Parte 2


Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 36

— ¿Están listas las cosas para tu reunión esta noche con el Capitán Westfall? — Aedion pudo haber jurado que Ren Allsbrook se erizó al decir el nombre entre dientes.

Sentado junto al joven lord en la cornisa del tejado del departamento del almacén, Aedion consideró el tono de Ren, y decidió que no era desafío suficiente para justificar una bofetada verbal, y asintió mientras regresaba a limpiar sus uñas con uno de sus cuchillos de combate.

Ren había estado recuperándose por varios días ya, después de que el Capitán lo hubiera sorprendido en el salón de invitados del departamento. El anciano se había rehusado a tomar el dormitorio principal, diciendo que prefería el sofá, pero Aedion se preguntaba que exactamente había observado Murtaugh cuando arribó al departamento. Si sospechaba quién era el dueño, Candy o Aelin o ambas, no reveló nada.

Aedion no había visto a Ren desde la tienda de opio, y no sabía verdaderamente porque se había molestado en venir esta noche. Él dijo, —Te las has arreglado para construirte una red de maleantes aquí. Eso dista mucho de las altas torres del castillo de Allsbrook.

La mandíbula de Ren se apretó. —Tú igual estás bastante lejos de las blancas torres de Orynth. Todos lo estamos. — Una brisa revolvió el enmarañado pelo de Ren. —Gracias. Por ayudar esa noche.

—No fue nada, —dijo Aedion fríamente, lanzando una sonrisa perezosa. —Mataste por mí, y después me escondiste. Eso es algo. Te debo.

Aedion estaba bastante acostumbrado a aceptar las gracias de otros hombres, de sus hombres, pero esto... —Debiste haberme dicho, — dijo, dejando caer la sonrisa mientras veía las luces doradas titilar a través de la ciudad, —que tú y tu abuelo no tenían hogar.- O dinero. Con razón las ropas de Ren estaban tan raídas. La vergüenza que Aedion había sentido esa noche casi lo había abrumado, y lo había perseguido por estos últimos días, a nando su temperamento a un borde casi letal. Había tratado trabajar con los guardias del castillo para olvidarlo, pero luchar con los hombres que protegían al rey solo lo había a lado.

—No veo cómo eso sea relevante para nada, — dijo Ren tenso. Aedion podía entender el orgullo. La clase del de Ren iba profundo, y admitir esta vulnerabilidad era tan difícil para él como aceptar su agradecimiento para Aedion. Ren dijo, —Si hayas la manera de romper el hechizo en la magia, ¿Lo harás, cierto?

—Sí, puede marcar la diferencia en cualquiera de las batallas que se avecinan.

—No hizo diferencia hace diez años. — La cara de Ren era un mascara de hielo, y en- tonces Aedion recordó. Ren difícilmente tenía una gota de magia. Pero las dos hermanas mayores de Ren... Las niñas habían estado lejos en su escuela de las montañas cuando todo se volvió un infierno. Una escuela de magia.

Como si leyera sus pensamientos, como si fuera una demanda de la ciudad debajo, Ren dijo, —Cuando los soldados nos arrastraron a las cuadras destrozadas, eso era de lo que se burlaban de mis padres. Porque incluso con su magia, la escuela de mis hermanas estaba indefensa no podían hacer nada contra diez mil soldados.

—Lo lamento, —dijo Aedion. Eso era todo lo que podía ofrecer por el momento, hasta que Aelin regresara.

Ren lo miro de frente. —Volver a Terrasen será... difícil. Para mí, y para mi abuelo. — Parecía luchar con las palabras, o con la idea de decirle a alguien cualquier cosa, pero Aedion le dio el tiempo que necesitaba. Al nal Ren dijo, —No estoy seguro de ser lo su - cientemente civilizado ahora. No sé si... si puedo ser un Lord, incluso. Si mi gente pudiera quererme como un Lord. Mi abuelo es más apto, pero es un Allsbrook por matrimonio y dice no querer mandar.

Ah. Aedion se encontró a sí mismo detenido, contemplando. La palabra equivocada, la reacción equivocada, podría hacer que Ren se callara para siempre. No debería importar, pero lo hacía. Así que dijo, —Mi vida ha sido guerra y muerte por los últimos diez años. Probablemente será guerra y muerte por los próximos también. Pero si hay algún día en el que encontremos la paz... —Dioses, esa palabra, esa bella palabra. —Será una ex- traña transición para todos nosotros. Por lo que sea que valga, no veo como la gente de Allsbrook no recibirían a un Lord que paso años tratando de romper la ley de Adarlan o un Lord que paso años en pobreza por ese sueño.

