Kanon apenas ha podido dormir.
A Saga también le ha costado conciliar el sueño, pero ahora parece dormir plácidamente, y lo hace en una cama ajena. Por primera vez en meses Kanon ha permitido su compañía. Se ha tragado el orgullo y le ha pedido lo que siempre ha deseado...y lo que últimamente tanto ha temido: que no le deje solo.
Pero el interior del menor de los cuatro sigue revuelto. Ya no se debe a la descompostura ocasionada por el exceso del alcohol al que su cuerpo no está acostumbrado. Se debe a la descomposición en mil pedazos de su frágil alma, y en el dolor gratuito que su propia rebelión ha ofrecido a discreción a sus dos hermanos mayores.
Kanon debe disculparse.
Ya ha perdido la cuenta de las veces que lo ha tenido que hacer, y ahora mismo ya no sabe qué patrañas inventar para hacerlo sin usar las palabras que tanto le cuestan. Con sigilo se alza de la cama, tratando de no despertar a Saga, librándose con dudas de la mano que su gemelo ha dejado descansar sobre su cintura durante lo que ha restado de noche.
Saga ha sido fiel a su palabra. Esta noche no le ha dejado solo, y él se ha rendido a la necesidad de sentirle a su lado. Una necesidad que siempre le ha avergonzado, pero que en estas últimas horas ha saboreado.
Y secretamente lo admite. Su sabor no le ha sabido nada mal.
Es hora de ir en busca de Aspros. Con Defteros ya hablará después. El azote en su mejilla aún le duele. Y aunque es plenamente consciente que se lo ha buscado y merecido, le duele un mundo más que si hubiera sido la mano de Aspros la que hubiera acudido a callarle.
Con el mismo sigilo que ha tratado de no despertar a Saga, Kanon sale de su habitación olvidándose adrede de calzarse los desnudos pies, y camina ocho contados pasos. Ocho tramos de redención entre los cuáles trata de armar alguna frase que no resulte estúpida ni postiza para obtener un rápido y olvidadizo perdón. A cada cacho de suelo que gana terreno su corazón se acelera más y más, y cuando la mano acciona el pomo que le separa de las ruinas que él mismo ha hecho de Aspros, el vacío que se presenta a recibirle le corta la respiración y le desinfla la forzada determinación.
Aspros no está. La cama ni se ha tocado, y sin pensar retrocede tres de los contados pasos, buscando en otro lugar. Pero el cuarto de Defteros le muestra la misma frialdad.
Allí no hay nadie...ni lo ha habido durante toda la noche. Y Kanon se asusta. Algo le dice que su plan con nombre en clave de disculpa no puede ser llevado a cabo, y que quizás nunca podrá, porqué no ha considerado un plan B. Su cabeza empieza a pensar entre el dolor que aún navega resacoso en ella, y la respuesta que él solo se arma le asusta aún más.
Quizás sus hermanos mayores se han ido...
Quizás por su culpa no han dormido en casa. Por su culpa ahora no sabe donde están, y ni siquiera sabe si regresarán.
Quiere ir en busca de Saga. Despertarle y decirle que están solos. Pero abusar de la necesidad que siente de su gemelo por segunda vez en tan pocas horas no es fiel a su rutina.
El menor de los cuatro se está desesperando en sus propias pesadillas de abandono, y ahora más que nunca se arrepiente de haber arremetido contra Aspros. Es tan insoportable su tribulación que sus oídos desechan los ruidos que provienen del piso inferior. Él solo se está desquiciando, e incluso le parece escuchar la voz de su madre riéndose de él.
La voz de su madre...la que tanto teme olvidar. Porqué la de su padre la escucha cada día salir de los labios de Aspros. Pero no...no le odia por ésto. Y ahora Aspros no está para poder decirle que nunca, nunca más le volverá a insultar.
