Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares, o nombres aquí mencionados son de mi pertenencia. Todos son propiedad de ©Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Cuento de Hadas~

Por: Devil-In-My-Shoes


Capítulo XXXVII

Kuvira rompió la espada de Asami. Partió la hoja en dos con el furioso golpe de la suya. El impacto fue tal que Asami llegó a creer que el brazo con el que sostenía la desdichada espada también se había roto. El dolor la obligó a retroceder y a inclinarse débilmente ante Kuvira. No había compasión en la mirada de la fey. Con una fuerte patada la envió al suelo helado, y la muchacha soltó al fin lo que quedaba de la que fuera la espada de Mila. El metal repicó tristemente en el vacío de la noche, sin eco, sin gloria.

—Ahora no tienes excusa para continuar luchando con ese trozo de hierro inútil —aseveró Kuvira.

Asami ignoró el hilo de sangre que le resbalaba de la boca y se esforzó por alzarse nuevamente en pie. La vibración del golpe aún le retumbaba en los huesos.

—¿Por qué? —protestó, casi sin aliento—. No tenías que…

—Sí, si tenía —la interrumpió Kuvira—. Te aferras demasiado a las cosas, tanto como a las personas. Esa forma de pensar será tu perdición. No tendrás a nadie en el campo de batalla, ni siquiera a Korra o a mí. Cuando el furor del hierro contra el acero y los gritos de los guerreros ensordezcan tus oídos, cuando hayas corrido y luchado hasta entumecer cada músculo de tu cuerpo, cuando ya no llegue aire suficiente a tus pulmones; estarás completamente sola, a merced de tus enemigos. Ya no debes, ¡ya no puedes seguir dependiendo de nadie más que de ti misma!

A Asami se le retorcieron las tripas y saboreó la bilis al plantearse lo que eso implicaba.

—¿He de luchar sola cuando el momento llegue? —dijo con gran agitación—. No sabes lo que dices. Los fey me matarían. Yo…

—No, Asami. No te matarán. Ni tú misma sabes de lo que eres capaz. En cualquier caso, las dos tenemos deberes: tú con los humanos, y yo contigo. No podemos evadirlos por el simple hecho de sentir temor. Hay demasiado en riesgo, y no podemos permitirnos fallar. —Asami no pudo más que sacudir con la cabeza mientras el pánico amenazaba con superarla. Intentó negar las palabras de Kuvira, pero era evidente que decían la verdad—. Asami, has de aceptar libremente esta carga.

—Hace apenas unos días, cuando te encontré en la taberna, me dijiste que: "Lo que me da forma es mi destino…", que nací con un corazón humano y el alma de un dragón. Pero por más que lo intento no consigo entenderlo, Kuvira. Por favor… —suplicó—. Dime qué significa ser la hija de Akaren…

—No lo sé —admitió—. Ni siquiera tu madre parecía saberlo a ciencia cierta. Lo único que parece seguro es que la magia de la creación corre por tus venas, como lo haría por las de un Dragón Elemental. Tu facilidad para dominar el idioma antiguo, la lengua de los dragones, lo delata. Es nuestra esperanza que puedas pronunciar algún día el "Nombre de Todos los Nombres".

Asami dio un paso tentativo hacia la fey. Sentía que sus pies se hundían en la espesa nieve, como si atravesara arenas movedizas, y el frío intenso de aquella noche nevada disminuyera el latir rítmico de su corazón.

—Sigues repitiendo eso, como si yo supiera lo que es.

—¿Qué otra cosa podría ser, sino el nombre verdadero del idioma antiguo?

Asami se pasmó ante aquella declaración.

—No existe tal cosa… —titubeó—. ¿O si?

Kuvira exhaló una densa nube blanca con su aliento.

—Sí existe, pero nadie lo sabe. Es una palabra de increíble poder, mediante la cual se podría controlar el idioma completo y a todos aquellos que lo usan: "El Nombre de Todos los Nombres", la voluntad del mundo entero en tus manos… Muchos humanos y fey dedicaron su vida a encontrarla, pero sólo uno tuvo éxito. Uno que está maldito, condenado a vivir por siempre sin poder pronunciar jamás ninguna palabra. El último hijo mestizo de las dos razas, antes de mí por supuesto. Es irónico de principio a fin.

—Si Arquímedes tiene ese conocimiento en su poder, ¿cómo es que la Reina fey aún no ha ido tras él?

—No tuve oportunidad de preguntárselo a tu madre. Ella fue quien… —Kuvira desvió la mirada y murmuró con disgusto—. Confórmate con lo que te he dicho, Asami.

—¿Por qué no quieres contarme lo que ocurrió ese día? —insistió la joven—. ¿Por qué te niegas a hablarme sobre mi madre? Si en verdad la viste en el reino Aeris, entonces, dime cómo era ella, cómo sonaba su voz, cómo era su mirada… ¿Sabes? Ya casi no puedo recordarla. Mientras más lo intento, más la olvido. En verdad, ¿fui alguna vez su hija?

La rabia de Kuvira amainó, y la fey quedó con el rostro blanco y los hombros caídos.

—Ya no soy nada —susurró y dejó caer la espada que sujetaba, de manera que la punta se clavó en la nieve y la luz de las antorchas iluminó una amplia grieta en la delgada hoja de acero.

Aquella simple espada humana también se había roto a manos de Kuvira.

—Sé que es duro para ti —la animó Asami, hablando despacio y con amabilidad—. He madurado lo suficiente para comprender lo que es amar a otra mujer, y temo que mi mundo se venga abajo si llegara a perderla. El dolor que sientes quizá sea inimaginable para los demás, pero no para mí. Por favor, Kuvira… Habla conmigo. Tengo derecho a saber qué fue de mi madre.

—Aunque estábamos unidas, no conseguí predecir lo que Yasuko iba a hacer. Aquel día… Cuanto más me dijo de sí misma, más cuenta me di de lo distintas que éramos. Siempre supe que Yasuko era especial, aún cuando era poco menos que una niña humana, pero nunca imaginé que fuera la forma reencarnada de Akaren. Incluso su nombre verdadero lo ocultaba, tanto para sí misma como para los demás. Y aún después de saber quién era ella en realidad, yo…

Entonces Kuvira hizo la primera afirmación que a Asami le pareció verdaderamente sabia:

—A menudo amamos a quienes nos resultan más ajenos. Es probable que a Yasuko y a mí nos hubiese costado decenios entendernos del todo mutuamente. Un vínculo con un Dragón Elemental no se parece a ninguna otra relación: es una obra en permanente creación. —Miró a la joven—. Así como tú, pequeñaja. Quizá nadie, ni siquiera tú misma, podrás llegar a comprender totalmente lo que eres; lo que significa tener corazón humano y alma de dragón. Sin embargo, ¿de qué serviría eso? Sería como tratar de buscar el final del horizonte. ¿No crees que es más satisfactorio contemplarlo y disfrutar de su belleza? Asombrarte con cada nuevo color y celaje en el cielo…

—No sé si pueda conformarme con eso —confesó Asami, consciente del nuevo torrente de ansiedad que recorría su cuerpo.

—Tendrás que aprender a hacerlo. Ahora ven. El frío del invierno comienza a calar en ti.

Salieron del patio de entrenamiento en silencio, similares a dos sombras que se arrastran por la nieve. Asami notó que tenía los dedos de las manos entumidos y una delgada capa de hielo le escocía en las pálidas mejillas. Al haber cesado el furor de su combate con la fey, el fuego interno que la había mantenido inmune ante el frío se había extinguido. Ahora temblaba y observaba con frustración cómo su piel se quemaba por el hielo. Kuvira tenía una tolerancia mayor al frío, o al menos eso pensaba. Jamás dio indicios de sentirse aterida. Asami la envidió por ello.

Korra había sido nombrada Cazadora Real apenas esa mañana. Desde entonces, a Asami no se le concedió ni un minuto de descanso. La última vez que vio a su amada ese día fue poco después de la ceremonia cuando, tras un brindis de celebración, cada una de las líderes de las tribus cazadoras acudió a los pies de Korra para jurarle lealtad. A Asami le hubiera gustado quedarse con ella, en especial para ver a su rival Azula postrarse a regañadientes cuando su turno llegara, no obstante, Kuvira la obligó a marcharse mucho antes de eso. Sobre los hombros de la fey, el viejo felino Arquímedes la abrumó con el rojo brillante de sus ojos.

