Disclaimer: Crepúsculo pertenece a Stephanie Meyer.

Edades:

Emmett:19

Rosalie: 18

Jasper17

Bella&Alice&Edward: 17/18


Capitulo 37: Adiós

Los sollozos era la música de fondo de aquella habitación tan femenina en casa de los Hale. El escultural cuerpo de Rosalie se veía cubierto por su viejo pijama. Se recostaba en la cómoda cama doble que estaba en el centro de su habitación. Las mantas la cubrían hasta la cintura; estaba recostada en el regazo de Bella, llorando.

— ¿Estás segura que no te hicieron nada, Rose? —Ella negó con la cabeza y volvió a mojar la polera de su amiga con sus gruesas lágrimas —.Entonces, ¿por qué lloras?

Ella tardó varios segundos en contestar. Trató de contener los sollozos y aclararse la garganta.

— ¿Y si Emmett se muere? —sollozó.

—Oh, Rose, él va a estar bien —consoló Bella revolviendo los rizos dorados de Rosalie.

—É-Él lo lastimó —tartamudeó —. Te-tenías que haberlo v-visto. Yo es-estaba ahí, viendo cómo lo hería y no podía hacer na-nada.

—Carlisle dijo que no era nada grave. Sólo tenía que suturarlo, créeme, estará bien —dijo para confortarla. Ella sabía que Emmett tenía un par de contusiones y más de un cardenal, pero no era necesario mencionarlos. Él estaría de pie en un dos por tres —.Edward está con él, ya me habría llamado si hubiera pasado algo malo.

—No, si estuviera bien estaría aquí —hipó.

—Rose, probablemente él necesite descansar. Lo importante es que ambos están bien.

—Es mi culpa —lamentó —. Él sólo quería defenderme de… de…

—¿De quién, Rose?

Ella se echó a llorar negándose a pronunciar el nombre de Royce King. Ella lo había considerado su amigo y… El solo recuerdo la hacía lloriquear más y más.

—Dime qué hago para que no llores más, Rose —suplicó Bella.

—Sólo quiero saber que Emmett está bien…

—¿Puedes quedarte sola un segundo? Iré a llamar a Edward.

Rosalie asintió y reemplazó a su amiga con un montón de almohadas. Talló su nariz enrojecida con un clínex y se ocultó bajo los cobertores.

Bajó las escaleras con cuidado. No podía llamar a Edward de nuevo. Lo había llamado por lo menos tres veces en los últimos veinte minutos. La respuesta siempre era la misma: no era nada grave pero Carlisle aún no terminaba con él.

—¿Cómo está? —preguntó Lilian con preocupación.

—Está preocupada por Emmett y parece impresionada. Pero ya está más tranquila. Ella se niega a decir qué fue lo que pasó.

—Claro —asintió —. Le estaré agradecida a Emmett siempre por cuidar de Rose. Siento que haya salido herido.

—Creo que no fue tan grave —dijo con esperanza —. Confío en que Emmett dirá quién le hizo esto a Rose.

—Pudo ser cualquiera —afirmó Lily ofreciéndole una taza de té, se sentó frente a ella en la mesa del comedor y dio un sorbo a su taza—.Tal vez él no sepa su nombre.

—Tengo la impresión de que Rosalie sabe quién es pero se niega a admitirlo, por alguna razón.

—Edward —llamó Emmett en tono serio, pensativo mientras viajaban en el Jeep hacia la casa de Rosalie.

Emmett había insistido pero Carlisle se había negado a que condujera pues los medicamentos que le había suministrado podrían adormecerlo. Emmett asintió, se sentía ofuscado. Agradeció que Edward se ofreciera a llevarlo.

— ¿Mmm? —musitó distraídamente tarareando una canción que había estado tocando en el piano.

—No dejes sola a Bella.

—No pensaba hacerlo —respondió francamente —. ¿Por qué?

Él imaginó que Emmett trataba de proteger a Bella después de lo que Rosalie había pasado. No estaba equivocado, o no del todo.

—No tiene importancia —suspiró Emmett.

Enterró sus dedos en la garganta de Royce, casi disfrutando de su entrecortada respiración. Pero, por supuesto, Royce King no estaba solo. Dos hombres, mucho más altos de Emmett lo apartaron dejando por fin respirar al muchacho rubio que había tenido intenciones de dañar a Rosalie.

