Severus – el verdadero héroe de la saga Harry Potter –, y los demás personajes de los libros aparecen por cortesía de su creadora, J. K. Rowling. El resto de personajes y la historia en sí, son sólo culpa mía :)
Muchísimas gracias a Sayuri Hasekura, Sely Cat, minerva91, GiotMalfoy, MoonyMarauderGirl, LilaSnape, dazedme, mordred6, dulceysnape, GabrielleRickmanSnape, seika, GemitaZeros, AnHi, Alehp, ES, LupinaSnape, DanySnape y Bladre MKT por sus comentarios.
Y muchas gracias también a todos los que me leéis desde las sombras del anonimato.
Capítulo 39 – Un reencuentro indeseado
Unos días más tarde, Severus volvió a llegar refunfuñando y mascullando contra Harry Potter porque iba a participar en el Torneo de los Tres Magos.
-El maldito crío todavía no tiene la edad suficiente para participar, pero él tiene que burlar todas las normas para poder entrar en el torneo, ¿y para qué? Para ganar todavía más fama, porque toda la que tenga le parece poca.
Sonreí sin poder creer la ojeriza que le tenía al muchacho, "y yo todavía sin conocerle", pensé. La verdad es que a esas alturas ya sentía mucha curiosidad por ese chico.
-¡Cuatro participantes! – Prosiguió, ajeno a mi sonrisa – ¿Cuándo se ha visto algo así? Por algo se le llama "Torneo de los Tres Magos" y no de los "Cuatro Magos". Su afán de notoriedad sólo es comparable a su arrogancia.
De repente calló y se quedó pensativo unos instantes.
-Es un torneo peligroso… va a ser muy difícil protegerle mientras dure, ya que no puedo hacer nada para intervenir en las pruebas... – murmuró – parece que lo haga expresamente para complicarme la vida a la hora de vigilarle.
-Ya, como si él supiera que tú le proteges… – intervine, y Severus me miró irritado.
-Claro que no lo sabe – saltó –, ni debe saberlo.
A pesar de su temor y del peligro de las pruebas, el chico fue saliendo bien parado de todas ellas, según me fue informando Severus.
El día de Navidad lo volvió a pasar en Hogwarts a petición de Dumbledore, además ese año también celebraron el baile del torneo, y el director quiso que asistiera el profesorado en pleno. Por eso, cuando llegó el día veintiséis, le recibí con los brazos cruzados y expresión pretendidamente irritada.
-¿Qué? ¿Disfrutaste del baile? – Interrogué.
Severus sonrió socarronamente.
-Todavía me duelen los pies de tanto ir de aquí para allá – repuso el muy sinvergüenza.
-¿Y estaba guapa la veela en su vestido de fiesta?
Acercó su boca a mi oído y susurró:
-No tanto como tú.
Me ruboricé un poco y sonreí, pero de pronto la expresión de Severus se volvió adusta. Le pregunté qué ocurría y me explicó que Karkaroff estaba muerto de miedo porque también había notado arder la marca y que estaba pensando en huir.
-Si lo hace no llegará muy lejos – predijo.
-¿Crees que le atraparán?
-Estoy seguro de ello.
-¿Le advertirás?
-Él lo sabe tan bien como yo. Le he dicho que si quiere escapar que lo haga, que yo le encubriré por su ausencia. De todos modos, lo más probable es que el Lord le mate igualmente si acude a su lado, después de su traición.
Y con el tiempo, su predicción se demostró acertada: después de que Karkaroff huyera fue hallado muerto, asesinado. Estaba claro que Severus conocía a la perfección el funcionamiento de los mortífagos.
En marzo recibí una lechuza del Ministerio. Me asusté, ¿qué podía querer el Ministerio de mí? No quise abrir la nota hasta tener a Severus a mi lado, así que fui de inmediato a Hogwarts con la excusa de llevarle unos ingredientes al profesor.
Cuando llegué, Filch me informó de que estaba dando clase y no podía atenderme, de modo que decidí ir a esperarle a su despacho. El hombre intentó oponerse diciendo que nadie podía entrar allí si él no estaba dentro, y nos enzarzamos en una acalorada discusión hasta que apareció McGonagall y nos preguntó qué ocurría.
-Tengo que entregarle unos ingredientes al profesor Snape – dije –, quería esperarle en su despacho y este hombre no me lo permite.
