Capítulo 39

—Pues sí.— Las dos se giraron al oír la voz procedente de la puerta. Allí estaba el protagonista de la historia sonriendo como siempre, al parecer encantado con lo que estaba oyendo. Aunque ninguna de las dos sabía desde cuándo. —¿Puedo contarlo yo? —preguntó Jasper entrando al saloncito. Se sentó frente a las dos mujeres para evitar tentaciones, se sirvió café y se alegró de que alguien hubiera dejado una botella para acompañar.

—Los hombres no son buenos hablando de sus recuerdos. Omiten lo más importante — comentó Bella animada.

—Te aseguro que no me callaré nada —miró a su esposa arqueando una ceja—. Nada.

—De acuerdo.

—Bien, Alice me acompañó hasta mi casa. No podía llevarla a un hotelucho como ella quería, pues soy bastante maniático y, por qué no decirlo, cómodo. Así que mi casa era el lugar ideal. Se mostró aterrada todo el camino por lo que posiblemente iba a suceder.

—¡Eso no es cierto! Estaba enfadada, no aterrada.

—Cuando llegué a casa ordené que nos preparasen una cena y un baño.

Alice le siguió en silencio. Entraron a una gran alcoba, tan lujosa como las que había visto en el burdel. Observó cómo él se deshacía de algunas prendas hasta quedarse en camisa.

—He mandado preparar el baño.

—Estoy limpia —respondió orgullosa y empezó a desnudarse. Miró la cama y se encaminó hacia ella. Se tumbó boca arriba, desnuda de cintura para abajo y separó las piernas. Cerró los ojos y esperó a que pasase lo que tuviera que pasar. Solo esperaba aguantar el dolor y que todo fuera rápido para volver junto a su madre. Con los ojos bien cerrados esperó a que él hiciera el primer movimiento. En cualquier momento sentiría cómo el colchón cedía bajo su peso, o cómo respiraría cada vez más cerca. O cómo sus manos la tocarían. Esperó y esperó. Seguramente se estaba desnudando o simplemente bajándose los pantalones solo lo necesario para acabar cuanto antes. Seguía esperando. Separó un poco más las piernas, pues no sabía si con eso era suficiente. Pero nada, no se oía nada. ¿Y si era uno de esos caballeros que no podía...? En el burdel había escuchado todo tipo de historias referentes a las cualidades y manías de ¡os hombres. ¿Y si era uno de esos que la tenía tan grande? Ay, mi Dios, ¿dónde me he metido? Me va a doler, me va a doler... Pero seguía sin suceder nada. Aunque su olfato detectó algo. Con timidez abrió un ojo y le buscó con la mirada. No estaba. Abrió el otro y le vio. Se quedó pasmada al observarle. Nunca hubiera esperado algo así. Allí estaba, sentado en un gran sillón con una copa en la mano y un enorme habano. No sabía si sentirse ofendida por tener que rebajarse a acostarse con él o por su rechazo. —¿No quiere? —preguntó ella, y cerró las piernas.

—Eso nunca debes preguntarlo. —Dio una profunda calada—. Tu baño se enfría y...

—¡Ya le he dicho que estoy limpia! —le interrumpió ofendida. Puede que a diario tuviera que conformarse con agua fría y una áspera toalla, pero jamás salía a la calle sin asearse.

—Así no harás carrera. Debes obedecer a tu cliente. —Otra sonrisa desquiciante—. Ese soy yo, por lo que harás lo que te pida.

—¿Quiere que me bañe? —preguntó recelosa—. ¿Nada más?

—Y que después me acompañes en la mesa. Odio comer solo.— Por su expresión ella no lo dudó. ¿Qué tipo de perversión era esa? En fin. Darse un baño era un lujo, y si era lo que él quería... La acompañó hasta un lujoso y equipado cuarto de baño, de esos que Alice sabía que existían pero que nunca había visto. Él dejó una enorme bata junto a la bañera y se sentó a observarla.

—Es de los que miran, ¿eh?

—Por ahora sí.— Ese comentario no era para tranquilizarse. Pero ella se terminó de quitar la ropa y se metió en el agua. En ese mismo instante se le escapó un sonoro murmullo de aprobación. —No sé por qué te has empeñado en desobedecerme —dijo él disfrutando de su habano y de las vistas—. Un buen baño es siempre relajante. Pero no podía bajar la guardia.

