NdA: Gracias por comentar!

Capítulo 37 Ampliando información

Después de un instante de horror, Harry fue el primero en reaccionar.

-Minerva, necesitamos un lugar seguro.

-Te conseguiré algo, pero dame un poco de tiempo. De momento, id a la sala de profesores.

Harry lanzó un patronus –necesitó dos intentos- y le dijo a Williamson que enviara aurores a por los miembros de la CIM y los llevara a la habitación indicada por Minerva. Mientras, Draco había mandado a los elfos de Hogwarts a por Lily, Cassandra y Narcissa, todos con el mismo mensaje. Seren y Mei se habían colocado junto a Albus y Scorpius con ademán protector, aunque en aquel pasillo sólo estaba la profesora Trelawney y lo único que hacía era observarlos con la boca abierta.

-No os preocupéis –dijo Hermione, dirigiéndose no sólo a los niños-. No dejaremos que os pase nada.

Pero había motivos para preocuparse. A Harry le habría gustado creer que nadie iba a aceptar esa oferta, pero no era tan ingenuo. No hacía falta que fueran simpatizantes de los Parásitos, bastaba con que estuvieran asustados y quisieran salvar a alguien a quien amaban. Había más de cuatro mil personas en Hogwarts que encajaban con esa descripción.

Harry observó a los chicos mientras se dirigían hombro con hombro a la sala de profesores, que estaba muy cerca. Los dos estaban serios, pero mantenían la calma. Albus se dio cuenta de que le estaba mirando y se acercó un poco a él.

-¿Crees que alguien intentará matarnos?

La angustia que sentía en el centro de su pecho cada vez que pensaba que sus hijos estaban en peligro se intensificó con esa pregunta, una pregunta que no era justo que Albus tuviera que hacer.

-Espero que no, pero no vamos a esperar a averiguarlo.

La sala de profesores estaba vacía en esos momentos. El centro de la habitación lo ocupaba una larga mesa rectangular y una veintena de sillas de aspecto cómodo, tapizadas en violeta, un color que no recordaba a ninguna casa. En un rincón, rodeada por tres sillones, también había una mesita más pequeña sobre la que descansaba una radio apagada. Había pocos adornos, sólo un tapiz en una de las paredes y un cuadro de un paisaje campestre en el que rumiaban un par de caballos que de vez en cuando movían perezosamente la cola.

Los primero era reunir allí a todo el mundo y Harry no descansó tranquilo hasta que llegaron todos, sobre todo Lily, que estaba más asustada que su hermano. Urien iba con ella y se quedó a su lado en la habitación, lleno de determinación. Harry sabía que habría sido imposible sacarlo de allí. Por su parte, los de la CIM trataban de aparentar que se sentían ofendidos sobre todo, como si poner precio a su cabeza fuera simplemente una terrible falta de etiqueta, pero no era difícil leer el miedo en sus ojos. Pero allí, al menos, estaban seguros. La sala estaba protegida por Krant, dos vigiles y dos elfos de Hogwarts. Haría falta un pequeño ejército para atravesarla y Harry dudaba mucho que las cosas hubieran llegado a ese punto.

Pero mientras discutían las medidas de seguridad necesarias había una idea que no terminaba de abandonarle: la comunidad que habían creado en Hogwarts se estaba empezando a desmoronar a base de desconfianza. La primera propuesta de los Parásitos había creado una pequeña brecha entre ellos, haciéndoles sospechar de los que podían querer rendirse. Los Withers estaban convencidos de que en cualquier momento una muchedumbre hambrienta iba a caer sobre sus caballos. Y ahora todos ellos tendrían que continuar con sus vidas en el castillo sabiendo que entre esos mismos muros podía haber gente planeando su asesinato o, en el caso de Draco y él, también el de sus hijos.

Si no hacían algo drástico, las cosas sólo irían a peor.


En cuanto cruzó sus puertas, Mei agradeció la tranquilidad de la biblioteca. Había dejado la reunión porque allí no era de ninguna utilidad; en la biblioteca, podía investigar. Eso era lo mejor que podía hacer para ayudar a Albus y Scorpius, encontrar la manera de derrotar a los Parásitos. Le había mandado un patronus a Tarah y Rebecca preguntándoles si querían ayudarla y confiaba en que llegaran pronto.

