Disclaimer: Frozen es de Disney y sus asociados.
Gracias a A Frozen Fan, Allison Tkm628, y erika maria por sus reviews en el capítulo anterior.
39.
Elsa se despertó poco a poco, notando que le pesaban las piernas, los brazos, como si hubiera corrido muchas millas en muy poco tiempo… De improviso, recordó lo sucedido. La bola de luz, las palabras de su tía Freya, el sentimiento de traición que le había embargado… Sin poder evitarlo, una lágrima mojó su mejilla.
—¿Alteza? ¿Está despierta?
—Lo estoy, Gloria.
Su voz sonaba extraña, como si tuviera mucho tiempo sin utilizarla. O quizás era sólo su impresión.
Elsa abrió los ojos, encontrándose con la mirada tímida de su doncella. Quien había sido su doncella más bien, tenía que hablar en pasado ahora. Elsa suspiró para sus adentros. Había sido un lindo sueño; pertenecer por fin a un lugar, no tener que esconder sus poderes, no sentirse como una extraña… Podría culpar a los herreros por quitarle la venda de sus ojos, pero sería injusta. No, la culpa es mía por creer en cuentos de hadas. ¿No me ha enseñado la experiencia que ya estoy bastante grande para creer en fantasías?
Elsa trató de levantarse. Tenía que irse. Sólo podía pensar en eso. Tenía que irse de Inverlandia… Sin embargo, al tratar de sentarse en la cama, le sobrevino un mareo y tuvo que detenerse.
—Tranquila, tranquila, su alteza… Tómelo con calma, ¿sí? Recuerde lo que paso, ¿de acuerdo?
Elsa dejó que Gloria la acostara de nuevo. De todas formas, no tenía la suficiente fuerza para negarse. Y cerró los ojos.
—¿Cuánto he dormido?
—Tres días.
—¿Qué?
¿Tres días dormida? Aquello era demasiado. ¿Cómo era posible? ¡Ella jamás había dormido tanto tiempo! Pero entonces recordó la bola de luz, la sensación de pérdida de algo importante, su corazón latiéndole velozmente en el pecho, y luego nada… Decidió olvidarse de aquel momento o se volvería loca.
Mejor centrarse en aquello que fuera importante. Pero no le ocurría una pregunta que respondiera a todas sus interrogantes. O más bien tenía muchas, pero no todas le parecían que valían la pena. Un poco frustrada consigo misma, decidió preguntar lo primero que se le vino a la cabeza:
—¿Por qué me sigues llamando alteza, Gloria?
—Porque lo es… Es hija de la desaparecida reina Idún así que… usted pertenece a la realeza.
Elsa abrió los ojos. Notó como Gloria parecía no saber cómo comportarse a su alrededor. En los días pasados, la doncella era bastante parlanchina, hasta el punto de que habían ocasiones en que terminaba irritándola. Hoy sin embargo, esquivaba su mirada.
Quería preguntar por qué aquella reacción, pero suponía que tenía que ver con la reciente batalla. ¿Había visto a Gloria en la lid? Sí, lo había hecho… pero la guerra era como un borrón su cabeza. ¿En serio había pasado? ¿Y por qué Elsa no lo recordaba con claridad?
—Ataqué a la reina de Inverlandia.
—Sí, eso hizo…
—No merezco que me llames alteza o soberana, o lo que sea. La ataqué y…
—Y usted puede ser la reina de Inverlandia ahora.
—¿Qué?
No había esperado ese giro de acontecimientos.
Había pensado que tal vez algún día sería reina de Inverlandia. Cuando su tía se sintiera demasiado cansada para dirigir el reino. Lo cual podría ser en varias décadas, pues Freya le había explicado que las mujeres de Inverlandia vivían más tiempo…
Pero Elsa había atacado a la reina, que le dijeran que ahora podía tomar su lugar… Aquello no tenía sentido.
—Usted es la sobrina de la antigua reina, por lo tanto es su sucesora.
