía lleno de cicatrices, claro, pero las heridas que hubiera podido sufrir la noche anterior a manos de la bestia se habían cerrado por completo y sin una sola marca.

Se acabaron las pociones repulsivas. Si se podía regenerar él solo a ésa velocidad quería decir que, a grandes rasgos, sería un blanco bastante difícil de matar.

No estaba mal.

Desnudo y empapado de agua, una vez estuvo convenientemente aseado se dirigió a su arcón de efectos personales y sacó el espejo de mano que usaba para afeitarse.

Se sentó en la cama y se puso a mirarse los dientes, temiendo haber desarrollado unos caninos tan prominentes como los de los vampiros. Suspiró aliviado al ver que seguían conservando su longitud normal... si bien ahora eran algo más afilados.

Luego vinieron los ojos, en los cuales percibió aquel tenue brillo sobrenatural dorado que se intensificaba cuando estaba a oscuras. Probablemente ése fuera el motivo de que pudiera más o menos intuir cómo estaban distribuidos los muebles sin necesidad de luz.

Y, por último, el pelo. Las leves entradas capilares habían... desaparecido.

Pero también la barba parecía crecerle más deprisa. Se había afeitado ayer por la mañana y ahora tenía pinta de marinero con aquella sombra negra repartida desde las patillas y el bigote hasta el inicio de la clavícula, donde se juntaba con el pelo del pecho.

Pero básicamente, y para su tranquilidad personal, seguía siendo él mismo. A diferencia de los vampiros, a los afectados de licantropía no les cambiaba la estructura ósea del cráneo ni, por consiguiente, las facciones.

Bueno, eso era al menos cuando no se transformaban, claro.

Lucien Lachance bufó exasperado ante semejante pensamiento.

Licantropía... había contraído una afección de la que no se conocía cura alguna y que, como no tuviera cuidado y en una de ésas le entrara uno de sus recurrentes ramalazos asesinos, se ventilaba a media población de una ciudad si las flechas de los de la Legión no le dejaban antes hecho un colador.

Aquello le cabreó tanto que, en un arrebato de mal genio, lanzó el espejo de mano contra una de las paredes de piedra, donde se estrelló y se hizo añicos.

"¿Sabías que eso de romper un espejo da siete años de mala suerte? Estás bien jodido, Lachance."

Oooh, demonios... otra vez no...

Bellamont, fiambre hijo de perra... que se fuera a perseguir a otro, por el amor de Sithis...

"No te haces una idea del tremendo placer que me reporta verte retorcerte como un gusano de dolor y rabia. Todo lo malo que has hecho te ha rebotado. Es el karma."

El karma sus cojones. La suerte, el Destino y el karma son cosas tan trascendentales como ilusorias. El individuo se forja su día a día, no extrañas fuerzas que se nutren del equilibrio entre cosas tan inapreciables como lo son el bien y el mal.

"Sigue pensando lo que quieras, desgraciado. Espero que un día pierdas el control sobre tu condición y las lanzas de los de la Legión te ensarten cual pincho moruno."

Fin de la comunicación... por suerte.

Harto de aquel día horrible, de los fantasmas, de los Señores Daédricos y del mundo en general, Lucien Lachance se metió en su cama, se tapó hasta la coronilla pese al calor sofocante que sentía y se hizo un ovillo.

Y así anduvo básicamente más horas de las recomendadas para tener un sueño sano y reparador, a veces durmiendo, a veces embebiéndose del simple silencio a su alrededor, como un tónico relajante a su mente saturada de voces y pensamientos malsanos masticados una y otra vez hasta la náusea.

Su sangre de bestia le impidió descansar como hubiera deseado. La llamada de la caza comenzaba a gestarse indómita en su interior.


No había sido gran cosa, la verdad.

Un clavo en la pared retorcido en forma de garfio, una cuerda bien tensada entre el clavo y la barandilla de la escalera, poca luz y...

Olía a alcohol por todas partes. Alcohol mezclado con sudor rancio a consecuencia de la flagrante escasez de higiene, algo de salitre, pescado...

Y otro olor más. Uno al que su nariz llevaba acostumbrada desde que pudiera recordar.

El tramo de escaleras que daban a aquel sótano oscuro parecía interminable visto desde la perspectiva de arriba; un enorme gusano compuesto de tablones de madera vieja y cuarteada que surgía de las profundidades tenebrosas e inmemoriales del piso inferior.

Había subido un rato después de oír el estrépito. Un estrépito que había dejado paso a un silencio de muerte como no creía haber oído nunca, ni siquiera estando él solo en el almacén de pesca de alquiler.