Mañana irás a la guerra, fricai, es preciso que te instruya mientras aún haya tiempo para hacerlo —le dijo—. Te entrenarás más deprisa de lo que lo haya hecho o lo vaya a hacer jamás ningún otro guerrero fey, pues Kuvira y yo debemos condensar cuatro decenios de conocimiento y tácticas en las pocas horas que le restan a este día…

Asami se sentía como si estuviera a punto de embarcarse en un largo viaje y debiera despedirse de quienes dejaba atrás. Sin embargo, se limitó a mirar a Korra y sonreír, permitiendo que se notaran su asombro y su alegría por el título que ella acababa de adquirir. En respuesta, la joven cazadora frunció el ceño a medias, como si estuviera preocupada, sin más remedio que dejarla ir al lado de Kuvira y Arquímedes.

A partir de ese momento, Asami recibió el entrenamiento más duro de su vida. No supo cómo, pero de algún modo extraordinario, la fey y el anciano felino combinaron sus conocimientos y los derramaron sobre ella sin un ápice de compasión. Por primera vez puso a prueba el uso de la magia en combate y se batió con Kuvira en un duelo que se le hizo infinito. Los regaños y las instrucciones de Arquímedes le avasallaban la mente con la misma fuerza y frecuencia con la que lo hacían los golpes de espada de Kuvira. Ni siquiera podía parpadear sin que ello significara una distracción fatal, que culminaba en otro de los cientos de terribles moretones que le desfiguraron la carne ese día.

Tal fue la intensidad de sus ejercicios, que Asami llegó a temer que no los sobreviviría. Sin embargo, con el paso de las horas y tras miles de dolorosas caídas, Asami descubrió que comenzaba a seguirle el ritmo a Kuvira. Sonrió de pura alegría, como si le hubieran concedido un indulto. Sus recelos se evaporaron y pasó con fluidez de una postura a la otra —pese a que la mayoría exigía más flexibilidad de la que tenía—, con una energía y confianza que no había vuelto a tener desde antes de su batalla contra Azula.

Con la llegada de la tarde, Asami ya era capaz de esquivar o desviar los golpes de la fey. Y aunque jamás tuvo oportunidad de asestarle alguno, supo que si llegara a medirse nuevamente contra Azula en combate, la historia sería muy distinta a la anterior. La velocidad de su progreso la asombraba, pero no tanto como lo hacía Kuvira. Korra le había contado que la fey había sido su maestra, y Asami al fin podía comprender por qué la joven cazadora le tenía tal respeto. Durante todo el entrenamiento, Kuvira mantuvo una compostura impecable, como si estuviera paseando por un jardín. Sus instrucciones eran más tranquilas y pacientes que las de Arquímedes, pero absolutamente implacables. No le permitía el menor desvío del camino correcto.

Y terminó por destrozar la hoja de la espada que Asami había empuñado por tanto tiempo.

Antes de abandonar el patio de entrenamiento, Asami recogió los trozos de su espada rota y los envolvió cuidadosamente en la tela de su capa. Mientras contemplaba el maltratado hierro, ella se planteó llevar la espada a la herrería del palacio, donde procedería a suavizar las irregularidades de la hoja, cerrar las melladuras de los bordes y devolverle la fuerza del templado. Se preguntó, no obstante, si debía hacerlo. Aquella espada jamás fue la adecuada para ella. Había sido un generoso préstamo de Mila; Asami no podía negarse a aceptarla, ni lamentaba haberlo hecho.

Le debía la fortaleza de sus brazos, nacida del esfuerzo por blandir su peso. Y le debía además, su vida, pues la ayudó a defenderse durante repetidos encuentros mortales. Pero la espada de Mila no podía tolerar su magia, y ella tampoco podía continuar luchando con un arma que entorpecía sus movimientos y amenazaba con lesionar su brazo.

«Necesito una espada, pero no ésta», pensó.

Finalmente decidió envolver los trozos del arma y llevársela al palacio, con el único fin de regresársela a su legítima dueña, tal y como lo había prometido desde un principio. Y así, siguió a Kuvira a través de los jardines reales. Caminaban en silencio, concentradas en la marcha. Las piernas de Asami aún sangraban en los puntos en que la fey la había impactado con el filo de su espada, de modo que la joven empezó a hablarle para no fijarse en ese malestar.

—No creo haber nacido para ser una guerrera, y heme aquí, apunto de sumarme a la guerra que decidirá el destino de la humanidad. Sé que he mejorado algo, pero, ¿crees que algún día llegaré a ser tan fuerte como tú?

Kuvira detuvo su avance sobre el terreno escarchado un momento antes de contestar.

—Eres la hija de Yasuko, Asami. Incluso en tus momentos más débiles, eres más fuerte que yo —la mirada de la fey se enturbió, como si estuviera contemplando una escena recóndita—. Tu madre… La última vez que la vi lo comprendí. Era mujer y era dragón, ambos al mismo tiempo. Era la encarnación de la emoción: amaba, odiaba y lloraba; lo desafiaba todo y rechazaba todas las cadenas que alguna vez intentaron capturarla. Diga lo que diga sobre ella, siempre quedará algo que no se puede explicar. No era la misma persona que te crió de niña, ni era la misma mujer que amé.

Un copo de nieve cayó sobre la nariz de Asami y un escalofrío entintado de tristeza la estremeció.

—Y sin embargo —continuó Kuvira—, a pesar de haber regresado a mí como la poderosa Akaren, aún conservaba dentro de sí una peculiar chispa de ingenuidad humana. A veces era difícil verla, pero estaba allí, era Yasuko. No temas olvidar cómo era ella, porque físicamente te le pareces mucho, aún en su forma de diosa caída. Es doloroso, pero cada vez que miro tu rostro, la veo también a ella. Sus ojos, su cabello, su sonrisa...

—Gracias —suspiró Asami, conmovida—. Por compartir ese recuerdo de mi madre conmigo.

—Fui egoísta al no decirlo antes —repuso la fey, aunque sin voltearse hacia la joven—. Yasuko merece ser recordada, en especial por su hija. En el interior siempre fue una mujer llena de dignidad, de orgullo y… de amor para dar. En última instancia ésa fue su desgracia.

Dijo esto y luego siguió caminando bajo la oscuridad.

Asami soltó un suspiro tembloroso.

—Una vez la vi —susurró—. Me encontraba en tu jardín y alimenté la tierra de sus flores preferidas con mi sangre. La vieja curandera de mi pueblo solía decir que la sangre les da fuerza a los muertos, fuerza para regresar, aunque fuera por unos momentos, a nuestro mundo. Y así fue. Mi madre volvió como un espectro y habló conmigo. ¿Crees que…?

—Eso no volverá a funcionar —la cortó Kuvira—. Lo que viste era la sombra de un momento olvidado, un pálido reflejo de lo que una vez fue y que continuaba rondando por la Tierra, deseando terminar algo inconcluso. Nada más que un fantasma… Ella ya no regresará jamás.

—Lo imaginé.

Asami se quedó mirando el suelo nevado, sin ganas de moverse, y luego se adentró junto a Kuvira en las murallas del palacio.


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El príncipe Mako abrió los ojos.

Lo primero que vio fue un techo abovedado cubierto de mosaicos con motivos rojos, azules y dorados que formaban un complicado dibujo, y lo abarcaba todo. Su mirada quedó atrapada en éste durante un buen rato. Luego, con esfuerzo, consiguió apartar los ojos de allí. En algún lugar, a sus espaldas, había una fuente de luz que ofrecía una iluminación anaranjada y que dejaba a la vista una sala octogonal. Pero era una luz tenue, que no conseguía borrar las sombras que se proyectaban en las esquinas, arriba y abajo. Tragó saliva y se dio cuenta de que tenía la garganta seca.

Estaba tumbado sobre una superficie fría, rasposa y muy dura. Al tacto de las plantas de los pies le parecía piedra. Sentía un frío terrible metido en los huesos, y eso hizo que se diera cuenta de que lo único que llevaba puesto era el fino pantalón negro con el que había estado luchado momentos antes de su captura.

«¿Dónde estoy?»

Los recuerdos regresaron a su mente de inmediato, sin orden ni concierto: un galope involuntario que todavía le resonaba en la cabeza con una fuerza que era casi física.

Aguantó la respiración e intentó sentarse —retorcerse, escapar, luchar si tenía que hacerlo—, pero no pudo moverse más que unos centímetros a cada lado. Unas argollas metálicas lo sujetaban por las muñecas y los tobillos a la losa de piedra, impidiéndole todo movimiento. Movió con energía las manos y las piernas, pero las argollas eran demasiado fuertes para que pudiera romperlas.

Mako soltó aire y se quedó inmóvil, mirando el techo. Se sentía el pulso en los oídos, veloz. Tenía un calor insoportable: las mejillas le ardían, y notaba las manos y los pies hinchados.

«Parece que así es como voy a morir...»