—No —y aquel no fue categórico.
No iba a reinar en Inverlandia, nunca lo haría. Los sueños de vivir y morir en Inverlandia, habían muerto cuando había atacado a su tía. Esos sueños pertenecían a otra mujer, a una ingenua, a la que no le interesaba su pasado ni las personas que dejaba atrás. Esta nueva Elsa era diferente; sabía que tenía una hermana en Inverlandia, que tenía una cuenta pendiente con el pelirrojo al que había salvado… Pensando en Hans, Elsa reformuló su respuesta. O lo intentó en realidad.
—Quiero decir…
—Yo sé lo que quiere decir, su majestad. No se preocupe.
—¿En serio?
La sonrisa de Gloria reconfortó a Elsa por dentro, y sus palabras terminaron por hacerle sonreír. Una sonrisa triste, pero sonrisa al fin y al cabo.
—Le dije al Concejo que usted no aceptaría sentarse en la silla del trono. Que Inverlandia no era para usted. Y que lo único que usted quería era ir a buscar respuestas a su pasado.
—Parece que me conoces bastante bien.
Gloria se encogió de hombros.
—Yo simplemente soy una observadora — Elsa asintió. Su mirada se dirigió entonces a la jarra de agua de lavanda con la que se había bañado todos esos días. Ahora que sabía la verdad sobre la función de la lavanda, no quería acercársele nunca más —. Tiene que vestirse su majestad. Tiene que bajar al Concejo.
—¿Para qué? No quiero… No quiero tener que ver nada con Inverlandia. Yo… Lo siento, Gloria, pero…
Gloria sonrió dulcemente.
—Tiene que ratificar su decisión al Concejo. Tiene que decirles que bajo ninguna circunstancia reinará sobre Inverlandia.
Elsa asintió. Aquello no la sorprendía. Le molestaba, pero ya lo esperaba. Probablemente el Concejo querría cerciorarse de que ella no era una amenaza para Inverlandia. Elsa estaba dispuesta a mostrarse todo lo inofensiva que quisieran, con tal de que la dejaran irse en paz.
Paz… Aquella palabra removió otra clase de recuerdos en ella.
—¿Qué ha pasado con los herreros, Gloria?
—La mayoría ha vuelto a sus dominios.
—¿La mayoría?
—Otros se han quedado para buscar a sus muertos, mirarse las heridas y descongelar a sus amigos. En la noche se celebrará un tratado de paz entre nosotros y ellos.
Aquello sonaba bien. Con un tratado de paz no habría más guerra, y todo volvería a la armonía y la calma. Elsa sentía que había estado en suficientes guerras para toda la vida.
—¿De qué clase?
—Bueno, el tratado incluye una boda, entre el hijo del líder de los herreros y una prima de la antigua reina. El resto de los detalles escapan a mi comprensión.
—De acuerdo…
No le interesaba saber más sobre ese asunto. Y no quería saber sobre familiares que nunca la habían buscado y que probablemente la usarían, como en cierta forma había hecho su tía Freya.
En ese momento a Elsa sólo le importaba algo, o más bien alguien. Iba a preguntar por él, pero Gloria se adelantó a responderle.
—Hans también estará en el Concejo. Te lo darán como regalo.
—¿Cómo regalo?
¿Qué clase de humanidad late en estas mujeres?, se preguntó Elsa para sus adentros. ¿Cómo podían regalar a alguien? ¿Con qué derecho? Gloria se encogió de hombros.
—Si no lo aceptas, se lo dejarán a otra…
La idea de que alguien más pudiera quedarse con Hans, la llenaba de una sensación desagradable. Como si fuera capaz de asesinar a quien osara siquiera tocarle un mechón de su encendido cabello. ¡Ella no era así! Pero no podía evitarlo. Estaba descubriendo que cuando se trataba del colorado, tenía reacciones bastantes viscerales, que no correspondían con su verdadera personalidad. O quizás él simplemente saca a flote tu verdadera personalidad, ¿no lo has pensado? Elsa decidió acallar aquella voz insidiosa.
