Fue un día muy largo para Ladybug. Por la mañana habló con la policía y la prensa, relató varias veces lo que había sucedido, omitiendo la información referente a sus identidades secretas, y disculpó a Cat Noir, explicando que estaba en una misión importante y no podía atenderlos.
En cuanto pudo, no obstante, se apartó de los focos, buscó un lugar discreto y volvió a transformarse en Marinette. Besó a Tikki con cariño, feliz por haberla recuperado.
–Lo habéis hecho muy bien, Marinette –le dijo ella con una amplia sonrisa–. Ha sido un plan muy inteligente.
–¿Tú crees? Podría haber salido fatal, Tikki. Podríamos haberte perdido para siempre, y por otro lado... ¿quién iba a suponer que Lepidóptero era el señor Agreste? –suspiró–. No imagino cómo debe de sentirse Adrián ahora mismo.
Tikki permaneció callada, y Marinette le dirigió una mirada de sospecha.
–¿Tú sabías que Adrián era Cat Noir? –planteó.
–Bueno..., acabé descubriéndolo, claro. Porque sentía a Plagg cerca de él.
Marinette no sabía si reírse o enfadarse.
–¿Y no se te ocurrió...? –empezó, pero no pudo continuar, porque justo en aquel momento empezaron a entrar en su móvil todos los mensajes y llamadas perdidas que no había podido atender hasta el momento.
Lo sacó del bolsillo para examinar la pantalla con creciente alarma.
–Oh, no, mis padres están preocupadísimos... ¡y Alya no ha parado de llamar en toda la mañana!
Había estado tan ocupada que había olvidado por completo que debía contactar con ellos, porque aquella mañana se había marchado de casa sin que nadie la viera para ir junto a Cat Noir a la caza de Lepidóptero.
En cuanto Tikki se refugió en su bolso, Marinette echó a correr en dirección a la panadería.
Su madre, que estaba atendiendo tras el mostrador, lanzó una exclamación al verla:
–¡Por fin, Marinette! ¿Dónde estabas? ¿Has visto las noticias?
Ella inspiró hondo, tratando de recobrar el aliento.
–Sí, dicen que han capturado a Lepidóptero...
–¡Nada menos que Gabriel Agreste! –exclamó una clienta–. ¿Quién lo iba a decir?
–Tiene que ser un error –intervino otra señora–. Un hombre como Gabriel Agreste, que tiene todo lo que quiere, no tiene ninguna necesidad de convertirse en un villano...
–Pero Ladybug y Cat Noir se enfrentaron a él... –les recordó un tercer cliente.
–¿Y si se equivocaron de persona? Después de todo, son muy jóvenes, ¿no? Y hasta los superhéroes pueden cometer errores.
Marinette no sabía qué decir. Su madre dejó un momento a los clientes, que seguían debatiendo, y se acercó a ella para preguntarle en voz baja:
–¿Has hablado ya con Adrián?
Marinette se sobresaltó.
–¿Cómo dices? Yo... no, no lo he visto en todo el día –mintió.
Sabine suspiró.
–La policía ha estado aquí preguntando por vosotros, Marinette.
–¿Por qué? –se alarmó ella.
–Están buscando a Adrián. La asistente del señor Agreste dice que lo vio en casa poco antes de que llegaran Ladybug y Cat Noir... y que estaba contigo.
Marinette no respondió.
–¿Sabes dónde está? –insistió su madre.
Ella inspiró hondo.
–Fui a su casa esta mañana, sí. Pero estuvimos en su habitación y no nos enteramos de lo que pasaba. Cuando bajamos, Ladybug y Cat Noir habían capturado al señor Agreste y había policías por todas partes, y luego... perdí de vista a Adrián. Supongo que se asustó y se fue, no lo sé.
Sabine movió la cabeza, preocupada.
–Pero ¿por qué huyó?
–Bueno, acababa de enterarse de que su padre es un supervillano, y por otro lado... él no es un chico cualquiera, mamá. Es famoso. ¿Te imaginas cómo lo acosará la prensa a partir de ahora?
Nada más decirlo fue consciente de que eso era lo que iba a pasar, y se calló, horrorizada. Adrián haría bien en mantenerse oculto bajo la máscara de Cat Noir durante un tiempo, pensó.