Tras abrir la puerta tentativamente, esperando receloso a que le agarraran de la pechera de su camisa y le cruzaran la cara a tortazos y la espalda a cintarazos con el cinturón por la parte de la hebilla, se había encontrado el espectáculo.

Nunca se hubiera imaginado que estaría realmente muerto, con la cabeza abierta y manando de su interior riadas de carmesí a lo largo de los cuatro últimos peldaños.

La sangre... había tantísima sangre...

Había procurado, muy escrupulosamente, no pisarla para no dejar huellas rojizas por toda la casa y había subido los escalones de dos en dos para quitar de inmediato la trampa que había puesto, sentarse en el primer peldaño de arriba y dejarse embeber en la imagen.

Era la primera vez que veía una persona muerta. Animales muertos había visto y matado él mismo muchos, especialmente ratas y ratones.

Pero una persona...

La verdad es que no le desagradaba del todo, el hijoputa había vuelto muy mamado de otra de sus rondas diarias al bar y se había pegado la hostia padre. Yacía tirado de una manera grotesca, con el cuello revirado y los brazos y las piernas dispersos en distintas direcciones.

Parecía incluso de mentira.

Le daba la risa floja con solo verlo.

Un minuto después, levantándose, había salido un momento a la calle para volver con un palo en la mano con el que había procedido a pinchar el cadáver por si se movía o algo. Estaba blandito, como un muñeco.

Pero olía mal. No se quería acercar a ésa cosa más de lo estrictamente necesario.

Por eso mismo había regresado a su sitio de antes, sentado con la cabeza apoyada entre las manos pequeñas y sucias, con los codos huesudos y llenos de costras apoyados sobre las rodillas huesudas aún más sucias y aún más llenas de costras, para seguir contemplando desde arriba de la escalera a aquel muñeco flácido y sin vida.

Al cabo de un rato la sangre ya no le había parecido tan escandalosa, sino más bien... un poco repugnante al secarse. Pero nada más.

Y, cantando bajito, había aprendido la diferencia entre un malnacido vivo y un malnacido muerto.

"Un guarda rojo mató a su mujer,
con un cuchillito de punta alfiler.
Le sacó las tripas,
y las puso a vender.
'¡A veinte!, ¡a veinte!
¡Las tripas calientes de mi mujer!'"


Los agudizados sentidos se le dispararon en cuanto percibió el leve chirrido de la bisagra oxidada con la que se abría la trampilla del árbol.

Percibió un apenas notorio cambio fugaz de luz que volvió a su lugar segundos después de que cerraran la trampilla. Luego el sutil crujir de la mohosa escala de soga...

Y el olor. Uh... qué maravilla de olor...

- Joder, ¿por qué siempre hará tanto frío en este sitio de mierda? - resopló una aguda vocecita femenina, evidentemente disgustada.

El vocabulario ya no era tan maravilloso, fíjate tú.

Una respiración leve, unos cuantos pasos, un respingo y una exclamación de sorpresa.

- ¿Jefe?

La verdad es que ella podría haber aparecido en otro momento. Otro momento lejano. Algo así como dejarle en paz durante un par de semanitas. Más o menos.

Más pasitos acercándose.

- ¿Estás planchando oreja?

¿A ti qué te parece? - pensó el Oyente sarcásticamente. Si no fuera porque ya no tenía sueño, querría sacudirla como a un pelele por darle la murga estando metido en cama; y también por...

Oh, Sithis... qué guantazo le daba por dirigirse a él empleando expresiones coloquiales de la calle...

La chica se fue aproximando lentamente a la cama, ladeó la cabeza y se quedó en pie con las piernas separadas en una postura ciertamente muy poco femenina, algo cortada.

- Hum... ¿jefe? - aventuró de nuevo.

El hombre, finalmente consciente de que no le iba a dejar en paz, le dio un gruñido bajo por toda respuesta.

Tempest entonces se humedeció los labios, nerviosa. Si ya el jefe por norma general era un tipo extraño de por sí solo, hoy estaba todavía más extraño de lo habitual.

Akatosh... acababa de llegar y ya estaban sucediendo cosas raras.

- Oye, ¿te pillo en mal momento? - preguntó la muchacha finalmente tras un breve intervalo en completo silencio.

Esta vez, en vez de un gruñido, lo que salió por la boca del hombre imperial fue casi un bufido. No tenía humor en aquel momento precisamente para lidiar con nadie.