—¡No!
Gloria se carcajeó. Elsa se ruborizó ante esa reacción. Lo dicho, no podía pensar con claridad cuando se trataba de Hans. Suspiró y claudicó:
—¿Lo puedo liberar luego, no?
—Es tu decisión. Aunque si fuera a mí a quien me dejaran ese sexy pelirrojo…
Dejó la frase en el aire, dando una buena idea de lo que ella haría si pudiera. Elsa se sintió ruborizar.
—¡Gloria!
—¿Qué?
Elsa se rio sin poder evitarlo. Gloria hizo lo mismo.
—No tienes remedio—murmuró la albina.
—Lo sé, lo sé…
La reunión del Concejo era la misma que si la hubieran hecho en Arendelle. La única diferencia es que eran puras mujeres. Pero por lo demás, era igual. Todas sus integrantes muy estiradas y tensas, llenas de arrogancia y ego más grandes que la misma Inverlandia. Elsa se sorprendió de lo similar que parecía, y se preguntó cómo era posible que hubiera considerado a Inverlandia como el Asgard de la tierra. La política es la política es la política, Elsa. Aquí y en Arendelle la política es la misma. Y la magia no importa en absoluto. Resultaba verdaderamente descorazonador.
—Se le ha convocado, su alteza, para hablar sobre la sucesión del trono de Inverlandia. Una gran parte del Concejo aprueba la moción de que sea usted quién nos guie a un glorioso y honroso futuro. ¿Qué dice?
—Honorables integrantes de este prestigioso Concejo, agradezco que me hayan considerado para tomar un cargo de tan alta responsabilidad. Me llena de honra y orgullo que consideren capaz de regir un reino como Inverlandia — Elsa aguardó unos momentos, dejando que su discurso de agradecimiento calara en las mentes del Concejo. Luego continuó: —. Sin embargo, debo por fuerza mayor rechazar el nombramiento. Ahora mismo estoy en busca de respuestas, respuestas sobre mí y mi pasado, y no me considero capaz de llevar Inverlandia con toda la responsabilidad y cuidado que merece este reino. Muchas gracias.
Un tibio aplauso siguió a esas palabras. Elsa buscó con la mirada el rostro de Gloria. La doncella asintió, y Elsa pudo respirar tranquila. Lo había hecho bien.
—Entonces esperamos que la Diosa te sonríe y traiga prosperidad y fortuna a tus días. En nombre de toda Inverlandia, queremos obsequiarte con un presente valioso.
La mano de la que hablaba se dirigió a las puertas de la sala. Elsa miró hacia ese punto, y el corazón le dio un vuelco. Allí, franqueado por dos guardias que sujetaban unas poderosas cadenas, que impedían toda clase de movimientos, se encontraba Hans Westerguaard. La mirada del pelirrojo era furiosa, ardiente… Pero cuando la miró a ella, repentinamente aquellos orbes verdes que echaban chispas, parecieron apaciguarse y llenarse de calidez. Por ella…
—Me siento honrada de recibirlo.
Las mujeres del Concejo inclinaron la cabeza. Hans fue liberado y empujado hacia ella. Elsa logró que el colorado no cayera y también que no empezara a proferir insultos contra sus ex carceleras. Elsa hizo una pequeña reverencia – como correspondía a alguien de su cargo – y abandonó la sala.
Afuera estaban los herreros. Heridos y sucios, lograban mantenerse firmes y un poco atemorizantes.
—Maricas —dijo Hans a su lado.
Elsa aguantó sus miradas suspicaces y recelosas, hasta que el último de ellos entró en la sala del Concejo, y cerró la puerta tras de sí. En el vestíbulo sólo quedaron Hans y ella, y un grupo de hombres que por su aspecto, no pertenecían a los herreros. Fue el escudo de armas que portaba un hombre rubio, el que hizo que Elsa los reconociera. Aquellos hombres eran de Arendelle.