-Puede darme los ingredientes a mí, señorita Severii, yo se los entregaré – contestó McGonagall.
-¡No! – Exclamé sin poder evitarlo, tenía los nervios a flor de piel, y Filch acababa de colmar el vaso de mi paciencia.
McGonagall alzó las cejas, cerré los ojos un segundo y bajé el tono de voz.
-No, profesora McGonagall – dije –, gracias, es usted muy amable por ofrecerse a entregárselos, pero el profesor me comentó que quería encargarme unos ingredientes especiales y necesito hablar con él para que me diga de qué se trata.
La mujer se fijó en el sobre que llevaba en la mano con el membrete del Ministerio y frunció el ceño, cuando vi lo que estaba mirando, me guardé la carta en el bolsillo.
-Me gustaría poder esperarle en su despacho en vez de en el pasillo – proseguí –, si no es inconveniente. No tocaré nada, se lo prometo.
-Bien – dijo al cabo de unos segundos de observarme atentamente detrás de sus gafas –, no creo que vaya a ocurrir nada por que le espere dentro – y dirigiéndose a Filch añadió –, al fin y al cabo, la señorita Severii y el profesor Snape mantienen una relación comercial desde hace años.
Filch gruñó el principio de una protesta, pero McGonagall le atajó y permitió que me dirigiera al despacho a esperar a que Severus terminase de dar clase, así que me encaminé a las mazmorras y entré en la sala, presa de los nervios. Quizás pueda parecer algo paranoica, pero jamás había recibido ninguna comunicación del Ministerio, y tenía miedo de que ocurriera algo malo. No me equivocaba.
Estuve paseando inquieta arriba y abajo del despacho hasta que él apareció.
-McGonagall ha entrado en mi clase para informarme de que tenía visita – dijo al cruzar la puerta –, pero no podía salir hasta que acabase, cualquiera sabe lo que son capaces de hacer esos ineptos si les dejo solos aunque sea durante cinco minutos. Podrían llegar a volar el colegio.
Le miré con preocupación, entonces él frunció el ceño y me preguntó si pasaba algo, saqué la carta del bolsillo y se la tendí de manera que el membrete quedara bien visible.
-No la has abierto – dijo sin cogerla.
-No me he atrevido a hacerlo – admití, y Severus asintió con la cabeza, comprensivo.
-¿Quieres que lo haga yo? – Preguntó.
-Por favor – contesté, agitando un poco el sobre que tenía todavía en la mano.
Él cogió la carta y rasgó el sobre para leerla. La expresión de su rostro no indicaba nada bueno.
-Será mejor que te sientes – dijo en tono lúgubre.
Obedecí, temblando como una hoja. La carta me informaba de que a causa de un error administrativo durante su detención, el abogado de mi padre había solicitado una revisión del caso y había conseguido que su condena fuese acortada y, dados los años que llevaba ya en prisión, eso significaba que sería puesto en libertad en cinco días. Entré en estado de shock y no pude articular palabra.
Sabía que Severus me estaba hablando, pero no podía entender lo que decía. El hombre se agachó frente a mí, me puso las manos sobre las rodillas y continuó hablando, pero yo seguía en blanco. Paseó una mano ante mi cara para llamar mi atención, le miré, vi sus labios moverse, y seguí mirando mucho rato después de que hubiera cerrado la boca. Al final se levantó, se dirigió a la estantería y volvió con un frasco en la mano, abrió el tapón y lo acercó a mis labios, sujetándome la parte trasera de la cabeza con la mano libre. Bebí el contenido sin replicar.
Enseguida me invadió una sensación de bienestar acompañada de un sueño repentino. Severus me cogió de la mano y me llevó a la chimenea, cogió polvos flu y cuando los tiró aparecimos en su habitación. Una vez allí, me llevó a la cama y caí inmediatamente en un profundo sueño.
Cuando desperté, no sé cuantas horas más tarde, Severus estaba en una silla a mi lado y me observaba con rostro preocupado. Me incorporé sin decir nada y me quedé sentada en la cama mirándome las manos.
-¿Cómo estás? – Preguntó Severus con voz suave.
No respondí. No podía hablar, todavía no. No sabía qué decir, no sabía qué sentía, no sabía que debía hacer, no sabía nada. Severus se levantó de la silla, se sentó a mi lado en la cama y me cogió de las manos.
-He tenido que darte una poción para que durmieras porque no podía dejarte sola tal como estabas y tenía clases que dar. Pensaba que también ayudaría a que te encontraras mejor… veo que estaba equivocado.