-Madam Pince –dijo en voz baja-, ¿dónde podría encontrar los registros del uso de la biblioteca?

-¿De qué año?

-Del siglo XV.

La bibliotecaria se la quedó mirando unos segundos sin decir nada.

-¿Es una broma?

Mei negó con la cabeza.

-Tengo muy poco sentido del humor.

Madam Pince puso los ojos en blanco y le hizo una señal para que le siguiera a la habitación sin puertas que había tras su mesa. Mei entró con cierta reverencia, sabiendo que era un lugar aún más selecto que la Sección Prohibida: aparte de los bibliotecarios de Hogwarts, pocas personas habrían puesto los pies allí. Mei se encontró flanqueada por altísimas estanterías, todas llenas de tomos de aspecto muy similar. Podría haber sido un laberinto. Pero madam Pince se movía con seguridad y Mei caminó tras ella hasta que se detuvo y sacó su varita. Con un gesto florido, seis gruesos tomos descendieron suavemente hasta quedar flotando a unos centímetros del suelo.

-No es una lectura demasiado entretenida. ¿Puedo saber qué buscas aquí?

-Información sobre los libros que se llevó un profesor de Hogwarts. Podría ser una pista.

No esperaba encontrar nada concluyente, pero si descubrían que Gaunt se había llevado libros sobre los Fundadores habría más razones para pensar que el pergamino de Rowena podía estar en el torreón. Cuando salió de aquel cuarto con madam Pince y los libros, vio que Tarah y Rebecca ya habían llegado.

-¿Estás bien? –preguntó Tarah-. ¿Qué ha pasado con Albus y Scorpius?

-Están con sus padres y los demás.

-Qué fuerte… Pero seguro que nadie acepta ese trato. No pueden ser tan miserables.

Mei no estaba tan convencida. Los Parkinson ya habían demostrado que no todos los que estaban en Hogwarts eran buenas personas. Rebecca también dudaba de las palabras de Tarah.

-Ya veremos. Tú no deberías andar sola tampoco, Mei.

-Sí, lo sé. –El padre de Albus les había advertido a Seren y a ella que tuvieran cuidado también, por si las moscas-. Un elfo de los Malfoy me ha acompañado a la biblioteca.

-¿Qué quieres que hagamos? –preguntó Rebecca.

Mei esperó a contestarles hasta que las tres estuvieron sentadas a la mesa, cada una con dos tomos delante.

-De momento nos interesan los tomos que abarcan desde 1525 a 1528. Buscad el nombre del profesor Gaunt; necesitamos saber qué libros se llevó.

-Gaunt –repitió Rebecca-. ¿De qué me suena ese apellido?

-La madre de Voldemort era una Gaunt –contestó Tarah, abriendo uno de los tomos.

-Sí, pero lo que buscamos no tiene nada que ver con él –aseguró Mei.

-¿Por qué es importante averiguar qué libros se llevó un tipo hace cuatrocientos años?

Mei se lo contó sin entrar en detalles sobre el peligro que se escondía en el torreón; McGonagall les había pedido que fueran discretos. Ellas se dieron por satisfechas con su explicación y se concentraron en la tarea que tenían por delante. Primero se quedaron con los tomos que habían registrado los préstamos de aquellos años y luego empezaron a buscar el nombre del profesor, ayudadas por un hechizo. Sólo tenían que ir pasando las hojas: si el nombre estaba en una de ellas, aparecería en letras grandes y doradas.

Tarah fue la primera en tener suerte, pero el libro que el profesor había sacado de la biblioteca era un tomo sobre pociones, en febrero de 1526.

-Bueno, por lo menos ya sabemos que tenemos que buscar a partir de esta fecha.

Mei dejó el tomo que estaba repasando, más antiguo, y abrió uno que abarcaba la segunda mitad de 1528 y enero de 1529. De vez en cuando encontraba apellidos familiares: Malfoy, Potter, Weasley, Withers, Longbottom… Pero no estaba encontrando ninguna mención al profesor Gaunt. Quizás para entonces ya había perdido el juicio.