—¿Por qué me ha rechazado antes?

—Si quisiera un coño donde meterla no te hubiera traído a casa. En cualquier callejón o en cualquier portal suficientemente oscuro te hubiera levantado la falda ya estas horas estarías en tu casa. Pero, sinceramente, no quiero una muñeca que se abra de piernas para mí porque cree que me debe algo. —Alice tragó saliva, él hablaba de una forma bastante ordinaria para ser un caballero rico. Por si acaso no dijo ni una palabra. —Quiero que una mujer se desnude porque lo desea, me desea, para ser exactos. Quiero poder divertirme, que juegue conmigo, poder hacer que disfrute y que ella me corresponda. Quiero reírme, ser yo mismo y no andar con disimulos.

—Pero usted iba al burdel.— La frase implicaba una acusación.— Las prostitutas no se acuestan con los hombres por diversión. Al menos la mayoría.

—Algunas putas son excelentes actrices —contestó él con toda lógica—, pero uno va cumpliendo años...y...busca otra cosa.

—Una amante.

—Puede ser —respondió distraído—, pero eso supone establecer lazos algo más que sexuales con una mujer de la que tarde o temprano te querrás deshacer. Por no hablar de que sale infinitamente más caro. —Con total tranquilidad apagó el puro en un platillo que seguramente costaba una fortuna y que no fue adquirido para esos menesteres.

—Y para eso estamos las de clase baja y sin recursos.

—Creo que deberías salir del agua, te enfriarás.— Ella obedeció sin rechistar, él tenía la sartén por el mango. Por lo menos no era inmune a la visión de su cuerpo desnudo y mojado. Tan solo con la bata, pues misteriosamente cuando volvieron a la alcoba su ropa no estaba, encontraron una mesa dispuesta con esmero y con diferentes bandejas. A ella se le hizo la boca agua. Hasta ahora alimentarse era una necesidad...no iba a ser capaz de comerse todo y pedir que lo envolvieran y poder llevárselo resultaba rebajarse demasiado. Él, educado, movió la silla, y después de despedir al criado, se sentó frente a ella.

—Veamos con qué nos ha sorprendido hoy la cocinera.— Lo dijo con tal condescendencia que ella estuvo a punto de gritarle. Sin embargo, cuando levantó la primera tapa se le nubló el pensamiento. —He olvidado decirte que además de buscar una mujer que me entienda...—Sirvió el vino haciéndola esperar—, esta debe ser físicamente resistente. Y, la verdad, estás en los huesos.

—Gracias —murmuró con desagrado. ¿Por qué todo el mundo la veía tan delgada?

—Quiero poder meterme en la cama con una mujer a la que pueda agarrar por donde yo quiera sin miedo a romperla. Ella abrió los ojos como platos. ¿Qué clase de relaciones sexuales tenía ese hombre? —Por lo tanto —continuó él—, esa mujer debe alimentarse correctamente. —Probó el vino y sonrió—. Excelente. —Alice agradeció que él no fuera uno de esos ricos que utilizaban mil cubiertos y empezó a reírse con los tontos comentarios del hombre. Él insistía en hacerla probar todo, y ella, glotona empedernida, en aceptarlo. Al final de la cena se estaba riendo con él y había olvidado cuál era el motivo de su presencia. Un criado interrumpió la velada, ganándose el enfado de su jefe. —Volveré en cuanto pueda —dijo él levantándose de la mesa, puede que para ciertos asuntos utilizase un lenguaje de lo más barriobajero pero en ¡a mesa mostraba unos modales exquisitos—. Considérate mi invitada. Si necesitas cualquier cosa, toca esa campanilla. Y allí se quedó, sola, delante de los restos de la cena, ataviada tan solo con una enorme bata, esperando a pagar por su generosidad. Y en vista de lo que acababa de comerse, ahora la cuenta iba aumentando. Allí había suficiente comida para alimentarse bien y no podía desaprovecharla. Siguió comiendo, pues tras ese encuentro en el que él iba a conseguir su objetivo, volvería a las penurias. Pasaron los minutos, las horas y cada vez estaba más inquieta. Quería volver a casa, su madre estaría muy preocupada, y necesitaba dormir, a primera hora debía volver al trabajo. Buscó su ropa y no estaba. Llamó al criado y este se limitó a encogerse de hombros diciendo que Lord Whitlock lo ordenó. Así que ese era su nombre... Lord Whitlock. Entonces su cabeza empezó a darle vueltas al asunto. Como bien sabía, un protector rico era ideal, pero un protector rico y aristócrata era mejor. Abandonó el dormitorio y se aventuró a explorar la casa. Nadie la detuvo. Era tarde y seguramente él se había marchado a buscar alivio por ahí, ahora bien, a la vuelta la encontraría a ella. Si debía sacrificarse, al menos con buenos beneficios. Oyó los retazos de una conversación y, siguiendo el ruido, se plantó delante de una puerta. Distinguió la voz de Lord Whitlock y la de otro hombre. Escuchar tras las puertas no es educado, pero interrumpir tampoco. Debían de estar hablando de negocios y a ella se le estaban quedando los pies helados en la fría baldosa. Así que decidió intervenir. Nada más detectar su presencia, los dos hombres la miraron.

