Kiss The Rain (Yiruma)


-¿Quien murió?- preguntó Oscar con violencia. Su marido le apretó la mano tratando de calmarla.

-André, lo lamento…- Girodelle lo miró angustiado –No pude hacer nada… cuando supe lo que había ocurrido ya era demasiado tarde…- trató de disculparse.

El hombre de cabello negro soltó la mano de su esposa y caminó hacia el carruaje, se acercó al cuerpo que estaba pulcramente envuelto para levantarlo. Lo tomó sin esfuerzo. Mientras su abuela vivía, jamás había notado la fragilidad que percibía en ella ahora que la sostenía en sus brazos. Perdió el equilibrio al tratar de suprimir un sollozo que sacudió su pecho, estuvo a punto de caer de rodillas en el barro, alcanzando a reaccionar, se irguió con decisión sin soltar en ningún momento el bulto que sostenía. Se quedó detenido bajo la lluvia, sentía que no podía moverse.

Oscar estaba petrificada, pesadas lágrimas comenzaron a deslizarse sin control sobre sus mejillas. Su adorada Nana estaba muerta. Le pareció que todo lo que estaba sucediendo frente a sus ojos, le ocurría a personas que no conocía, presa de esa sensación, vio como Girodelle caminaba rápidamente hacia donde estaba André. El espigado hombre de largo cabello castaño le habló a su marido, logrando que este se volviera a poner en movimiento y saliera de debajo de la lluvia. No pudo oír nada de lo que hablaban, los oídos le zumbaban. -Gilbert...- murmuró tratando de retomar la compostura.

-Aquí estoy- contestó el joven siempre dispuesto.

-¿Podrías ir a la aldea y pedir que nos traigan un féretro a la brevedad posible?- se escuchó a si misma hablando sin ningún tipo de emoción.

-En seguida, Lady Oscar- el joven comenzó a caminar.

-Cuídate por favor...- habló antes de que se alejara –La lluvia se convertirá en una tormenta en cualquier momento- no vio cuando el joven sonrió y asintió, pues no podía despegar la vista de la espalda de su marido que caminaba junto a Girodelle hacia el interior de la casa. No supo cuánto tiempo permaneció en silencio bajo el cobertizo antes de recordar que Isabelle la esperaba en el carruaje. Se acercó e hizo señas a Anne para que bajara, le explicó rápidamente lo que ocurría para que prepararan todo y le pidió que instruyera a Gabrielle de llevar a su hija al interior evitando encontrarse con André.

-Oscar- la voz de Girodelle la asustó, volteó a mirarlo –Necesito hablar contigo.

-¿Qué ocurre?- preguntó cansada.

-Tu padre…- los soñadores ojos del conde la miraron nerviosos.

-¿Está muerto?- la voz de la rubia tembló.

-No, pero está muy enfermo- se acercó a ella y tomó uno de sus brazos tratando de confortarla –Ya sabes como es… lo traje conmigo prácticamente a la fuerza.

-¿Dónde está?- lo tomó de los hombros –¡Girodelle, ¿Dónde está mi padre?!- lo sacudió.

-No ha querido bajar del carruaje- al ver que Oscar giraba rápidamente para correr hacia el coche la detuvo con fuerza –Tranquilízate… Está muy enfermo, no discutas con él...

Oscar se detuvo, asintió en silencio y respiró profundo. Mientras recuperaba la compostura, estiró su chaqueta bajo la capa y se acercó al carruaje. Abrió la puerta lentamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver a su padre, estaba muy delgado y, pese a que su semblante continuaba siendo severo y sus ojos mantenían la misma intensidad de siempre, se veía completamente consumido. Reparó en que su cabeza estaba sin la peluca que habitualmente usaban los nobles, pudo ver su cabello corto y completamente blanco. -Padre…- entró rápido a la berlina para que no se enfriara el interior y se sentó junto a él. Sin dudarlo tomó sus grandes y huesudas manos entre las de ellas.

-Intenté protegerla pero no pude… llegué tarde… dile a André que lo lamento mucho- los ojos del ex General brillaron emocionados.

