hola a tods jejej akii sta el new cap

recuerden de ke nada me pertenece

Capitulo 37

–Puedes discutir esto conmigo aquí, para deleite de todos, o venir conmigo –dijo Emmett, con forzada tranquilidad–. Tengo un carruaje esperando afuera.

No era, en absoluto, lo que Rosalie esperaba oír. Si hubiera estado tan furiosa como probablemente lo estaba él, no habría postergado la discusión, cualquiera fuese, sólo para evitar una escena bochornosa. De cualquier modo, estaba habituada a las escenas bochornosas y... y lo mejor era responderle antes de que tomara la decisión por su cuenta.

–De cualquier manera, estaba a punto de retirarme –le dijo, en tono cuidadosamente neutro.

No era cierto, aunque sí lo que deseaba desde su llegada a la fiesta. Pero si no salía con él sólo conseguiría enfurecerlo más. Y entonces sería él quien armara la escena que no quería.

Sin embargo, Rosalie estuvo a punto de cambiar de idea y no salir con él. Pese a su aquiescencia, tenía la sensación de que la sacaban a rastras. Antes de que hubiera podido decidir si era mejor quedarse donde hubiera gente, se encontró afuera y subiendo por la fuerza al carruaje que esperaba.

–¿Tienes intenciones de congelarme? –Preguntó, sarcástica. Él no le había dado tiempo de buscar su capa y la noche invernal era húmeda y fría. Dentro del carruaje, amplio y cómodo, el ambiente no era mucho más cálido. Cuando se disponía a volver por el abrigo, él le arrojó una manta de viaje.

El vehículo partió en cuanto la portezuela se hubo cerrado, sacudiendo a Rosalie de tal modo que estuvo a punto de caer desde el borde del asiento. No haría falta mucho más para que perdiera el dominio de sí.

–Explícate, McCarty. Si yo hubiera sabido que planeabas venir a Inglaterra, habría ido a cualquier otro sitio.

–¿De veras? Lo dudo.

Se había sentado frente a ella, con los brazos cruzados y las piernas estiradas, cruzadas también: sus ojos aún rutilaban, fijos en ella. Todo el placer que le había hecho sentir su aparición se disipaba rápidamente, reemplazado por la irritación. Después de ese comentario sardónico, él no dijo más, dejando un silencio que la puso nerviosa.

–¿Y bien? –Inquirió, quebrándolo–. Supongo que has tenido algún motivo especial para buscarme. ¿O es por mala suerte por lo que nos hemos encontrado en la misma ciudad y en el mismo baile?

–Hablaremos de eso dentro de un momento, Rosalie, cuando me haya adaptado a verte con todo el aspecto de una dama. ¿O llevas pantalones de montar bajo esas faldas?

Sin que ella supiera por qué, la pregunta la hizo ruborizarse.

–Por si no te has dado cuenta, estaba en un baile cuando me sacaste a rastras. Y tengo alguna idea de la ropa que corresponde a cada ocasión.

–¿Así que no traes pantalones?

A manera de respuesta ella le echó una mirada fulminante. Emmett no le encontraba gracia a la situación. Por el contrario, estaba más desconcertado ahora que al verla por primera vez en la pista de baile. Seda y encaje. Así la había imaginado una vez, pero sin llegar a concebir nada semejante. El artístico peinado, los largos guantes de noche, el profundo escote... Por Dios, esos pechos, esos pechos magníficos, a la vista de cualquier hombre que quisiera mirar.

Aunque eso lo enfurecía, era preciso reconocer que nunca la había visto tan hermosa. Y lo resintió que ella le hubiera negado siempre su aspecto suave y femenino. Ni siquiera sabía que lo tuviera... salvo en la cama.

Rosalie sabía bailar. Por lo visto, era capaz de conversar con sus iguales durante un rato sin lanzar palabrotas ni escandalizarlos. Y obviamente, ponía cuidado en no asistir a ninguna cena, puesto que no la habían excluido inmediatamente de las listas de invitados. De algún modo había logrado engañar a esos ingleses, convenciéndolos de que era una dama, o en verdad sabía comportarse como tal.