—Me aburría —dijo, y en el acto se sintió ridícula.

—No tienes vergüenza, hacer esperar a la dama —dijo el desconocido—. Os dejo entonces.

Alice vio cómo palmeaba en el hombro a Lord Whitlock y caminaba hacia ella. Esperaba un comentario hiriente y despectivo pero el hombre la saludó educadamente besándola en la mano. Después se despidió.

—Jodido Edward. Siempre será el mismo. ¿Te puedes creer que no pensó mal de ella?

—Por eso siempre le estaré eternamente agradecida. Ni me cuestionó ni dijo una palabra.

Ambos se dieron cuenta de que al nombrar a Edward la alegría de Bella podía empañarse.

—Y ahí estaba yo, desnuda, y este tonto educado decidido a cuidarme.

—No me culpes, cielo, me tenías cogido por los huevos.

—Dejémonos de tonterías. ¿Sigues tú con la historia?

—Cómo no. —¿Seguro que no os lo estáis inventando?

Él sonrió ante su atrevimiento. Pero si en ese momento se la llevaba a la cama ella le odiaría, y lo cierto es que ya no estaba para mujeres histéricas, ni mucho menos para señoritas de buena familia dispuestas a cazarle. ¿Era mucho pedir una mujer que le entendiera? Y por eso quería retenerla a su lado. Alice no le buscaba, aparentemente, como otras, por interés. Estaba allí porque pensaba que tenía una deuda. Si ella supiera...lo que perdía jugando a las cartas con su madre para no ofenderla entregándole una cantidad era insignificante y, siendo honesto, le divertían los comentarios de la mujer. —No encuentro mi ropa.

—Lógico. He mandado quemarla.

—¡Cómo se atreve!

—Mañana a primera hora traerán algo para ti. Él la miró divertido, puede que estuviera indignada por deshacerse de ese trapo; por favor, una mujer como ella jamás debería utilizar el gris oscuro en su ropa. Y estaba preciosa con una de sus batas.

—¿Cómo voy a volver a casa?

—Pasarás la noche aquí. —Antes ha dejado claro que no me desea. —Antes he dejado claro cómo me gustan las mujeres, en ningún momento te he rechazado.

—Pues a mime ha parecido lo contrario.

—Yo no soy quién para hacerte cambiar de opinión.

—Me ofrecí a usted.

—Y yo te expliqué mis apetencias.

—Pe...pero los hombres no rechazan...— Ella se estaba quedando sin respuestas. Bien, porque a él estaba a punto de pasarle lo mismo.

—¿Os pusisteis a discutir?

—Ya sabes cómo es Alice. No se calla ni debajo del agua —dijo Jasper en broma.

—Me molestó bastante que me tomara el pelo —se defendió ella. —En fin, el caso es que la acompañé a una habitación de invitados.

