CAPÍTULO 36

TERRENCE

Entro en la cueva seguido de Anthony y veo a Candy pensativa mirando el oscuro mar iluminado por la luna. Carlota está buscando cosas en el ordenador, y nos saluda con un movimiento de cabeza en cuanto nos ve, y lo mismo hacen Any y Jon, que están consultando los libros.

Dejo lo que he comprado sobre la mesa y voy hacia Candy. Antes me fui sin despedirme de ella, pero necesitaba alejarme y pensar en todo lo que está sucediendo. Me siento atado de pies y manos. Candy no puede huir de este maldito pueblo y yo nunca me iría de aquí sin ella, y ellos lo sabían. Sabían que los dos nos quedaríamos atrapados sin necesidad de retenernos a la fuerza.

Me pongo tras ella y la abrazo. Candy se apoya en mi espalda y deja que la consuele en silencio.

—Carlota ha intentado ver mi futuro, pero no ha visto nada... Algo se lo impide —me cuenta mirando hacia el mar—. ¿Crees que ella también está perdiendo su don, igual que Anthony y tú?

—Yo he llegado a la conclusión de que han anulado todos nuestros poderes para que ni Anthony ni Terry puedan delatar a los traidores, pues ellos pueden ver la verdad en la gente —responde Carlota—. Si tu hermano aún puede hacerlo —dice mirando a Candy— es porque tu madre es una de ellos y no habrá querido que a su hijo le hagan nada.

—Me alegra saber que mi hermano Erik está a salvo con su padre, lejos de aquí. Mi familia también debería marcharse. ¿Queda mucha gente arriba?

—No, todos se han ido, y queda muy poca gente, parece un pueblo fantasma..., es escalofriante.

Candy se alza y me da un beso antes de ir hacia nuestros amigos.

—Entenderé que os vayáis también. Vuestros padres seguramente insistirán en que los acompañéis —dice Candy mirando a Carlota, a Any y a Jon— Esta no es vuestra guerra y, total, necesito mucho más apoyo que el que vosotros tres podáis darme.

—Me da igual, no pienso moverme de aquí. Eso sí, debo ir a mi casa a hablar con mis padres —dice Any levantándose y recogiendo sus cosas.

—Yo tampoco me voy y creo que también tengo que hablar con mis padres. Tal vez ellos sí se sumen a tu causa —responde Jon.

—No, por favor, no quiero que nadie salga perjudicado por mi culpa...—Candy repara en lo que he traído—. ¿Qué es eso?

—Es algo que quiero que siempre lleves puesto... o casi siempre. —Lo saco y le muestro un chaleco antibalas que además resiste los ataques de arma blanca, por si se diera el caso—. Es el mejor que existe en el mercado y, como ves, no es nada pesado. Me quedo más tranquilo si lo llevas puesto.

—Ya lo había pensado, pero podrías haberme dicho que ibas a por él.

—Necesitaba...

—... alejarte —acaba por mí. La ayudo a ponerse el chaleco—. Es un poco incómodo, pero me acostumbraré.

—Esperemos que esto sea suficiente.

—Bueno, será mejor que descansemos y mañana sigamos pensando qué hacer —propone Anthony.

Asentimos todos menos Jon, que está pensativo mirando al frente.

—¿Qué sucede? —le pregunta Any.

—Estaba pensando que si el pueblo está prácticamente desierto y en las casas está todo por el medio por el terremoto, nadie notará si alguien ha estado en ellas... ¿Y si entramos en las casas de los descendientes y buscamos libros ocultos o cámaras secretas que puedan contener respuestas?

—Es buena idea, pero mejor dejamos pasar unos días para que se vaya más gente. Dudo que se quede alguien — respondo.

Los demás asienten.

Acaricio distraídamente la espalda de Candy, mirando cómo el amanecer se abre paso por la cortina a medio cerrar. No he conseguido dormir mucho esta noche. Me gustaría abrazar a Candy y meterla dentro de mí para protegerla y que nada ni nadie pueda arrebatármela. Me ahoga la angustia de no encontrar la manera de evitar que salga lastimada.