Su madre sigue riéndose. Y lo hace entre las penumbras del amanecer que está conquistando el piso inferior. Incluso pronuncia su nombre...y el de Saga también. Y se ríe...como siempre solía hacer. Otras voces aparecen a cautivar sus oídos, y sus dudosos pasos le acercan al inicio del descenso hacia la locura que está desatando su dolor. Son las voces de sus hermanos mayores, pero no son las de ahora...son más tiernas. Y una tristes sonrisas del presente las acompañan.
Y entonces Kanon lo comprende. Aspros y Defteros no se han ido. Desde la protección del piso superior los avista sentados en el sofá. Juntos. Muy juntos. Incluso ve cómo uno de los dos deja descansar su cabeza sobre el hombro del otro, incapaz de discernir quién busca cobijo en quién. Y les envidia...y se maldice por hacerlo...y piensa en Saga, en lo bien que se siente su cercanía y en todo el tiempo que estúpidamente la ha rechazado.
Defteros alza su cabeza un instante para seguidamente volverla a dejar buscar protección sobre el hombro de Aspros. ¿O es al revés? Imposible saberlo desde su lejana posición. Sólo sabe que ambos se ríen...pero también le parece que las sonrisas suenan a llanto sanador, y su madre vuelve a reírse con ellos.
El dolor regresa a los dominios de su pecho, y algo le dice que vuelva a su habitación, pero las piernas no obedecen a su obstinación y bajan algunos escalones. Los suficientes para poder apreciar la encendida pantalla de televisión y descubrirse en ella, diez años atrás.
Sus fuerzas le abandonan, le sientan en uno de los peldaños, ordenan a sus brazos que se rodee las rodillas para erigirlas de pantalla contra el dolor que decide salir, y hacerlo sin esperar el permiso de su tozuda contención.
En la tele ve las fiestas de la ciudad. Las mismas que ahora él ha arruinado. Pero con la única diferencia que son las de diez años atrás. Y su madre sigue riéndose, ladeando su rostro de tanto en tanto hacia los ojos que la miran con añoranza y devoción. Pero ella en realidad no les mira a ellos, aunque creerlo suaviza el dolor del corazón. Ella mira al hombre tras la pantalla, observa a quién está inmortalizando esa tarde de feria...porqué a ellos sólo les regala su risa cuando el Tren de la Bruja pasa frente a su divertida tarde de familiar reunión.
Y allí Kanon se ve. Se reconoce vuelta tras vuelta, con seis años de edad, sentado al lado de Defteros, que no cesa en su particular batalla contra el hombre mal vestido de bruja para arrebatarle la escoba y conseguir un viaje gratis más. Tras ellos están Aspros y Saga...Saga llorando con su rostro hundido en el regazo de Aspros, todo porqué ha recibido un falso escobazo que a él se le ha antojado el peor castigo del mundo...y Aspros luce una cara que delata su vergüenza por estar sentado en un diabólico tren de mentira que le está dando el paseo más bochornoso que se puede tener a sus radiantes dieciséis.
Aspros y Defteros siguen ajenos a su silenciosa presencia tras ellos. Y Kanon les observa, agotado. Triste y dolorido. Y terriblemente resentido consigo mismo.
Ambos lloran entre sonrisas. Kanon lo puede apreciar en los repetidos gestos de los dos frotándose el rostro sin ser conscientes de ello. Y en las tomadas voces que fluyen con dificultad de sus labios.
- Qué guapa que está mamá aquí...
Ser testigo de esta frase estruja el estómago de Kanon, arrancando la ebullición de sus propias lágrimas. Es cierto...no puede estar más de acuerdo con Aspros...porqué contra todos los pronósticos que él había hecho, la voz que crudamente realza una añorada realidad es la de Aspros sin confusión, delatando así su posición en el sofá, siendo el mayor de todos el que busca apoyo sobre el hombro de su gemelo menor.
- Creo que al final consigo arrebatarle la escoba a la bruja.