Para su desesperación, Alice se quedó sola, él se había limitado a deseado buenas noches con un beso en la frente. Vaya forma de ganarse a su futuro protector. Las mujeres que ella había visto presumir de todo lo que conseguían de los hombres seguramente no se quedaban en la cama esperando un milagro. Sabía cuál era su dormitorio, solo tenía que meterse allí y ser atrevida. Mentir diciéndole lo que él quería oír y actuar un poco. ¿No había aguantado a clientes estúpidos con una falsa sonrisa? Se ató bien el cinturón de la bata y salió al pasillo. Si seguía andando descalza iba a coger un buen resfriado, pero no quedaba otra opción. Mientras cerraba la puerta despacio para evitar que su futuro protector se llevase un susto, se mordió el labio pensando en la forma de abordarle, pues él había sido explícito a la hora de describir cómo le gustaban las mujeres. Ella podría hacerle reír con mil y un chismes de su barrio, aunque dudaba que eso fuera a interesarle. Caminó despacio hasta situarse frente a la cama. Allí estaba, tumbado en medio de la cama. No había mucha luz, pero no hacía falta para saber que estaba sin una prenda de ropa encima. Apartó un poco la sábana y se sentó. Entonces se regañó a sí misma, pues pretendía meterse en la cama con la bata. De nuevo en pie se quitó la prenda y caminó despacio hasta un diván para depositarla, pero andar a oscuras y no tropezar, cuando además desconoces la distribución, era un milagro, y se dio un golpe en la rodilla con un reposapiés. Miró por encima del hombro; a ese paso más que seducir a un hombre iba a matarle de un susto. Mirando bien por dónde caminaba, volvió junto a la cama y, con infinito cuidado, empezó a tumbarse, moviéndose lo menos posible e intentando agarrar un poco de sábana, aunque solo fuera para taparse hasta la cintura.

—Está claro que hoy va a ser imposible conciliar el sueño —murmuró él haciendo sitio—. ¿Existe alguna razón lógica para que no te quedaras en tu habitación? ¿Faltaba algo? ¿Hacía frío?

—No —respondió Alice en voz baja.

—Entonces... ¿qué haces aquí?

—Esto...yo...

—Mañana, a primera hora, tengo una reunión muy importante, quédate quietecita y déjame dormir. Jasper se puso cómodo mientras pensaba en cómo dormirse con ella al lado; estaba tan desnuda como él, era evidente, pero tan rígida...Bueno, en eso él ganaba, que necesitaba relajarse. Estaba claro que ella seguía pensando que le debía pagar con su cuerpo pero... ¿cómo hacer que entendiese lo contrario? La abrazó desde atrás pegándola a su cuerpo y ella, como acto reflejo, se puso aún más tiesa. Claro, que no ayudaba el que su indisciplinada polla estuviera buscando el camino natural.

—Entonces... ¿esa noche no...?— Bella miró a Jasper y sonrió. Este le devolvió la sonrisa antes de hablar.

—No podía.— Las dos mujeres le miraron arqueando una ceja ante "esa" revelación. —No seáis mal pensadas —continuó él ofendido.

—Simplemente se contuvo —explicó Alice—, pero yo...—se mordió el labio— sí quería...— confesó al fin—, e hice lo que pude para convencerle.

—Que lo reconozcas te honra, querida. —Jasper guiñó un ojo a su esposa—. Me torturó lo que quiso. ¡Y eso que era virgen! Que si no...—Parecía divertido con el comentario. Y Bella envidiaba esa conexión que tenían los dos, hablaban libremente, sin reservarse la opinión, incluso delante de ella. Ella también había encontrado esa conexión con Edward...

—Creo que es suficiente, no necesito saber nada más —dijo Bella. Más que nada porque ya iban a entrar en un terreno muy personal.

—¡Pero si falta lo mejor! —exclamó Jasper riéndose. Miró a su mujer antes de seguir—: Imagínate la situación: yo loco perdido por follármela y ella intentando convencerme para que lo hiciera.

—Yo sabía la teoría, claro está, pero del dicho al hecho hay un trecho, así que empecé a...— Alice se rio al recordar. —Empezó a moverse, empezó a tocarme donde no debía y claro, tuve que tomar las riendas de la situación.

—Me pegó un susto de muerte.

—¿Qué hizo?

Si no detenía a tiempo a esa mujer acabaría por hacer el ridículo más espantoso. Así que en un rápido movimiento la inmovilizó boca abajo y se colocó encima de ella. Así, al menos, no podría seguir moviéndose. Ella, como es lógico, no estaba conforme con la situación y quiso quitárselo de encima.

—Estate quieta —dijo él aplicando todo su peso para controlarla.

—Déjeme —protestó ella—. Si lo que quiere es reírse de mí, me rindo. Me iré a casa ahora mismo.

—Joder, no. De ninguna manera.

—Entonces, ¿qué quiere? —Estaba al borde de las lágrimas pero se las tragó, no iba a darle esa satisfacción. Pasase lo que pasase saldría de allí con ¡a cabeza bien alta.