—He...hecho cosas, — dijo Ren. —Cosas malas. — Aedion lo había sospechado des- de el momento en que Ren les dio la dirección de la tienda de Opio.

—Como todos, — dijo Aedion. Como Aelin. Quería decirlo, pero aun no quería a Ren o a Murtaugh o a cualquiera sabiendo una maldita cosa de ella. Era su historia que contar.

Aedion sabía que la conversación se iba a poner fea cuando Ren se tensó y pregunto muy bajo, — ¿Qué piensas hacer acerca del Capitán Westfall?

—Justo ahora, el Capitán Westfall es útil para mí, y es útil para nuestra reina.

—Así que apenas termine su vida útil...

—Lo decidiré cuando el momento llegue, si es seguro dejarlo vivir. — Ren abrió la boca, pero Aedion agregó, —Esta es la manera en que tiene que ser. La forma en que opero — Incluso si ha ayudado a salvar la vida de Ren y dado un lugar para quedarse.

—Me pregunto qué pensará nuestra reina de la manera en la que haces las cosas.

Aedion le lanzó una mirada que había mandado hombres corriendo. Pero él sabía que Ren no le tenía un miedo particular, no con lo que había visto y padecido. No después de que Aedion hubiera matado por él.

Aedion dijo, —Si ella es inteligente, entonces me dejara hacer lo que se necesite. Ella me usará como el arma que soy.

— ¿Y si ella desea ser tu amiga? ¿Le negarías eso también? —No le negaré nada.
— ¿Y si te pregunta que seas su rey?
Aedion mostró los dientes. —Su ciente.

— ¿Quieres ser rey?

Aedion lanzo sus piernas sobre el techo y se puso de pie. —Todo lo que quiero, — gru- ñó, —es que mi gente sea libre y mi reina restaurada en su trono.

—Ellos quemaron el trono de astas, Aedion. No hay un trono para ella.

—Entonces construiré uno yo mismo de los huesos de nuestros enemigos.

Ren hizo una mueca mientras se paraba también, sus heridas sin lugar a dudas lo molestaban, y mantuvo su distancia. Podría no tener miedo, pero no era estúpido. —Res- ponde la pregunta. ¿Quieres ser rey?

—Si ella me lo pregunta, no la rechazaría. — Era la verdad.

—Esa no es una respuesta.

Él sabía porque Ren había preguntado. Incluso Aedion estaba consciente de que po- día ser rey con su legión y lazos con los Ashrvyers, él sería un partido ventajoso. Un rey guerrero pondría a los enemigos a pensar dos veces. Incluso antes de que su reino se cayera, él había escuchado los rumores...

—Mi único deseo, — dijo Aedion, gruñendo en la cara de Ren, —es verla de nuevo. Solo una vez, si es que los Dioses me lo permiten. Si me conceden más tiempo que eso, entonces les agradeceré cada maldito día de mi vida. Pero por ahora, todo por lo que trabajo es para verla, para saber con certeza que ella es real que ella sobrevivió. El resto no te concierne.

Sintió los ojos de Ren sobre él mientras se desvanecía por la puerta hacia el departa- mento de abajo.

oooooooooooooooooo

La taberna llena de soldados que estaban haciendo la rotación camino a Adarlan, el calor y la peste de cuerpos haciendo que Albert deseara que Aedion hubiera hecho esto solo. No había manera de ocultarlo que él y Aedion eran amigos de bebida, mientras el general gritaba a todos que escucharan al mismo tiempo que los soldados vitoreaban.

—Mejor esconderlo justo debajo de las narices de todos que pretender, ¿no? — Aedion murmuró a Albert mientras otra bebida gratis era aporreada en su manchada, empapada mesa, cortesía de un soldado que había reverenciado, reverenciaba actualmente, a Aedion.

—Para el Lobo, — dijo el soldado de piel bronceada y con cicatrices, antes de regresar a su mesa repleta de sus camaradas.

Aedion saludo al hombre con la jarra, ganándose vítores en respuesta, y no había nada ngido en su era sonrisa. No le tomo tiempo a Aedion encontrar a los soldados que Murtaugh pensaba que debían interrogar a los soldados que habían estado estacionados en uno de los puntos que sospechaban era el origen del hechizo. Mientras Aedion estaba buscando al grupo correcto de hombres, Albert se tomaba el tiempo para sus propias obligaciones que ahora incluían considerar a un candidato para reemplazarlo y empacar para su regreso a Anielle. Había ido a Rifthold el día de hoy, con la excusa de encontrar una compañía para mandar por barco su primera carga de posesiones, una tarea que ya había completado. No quería pensar en que haría su madre cuando la carga de libros llegara a la Guarda.