Su madre pareció comprenderlo también.
–Aun así, la policía querrá hablar con él. Han contactado también con sus amigos, pero nadie tiene noticias suyas. ¿No sabes dónde puede estar?
Ella negó con la cabeza. Sabine iba a añadir algo, pero vio por el rabillo del ojo que los clientes se impacientaban; no podía dejar la panadería desatendida por más tiempo, de modo que volvió a besar y a abrazar a su hija y le indicó que pasara al obrador a saludar a su padre.
En cuanto Marinette asomó por allí, Tom la envolvió en un abrazo de oso. Ella repitió las explicaciones que le había dado a su madre, reiteró que no sabía dónde estaba Adrián y logró despedirse por fin para subir a casa y encerrarse en su habitación a tratar de asimilar todo lo que había sucedido.
Antes de eso, sin embargo, llamó a Alya.
–¡Ya era hora, chica! –exclamó ella–. ¿Dónde te habías metido? ¡Los canales de noticias están que arden!
Marinette suspiró. Sabía que no era buena idea reconocer que había estado en la mansión Agreste, pero de todos modos Nathalie la había visto, se lo había dicho a la policía y pronto todo el mundo lo sabría.
–Estaba en casa de Adrián –dijo por fin.
Alya tardó unos segundos en sumar dos y dos.
–¿Cómo? ¿En la mansión Agreste? ¿Qué hacías allí? ¿Has visto cómo Ladybug y Cat Noir capturaban a Lepidóptero? ¡Oh, espera...! ¿Estabas allí por eso?
–¿Qué? ¡No! ¿Cómo iba a saber que iban a aparecer por allí?
–Ehm... ¿porque Cat Noir es tu novio, quizá?
Marinette inspiró hondo, tratando de ordenar sus pensamientos.
–Vale, a ver, intentaré explicártelo desde el principio, ¿de acuerdo? Pero no me interrumpas.
Le contó lo mismo que le había dicho a Nathalie y a su madre: que había ido a casa de Adrián a recuperar su bolso, que había estado con él en su habitación y que no se había enterado de nada hasta la llegada de la policía.
Y que no sabía dónde estaba Adrián, porque se había marchado justo después y no le había dicho a dónde iba.
–Vaya –murmuró Alya–, pensaba que quizá estaba contigo.
–No, yo estaba... con Cat Noir –improvisó.
–Ooh, de modo que tú eras la misión secreta de la que hablaba Ladybug.
Marinette enrojeció.
–Bueno, ayer fue un día duro para los dos, ya sabes. Queríamos pasar un poco de tiempo juntos. ¿Nino tampoco ha tenido noticias de Adrián?
–No, y lleva todo el día llamándolo al móvil, pero lo tiene apagado.
Marinette suspiró.
–Aparecerá. Probablemente solo necesita un poco de tiempo.
–Ya. –Alya calló un momento, pensativa, antes de añadir–: Me gustaría poder celebrar que Ladybug y Cat Noir han derrotado por fin a Lepidóptero, pero me siento mal por Adrián. Quiero decir... ¿cómo se enfrenta alguien a la noticia de que su padre es un supervillano?
–No lo sé, Alya –murmuró Marinette–. No lo sé.
Charlaron un poco más, pero Marinette no tenía muchas ganas de hablar. Y Alya también se sentía abatida, sin duda, pues se despidió de ella sin hacerle prometer que le conseguiría una entrevista en exclusiva con Cat Noir para su blog.
El resto del día transcurrió para Marinette de un modo similar, entre el alivio por haber derrotado a Lepidóptero, la preocupación por Adrián y la incertidumbre ante lo que iba a suceder en el futuro. Cuando se sentó con sus padres a ver las noticias comprendió que los parisinos se hallaban también muy desconcertados. Quizá habían esperado que la última batalla contra Lepidóptero fuera tan espectacular como algunas de las que el superdúo había librado contra los akumas anteriores; pero lo único que habían visto era la imagen de Gabriel Agreste entrando esposado en un coche de policía. A pesar de que Ladybug había asegurado ante las cámaras que ella y su compañero se las habían arreglado para descubrir la verdadera identidad de Lepidóptero para poder vencerlo con mayor facilidad, había mucha gente que no terminaba de creer que todo hubiese acabado por fin.
