38.- El preludio.

Ninguno de los personajes me pertenece, tampoco el universo de HP, todos son propiedad de J. K. Rowling y la Warner Brothers, sólo la trama de ése fic en específico es de me invención.

Esperen ¡no me maten aún! Subí dos capítulos por el retraso, espero que los disfruten.

Aguardó en la casa de Snape todavía mucho rato después del amanecer. Hablaron, todo lo recordaba con vaguedad, Severus estaba tibio, escuchaba su voz detrás de la oreja, su mano blanca caminaba lentamente en sus piernas, se despidieron en la parada del bus debajo de un paraguas y ella le dijo adiós por la ventana cuando se iba, lo miró allí de pie sobre el asfalto húmedo, estaba pálido pero tenía el rostro despejado por algo cercano a la benevolencia.

Apenas pudo mirar a su padre durante los siguientes días, se bebió algunas pociones anticonceptivas con cierta vergüenza, nunca había creído que tendría que usarlas, no ella. Pero en fin, no estaba arrepentida, al menos no la mayor parte del tiempo.

Siguió encontrándose con Severus todas las veces que pudo, se quedaban de ver en algún café escondido entre la urbe muggle, donde nadie los conociera. Se hallaban en alguna biblioteca y en la oscuridad de terciopelo de los cines se daban besos largos y anónimos. A veces ella creía que estaba quizás en medio de los mejores días de su existencia, que no volvería a estar sola de modo alguno. Él, dejaba escapar retazos de su pasado cuando el aura de complicidad se extendía entre los dos, los silencios incómodos y tensos eran inexistentes, si bien a veces no hablaban la distancia había cambiado de forma y de cara, los muros difíciles que él levantaba a su alrededor nunca estaban interpuestos para Hermione, ella podía decir y hacer cualquier cosa sin irritarlo, estaba de lado suyo en todo momento, parecía haber perdido la facultad de estar molesto con ella. Hermione de verdad empezaba a conocerlo, a aprender sus hábitos a sorprenderse de su existencia, de su vida, de su mirada maravillosa y amplia. Tenía que reírse de sí misma, del arrebato instintivo de abrazarlo de repente mientras caminaban en la calle, de darle besos mientras tomaba café y hacerlo derramar media taza.

Quién sabe con qué palabra podría encerrar todo lo que significaba el simple hecho de encontrarlo de frente en alguna avenida o en el umbral de la casa de arraigo. Lo que había vivido en el pasado, lo que vivía, todo ello estaba justificado con tan sólo tener la libertad de acariciarle la cara o de abrazarlo por la espalda y taparle los ojos para que dijera su nombre. Para ella bien podía considerarse un milagro, lo era de muchas formas, que él estuviera vivo, que ella hubiera podido aprender a conocerlo, que fueran capaces de agarrarse las manos y caminar, como si no fueran maestro y alumna, como si no hubieran sido enemigos en algún momento.


El comedor de Hogwarts no había ofrecido un aspecto tan alegre en muchos meses. Flores en cada mesa, en cada columna, abriendo los pétalos, dejando salir el aroma entrecruzado de rosas y crisantemos. Su padre buscaba la mesa que se les había asignado con cierto nerviosismo, sus ojos inteligentes se quedaban quietos un momento en los atuendos, para el bastante estrafalarios, que llevaban algunos invitados.

-Tus amigos están allá, en la mesa tres.

Dijo mientras la dirigía con su brazo y se acomodaba de nuevo la corbata.