Aléjate de ella —ordenó —.Si te atreves a tocarla yo…

Royce rió ácidamente, interrumpiéndolo.

¿Por qué te sientes tan importante, Cullen? ¿De verdad crees que esto es por ti? ¿O por ella? —rió de nuevo, como si la broma fuera inmensamente cómica. Parecía fuera de sí, tal vez narcotizado—. Rose, cariño, ¿no has adivinado el por qué? —tomó su barbilla entre sus dedos, apretándola más de lo necesario —. Creí que eras más inteligente, cielo. Eres linda, Rosie, pero no estoy particularmente interesado en una ramera como tú.

Emmett forcejeó. Los brazos del hombre que lo sujetaba eran mucho más gruesos que los suyos, eran enormes. No le vio la cara pero por su altura, el tamaño de sus músculos y la forma de sus manos debía de ser alguien de, por lo menos, veinticinco años.

No-no soy una cualquiera —gimió. Su lengua se apretujaba entre sus dientes, comenzaba a dolerle el cuello por la fuerza que Royce ejercía.

Ay, Rose, ¿piensas que me creí esa máscara intelectual? Además, no necesito forzarte a nada, tu y yo sabemos que el dinero es más efectivo —sonrió con cinismo. Miró a Emmett induciéndolo a que creyera en su mentira. Su expresión era tan divertida, tan complacida…

Está mintiendo —gritó a Emmett.

Vamos, Cullen, ¿le vas a creer? Mírala, es una cualquiera.

Déjala en paz.

Cómo prefieras —empujó a Rosalie tan fuerte que la hizo caer —. En fin, ya he hecho mi trabajo —se encogió de hombros —. Rose, hazme un favor. Asegúrate que tu querido Charlie Swan se entere de esto. Dile que va de parte de Aro.

Hizo una seña con los dedos y Emmett fue súbitamente liberado. Se colocó delante de Rosalie, esperando a que Royce saliera del callejón. Parecía extasiado.

Ah —recordó, parándose en seco —. Denle mis saludos a su amiguita… ¿cómo se llama? Ah, claro. Isabella Swan.

No te acerques a Bella —amenazó Emmett.

Oh, no, Cullen. Yo no —lo miró por encima del hombro —. A Aro le encantará concertar una cita con ella—Rosalie iba a replicar pero Royce se le adelantó —. No es como si nuestra querida Isabella tuviera opción.

—Emmett. ¡Emmett! —agitó su hombro. Él gimió, tenía un cardenal justo ahí —.Emmett, te estoy hablando, ya llegamos.

Emmett ni siquiera le miró y bajó de un saltó. Tenía un par de magulladuras en la espalda y los hombros, dos o tres golpes en las rodillas y un cardenal se extendía por su barbilla. El vendaje que Carlisle había puesto en su antebrazo cubría el largo corte que se extendía por éste.

Tocó el timbre un par de veces y no esperó que alguien le abriera la puerta. Giró el pomo y entró como si estuviera en su propia casa. Edward negó con la cabeza, detrás de él, por su falta de modales. Se preguntó si alguna vez había hecho lo mismo en la casa de Bella. Se dijo a sí mismo que definitivamente no lo había hecho. Eso era algo que solo Emmett podía hacer.

—Emmett, gracias a Dios —exhaló Lilian.

—Rose está desesperada, Emm —Bella torció los labios —.Cree que has muerto.

Inesperadamente, Emmett soltó una carcajada estridente.

—Me decepciona su poca confianza —sonrió.

—¿Por qué no subes? —ofreció Lilian —.Ella quería verte.

Todas quieren verme, Lilian —movió sus cejas y luego rió de su propio chiste.

—Creo que le diré a Carlisle que disminuya la dosis de medicamento —comentó Edward —. Hola, Lilian.

Ella medió sonrió, tratando de interpretar el buen humor de Emmett. Tal vez era simplemente su personalidad, siempre soltando risotadas. Quizá no fuera tan grave como había pensado y Rosalie había estado exagerando. Probablemente tratara de esconder su verdadera preocupación.