Por un momento la desesperanza y la tristeza embargaron al príncipe. Casi no había empezado a vivir la vida, y ya estaba a punto de acabar. E iba a hacerlo de la manera más vil y miserable de todas. Y, lo que era aún peor, no había conseguido llevar a cabo ninguna de las cosas que había deseado hacer. Su único legado eran las batallas y los cuerpos de los muertos; las estrategias, demasiado numerosas para recordarlas; los juramentos de amistad y de lealtad que valían menos que la promesa de un comediante, y un ejército variopinto y vulnerable que, con suerte, sería dirigido por una cazadora más joven incluso que él.

Le pareció que era un pobre legado para que su nombre se recordara.

No sabía qué había sido de su hermano menor Bolin. Quizás también había muerto a manos de los fey. Quizás la Ciudadela Real ya había sido invadida. Quizás ya todo se había perdido… Mako sentía que era el último de los suyos. Cuando muriera, no quedaría nadie para continuar la línea de la familia real. Ese pensamiento le dolió, y se recriminó no haber tenido hijos cuando podía.

—Lo siento —dijo en un susurro, viendo el rostro de su padre delante de él.

Pero luego decidió dejar a un lado esos sentimientos. El único control que podía ejercer en ese momento era sobre sí mismo, y no estaba dispuesto a renunciar a éste para sucumbir a sus dudas, sus miedos y remordimientos. Mientras pudiera dirigir sus pensamientos y sus sentimientos, no estaría del todo perdido. Esa era la más pequeña de las libertades —la de disponer de la propia mente—, pero se sintió agradecido de tenerla. Saber que quizá muy pronto incluso esa libertad le sería arrebatada hizo que su determinación fuera mayor.

Cuando la conmoción del primer momento hubo pasado, el tedio de la espera empezó a pesarle. La única manera que tenía para calcular el tiempo era con sus sensaciones de hambre y de sed, pero el hambre iba y venía a intervalos. El príncipe intentó medir el transcurso de las horas contando, pero esa actividad lo aburría y a partir del diez mil perdía la cuenta.

A pesar de que estaba seguro de que lo que le esperaba era terrible, deseó que sus captores aparecieran ante él para poder verles la cara. Antes ni siquiera estaba seguro de que la tal reina fey existiera, pero ahora, la perspectiva de saberse en su poder lo enfermaba de los nervios. Gritó durante mucho rato, pero la única respuesta que obtuvo fue el eco de su voz.

La luz que había a sus espaldas no se apagaba nunca, ni tampoco se hacía más tenue. Supuso que era una lámpara sin llama, parecida a las que fabricaban los aeritas en su lejana isla. Esa iluminación hacía que dormir le resultara difícil, pero al final el agotamiento pudo con él y Mako empezó a dormitar.

La posibilidad de soñar lo aterraba. Dormido era cuando más vulnerable se encontraba. Tenía miedo de que en su inconsciencia pudiera ser víctima de una tortura mental, algo de lo que sólo eran capaces los fey. Pero no tenía mucho poder de elección en ese asunto. En un momento u otro se dormiría, y obligarse a permanecer despierto no haría más que empeorar las cosas. Así que durmió. Pero su descanso fue intermitente y poco profundo.

Lo despertó un fuerte golpe.

Oyó que se abría un cerrojo en algún punto por encima y por detrás de él. Luego, el crujido de una puerta al abrirse.

El corazón se le aceleró. Le parecía que debía de haber transcurrido un día entero desde que había recuperado la consciencia. Estaba sediento, y tenía la lengua hinchada y pegajosa. Además, le dolía todo el cuerpo de estar tanto tiempo en la misma posición.

Unos pasos que bajaban unas escaleras. Unas botas de suela suave sobre la piedra del suelo… Una pausa. Un sonido metálico. ¿Llaves? ¿Cuchillos? ¿O algo peor?… Luego, más pasos. Ahora se acercaban. Cada vez más…, más…

Un hombre fornido que vestía una túnica de lana gris apareció en su campo de visión. Un fey sin duda, por el brillo sobrenatural de su blanca piel. Se acercó a Mako con pasos cortos, rápidos y precisos. Casi delicados. Resollando suavemente, el hombre se apoyó en la alta losa de piedra sobre la que se encontraba Mako y lo miró.

Era hermoso.

Las leyendas decían que todos los fey lo eran; que su apariencia resultaba siempre irresistible para los humanos. Sin embargo, en el calor de la batalla; cubiertos con sus yelmos de oro y plata, Mako jamás había tenido oportunidad de apreciar la mística belleza del rostro de los fey.

El hombre le recorrió el cuerpo con la mirada. Mako tomó plena conciencia de lo poco vestido que estaba. Eso lo hacía sentir vulnerable, como si no fuera más que un juguete o una mascota destinada al disfrute de ese tipo. Las mejillas se le encendieron por la rabia y la humillación.

Decidido a no permitir que él mostrara cuáles eran sus intenciones, quiso hablar, pedir agua, pero tenía la garganta demasiado reseca y sólo pudo emitir un sonido entrecortado. El fey de la túnica gris chasqueó la lengua en señal de desaprobación y, para sorpresa de Mako, empezó a quitarle los grilletes.

Mako, en cuanto se vio libre, se sentó en la losa de piedra y fue a golpear al fey en el cuello con la mano derecha. Pero éste, sin ningún esfuerzo, le cogió la mano antes de que lo consiguiera. El joven príncipe soltó un gruñido y fue a clavarle las uñas de la otra mano en los ojos. Pero el fey le cogió también la otra muñeca. Mako se retorció a un lado y a otro, pero el fey tenía mucha fuerza y su puño parecía de piedra.

Frustrado, Mako se inclinó hacia delante y clavó los dientes en el antebrazo derecho del fey. Probó la sangre en la boca, salada y picante. Se atragantó, pero continuó mordiendo a pesar de que la sangre se deslizaba ya por la comisura de sus labios. Notaba, entre los dientes y contra la lengua, los músculos del antebrazo del fey, que se movían como serpientes atrapadas, intentando escapar.

Aparte de eso, el tipo no hizo nada.

Al final, Mako soltó su brazo, echó la cabeza hacia atrás y le escupió la sangre en la cara. Incluso entonces el fey continuó mirándolo con la misma expresión vacía, sin parpadear y sin expresar el más mínimo dolor ni furia.

Mako tiró de las manos y levantó las piernas para darle una patada en el estómago. Pero el fey le soltó una muñeca y le dio una fuerte bofetada en la cara.

El joven príncipe vio una potente luz blanca con los ojos cerrados y le pareció que algo explotaba a su alrededor sin emitir el menor ruido. La cabeza se le torció a un lado, los dientes castañetearon y un dolor insufrible le recorrió toda la columna vertebral.

Cuando recuperó la visión, miró al fey, pero no hizo ningún otro intento de atacarlo. Se había dado cuenta de que se encontraba a su merced… Se había dado cuenta de que, si quería vencerlo, necesitaba encontrar algo para clavarle en los ojos o con que cortarle el cuello.

El fey le soltó la otra muñeca y se metió la mano debajo de la túnica, de donde sacó un pañuelo blanco. Con él se secó la sangre y la baba de la cara. Luego, se envolvió el brazo herido y ató los extremos ayudándose con los dientes. Después, agarró a Mako del brazo. El príncipe dio un respingo al notar sus dedos largos y finos alrededor de su carne. El fey lo arrastró fuera de la losa de piedra, pero las piernas no lo aguantaron cuando Mako quiso poner los pies en el suelo. Se quedó colgando de la mano del fey, como un muñeco de paja, con el brazo doblado por encima de la cabeza en un ángulo forzado.

El fey lo obligó a ponerse en pie, y esta vez Mako consiguió sostenerse sobre sus propias piernas. Sin soltarlo y sirviendo de apoyo, el fey lo llevó hasta un corto tramo de escaleras que conducían a una gran puerta, la misma por la que había entrado su carcelero.

Entonces el príncipe Mako supo dónde se encontraba.

Al salir del calabozo, el fey lo condujo por largos pasillos de mármol veteados de gris, pasando por bancos de ventanas soleadas, y por una rotonda en la que la estatua de un unicornio levantaba su cabeza hacia el abovedado techo de cristal. A sus pies un fénix de piedra extendía las alas. Pasaron junto a varios fey, que vestían túnicas de tonalidades entre el blanco y el azul pálido, y que parecían desaparecer de la vista tan pronto como Mako posaba la mirada en ellos. El efecto le resultó inquietante; le hizo preguntarse si todo el palacio de la reina fey era nada más que una extraordinaria ilusión.

Finalmente, llegaron a la sala del trono subiendo un último tramo de escaleras, que culminó en unas gigantescas puertas de secuoya blanca. A Mako le recordaron las puertas de la cámara de la corte de su padre; incluso tenían asas similares en el centro. Éstas se abrieron para dar paso a un pasillo largo y ancho; las ventanas a lo largo de una de las paredes daban vista a un jardín esculpido en medio de un perfecto bosque de piedra negra.