-Ninguna poción puede ayudarme, Severus – musité.
-Lo sé, yo… – se calló.
Estuvimos un rato en silencio, mirándonos las manos enlazadas.
-Entiendo cómo debes sentirte – dijo al fin –. Sé que no es fácil aclarar tu mente en estos momentos. Puedes quedarte a dormir aquí si no tienes ganas de moverte… puedes quedarte el tiempo que quieras, sólo… no salgas de la habitación.
Le miré a los ojos.
-Me gustaría poder ser de más utilidad… – añadió.
-¿Qué voy a hacer? – Pregunté de golpe.
-Puedes hacer lo que quieras – contestó él –, no tienes por qué verle si no lo deseas.
-Seguro que irá a casa… a su casa – me corregí –, ¿y si nos lo encontramos en vacaciones entrando o saliendo? Está en la puerta de al lado…
-Puedo hablar con él… – dijo simplemente.
Le miré sin comprender.
-Puedo utilizar diferentes grados de persuasión para que se vaya a vivir a otra parte – explicó fríamente –, podría probar a hablar con él y esperar que lo entienda, o puedo simplemente amenazarle, o darle a probar los "cruciatus" para que comprenda que necesita marcharse, o bien lanzarle un "imperius" para que obedezca mis órdenes aún contra su voluntad. O incluso puedo hacer algo más… definitivo, si es necesario.
Parpadeé en su dirección. Si no hubiera estado todavía conmocionada por la noticia me habría asombrado y quizá hasta asustado de su sangre fría. Pero en mi aturdimiento, lo único que logré pensar con claridad era que no quería que él se ensuciara las manos por mi culpa.
-No – contesté –, eso es algo que debo hacer yo… sea lo que sea que decida hacer al final.
-En cualquier caso – dijo –, no tienes por qué hacerlo sola. Estaré a tu lado cuando lo necesites.
Asentí distraída. Me quedé a dormir allí porque apenas podía moverme y tampoco era capaz de pensar en nada por más de dos segundos, tenía la mente extrañamente aletargada. Me dormí con Severus abrazado a mi espalda en un gesto protector que agradecí, pero desperté en medio de la noche, gritando, y me incorporé en la cama de golpe, cubierta de sudor y con la respiración agitada. Severus se incorporó también y me pasó un brazo por los hombros para calmarme.
-Sólo ha sido una pesadilla – susurró.
Hacía años que no tenía ninguna, me giré hacia el hombre con la mirada perdida unos segundos y después me abracé a él. Nos volvimos a recostar, pero esta vez fui yo quien se aferró a él buscando su cobijo y pasamos así el resto de la noche.
Por la mañana decidí que no quería verle. Al menos, no de momento. Cuando le dejaran en libertad, nosotros todavía estaríamos lejos de Londres, ya que aún faltaban meses para que llegaran las vacaciones de verano, y con un poco de suerte, para entonces a lo mejor habría decidido mudarse a otro sitio por voluntad propia.
Así se lo dije a Severus, que me miró con poca fe en que mis esperanzas se cumplieran, pero aún así no dijo nada. Fui a trabajar porque ya me sentía mejor tras haber tomado esta decisión, y pasé el día en relativa tranquilidad. Al anochecer, Severus se pasó un momento para comprobar cómo estaba, y al verme bien se marchó de nuevo. Pero por la noche volví a tener pesadillas, volví a despertarme gritando, y por la mañana mi determinación se había resquebrajado por todos lados.
No podía seguir como si nada, no podía permitir que ese hombre volviera a casa, a su casa, a la casa de mi madre, y viviera allí como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. Ese día no pude centrarme, cometía errores constantemente en el trabajo y tuve que pedirle a Eenie que me vigilara por si me equivocaba en algo, cosa bastante embarazosa, sobre todo cuando la elfina me tironeaba suavemente de la túnica para susurrarme delante del cliente que la poción que había cogido no era la que me habían pedido, pero prefería pasar esa vergüenza antes que hacer algo que pudiera ser peligroso para la salud de alguien, ya que suministrar una poción equivocada puede resultar mortal.