Sin ser invitado, se sentó junto a Bella después de besar su frente. Recordó su observación a los malos modos de Emmett. Lo dejó pasar.

—Quería ver a Rose pero creo que estará ocupada por un momento —expuso Edward —. Así que creo que me iré a mi casa.

—Casi no vienes aquí —lamentó Lilian —. ¿No quieres té?

—No, gracias, Lilian. En realidad sólo vine a dejar a Emmett —besó su mejilla.

—Eh, creo que también me voy, muchas gracias por todo —dijo Bella a la madre de Rosalie —. Rose sólo está asustada pero verás que Emmett la pone de buen humor. Ya te dirá que pasó en Hoquiam.

—Supongo —inhaló y se mordió el labio —.Cuando Jasper la trajo estaba muy alterada. Él sólo dijo Emmett que lo había llamado y fue a Hoquiam de inmediato pero que ninguno de los dos le quiso explicar nada.

Bella quiso despotricar contra el hijo menor de Lilian. ¡El muy inconsciente se había ido a dormir como si nada pasara! Vaya hermano que era.

Se despidieron de Lilian dejándola abrumada. Tenía que saber qué le había pasado a su hija. Pero, por ahora, lo primordial era que ella estuviera bien.

—Estás preocupada por Rose, ¿cierto? —inquirió Edward ayudándole a subir al enorme Jeep.

—Sí, ella nunca se había negado a decirme algo. Ella confía en mí y sin embargo no quiso comentar nada. Mencionó que alguien quería herir a Emmett.

—Tal vez sólo no quería recordarlo. Piénsalo, estaba alterada como para hablar de ello.

—Quizá —asintió —. ¿Por qué nunca sé adónde me llevas? ¿Adónde vamos?

Él rió. Era cierto, ella se limitaba a ponerse el cinturón de seguridad y mirar las calles. Se dijo que tenía que empezar a consultarle qué quería hacer.

—A nuestro prado.

—Toc, toc, toc —pronunció Emmett afuera de la pieza de Rosalie.

—¿Emmett? —susurró. Se levantó de un salto, aventando cojines en todas direcciones. Se asomó al pasillo y comprobó que ahí se encontraba su novio — ¡Emmett!

—Hola, cariño —se acercó y la envolvió en sus brazos.

Quiso reír mas no quería herir los sentimientos de Rosalie, pero su aspecto era realmente gracioso. Su pijama infantil le quedaba por lo menos una talla grande; su cabello estaba revuelto y su nariz rojísima. Tenía los ojos hinchados y las pantuflas al revés.

—¿Cómo estás? —lo inspeccionó de arriba abajo —. ¿Te hicieron mucho daño?

Observó el vendaje de su brazo e hizo un mohín. Siguió revisando las áreas visibles de su cuerpo. Emmett ignoró su preocupación y entró en la habitación. Se sentó en la cama, recargándose en la cabecera y palmeó a su lado, esperando que ella se sentara junto a él.

—¿Te duele mucho? —indagó cuando se hubo sentado, rozando su brazo.

—No es nada —se encogió de hombros.

Su expresión lastimera le hizo pensar a Emmett que se veía peor de lo que se sentía. Los cardenales no duelen, a menos que los toques.

Ella acarició su mentón, recorriendo el moretón que marcaba su piel. Casi no sentía sus manos pues lo hacía con delicadeza para no lastimarlo. Esa parte de su piel estaba ligeramente más caliente que lo demás. Él hizo una mueca cuando Rosalie palpó demasiado fuerte en una zona.

—Lo lamento.

—Bella dijo que estabas… alterada.

—No sabía cómo estabas, ¿no es suficiente? —musitó con dulzura, abrazándose de su pecho.

—Estoy bien, sólo es uno que otro golpe. Si te hace sentir mejor, imagina que Jasper me golpeó con el balón de baloncesto.

—Emmett, esto es mucho más grave —refutó —. ¿Crees que deberíamos advertir a Charlie?

Emmett frunció el ceño.

—Charlie ya tiene mucho en qué pensar. Y sospecho que no le estaríamos dando una noticia—discurrió —. No hay que darle más preocupaciones, ni a él ni a Bella.

Rosalie asintió.