Al final hemos habilitado la casa para quedarnos todos aquí. Bueno, los que quedamos. Anoche Candy trató de convencer a su familia de que se fueran, pero al final solo se van a ir Martina y el pequeño. Los padres de Any tampoco se van, pero, por si volviera a haber más terremotos, se trasladarán a la casa, al igual que mi padre, que dice que no piensa dejarme solo ahora que lo necesito. (Se me hace raro contar con el apoyo de mi progenitor. Siempre me he cuidado solo y me cuesta aceptar que él quiera protegerme como lo hace con Anthony.) Carlota se queda también, aunque le tocó discutir con sus padres porque no entendían que ella no quisiera acompañarlos, y al final se han marchado sin ella.

Es curioso el miedo que hay en este pueblo. La gente se jacta de no creer en maldiciones y cosas paranormales, pero cuando sucede algo extraño, algo que se escapa a su entendimiento, el miedo los domina y dicta todos sus movimientos.

Abrazo a Candy y cierro los ojos para ver si puedo dormir un poco más...

El sueño me lleva de un lado a otro hasta que se detiene y me veo cogiendo la mano a Candy para que escape, pero es una Candy niña. Me sonríe confiada y cuando le digo que me siga, asiente sin dudar. Su pequeña mano se aferra a la mía y empezamos nuestra huida entre los árboles. Miro hacia atrás para ver una última vez la cabaña donde he estado secuestrado toda mi vida y juro no volver jamás ni dejar que nadie la atrape a ella. La miro y sus preciosos ojos verdes me sonríen como si supiera que necesito su apoyo y la fuerza que sin ser consciente de ello me da siempre.

Corremos por el bosque. Un bosque que conozco bien. Hasta que nos atrapan...

Me despierto agitado.

Candy se remueve y me pregunta medio dormida:

—¿Qué sucede?

—He recordado dónde nos tenían secuestrados. Y sé llegar hasta allí.

Candy abre los ojos de golpe y me mira. Ya no hay restos de sueño en ellos.

—Tenemos que ir.

— Tengo que ir.

—No pienso quedarme aquí de brazos cruzados. Además, no creo que me hagan nada. Me necesitan viva el día de mi cumpleaños, ¿no?, así que hasta entonces déjame disfrutar de mi libertad.

Aprieto los dientes y asiento sabiendo que tiene razón.

—Voy a despertar a Anthony —le digo poniéndome unos vaqueros y una camiseta—. En cinco minutos nos vamos.

—¡¿Ahora?! Terry, son las siete de la mañana...

—Si prefieres quedarte, no insistiré. — Me tira una almohada a la cabeza. Me estoy comportando como un idiota con ella, lo sé. Me acerco y cojo su cara para besarla con ternura— Lo siento, pero no hay tiempo que perder, necesito anticiparme a ellos. No soportaría que te sucediera nada, Candy.

—Lo entiendo, pero evita ser un capullo conmigo —me dice con una sonrisa y me besa antes de salir de la cama—. Vamos, vete, que en cinco minutos me largo, con o sin ti.

Sonrío y me marcho algo más relajado. Candy siempre sabe qué hacer o qué decir para traerme de vuelta y no dejar que mi lado oscuro me domine.

Toco a la puerta de la habitación de Anthony Cuando entro, este ya ha encendido la luz de la mesita y me mira alerta.

—¿Ha sucedido algo?

—No, pero sé dónde está la cabaña donde nos tuvieron secuestrados.

—Y quieres ir ya.

—Sí.

—Bien, voy contigo.

—Con nosotros. Candy quiere venir.

—Déjala, la protegeremos.

Asiento sorprendido por lo aliviado que me siento por contar con él. No necesito mi don para saber que Anthony daría su vida por protegernos a Candy y a mí si llegara el caso, como yo haría con él.