La sonrisa distante de Luna fue la primera en aparecer frente a ella, la mano de Neville acudió a estrecharse con la suya y la de su padre, McGonagall hizo una leve reverencia y saludó a David Granger con marcada cortesía. Hermione se sentó sin dejar de mirar a su alrededor, las velas del gran comedor derramaban una luz blanca sobre las caras de los celebrantes. Mientras sus ojos seguían vagando entre la concurrencia el rostro de Harry apareció en ellos de pronto, tenía la mirada encendida y límpida, jamás lo había visto mirar así, como si el alma se le hubiera ensanchado, como si tuviera el pecho desbordado de aliento, como si sus ojos pudieran crecer y abarcar la estancia con su destello verde de rayo. Él le sonrió desde lejos y ella supo que nunca había estado tan pleno y tan vivo. Iba a casarse con Ginny Weasley. Las mujeres casi siempre lloran en las bodas, pero Jean no tenía la intención de hacerlo antes de que siquiera empezara la ceremonia, sin embargo Hagrid tuvo que pasarle algunos pañuelos con su enorme mano que los arrugó sin querer al tomarlos. El gigante también tenía un rastro húmedo en las mejillas y las retinas.

-Las bodas siempre consiguen que me ponga un poco sensible.- Murmuró acercándose a la Gryffindor. David examinaba las velas flotantes, embobado y curioso.

-¡Hermione!

La señora Weasley la hizo levantarse de su asiento. Después de un abrazo efusivo la arrastró al centro de la pista para que se fotografiara con la familia y los novios.

George Weasley silbaba con tanta fuerza que el eco resonaba en buena parte del comedor, la jovial concurrencia abría botellas de vino de elfo y los corchos salían disparados con una estela de líquido espumoso ondeando tras ellos. Se retrataron en grupos, sentados, bebiendo, abrazándose, pareciera existir la necesidad de no dejar un solo minuto sin atrapar en el recuerdo, tan larga había sido la guerra que precisaban aferrar con las uñas su felicidad presente.

Cuando pudo ir a sentarse de nuevo, estaba impregnada de una mezcla leve de los perfumes de todas las personas a las que había abrazado.

-No sabía que había fiestas tan animadas entre los magos, sus túnicas me hacían pensar lo contrario.-Comentó su padre mientras le daba un trago mesurado a su copa. Hermione respiró hondo y cerró los párpados pretendiendo conservar en la memoria el olor de ése día, el ruido constante y alegre de los cubiertos y el parlotear extendido de la sala.

Ron persistía en su mente, atenuando un poco su ánimo, haciéndola sentir ansiosa y culpable, tantas cabezas pelirrojas lo regresaban a su pensamiento.

Por la enorme puerta principal, entraba Argus Filch, hablando enfáticamente y con un gesto pariente de la irritación, a su lado caminaba un alto hombre enlutado. Hermione cambió de posición en su asiento varias veces y trató de apaciguar la sonrisa fiera que le saltaba a la cara.

-Pensé que el profesor Snape no vendría.- Susurró a Hagrid estrangulando a medias el tono francamente feliz de su voz.

-La directora McGonagall insistió, también Harry.

-Ya veo.

Snape fue alcanzado por Potter que le tomó la mano en un saludo de familiaridad unilateral, era evidente que para el hombre de la nariz grande aquella bienvenida era incómoda y fastidiosa, Hermione suspiró en su asiento, pensando que esos dos no tenían remedio y conservando un poco de esperanza de que el jefe de aurores se sentara en su mesa, pero él ni siquiera tomó asiento, estuvo merodeando cerca de la barra de bebidas, irónicamente sin beber nada, cruzado de brazos, con el rostro serio e impertérrito. Al parecer ni siquiera la había divisado todavía.

-Severus nunca va a cambiar, míralo allá sólo y aburrido como una ostra.- Comentó la señora Weasley que iba pasando por cada mesa, ocupada en revisar que no le faltaran cubiertos a nadie.- Quizás debería ir por él y traerlo a sentar.

Granger sonrió condescendiente y se ofreció a ir por el pocionista ella misma, no creyó que alguien sospechara un trasfondo en un acto tan simple.