La ex militar asintió y acercándose con cuidado lo abrazó. Su padre, sin dudarlo, la estrechó entre sus grandes brazos, a pesar de su deteriorada salud, continuaba siendo un hombre fuerte. Permanecieron abrazados y en silencio hasta que la puerta de la berlina se abrió nuevamente.

-Señor…- Oscar volteó al escuchar la tranquila voz de André, él estaba de pie bajo la lluvia sosteniendo un paraguas –Tenemos que entrar, el frío no le hará bien.- Ella asintió y miró a su padre.

El ex general bajó del carruaje con esfuerzo, ayudado por Oscar que lo sostenía con firmeza. André los protegió con la sombrilla evitando que se mojaran. Caminaron lentamente hasta la casona. En el interior, el anciano se sentó en el salón principal frente al fuego. Anne se acercó diligente con una copa de oporto, el hombre la recibió y asintió agradecido. -André… - habló sin mirarlo –Lo lamento mucho...- permaneció con la vista fija en el fuego de la chimenea.

-Gracias, señor- contestó su yerno antes de dar media vuelta y salir del salón.

-Pediré que te preparen una habitación- Oscar se alejó de su padre sin esperar respuesta. Con André habían decidido que después de casarse, sus aposentos se convertirían en el de ambos. Le pidió a Anne que preparara el dormitorio que antes ocupaba su marido para su padre y una habitación extra para Girodelle.

-No me quedaré- el anciano la interrumpió con firmeza.

-Padre, no discutamos por favor- fue la única respuesta de ella. Al ver que el anciano no continuaba con la discusión se alejó y fue en busca de André. Lo encontró en la cocina, estaba bebiendo una copa de vino con Girodelle, sirvió una para ella y se sentó a su lado. Su marido tomo su mano y la besó. -¿Qué fue lo que ocurrió?- preguntó en apenas un murmullo.

-Saquearon la mansión de tu familia- contestó André, que ya había sido puesto al tanto de todo por Víctor.

-Fui avisado por los contactos que aún tenemos en común con tu padre- continuó Girodelle –Cuando llegué al lugar, él había trasladado el cuerpo de la abuela de André a su despacho, estaba parapetado y dispuesto a morir- movió la cabeza apesadumbrado –Lo primero que hicieron los maleantes fue golpear a la señora Grandier- percibió que André apretaba la mandíbula tratando de controlar el dolor que sentía al escucharlo –Su muerte fue instantánea, no sufrió- trató de tranquilizarlo.

-Debí haber insistido en que viviera aquí con nosotros- se lamentó André.

-Ella jamás iba a dejar solo a mi padre- Oscar trató de tranquilizarlo –¿Qué ocurrió con las demás personas que vivían en la casa?

-Todos huyeron- Girodelle bebió un sorbo de vino y movió el cuello tratando de desentumecerlo, había conducido sin descanso desde que había abandonado Versalles –Tu padre no se resistió al ataque, sólo guardó algunas cosas… cuando lo encontré, estaba completamente resignado a su suerte, al parecer lleva tiempo enfermo.

-¿Qué fue lo que guardó?- la voz de Oscar tembló al pensar en todo lo que había ocurrido sin que ella estuviera cerca para ayudarlo o protegerlo.

-El retrato de tu madre, algunas de sus joyas, el retrato de tu familia que estaba en el recibidor principal y algunas armas que me parece son herencias familiares… todo lo demás permitió que se lo llevaran.

-¿Qué mas Víctor?- insistió Oscar, lo conocía y sabía que no le estaba diciendo toda la verdad.

-Tu primera guerrera de la Guardia Imperial- Víctor movió la copa que mantenía en sus manos evitando mirarla a ella o a André –Traje todo lo que tu padre atesoraba.

Oscar asintió en silencio tratando de controlar sus emociones.

-¿Jefe?- Gilbert entró a la cocina, el joven estaba completamente mojado –Ya están aquí…- miró a Oscar sin saber como continuar.

-Diles que esperen mis instrucciones por favor… yo me haré cargo- la rubia habló levantándose de la silla antes de que alguien más pudiera reaccionar. Fue hasta la habitación donde André había dejado a su abuela.