-Mei, creo que lo tengo –exclamó Rebecca, emocionada-. Mira, en marzo del 28 se llevó Vida y obra de Godric Gryffindor y Las enseñanzas de Helga Hufflepuff.

Mei se levantó rápidamente para poder mirar por encima de su hombro y vio que el nombre volvía a salir dos páginas más tarde.

-¡Aquí, Codex Conditoris! Significa Códice de los Fundadores.

-¿Crees que las instrucciones de Rowena estaban allí? –preguntó Tarah.

-No lo sé. –Mei estaba atenta a las páginas que Rebecca estaba pasando. El nombre de Gaunt ya no volvía a aparecer más-. No he leído en ningún sitio que ese pergamino formara parte de un códice. Y si Gaunt lo tenía en su poder, no sabemos si formaba parte de la biblioteca de Hogwarts o si lo había conseguido en cualquier otro sitio. Pero al menos hemos confirmado que en su estudio acumulaba información sobre los Fundadores.

Unido a las palabras de Firenze, parecía indicar que iban en la buena dirección. Pero no lo sabrían hasta que averiguaran cómo entrar en el torreón. Era el turno de los Inefables.


Aquella misma tarde, Harry, acompañado de Draco, Hermione y Krant, fue a hablar con los Inefables al completo y les contó lo que les había explicado el profesor Lemoine, confiando en que alguno de ellos supiera algo sobre lo que se encontraba en el torreón.

-Suena como si fuera un vórtice de locura –dijo la Inefable Hamilton-. He leído sobre ello.

-¿Qué es un vórtice de locura? –preguntó Harry-. ¿Hay alguna manera de contrarrestar sus efectos?

-No que yo sepa, lo siento. Un vórtice de locura ataca directamente a la mente de cualquiera que se encuentre en su área de influencia. Leí acerca de un par de experimentos en los que pusieron a un mago con los ojos tapados en contacto con el vórtice, pero le afectó igualmente. Los elfos tampoco pueden escapar a sus efectos.

-¿Y los centauros?

-No hay literatura sobre el tema, pero los cerebros de los centauros son prácticamente humanos y sus sentidos están aún más afinados que los nuestros ante la magia, así que me extrañaría que fueran inmunes.

-¿Qué hay de las gárgolas? –preguntó el propio Krant, irguiendo su cabeza como si fuera a volar hacia allí en ese mismo instante.

-No creo que nunca lo haya intentado nadie. –Luego se quedó pensativa un momento-. Las gárgolas son inmunes a la Imperius, pero sí les afectan los Confundus. Sinceramente, creo que podría pasar cualquier cosa.

-Estoy dispuesto a correr el riesgo –declaró Krant solemnemente.

Harry lo miró con afecto.

-Lo sé y te lo agradezco, pero no puedo permitirlo, no si las probabilidades son de un cincuenta por ciento. Encontraremos otra manera –añadió, intentando mantenerse optimista.

Hermione intervino, dirigiéndose a los Inefables.

-Entonces, la solución sería encontrar el modo de proteger la mente de la influencia del vórtice, ¿no es cierto?

-Bueno, eso es más fácil decirlo que hacerlo –replicó un tipo que llevaba el pelo rapado y una runa tatuada en la frente. Hermione le había dicho tiempo atrás que era una runa de protección-. Conseguir una mente inmune a cualquier influencia mágica es imposible, por todo lo que sabemos. Por ejemplo, el auror Potter era capaz de superar en su juventud la Imperius, según tengo entendido, pero los Confundus y los Obliviates todavía le hacían efecto, ¿no es así?

Harry iba a contestar que sí, pero una idea le golpeó con fuerza, dejándolo por un momento sin aliento.

-¿Qué pasa? –preguntó Draco, poniéndole la mano en el brazo.

Harry apretó esa mano con fuerza y después se giró hacia los Inefables.

-Creo que sé quién puede entrar al torreón.


Dudley miró a su primo sin molestarse en ocultar su temor.

-¿Quieres que entre allí? Pero… ¿es seguro?

Harry no le juró inmediatamente que sí, lo cual en opinión de Dudley ya era un mal principio.