—No se lo dije a Bella. Sin embargo, es cuestión de tiempo —entendió ella —. Mira lo que pasó con Alice, y te han lastimado. Si tú… si tú no hubieras estado ahí —un sollozo se escapó de su garganta, rompiéndole la voz.

—No pienses en ello —consoló —. Lo importante es que estuve.

—¿Cómo sabías dónde estaba?

—Te seguí —murmuró con simpleza —.Jasper me dio una pista de adónde ir.

—Ah.

—Quería hablar contigo, —explicó —aún quiero.

Ella le miro atenta, preguntándole en silencio el qué.

—La graduación es en junio —empezó —. En otoño irás a California y yo a Connecticut. No te voy a pedir que renuncies a Stanford y vayas a Yale conmigo, porque estoy seguro que te aceptarían, pero sé que no estarías cómoda. Mandé una solicitud a Stanford y todavía no me dan su respuesta, tal vez…

—No —se apresuró a cortarlo —. Tú quieres ir a Yale y lo entiendo. Es lo que tú quieres y es justo que yo respete tu decisión. Te veré en Navidad…

—No quiero forzarte a esto. Voy a estar al otro lado del país.

—¿Estás terminando conmigo?

—Quiero saber qué es lo que quieres.

—¿Por qué no…? ¿Por qué no esperamos? Tal vez podamos mantenernos así por algunos meses, si no funciona, lo entenderé.

—Prométeme que serás sincera. Si conoces a alguien más me lo dirás.

Ella asintió.

Emmett peinó con los dedos su cabello rubio y la besó en los labios. Rosalie deseó que el otoño no llegara demasiado pronto.

La oscuridad del anochecer caía con lentitud, dejando atrás el sol y remplazando su brillo con el resplandecer de las estrellas. Parecía que las manecillas habían corrido frenéticamente en la carrera interminable del tiempo; habían acelerado su paso de tal forma que las horas se transformaron en días, los días en semanas y las semanas en meses.

Las despedidas siempre han sido las fases más difíciles de las relaciones humanas. Sentir que tu corazón se detiene un segundo; ese segundo en que tienes entre tus brazos a un ser que amas y tienes el conocimiento de que pasará mucho tiempo antes de que puedas tenerlo otra vez a tu lado; ese segundo que quisieras atesorar durante enorme lapso que no verás su ojos brillar y su risa sonar; ese segundo en que la esperanza fluye en tus venas, intentando llenarte, intentando sanar el dolor de la separación. Y en ese momento lo único que te queda es esperar, esperar que la esperanza le gane a la melancolía.

Tal vez las lágrimas sean amigas en estos casos. Es como un dolor de cabeza o de estómago: tú cuerpo te está diciendo que algo ha fallado; ha resentido un cambio a su alrededor.

Pero hacía falta recordarse que eso era lo que ellos habían querido. Lo que ellos habían decidido. Había que dejar atrás los recuerdos melancólicos, y sonreír al futuro. No era como si diciembre estuviera tan lejos.

La palabra «adiós» monopolizó el momento antes de abordar dos distintos aviones con direcciones contrarias.

Sería un año distinto.

Adaptarse a un lugar nuevo, especialmente cuando estás completamente solo no es fácil. Sin embargo, Rosalie se alegró al darse cuenta de que su compañera de apartamento era una persona muy simpática. Ella iba a casi las mismas clases que ella, al menos conocía a alguien.

Con los días, conocerían a sus compañeros de clases, las instalaciones, los directivos… Después de un par de semanas se convertiría en una rutina. O eso esperaba.

Emmett, a pesar de todo, seguía viendo las cosas por el lado positivo. Había afirmado antes de irse que extrañaría mucho a su familia y había encomendado a Edward que cuidara de Alice y golpeara a Jasper de ser necesario. Se sintió afortunado. Tenía la oportunidad de hacer lo que él había querido y que, a pesar de la distancia que significaba, las personas que amaba lo apoyaban.

Y si algo sucediera, tendría la certeza de que jamás había dejado de decir lo que pensaba, lo que sentía.

El paisaje verde se tornó naranja cuando el otoño estuvo en su apogeo. El cielo, tan cerrado como siempre, simulaba una jaula hermética de nubes plateadas alrededor, no solo de Forks, prácticamente de toda la península. Por ese año, el sol se despedía de las calles de la pequeña ciudad pues durante el invierno sería prácticamente inexistente.