Se acercó al cuerpo de su Nana y tomando una de sus delicadas manos lloró en silencio recordando como esa humilde y dulce mujer la había cuidado como a una hija durante la mayor parte de su vida. Apoyó la inerte palma en su mejilla y cerró los ojos. Esa pequeña mano había sido prácticamente la única que la había acariciado durante su infancia, pues su padre, en su afán de endurecer su carácter, le había prohibido a su madre tratarla con la delicadeza que trataba a sus hermanas. Esa ausencia de cariño era lo que la había impulsado a esforzarse en no repetir su experiencia en su hija, por esa razón, ella se esforzaba día a día en tratar a Isabelle con amor y dulzura.

El sonido de la puerta abriéndose la hizo alejarse de esos recuerdos y volver al presente. Gabrielle entró con ropas y algunos artículos de aseo.

-¿Dónde está Isabelle?- preguntó Oscar secándose las lágrimas.

-Se quedó dormida después de almorzar- contestó con tranquilidad la Nana de la niña mientras dejaba las cosas sobre un tocador.

En silencio y con cariño, prepararon entre las dos el cuerpo de Marron-Glacé Grandier, la mujer que se había entregado por completo a una familia que no era la suya, criando con amor a cada una de las hijas de sus patrones y organizando con eficacia la enorme mansión donde vivía.

Una vez que Gabrielle terminó de peinar el cabello de la anciana, acomodándolo en el peinado que siempre la había visto usar, se acercó a su señora y la abrazó con ternura, sabía que esa sería la única ocasión en que ella se permitirá llorar a su amada Nana. Oscar lloró hasta perder el sentido del tiempo, dejándose consolar por la dulce mujer que la sostenía en sus brazos, pues al salir de esa habitación debía permanecer fuerte para apoyar a André. Cuando las lágrimas se acabaron, lavó su rostro con agua fría y fue en busca de su marido, lo encontró en un lugar apartado de la propiedad, cavando bajo la lluvia el lugar donde su abuela descansaría, lo acompañaban Girodelle y Gilbert. -André…. ¿Podrías acompañarme?- lo interrumpió.

Girodelle le quitó la pala que sostenía, alentándolo a seguir a su mujer. Ella lo tomó de la mano y lo guió al interior de la casa para que se despidiera antes de que depositaran el cuerpo en la urna.

André se arrodilló junto a la cama, se apoyó en el regazo de su abuela y lloró desconsolado. Después de un rato Oscar se acercó en silencio, se arrodilló junto a él y tocó su hombro. Él se volvió de inmediato y se abrazó a ella tratando de controlar sus sollozos. -Ya no tengo nada…- susurró contra su pecho –Mi familia completa se ha ido- sus fuertes hombros seguían sacudiéndose.

-No se ha ido- susurró Oscar contra su cabello mojado mientras lo abrazaba, estaba completamente empapado –Tu familia está aquí contigo… has comenzado una nueva familia Grandier- lo consoló. Él levantó la cabeza, la miró a los ojos asintiendo y la besó en los labios. -¿Estás listo?- acarició con cariño su apuesto rostro.

-Sí- André se puso de pie y extendió una mano para ayudarla a levantarse del suelo.

-o-

El ex general Jarjayes recurrió a todas sus fuerzas para permanecer de pie, estaba apoyado suavemente en el brazo de Anne, pues la amable doncella de su hija le había ofrecido de forma gentil, y disimulada, su extremidad mientras sostenía el paraguas evitando que se mojara. El anciano observó detenidamente como André paleaba la tierra removida sobre la tumba de su abuela, admiró su entereza. Lo conocía desde que era un niño y siempre lo había visto sobreponerse con tesón a cualquier obstáculo, desde aprender a leer hasta crear y mantener sus propios negocios. Desvió la vista y la depositó en su hija, ella permanecía incólume de pie bajo la lluvia mirando atentamente y con admiración, al hombre por el cual había renunciado a todo. Sólo en ese momento entendió los que unía, ambos, pese a ser tan diferentes, se complementaban a la perfección.