-No lo sé, Dudley. Los Inefables creen que probablemente no te afecte, pero eso es sólo teoría. De todos modos, les gustaría hacerte unas cuantas pruebas antes.

-¿Qué pruebas? Ya me hicieron algunas cuando descubrimos que era un poco mago.

Maldecía un poco aquel día, que había puesto su vida patas arriba. Por otro lado, si no hubiera sido por ese poquito de magia, Brooklyn habría estado sola en Hogwarts. Harry habría cuidado de ella, claro, pero no habría sido lo mismo, hasta el asedio no habían tenido mucha relación.

-Lo sé, pero en su momento no probaron ni la Imperius ni la Improntis. Si ninguna de las dos te hace efecto, es muy probable que el vórtice tampoco lo haga.

Aunque sabía que era un paso en una dirección que le aterraba, Dudley aceptó someterse a esas pruebas. Aquello no era peligroso, al fin y al cabo. Y tenían que hacer algo, eso lo entendía. Brooklyn y él estaban sometidos a las mismas medidas de seguridad que Harry y los demás porque éste pensaba que podían utilizarlos para llegar a él. Cada noche soñaba con Karen y David o en comida y las noches malas, en que todos morían. Estaba harto de estar allí y, sobre todo, estaba harto de temer por su vida y por la de su hija.

Así que no muy convencido, se encontró cara a cara con una mujer de rostro moreno y largo pelo negro que se presentó como la Inefable Hamilton. Harry y su gárgola estaban junto a él, dándole apoyo moral. Draco, Hermione y otros Inefables observaban también la prueba, algo más apartados.

-No se preocupe, señor Dursley, no notará ninguna molestia –le aseguró ella, sacando su varita-. Improntis.

Dudley vio un destello de luz, pero no sintió nada de particular

-Estoy como siempre.

Ella hizo una mueca apreciativa.

-Fascinante… Inefable Croaker, su turno.

Un hombre se sentó en la silla que la mujer había dejado libre. Tenía un rostro bastante afable, pero cuando sacó su varita, sus ojos azules se endurecieron más de lo que Dudley habría creído posible.

-Imperius.

Dudley se tensó: había oído hablar de la Imperius, de las Imperdonables. Sabía lo poderosas que eran. Pero cuando la ola de magia pasó sobre él, todo seguía como siempre.

-No noto nada.

Un murmullo de admiración y asombro recorrió la habitación, como si hubiera hecho algo extraordinario, pero Dudley estaba lejos de sentirse orgulloso: sabía lo que realmente significaba, que querrían que entrara en ese torreón. Y a pesar de esas pruebas, podría acabar loco, con la mente destruida. Harry debió notar su inquietud porque le puso la mano en el hombro para tranquilizarlo.

-Dudley, nadie va a obligarte. Es tu decisión.

Dudley dudaba que realmente tuviera opción. Por mucho que le aterrara perder el juicio al entrar al torreón, si ahí estaba lo que necesitaban para acabar con los Parásitos, ¿cómo podía negarse? Si decía que no y luego Brooklyn moría en algún ataque… Eso le atormentaría el resto de su vida. Sería mucho peor que el miedo que le atenazaba en ese momento.

Miró a su primo. Le habían salido algunas canas en las sienes y había adelgazado mucho, pero todavía transmitía esa sensación de fortaleza que en realidad había tenido siempre, incluso de pequeño. Harry habría accedido a entrar en ese torreón sin dudarlo un segundo, lo sabía, igual que había accedido a morir por el mundo mágico.

-¿Crees que es realmente necesario?

Harry dio un suspiro y reflexionó antes de contestar.

-Sólo lo sabremos si conseguimos entrar allí. Ahora mismo parece nuestra mejor opción.

-¿No podéis usar un Accio desde la puerta?

-Lo intentaremos, desde luego, pero ese tipo de documentos y libros antiguos suelen tener protecciones para evitar que la gente pueda robarlos. La misma habitación estará protegida, probablemente; es una medida de seguridad habitual para que no pueda llegar cualquiera y desvalijarte con un Accio.