La chica, por su parte, resopló con evidente impaciencia.

- ¿Estás enfermo o algo? ¿Te pillo una poción de las que vende M'raaj-Dar para fiebres y cosas de ésas? - ofreció - Seguro que si le digo que es para ti me hace el descuento padre...

Rodando sobre sí mismo lentamente, aún envuelto en la manta, Lucien Lachance estudió detenidamente a la joven con ojo crítico. Enfermo, desde luego que estaba. Calor semejante a la fiebre tenía para aburrir...

Y ganas de lanzarse encima de la renacuaja aquella, no teniendo muy claro si para navegar por su cuerpo y poseerla o devorarla viva a mordiscos, lo que no está escrito.

Desde aquella distancia podía olerla con una intensidad demoledora y el pensamiento de lo que su instinto le gritaba que hiciera con ella le hacía salivar como un chucho hambriento.

Si se le acercaba un poco más, la iba a destrozar.

Desde su posición, la pequeña imperial seguía con la cabeza ladeada y estudiaba a su vez a su superior con idéntico ojo crítico.

Había algo... distinto con él. No sabía ubicarlo y, sin embargo...

- ¿Te has hecho algo en el pelo, jefe? - preguntó – Te veo... no sé...

- Distinto. – terminó él por ella con la voz enronquecida.

- Sí.

- Muy perspicaz por tu parte, querida niña.

Ella entonces entornó los ojos, suspicaz.

- Vale, si no me lo quieres decir allá tú, pero... - en esto que detuvo sus palabras a mitad de la oración, sorprendida – Hala, jefe... nunca antes me había dado cuenta, pero... qué cacho dientes tienes... - dijo señalando la ahora descubierta dentadura de su superior, que refulgía blanca y afilada asomando por entre los labios de una sonrisa cuanto menos que inquietante por parte del Oyente.

Son para comerte mejor, incauta.

En un momento dado, la joven se acercó un poco más hasta que logró sentarse en el borde de la cama, no teniendo muy claro qué hacer con un jefe enfermo y poco colaborador.

Y tampoco tardó mucho en darse cuenta de que estaba desnudo bajo las sábanas, pues la muchacha enrojeció levemente, su respiración se aceleró y se le dilataron las pupilas.

El Hombre Oscuro, pese al ansia carnívora, podía apercibir todos estos cambios como si él mismo los estuviera viviendo en sus carnes y, cegado entre la avalancha de olores y sensaciones, con los oídos retumbándole por el constante martilleo de las pulsaciones sanguíneas a través del corazón, decidió...

Tempest no supo cómo diablos acabó rodando sobre la cama y cómo su superior se las ingenió para ponerse encima de ella. El tipo destilaba calor por cada poro.

- ¡Dioses, jefe! - exclamó la muchacha asustada al palparle el rostro y el cuello - ¡Pero si estás ardiendo! Te tenemos que meter en una cubeta de agua fría o te desmayarás.

- Ya lo he hecho antes. No sirve de nada. - replicó el imperial, muy ufano él, con aquella sonrisa lobuna... un tanto inquietante – Es un simple reajuste del cuerpo, nada más.

- ¡Una leche!, ¡lo que tienes es una señora fiebre de aúpa! - replicó ella, haciendo fuerza por apartarle – A mí no te me acerques, a ver si me lo vas a pegar o algo. No quiero pillar la gripe.

Lachance gruñó descontento. No le gustaba que le apartasen y le dijeran "no".

- ¿Me ves enfermo acaso, querida niña? - susurró - ¿Me ves que tosa o estornude?

- No...

- ¿Ves algún tipo de sintomatología infecciosa o virulenta en mi persona que crees que pueda contagiarte?

- No...

En esto que volvió a sonreír ampliamente. Enseñando los dientes.

- Dado entonces que me hallo completamente sano y... - en esto que empezó a meter la mano por entre los pliegues de la túnica de ella - … Ya que estás tú aquí...

La chica entornó los ojos.

Otra vez con lo mismo, tío, te pasas la vida pensando con la polla...

Además, si tenía fiebre es que estaba enfermo, hombre. No por su culpa iba a pillar un catarrazo.

Así que le arreó un buen manotazo para que no siguiera hurgando por donde no debía.

- ¡Que no, hombre! - le regañó - ¡Que no quiero ponerme mala por tu culpa!

El otro dio un gañido seco, comenzando a perder la paciencia... y el control que el deseo ejercía sobre la sed de sangre.

- Me estás empezando a tocar las narices con el tema de la enfermedad, pajarillo. – le advirtió.