–¿Qué harán Ladybug y Cat Noir si finalmente se confirma que Lepidóptero ha sido derrotado? –se preguntaba Nadia Chamak en las noticias del mediodía–. ¿Seguirán velando por nosotros? ¿Nos revelarán su verdadera identidad? Hemos interrogado a Ladybug al respecto pero no ha podido o no ha querido responder a esta cuestión.
A lo largo del día, los canales de noticias hablaron también largamente de Gabriel Agreste, repasando su carrera en el mundo de la moda y los hitos más importantes de su biografía. Para cuando comenzaron los boletines informativos de la noche, todos los medios habían puesto ya el foco en Adrián Agreste y en el hecho de que nadie sabía dónde estaba.
–Pobre chico –murmuró Sabine, muy preocupada–. A saber qué le pasa ahora por la cabeza. ¿Sigues sin tener noticias suyas, Marinette?
Ella negó con la cabeza, consultando el móvil una vez más. Aún no se había puesto en contacto con ella, ni como Adrián ni como Cat Noir.
Cuando terminó de cenar, Marinette dijo a sus padres que estaba cansada y que se iba a su habitación a dormir. Aprovechando que no miraban, se llevó también un plato con algo de comida que incluía un poco de queso para Plagg.
Momentos después, ya en pijama, apagaba la luz y se metía en la cama, con la mirada fija en la ventana que conducía al balcón.
Cat Noir apareció poco antes de medianoche. Encontró la ventana abierta y se dejó caer sobre la cama de Marinette, con mucho cuidado para no despertarla en el caso de que ella estuviese dormida.
Pero Marinette lo había esperado despierta porque habría sido incapaz de conciliar el sueño sin saber si él estaba bien. Se lanzó sobre él y lo abrazó con todas sus fuerzas.
Quería preguntarle muchas cosas, pero no sabía por dónde empezar. Sintió que él la estrechaba también con un suspiro de alivio.
–Siento haberte hecho esperar –murmuró.
–No pasa nada. ¿Cómo te encuentras?
–Cansado y confuso todavía, pero... –Sacudió la cabeza–. No quiero hablar de eso ahora. He estado con el Gran Guardián –anunció.
–¿El Gran Guardián? –repitió ella, separándose para mirarlo a los ojos.
Tikki flotó hasta ellos, rauda como una centella.
–El maestro Fu; es el protector de los prodigios, Marinette –le explicó–. El que os concedió vuestros poderes a ti y a Adrián. Encantada de poder saludarte por fin, Cat Noir –le dijo al chico con una amplia sonrisa–. Soy Tikki –añadió tendiéndole una minúscula patita.
Cat sonrió y alargó el dedo índice para que ella se lo estrechara.
–Encantado de conocerte, Tikki –respondió.
Marinette, por su parte, seguía desconcertada ante las noticias de Cat Noir.
–Pero... pero... ¿cómo puede ser? Yo encontré mi prodigio encima de mi escritorio. Nadie me lo entregó.
–Bueno, es evidente que alguien lo puso ahí –señaló Tikki, y ella enrojeció al darse cuenta de que nunca antes había pensado en ello.
–Le entregué el broche de Lepidóptero, y a Nooroo –siguió contando Cat Noir–. Dice que se recuperará en cuanto descanse un poco, y con respecto al prodigio... –Los ojos le brillaron en la penumbra–, lo devolvió al cofre donde guarda los otros.
–¿Los otros? –repitió Marinette pasmada–. ¿Quieres decir que hay más prodigios?
–Muchos más –confirmó Tikki–, pero los vuestros son los más poderosos.
–Oh, me encantaría verlos.
–Iremos juntos a visitar al maestro Fu, cuando las cosas se calmen un poco –le prometió Cat Noir, tomándola de las manos–. Dice que tiene muchas ganas de volver a verte.
–¿Volver a verme? ¿Es que lo conozco de algo?
–Me ha contado que fuiste a visitarlo una vez, para que curara a Tikki, porque estaba enferma.
Se hizo la luz en la mente de Marinette.
–¡Oh, el anciano sanador chino! –exclamó–. Pero ¿cómo es posible? ¿Él es el Gran Guardián? ¡No me lo dijo!