—¿Queda muy lejos? —pregunta mi padre mientras mira dónde pone los pies para no tropezar con una piedra o una raíz. Niego con la cabeza.

Cuando bajé a la cocina para reunirme con Candy, ya estaban en ella su padre, el mío, Espe y Armando, Any, Jon y Anthony. Y porque los abuelos de Candy han preferido quedarse en la casa por si surgiera algo, que si no, también se habrían apuntado a la expedición. No me molesta que quieran venir, pero me parece ridículo que seamos tantos. Aunque si yo tuviera un hijo que ha sido secuestrado, me gustaría ver dónde vivió su infancia. Miro a mi padre y lo veo tenso, al igual que a Thomas. No sé qué vamos a encontrar, pero no tengo claro para quién será un trago más duro.

Seguimos andando. De pronto Candy se detiene y me vuelvo para ver qué pasa. Señala un punto del bosque.

—Allí nos sacaban a jugar.

Sigo su mano y veo un claro donde efectivamente jugábamos de pequeños. Vamos hacia allí.

Sigue igual que lo recuerdo. En medio del claro, hay un tronco caído partido por un rayo. Candy y yo jugábamos en él. Ella me preguntaba siempre qué le había pasado al árbol y cada día yo le contaba una historia diferente. Toco el tronco con cariño; aún puedo oír su risa infantil.

—No sé de dónde sacabas esas historias.

Le sonrío.

—Es curioso cómo puedo recordar con cariño el haber vivido secuestrado por el simple hecho de estar a tu lado. Supongo que es porque éramos niños, no éramos conscientes de nuestra situación. La ignorancia nos daba la felicidad.

—Tú sí eras consciente de todo. Recuerdo tu mirada perdida y cómo mirabas con odio a nuestros captores.

—Algo que solo se ha intensificado con los años. —Mis ojos se centran en un punto en concreto—. Es por allí. —Todos asienten y empiezan a andar hacia donde les indico; me vuelvo hacia Candy— Si te pidiera que te quedaras aquí hasta que vea que es seguro, ¿lo harías?

—No.

—No sé si eres valiente o suicida.

Me saca la lengua y echa a andar sin esperarme. La sigo de cerca, inquieto por lo que me voy a encontrar. De repente, Candy grita y la veo salir volando por los aires y caer en el césped. Voy hacia ella alarmado, se está incorporando y maldiciendo.

—Estoy bien..., pero no puedo seguir. La cabaña está fuera de los límites del pueblo. Qué casualidad, ¿no?

—¿Seguro que estás bien?

La ayudo a levantarse y compruebo que no se haya hecho daño. Incluso cojo su cara entre mis manos evaluando en su mirada si me miente.

—Terry, solo he caído sobre la mullida hierba. —Pone sus manos sobre las mías —.Estoy bien, de verdad.

Poco a poco me relajo.

—Quédate con ella —le pido a Anthony.

Este asiente y va hacia el tronco caído para sentarse.

—¿Estarás bien? —me pregunta Candy cuando me alejo.

—¿Yo?

—Sé que esa cabaña alimenta tu sed de venganza y tu odio hacia ellos..., por eso quería ir contigo.

—Estaré bien.

Vuelvo sobre mis pasos y la beso sin negar que lo que piensa es cierto.

Candy espera a que me vaya para regresar con Anthony.

Al llegar donde están los demás, observo atónito que el exterior de la casa está tal como lo recuerdo. El tiempo parece no haber pasado por aquí, lo que me hace suponer que la han estado usando y manteniendo todos estos años.

—¿Y Candy? —pregunta Thomas.

—Se ha quedado con Anthony en el claro. La cabaña queda fuera del pueblo.

—Para que no la encontrara por casualidad y se acordara de todo.

—Sí, hasta eso lo tenían pensado.