Cuando cerré la tienda, subí las escaleras y me sumí en una especie de trance, intentando decidir qué hacer, pero sin poder encontrar la solución a mi dilema. Me senté en la cama con la espalda apoyada en el cabecero, las rodillas dobladas contra mi pecho y los brazos cruzados descansando sobre ellas y, sin darme cuenta, con cada mano empecé a arañarme el brazo contrario mientras miraba sin verla la pared del fondo.
No sé cuánto rato debí pasar así, pero debió de ser mucho, porque de pronto Severus, que había sido alertado por Eenie, apareció con paso apresurado y me encontró en ese deplorable estado. Mis brazos sangraban profusamente a causa de los profundos y repetidos arañazos, y la colcha estaba manchada de rojo, igual que mis manos y mi ropa.
El hombre se abalanzó sobre mí y me zarandeó para sacarme de mi estupor, con gesto horrorizado. Sin percatarme del motivo de su angustia le dije que me había equivocado, que no podía esperar hasta el verano para ver si se iba por voluntad propia, que eso era una estupidez porque él no se iría nunca sin motivo. Él dijo que estaba bien, que cualquier cosa que decidiera estaba bien, pero su voz sonaba nerviosa y no dejaba de mirar mis magullados brazos.
Parecía muy preocupado, pero yo estaba extrañamente insensible a todo lo que no fuera decidir qué hacer con mi padre, y no paré de hablarle sobre ello mientras él me curaba las heridas sin apenas escucharme y me pedía que no volviera a hacer algo así nunca más.
Severus pasó la noche conmigo otra vez, y por la mañana le pidió a Eenie que no me quitara los ojos de encima. Me dijo que si no me veía con fuerzas no abriera la tienda, pero sí que lo hice, aunque me comporté como un autómata todo el rato, suerte que Eenie estaba pendiente de mí.
Pasé los días siguientes en el mismo estado de confusión, y Severus se quedó conmigo cada noche, despertándose con mis gritos y calmándome para que volviera a dormir, y cuando transcurrieron los cinco días decidí ir a Londres a esperar a que mi padre llegara.
A pesar de que le dije que no hacía falta, Severus insistió en venir conmigo y para ello le pidió el día libre a Dumbledore. Estuve toda la mañana vigilando la ventana por si le veía llegar, mientras Severus me vigilaba a mí con gesto grave desde su butaca. En determinado momento me puse rígida y se me acercó de un salto para mirar hacia fuera.
Un hombre ojeroso, encorvado y muy avejentado se acercaba a paso lento desde una esquina de la calle. Me pareció mucho más bajo de lo que recordaba, había perdido muchísimo peso, su cabello se había vuelto canoso, sus mejillas se hundían hacia dentro de manera alarmante, y su cara, que ahora estaba surcada de arrugas, había adquirido un tono ceniciento, pero a pesar de los años que habían pasado y del cambio operado en él tras su estancia en Azkaban, no había ninguna duda de que ese era mi padre. Me puse a temblar sin poder evitarlo y Severus apoyó una mano en mi hombro.
-No tienes por qué hacerlo – me recordó en un susurro, pero me puse en pie y salí a la calle justo cuando el hombre pasaba por delante de nuestra puerta.
Se detuvo en seco y se me quedó mirando, con los ojos entrecerrados. Si él había cambiado yo debía haberlo hecho mucho más, por supuesto, la última vez que me vio sólo tenía siete años y la cara descompuesta por el pánico, pero de pronto un brillo malicioso asomó a sus ojos y en ese instante supe que me había reconocido. Severus se situó detrás de mí, protector, mi padre le miró también y alzó un dedo huesudo y gris contra él.
-Tú te llevaste a mi niña – dijo con una voz áspera que no reconocí, pero sus palabras fueron para mí como una bofetada.
-¿Tu niña? – Escupí, el odio envenenando cada una de las sílabas que pronunciaba – Yo nunca fui tu niña. Nunca fui nada tuyo. Pero tú, bastardo hijo de puta, tú te llevaste a mi madre.
Empezó a hacer un ruido que parecía el croar de una rana, y me di cuenta con horror de que el malnacido se estaba riendo. Se estaba riendo en mi cara. Saqué mi varita sin preocuparme de que estuviéramos en medio de la calle en pleno día y su risa cesó de golpe. Sonreí sádicamente.
-Sabes lo que es esto, ¿verdad? – Dije acercándome a él despacio, saboreando el terror que empezaba a asomar en los ojos del hombre – Esto es algo que siempre ha estado fuera de tu alcance. Algo que tú nunca podrás llegar a comprender, porque no eres más que un asqueroso squib, y la única magia que puedes abastar es la de los conejos en las chisteras y los burdos juegos de manos muggles.