Agosto.

Septiembre.

Octubre.

Bella cerró la puerta de su casa. Se quitó los zapatos, el impermeable y colgó este último en el perchero.

— ¿Quieres quedarte a cenar? —había preguntado en tono afable. Era sábado y había pasado todo el día en la biblioteca haciendo un ensayo para la clase de Biología. Tenía hambre le pareció oportuno invitarlo. Ella cenaba frecuentemente en la casa de los Cullen.

—Tengo que irme. Esme quería que estuviera en casa temprano —se excusó.

Ella rió.

—Charlie no está en casa, pequeño cobarde.

—No, no se trata de eso —vaciló aunque escondiendo su nerviosismo —. Tengo que irme ahora.

— Lo que digas, Edward. No es como si le tuvieras miedo a mi papá —se burló —. Adiós.

—No me asusta —se defendió —. Sólo lo respeto.

—Seguro —mordió su labio inferior con tristeza, no quería que se fuera. Lo abrazó a modo de despedida Edward besó su coronilla.

—Ten cuidado —recomendó.

—No te preocupes —le dio una media sonrisa. Tocó los labios de él con los suyos y caminó por la acera. Escuchó cómo se marchaba cuando entró a su casa.

—Me haré cargo de las decoraciones —la recibió la voz de Alice —. Unas luces tal vez y comida…

—No quiero un desastre —amenazó Renée pero su tono era tan melodioso y cordial que parecía más una sugerencia.

Estaban una sentada frente a la otra con un montón de papeles. Alice tenía un lápiz en la mano con el que iba trazando diversas ideas en el papel. En la mesa había una taza de porcelana y un vaso de cristal con un líquido de un horrible color beige, parecido al agua sucia. Bella se preguntó qué sería.

—¿Qué retorcida idea gira por tu cabeza de elfo, Alice? —inquirió uniéndoseles.

—Alice quiere hacer una fiesta de Halloween —explicó Renee.

—Mamá, tu odias Halloween —vocalizó como si se lo dijeran a un niño pequeño.

—Me gustan las fiestas —aceptó ilusionada.

Bella rodó los ojos por su inmadurez.

—Renée amablemente me prestó su casa —la voz de Alice sonó distante, estaba concentrada en un boceto que tenía frente a ella.

—¿Eso hizo? —se exaltó tomando en cuenta el pequeñísimo detalle que la casa de su madre también era su casa.

—¡Alice tiene unos planes espléndidos, Bella! —casi gritó. Estaba mucho más eufórica de lo que Bella jamás estaría. Se preguntó si su madre desearía que Alice fuera su hija en vez de ella.

—Ay, mami —lamentó —. ¿No te das cuenta de las intenciones macabras de Alice?

—Oh, no son macabras, Bella —dijo con ternura. — Alice quiere incluirme en sus planes porque casi nunca hacemos nada juntas.

Bella miró hacia otro lado tratando de no reír.

—Claro, mamá —miró a Alice con los ojos entrecerrados. El teléfono sonó y Renée se levantó a contestarlo, dejándolas solas. La pequeña Cullen seguía concentrada en sus bocetos tratando de ignorar las miradas inquisitivas de Bella —. Hipócrita —murmuró con una sonrisa bailando en sus labios.

—¿Perdón? —contestó con inocencia—. No sé de qué me hablas.

—Claro, quieres pasar más tiempo con mi mamá y yo soy un duende.

—Los duendes no me gustan prefiero a…

—No puedes mentirme, Alice. No podías hacerlo en tu casa porque hace poco terminaste de pagar todos los daños de la última fiesta sin mencionar que Esme aún no te perdona haberte embriagado hasta perder el sentido.

—Oh, ¡está bien! Pero, si una mentirita piadosa la hace feliz, ¿por qué no mentir? No se lo digas, Bella, no quiero herir sus sentimientos—suplicó.

—¿Por qué sospecho que me vas a incluir en tu nueva locura?

—Oh, no puedes quedarte fuera. Será genial.

—¿Por qué organizas una fiesta de Halloween si Jessica siempre hace una? Te detestará.