–Bueno, tú tampoco le dijiste que eras Ladybug –señaló Tikki con una risita–, aunque él ya lo sabía, claro.
Marinette sonrió, aún un poco aturdida. Había pasado meses convencida de que guardaba un gran secreto que no podía revelar a nadie y ahora descubría que había mucha gente a su alrededor que protegía secretos similares.
–De modo que tanto el prodigio de Lepidóptero como su kwami están ahora en buenas manos –concluyó Cat Noir–. Así que parece que nuestro trabajo ha terminado.
Marinette permaneció un momento callada, pensando.
–¿Quiere decir eso que debemos devolver nuestros prodigios también? –planteó entonces.
–Lo pregunté al maestro Fu, y me dijo que podíamos conservarlos un tiempo más, hasta que todo volviera a la normalidad. –Marinette se quedó mirándolo, y Cat Noir añadió, deprisa–: Por otro lado, en el cofre faltaba otro prodigio..., el del pavo real. Plagg dijo que mi padre guardaba una copia en su caja fuerte, así que es posible que él también lo estuviese buscando. Al parecer posee también un libro que podría contener algunas pistas sobre su ubicación, y había pensado que quizá podríamos tratar de localizarlo nosotros y devolverlo al maestro Fu antes de que caiga en malas manos...
Se interrumpió cuando Marinette posó la mano sobre su antebrazo para llamar su atención.
–No quieres dejar de ser Cat Noir, ¿verdad? –le preguntó con suavidad.
Él abrió la boca para responder, pero pareció pensarlo mejos. La miró un momento y negó con la cabeza.
–Está bien –murmuró Marinette–. No pasa nada si necesitas más tiempo. Para eso no hace falta que te embarques en una nueva misión.
Cat Noir suspiró.
–Siempre me ha parecido que ser Cat Noir era mejor que ser Adrián Agreste –confesó–. Cat Noir puede ir a donde quiera, hacer lo que quiera, decir lo que quiera. Y salva el mundo y hace cosas importantes. Como Adrián, sin embargo... estaba atrapado en el horario que mi padre había diseñado para mí. Casi nada de lo que hacía lo había elegido yo. Y luego, por otra parte... tenía que proyectar una imagen determinada, ¿entiendes? No solo para no decepcionarlo, sino también... para no dañar su reputación. Soy la imagen de su empresa, literalmente. Así que no podía divertirme, enfadarme, rebelarme ni hacer el tonto como un adolescente normal. Tenía que ser...
–...Perfecto –murmuró Marinette con un nudo en la garganta–. Lo sé. Lo siento.
Se habría abofeteado a sí misma por no haber sido capaz de comprender aquello en el pasado. Por haberse dejado encandilar por el modelo que Gabriel Agreste había construido, sin intuir el daño que su ambición causaba en el muchacho que se ocultaba debajo.
Cat Noir le dedicó una tierna sonrisa.
–Pero, ¿sabes una cosa? –prosiguió–, últimamente me he dado cuenta de que ser Adrián Agreste también tiene sus ventajas.
Ella lo miró con curiosidad.
–¿De verdad?
Él asintió.
–Adrián va contigo a clase. Puede verte todos los días. Puede salir a pasear contigo. Puede invitarte a cenar o al cine. Puede llevarte a una fiesta y bailar contigo sin tener que esconderse –concluyó, mirándola con tanta intensidad que la hizo enrojecer.
–Pero... pero... –balbuceó Marinette; entonces lo entendió–. Oh. El baile. Fuiste tú todo el tiempo. Mi p-pareja.
–Siempre, milady –respondió él con una sonrisa.
Marinette se esforzó por no dejarse distraer.
–¿Por eso insististe en que fuera al baile con Adrián? ¿Porque eras tú?
–Obviamente.
–¡Y yo sintiéndome culpable por haber disfrutado tanto en la fiesta! Si lo hubiese sabido...
–Ah, pero ya te dije que no debías sentirte culpable, que... un momento, ¿lo pasaste bien? –Le dirigió de nuevo aquella sonrisa pícara que en las últimas semanas se había convertido en el punto débil de Marinette–. ¿Con Adrián Agreste?