Hice saltar unas chispas de la punta de la varita y mi padre dio un respingo.
-¿Te acuerdas? – Pregunté – Entonces sólo era una niña, y aquella no era más que una simple y estúpida varita de juguete, pero yo tenía más magia con ella de la que tú podrías obtener si cayera en tus manos la mismísima varita de saúco de la que hablan las leyendas.
El odio y el desprecio se dibujaron en la cara del hombre, que atacó diciendo las palabras que sabía que más podían herirme, mientras sus labios sonreían con perfidia.
-Tampoco se perdió nada aquel día, sólo era una puta borracha.
La palabra salió de mis labios antes siquiera de darme cuenta de que la había pronunciado, sólo un "crucio" sin aliento, sin fuerza, y el hombre cayó al suelo retorciéndose de dolor. Me lo quedé mirando como se mira a una mosca atrapada en una telaraña, debatiéndose por escapar, agitando sus alas con desesperación, mientras sus patas son incapaces de liberarse de las pegajosas hebras. Pasaron los segundos, no sé cuántos, quizá fueron minutos, o quizá horas, pero yo permanecía inmóvil y completamente carente de emociones. Verle revolcarse entre gritos agónicos no me producía ni alegría, ni dolor, ni compasión, ni remordimientos, nada. En determinado momento, Severus se acercó a mí desde atrás y me sujetó los brazos para devolverme a la tierra.
-Si no levantas la maldición puedes acabar volviéndole loco… o matándole – susurró a mi oído.
Entonces parpadeé, levanté la varita despacio y detuve el cruciatus. Mi padre quedó hecho un ovillo en el suelo, gimoteando lastimeramente. Me acerqué a ese cuerpo sumido en convulsiones, me agaché junto a él y dije en voz baja pero clara:
-No entrarás en esa casa nunca más. No volverás a pisar esta ciudad en tu vida. No volveré a verte o a saber de ti jamás. Si haces alguna de esas cosas, te mataré. ¿Lo has entendido, squib?
Movió la cabeza afirmativamente, entre gemidos.
-Ahora quiero que te largues de aquí – ordené, me puse en pie y retrocedí dos pasos sin dejar de mirarle.
El hombre se esforzó por incorporarse, falló varias veces, pero cuando lo consiguió me dirigió una última mirada cargada de odio antes de alejarse por donde había venido, renqueando. Cuando le vi girar la esquina me di la vuelta, le entregué mi varita a Severus y entré en casa con paso firme, pero nada más cruzar el umbral tuve que subir corriendo las escaleras para vomitar en el lavabo.
Me quedé allí un rato, arrodillada en el suelo y agarrando la taza con fuerza. Severus vino a ver cómo estaba, apoyó la espalda en la pared y se deslizó hacia abajo hasta quedar sentado en el suelo a mi lado, con las rodillas dobladas y los brazos apoyados en ellas.
-Yo también vomité la primera vez que lancé un cruciatus – dijo –. A partir del cuarto o del quinto te acostumbras, sin embargo. Espero que tú no tengas que hacerlo.
-Lo he hecho sin pensar – murmuré –, y mientras le veía retorcerse era como si no fuera yo quien le estaba torturando, no me di cuenta de que la maldición había salido de mi varita hasta que tú me hablaste. Si no lo hubieras hecho…
Me puso una mano en el hombro.
-La primera vez también tuvieron que hablarme para devolverme a la realidad y evitar que matara a mi víctima. Fue Lucius Malfoy. Sólo dijo: "Ya está bien, Severus, es suficiente", y levanté la maldición, así de sencillo. Para un observador casual quizá pudo parecer que yo sólo era un perro obediente, pero lo que ocurrió fue que al oír su voz salí del trance en el que me había sumido sin darme cuenta, y al despertar me sentí horrorizado por lo que estaba haciendo y lo que hubiera podido hacer si Lucius no me hubiera hablado cuando lo hizo. Después de esa vez hubo muchas otras, por supuesto, pero para entonces ya le había cogido el gusto a torturar a gente.
-No te creo – musité, notando el sabor a bilis en mi boca.
Severus sonrió.