Defteros se medio ríe entre lágrimas, mirando a Aspros de refilón.
- No sabes cómo te maldecía cada vez que lo conseguías.
- ¿Por qué? ¡No me digas ahora que no te gustaba subir al Tren de la Bruja con ellos! ¡Con la cara de divertido que tienes! ¡Mírate! ¡Ahí vamos otra vez!
- Me gustaba subir donde fuera con ellos... ¡Pero no ahí! ¡No lo soportaba ni cuando tú y yo éramos pequeños, y tú siempre te empeñabas en hacer subir a mamá con nosotros!
- A ella le gustaba - Defteros halla fácil justificación a sus infantiles demandas de veinte años atrás. Y no le falta razón.
- A mamá siempre le ha gustado todo lo que ha hecho felices a los demás...
Ahí ambos callan. Se observan intensamente y en su celosa clandestinidad saben todo lo que abarca la afirmación que los labios de Aspros acaban de rubricar.
Para ella no había nada más fundamental que la felicidad de su familia. Aspros lo supo pronto, seguramente ese mismo verano, cuando los dos descubrieron la inexplicable avería de su fraternidad. Defteros aún lo trata de asimilar, y le cuesta. Le cuesta tanto que sigue reprimiendo el deseo que este momento de urgente nostalgia le hace nacer muy adentro, y que le exige robar un beso a su mitad, reprimiéndolo y reduciéndolo a una sentida caricia compartida y fortalecida entre sus cómplices manos. Unas manos que se asocian en las profundidades del sofá que les ampara de la vista que secretamente Kanon tiene vertida sobre ellos, y que repentinamente se siente acompañada por la mirada de Saga mientras éste ocupa espacio del peldaño que se ha convertido en su particular asiento, dispuesto para la proyección del pasado que los mayores no piensan abandonar.
Con un corte brusco de filmación, marca de la casa de su padre, el tren embrujado desaparece para dejar paso a una roñosa piscina de patitos de goma nadando a la espera de ser pescados. El pequeño Kanon lo intenta..parece que casi lo consigue, pero al último momento se le escapa, arrancando un tímido chasquido de lengua al Kanon adolescente, que no puede comprender la torpeza de sus regordetas manos de entonces. En cambio Saga parece todo un experto, habiendo pescado ya tres de ellos...pero sin un buen premio dibujado bajo su barriga con rotulador resistente al agua. Solamente les dan un pack con tres coches en miniatura...y todos distintos. Tres ya es un mal número de por sí, dado que nunca hace posible una equitativa repartición. Y encima ser los tres coches diferentes desata un berrinche instantáneo que la grabación de su padre corta, seguramente para acudir a imponer paz antes de llegar a más.
- Al final nos quedamos sin coches...¿te acuerdas? - Saga susurra todo lo flojo que puede, con toda la claridad que el habitual nudo de su garganta le deja.
- Me acuerdo que te los quise arrebatar...que tú me mordiste la mano y que papá los devolvió al tío del garito...
Saga y Kanon se observan tímidamente, y casi parece que tristemente se sonríen con desconocida complicidad. Ambos están tomados por la emoción de la nostalgia, pero parece que a Kanon ya no le quedan fuerzas para resistirse a ella.
En el sofá la situación no transcurre muy distinta, pero unas espontáneas risas les atacan cuando recuerdan que su padre les filmó sin que ellos lo supieran cuando trataban de tirar abajo todas las bolas posibles con las trucadas escopetas de aire comprimido. El truco era sencillo: fiarse de la destreza de cada cuál sin fijarse en el rumbo que marcaba la mira siempre torcida para hacer las delicias de los propietarios con el amañado fracaso de los inocentes tiradores.