Ella desvió la mirada, muy colorada.
–Sabes que sí –gruñó de mala gana.
La sonrisa de Cat Noir se ensanchó. Tomó a Marinette por la cintura para acercarla a él y respondió con suavidad:
–No te enfades. Podemos repetirlo cuando quieras. O podríamos haberlo hecho –añadió, y una sombra de dolor oscureció su mirada– si mi padre no se las hubiese arreglado para arruinar mi vida una vez más.
–¿Qué quieres decir? –inquirió ella, inquieta ante aquel súbito cambio de humor.
Cat Noir suspiró.
–Mira, salir con el hijo de un diseñador famoso tiene sus... peculiaridades. Por la prensa del corazón y todo eso. Pero salir con el hijo de un supervillano... sería un infierno –concluyó, sacudiendo la cabeza–. No puedo hacerte eso, Marinette. Creo que estarás mejor con Cat Noir. Y yo estaré mejor siendo Cat Noir –añadió.
Marinette iba a señalar que era mayorcita para tomar sus propias decisiones, pero la última frase de su compañero la hizo reflexionar.
–No puedes esconderte detrás de esa máscara para siempre, minino –le dijo con dulzura.
Cat Noir suspiró.
–Lo sé, es solo que... ha habido muchos momentos en mi vida en los que he deseado no ser quien soy..., pero nunca tanto como hoy.
Marinette no respondió. Solo lo abrazó con fuerza para brindarle su apoyo, porque sentía que en aquel momento el cariño sería mucho más consolador que cualquier cosa que pudiera decirle.
–Pero tienes razón –prosiguió él, acariciándole el pelo distraídamente–. Hoy llevo todo el día transformado en Cat Noir, y creo que Plagg empieza a estar cansado. –Suspiró–. Incluso me parece estar oliendo a queso en alguna parte, así que debe de ser su forma de protestar o algo así.
Marinette ahogó una risita.
–Eso es porque hueles a queso de verdad –le explicó–. Te he preparado algo de cenar, y no me he olvidado de Plagg.
Las tripas de Cat Noir resonaron con urgencia.
–¡Plagg! –protestó el chico, poniéndose rojo.
Marinette seguía sonriendo.
–No pasa nada, Cat. Puedes volver a transformarte.
Él la miró, dubitativo.
–¿Estás segura?
–Claro que sí.
El chico inspiró hondo y murmuró:
–Plagg, garras fuera.
Marinette contempló, maravillada, cómo un destello de luz verde lo envolvía para convertirlo de nuevo en Adrián Agreste. Apenas prestó atención al pequeño kwami que salió disparado hacia el plato de comida, siguiendo el olor del queso, sin molestarse en saludar siquiera. Porque Marinette solo tenía ojos para Adrián.
–Plagg, maleducado –gruñó el chico–. Di «hola» por lo menos, ¿no?
–Hola por lo menos –respondió la voz de Plagg desde el piso de abajo, acompañada por una risita de Tikki.
Adrián sacudió la cabeza, entre molesto y divertido; entonces fue consciente de que los kwamis los habían dejado solos, y se volvió hacia Marinette.
Ella lo miraba con los ojos muy abiertos, súbitamente sonrojada.
–¿Hay... algún problema? –tanteó, inquieto–. Con el hecho de que sea yo, quiero decir. Sé que no hemos podido hablar de ello, pero...
Alargó la mano para acariciarle la mejilla, pero ella se echó hacia atrás instintivamente. Adrián dejó caer la mano, abatido.
–Lo siento –murmuró.
Marinette negó con la cabeza.
–No, no, no lo sientas, no es culpa tuya. Es que... en mi cabeza todavía sois dos personas diferentes, y... no sé, es extraño. No me malinterpretes, obviamente sabía que no tenías pupilas verticales ni orejas de gato. Pero creía que conocía a Cat Noir. No tenía prisa por conocer su verdadera identidad porque creía que sería solo un rostro y un nombre, nada más. Pero resulta que eres... otra persona a la que ya conocía de antes. Y tenía una historia contigo. Q-quiero decir, ya éramos compañeros de clase, amigos... no se trata solo de poner un rostro y un nombre a Cat Noir. Es encajarlo con Adrián Agreste, y es...