Controló rápidamente un acceso de tos antes de que perturbara a cualquiera de los presentes. Sosteniendo un pañuelo contra su boca observó al conde Víctor Clemente De Girodelle, prácticamente no había rastro del joven que había tomado bajo su tutela cuando el patriarca de esa familia había muerto. Si bien el antiguo comandante seguía manteniendo su elegancia, apostura y gallardía, quien movía la tierra junto a André estaba lejos de ser el joven que había conocido, ahora, era un hombre que ayudaba a un amigo que no había nacido bajo su misma casta, un hombre que no temía ensuciarse las manos ni trabajar bajo la lluvia. Todos habían cambiado, menos él.

La violenta muerte de su fiel y querida ama de llaves lo remeció. Quizás era hora de que él también cambiara antes de que fuera demasiado tarde.

-o-

Anne entró al salón con una bandeja con té y pastelillos lamentando que el día que había comenzado lleno de gozo se hubiera transformado rápidamente en uno tan triste. Miró por la ventana y vio que continuaba lloviendo sin clemencia, incluso el clima se empeñaba en entristecer ese atardecer. Apoyó la bandeja en una de las mesas y le acercó una taza de té al padre de Oscar, una profunda tristeza la invadió al verlo tan desmejorado pues aún tenía el recuerdo del hombre alto, autoritario, severo y elegante que haba conocido años atrás.

-Oscar… ¿Podrías tocar algo?- habló el anciano en cuanto vio entrar a su hija a la sala, vestida con ropa seca y su largo cabello apenas húmedo.

-¿Deseas algo en especial, padre?- preguntó ella tranquilamente mientras se sentaba frente al piano.

-Sé que te gusta Mozart… pero tu destreza supera su música, me gustaría una pieza un poco más dinámica- tomó un sorbo de té mientras la miraba tomar posición. Agradeció a Anne su gentileza en atenderlo.

-André opina igual que tú- Oscar reaccionó después de hablar, miró nerviosa a su padre pues no quería provocarlo. Se sorprendió cuando lo vio asentir sonriendo. Comenzó a tocar una selección de Bach.

Dejó volar los dedos sobre el teclado, desde que había dejado la casa de su familia no tocaba en presencia de su padre y sonrió al hacerlo nuevamente. Recordó cuanto había insistido su progenitor para que dominara el piano y violín con excelencia sin importar que fuera sólo una niña, el tiempo la había hecho entender que esa estricta disciplina había forjado su carácter para la vida militar que llevaría más adelante. Había tardado años en comprender que todas las exigencias de su padre jamás fueron antojadizas, sino que muy por el contrario, todo siempre tenía una razón de ser.

Atraída por la música, Isabelle no tardó en entrar a la sala, estaba perfectamente vestida para cenar. En cuanto vio al ex general sentado frente a la chimenea, detuvo su habitual bailoteo y caminó despacio hasta acercarse a su madre sin despegar la vista del anciano que la miraba maravillado. -Maman…- susurró.

-Dime, hija- contestó Oscar sin dejar de tocar.

-Hay un "señod"…- trató de ocultarse tras el piano mientras susurraba.

-Es mi padre- la rubia sonrió mientras sus manos seguían interpretando a la perfección la compleja pieza musical –Si es mi padre entonces… ¿es tu…?- la instó a relacionar, pues tenía por costumbre incentivar el intelecto de Isabelle cada vez que se daba la oportunidad. En ese instante se dio cuenta de que se parecía a su padre más de lo que le gustaba admitir.

-¿Mi "Gand-Pède"?- susurró asomando sus enormes ojos azules por encima del borde del piano.

-Así es, es tu abuelo- miró por el rabillo del ojo a su padre, el anciano estaba pendiente de la preciosa niña. –Ve a presentarte y salúdalo- sonrió infundiéndole confianza.

La niña se acercó al su abuelo e hizo una reverencia mientras afirmaba con torpeza su vestido. -Isabelle "Gandie FonFesen"- se presentó muy seria.

Oscar sonrió. Pese al cambio de apellido, la niña había optado por presentarse con los apellidos de sus dos padres argumentando, en un simple análisis, que si tenía dos padres también podía tener dos apellidos paternos.

El ex general sonrió hechizado, se puso de pie lentamente y extendió su mano mientras se inclinaba con elegancia. -Mucho gusto madeimoselle Grandier Von Fersen- besó su pequeña y suave mano. La niña sonrió dichosa. –Ante usted François-Augustin Regnier De Jarjayes.