Ha llegado la hora de la verdad. Lentamente, me acerco a la puerta de la cabaña y giro el pomo. La puerta se abre y entro. Doy al interruptor de la luz, pero no funciona, así que abro una de las ventanas y la luz ilumina la sala.

Y compruebo que todo está igual. Aunque no está ordenado y tiene mucho polvo, no se han llevado nada de aquí. Están nuestras dos camas a un lado —aunque Candy siempre se colaba en la mía, pues tenía pesadillas— nuestra sala de juegos, donde veíamos la televisión, y nuestra zona de estudio. Ahora me parece más pequeño, pero cuando eres un niño, los espacios se te hacen enormes.

Cada sala tiene una pared en la que hay un gran espejo. El padre de Csndy lo está tocando pálido.

—Este espejo da a otro lugar para observaros... Es horrible como os tenían.

—Como si fuéramos monos de feria.

Furioso, voy hacia la puerta por donde entraban para darnos la comida y atendernos. Mi mente evoca a uno de nuestros captores, una mujer que me abrazaba por las noches. Las mujeres siempre nos cuidaban con más tacto que los hombres. Pero está claro que lo hacían solo porque era su misión. ¿Cómo podían hacer esto a dos niños? Trato de abrir la puerta, pero está cerrada con llave. La golpeo con el hombro hasta que consigo que ceda.

—Por aquí entraban.

La cruzo y me encuentro en medio de un pequeño pasillo. Voy hacia la izquierda y compruebo que, efectivamente, los espejos muestran el cuarto donde nos tenían a Candy y a mí. La furia va creciendo en mi interior. Recorro el pasillo hacia el otro lado y llego a una sala austera y gris. Solo hay un camastro a un lado y varias pantallas de un circuito cerrado. Supongo que para vigilarnos desde aquí si no querían hacerlo por los espejos. No hay nada más. Aquí si se han preocupado de dejarlo todo limpio. Tal vez porque sabían que yo vendría tarde o temprano, puesto que Candy no puede.

Empezamos a registrarlo todo; hasta los alrededores. Estamos en ello cuando un par de disparos nos ponen alerta. ¿Sabían que veníamos?

«Sí. Y sabían que Candy se quedaría sola.»

—¡Candy!

CANDICE

—¿Crees que encontrarán algo?

—No, seguramente allí no habrá nada —dice Anthony, pero está alerta, como si temiera que fuera a suceder algo.

—No va a pasar nada... —Pero justo cuando digo eso oímos unos disparos.

Grito aterrada y salgo corriendo hacia donde está Terry, pero Anthony me detiene, y aunque lo golpeo intentando zafarme, me arrastra hasta el tronco para refugiarnos detrás de él. Más disparos. La tierra salta a nuestro alrededor; las balas impactan en el suelo muy cerca de nosotros. Anthony no sabe cómo protegerme, pero de los dos, yo soy la que tengo el chaleco. Pienso en Terry con miedo, y espero a que esto pase para poder ir hacia él... como si pudiera.

De repente, cesan los disparos.

—¡Candy! —La voz de Terry penetra en mi mente y salgo del cobijo de los brazos de Anthony para ir hacia él y abrazarlo con fuerza. Los demás no tardan en aparecer.

—¡Mirad!

Todos nos giramos hacia donde indica mi padre y vemos a cuatro personas vestidas completamente de negro que dejan algo en el suelo y se marchan.

Cuando los perdemos de vista, Terry se separa de mí.

—Puede ser una trampa... —le digo, pues sé lo que intenta.

—Quédate aquí, no me sigas. —Me mira serio dejando claro que no piensa discutir sobre este tema.

Lo dejo ir solo... o eso cree él, pues cuando da unos pasos, acaban por seguirlo los demás, y yo no me quedo atrás.

Estamos juntos en esto, le guste o no.