Los habitantes del castillo de cristal se revelaron sin aviso previo en un remolino de movimientos frente a Mako, como agujas de pinaza revoloteadas por la brisa. Luego captó el movimiento de alguna mano, un pálido rostro, un pie calzado con sandalias, un brazo alzado... De uno en uno, algunos fey aparecieron envueltos en haces de luz, con sus ojos almendrados fijos en el príncipe humano.

Las mujeres llevaban el cabello suelto. Les caía por la espalda en cascadas de plata y azabache, trenzado con flores frescas, como la fuente de un jardín. Todas poseían una belleza delicada y etérea que ocultaba su fuerza inquebrantable; a Mako le parecieron inmaculadas. Los hombres eran igual de sorprendentes con sus pómulos altos, sus narices finamente esculpidas y sus gruesos párpados. Ambos sexos se ataviaban con túnicas rústicas verdes y plateadas, y con flecos de oscuros tonos rojizos y dorados.

«Sin duda, no son más que demonios hermosos», pensó Mako sin dejarse cautivar.

En el otro extremo de la habitación, cientos de ramas de pino se fundían para formar un techo de celosía. Debajo había seis sillas alineadas a lo largo de las paredes laterales. En ellas reposaban tres jóvenes fey, con sus semblantes suaves, sin rastro de edad, y ojos entusiastas que brillaban de excitación. Al contrario que los demás fey, éstos llevaban al cinto espadas en cuyas empuñaduras relucían granates y berilos, y sus frentes estaban adornadas con diademas de plata. Mako comprendió que estaba delante de los príncipes fey. Sin embargo, tres de los puestos, dos de la izquierda y uno de la derecha, se encontraban vacíos.

¿Qué había sido del resto de los príncipes?

Un estrado sostenía un magnífico trono de cristal acolchado en seda dorada, justo en medio de las seis sillas, tres a su derecha y tres a su izquierda, desde las que los príncipes fey observaban al humano cautivo. Sentada allí, orgullosa e imperial, estaba la reina de los fey. Cuando lo vio entrar, Suyin se inclinó un poco hacia adelante, y apoyó su mano derecha en el reposabrazos del trono.

Fue un largo camino hasta el estrado, y sus pasos hicieron eco en la habitación de techo alto. El carcelero llegó primero ante la reina y se inclinó profundamente antes de entregarle al humano. A pesar de que ambos hablaron en su extraña lengua natal, Mako reconoció su nombre, y cuando los ojos de Suyin se posaron sobre él, se estremeció. El rostro de la reina era resplandeciente, sin edad; su mirada del color del jade.

Era hermosa, pero la suya era una belleza temible, como el borde espejado de una espada finamente forjada.

Una capa de terciopelo negro se cerraba en torno a su cuello y caía hasta el suelo en lánguidos pliegues. Pese a su porte imponente, la reina parecía frágil, como si escondiera un gran dolor. Y fue así que Mako se percató de que, todos los miembros de la familia real fey vestían prendas negras; estaban de luto.

Junto a la mano izquierda de la reina Suyin había un cilindro curvado con una cruceta grabada. Un cuervo blanco se aposentaba en ella y cambiaba la garra de apoyo una y otra vez con impaciencia. El ave alzó la cabeza y repasó a Mako con una inteligencia asombrosa, luego soltó un largo y grave graznido, y aulló:

—¡Marbh!

Mako se estremeció por la fuerza de aquella única palabra graznada, muy a pesar de que su significado le era un misterio.

Entonces la reina Suyin habló en el lenguaje de los humanos. Su voz era suave, profunda y decidida. Cualquier bardo que hubiera poseído un instrumento tan exquisito habría visto su nombre alabado y habría sido considerado un maestro de maestros. Su sonido erizaba la piel; sus palabras parecían bañar a Mako con unas cálidas olas que lo acariciaban, lo cautivaban y lo esclavizaban.

—Bienvenido, Príncipe Mako, hijo de San. Bienvenido a esta, mi casa bajo las antiguas rocas de cristal de Élan. Hacía mucho tiempo que un invitado tan distinguido como tú no nos honraba con su presencia. Mis energías han estado ocupadas en otros asuntos, pero te aseguro que de ahora en adelante no abandonaré mi deber de anfitriona.

Por fin, su voz había adoptado un tono ligeramente amenazador.

Mako sólo había visto a Suyin en persona durante una ocasión: el día en que la Cazadora Real Izumi cayó en batalla, asesinada por su mano. Pero el efecto que la voz de esa fey tenía en él era tan visceral, tan poderoso, que no tuvo ninguna duda de que se trataba de la reina Suyin. Tanto en su acento como en su pronunciación había cierta cualidad ajena, como si el idioma que estuviera hablando no fuera el mismo que el suyo. Era algo muy sutil, pero difícil de ignorar cuando uno se había dado cuenta.

Suyin lo estudió atentamente, y Mako tuvo que apartar la mirada para evitar sus ojos. Se dio cuenta de que no había muebles en toda la habitación a excepción de su trono y los de sus hijos; todos los visitantes tenían que pararse o arrodillarse ante ella. Era un viejo truco; su padre empleaba la misma estrategia. Aquel pensamiento lo galvanizó. Y Mako se permitió mirar un poco más allá de la reina fey mientras hablaba, para que no tuviera que soportar toda la fuerza de su verde mirada.

Suyin se levantó y descendió del trono, arrastrando la capa negra tras ella. Se detuvo delante de Mako, le apoyó una mano en el mentón y dijo con un potente vibrato:

—Eres más joven de lo que había esperado. Sabía que eras joven, pero, a pesar de ello, me sorprende ver que no eres más que un niño. Pero muchos me parecen niños hoy en día: niños imprudentes, alocados y engreídos que no saben lo que les conviene; niños que necesitan ser guiados por quienes son más viejos y más sabios.

—¿Como tú? —repuso Mako con ironía.

Él no sabía de dónde sacaba el valor para pronunciar esas palabras, pero se sentía fuerte y con ganas de desafiarla. Tanto si Suyin lo castigaba como si no, estaba decidido a decir lo que pensaba.

La reina rió.

—Ah, pero yo soy más que la experiencia de mis años de vida. Poseo los recuerdos de cientos de personas, de vidas y más vidas: amores, odios, batallas, victorias, derrotas, lecciones aprendidas, errores… Todo ello está en mi mente y su sabiduría susurra en mis oídos. Mi memoria se remonta a eones de antigüedad. En toda la historia no ha existido nadie como yo.

—¿Por qué? —preguntó Mako en un susurro—. Si eres tan sabia y poderosa, ¿por qué haces esto?

—Sin duda conoces la historia, pequeño Príncipe. ¿O acaso crees que se trataba de una simple leyenda? Hoy humanos y fey somos enemigos mortales. Pero alguna vez, todo fue distinto. Una vez, nuestras tierras estuvieron más estrechamente entrelazadas. Hubo una época en la que nuestra gente se mezclaba entre sí. Empero, no fue un tiempo enteramente pacífico. Los fey vivimos tantas generaciones más que ustedes los humanos... Muchas de las cosas que recordábamos, ustedes las olvidaban. No podíamos coexistir, pues siembre nos malentendíamos los unos a los otros.

»Entonces, estalló la guerra. Una larga y sangrienta guerra. Se perdieron innumerables vidas entre mi gente, así como entre los tuyos. En última instancia, surgieron las cazadoras y los fey nos vimos obligados a huir a esta diminuta dimensión; este recóndito espacio entre realidades, donde ya nadie alberga un corazón latiente en su pecho. Se nos condenó a morir, aislados del mundo. Poco a poco, los humanos se olvidaron también de nosotros…

La reina miró a Mako, quien distinguió un rastro de desconsuelo en su rostro, y por primera vez, el glamour del que hacía alarde se agrietó. Suyin no parecía vieja en un sentido humano, pero había siglos en ella, y había, también, dolor.

—Durante más de un siglo luché por restablecer las fuerzas de mi pueblo, y ahora por fin y de una vez por todas, ¡reclamaremos lo que debió haber sido sólo nuestro desde un principio! —Suyin apretó los puños. Hablaba con frialdad, pero parecía como si estuviera haciendo un esfuerzo monumental para poder contener sus emociones bajo control. Una vena azul palpitaba en su sien derecha. Y Mako comenzó a tensarse; tenía el terrible presentimiento de saber lo que la reina estaba a punto de decir—. ¡La tierra bajo el cielo y las aguas del mar han de volver a nuestras manos! ¡Y los humanos…! ¡Ustedes no merecen otro destino más que la aniquilación total!