-Tengo un amigo que se llama "Fançois"- sonrió la niña –Está en "Padís".

-Tu madre también se llama François- sonrió el anciano mientras volvía a sentarse.

-Sí… mi maman tiene "nombes" de "vadón"- contestó con simpleza mientras se sentaba a su lado meciendo de forma inquieta las piernas.

El anciano sólo asintió y fijó la vista en su hija, que continuaba elegantemente concentrada frente al piano. En silencio admiró su entereza y capacidad de vencer tantas adversidades a lo largo de su joven vida, la admiraba profundamente, más aún, cuando muchas de esas adversidades el mismo las había puesto en su camino.

-¡Papa, tengo un "Gand-Pède"!- Isabelle se puso de pie y corrió al encuentro de André.

El alto hombre de pelo negro la tomó en sus brazos. -Sí hija, tienes un abuelo- miró al padre de Oscar, que no perdía de vista a su nieta. Con alivio percibió que no había antipatía hacia su presencia.

-o-

-Víctor perdona, ni siquiera te he preguntado por Dianne…- Oscar rompió el pesado silencio presente en el salón, separó la vista del fuego para mirar al socio de su marido antes de continuar -¿Cómo está?... nos habría gustado verla- trató de sonreír mirando a André.

Todo lo acontecido durante el día había sumido en un profundo silencio a todos los presentes. Incluso Isabelle había adoptado ese extraño mutismo durante la cena.

-Por el momento no puede viajar- los ojos de Girodelle brillaron resplandecientes –No se ha sentido muy bien- contestó mientras un tenue rubor cubría sus altos pómulos.

-¿Está enferma?- preguntó preocupado André.

-No, no está enferma… seremos padres durante el próximo verano- su sonrisa delató la profunda felicidad que lo inundaba, no había querido mencionar el embarazo de Dianne dada las tristes circunstancias de su visita –Lamentablemente no se ha sentido muy bien estos meses- agregó.

-Entiendo- Oscar sonrió -Mis más sinceras felicitaciones- alzó la copa de vino que sostenía en la mano.

-Es una maravillosa noticia- André lo felicitó emocionado –No debiste haberla dejado sola… te lo agradezco, pero lamento que hayas tenido que alejarte de ella.

-Créeme, no está sola…- Víctor sonrió divertido –Alain se ha transformado en su escolta particular.

-Y él... ¿Cómo tomó la noticia?- preguntó André divertido.

-Con una mudez excepcional- todos, a excepción del patriarca Jarjayes e Isabelle, rieron de buena gana al mismo tiempo.

-Felicitaciones por tu matrimonio y futura paternidad Girodelle- interrumpió el ex general levantando su copa. El anciano había permanecido en silencio observando atentamente a todos los presentes.

-Gracias, señor- Girodelle hizo un gesto con su cabeza.

-"Víctod" "Que… Que… Quemen"- la niña gruñó exasperada al no poder pronunciar las palabras que tanto había practicado.

-Isabelle- Oscar la miró seria –¿Qué modales son esos?- la reprendió. Su hija la miró asustada.

-Tú eras igual- la interrumpió Regnier –Incluso podría asegurar que tu temperamento era mucho peor que el de esta pequeña señorita- sonrió a su nieta. La niña lo miró fascinada. Oscar calló.

-Victorrrr Cle… men…te- Isabelle suspiró aliviada –¿Tú y "Gand-Pède" "viniedon" a la boda de papa y maman?

Un incómodo silencio se apoderó de todos, Oscar miró a su padre y sostuvo su mirada con tranquilidad.

André fue el primero en hablar. -No hija, no vinieron a nuestra boda- se levantó del sofá y dejó la copa sobre una mesa –Despídete, ya es hora de dormir- esperó que la niña realizara las correspondientes reverencias, que tanto le gustaba hacer en presencia de Girodelle, y la tomó en sus brazos para ir en busca de Gabrielle –Víctor, me gustaría hablar contigo referente a nuestra sociedad ¿Podrías esperarme unos minutos?- habló desde la puerta.

-Sí, te esperaré en el despacho- el aludido se levantó rápidamente –Señor, me despido- hizo una reverencia al ex general –Mañana viajaré al amanecer.