–...difícil, lo sé. Lo comprendo. También a mí me ha resultado raro verte esta mañana como Ladybug. Pero imagino que terminaremos por hacernos a la idea, ¿no es así?
Marinette apenas lo escuchaba. Sabía que le costaría asimilar el hecho de que Adrián era Cat Noir, pero acababa de darse cuenta de otra cosa en la que hasta aquel momento no se había detenido a pensar.
Adrián estaba sentado en su cama. Había entrado por la ventana de su cuarto, como hacía todas las noches... porque solían dormir juntos.
Marinette llevaba un mes durmiendo en la misma cama que Adrián Agreste.
Un súbito calor abrasó sus mejillas. Enterró el rostro entre las manos con un gemido de espanto.
–Marinette, ¿estás bien? –oyó enseguida que le preguntaba Adrián.
Ella se atrevió a lanzarle una breve mirada entre sus dedos, sin apartarse las manos de la cara. Fue entonces cuando descubrió la expresión preocupada de Adrián y, sobre todo... la profunda tristeza que latía en sus ojos. Y el miedo.
No se lo merecía, pensó de pronto. Seguía siendo Cat Noir, el chico del que se había enamorado... dos veces, comprendió. Y ya había sufrido bastante aquel día como para tener que aguantar aquello.
Respiró profundamente y después, despacio, apartó las manos de la cara y se atrevió a mirarlo, aún sonrojada.
–No tiene que ver contigo –acertó a decir por fin–. Bueno, sí, pero no es culpa tuya...
Tuvo que detenerse y respirar de nuevo antes de ser capaz de hablar con coherencia. Por fin, venciendo su timidez y su vergüenza, confesó:
–Es solo que... he estado muy enamorada de ti... de Adrián Agreste, quiero decir. Antes de empezar a salir contigo... con Cat, me refiero. Y bueno..., siempre me he sentido bastante... intimidada... Quiero decir, el corazón prácticamente se me salía del pecho cada vez que me mirabas... y m-me sentía incapaz de decirte dos frases seguidas sin tartamudear... Y pensaba que había pasado página porque estaba saliendo con un chico maravilloso al que quiero con locura... pero resulta que eras tú... Y no puedo evitar fangirlear muchísimo ante la idea de que llevo un mes saliendo con Adrián Agreste... y al mismo tiempo me siento súper culpable porque de verdad, de verdad, de verdad estoy enamorada de Cat Noir, pero he estado durmiendo contigo y ahora me muero de vergüenza solo de pensarlo, y no sé ni cómo sentirme –soltó por fin.
Adrián se quedó mirándola unos segundos, perplejo. Después estalló en carcajadas.
Marinette tardó unos instantes en reaccionar:
–¡Baja la voz, nos van a oír mis padres!
Adrián se tapó la boca con las manos, pero sus hombros seguían sacudiéndose en una risa silenciosa. Por fin fue capaz de calmarse y mirarla a los ojos con una tierna sonrisa.
–Marinette. No tienes nada de qué avergonzarte. Ya sabía lo que sentías por mí cuando empezaste a salir con Cat Noir. ¿No te acuerdas?
Ella parpadeó, evocando la tarde del vendaval. Colocando todas las piezas en su lugar.
Cat Noir había visto los posters en su habitación. Y ella le había hablado de su amor por Adrián.
Pero ahora resultaba que Cat Noir era Adrián, así que... se lo había confesado a él.
Exactamente de la misma manera que Cat Noir le había hablado de sus sentimientos por Ladybug... sin saber que se lo estaba diciendo a la auténtica Ladybug.
–Oh –murmuró–. Oh, no. Te conté lo del paraguas –recordó–. Y lo de la tarjeta de San Valentín.
–En efecto, lo hiciste –respondió él, con una sonrisa maliciosa.
Y era una sonrisa cien por cien Cat Noir, y Marinette volvió a sentir que le ardían las mejillas, y volvió a cubrirse la cara con las manos, muerta de vergüenza.
Porque acababa de comprender que sería completamente incapaz de resistirse a la sonrisa de Cat Noir en la cara de Adrián Agreste.
«Estoy perdida», pensó.
Trató de centrarse.