El joven príncipe no sabía qué decir. Al final, apretando la mandíbula, soltó:

—¡Mátame entonces! ¡Pero aunque mueran mi padre y mi hermano, y aunque mueran miles de soldados más, siempre habrán humanos que se opondrán a ti! Una cazadora venció a los fey hace cien años, ¡y puedo asegurarte que de entre ellas surgirá una que le pondrá fin a tus ambiciones!

—¿Una cazadora dices? —Suyin se rió—. ¿Crees que debería temerle a una simple cría humana? ¿Crees que le temo a esa a la que llaman "Korra"? Oh, pobre de ti. Aún no lo comprendes… No te he traído aquí porque desee torturarte hasta que me digas todo lo que sabes al respecto. No puedes decirme nada que yo no sepa ya. El número y localización de tu ejército; el estado de tus provisiones; de qué manera planeas atacar a mis guerreros; los deberes de Korra y la Partida de Caza Real, sus costumbres y habilidades; su ascenso como Cazadora Real; incluso los poderes que posee Asami Sato, la joven bruja que viaja a su lado. Todo eso lo sé, y más. Mucho, mucho más…

Aquello trastornó a Mako, pero se esforzó en no dejarse descorazonar.

—Entonces, ¿por qué?

—¿Que por qué te hemos traído aquí? Porque, querido, eres el heredero al trono del mundo humano. Yo tuve una heredera una vez: se lo di todo a esta chica, cada delicadeza, cada lujo, cada privilegio que podía otorgarle, pero ella jamás se sintió satisfecha. Era obstinada, no sólo rechazó todo cuanto le ofrecí, sino que me rechazó a mí, a sus hermanos e incluso su propia naturaleza… Todo porque se enamoró de una miserable humana. Y no contenta con eso, le arrebató la vida a mi hija menor, la Princesa Opal. ¿Cuántos hijos más debo perder por su culpa? Mi pequeño Príncipe Wei murió a manos de esa desdichada humana, ¡esa maldita Asami que acarrea la herencia blasfema de su madre! ¡Oh, lo disfrutaré! ¡Disfrutaré tanto matándolas a ambas!

—Un señuelo, eso es en lo que pretendes convertirme —concluyó Mako—. ¿No es así? El Ejército Real vendrá a rescatarme, y con ellos también vendrán todas esas personas de las que buscas vengarte. ¡Habría que ser un imbécil para caer en una trampa tan predecible como ésa!

Suyin sonrió para sí misma, regresó a su trono, tomó asiento cómodamente en él y se echó sobre un brazo la capa de terciopelo negro.

—No pensarás lo mismo cuando entierres tu espada en el corazón de la joven Cazadora Real y desates caos y pánico entre sus tropas —dijo con suavidad—. La muerte de la cazadora Korra será sólo el comienzo de mi perfecto sueño de venganza...

—¡No! ¡Jamás me convertiría en uno de tus asesinos malditos!

La reina le dirigió una mirada inquietante.

—No necesito un asesino. Necesito un cazador… Mi propio Cazador Real. Si mi heredera me traiciona, entonces el heredero de los humanos ha de traicionarlos a ellos también. Justicia poética.

Al escucharla, Mako se sintió atenazado por el terror. Lo que le estaba proponiendo era mucho peor de lo que él había imaginado.

—¡Antes muerto! —repuso el príncipe, escupiendo.

Suyin soltó una carcajada que resonó en toda la habitación: era una mujer que no temía nada, ni siquiera la muerte. Sólo entonces comprendió que él no significaba nada para la reina fey. Mako hubiera aceptado que Suyin lo odiara, que sintiera un placer perverso en torturarlo… Pero no demostraba nada de eso. Ella era completamente indiferente, no poseía la más mínima empatía. Lo podía matar en aquel mismo momento, y no le hubiera provocado más sentimiento que si hubiera pisado una hormiga.

—Oh, joven y bello príncipe; valiente Mako, hijo de San —lo alabó la reina—. Todo el mundo tiene un límite, tanto físico como mental. La única pregunta es cuánto tardarás en llegar a ese punto. Y llegarás, te lo prometo. Quizá tu fuerza lo aplace, pero no lo podrá evitar. ¿Por qué, pues, sufrir sin necesidad? Nadie cuestiona tu coraje: ya lo has demostrado ante todo el mundo. Ahora tienes que ceder. No es vergonzoso aceptar lo inevitable. Continuar significará tener que soportar una serie de torturas, sólo para satisfacer tu sentido del deber. Deja que tu sentido del deber se sienta satisfecho ya, y júrame lealtad.

Mako oyó una palabra resonar en su oído interno, como el tañido de una gran campana. El mismo mundo pareció vibrar con ese sonido, como si un gigante hubiera tañido las cuerdas de la realidad y estas todavía vibraran. Por un momento le pareció que caía en el vacío, y el aire a su alrededor brilló como si fuera agua. A pesar del poder de esa palabra, no era capaz de recordar qué letras la formaban, pues la palabra había traspasado su mente y solo había dejado a su paso el recuerdo de su fuerza.

No le habían puesto nada en la boca para que mordiera, así que no pudo hacer otra cosa que gritar. La sala del trono de cristal se llenó con los ecos de su agonía hasta que la voz le falló y una oscuridad absoluta envolvió por completo al príncipe Mako.


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Nunca tuvo certeza de hacia dónde la estaba guiando Kuvira, tenía la esperanza de que la llevaría con Korra, a quien no había visto desde su nombramiento oficial, sin embargo pronto descubrió que pasaría la noche en las barracas, donde se había hospedado varios días antes de la ceremonia de nombramiento, y no en los aposentos de la Cazadora Real como era ahora su costumbre.

Cuando percibió que llegaban, Arquímedes se echó sobre el alféizar de la ventana y se encogió como si ya no le quedara voluntad para permanecer erguido. Asami nunca lo había visto así, parecía cien años más viejo, como si todo el peso de su vida inmortal le hubiese caído encima de repente.

Al entrar, Asami encontró también a Kya, sentada sobre un taburete, enfrascada en el estudio de una serie de pergaminos, libros y hojas sueltas de papel apiladas en el catre desnudo. Sobre la frente le caía un fino mechón de pelo plateado que disimulaba la curva de una cicatriz que le iba de lo alto del cráneo hasta la sien izquierda.

—¡Asami! —exclamó cuando la vio. Las líneas de concentración de su rostro se borraron—. ¡Bienvenida, bienvenida! Arquímedes estaba esperándote. Ven, pasa, y siéntate donde gustes.

La bruja esbozó una mueca difícil de interpretar en cuanto se percató de la presencia de Kuvira. Era la expresión distante de quien se ve forzado a hacerle frente a algo desagradable. La fey no pasó esto inadvertido y en su rostro también aparecieron señales de molestia.

—Bruja, sabes ya que no soy tu enemiga —murmuró.

—Quizá, pero la energía que te rodea no deja de ser perturbadora. Contaminas mi aura; estás maldita.

—El mundo está maldito —sentenció Kuvira y Kya agachó la cabeza.

Bruja, no importunes a esta media fey —maulló Arquímedes, severo—. En poco es diferente a mí; no es el primer híbrido maldito que se cruza en tu camino. Acéptala como lo hiciste conmigo. Jamás te creí una vieja prejuiciosa.

En el rostro de Kya apareció una sonrisa de disculpa.

—Es sólo que…

¡Bah! Has algo útil y prepáranos el mejor té que tengas. Nos espera una noche muy larga, ¿comprendes?

—Cómo sea —Kya se puso de pie y se alisó las arrugas de la túnica—. Asami, cariño, ¿te gustaría algo en especial, además del té?

—Descuida, una taza de té es más que suficiente para mí.

—Entonces que sea té con galletas —dijo la bruja y pasó de largo a Kuvira, quien permanecía inerte en el umbral de la puerta.

Luego cogió la tetera del suelo y se la apoyó contra la cadera, encajó la boquilla de un odre en el extremo del pico y apretó. La tetera reverberó con un ruido sordo al golpear el chorro de agua contra el fondo. Kya apretó con los dedos el cuello del odre, reduciendo el flujo a un lento goteo, y se quedó así, mientras las gotas de agua repiqueteaban a un ritmo frenético contra el interior de la tetera.

El estentóreo goteo se prolongó más de tres minutos.

Cuando por fin se llenó la tetera, Kya retiró el odre deshinchado, lo colgó en un gancho del poste central de la habitación y salió. Asami miró a Kuvira sin poder evitar un suspiro.

—Lo lamento —le dijo, y se sentó en uno de los catres con una expresión miserable en la cara.