El anciano asintió en silencio. Cuando quedó solo con su hija habló nuevamente -¿Cuándo te casarás con André?

-Ya lo hicimos…- Oscar tomó un sorbo de vino –Nos casamos hoy en la mañana-. El anciano se sumió en un profundo silencio, Oscar pudo percibir en sus ojos una profunda turbación. -Padre… sabías que esto ocurría, lamento que no estés de acuerdo pero es algo en lo que no tienes poder de decisión- habló con firmeza, aunque evitando ser dura pues no quería alterarlo.

-Me hubiera gustado estar presente… durante años tu madre y yo soñamos con presenciar tu matrimonio- el anciano levantó la vista, su mirada estaba húmeda.

Oscar guardó silencio y bajó la vista emocionada. Jamás habría esperado esa reacción.


La gran casa de campo de la familia Grandier Jarjayes dio la bienvenida a una esplendorosa primavera hacía ya un mes. Oscar se levantó con esfuerzo de la cama, una vez más se había quedado dormida. Se acercó a la ventana de su habitación y disfrutó la vista, los prados comenzaban a cubrirse de flores silvestres mientras los rayos del sol iluminaban suavemente el follaje de los árboles frutales.

Llevó una mano a su cuello tratando de desperezarse, llevaba días sintiéndose muy cansada, lo atribuyó al trabajo que estaba realizando con André en la selección y adiestramiento de nuevos caballos. Luego de una amistosa negociación entre su marido y Girodelle, ambos hombres acordaron separar su sociedad y continuar cada uno por su cuenta debido a la distancia que ahora los separaba. La deuda de André con Víctor quedó saldada gracias a la idea de alquilarle al conde la propiedad de Normandia hasta que él y Dianne pudieran instalarse en algo propio. Dado que París continuaba sumergido en el terror y la violencia, la familia Girodelle Soissons había decidido dejar la ciudad de forma definitiva en cuanto la hermana de Alain se sintiera en condiciones de viajar.

Después de levantarse, desayunó de forma rápida en la cocina y tomando sus guantes de montar salió de la casa con dirección al corral principal.

-¡Maman!- Isabelle corrió a sus brazos dejando atrás a su abuelo, que caminaba a su lado apoyado en un bastón.

Oscar levantó a su hija del suelo con esfuerzo, se sentía débil.

El patriarca llegó a su lado, durante los meses transcurridos había recuperado su vitalidad de forma considerable gracias al aire puro, la tranquilidad del campo y las atenciones de un médico de la aldea. Todo eso, sumado a que Gabrielle y Anne se habían propuesto hacerlo recuperar peso a punta de comidas y tartas. -¿Te sientes bien?- preguntó preocupado.

-Sí- la rubia trató de sonreír mientras dejaba a Isabelle nuevamente en el suelo. La niña se alejó corriendo con Jacques pegado a sus faldas.

-Hija, deberíamos llamar al doctor Leblanc- insistió el anciano.

-No… no te preocupes, sólo estoy cansada- Oscar le restó importancia a sus malestares y se alejó sonriendo mientras se colocaba los guantes. Al llegar junto al corral se apoyó en una de las barandas, cerró los ojos y se concentró en respirar, un sudor frío bajaba por su espalda y estaba fatigada. Un imprevisto beso en la mejilla la sorprendió. Vio a André sonriendo junto a ella.

-Buenos días- saludó el hombre entusiasta –Pensé que tendría que ir a despertarte- sonrió de manera resplandeciente.

-¿Con cuál caballo debo comenzar?- Oscar movió los hombros para reactivarse.

-Ven- André la tomó de una mano y la guió hacia la división del corral que utilizaban para la doma. Un majestuoso potro blanco estaba esperando en el centro de la media luna –¿Estás segura de que no quieres que comience yo?

-No sólo soy tu esposa, también soy tu socia- Oscar sonrió –Trabajaré codo a codo contigo.

-Como prefieras- el atlético hombre saltó de forma ágil el cercado y abrió ceremoniosamente la puerta para que ella pasara, antes de cerrarla la atrapó contra la madera y la besó con entusiasmo. Oscar se abrazó a su cuello y se entregó a la pasión que su esposo siempre provocaba en ella, cuando terminó el beso lo miró sonriendo y acarició su negro cabello despeinado. La felicidad de André la contagiaba haciéndola olvidar sus preocupaciones.

