Capítulo 36: Entelei (Burocracia)

La joven leyó y releyó el papel en sus manos. De repente fruncía el ceño, de repente lo relajaba, de repente sus manos acariciaban el papel como si con ello éste pudiera ayudarle a entender su contenido.

-"¿Por qué?"- Preguntó cuando llegó por quinta vez al final de la carta. –"¿Por qué siempre creen que con lisonjear podrán obtener todo lo que quieran?"

Saga sonrió ligeramente avergonzado.

Él sabía bien que fue durante sus malos años que los políticos griegos comenzaron a hacerse la costumbre de obtener todo lo que necesitaban a base de elogios y sobornos. Fue él el que los maleducó.

Hasta sintió algo de pena por el señor Papandreu. Seguramente se encontraba muy consternado por los repentinos cambios en la 'administración' del Santuario. Siempre es difícil acostumbrarse a los cambios, sobre todo para los hombres viejos y enfermos como él.

Apenas aquella mañana lo había visto, desconfiado y nervioso, mientras le entregaba un blanquísimo sobre con olor a loción y a tinta.

-"Dáselo a tu señora."- Le indicó, mirándolo fijamente para añadirle severidad a la orden. –"Me hubiera gustado dárselo yo mismo pero hay asuntos importantes, muy importantes qué atender."

Saga asintió, asegurándole que Atena recibiría aquel comunicado inmediatamente. Antes de que pudiese despedirse, un apagado grupo de personas se apareció en el despacho, pidiéndole al Primer Ministro que por favor se preparara para la próxima sesión del parlamento.

Papandreu se rascó la frente, suspirando con tranquilidad mientras sus pobladas cejas se desacomodaban. Se puso de pie, se inclinó levemente hacia él y desapareció con pasos lentos pero seguros por la puerta de la habitación.

El Santo de Géminis examinó con cuidado a Atena, tratando de descifrar qué era lo que pasaba por su mente. Él ya se imaginaba de lo que trataba aquella carta. El Primer Ministro llevaba meses insistiendo en aquel asunto y suponía que tardaría mucho tiempo en aceptar una derrota.

Si es que llegaba a hacerlo.

-"Saga, ¿cuántos aprendices llegaron después del ataque de Poseidón?"

-"Más de los que hubiéramos aceptado en cualquier otra situación, Atena."- Al no conocer los números exactos, decidió eludir la pregunta. Con un leve movimiento de cabeza, la mujer dio a entender que aquella respuesta había sido suficiente.

-"¿Cuántos han muerto ya?"- Géminis se mantuvo sereno, dirigiendo una mirada medio perdida a las lozas de mármol. –"¿Saga?"

-"Usted sabe que los números nunca nos han sido muy favorecedores, Atena."

-"No llevan aquí más de un año."

-"Algunos han escapado."

-"¿Cuántos han sido ya, Saga?"- Insistió.

-"No lo sé."- Deseó poder callar en ese momento. –"Pero por lo regular a estas alturas quedan poco menos de la mitad."

La Diosa se hundió en su asiento, posando su frente contra Niké. Al Santo de Géminis le pareció que le pedía consejo a la Diosa Alada.

Tal vez lo hacía.

-"El señor Papandreu cree que el Santuario es un campamento de verano. Cree que con traerme a todos esos huérfanos les está haciendo un favor. Ya ni siquiera pretende que todos son griegos. Parece ser que toda Europa piensa que nos puede usar como niñeras."

-"Con todo respeto, Atena, dudo que el ministro crea estar haciéndole un favor a esos niños. Él ya sabe del tipo de cosas que ocurren aquí."

-"Eso es aún peor. Quiere decir que nos ofrece a estos muchachos para deshacerse de ellos. Estos niños sobrevivieron a una pesadilla. No me atreveré a ponerles una prueba más. No me atreveré a acercarlos otra vez a la muerte."- Hizo una pausa. –"Si tan sólo no fuesen tantos… y si pudiéramos elegir…"

-"¿Cuándo debo de darle su negativa al ministro?"

-"Dejémoslo tranquilo por unos meses. ¿No se están haciendo enmiendas a la constitución? Seguro que tendrá suficientes problemas con eso."- Sonrió de medio lado, obviando su disfrute al ver a aquel político metido en apuros.

Si.

Saga sentía algo de pena por el señor Papandreu.

Entonces, sin previo aviso, una de las puertas del Templo se abrió, rechinando lentamente y raspando la alfombra que guiaba hacia el trono.

El recién llegado se disculpó por el ruido: no esperaba que hubiese alguien en el salón.

-"Descuida, Shion. Ya habíamos terminado."

-"Si ese es el caso, por favor permítame hablar con el Santo de Géminis por unos momentos."

La Diosa accedió sin dudarlo y se puso de pie, caminando silenciosamente a través las cortinas detrás de su trono.