—Su majestad—dijeron a coro, e hicieron una profunda reverencia.
—Yo los vi en batalla…
—Sólo queríamos rescatar a nuestra reina.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Elsa y se desbordaron, mojando su mejilla, y metiéndose en el cuello de su túnica real. Aquellos hombres habían arriesgado sus vidas por la de ella, y Elsa no podía recordarlos.
—No les debes nada —le dijo Hans, muy cerca de su oído. Elsa captó la mirada incómoda del hombre rubio. Como si algo de la situación, no le cuadrara —. Te puedes ir y simplemente olvidarlos.
No, no podía hacer eso, se dijo Elsa. Ella jamás se perdonaría haberlos dejado abandonados a su suerte. Se sentía responsable por aquellos valerosos y aguerridos hombres, responsable de las bajas que había causado y de las heridas que portaban con orgullo.
Entonces uno de ellos, el que parecía el capitán de la guardia, avanzó un paso.
—Nosotros seguimos las órdenes de su majestad. Hacia donde ella vaya, nosotros la escoltaremos.
Hans bufó.
—¿Quién ha gobernado Arendelle en mi ausencia?
—Vuestra hermana —contestó el hombre rubio —. Y según nuestros informes lo ha hecho muy bien. Podría estar orgullosa de Anna, Elsa.
—Ella no la recuerda, idiota. Deja de presionarla entonces.
—¿Te puedes callar, Hans? Esto no lo decides tú. Lo decide Elsa. Deja de meter las narices donde no te corresponde.
—Vaya, si hasta parece que ahora hablas como yo. ¿No ser un príncipe de verdad te debe pesar, eh?
—No tanto como a ti. Tal parece que todavía te lamentas por no haber conseguido la corona de Arendelle, ¿no? Elsa…
—Deberías llamarla su majestad, porque eso es lo que es para ti. ¿O acaso piensas que te puedes comparar con ella?
—Cállate, maldito canalla. Eres un idiota.
—Me asombra tu capacidad de insultar. ¿Estás tomando clases o algo?
—Voy a golpearte, ¿de acuerdo?, y vas a suplicar por tu vida…
—Ay, mira como tiemblo…
—¡Basta los dos!—terció Elsa —. Parecen dos críos, ¿saben? Dos babosos y estúpidos críos. ¡Y cada uno tiene razón! Yo debo tomar una decisión, ¡y ninguno de los dos puede manipularme! ¡Estoy harta de las manipulaciones!
—¿Qué ordena entonces, su majestad?—preguntó el capitán de la guardia.
Elsa tomó su decisión.
Tomar una decisión no es lo mismo que cumplirla, se dijo Elsa. Estaba atemorizada. No sabía qué clase de recibimiento tendría en Arendelle. No sabía siquiera si quería ir ahí. Lo iba a hacer, claro, por su hermana. Porque ella se merecía una explicación. Pero si Elsa pudiera elegir, elegiría irse lejos, muy lejos, como le había ofrecido Hans…
—¿Sigues dándole vueltas al problema?
Hablando del rey de los tontos…
Elsa cerró los ojos, y con voz fuerte y clara replicó:
—Creí que había dicho que no quería verlo.
Sintió a Hans sentándose a su lado, mientras él decía:
—Y yo creí que le había quedado claro que yo no sigo órdenes de nadie.
Elsa no podía creer la desfachatez de ese hombre. ¡Se atrevía a desafiarla! ¡A ella!
—Pues debería. Soy la reina de Inverlandia y además…
—¿Qué?—preguntó Hans con sorna.
—Además soy su dueña. Usted es mi regalo.
—A ti te molesta esa definición, Elsa. No quieres ser dueña de nadie. Ni mucho menos mi dueña…
—Te equivocas—lo interrumpió Elsa —. Cada vez puedo ver las posibilidades de ser tu dueña, y la verdad es que no está nada mal… esclavo.
Hans frunció el ceño.