Albert no se molestó en parecer cómodo mientras decía, —Solo apúrate.

Aedion se paró, blandiendo su jarra. Como si todo el mundo lo hubiera estado observando, se quedaron en silencio.

—Soldados, — dijo, fuerte y bajo al mismo tiempo, grave y reverente. Giro en su mismo lugar, jarra aun en mano. —Por su sangre, por sus cicatrices, por cada abolladura en su escudo y cada mella en su espada, por cada amigo y enemigo muerto delante de ustedes...— La jarra se alzó más alto, y Aedion inclino la cabeza, cabello dorado brillando en la luz. —Por lo que han dado, y que aun les falta dar, los saludo.

Por un latido, mientras el salón tronaba en gritos y voces, Albert se asombró de lo que realmente hacia a Aedion una amenaza, lo que lo hacía un Dios para estos hombres, y por qué el Rey toleraba su insolencia, con anillo o sin anillo.

Aedion no era un noble en un castillo, tomando vino. Él era metal y sudor, sentado en esta sucia taberna, tomando su ginebra. Si es real o no, ellos creían que le importaban, que los escuchaba. Ellos se enorgullecían cuando el recordaba sus nombres, los nom- bres de sus esposas y hermanas, y dormían seguros de que él los veía como hermanos. Aedion se aseguraba de que ellos creyeran que él pelearía y moriría por ellos. De esa manera ellos pelearían y morirían por él.

Y Albert tenía miedo, pero no por él mismo.

Tenía miedo de lo que vendría cuando Aedion y Aelin se reunieran. Porque él había visto en ella esa misma chispa que hacía que la miraran y escucharan. La había visto acechar en una reunión del consejo con la cabeza del concejal Mullison y una sonrisa al Rey de Adarlan, cada hombre en esa habitación cautivado y petri cado por el tornado negro de su espíritu. Los dos junto, ambos letales, trabajando para construir un ejército, para encender a su gente... Él tenía miedo de lo que podrían hacerle a este reino.

Porque este era aún su reino. Él trabajaba para Terry, no para Aelin, no para Aedion. Y él no sabía donde quedaba con todo esto.

oooooooooooooooooo

— ¡Un concurso! — Aedion grito, de pie en la banca. Albert no se había movido durante la larga, larga hora que Aedion había sido saludado y celebrado por la mitad de los hombres en la habitación, cada uno con su turno para ponerse de pie y decir su historia al general.

Cuando Aedion tuvo su ciente de ser homenajeado por su propio enemigo, sus ojos de Ashryver brillando en un desenfreno que Albert sabía que era precisamente porque los odiaba a todos y cada uno de ellos y que estaban comiendo de la palma de su mano como conejos, el general rugió para el concurso.

Hubo unas cuantas sugerencias de juegos de bebida, pero Aedion alzo su jarra y cayo el silencio. —Él que haya viajado más lejos bebe gratis.

Hubo gritos de Banjali, Orynth, Melisande, Anielle, Endovier, pero entonces... — ¡Silencio, todos ustedes! —Un soldado viejo y de cabello cano se puso de pie. —Yo les gano a todos. — Levanto su vaso al general, y sacó un pergamino de su chaleco. Soltó los papeles. —Acabo de pasar cinco años en Noll.

Justo en el blanco. Aedion golpeó el sitio vacío en la mesa. —Entonces tú tomas con nosotros, mi amigo. — El salón estalló en vítores de nuevo.

Noll. Un pequeño punto en el mapa en el borde más alejado de la Península Desértica. El hombre se sentó, y antes de que Aedion pudiera alzar un dedo al cantinero, una jarra fresca estaba delante del extraño. —Noll, ¿no? — dijo Aedion. —Comandante Jensen, de la vigésima cuarta legión, señor. — ¿Cuántos hombres tenías bajo tu mando, comandante?

—Dos mil hombres todos nosotros enviados de regreso aquí el mes pasado.—Jensen tomo un largo trago. —Cinco años, y acabados así como así. — Chasqueó sus delgados dedos llenos de cicatrices.

— ¿Supongo que Su Majestad no les dio aviso?

—Con todo el respeto, general... no nos dijo ni una mierda. Me dijeron que debíamos desalojar porque nuevas tropas estaban en camino, y ya no éramos necesarios.