También estaba furioso por no haber podido alcanzarla antes de que se embarcara hacia Inglaterra. Había tardado más de un mes en hallarla, después de perder su rastro dos veces: primero, cuando ella se encaminó hacia las montañas, como si quisiera volver a su casa, para luego cambiar de rumbo hacia el norte; en ese punto él había despedido a casi todos los hombres que lo acompañaban, pues ya no parecían necesarios. Y más adelante había vuelto a perderla, cuando Rosalie dejó el caballo por un carruaje. Ya en Londres, él y los ocho hombres que lo acompañaban tardaron apenas unas horas en localizar su hotel. Y Nina, su doncella, había tenido la gentileza de decirle dónde podía verla esa misma noche.

Ahora no sabía con certeza cómo manejarla. Como siempre, su primer impulso, más fuerte que nunca, era hacerle el amor. Su sola proximidad lo excitaba por completo. Su segundo impulso era estrangularla por todos los problemas que le había causado. Pero experimentaba un tercero: abrazarla, simplemente, y decirle... ¿qué? ¿Que lo enfermaba el temor de encontrarla ya casada con King? ¿Que estaba lamentablemente enamorado por primera vez en su vida? Jamás lo creería, tras la actitud que acababa de demostrarle.

¿Y qué pasaba con ese inglés? Si la hubiera encontrado con King, probablemente lo habría desafiado a duelo de inmediato. Pero si ella amaba a ese hombre, si lo amaba de verdad, ¿sería capaz de retirarse cortésmente y dejarla en paz? Sus celos decían que no, que él y ese inglés no podían vivir en el mismo planeta. Pero ese maldito amor sólo deseaba que ella fuera feliz.

Era imposible reconciliar esos dos sentimientos. Lo mejor sería averiguar primero si llegaba demasiado tarde.

–¿Estás planeando una boda, Rosalie? -Rosalie ahogó una exclamación de sorpresa. ¿Cómo era posible que Emmett hubiera descubierto lo de su corpulento vizconde?

–¿Qué boda? –Preguntó con cautela.

–La tuya con King. Eso era todavía peor.

–¿Cómo sabes lo de Royce?

–Por Lazar. Deberías habérmelo dicho tú.

–No era asunto tuyo.

–¡Vamos a casamos! –Intervino él, dejando que su enfado se interpusiera entre los dos–. ¿No es asunto mío que estés enamorada de otro hombre?

–¿Vamos a qué...?

–Ah, conque eres casquivana –se burló él–. ¿No me aseguraste que jamás faltabas a tu palabra? ¿No dijiste que era una cuestión de honor?

Ese ataque le erizó los cabellos de la nuca.

–¿No recibiste mi nota? Tu madre dijo que no podías casarte conmigo, que yo era un desastre sin remedio.

–No fue mi madre la que decidió nuestro casamiento. Su opinión no cuenta.

–No fue esa la impresión que me diste, la primera vez que hablamos de romper el compromiso –adujo ella, muy rígida–. Al oír eso de tu madre, supuse...

–Supusiste mal, Rose, y te marchaste sin siquiera confirmar tu suposición conmigo. Y repito que la opinión de mi madre no contaba. Que nos casemos o no depende de nosotros y de nuestra voluntad de respetar lo que nuestros respectivos padres decidieron.

–¿Eso significa que todavía estamos comprometidos?

–Desde luego que sí.

Antes de que Rosalie supiera lo que estaba pasando, Emmett le tomó la mano para deslizarle en el dedo el metal caliente del anillo.

–No vuelvas a quitártelo, Rosalie. Me perteneces. Quiero que lo uses como prueba.

Lo dijo como si fuera una advertencia; la clara posesividad de su tono la dejó confundida y emocionada al mismo tiempo. Se reclinó en el asiento, llena de alivio y temor, luchando por ignorarlos a ambos. Si no lograba mantener las emociones fuera del asunto, jamás sobreviviría a esa discusión. ¡Qué estupendo era lucir otra vez ese anillo! Se lo había quitado con lágrimas. Al dejarlo junto a la nota había sentido que dejaba allí su corazón. No volvería a quitárselo... y no porque él se lo mandara.

–¿Te molestaría explicarme por qué seguimos comprometidos? –Preguntó–. Te brindé una salida. ¿Por qué no la aprovechaste, si no querías casarte conmigo?