—Velo a mi modo, esa semana Rosalie estará en Washington. ¿No es acaso motivo para festejar?

—Quiero verte llorando cuando nadie venga a tu fiesta porque están con Jessica —negó con la cabeza.

—Hablé con ella y se negó rotundamente a cancelarla. Dijo que no tenía problema si Rosalie asistía también pero de ninguna manera no haría fiesta este año. Me retó.

—Oh, por Dios santísimo. ¡Se ha atrevido a retar a Alice Cullen! —fingió un tono dramático. Alice pareció no entender su ironía.

—¡Exacto! Tengo que dar la mejor fiesta de Halloween que este olvidado pueblo haya tenido jamás. ¿Me ayudarás? —pidió con esa sonrisa en la que jamás negarías nada.

—¿Tengo elección?

—Me ofendes, Bella. Claro que la tienes. Aunque si no lo hicieras…

—…te sentirías muy decepcionada de mi poca colaboración —imitó su tono cansinamente, enterró los dedos en su cabello y suspiró —. Lo haré, Alice.

Su amiga sonrió agradecida y siguió haciendo el bosquejo de lo que parecía un disfraz.

—Alice, esto es ridículo.

Alice había convertido la casa de los Swan en el escenario perfecto para una celebración. Parecía que por arte de magia había traído a la realidad una foto de una revista. Había llevado a un hombre para que arreglara las luces de toda la casa y el jardín estaba adornado con muñecos inflables de fantasmas y personajes que las historias de terror. Había telarañas por todos lados. Alice había llevado una vez más todo demasiado lejos.

Bella había gritado al verlo afirmando que había arruinado su casa. Charlie parecía impresionado y Renée muy contenta con el trabajo de Alice. Era completamente asombrosa la forma en que había convertido una casa común en un casa del terror.

—Yo creo que será genial.

—Me veo horrible.

—Te ves hermosa —contraatacó.

—Nunca conocí una Alicia en el país de las maravillas atemorizante. Y tampoco una castaña.

—Tu disfraz será el mejor.

—Si alguien viene…

—Vendrán, confía en mí. Hasta Jessica estará aquí. Un poco de confianza, por favor, Bella —puso los ojos en blanco.

—Emmett se reirá de ti —afirmó Bella. El vestido de Alice era increíble. Se había disfrazado de bruja y el negro resaltaba su piel y combinaba con el color de su cabello. Sin embargo, ella sabía que Bella tenía razón. Emmett se burlaría de ella por la eternidad.

—No importa —se encogió de hombros —. Lo extraño.

—También yo —aceptó con un suspiro.

—¿Estás lista?

—Eso creo.

—Entonces, ¡bajemos! Edward estará muy enojado porque no le he permitido verte en dos días —puso sus ojos en blanco —. Debería entender que la decoración es importante.

Alice se miró por última vez antes de salir de la habitación de Bella.

Aquél treinta y uno de octubre fue especialmente escalofriante. Había luna nueva y eran pocas las estrellas que adornaban el cielo, Alice había apagado todas las luces y la oscuridad era abrumadora.

Bella se sorprendió mucho cuando observó que su casa estaba llena a reventar. No cabía una sola persona más. Había compañeros y amigos por doquier con disfraces tontos y otros muy extravagantes. Rosalie había bufado ante la poca vergüenza de las chicas de hoy en día a la hora de elegir sus pequeñísimos disfraces.

Quizá estuviera en lo cierto.

Bella se alegró de que su disfraz fuera lo suficientemente inocente como para que pudieran avergonzarla en el futuro con fotos bochornosas. Aunque esas medias que Alice la había obligado a usar no eran muy cómodas… ¡Cómo odiaba ese pequeño aparatito perteneciente a Alice llamado cámara digital!

Y odiaba más a Jasper por enseñar a Emmett a usarla.

—¡Sonríe! —gritó Emmett la luz de proveniente del endemoniado instrumento cegó los ojos de Bella. Emmett rió estruendosamente, haciéndose oír por encima del estrepitoso bullicio, por la imagen que había sido grabada en la memoria removible del artilugio rosado.

— Si no fuera porque te extrañé muchísimo golpearía tu enorme cara—gritó Bella en su oído.