Albert mantuvo la boca cerrada, escuchando, como Aedion le había dicho que hiciera. — ¿Por qué? ¿Los está mandando a unirse a otra legión?
—No han dicho nada. Ni siquiera nos dijeron quién tomaba nuestro lugar.
Aedion sonrió. —Al menos ya no están en Noll.

Jensen clavó la vista en su bebida, pero no antes de que Albert viera la sombra en los ojos del hombre.

— ¿Cómo fue? Fuera de registro, por supuesto. —Dijo Aedion.

La sonrisa de Jensen se desvaneció, y cuando alzó la vista, no había luz en sus ojos. —Los volcanes están activos, así que siempre está oscuro, verá usted, porque la ceniza lo cubre todo. Y por culpa de los gases, siempre tuvimos dolores de cabeza, algunas ve- ces los hombres se volvían locos por ellos. Algunas veces tuvimos hemorragias nasales por ellos también. Recibíamos nuestra comida una vez al mes, ocasionalmente menos que eso dependiendo de la temporada y cuando los barcos podían traer recursos. Los lugareños no harían el viaje a través de las arenas, no importa lo mucho que amenazáramos o sobornáramos.

— ¿Por qué? ¿Fatiga?

—Noll no es mucho, solo la torre y el pueblo que construimos alrededor de ella. Pero los volcanes eran sagrados, y diez años atrás, puede que un poco antes, aparentemente nosotros... no mis hombres, porque yo no estaba ahí, pero los rumores dicen que el Rey llevo una legión a esos volcanes y saqueó el templo. — Jensen sacudió su cabeza. —Los lugareños escupen sobre nosotros, incluso los hombres que no estuvimos ahí, por eso. La torre de Noll fue construida después de eso, y luego la maldijeron también. Por lo que siempre hemos sido solo nosotros.

— ¿Una torre? — Albert dijo bajo, y Aedion frunció el ceño.
Jensen tragó profundamente. —No es que nos permitieran entrar a ella.

—Los hombres que se volvieron locos, — Aedion dijo, media sonrisa en su rostro. — ¿Qué hicieron exactamente?

Las sombras regresaron y Jensen miró a su alrededor, no para ver quién estaba escuchando, sino como si quisiera encontrar una manera para salir de esa conversación. Pero después miró al general y dijo, —Nuestros reportes dicen, general, que los matamos con echas en la garganta. Rápido y limpio. Pero...

Aedion se inclinó sobre la mesa. —Ni una palabra deja esta mesa.

Un asentimiento vago. —La verdad fue, que para el momento que tuvimos nuestros arqueros listos, los hombres que se volvieron locos ya habían golpeado sus propios crá- neos. Cada vez, como si no pudieran sacar el dolor.

Candy afirmaba que Kaltain y Roland se habían quejado de dolores de cabeza. Como resultado de la magia del Rey usada en ellos, su horrible poder. Y ella le había dicho que había tenido un dolor de cabeza palpitante cuando descubrió esos calabozos secretos debajo del castillo. Calabozos que llevaban...

—A la torre ¿Nunca les dieron acceso? — Albert ignoró la mirada de advertencia de Aedion.

—No había puerta. Siempre pareció una decoración más que nada. Pero yo la odiaba todos lo hacíamos. Era solo esa horrible piedra negra.

Justamente como la torre del reloj en el castillo de cristal. Construida alrededor del mismo tiempo, sino unos pocos años antes. — ¿Por qué molestarse? — dijo Aedion, arrastrando las palabras. —Desperdicio de recursos, si me preguntas.

Aún había tantas sombras en los ojos del hombre, llenos de historias que Albert no se atrevía a preguntar. El comandante vació su vaso y se paró. —No sé por qué se molestaron con Noll, o Amaroth. Algunas veces mandamos hombres arriba y abajo del Mar Poniente con mensajes entre las torres, así que sabemos que tienen un similar. Ni sabíamos qué demonios hacíamos allá afuera, de todas formas. No había nadie para pelear.

Amaroth, el otro puesto de avanzada, y el otro posible punto de origen del hechizo según Murtaugh. Hacia el norte desde Noll. Ambas a la misma distancia de Rifthold. Tres torres de piedra negra, los tres puntos haciendo un triángulo equilátero. Tenía que ser parte del hechizo entonces.

Albert recorrió el borde de su copa. Había jurado dejar a Terry fuera de eso, dejarlo en paz...

No tenía manera de probar ninguna teoría, y no quería estar ni a unos diez pies de esa torre del reloj. Pero quizá la teoría podía ser probada a una escala más pequeña. Solo para ver si tenían razón acerca de lo que el rey había hecho. Lo que significaba que...

Necesitaba a Terry.