—Quiero que te relajes —comenzó él en voz baja hablándole al oído—. Que dejes de hacer suposiciones erróneas. Que me dejes tocarte cómo y donde quiera y que disfrutes con ello.— Jasper se abstuvo de decir en voz alta que era virgen para que ella no se sintiera aún más violenta.

—¡Pero lleva toda la noche rechazándome! —murmuró ella.

—Esto es más difícil que enfrentarse a un consejo de administración —reflexionó Jasper en voz alta—. Bien, empecemos entonces, si estás tan dispuesta...—Empezó por acariciarla en la espalda con una sola mano—. Tranquila, relájate.

—Estoy relajada —mintió ella.

—Curiosa forma de relajarte. —Él cambio de postura para no aplastarla y se puso a horcajadas sobre ella y así tener mejor acceso a las zonas interesantes. Aunque, mirándola bien, todas las zonas parecían interesantes—. Mmm, eso es.

Alice quería, de verdad que quería, dejarse llevar, no podía ser tan difícil, otras muchas lo hacían. Y, puestas a elegir, ella estaba con un hombre que al menos no le resultaba repulsivo. Y además movía sus manos de forma perfecta. Dejó escapar un murmullo de satisfacción, inevitable, por otro lado, por la agradable sensación de ser ella quien estaba siendo objeto de atención. Qué bonito sería poder estar así, bien atendida, sin preocupaciones, con comida abundante, con baños relajantes...Jasper fue bajando sus manos, pues ese trasero, ahora algo flacucho para su gusto, que con un poco de tiempo y cuidado podría ser respingón, había que masajearlo con igual mimo.

—Dime si te gusta —murmuró él.

—Sí —Alice no podía negar la evidencia—; pero... —Se detuvo, porque bajo su modesta opinión era ella quien debía complacerle a él.

—¿Pero qué?— Al mismo tiempo que formulaba la pregunta, Jasper fue bajando aún más la mano. Quería comprobar hasta qué punto estaba relajada. Y si su cuerpo aceptaba las caricias de forma natural.

—¡Soy yo quien debe complacerle! —farfulló aún confusa por cómo reaccionaba su cuerpo. No recordaba haber sentido antes esa humedad entre las piernas acompañada de una extraña necesidad.

—Y lo estás haciendo —respondió divertido—. Así que de momento nos limitaremos a esto hasta que estés preparada.

—Lo estoy —contestó inmediatamente ella, porque su cuerpo iba reaccionando a las expertas caricias y a los indagadores dedos de él, que estaban llevándola a sensaciones tan placenteras como desconocidas. Jasper, aun sabiendo que ella no pondría ninguna pega a sus avances, aunque mentalmente ella no lo aceptara, prefirió seguir tocándola; por experiencia sabía que si fuera ella quien pidiese avanzar ¡as cosas, estas resultarían más sencillas. Aun a costa de sufrir más tarde las consecuencias de tanta contención. Los minutos fueron pasando y Alice notaba cómo necesitaba algo que desconocía y que por tanto no sabía cómo pedir. Se movió inquieta esperando que él supiera qué era eso que necesitaba. Pero él seguía acariciándola, creando tensión entre sus piernas, y no parecía querer ayudarla.

—Es suficiente.— A Jasper, distraído y ocupado como estaba, le pilló por sorpresa el movimiento de ella. En un abrir y cerrar de ojos se lo quitó de encima y se dio la vuelta. Se le secó la garganta, pues hacía bastante tiempo que no veía algo tan natural. Un cuerpo femenino limpio. Aunque le fue irresistible caer en la tentación de bromear un poco con ella sobre su cuerpo. —Si has trabajado en una casa de putas deberás saber que ellas se rasuran completamente.

—No me ha dado tiempo —farfulló pareciendo enfadada consigo misma.

—No importa.

—¿Seguro?— Él le sonrió y se acercó a la mesita de noche. Necesitaba protección, no por miedo a alguna enfermedad, sino porque la mujer, seguramente inmersa en su ignorancia como tantas otras, no habría pensado en ese tema. Odiaba las malditas fundas de caucho, pero resultaban imprescindibles en ocasiones como estas. Más adelante, si era menester, hablarían de otras soluciones. Alice le miró y cayó en la cuenta, había oído hablar de esos dispositivos, pero nunca se preocupó de informarse con más detenimiento. No iba más que sumando descuidos, así poco futuro tenía como prostituta. En fin, ya no había vuelta atrás. Respiró profundamente, llegaba el momento decisivo.