En la filmación, los adolescentes Aspros y Defteros se ven enfrascados en conseguir desafiar con éxito las malas artes de las escopetas ofrecidas. Ambos se ven juntos. Muy juntos...quizás tanto como lo están ahora, dándose cuenta con repentina vergüenza que su búsqueda de proximidad no resultaba tan secreta como ellos habían creído mantenerla. El vídeo repentinamente cambia de escena, y en este preciso instante a Aspros se le abre por completo la definitiva certeza: su padre también lo supo siempre.
Otros momentos se van sucediendo sin pausa en la pantalla de televisión, así como las sonrisas y las lágrimas que con ellos van fluyendo.
Así como las dudas y temores que la falta de sus padres destapa en el interior de los mayores.
- ¿Por qué todo no puede ser la mitad de fácil que era cuando ellos estaban con nosotros?
Defteros lo pregunta a Aspros, convirtiéndolo en el recipiente donde abocar sus propios miedos.
- Pues porqué nosotros no somos ellos, Def...ni nunca lo seremos. Kanon tiene razón...
La tristeza que emana de la agotada voz de Aspros hiere. Sus palabras dan por aceptada una derrota que ninguno de los dos se merece, y Kanon vuelve a sentirse como el único responsable de haber quebrado por segunda vez el coraje de quién ha asumido llevarlos hacia adelante, y hacerlo sin vacilar.
Kanon nunca pidió ésto. Saga tampoco, y sus hermanos mayores...les ven mayores porqué siempre lo han sido y siempre lo seguirán siendo, pero...¿hasta qué punto son lo suficiente mayores para no sentir su falta tan profundamente como lo hacen él y Saga?
Hoy Kanon se siente triste, defraudado consigo mismo y en deuda con Aspros y Defteros. Saga tiene razón...ellos tampoco han pedido ésto, pero lo asumen. Como pueden...y tan bien como ellos dos les dejan.
Quizás es el momento de madurar. De acarrear cada cuál con su responsabilidad y luchar todos juntos, y no cada uno por su lugar.
- Y entonces...¿qué es lo que debemos hacer, Aspros?
Las dudas de Defteros agrandan las heridas que han abierto las palabras de Aspros, y Kanon y Saga saben que su momento de ser niños acaba de pasar.
O quizás aún puede esperar unas horas más...
Saga se alza del peldaño y tira de Kanon para obligarle a imitar sus pasos. El repentino movimiento a sus espaldas alerta a los mayores, que se voltean sobre el sofá para avistarles con los rostros tan sufridos como los que lucen ellos mismos. Aspros y Defteros ignoran por completo el rato que hace que no están solos, pero el abatimiento de los menores les ofrece la tregua que todos necesitan.
Kanon apenas se atreve a mirar a Aspros, pero lo hace. Tímidamente. Y ante tanta duda Saga da un adulto paso al frente, plantándose ante los enmudecidos gemelos mayores y dando voz a la seria propuesta que va a zanjar la absurda guerra desatada la noche que acaba de marchar.
- Hoy todavía está la feria...- informa sin mas preámbulos que la valentía que le insta a hablar - Podríamos ir...
Aspros y Defteros se miran y sí, finalmente sonríen sin tanto dolor.
- Yo no pienso subir al Tren de la Bruja nunca más, que conste...- dice Aspros sobreponiéndose a la inesperada propuesta hecha con el corazón.
- Hay otras cosas, Aspros...más adecuadas a tu edad...- se atreve a decir Kanon, aún sin alzar el rostro del todo - ...como por ejemplo éso que gira rápido y te da la vuelta por completo...
- ¡A mí las cosas que giran sobre un mismo eje me marean! - se queja Defteros para acompañar el intento de broma formulado por el mayor.
- Mamá subiría...
Saga lo indica con toda la buena intención de la que es capaz.
Kanon no puede evitar mirarle sorprendido ante la naturalidad con la que intenta no olvidar.
Y tiene razón. Desde la pantalla de televisión su madre les vuelve a sonreír.
Ella quizás subiría...entonces ¿por qué ellos no?