-Sé que no quieres creerlo, pero es verdad. Al cabo de un tiempo te acostumbras al horror, te insensibilizas. Cuando comencé a espiar para Dumbledore tuve que aprender a odiar todo aquello. Me había deshumanizado por completo, te lo aseguro. Pero con la muerte de Lily todo cambió.
Solté un gemido involuntario. No quería oír hablar de Lily, eso era más de lo que podía soportar en ese momento. Severus pareció entenderlo y calló, sacó un pañuelo de su bolsillo y me lo tendió para que me limpiara.
-Qué escena más glamourosa te estoy ofreciendo – dije al cogerlo.
Él resopló.
-Soy experto en protagonizar este tipo de escenas, no te preocupes. Durante los primeros meses como mortífago pasé más tiempo en el baño que en ninguna otra parte de la casa.
A pesar de las náuseas y de la incatalogable sensación que me había invadido después de hablar con mi padre, me reí un poco ante este comentario.
-He dado un buen espectáculo en la calle – comenté –, espero que no nos hayan visto.
-¿Por quién me tomas? – Dijo él, con tono fingidamente ofendido – Nada más salir por la puerta he lanzado los hechizos necesarios para que nadie viera ni oyera nada de lo que hiciéramos.
Sonreí levemente.
-¿Qué haría yo sin ti?
Severus me miró con aires de suficiencia.
-Sin mí no sabrías ni peinarte siquiera.
Reí. Era cierto, cuando era pequeña y hacía poco que me había acogido en su casa, él acostumbraba a martirizarme peinándome con brusquedad la maraña de pelo que tenía, porque yo no lograba dominarlo por mí misma.
Nos quedamos callados un rato y, cuando me sentí un poco mejor, me levanté y me lavé los dientes. Severus seguía sentado en el suelo, mirándome.
-¿Qué haces sentado en el suelo? – Le increpé, recordando cómo me reñía cuando era niña – ¿No sabes que para eso existen las sillas?
Él rió suavemente, pero no se movió. Guardé el cepillo de dientes y me quedé todavía un rato apoyada en el lavamanos, con la vista clavada en el desagüe, como si fuera una obra de arte digna de ser admirada con detenimiento. Entonces Severus se levantó y me abrazó desde atrás, y me puse a llorar en silencio. Me di la vuelta y me refugié en el pecho del hombre, sacudida por los espasmos del llanto, mientras él me acariciaba el cabello suavemente. Cuando pude encontrar mi voz dije, hablando contra su pecho:
-No le volveré a ver.
Me apartó un poco para mirarme, tenía el ceño fruncido.
-Creía que eso era lo que querías.
Agaché la vista.
-Sí, pero… es mi padre… es el único que tengo…
Me levantó la barbilla para que le mirase a los ojos.
-¿Cuándo ha sido tu padre? – Dijo, con voz y mirada firmes – Dime una sola vez en que se haya comportado de verdad como un padre – vacilé, se produjo una breve pausa y después añadió –. No le necesitas.
-No… pero…
No supe cómo proseguir, liberé mi barbilla para volver a bajar la cabeza.
-Quizá es culpa mía, si yo no hubiera tenido magia… – musité.
Al oír esto me sujetó la cara con las dos manos, obligándome a mantener su mirada.
-Julia, tú no tienes la culpa de nada, ¿me oyes? – Dijo con furia – ¡Eras sólo una niña, por Merlín! Y tampoco tenías poder de decisión sobre tener o no tener magia, igual que él. No le busques excusas, lo que hizo no tiene perdón.
Volví a abrazarme a él con fuerza y el llanto corrió de nuevo libremente. Estuvimos así mucho rato, incluso después de que me hubiera calmado, hasta que conseguí reunir la entereza suficiente como para soltarme de su abrazo y sugerir que volviéramos a Hogsmeade.
Severus me tendió mi varita, pero no la quise coger, le pedí que la guardara por mí, así que regresamos y Severus se quedó a dormir conmigo porque no quiso dejarme sola. Cuando estuvimos acostados y apoyé la cabeza contra su pecho, murmuré:
-Quizá no tenía derecho a echarle… al fin y al cabo es su casa… y yo no he vuelto a pisarla desde…
-Ese hombre es un asesino – me atajó, entonces me apartó el pelo de la cara y me acarició la mejilla –, no lo olvides.
-¿Crees que podría? – Contesté indignada, levantando la cabeza para mirarle – Ya sé lo que es, pero… en algún sitio tendrá que vivir.
-No tan cerca de ti – insistió él.