-"¿En qué puedo ayudarle, su Santidad?"- A Saga aún le parecía extraño dirigirse de ese modo a Shion. Si bien era algo a lo que llegó a estar muy acostumbrado hacía unos veinte años, su resentimiento hacia él provocó que cualquier atisbo de respetuosidad desapareciera poco a poco. No le sería fácil recuperarla por completo.

-"No es nada importante. Tan sólo quiero saber cómo va la transcripción de los archivos de la Panatenea."

El gemelo parpadeó varias veces con rapidez, sorprendido de que se le hubiera olvidado aquel asunto en tan poco tiempo.

-"Para serle sincero, no tengo la más remota idea."- Mintió. Sabía que si Milo aún no había entregado uno solo de esos papeles era porque no iba ni a la mitad del trabajo. Aquello no le sorprendía: el muchacho llevaba semanas yendo de un lado para el otro perdiendo el tiempo en estupideces. Tenía suerte de que Shion fuese tan laxo. En otra situación, el Escorpión ya se hubiera ganado más de una reprimenda por su irresponsabilidad.

-"Entonces, ¿podrías preguntarle a Milo? No es que sean papeles importantes pero me gustaría cerrar el archivo cuanto antes."

-"Lo haré, señor."

Saga no se cuestionó el por qué aquella pregunta fue dirigida a él y no directamente al responsable.

Tenía qué admitir que el Patriarca estaba llevando el asunto de su 'reelección' con bastante filosofía. Más que eso, a diferencia de hacía unos meses, hasta parecía feliz de poder relegarle la mayoría de sus deberes a alguien más. (Siendo Saga casi siempre ese alguien más). Podía entenderlo. Shion fue forzado a servir a una Diosa que ya no parecía necesitarlo. Su modo de defensa fue el indicado: ¿No me necesita? ¿El Santo de Géminis ocupa tan bien mi lugar? ¡Perfecto! ¡Que sea él el que se encargue de todo lo aburrido!

A Saga no le incomodaba. Si Shion se sentía conforme cediéndole parte de sus responsabilidades, él las aceptaría con gusto.

¡Los Dioses sabían cuánto le gustaba tener el control!

Aunque fuese prestado.

Aunque ya a nadie parecía importarle.

Mientras cruzaba el Octavo Templo se recordó a sí mismo que tendría que preguntarle a Milo sobre el avance de su trabajo. Claro, preguntar para recibir una respuesta torpe y repleta de excusas tras la cual tendría que llamarle la atención.

Saga no estaba acostumbrado a que el Santo de Escorpio desempeñara mal su trabajo. Si acaso, podía llegar a hacer trabajos descuidados pero aquello no había ocurrido en más de un par de ocasiones. Sin embargo, el asunto del archivo era el colmo.

No que aquellos papeles fuesen importantes ni mucho menos (ni siquiera el Patriarca se atrevió a pretender que lo fueran) pero órdenes eran órdenes y tenían qué ser acatadas cuanto antes.

Ya se temía que algo así pasaría (¿o no trató de evitarlo por las buenas?). Como bien había dicho su hermano: bastaba con agitar una manzana acaramelada frente a Milo para que éste se lanzara a atraparla con tal de que fuese sólo suya. Kanon no era precisamente un dulce pero (por algún extraño motivo en el que ni siquiera se atrevía a pensar), el muchacho lo veía aún más atrayente que cualquier otra golosina del planeta. El estar con él le emocionaba tanto que le hacía olvidar sus deberes y pasatiempos.

¿Por cuánto tiempo más duraría aquella situación?

El gemelo mayor sabía que no sería por mucho.

Aquella relación se consumiría con la rapidez de un incendio forestal, arrasando todo a su paso y dejando tan sólo resentimientos e ira.

Kanon siempre lo echaba todo a perder.

Milo siempre se tomaba todo demasiado en serio.

La de ambos no era precisamente la mejor de las combinaciones y si, además, se consideraban los asuntos de la diferencia de edad, de carácter y la inexistente de género, todo aquello parecía la fórmula para el perfecto desastre.

Lo había dicho desde un principio: él no quería estar ahí para verlo.

Desafortunadamente, la visión fatalista de Saga no era compartida y ellos actuaban como si únicamente importara la autosatisfacción de sus egos.

Sin embargo, debía de aceptar que las cosas podrían ir peor. Al menos los rumores no habían escalado a los niveles que él temía que lo hicieran. Claro, hubo murmullos, pero nada que llamara demasiado la atención. De hecho, pocas personas parecían estar interesadas en el asunto. Saga suponía que se debía a que no se trataba de algún chismerajo vagando por el Santuario sino a un hecho comprobado y del que se hablaba abiertamente.

Bien dice el dicho: lo que todos saben, a nadie interesa.

¡Tal vez hasta fue mejor que aquella relación se formalizara! (O lo que fuera.) Al menos ahora había menos espacio para las exageraciones y las mentiras.