—No necesito la aprobación ni el respeto de los demás humanos —replicó la fey—. Sólo su cooperación. No pierdas de vista lo que es realmente importante; enfócate en tu misión y nada más.

Asami fricai —la llamó Arquímedes, desde su rincón en la ventana—. Proseguiremos con tu entrenamiento de inmediato. Hasta ahora has funcionado con un conocimiento incompleto del idioma antiguo. No hay nadie entre nosotros que conozca todas las palabras del lenguaje, pero te has de familiarizar con su gramática y su estructura para que no te mates por poner un verbo en un lugar inadecuado, o por algún error parecido. No espero que lo hables como los fey, pues eso te llevaría una vida entera, pero sí que consigas una fluidez inconsciente. O sea, has de ser capaz de hablarlo sin pensar.

—Sí, Maestro.

Kuvira se saltó el régimen normal de entrenamiento e ignoró las sutilezas de la gramática para asegurarse de que tuvieras los recursos necesarios para permanecer viva —explicó el gato—. Yo también debo variar el régimen para centrarme en las habilidades que probablemente necesitarás en las batallas inminentes. Sin embargo, así como Kuvira te enseñó el mecanismo ordinario de la magia, yo te enseñaré su aplicación más fina, los secretos reservados a los más sabios hechiceros: cómo puedes matar sin usar más energía que la necesaria para mover un dedo; el método que te permite transportar instantáneamente un objeto de un lugar a otro; una variante de la invocación que sirve para oír además de ver; la manera de obtener energía de lo que te rodea y así conservar tus fuerzas; y todas las formas posibles de obtener un máximo rendimiento de tu fuerza. Estas técnicas son tan potentes y peligrosas que nunca se han compartido con aprendices novicios como tú, pero las circunstancias exigen que las divulgue ahora, y confío en que no abusarás de ellas.

—Sí, Maestro —asintió nuevamente Asami.

—Vamos afuera —le ordenó Kuvira—. Granemalión no puede usar su magia por sí mismo, así que esta vez, aprenderás de él a través de mí.

Dejaron las barracas y se alejaron unos cuantos pasos hasta llegar a una fuente cercana en uno de los jardines. A pesar del frío invernal, el agua aún fluía rápidamente desde su interior. Alzando el brazo derecho con la mano ganchuda como una zarpa, Kuvira proclamó—: ¡Adurna!

Asami contempló cómo una esfera de agua tomaba cuerpo en la fuente y flotaba por el aire hasta quedar pendida sobre los dedos estirados de Kuvira. El agua de la fuente parecía oscura y marrón bajo las ramas de los árboles que las rodeaban, pero la esfera, separada de allí, era incolora como el cristal. Briznas de musgo, polvo y pequeños fragmentos de desechos flotaban dentro del orbe.

Sin dejar de mirar la fuente, Kuvira dijo:

—Sostenla.

Lanzó la esfera hacia atrás por encima del hombro, en dirección a Asami. Ésta trató de cogerla, pero en cuanto tocó su piel, el agua perdió su cohesión y le salpicó el pecho.

—Has de sostenerla con magia —dijo Kuvira. De nuevo, exclamó—: ¡Adurna!

Una esfera de agua se formó en la superficie de la fuente y saltó a su mano, como un halcón entrenado para obedecer a su ama. Esta vez Kuvira le lanzó la bola sin previo aviso. Sin embargo, Asami estaba preparada y dijo, al tiempo que extendía una mano hacia la bola:

—¡Reisa du adurna!

La bola se detuvo a un pelo de distancia de la piel de su mano.

Una elección torpe de palabras —dijo Arquímedes—; aunque, en cualquier caso, funciona.

Asami sonrió con malicia y murmuró:

—¡Thry sta!

La esfera cambió de rumbo y se dirigió veloz hacia la base de la cabeza negra de Arquímedes. Sin embargo, no aterrizó allí como esperaba la joven, sino que llegó más allá del anciano felino, se dio la vuelta y voló de regreso a Asami, cada vez más rápida. No pudo reaccionar a tiempo.

El agua seguía dura y sólida como mármol pulido cuando la golpeó, provocando un sordo golpetazo al chocar con su cráneo. El impacto la tumbó en la nieve, donde quedó aturdida, pestañeando mientras unas luces le centellaban en el cielo.

—Sí —dijo Kuvira—. Serían mejor las palabras «letta», o «kodthr». —Al fin se dio la vuelta y alzó una ceja con fingida sorpresa—. ¿Qué haces? Levántate. No podemos pasarnos toda la noche jugueteando entre la nieve.

—Muy graciosa —gruñó Asami.

Has sido tú quien trató de pasarse de lista, fricai —ronroneó Arquímedes, agitando la cola.

Cuando Asami se levantó, Arquímedes la hizo manipular el agua de maneras diversas: darle forma con complejos nudos, cambiar el color de la luz que absorbía o reflejaba y congelarla en ciertas secuencias determinadas; ninguna le costó demasiado.

Los ejercicios duraron tanto que el interés inicial de Asami desapareció y fue sustituido por la impaciencia y el desconcierto. No quería ofender a Arquímedes, pero no le encontraba ningún sentido a lo que estaba haciendo el gato; era como si evitara cualquier hechizo que pudiera exigir el uso de algo más que una cantidad mínima de energía. «Ya he demostrado hasta dónde llegan mis habilidades. ¿Por qué se empeña en repasar estos fundamentos?»

—Maestro —dijo—, esto ya lo sé. ¿No podemos adelantar?

Los músculos del cuello de Arquímedes se tensaron, y los hombros quedaron tan rígidos que parecían de granito cincelado; hasta contuvo la respiración antes de decir:

¿Nunca aprenderás a mostrar respeto, cachorra tonta? ¡Cómo quieras!

Entonces Kuvira pronunció cuatro palabras del idioma antiguo en una voz tan profunda que Asami no captó su significado. De repente, soltó un chillido al notar que una presión envolvía sus piernas hasta la rodilla, apretando y constriñéndole las pantorrillas de tal modo que le resultaba imposible caminar. Podía mover los muslos y el tronco, pero más allá de eso era como si la hubieran envuelto en mortero.

¡Libérate! —ordenó Arquímedes.

Asami no se había enfrentado nunca a ese desafío: cómo romper los hechizos ajenos. Tuvo que pensar muy bien sus siguientes acciones. Podía liberar los invisibles lazos que la ataban de dos maneras distintas. La más efectiva consistía en saber cómo la había inmovilizado Kuvira —bien fuera afectando directamente su cuerpo o sirviéndose de algún recurso externo—, pues en ese caso podía redirigir el elemento para dispersar la fuerza de la fey. Si no, podía usar algún hechizo vago y genérico para bloquear lo que le estaba haciendo Kuvira. La parte negativa de esa táctica era que podía producir un combate directo de fuerzas entre ellas.

«Alguna vez tenía que ocurrir», pensó la joven. No tenía la menor esperanza de imponerse a una fey como Kuvira en cuestiones de magia. De todas formas, construyó la frase idónea y la pronunció:

—¡Losna kalfy a iet! Suelta mis piernas.

Perdió una cantidad de energía mayor de la que había previsto: pasó de estar moderadamente cansada por los esfuerzos y dolores del día, a sentirse como si llevara desde la mañana caminando sobre tierra dura, cargando una pesada roca en la espalda. Súbitamente, la presión en sus piernas desapareció y tuvo que tambalearse para recuperar el equilibrio.

Eso ha sido estúpido —la reprendió Arquímedes—. Muy estúpido. Si Kuvira se hubiera empeñado en mantener el hechizo, te habría matado. Nunca uses absolutos.

—¿Absolutos?

Kuvira meneó la cabeza.

—Nunca pronuncies tus hechizos de tal modo que sólo haya dos resultados posibles: el éxito o la muerte. Si un fey hubiera atrapado tus piernas y fuera más fuerte que tú, habrías gastado todas tus energías en el intento de romper su hechizo. Habrías muerto sin la menor posibilidad de abortar el intento al darte cuenta de que era inútil.

—Y eso ¿cómo se evita?

Es más seguro que el hechizo sea un proceso al que le puedas poner fin a discreción. En vez de decir «suelta mis piernas», que es un absoluto, podrías decir «reduce la magia que aprisiona mis piernas». Son muchas palabras, pero así podrías decidir en qué medida quieres reducir el hechizo del oponente y calcular si te conviene deshacerlo del todo... Ahora, lo volveremos a intentar.

En ese instante reapareció Kya con tres tazas de humeante té de trébol rojo. Asami aceptó el suyo y observó que el fastidio de la bruja con respecto a Kuvira parecía aplacado, por lo que se preguntó si habría estado observando desde lo lejos cómo la fey la aconsejaba y la instruía. Le puso a Arquímedes una taza frente a las patas y, de algún lugar por detrás de Asami, sacó una bandeja de hojalata con galletas planas y una pequeña vasija de miel. Luego se apartó un par de metros y se quedó de pie, apoyada sobre el borde de la fuente, soplando su taza de té.

