Oddness

Claude no supo ni por qué se quedó. Debería haberse ido. Pero a ver quién era el guapo que quitaba a Sebastian de encima suyo. El cuervo estaba muy juguetón esa noche y tras terminar las habituales rondas decidió que hasta que llegase la aurora quería dormir. Pero no dormir de cualquier forma; dormir encima del araña. Ya se había puesto totalmente cómodo boca abajo apoyando la cabeza en los brazos cruzados y sobre el pecho del otro.

Claude suspiró de resignación y hastío. Al diablo le diera gracias de que no tuviera nada mejor que hacer. Intentando ponerse cómodo él también, cruza los brazos tras su cabeza y cierra los ojos. El plácido rostro de victoria durmiente de Sebastian es su última imagen.

La mente decide cuándo es tiempo de soñar. Esa noche lo era para el mayordomo araña. Los demonios no solían soñar a menudo, de hecho era muy raro que lo hicieran. Su subconsciente era demasiado fuerte, pero, de vez en cuando, tenía sus fallos.

Claude se encontró a si mismo en su forma original; ya no llevaba su traje de mayordomo ni estaba en el mundo humano. De un parpadeo apareció en el Santuario de los demonios, la isla que todos tanto amaban, pero no estaba sólo. Alguien le dio toquecitos en el hombro, se giró y vio a otro demonio de oscura forma llamándole con la mano. No podía distinguir ni sexo ni raza, sólo era una silueta sombría que se movía y le apremiaba para que la siguiese. Se puso en marcha y fue tras ella.

El espacio y el tiempo son muy confusos, así que no tardaron en llegar a un árbol gigantesco, incluso más grande que una secuoya milenaria al que rodeaba un sotobosque esmeralda oscuro metido en una hondonada. Gesticulando con más fuerza la sombra lo guió hasta dentro del mismo árbol, cuyo tronco hueco y en espiral descendía y descendía. La meta era una habitación. La sombra se metió en ella y Claude la siguió, dentro, en un único círculo iluminado había un lecho. Su guía lo señaló con el dedo y luego le señaló a él, tras eso salió por la puerta y se quedó guardándola.

El araña pestañeó confuso y se acercó. Si hubiera tenido corazón éste habría dado un vuelco. Tumbado de costado estaba Sebastian, también en su forma original, pero eso no era lo estrambótico de la situación sino el pequeño bebé que tenía a su lado. El cuervo ni se inmutó de su presencia, siguió tocando con los dedos la fina cara y manitas de su pequeño acompañante, que lo miraba con sus dos grandes y vivaces ojos. Tomo asiento justo detrás de Sebastian y se quedó contemplando la escena sin que su cerebro la terminase de procesar. Aunque el ojirrojo no le advirtiese el bebé sí pareció hacerlo porque se le quedó mirando directamente sin pestañear, sus ojos resplandecieron y sonrió mostrando dos pequeños y puntiagudos colmillos.

Claude estuvo tentado de alargar la mano y tocarlo pero cuando se dispuso a hacerlo Sebastian se incorporó de repente totalmente alerta. Un espeluznante siseo se oyó desde fuera. La sombra volvió a entrar y con gestos imperiosos ordenó que nadie se moviera, se giró y estirada como el hombre de vitruvio bloqueó la puerta. El araña no entendía nada pero instintivamente se levantó y también se puso en guardia. De repente un silbido cortante junto con la cabeza de una enorme y cristalina pitón destrozó la puerta y atravesó a la sombra que se esfumó como el humo.

El enorme animal se rió arrastrando las eses y clavó su mirada azul chispeante en el bebé al que Sebastian hubo cogido en brazos. Deslizándose unos cm se aproxima un poco más, el cuervo le graznó y retrocedió con el bebé absolutamente tranquilo en sus brazos.

Claude apretó los puños y se concentró. ¿¡Qué clase de broma era ésta!? ¡Si era un sueño tenía que salir de él! La pitón volvió a reírse. ¡Venga, despierta!

Claude...

Con un agudo silbido la serpiente se puso en posición de ataque. Sebastian desplegó sus magníficas alas negras a su alrededor como escudo.

Claude...

¡Despierta maldita sea! El araña chasqueó la lengua y pudo jurar que la serpiente le sonrió malévola. Emitiendo una especie de sonido de guerra desplegó su enorme cabeza sobre su objetivo y el araña pensó: "al diablo con ello". Echando los brazos alrededor de Sebastian y sus alas lo atrapa y apega a sí, y, a cm de los colmillos de la pitón todo se resquebrajó como un espejo roto.

¡Claude Faustus!

El ojidorado abrió los ojos de repente y volvió al mundo real. Sebastian se había despertado y le miraba con extrañeza.

-¿Se puede saber qué pasa contigo? No hay quien duerma con todo lo que te mueves.—le reprocha.

-Nada. Ahora ya nada.—suspira como si acabara de cortar el cable bueno de una bomba. El ojirrojo ladea la cabeza y luego sonríe.

-It was just an odd dream.

-Extremely odd.—le contesta. Y eso que el sueño apenas le duró diez minutos...