'¡Porque te amo!' Habría sido el momento perfecto para decírselo. Pero ella se echaría a reír, burlona; tal vez dijera algo sarcástico, algo así como: 'Sin duda, McCarty. Me lo demuestras cada vez que abres la boca'. ¿Y cómo persuadirla, si a él mismo le costaba creerlo?

–No me dejaste una salida, Rose. Huiste guiada por una mala interpretación. Eso no me liberó del compromiso; sólo me obligó a tomarme la molestia de buscarte. Sin embargo, si tu intención era faltar a tu palabra, no tienes más que decirlo y daremos el asunto por terminado.

–Nunca fue esa mi intención, y tú lo sabes –le siseó ella.

–Nunca lo creí. Y ahí tienes tu respuesta: aún estamos atados por ese contrato, bien comprometidos, y aún debemos casamos. ¿O estás en desacuerdo?

–No –respondió ella, en un murmullo grave.

–¿Eso significa que tu viaje a Inglaterra no te ha hecho cambiar de opinión con respecto a las cuestiones de honor?

–No –confirmó ella, en voz más potente y con una mirada flamígera.

–Me alegro de saberlo. Eso le arrancó un bufido.

–Ándate con cuidado, McCarty. Casi comienzo a pensar que ahora quieres casarte.

–Quizá –musitó él.

–Cuando los cerdos vuelen –fue la réplica. Él sonrió. Sabía que su Rose iba a decir algo así.

–En realidad... –Hizo una pausa, para insinuar que apenas estaba llegando a esa conclusión–. Puesto que de cualquier modo debo casarme tarde o temprano (para tener un heredero, por supuesto), bien puedes ser tú. Después de todo, ya te he dedicado más esfuerzos que a ninguna otra mujer... y tus pechos me encantan, Rose.

Esperaba otra réplica acalorada, un rubor, cualquier cosa, menos esa expresión reservada. Habría podido darse de patadas por pensar que ese comentario le resultaría más aceptable que la verdad.

–Rose...

–No tienes nada que explicar –interrumpió ella–. Siempre supe cuál era tu posición en este asunto. Y tú siempre supiste cuál era la mía.

Al recordar que ella no había querido casarse por estar enamorada de otro, Emmettt recuperó todo el enfado que había demostrado un rato antes, quitándole toda voluntad de explayarse sobre lo maravilloso que sería vivir juntos.

Rosalie pensó decirle lo del bebé, pero de ese modo él comenzaría a ignorarla aún antes del casamiento. Para negarle ese placer, decidió perversamente reservarse la noticia. Aunque Emmett hubiera ido tras ella, obviamente la situación no había cambiado. Y siendo así las cosas, ¿por qué al oírle decir 'para tener un heredero, por supuesto', sentía deseos de llorar?

–¿Has hablado con King? –Preguntó él, tenso.

–Sí.

–Si ese cerdo te ha tocado, Rosalie, voy a matarlo.

Estaba casi gruñendo. ¿Qué era eso? ¿Celos por abandono?

–No te molestes. No tenía ninguna intención de casarse conmigo. Por el contrario, estaba esperando a que me casara con otro para que pudiéramos ser amantes. Pensó lo mismo que tú, sólo que me sabía virgen y prefirió esperar a que yo resolviera ese detalle.

–Dalo por muerto –dijo Emmett, simplemente. Rosalie suspiró.

–La insultada soy yo, McCarty, no tú. No porque me consideres tu esposa voy a permitirte librar mis propios combates.

–Te ha hecho sufrir.

–No sufrí. Y por eso he comprendido que mis sentimientos eran bastante tibios.

La presuntuosa sonrisa con que Emmett recibió esas palabras era muy irritante, tanto que ella volvió a cambiar de tema.

–¿A dónde me llevas, exactamente?

–A mi barco. Esta ciudad congestionada no me gustó la primera vez y tampoco me gusta ahora. Zarparemos inmediatamente.

–Nada de eso. Mi gente...

–A estas horas debe de estar a bordo, gracias a cierta persuasión... amistosa.

–Estás abusando, McCarty.

–Después de todas las dificultades que me has causado, preciosa, creo que tengo el derecho de abusar.


espero reviews

bye