Dudley pensó de nuevo en su hija, en David, en Karen. En lo que sería de ellos si se volvía loco o si perdían aquella extraña guerra en la que se habían encontrado sin comerlo ni beberlo.

-Si… si lo hago y sale mal, ¿cuidarás de mi familia?

-Claro, haré todo lo que esté en mi mano.

-No hablo sólo de Karen y los niños.

Harry se echó ligeramente hacia atrás cuando lo comprendió. Dudley no se ofendió, pero tampoco retiró sus palabras. Eran sus padres y ya estaban viejos y sólo le tenían a él. Karen podía cuidarlos, pero él se quedaría más tranquilo sabiendo que Harry también les echaría una mano. Su primo tenía acceso a recursos muy distintos a los de Karen.

-Está bien… -dijo Harry, asintiendo con rigidez-. También cuidaré de tus padres, tienes mi palabra.

No le hacía gracia, pero llegado el caso, lo haría. Dudley respiró hondo. Los Inefables y los demás se habían alejado un poco para dejarles hablar en privado a Harry y a él, pero muchos todavía estaban allí, esperando una respuesta.

Tenía que ser valiente. Por Brooklyn, por su familia, incluso por aquel extraño mundo mágico.

-Bien… -El corazón le latía tan rápido que Dudley pensó en lo irónico que sería morir de un infarto antes de tener la oportunidad de perder la cabeza en el torreón-. Entonces… ¿crees que tengo posibilidades de entrar y salir del torreón sin volverme loco?

-Eso parece, por las pruebas que te han hecho.

Dudley cerró los ojos un momento.

-De acuerdo… Entonces supongo que no hay razón para no entrar allí.

Los ojos de Harry se volvieron más penetrantes que nunca tras los cristales de sus gafas.

-¿Estás seguro?

Dudley quiso reírse, pero el miedo hizo que sonara casi como un sollozo.

-No, no mucho. No mucho. Pero no podemos seguir así, ¿no? Y echo de menos a Karen y a David y a mis padres. –Se pasó la mano por el pelo-. Echo de menos mi vida. Si puedo ayudar a que esta guerra de mierda acabe, quiero hacerlo.

Harry le apretó el brazo, todavía con aquella expresión intensa, y asintió brevemente.

-Gracias, Dudley. Sé que no es fácil.

Dudley volvió a respirar hondo, intentando calmar sus nervios.

-¿Cuándo queréis que lo intente?

-Necesitaremos unas horas para deshacer todas las protecciones del torreón. Si te parece bien, lo haremos mañana por la mañana.

-Muy bien… Estaré listo.

Y confiaba que el poco valor que sentía le durara hasta entonces.


Después de observar durante un rato el trabajo de Bill, Blaise y un Inefable con la puerta del torreón de Gaunt, Harry se dio cuenta de que Draco estaba reprimiendo los bostezos y de que él mismo se encontraba bastante cansado. No había razón para que se quedaran allí, excepto la curiosidad, así que le propuso a Draco irse a dormir.

Krant y un elfo les acompañaron durante el camino a sus habitaciones; después se quedarían montando guardia fuera. Habían hecho un arreglo similar con Albus y Scorpius y con las habitaciones de los miembros de la CIM. Las niñas habrían sido más difíciles de proteger en sus respectivas salas comunes, así que él había mandado a Lily a dormir a la cabaña de Charlie y Draco había hecho que Cassandra se mudara a la tienda de campaña en la que dormían Narcissa y los Greengrass. Además habían añadido runas de vigilancia en la entrada a todos esos sitios y Draco había encargado un montón de chivatoscopios a cambio de una daga mágica.

-Empiezo a pensar que los Fundadores en realidad odiaban a los niños –comentó Draco-. Sólo eso explicaría por qué este colegio es tan peligroso; fue creado con el propósito de asesinar a los alumnos.

Harry puso los ojos en blanco. Le había extrañado que Draco no hubiera vuelto a sacar el tema aún.

-Vamos, los Fundadores no planearon que Gaunt hiciera ese experimento quinientos años después. Y no es como si los otros colegios mágicos no tuvieran sus riesgos. ¿Sabías que en los bosques de Beauxbatons vive un ogro? Y no quiero ni pensar en lo que habrá en Drumstrang.