-Pero yo estoy en Hogsmeade.
-No siempre – replicó.
-Pero…
-Es un hombre adulto, Julia. Puede valerse por sí mismo.
Me quedé unos instantes en silencio.
-Le he dicho que si volvía a verle le mataría… pero creo que no sería capaz de hacer algo así.
-Eso nunca se sabe hasta que te encuentras en la situación.
Esto me hizo pensar en algo.
-Severus…
-¿Sí?
-¿Tú… has matado a alguien alguna vez?
De vez en cuando hablaba de sí mismo como de un asesino, y a veces me había dicho que había matado y torturado a gente, pero no sabía si decía la verdad o era sólo que se consideraba culpable por permitir y colaborar en los crímenes que cometían el Lord y sus secuaces. Me miró fijamente unos instantes antes de hablar.
-Sí.
Apreté los labios ligeramente.
-Una vez – prosiguió –. Era un auror. Ocurrió durante una refriega, había hechizos volando por todos lados, mortífagos y aurores estábamos en plena lucha encarnizada y nosotros íbamos perdiendo. Lucius, que estaba al mando de nuestro grupo, nos ordenó que emprendiéramos la retirada, pero el auror se me plantó delante e intentó bloquearme el paso, de modo que le lancé un hechizo y cayó al suelo inerte.
-¿Qué hechizo le lanzaste?
Dudó antes de contestar, sintiéndose reacio a admitirlo.
-Un avada. Fue la primera y la única vez que he conjurado ese hechizo. Y no volveré a hacerlo, si puedo evitarlo.
Hubiera preferido que su respuesta a mi pregunta hubiera sido "No, nunca he matado a nadie", o que, al menos, el hechizo que utilizó hubiese sido otro, en vez de ese avada kedavra, que denotaba claramente la intención de matar. Pero supongo que después de tantos años con los mortífagos, podía sentirme satisfecha de que solamente hubiera matado una vez.
Nos quedamos mirando en silencio y después de unos instantes habló de nuevo.
-Se llamaba Adrian Fuller.
-¿Le conocías?
-No, averigüé su nombre después. Quería saber quién era.
-¿Por qué?
Se encogió de hombros.
-No lo sé.
-¿Y cómo te sentiste cuando le mataste?
-No tuve tiempo de sentir mucho, el hombre se desplomó y Lucius me arrastró del brazo para que nos largásemos de allí – hizo una breve pausa –. Pero no pude dejar de pensar en él durante varios días. Esa noche tuve pesadillas y te desperté, porque estabas acurrucada a mi espalda, como hacías siempre.
-¿Ya estaba viviendo contigo? – Pregunté asombrada, él asintió.
-Fue la primera vez que te despertaste por mi culpa, y no a causa de uno de tus propios sueños.
-¿Te arrepientes de haberlo hecho?
Me dirigió una mirada extraña.
-Me arrepiento de muchas cosas, Julia, demasiadas.
Observé atentamente sus facciones, intentando leer en su rostro lo que sus labios no decían, pero no conseguí averiguar nada en absoluto.
-Yo no puedo evitar arrepentirme de lo que acabo de hacerle a mi padre – dije entonces en un susurro, y Severus me besó suavemente en la frente –. ¿Y si no encuentra trabajo y no tiene dónde vivir y…?
-Julia – me atajó –. Podrá arreglárselas perfectamente solo, te lo aseguro. Además, eso no es problema tuyo. Ya se buscará la vida, tú lo hiciste y eras sólo una cría.
A mi pesar sonreí.
-¿A ir a esconderme en tu falda le llamas buscarse la vida? – Dije con sorna.
-Pues creo que no te funcionó tan mal – repuso él con una hermosa sonrisa de la que adoré cada milímetro.
Le besé en los labios.
-Fuiste mi salvador – musité, sintiéndolo de verdad –, y sigues siéndolo cada día.
Severus compuso una mueca burlona y me acomodó el pelo tras la oreja.
-¿Tu héroe?
Asentí.
-Mi héroe.
-Entonces creo que merezco más fama y reconocimiento de los que tengo – se mofó.
-Yo también lo creo – contesté, completamente en serio.
Cuando se dio cuenta de que no bromeaba, dejó de sonreír y me besó de nuevo.
-No me debes nada – susurró.
-Te lo debo todo – repliqué.
Y esa era una de las pocas cosas en las que él y yo nunca nos pusimos de acuerdo.