—Granemalión —manifestó entonces Kuvira—. Es justo que Asami coma un poco y después se marche a descansar. Por hoy ya ha tenido suficiente de nosotros dos. Si continuamos presionándola, mañana será más una carga que una ayuda durante el combate.

¡Bah! Yasuko te volvió demasiado suave, media fey. ¿Dónde ha quedado tu rigor de antaño?

—No es solamente eso —aclaró ella, seria—. Además, prometí que le contaría sobre los últimos momentos de su madre en este mundo.

—Oh —exclamó Asami. El color de sus mejillas desapareció y dio paso a un gris pálido—. No tienes por qué hacerlo ahora mismo si no quieres —se apresuró a señalar la joven.

—Lo lamento mucho, pero hay otra verdad que también te he omitido y es preciso que la escuches —confesó Kuvira.

Asami lo percibió claramente, el nudo que la fey tenía en la garganta y que creaba una barrera por la que no podían fluir las palabras. Kuvira se secó los ojos con el borde de la manga, pues las lágrimas sí que pudieron más que sus palabras. Antes de que Asami pudiera hacerlo, Kya le ofreció su taza de té y Kuvira bebió un trago, aunque se veía que le habría gustado que fuera algo más fuerte que té.

—Gracias —le dijo a la bruja.

Kya se limitó a hacer un leve gesto con la cabeza. Asami le dio unos sorbos a su té. Arquímedes mordisqueó una galleta.

—Si quieren hablar en privado, hay fuego en la chimenea y en mi habitación no nieva —sugirió Kya de forma respetuosa—. Yo… Yo iré a buscar a Lin… —con esto se excusó y se retiró sin que nadie más pudiera opinar o agradecerle.

Arquímedes saltó a la nieve y los cristales de hielo se adhirieron a su pelaje negro como estrellas a la noche. Guió el camino de regreso a las barracas, a la habitación de Kya. Ahí Asami tomó asiento en la cama y Kuvira se sentó en el borde de la misma. Asami sintió que todo se hundía hacia ella. El silencio se instaló entre ambas, como un tímido animal, dispuesto a escapar corriendo ante el más mínimo movimiento.

—Yo… habría muerto en el reino Aeris, de no ser por tu madre… —dijo la fey, con la mirada fija en los turbios posos del fondo de la taza de té que acunaba entre sus manos.

Asami titubeó.

—Tu maldición casi te había consumido cuando te marchaste —recordó—. Cada día desde entonces me preguntaba si tendrías la energía vital suficiente para regresar. Incluso la energía de reserva que guardabas en tus gemas parecía poca. No dejé de temer por ti. El haberte encontrado aquí, en la Ciudadela Real, fue casi un milagro.

Kuvira pasó el dedo por el asa de su taza.

—Fue un milagro —admitió—. Un milagro obrado por tu madre. Pero a cambio de eso… Ella tuvo que entregarlo todo. Croí Cridhe. ¿Sabes lo que eso significa?

La joven negó suavemente con la cabeza, a lo que Arquímedes, desde su percha en una de las altas vigas del techo musitó:

«Corazón de Corazones», fricai. Es la esencia pura de un dragón en forma física. Una joya invaluable que contiene todo su ser, poder y sabiduría. Una vez controlado el Croí Cridhe de un dragón elemental, se puede usar su fuerza sin malgastar la propia. Es una fuente inagotable de energía vital, una que no debería caer en las manos de los mortales… Ni de nadie más, en mi opinión.

Kuvira entornó sus ojos hacia el felino con dureza.

—¿Te atreves a decir que Yasuko cometió un error?

No. Un error no. —Arquímedes gruñó y rasgó el aire con el brillo de sus afilados colmillos—. ¡Un sacrilegio!

La fey aferró la taza de té con tanta fuerza que, sin quererlo, la rompió en mil pedazos.

—¡No tienes derecho a juzgar sus acciones! ¡No tienes idea de lo mucho que hemos sufrido las dos!

¿Preferirías que un poder así caiga en las manos de la Reina Suyin?

—¡Es que ya lo tiene! —replicó Kuvira, los tendones de su cuello se marcaban por la furia—. ¡Y si no actuamos rápido, su fuerza se triplicará! Yasuko no sólo me concedió una oportunidad para continuar con vida, ¡nos otorgó una posibilidad de victoria!

—Kuvira.

Aquella era la voz de Asami, que había sujetado el brazo de la fey para tranquilizarla, para atraerla hacia ella. Acarició la vieja túnica que vestía la fey, su tela suave y deshecha a causa de los viajes y los combates de los últimos días. Algunos de los botones se estaban soltando, y cuando Asami desabotonó el primero, éste colgó de un solo hilo. Kuvira tomó la mano de la joven entre las suyas y la puso sobre su pecho. A Asami se le erizó la piel al tocarla así luego de tanto tiempo. Lentamente movió la mano, trazando la forma de la clavícula de Kuvira. Empujó la vieja túnica hacia atrás, y el largo cabello negro de la fey rozó sus hombros desnudos.

La joya brillaba en el centro de su pecho, levemente a la izquierda y sobre el pálido seno. Su luz rojiza palpitaba con el mismo ritmo salvaje del corazón de la fey; hipnótico, exótico, vasto...

Asami inclinó la cabeza hacia la sombra del cuello de Kuvira; su boca rozó el aleteo de su pulso inquieto. Quería tocar esa joya, ese corazón expuesto. Era imposible no sentirse inexorablemente atraída hacia el fulgor de aquella joya. La mano de Kuvira volvió a guiar la suya. Con delicadeza, le permitió acariciar el corazón de corazones de Akaren, su madre.

Un millar de sensaciones se proyectaron hacia la conciencia de Asami; el recuerdo de Yasuko, exhalando su propia vida en Kuvira; el torrente de energía a través de su cuerpo; la forma en que el poder se extendía por el cuerpo de la fey como oro fundido, ardiente y precioso.

Y sin embargo, en ese momento, percibiendo también los acelerados latidos de Kuvira bajo su mano, el sentimiento fue aún más exquisitamente inmediato. No había nada entre ellas y aquella sensación de vértigo. Aquí estaba el toque de los dedos de Kuvira en su piel, y allí la suave insistencia de su respiración, acariciándole el oído.

Asami sintió como si mil claveles estrella florecieran dentro de su pecho; un mar de ellos, cada uno abriendo su ojo dorado hacia el sol, y temblando al ver el cielo abierto.

Eran los sentimientos de su madre, el recuerdo de la primera vez que besó a Kuvira en los labios. Y por un instante creyó verla, una joven doncella que se paseaba bajo la luz de la luna, tomada de la mano de la fey. Era otoño y el viento soplaba acarreando las hojas secas.

—Lamento tanto que no puedas sentir el amor de tu madre como esperabas —suspiró Kuvira—. Lamento que sus recuerdos y sus pensamientos estén tan enfocados sólo en mí. Pero ya ves, que fui yo quien estuvo presente allá, en la Montaña del Dragón cuando Akaren despertó de su largo sueño. Y fui yo su única conexión con su vida humana de antaño.

Asami la miró a los ojos y alejó su mano del corazón de corazones.

—Era difícil para ella recordar su vida mortal —continuó Kuvira—. Al principio no sabía que una vez fue Yasuko Sato; había olvidado también que eras su hija. Si yo no hubiera llevado tu nombre a sus oídos, Asami, temo que ella jamás te hubiese recordado.

Ella no sabía cómo sentirse al respecto. ¿Abandonada? ¿Traicionada? ¿Dolida? Lo comprendía, sí, suponía que transicionar de una mujer normal a un ser casi divino como un dragón elemental implicaba destruir la personalidad de Yasuko, para poder recuperar la identidad de Akaren, la que debió existir desde un principio y siempre. Pero entonces, ¿por qué si podía razonarlo y comprenderlo, por qué aún así le dolía tanto el saberse casi olvidada?

—Llora si sientes que debes hacerlo —dijo Kuvira con voz suave y honesta—. Pero recuerda esto: Cuando tu madre creyó que yo había intentado herirte de niña, no lo pensó dos veces para condenarme y atarme a la terrible maldición que ya conoces. Eligió castigarme con algo peor que la muerte en su afán de protegerte. —Se alejó de Asami y se cubrió el pecho desnudo con la túnica—. Lo que intento decir es… que a pesar de todo, sea como sea, Yasuko te amó más que a nadie en el mundo. Te amó incluso más que a mí. Y yo no me atrevería a pedir que fuese de otra manera.