—En teoría no tendría que dolerte —murmuró él colocándose en posición—, pero sigues estando tensa. —Jasper pensó en tomarse su tiempo, pero qué demonios, era como tirarse al agua, una vez pasado el cambio brusco de temperatura, se estaba la mar de bien. Estaba seguro de no haberle causado daño, aunque las marcas que ella le estaba dejando en la espalda dijesen lo contrario. Aunque, siguiendo su habitual optimismo, esas marcas podrían ser debidas al increíble placer, porque él estaba en la gloria. —Ahora es cuando se supone que disfrutas, cielo.— ¿Cómo podía seguir bromeando en un momento así?, pensó ella mientras no dejaba de aferrarse a sus hombros, con miedo a...a no sabía muy bien qué. ¿Que le gustase? ¿A hacerlo mal? ¿A que por la mañana él la mandase a casa con unas míseras monedas y una sonrisa, diciéndole: gracias y no vuelvas por aquí? Cerró los ojos, al menos disfrutaría de ese pequeño momento. —Sinceramente, querida —Jasper dejó de moverse y se alzó sobre sus brazos para mirarla—, no sé qué más decir o hacer para que te dejes llevar, para que disfrutes y para que de paso no me hagas sentir como un jodido violador de vírgenes. Alice parpadeó antes de mirarle. Por primera vez él no bromeaba.

—Lo... lo siento. —Tenía un nudo en la garganta y le costaba hablar—. Yo solo quiero hacerlo bien.

—Pues sintiéndolo mucho, tengo que comunicarte que vas por mal camino.— Alice giró la cara para evitar humillarse aún más y que él la viera llorar. No tuvo suerte, pues él se lo impidió. Notó cómo él quería separarse e hizo palanca con las piernas para mantenerle unido a ella y, sin saber muy bien si era correcto o no, empezó a moverse, arqueando ligeramente las caderas, instándole a seguir, porque probablemente su repertorio de técnicas amatorias no iba mucho más allá.

—¿Ves? Eso ya está mejor. Y ella... —¡por fin le dedicó una sonrisa! Y él, si no se andaba con cuidado, terminaría de rodillas antes esa mujer.

—¿Así? —preguntó ella con timidez cuando enlazó las piernas en su espalda.

—No voy a decirte que perfecto...pero casi. Y bésame de una maldita vez.

—De acuerdo.

—No debería estar oyendo esto —murmuró Bella, algo avergonzada, pues evidentemente sabía qué ocurría, pero otra cosa muy distinta era conocer los detalles. Aunque en el fondo se alegraba al ver a la pareja disfrutar de su comodidad, de su complicidad y de su entendimiento. Y de la confianza que tenían en ella al hablar de algo tan íntimo, impensable en otras personas.

—¿Por qué? —preguntó Alice—. Normalmente nos lo contamos todo, así que...—Se encogió de hombros.

—¿Todo? —A Jasper se le ocurrieron mil y una preguntas que hacer—. Bien, entonces supongo que yo también tengo derecho a preguntar... —fue interrumpido por Alice, aunque no dejaba de mirar a Bella.

—Ahora no es el momento. Además, llegamos tarde. —Alice se puso en pie—. ¿Por qué no te vienes con nosotros? Te lo pasarás bien, ese poeta es tan aburrido que todos hacemos mil chistes para pasar el rato, pero es tan mono...—Hizo un mohín travieso mirando a su marido.

—Entonces, ¿solo asistes para ver a un poeta "mono"?

—No —fue Jasper quien respondió—, vamos obligados; está de moda y hay que ver y dejarse ver. La visita del médico, pero así no se olvidan de uno. Y ya de paso ella se anima y luego, como en casa solo estoy yo...—Ambas fueron obsequiadas con una sonrisa picarona. —No me va mucho la poesía —alegó Bella como pretexto.

—Como quieras. Alice sabía cuándo desistir. Se acercó a ella y dijo muy bajito para que solo ella lo oyera—: Solo quedan seis meses, vete pensando qué vas a hacer. Una vez a solas respiró para evitar torturarse con los recuerdos. Mañana haría un año de su boda.