Terry me mira por encima del hombro, le devuelvo la mirada retadora. Aparta la vista sin decirme nada y se agacha a coger lo que han dejado: una caja negra. Dentro hay un papel, lee su contenido. De repente la tira y viene hacia mí al tiempo que escucho un disparo perforar el aire y estrellarse contra mi pecho. Caigo hacia atrás. Trato de recuperar el aliento.

Terry se agacha junto a mí y me levanta la ropa para ver que el chaleco antibalas ha detenido el impacto.

—Estoy... bien —le digo recuperando el resuello. Pero el gesto de Terry sigue siendo duro y preocupado, y noto cómo la furia crece en sus bellos ojos azules.

—Terry...

—Deja que la examine —pide mi padre, y Terry le deja y se dirige hacia la cabaña.

—¡No pienso dejar que ganéis! ¿Me oís? ¡Antes me tendréis que matar que dejar que matéis a mi reina!

«¿Mi reina?», pienso. Terry nunca se ha referido a mí como su reina.

Mi padre sigue un rato examinándome hasta que dice:

—Está todo bien, será mejor que regresemos. —Mi padre me ayuda a ponerme de pie.

Me duele un poco donde me ha impactado la bala y me ha traído a la mente amargos recuerdos. Recuerdos de aquel disparo que recibí en el círculo sagrado cuando era pequeña... Pero sonrío para no preocupar a nadie y trato de ser fuerte. Busco a Terry, pero no lo veo por ningún sitio.

—¿Dónde ha ido Terry?

Mi padre mira a Any, y esta responde:

—Se han ido a ver si los localizaban. Él, su padre, su hermano y Jon, que ha decidido hacerse el valiente. ¡Como si supiera hacer algo más que teclear en el ordenador, el muy idiota!

Sé que Any habla así porque está muy preocupada. Igual que yo. Todo esto no me gusta nada.

—Quiero saber lo que había en la caja —le digo cuando empezamos a caminar.

—No sé si...

—Papá, necesito saber a qué nos enfrentamos.

Mi padre busca apoyo en mis amigas, pero Carlota abre la caja y me tiende la nota:

¿De verdad eres un héroe de guerra? Pues me temo que en esta ocasión no podrás proteger a tu reina. Lo sabemos todo de vosotros... todo. Observa cómo le disparamos y su chaleco detiene el golpe... ¿te has planteado que puede haber un traidor en vuestras filas? Esta lucha la tienes perdida...

—No creo que haya un traidor entre nosotros. Lo que quieren es que dudemos y no estemos unidos.

Miro a mi padre, que asiente no muy convencido.

—Debemos ir a casa. Allí estás más segura —dice mi padre, e intenta que dé unos pasos, pero me quedo quieta— Candy, vamos.

—No hasta que regrese Terry. Aunque no sé por qué me tomo la molestia de preocuparme por él. Total, siempre que me atacan me deja sola...

—¿De verdad te he dejado sola?

No lo he sentido llegar y ahora está detrás de mí. Me vuelvo para mirarlo retadora.

—Sí, lo creo. Aunque parezca mentira, las mujeres también nos preocupamos, y que seas hombre no te hace inmortal, solo más imprudente.

Terry no tiene buena cara, está tenso y no hace falta que le pregunte para saber que no los ha encontrado. De pronto, las fuerzas me flaquean y me voy hacia delante, pero un hábil Terry me coge y me alza con sus fuertes brazos. Me acomodo en su pecho y trato de no dejarme llevar por el miedo, por la certeza de que pueden hacer con nosotros lo que quieran. Me siento como una marioneta cuyos hilos son movidos por otros. Aun así, tengo que ser fuerte, no puedo mostrarme débil ahora.

—No perderemos. Ganaremos —le digo a Terry en el hueco de su cuello.

Él se tensa y no me responde. ¿Por qué calla? Necesito que me lo prometa, que él también crea que lo lograremos.

Me separo para mirarlo, para obligarlo a hablar.

—Te lo juro.

Por una vez, su promesa no aleja de mí mis temores.

Continuara,...