–Pero... pero... no lo entiendo –fue capaz de decir por fin, levantando de nuevo la mirada–. Quiero decir, tú y yo somos compañeros de clase... amigos. Pero tú nunca... nunca te habías fijado en mí, no de esa manera. ¿Por qué me besaste aquella noche?
–Por la misma razón por la que tú besaste a Cat Noir, supongo –respondió él, poniéndose serio de repente–. Mira, yo... Siempre me has caído bien, y siempre te he admirado porque eres increíble en muchos aspectos, Marinette. Pero no fui consciente de lo que sentías por mí hasta que me lo dijiste aquella noche. Por otro lado..., yo estaba enamorado de Ladybug... que ha resultado que eras tú, pero claro, yo no lo sabía. Así que en realidad no estaba... receptivo, podríamos decir. Y fue toda una sorpresa descubrir lo que sentías por mí. Me sentí estúpido por no haberme dado cuenta antes. Y culpable. Porque lo estabas pasando fatal por mi causa. Y entonces te... te pusiste a llorar, y te abracé, y...
–Espera –cortó ella–. No lo entiendo, ¿por qué debías sentirte culpable?
–Quedé contigo en el parque. Te di plantón, y te cayó un árbol encima.
Marinette se quedó mirándolo.
–No me diste plantón –comprendió de pronto–. Estabas allí. Eras Cat Noir, pero estabas allí. Y me salvaste la vida. Arriesgaste tu vida para salvarme. Como hacías con Ladybug.
Y había sido Adrián quien había estado protegiéndola todo aquel tiempo. Contra Cupido Oscuro. Contra Timebreaker. Todas las veces.
–Me quedé atrapado en un atasco, no te mentí en eso. Pero salí del coche para poder transformarme en Cat Noir y llegar a tiempo a la cita. Pensaba que me estarías esperando en la panadería, no creí que estarías en el parque, y luego... todo pasó muy deprisa. Ya me habías visto como Cat Noir, así que Adrián no podía aparecer. No sabía que te iba a afectar tanto el hecho de que faltase a una cita contigo, Marinette. No lo sabía, y me sentí fatal por haberte hecho llorar.
–¿Por eso me besaste? –preguntó ella, casi sin aliento–. ¿Te di... pena o algo por el estilo?
–¿Qué? ¡No! –Adrián sostuvo su rostro entre las manos, con delicadeza, para mirarla a los ojos–. Marinette, te besé porque quería hacerlo. Estuvimos hablando, y conforme pasaban los minutos, yo... no sé lo que me pasó. Solo sé que te miré a los ojos y de pronto sentí que necesitaba besarte. Estrecharte entre mis brazos y no volver a dejarte marchar. Nunca. –La voz se le quebró por la emoción–. Puede que viera a Ladybug en ti en aquel momento y no lo supiera o puede que me enamorase de ti otra vez. No lo sé, y no me importa. El caso es que te quiero, Marinette. Como Cat Noir, como Adrián...
Ella fue incapaz de responder. Tenía un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas.
–Hace tiempo que quería contarte la verdad, pero Ladybug y tú... o sea, tú... insististe en que era importante mantener nuestra identidad en secreto, por seguridad. Pero te veía todos los días en el colegio y tenía que fingir que eras solo mi amiga... –Inspiró hondo–. Eso se acabó, Marinette. Yo ya no me conformo con encuentros secretos. Yo quiero poder pasear contigo de la mano a la luz del día y poder decir a todo el mundo que eres mi novia y que te quiero con locura. –Tragó saliva–. Si es lo que tú quieres también, claro. Comprendo que quizá...
Pero ella no lo dejó terminar. Se lanzó a sus brazos y lo besó, y él le devolvió el beso, sintiendo que por fin, tras dos días de angustia e incertidumbre, una de las piezas más importantes de su vida volvía a colocarse en el lugar que le correspondía.
NOTA: Sobre el prodigio del pavo real, hace poco Thomas dijo en un encuentro con fans que debíamos tener en cuenta que Plagg no reaccionó ante el broche que había en la caja fuerte de Gabriel Agreste, insinuando que podría no ser el auténtico y por eso no le llamó la atención. Así que lo he reflejado en mi historia.
¡Un capitulo más y acabamos! Quedan aún algunas cosas que explicar :).