Montó al encabritado potro durante toda la mañana hasta que logró doblegarlo, cuando terminó tenía la ropa pegada al cuerpo debido al extenuante ejercicio. Guió al purasangre hacia el borde del corral y desmontó apoyando su pie en una de las vallas, un fuerte mareo la hizo perder el equilibrio, con rapidez se aferró a la madera para no caer al suelo. Sintió miedo. Sabía que su salud ya no era la de siempre y temía enfermar gravemente ahora que por fin eran felices. Vio que André se acercaba, enderezó la espalda sonriendo mientras le entregaba las riendas. -Iré a la aldea durante la tarde, quiero retirar la correspondencia- habló tratando de parecer tranquila.

-Puedo pedirle a Gilbert que vaya- André ordenó rebelde cabello de su esposa, depositando con suavidad uno de los rubios bucles atrás de su oreja.

-¡No!- contestó Oscar de manera brusca –Quiero aprovechar la oportunidad de ver algunos vestidos para Isabelle.

André asintió en silencio mientras la miraba fijamente.

-o-

Oscar esperó pacientemente en la consulta de uno de los médicos de la aldea. El doctor Jean Leblanc era un joven recientemente llegado a la localidad, algo excéntrico y lleno de revolucionarias teorías medicinales. El galeno se había ganado en pocos meses el respeto de la gente demostrando con esfuerzo, que las innovaciones en medicina sólo traían beneficios, de hecho, el propio ex general Jarjayes había tenido que admitir su excelencia al recuperar considerablemente su salud gracias a sus innovadoras, y a su gusto, muchas veces descabelladas indicaciones. Cuando el anciano había arribado a la finca, su salud estaba muy desmejorada y al buscar un médico que lo atendiera, Oscar se había encontrado con la ingrata sorpresa de que el doctor Leblanc fue el único dispuesto a atender a un conocido aristócrata de la zona, nadie más había querido involucrarse con ellos.

-Señora Grandier, discúlpeme por favor por haberla hecho esperar- la saludó atento –Adelante por favor.

La ex militar se puso de pie y caminó hacia donde le indicaban. –Dígame Oscar por favor- extendió una mano, prácticamente tenía la misma edad con su interlocutor. El médico era apenas un par de años menor que ella.

El hombre sonrió mientras limpiaba con esmero sus anteojos. Desde que había conocido a esa particular mujer, mientras trataba a su padre en su residencia, sentía una sincera simpatía por ella y por su familia. Le extrañó lo nerviosa que se veía, era un cambio extremo y repentino en su personalidad, pues la razón de haber congeniado de inmediato con Oscar, era porque se sentía completamente identificado con ella, ambos habían roto los paradigmas de una sociedad convencional y ambos cargaban con el estigma de ser aristócratas, aunque él escondía muy bien esa parte de su vida privada.

-¿Se encuentra bien su padre?- comenzó a hablar tratando hacerla sentir cómoda.

-Sí, está perfectamente… soy yo la que está enferma- lo miró preocupada –Temo que es algo grave, quizás tisis o algo similar.

-Entiendo- el médico caminó hacia un tocador y comenzó a lavarse las manos concienzudamente –Quítese la chaqueta y tome asiento por favor.

Oscar hizo lo que le indicaba y esperó con la manos entrelazadas -"no puedo enfermar ahora, que será de André… no puedo provocarle ese dolor"- su cabeza no dejaba de repetir esas palabras. Cuando sintió los fríos dedos del médico explorar su cuello se sobresaltó levemente, no lograba concentrarse.

-Dígame… ¿Qué la hace creer que contrajo tisis?- Jean habló con calma –Desde que la conozco me ha parecido una persona con excelente salud...-. Oscar le relató en detalle sus síntomas, le comentó las advertencias del médico que la había tratado en Suecia cuando había perdido el hijo del Fersen y luego el fuerte resfrío que la había afectado en Bélgica. -Entiendo…- el médico continuó examinándola. Tomó una de sus finas muñeca para comprobar el pulso y auscultó su pecho con un particular instrumento similar a una pequeña corneta. Oscar lo había visto utilizarlo en su padre. El galeno notó el brillo de la curiosidad en sus ojos. –Un artilugio utilizado por mi profesor de medicina monsieur Laënec(1)- explicó mientras sonreía divertido –Pocos se han atrevido a usarlo, pero es de mucha utilidad… estoy convencido de que en algún momento el maestro Laënec pasará a la historia gracias a esto.