Caminó hasta donde estaba él, se arregló el vestido discretamente y le habló, mientras lo veía servirse la primera copa de la noche, Snape recién se percataba de su presencia, sus ojos orbitaron unos instantes en la imagen de la muchacha, en su atuendo azul y su pelo domado, hubiera sonreído si no tuviera a Filch tan cerca.

-Profesor Snape, buenas noches, que gusto verlo aquí.

Algo le molestaba en la formalidad fingida que Hermione mantenía tan impecablemente.

-Buenas noches señorita Granger.

Tras unos diálogos sosos lo hizo acompañarla hasta la mesa, allí los esperaba un grupo de personas con las que no estaba interesado en hablar, hubiera querido desparecerlos a todos y dejar de jugar a la alumna y el profesor respetuosos. Jean ni siquiera le había dado la mano para saludarlo como si temiera que al tocarse un mínimo todo el mundo alrededor intuyera lo que podía haber detrás de ése roce. Estaba molesto, no podía evitarlo. Se bebió el vino de elfo haciéndole muecas a Hagrid por sus absurdos lloriqueos sensiblones. Ningún hombre que se respetara debía llorar en público. Para su desgracia, cayó en la cuenta de que el hombre sentado junto a Hermione era de hecho su padre, tenía un aire muggle difícil de ocultar y su forma de ver a su alrededor era la de una persona desubicada, además esos ojos, ése color precisamente le recordaba al tono de las pupilas de Granger. Se le revolvió el estómago.

McGonagall, alzaba su cabeza solemne y con la mirada escrutadora que tenía los iba recorriendo a todos, a los de la mesa, a los de la pista y a los bebedores precoces que se iban amotinando cerca de la barra.

-Entonces la guerra se terminó Severus.-Le dijo mientras le afloraba en la cara una mueca pariente a la sonrisa. McGonagall rara vez sonreía abiertamente.

El hombre carraspeó.

-El fin de una es el inicio de otra.

La mujer no dijo nada y torció la boca con los ojos blandos. A Snape le gustaba hacer comentarios inquietantes, ella era muy mayor para caer en eso.

La ceremonia de la boda fue corta, Potter discurso, la señora y el señor Weasley lloraron copiosamente, algunos pasaron a dar sus felicitaciones, brindaron, se hicieron los votos. Hermione se agitó en su asiento cuando Harry decía: "Juntos desde hoy, hasta el ocaso de nuestras vidas", con esa frase, pegada a ella la mirada de Snape la había alcanzado desde el otro lado de la mesa y por un instante fue como si él o ella hubieran dicho aquello. No sabía si estaba feliz o atemorizada por eso.

La fiesta empezó después del beso de los esposos Potter. La pista se llenó de brujas y canciones con letra de romance. David sacó a bailar a su hija, Hermione dio vueltas debajo de las velas ingrávidas, dio vueltas en las que el gran comedor se repetía frente a ella y miraba las mismas caras una vez tras otra. Harry y Ginny se besaban en medio del baile, Hagrid comía pastel animadamente. Snape estaba quieto en un asiento y parecía un fantasma, pálido, sin la cara suavizada por una sonrisa que era el adorno general en los invitados, en todos menos él, era como si estuviera esperando algo, algo de ella. David hablaba mucho, sobre el matrimonio y la sociedad de los magos y sobre Ron Weasley. Ojalá no dijera tantas cosas, ojalá el rostro de Severus dejara de multiplicarse mientras ella giraba en la pista.

-Papá ya basta, es la boda de Harry, no quiero que me hables de Ronald.

-Pensé que estaría aquí, creí que querías que estuviera.-Ella negó, la canción iba terminando, sonaban las últimas notas del piano, todavía expandiéndose en la bóveda del salón.