Unas finas líneas se dibujaron en las comisuras de los labios de Asami.

—Gracias por decírmelo —por un momento pareció como si fuese a romper a llorar, y sin embargo, la joven no hizo más que sonreír levemente—. ¿Crees que volveremos a verla alguna vez?

—Yo no abandonaría la esperanza.

Asami bajó la mirada hasta el corazón de corazones, que estaba cubierto por la túnica de la fey; sintió una corriente de compasión. No olvidaba que su presencia cercana le acarreaba angustia y dolor a Kuvira, a causa de esa maldición que ansiaba poder romper; empero la fey había estado a su lado un día entero, sin descanso o interrupción, todo con tal de ayudarla a mejorar y poder así enfrentar las batallas que se avecinaban.

—Y tú… ¿Te encuentras bien? —le preguntó.

Kuvira inclinó la cabeza, se puso de pie y se apoyó contra la pared con expresión satisfecha.

—Ya te he dicho… que no te preocupes por mi. Sé que aún quedan asuntos por discutir, asuntos urgentes sobre Suyin y los corazones de los demás dragones; pero no ganaremos nada haciéndote perder el sueño esta noche.

¿Estás de broma? —espetó Arquímedes—. ¡Si tienes algo más que decir, dilo ya!

—Anciano, tantos siglos de vida te han vuelto el corazón de piedra. Ya habrá tiempo para discutirlo mañana, antes de partir. Además, también quisiera que Korra esté ahí para escucharlo; le compete tanto como a Asami o a ti.

Terminadas estas palabras, Kuvira se agachó frente a la joven y, con un murmullo, le curó las heridas del entrenamiento. El dolor cedió enseguida, en cuanto la magia recosió su carne y borró los moretones que ella misma le había provocado. Asami vaciló, aquel conjuro era distinto a los que Kya solía utilizar para la curación; no sólo sanó sus heridas, sino que también restableció parte de su energía.

—No te hubieras molestado —exclamó azorada—. En verdad, no era necesario que tú…

—Granemalión —dijo Kuvira, pasando por alto las protestas avergonzadas de la joven—. Hay algo que debes recordar: Asami podrá ser la hija de Akaren, y puede ser que se convierta en la hechicera más poderosa de nuestro tiempo. Pero ante todo, ella sigue siendo sólo una humana. Sus necesidades son distintas a las nuestras, y ahora necesita tiempo para pensar y descansar.

Volvió a ponerse de pie e invitó a la joven frente a ella a hacer lo mismo.

—Además —añadió con una pequeña sonrisa—, allá afuera hay una cazadora que está impaciente por volver a tenerla a su lado. ¿No es así, Asami? Estoy segura de que tú también puedes percibirla, Korra está muy preocupada por ti. Anda, vete ya.

Asami obedeció, pero no sin antes excusarse con la máxima cortesía de la que fue capaz frente a su maestro, Arquímedes, quien aceptó de mala gana lo que Kuvira le había pedido. Por fin, tras una ronda más de agradecimientos por parte de Asami y de frases de modestia —«No ha sido nada»— por parte de la fey, consiguió salir al exterior.

Con las nuevas energías que alimentaban su cuerpo, Asami sintió el impulso de correr a través de la nieve y del viento que le revolvía los cabellos. Y corrió, dándole la espalda al frío, renovado el fuego en su interior. Y en su camino a los aposentos de la Cazadora Real, no pudo evitar pensar en Kuvira y en su pasado juntas.

¿Cuando exactamente comenzó su inusual amistad?

De niña, Asami había ansiado que Kuvira hiciera pronto lo que se creía que hacían los de su raza, y que se la llevara con ella. No estaba segura de qué le esperaba al otro lado, pero había querido saberlo. Incluso una eternidad al servicio de los fey, especialmente de Kuvira, no parecía peor (y posiblemente habría sido mucho mejor), que una simple vida humana al servicio de Lady Malina.

Cuando vivía con su madrastra en la mansión Sato, mucho antes de conocer a Senna y a sus cazadores, mucho antes de Korra; Asami la había añorado más que a nada: a Kuvira y toda su extraña frialdad. Quería tomar su mano, y quería que ella la subiera a su corcel; para atravesar juntas el oscuro bosque a la medianoche, con la luna creciente sobre ellas; para ir a esa ciudad de cristal, donde se decía que las hadas tienen su gran palacio… Donde ella sabría, por fin, lo que su madre había sabido.

Incluso ahora, que yacía despierta en su cama, escuchando la respiración constante y suave de Korra a su lado, en la oscuridad; Asami sintió, por primera vez, la indecible distancia que había entre ella y Kuvira. Y eso la hizo añorar a la fey como antes. Se volvió de costado y cerró los ojos, intentando obligarse a dormir. Pero en su mente, todo lo que podía ver era a Kuvira; y todo lo que quería en ese momento, era estar con ella.

En silencio se preguntó:

«¿Son estos mis propios sentimientos? ¿O son acaso, tan sólo vestigios de los anhelos de Akaren?»

Se volteó de nuevo, apoyó la cabeza en su mano y miró el rostro moreno y cansado de Korra, iluminado por la tenue luz de la luna que se colaba por las cortinas. Pasó un dedo por la línea de la boca de la cazadora, profundamente dormida. Sintió lágrimas pinchando las esquinas de sus ojos; estaba tan confundida. Asami levantó la mano, tiró de Korra y presionó la cara contra su cuello. Pronto sintió que los brazos de la noble cazadora la envolvían, y que su voz le susurraba.

—¿...Sami? ¿Tuviste un mal sueño?

¿Por qué? ¿Por qué era tan duro ser la hija de su madre?


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Arquímedes miraba al suelo, sumido en una profunda reflexión. Kuvira, a su lado, acababa de expresarle todas sus preocupaciones respecto a los dos Croí Cridhe que temía que estuviesen en el poder de Suyin. También le había comentado acerca del corazón de corazones que custodiaba Azula quien, por si fuera poco, con su comportamiento impredecible y sus caprichos inciertos, representaba un terrible riesgo para la Partida de Caza Real y el ejército en general.

El anciano felino cerró los ojos un momento.

No podemos permitir que Suyin se entere de esto; sólo con el poder que Azula y tú custodian podríamos tener oportunidad de salvar los otros dos corazones con la esencia de los hermanos de Akaren… En el peor de los casos, Suyin podría matarlas a ustedes dos, arrancárselos del pecho, subyugar las voluntades de Élan y Akaren, y entonces…

—No vengas a decirme lo que ya sé, anciano —reconvino Kuvira, molesta—. ¿Ahora ves por qué preferí no decírselo tan pronto a Asami? Si todo lo demás ha de fallar entonces, ella será la única esperanza de este mundo. Confío en que Suyin ignore su verdadera naturaleza; siempre subestimó a Yasuko… En tanto tome a Asami por una simple humana, y mientras no represente una amenaza para ella, Suyin la dejará en paz…

Arquímedes inclinó levemente la cabeza, fijos sus brillantes ojos rojos en Kuvira.

El miedo que te carcome —susurró—. Es por su bienestar, ¿no es cierto? A veces me es difícil saber dónde termina tu maldición y dónde comienzan tus verdaderos sentimientos hacia esa cachorra.

—Amarla tanto es para mí como abrazar el cielo y arder por dentro —dijo Kuvira—. ¿Qué importa si es por mí o por mi maldición? Siempre he tenido la certeza de que, al final de todo esto, Asami será quien termine con mi vida. ¿Qué otra cosa soy sino su esclava? ¿Qué otra cosa puedo pedir, además de sus caricias y la punta de su daga en mi corazón? ¿Libertad? Yo jamás he sido libre...

Sintió que el felino descansaba una pata sobre su regazo.

Somos los últimos —dijo Arquímedes, y su maullido sonó como un lamento.

Kuvira frunció el ceño, sin comprender.

Los últimos híbridos entre humanos y fey —explicó él—. Soy el único que queda de aquella gloriosa época en la que nuestras razas vivían en paz; pero estoy demasiado viejo, convertido en bestia y poco es lo que recuerdo de cuando era hombre. Y tú, naciste bajo la marca del tabú, cuando semejante unión resulta impensable y atroz; eres demasiado joven para ser una fey, maldita y demasiado herida para ser sólo mujer. Y sin embargo, somos únicos, tú y yo. Somos los últimos de nuestra clase; dos mitades unidas que no suman nada. Y mientras tanto, las razas que nos hicieron lo que somos, buscan destruirse mutuamente.

—Estamos…

Solos.

—Sí.

El viejo gato terminó por acurrucarse en el regazo de la fey, y ella le puso una mano sobre el lomo.

A su modo, él lloraba también.

»Continuará…