- ¡Eres tú el que quiere fiesta estando con gripe! - se defendió Tempest.

- Todavía no te he oído quejarte por la "fiesta" que te doy, me parece. – replicó Lachance, prepotente como solo él sabía serlo – Más bien me atrevería a decir que todo lo contrario.

La chica bufó. Con un tío tan cabezota como el jefe no se podía razonar de ninguna manera...

A no ser que...

- Muy bien. – consintió finalmente – Pero si te desmayas por la fiebre en mitad del asunto, ahí te quedas.

Golpe bajo. Aquello le había sentado al tipo lo mismo que si le hubiera asestado un buen rodillazo en los testículos.

Herir el orgullo sexual de un hombre bajo la amenaza de que no pueda rendir en condiciones en la cama nunca falla.

- Eso es una ridiculez.

- Métete en una tinaja de agua fría y no corras riesgos.

Porque el agua fría, entre sus muchas propiedades, constreñía el riego sanguíneo y eso, además de bajar la fiebre, bajaba... otras cosas.

Le ayudó muy gustosa a meterse en un barreño de agua fría y a echarle por encima de la cabeza cubetas de agua. Con toda la tontería, al tipo le bajó aquella temperatura inhumana y comenzó a tiritar de frío.

- ¿Feliz? - inquirió el hombre imperial con voz venenosa una vez aquel baño indeseable hubo concluido, dándole una mirada asesina de refilón a la sonriente muchacha mientras se secaba con la toalla.

- Oh, mucho, jefe. – replicó ella con voz cantarina, contenta de la putada que acababa de hacerle y procurando no reírse en su cara – Fíjate, si hasta pareces más saludable y... fresquito.

Y no fue ni acabar la frase cuando el tío se le arrimó con una rapidez increíble y la apresó en uno de sus recurrentes abrazos de hierro.

- Ah, entonces si dices que mi aspecto te parece más saludable... - la mordió en el cuello, conteniéndose de hincarle los dientes realmente. Le apetecía mucho comérsela, la verdad, por muy caníbal que sonase... pero ése iba a ser un placer que le duraría solo una vez, así que mejor dejaba los dientes quietecitos - No creo que tengas inconveniente en retomar el asunto, ¿verdad?

La madre que lo parió... ni con agua fría se le sube la sangre al cerebro...

Pero bueno, ya que estaban en ése plan... ¿por qué no?, ¿qué más daba en realidad? Total, Tempest se lo iba a pasar pipa lo mismo con, que sin pinchito de por medio. La putada ya se la había gastado.

Y eso le había puesto muy contenta. Putear al jefe adrede no era algo que pudiera hacer todos los días impunemente.

Eso sí, una cosa tenía muy clara acerca de aquel nuevo encuentro: como a la mañana siguiente se levantara con mocos y dolor de cabeza, le ahogaba con la almohada.


Nota de la autora: ¡y otro capítulo, señores! :D Reconozco que me he copiado descaradamente del diálogo entre Bilbo Bolsón y Gandalf en "El Señor de los Anillos" cuando Tempest no le quiere entregar el báculo a Martin.

Por si EloisaFernanda me sigue leyendo, que sepas que he puesto la cancioncita ésa que me pusiste en tu primer comentario :D Le pegaba mucho a la situación, aunque haya sido bastante oscura.

Tule91: sep, Lucien va a perder la chaveta y se lo va a pasar muuuuy bien y muuuuy mal por el camino :D Su "relación" con Tempest ya ves que sigue a su bola (con putaditas incluidas ^^). Y gracias a ti y a todos los que me leéis, que me dais fuerzas y ganas de seguir con esto adelante; yo solo me limito a escribir lo mejor que puedo cosas que creo que pueden ser interesantes y que os hagan disfrutar, así que me alegro mucho que mi historia te esté trayendo buenas horas de lectura :)

Creo que Shivering Isles vendrá por el capítulo 40 o por ahí. Necesito primero mandarlos a Miscarcand y enredar un poco la cosa o algo... no lo sé, tengo escrito un resumen cronológico de lo que quiero hacer, pero a veces me lo salto. Shivering Isles empezará como un aviso de Portón... que se convertirá en mucho más.

¡Un abrazo y nos leemos! ^^ (qué ganas de que llegue la Semana Santa para tener más tiempo y escribir del tirón).

[Editado]: acabo de darle un pequeño repaso al capítulo y le he añadido mas cositas, así que los que lo habéis leído antes del 24/03/14 deberíais darle otro vistacillo...