Aunque tenía qué admitir que era algo molesto que se refirieran a su hermano como el 'Santo de Géminis'. Estaba seguro de que por ese motivo había severos malentendidos en las cabezas de más de un habitante del Santuario. Trataría de ignorarlo; al menos hasta que alguno de esos malentendidos llegara directamente a sus oídos.

Ya se indignaría cuando ocurriera.

Por lo mientras, trataría de mantenerse en sus propios asuntos. Ya había comprobado que lo único que lograba al mostrar su indignación era incentivar a su hermano menor a molestarlo. Por eso mismo tendría qué cuidar su boca más tarde, cuando se encontrara con el Santo de Escorpio. Si llegaba a insistir demasiado en que estaba perdiendo mucho tiempo con Kanon, éste no tardaría en enterarse de lo ocurrido.

Con esos pensamientos llegó hasta Cáncer, desde donde pudo sentir la presencia de Camus rondando por el Templo de Géminis. Aquello le extrañó. Saga sabía bien del encono que el Santo de Acuario sentía hacia él (motivos para odiarlo tenía muchos) pero también sabía que aquel hombre era lo suficientemente maduro como para no hacer nada al respecto. Podría esperar una visita virulenta y hostil del Santo de Piscis, incluso del de Capricornio pero ¿Acuario?

No.

Él se bastaba con mirar de lejos con ese rostro impasible que tanto lo caracterizaba.

Cuán difícil le era el descifrar aquel rostro.

Tanto que en aquel entonces decidió ahorrarse problemas enviándolo a la lejana Siberia.

Era casi una pena que no pudiera volver a hacerlo.

-"¿Te has perdido?"- Le preguntó una vez que estuvo frente a él. –"¿O pasó algo tan terrible que te has visto en necesidad de solicitar mi ayuda?"

-"Ninguna."- Aclaró con tono despreocupado. –"Busco a Kanon."

-"¿Mi hermano? ¿Y por qué?"

Camus suspiró. Saga creyó reconocer un dejo de sarcasmo en el quedísimo silbido que emitió.

-"Porque busco a Milo."

-"Si es así, no has prestado mucha atención a tu alrededor. Ellos nunca están aquí."- Se cruzó de brazos y dio un par de pasos hacia delante. ¿Realmente Camus pensaba que él permitiría que ese par anduviese vagando por su Templo libremente? –"Ni siquiera cuando yo estoy fuera."

Camus sonrió y subió una de sus cejas. Aquel inesperado gesto incomodó al mayor.

-"¿No?"- Se alzó de hombros. –"Creo que eres tú el que no presta la atención suficiente."

Si bien aquellas palabras molestaron a Saga, decidió hacerse el de oídos sordos. No necesitaba semejantes ideas en la cabeza.

-"De cualquier forma, ellos no están aquí ahora. Deberías de esperar hasta mañana en la mañana. Parece ser el único momento en el que dejan de ser simbiontes. Kanon siempre ha sido un perezoso. Temo que Milo se vuelva cada vez más como él."

-"Milo es Milo y Kanon es Kanon. Te recomiendo que dejes de molestarte tanto con todo este asunto. Sólo lograrás conseguirte una úlcera."

-"¿Tú me lo recomiendas?"- Rió. –"¿Te irrito tanto que hasta en esto tienes qué llevarme la contraria?"

Con aquella pregunta pareció tomar a Camus por sorpresa ya que éste se tomó su tiempo en responder.

-"Probablemente sea eso."- Admitió sin el menor atisbo de vergüenza, si acaso agradecido por ver explicadas las extrañas palabras que acababa de pronunciar a favor de Kanon. Asintió con la cabeza y en menos de un segundo volvió a su estado de desinterés. –"Tengo una carta para Milo. Si lo ves, por favor hazle saber. Me parece que es importante."

-"¿Te has vuelto su cartero?"

-"¿Le dirás?"

-"Le diré. Si lo veo."

Camus emitió un forzado 'gracias' y lo pasó de largo.

Saga atinó a mirar de reojo la blanca esquinita de la mencionada carta, oculta parcialmente por la codera de la Armadura de Acuario.

Saga no pensó dos veces en aquel documento.

Si acaso, deseó que no se tratara de algún asunto que distrajera aún más a Milo.

Decidió ir a su habitación para descansar por un par de horas. Más tarde tendría que bajar a los campos de entrenamiento.

Era hora de hacer un nuevo censo.

Comentario de la Autora: Ejem... no tengo excusa para la primera parte del capítulo. En realidad el personaje de Papandreu me gustó lo suficiente como para volverlo a poner en esta segunda parte de la historia. n.n' Pero bueno... el asunto me servirá un poquito más adelante. Un poquito nada más y definitivamente no lo suficiente para justificar el que lo haya traído a colación pero soy débil. Jojo. Gomen nasai.
Mmm... creo que esos son todos los comentarios por hoy. ... esto...

XD ¿Feliz día del amor y la amistad atrasado?

¡Muchas gracias por sus lecturas y sus reviews! ¡Se irán al cielo con todo y bishies!