—¿Qué? —habló fuerte, confundido por no haber entendido las palabras de su pequeña amiga

—Nada, Emmett —echó sus brazos alrededor de su cuello y lo estrechó con tanta fuerza como pudo —. Qué alegría de verte.

—Me gustaría quedarme —afirmó dando un par de pasos hacia el comedor, para que pudieran entenderse sin necesidad de gritar —. Pero hay cierta novia mía que muero por ver.

Bella asintió.

Se dio la vuelta y volvió a ajustarse la máscara de algún personaje de película de terror. Rió por su impaciencia y, sintiéndose desorientada busco entre la muchedumbre a Edward. Creyó ver su inconfundible cabello cobrizo al lado izquierdo del jardín trasero. En algún momento había perdido de vista a Rosalie, quien la acompañaba. Irónicamente, se sintió sóla.

No sabía si era el resplandor de las luces el que la hacía ver cada vez más oscuro, un mareo, o qué, solo sintió que su cuerpo dejaba de responder, sus párpados se cerraba y su menudo y ligero cuerpo se dejaba caer con suavidad en una superficie que desconocía.

—¡Edward! —habló Alice en el oído de su hermano. Estaba sentado al lado de Jasper sin ánimos de levantarse. La única persona por la que le interesaría ponerse de pie no tenía idea dónde estaba —. ¿Has visto a Bella?

—Estaba con Rosalie, ¿no?

—Ella dijo que estaba con Emmett y Emmett dijo que estaba contigo. ¡No puedo encontrarla!

—Tal vez fue a su habitación, o al baño —intervino Jasper tranquilamente.

—Ya revisé todos los baños y nada. Ya la busqué por toda la casa —lloriqueó.

— Alice debe estar por ahí —trató de apaciguar a su hermana aunque la preocupación empezaba a invadirlo también.

—¡Es tu novia! —regañó —. Deberías cuidarla.

—¡Estaba con ella! Bella insistió en quedarse sola con Rosalie —respondió exasperado, sintiéndose culpable.

—¡Alice! —llamó Renée seguida de su esposo —. ¿Dónde está Bella?

—Eh, yo… no lo sé.

Renée palideció. Nunca había visto a una mujer más blanca que ella en ese momento. Empezó a faltarle la respiración de un modo muy similar al que Bella hiperventilaba cuando estaba nerviosa.

—Alice, busca a Rosalie y a Emmett. Saca a todos de aquí —ordenó Charlie con ese semblante serio que lo caracterizaba.

Alice, asustada, corrió en dirección contraria, obedeciendo al padre de su mejor amiga.

—Renée, tranquilla —musitó esta vez con mucha más paciencia. La abrazó por los hombros y se dirigió adentro de la atiborrada casa.

—Charlie —Edward tomó su brazo con mucha más brusquedad de la acostumbrada entre ellos —. ¿Qué está sucediendo?

—No sabemos dónde está Bella.

—No, sí sabemos —sollozó Renée fuerte, desesperada —. La han encontrado.

—¿De qué hablas? —inquirió Jasper igual de intrigado que su amigo.

—Los Vulturi —completó Charlie.


Nota original,

Cuatro mil cuatrocientas sesenta y seis palabras después...

Okey, esto fue duro, muy duro. No tenía ni idea de cómo plantearlo. Lo siento. Faltan dos capitulos nada más, el siguiente es "Muy lejos de casa" y el último "Las fotos". Tal veez, solo tal vez, si se hiciera muy largo el capitulo siguiente haría un "Muy lejos de casa II" pero es algo muy poco probable.

Cabe aclarar que no habrá epílogo.

No hay una boda ni pequeños con ojos verdes y sonrisas torcidas. Oh, vamos, eso es irreal.

Pero el final está sentado y espero que les guste.

Este capitulo, mis niñas, va para todas y cada una que ha sufrido una pérdida, sin importar de qué tipo. Distancia, enfermadades, traiciones, decisiones, muerte. No importa la razón, si alguna ha perdido a algun ser querido alguna vez, siéntase aludido :D.

Emm.. ¿les gustó?

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CON MUCHOOO AMOOR


Liz


Editado. 23.07.11

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By,

LizBrandon