La siguiente pieza la bailó con Harry, el muchacho había insistido en que Snape Y Ginny bailaran algo juntos para demostrar su recién encontrado aprecio por el maestro. Así Hermione tuvo la visión de Severus mezclado en un vals con una mujer pelirroja. Era mirar una escena que nunca ocurrió, era mirar a Lily Evans con traje de novia y mirarlo a él. Hermione sintió un jalón en el vientre, por lo que no había sido, por lo que debería haber sido, por lo que quizás no sería entre ella y Snape. Cierto que lo quería, cierto que consideraba quedarse con él, pero tan cierto eso como la resistencia que la multitud pondría, como la resistencia que él mismo generaba y que ella a veces no destruía del todo.

Severus Snape era Severus Snape y amarlo no era algo sencillo (en realidad no lo es con nadie).

A veces quisiera poder darle lo que quería, poder darle a Lily Evans y hacerse a un lado. ¿A cuál prefería sobre la otra? A veces la enfurecía mirar los ojos verdes de Harry y darse cuenta de que tenían algo que los suyos no, darse cuenta de que estaban más allá de lo que ella podía conseguir. Nadie miraba como Harry. Nadie miraba como Lily.

Potter murmuró en su oreja.

-Esperaban que Ron viniera, pero ya está retrasado.

Hermione no pudo ni quiso responder.

-Creí que era bueno que lo supieras, para que te prepares si tienes algo que decirle.

La larga capa de Snape arrastraba junto con el encaje blanco de la novia. Las pupilas de Granger estaban mojadas de una luz cenicienta.

-No pareces feliz.

-Lo estoy Harry, es tu boda, estoy feliz por Ginny y por ti pero eres mi mejor amigo y no puedo ocultarte que tengo una… situación complicada que resolver.

-Con Ron.

-No sólo con Ron.

-No sólo con Ron…- Repitió Potter, pensativo y se soltaron cuando acabó la canción. Ginny dejó de ser la proyección de Evans y Hermione pudo ver sus ojos marrones cuando la abrazó. Bailar una pieza con Snape pareció buena idea cuando se toparon en las periferias de la pista. Eran conocidos de años, maestro y pupila, compañeros de arraigo. No había nada de malo nada de peculiar, pero nunca lo miró a la cara, incluso cuando movían los pies subidos en el acorde de un violín, no lo miró. Todos podían darse cuenta, por la simple forma en que lo veía, todo tendría que haber cambiado, no podía ser invisible, lo que habían hecho no podía ser invisible. Incluso su forma de moverse debía delatarla, no estaba tocando a un ex profesor respetado, estaba tocando a alguien había llegado mucho más hondo. No podía ser lo mismo.

-Me estás evitando.- Su voz apenas se escuchaba, sabía amarga.

-Ron va a venir.

Se equivocaron al dar una vuelta y la muchacha trastabilló pisando la capa con su tacón.

-Estarás muy complacida.

-Qué cruel eres, incluso conmigo.

Siguieron bailando en silencio, con cierta descoordinación, Snape realmente no sabía bailar y Hermione nunca había tenido soltura. La muchacha mantenía la vista neciamente en un botón de la levita del hombre.

-Dile que estás conmigo. Díselo a todos.

-Aquí no, no hoy.

El maldito vals la estaba mareando, alzó los ojos Snape miraba hacia sus zapatos seguro parecían un par de títeres aguados intentando reproducir un movimiento acertado.

-Hazlo.

-No.

Miró por el rabillo del ojo cómo el auror giraba la cabeza con impotencia, el salón seguía dando vueltas, como un carrusel.

-Si no lo haces…

Se silenció a sí mismo y le apretó la mano.

Hermione sintió algún alivio al asegurarse de que al menos no intentaría chantajearla durante esa noche.

-Tienes miedo. No tengas miedo.-Le susurró, escuchándose, era como si alguien más hubiera hablado en su lugar, ella no creía estar diciéndole eso. Severus no volvió a despegar los labios durante toda la canción. Ella volvió a la mesa, él a la barra a gruñir junto con Filch mientras se iban inundando de alcohol. A su forma Snape estaba padeciendo ésa noche, Hermione lo sabía.

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