—No estarás hablando en serio… — Elsa no contestó. Oh, como disfrutaba de la alteración del colorado. ¡Que tuviera un poco de su medicina! —. Me liberaras en cuando lleguemos a Arendelle—ordenó el pelirrojo.
Elsa lanzó una carcajada.
—¿Para qué vuelvas a desaparecer? No, Hans, no te dejaré libre de nuevo. Yo misma me aseguraré de tu destino, bien sea en Arendelle o en las Islas del Sur.
—¿Cómo sabes…?
Para saber eso, Elsa tendría que recordar y Hans estaba bastante seguro que ella no recordaba nada. Si lo hubiera hecho, hace rato que lo hubiera lanzado por la borda del barco en el que navegaban rumbo a Arendelle.
—Mis hombres han sido una gran fuerte de información de todos sus movimientos en los últimos cinco años, Almirante.
Malditos, se dijo Hans. Malditos y mil veces malditos. ¿Por qué tenían que hacérselo tan difícil? Elsa era suya. ¡Suya y de nadie más! ¡Nadie tenía derecho a venir a tocarle los cojones! ¿Por qué no podían morirse todos y dejarlo solas con Elsa?
—¿Y si te ocupas personalmente de mi destino? Nos las pasaríamos muy bien… —Hans acompañó sus palabras con un sugestivo movimiento de cejas. Elsa se sonrojó como una chiquilla. Apartó la mirada.
—Eso es exactamente lo que voy a hacer… — Hans sonrió satisfecho —… en Arendelle.
—¡No! ¡No en Arendelle! ¡Elsa!
La rubia no le hizo caso. Se levantó y le dio la espalda. Hans la tomó de la mano.
—Suélteme.
Uno de los hombres de la guardia real – de los reales idiotas, los llamaba Hans para sus adentros – se acercó al ver que su reina tenía problemas con aquel peligroso pelirrojo. Ya había agredido a dos de sus compañeros cuando estaban subiendo en el barco, y lo habían encerrado en la bodega del barco. Si ahora estaba fuera había sido por su majestad, pero podía volver a ser encerrado en cualquier momento. La responsabilidad de ellos era impedir que Hans molestara a la reina, pues ella no podía hacer uso de sus poderes en altamar.
Hans soltó a Elsa y la vio irse. De nuevo.
Al día siguiente, Elsa se encontró con Kristtoff a la salida de su camarote.
—Buen día, Elsa.
—Buen día, Kristtoff.
Él siguió su camino y Elsa empezó a reflexionar.
Por conversaciones con el rubio, Elsa se había enterado de parte de su vida. Por ejemplo, que él era su cuñado. Que su hermana Anna la extrañaba mucho. Que ya era tía, de un precioso crío llamado Aevar. Que ella misma, Elsa, tenía varios hijos: un gigante de hielo llamado Másmelo, un muñeco de nieve que llevaba por nombre Olaf, y pequeños muñecos llamados snowflakes. Todos esos nombres sin embargo no significaban nada para ella. No removían nada en su interior. No la conmovían…
Elsa sólo esperaba que poco a poco pudiera recordar su pasado. Se resistía a creer que Freya al final había acabado ganando. No, su tía, no podía estar en lo cierto cuando había declarado que ella nunca recordaría nada.
Fue dos días después, cuando Elsa despertó sabiendo que pasaría algo trascendente. Y unos segundos después escuchó el grito del vigía:
—¡Tierra a la vista!
Habían llegado a Arendelle.
Notas de la autora:
Tachán! Falta un epílogo y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Por si acaso no se ha entendido:
—Freya ha muerto. El hielo fue demasiado para ella. Pero nadie se lo dice a Elsa porque ya está bastante alterada.
—Elsa y Gloria se despidieron antes de la escena del Concejo. Y fue todo lo conmovedora y sensiblera que se imaginen.
—Las primas de Freya (a quienes le habían negado el trono ella e Idún) serán las nuevas reinas de Inverlandia.
Hasta el próximo martes!