Draco se enfurruñó.

-Tú siempre te pones del lado de Hogwarts.

Krant giró la vista hacia ellos, como si estuviera preguntándose si hablaba en serio, y Harry se rió para sus adentros.

-Hay que admitir que eso de vórtice de locura suena muy mal. Pero ya has visto lo protegido que estaba el torreón. Ningún alumno podría haber entrado ahí ni queriendo.

Cuando llegaron a la puerta, Krant y el elfo se quedaron flanqueándola como una peculiar pareja de guardias. Harry les dio las buenas noches y entró en el dormitorio con Draco. No tenía miedo de que alguien hubiera entrado en su ausencia para preparar una trampa; una de las primeras cosas que había hecho tras escuchar a Grudge había sido levantar protecciones para que eso no pasara.

-Vaya día… -comentó Draco, empezando a desabrocharse los botones de su túnica. Harry tuvo que darle la razón. Nadie había atacado a nadie, pero se sentía como si le hubiera arrollado una manada de hipogrifos. Y pasara lo que pasara con su primo, el día siguiente también sería complicado-. ¿Crees que Dudley llegará hasta el final?

No había ni rastro de humor o burla en su tono de voz, sólo preocupación. Harry pensó en su primo, en el riesgo que iba a correr. Él no habría podido dormir en su lugar: acabar con la mente destrozada le daba mucho más miedo que morir.

-No lo sé –admitió-. No es como si fuéramos a morir inmediatamente si no entra allí. O como si tuviéramos la certeza de que ahí dentro hay algo que nos puede dar la victoria. Podría estar arriesgando su cordura por nada.

Draco se lo quedó mirando, desnudo de cintura para arriba. La cicatriz en su costado, producto de la Batalla del Túnel, todavía estaba roja y reciente, como un recordatorio de la guerra en la que se encontraban.

-¿Qué te dice tu instinto?

-Creo que es lo que estábamos esperando –dijo, sabiendo que no podía impedir que la esperanza y la excitación tiñera su voz-. Pero… también es lo que quiero creer.

-Siempre has tenido un sexto sentido para estas cosas. –Draco se puso la chaqueta del pijama y se lo volvió a quedar mirando-. Escucha, Harry…. No sé si lo que buscamos va a estar en ese despacho, pero no creo que a tu primo le pase nada. He intentado entrar en su cabeza y es como intentar leerle los pensamientos a un ladrillo. Nunca he visto nada igual. Pero si le pasara algo y aun así ganamos la guerra… Yo me ocuparé de sus padres, ¿de acuerdo?

Harry chasqueó la lengua con disgusto.

-Draco…

-No, no, no digo "ocuparme" de ellos en ese sentido, lo digo de verdad. No quiero que tengas que tratar con ellos ni hablar con ellos. Yo los cuidaré, lo haré bien. Por Dudley. Por ti.

Al comprender que no bromeaba, Harry se quedó sin palabras, conmovido por la gentileza de su propuesta.

-Gracias. De verdad. –No sabía si, llegado el momento, aceptaría su oferta, pero el hecho de que se hubiera ofrecido, que quisiera ahorrarle ese mal trago, ya significaba mucho-. Eres increíble.

Draco sonrió, arqueando las cejas.

-Tú tampoco estás nada mal.

Las ganas de besarlo resultaban abrumadoras y Harry no vio razón para reprimirse. Draco le estaba esperando y abrió la boca para recibirlo, buscando su lengua, mientras se apretaba contra él. Había algo distinto entre ellos, una ligereza que no había experimentado desde hacía mucho tiempo, como si se sintieran con permiso para jugar. Harry empujó a Draco hasta la cama sin dejar de besarlo, le hizo tumbarse, se colocó sobre él, frotándose contra aquel cuerpo que parecía hecho adrede para él, todo brazos y piernas y ángulos exquisitos. Los dos estaban ya duros y la fricción llenaba sus besos de gemidos y jadeos.

Harry se incorporó un poco sin prestar atención al ruidito de protesta de Draco y le bajó los pantalones, revelando su erección. Casi se le hizo la boca agua. ¿Cuándo había sido la última vez que le había hecho una mamada? Ni siquiera podía recordarlo, pero estaba dispuesto a reparar su descuido.

-Oh, sí, Harry… -dijo Draco, en cuanto le leyó las intenciones-. Hace mil años que no me chupas la polla.

Harry se echó a reír.

-¿Mil años? ¿Tanto? Tsk, no podemos consentirlo. –Le dio un lametón de abajo a arriba y las caderas de Draco pegaron un respingo entusiasmado-. Tenemos que ponerle remedio ahora mismo.

-Harry, no seas ohMerlínmehemuerto….

Harry estaba completamente de acuerdo y se lo hizo saber con un mmmmmm que provocó una nueva retahíla de balbuceos. Oh, Dios, había echado de menos aquello, su peso contra su lengua, su sabor, su olor. Harry agarró la base con una mano y alzó la cabeza lo justo para lamer lentamente la punta y engullirla del todo de nuevo. Y después, simplemente, se dejó llevar, perdiéndose en los sonidos necesitados de Draco, en las sensaciones casi olvidadas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si no pudieran interrumpirlos en cualquier momento con alguna emergencia. Bajó la lengua perezosamente hacia sus pelotas, hacia la hendidura de sus nalgas, mordió la carne tierna del interior de sus muslos. Las manos de Draco se crispaban a veces en su pelo, dándole tirones; sus gemidos se salpicaban con palabras de aliento.

Usó los dedos y la lengua para prepararlo, en vez de un hechizo. Apenas se había tocado a sí mismo, pero estaba duro también, impaciente por hundirse en Draco. Las manos le temblaban cuando colocó las piernas de Draco sobre sus hombros; el resto de su cuerpo tembló también cuando lo penetró y su polla se vio envuelta por todo ese calor, por toda esa presión.

-Oh, Dios…

-Lo sé… Lo sé… -Draco le dio un mordisco en el cuello antes de dejar caer la cabeza sobre la almohada y darle un apretón en la nuca-. Vamos, Harry… Estoy tan caliente… que el Fuego Infernal se moriría de envidia.

Harry soltó un resoplido de risa algo jadeante y empezó a moverse. El placer le asaltó con la contundencia de un conjuro, arrancando gruñidos guturales de su garganta, pero pronto encontró el ritmo que quería, el ángulo que hacía que Draco se deshiciera por completo entre grititos y súplicas. Cada vez que sus caderas chocaban con el culo de Draco, la tensión crecía y crecía en su interior, como la cuerda de una de las catapultas, y la cama protestaba a chirrido limpio.

-Vamos a romperla –dijo entre dientes, tras un crujido especialmente indignado.

-No me importa, no me importa, le compraré mil camas a McGonagall, tú no dejes de moverte.

Como si hubiera podido parar… Harry siguió sus embestidas, ignorando el calor pesado de sus brazos, el sudor que le corría por la espalda, incluso la vocecilla lejana que le repetía que iban a interrumpirlos en cualquier momento. Sólo importaban ellos dos. Pero el placer seguía aumentando, cada vez más intenso, invencible. Harry alargó la mano y empezó a acariciar la polla de Draco con toda la energía que pudo reunir, pasando el pulgar por la punta húmeda y pegajosa. Los dos estaban cerca; Harry podía sentir ese algo dentro de él a punto de estallar, imposible de detener ya.

El orgasmo le alcanzó como un rayo, igual de implacable, y Harry vio chispas blancas tras los párpados apretados mientras se vaciaba en Draco, gimiendo sin control. Ni siquiera se dio cuenta de si Draco se había corrido hasta que se desplomó sobre él, arrasado, y notó algo pegajoso entre sus vientres. Era una suerte, porque le habría costado encontrar las energías para ocuparse de él.

-Guau…

Draco le dio unas palmaditas cansadas en la espalda y tomó aire como si fuera a decir algo, pero lo dejó escapar con un suspiro satisfecho. Después de un rato dulce y pacífico como el zumo de calabaza lo volvió a intentar.

-Nos merecíamos uno como este, ¿eh?

Harry ya se había recuperado un poco así que se movió para acomodarse mejor contra Draco, sin apartarse de él, dejando una pierna entre las de él, acariciando su pecho con dedos perezosos.

-Casi se me había olvidado que el sexo puede durar más de cinco minutos –admitió.

Draco se rió suavemente.

-Sí… Recuerdo que esto se nos daba bastante bien…

Harry sonrió, alzando un poco la cabeza para poder verle la cara.

-Bueno, supongo que es como ir en bici, ¿no?

Pero Draco parpadeó con confusión, absolutamente adorable.

-¿Sí? No lo sé, nunca he montado en uno de esos aparatos. –Frunció las cejas-. ¿En qué se parece el sexo a eso?

Parecía estar imaginando todo un sinfín de perversiones y Harry tuvo que echarse a reír.

-Es una manera de hablar. Se supone que una vez aprendes a ir en bicicleta, ya no lo olvidas aunque pases veinte años sin tocar una. –Pasó el pulgar por uno de sus pezones, atento al modo en el que la respiración de Draco temblaba un poco-. Y aunque llevamos un tiempo follando como si quisiéramos batir un record de velocidad, esta vez no nos ha salido tan mal.

-No… Nada mal.

Sus ojos brillaban con esa expresión cálida y suave que reservaba para media docena de personas quizás sobre la faz de la Tierra, y Harry se incorporó un poco para darle un beso profundo, largo, sintiéndose tan lleno de amor que temía explotar si no lo demostraba de alguna manera. Draco enredó los dedos en su cabello, devolviéndole el beso con la misma ferocidad.

Sin importar lo que pasara ahí fuera, en ese momento al menos, tenían todo el tiempo del mundo.


El Accio no había funcionado.

Dudley tragó saliva mientras miraba el agujero en forma de puerta que tenía ante sí, vigilado por aurores. Aunque estaba oscuro, se distinguía una escalera de caracol al otro lado.

No había podido dormir en toda la noche, temiendo aquel momento.

No estaba solo, desde luego. Harry, Draco y Greg habían aparecido para darle apoyo moral y además había un par de Inefables que probablemente sólo querían ver lo que pasaba. Y una psicobruja. Dudley no quería pensar en por qué estaba ella allí. No era un gesto que transmitiera mucha confianza, ¿no? Podrían haberse esperado al menos a que ya hubiera entrado.

-Señor Dursley –dijo la Inefable Hamilton, tendiéndole una cartera de cuero-, como comprenderá no sabemos en qué estado se encontrará el estudio ni cómo percibirá el vórtice. Mi consejo es que meta aquí todos los libros y pergaminos que encuentre y que salga lo antes posible.

-Comprendido –contestó, sin fuerza.

-Buena suerte.

Dudley notó que las piernas le temblaban, literalmente. Oh, Dios, ¿y si se desmayaba? Se restregó las manos, húmeda de sudor, en las perneras de los pantalones.

-Dudley –dijo Harry; su voz parecía provenir de muy lejos-, ¿estás listo? Podemos esperar un poco, si quieres.

Lo que quería era no tener que entrar a ese sitio jamás. Abrir los ojos y descubrir que estaba en su cama, con Karen, y que todo había sido un mal sueño. Pero para volver a ver a Karen tenían que ganar a los Parásitos.

-No… No, voy a entrar.

Intentó colgarse la cartera del hombro, pero temblaba tanto que casi se le cayó al suelo. Harry le ayudó sin hacer ningún comentario, como si simpatizara con su terror.

-Dudley… -Su primo le tendió la mano-. Buena suerte, ¿de acuerdo? Te veo dentro de un rato.

Dudley le estrechó la mano tendida, confiando en que le transmitiera parte de su valor, de su suerte.

-De acuerdo.

Miró la puerta, a tres metros de él. Dudley respiró hondo un par de veces con la esperanza de calmar los latidos de su corazón y echó a andar, forzando a sus piernas a dar cada paso. Sin darse cuenta, se encontró rezando. Oh, por favor, Dios, que no me pase nada… No dejes que me pase nada. Por Brooklyn…Por favor…

Dudley llegó a la puerta, intercambió una mirada casi desesperada con uno de los aurores y cruzó el umbral.