Oscar lo miró divertida, le simpatizaba ese particular hombre. Le inspiraba confianza.

-Podría recostarse por favor.

Ella hizo lo que le indicaban, esperó que el médico terminara su exhaustivo examen.

Jean palpó sus costillas, pecho y abdomen, utilizando una que otra vez el particular artilugio de su mentor. -Usted tiene una hija pequeña, Isabelle si no me equivoco…- extendió una mano para ayudarla a levantarse. La invitó a sentarse frente a su escritorio, él también se sentó.

-Sí… Doctor, dígame por favor… ¿Podré recuperarme o es demasiado tarde? Si es así, necesito tiempo para preparar a mi familia, debe haber algún tónico que me otorgue el tiempo que necesito- habló atropelladamente mientras sus ojos se llenaban de lágrimas sin que ella pudiera evitarlo.

-Claro que sí- el hombre sonrió paternalmente mientras extendía un pulcro pañuelo para que secara sus lágrimas. Oscar lo rechazó secándose con los dedos, de forma rápida y molesta, las impertinentes lágrimas que habían escapado en contra de su voluntad. El médico esperó a verla más tranquila para continuar –Usted está embarazada, debo hacerle algunas preguntas un tanto personales para calcular el tiempo de gestación, pero me aventuro a decir que su embarazo es cercano a las trece semanas.

-No puede ser… yo ya no puedo tener hijos- lo miró sorprendida –Eso es imposible… mis periodos siempre han sido irregulares, eso no es nada nuevo- movió la cabeza aún perturbada -Y... la última vez estuve a punto de morir- habló asustada.

-Lady Oscar, estoy seguro de mi diagnóstico. En cuanto a su supuesta infertilidad, tengo algunas discrepancias con el diagnóstico de mi colega sueco.

Oscar se puso de pie impactada. Alcanzó a detener la silla con una mano antes de que la misma cayera al suelo. –Usted debe estar equivocado…- retrocedió un par de pasos –No puedo estar embarazada.

-No hay razón para que no sea madre nuevamente, el cuerpo humano es algo maravilloso y único- sonrió tratando de tranquilizarla -Además, muchas veces el organismo sólo necesita encontrar un nuevo equilibrio, si todas las condiciones son las apropiadas, un embarazo es lo más natural del mundo. Usted y el señor Grandier ya son padres de una saludable y encantadora niña- contestó el médico con simpleza y seguridad.

-No puedo estar embarazada- repitió ella. Estaba aterrada. No se sentía preparada para un nuevo embarazo, ni quería ser madre nuevamente. Recordar los difíciles meses que había enfrentado durante la gestación de Isabelle y el deterioro de su salud cuando esperó el hijo de Fersen, hizo que cada poro de su piel se erizara ante la posibilidad de repetir esa experiencia. Retrocedió, y tomando su chaqueta, salió lo más rápido que pudo de la consulta de médico.

Retiró la correspondencia con la vista nublada, debió apoyarse en un poste para no perder el equilibrio producto de un repentino mareo. Entró a la posada más próxima, se sentó y pidió una taza de té con miel. Después de beber el líquido azucarado se sintió mejor.

Miró por la ventana y fijó la vista en el follaje de un gran árbol, el verde de sus hojas le recordó los ojos de André, vivos, brillantes y llenos de matices. Suspiró cansada, pese a su renuencia ante la noticia que apenas la dejaba respirar, sabía que la noticia pondría dichoso a su marido. André por fin tendría la oportunidad de criar a su hijo, de sostenerlo en sus brazos recién nacido, de ayudarlo a dar sus primeros pasos y enseñarle sus primeras palabras. De forma inconsciente se llevo una mano a su plano estómago y lo acarició mientras hacía a un lado, por tan solo un segundo, las preocupaciones que la agobiaban. Dejó que su mente divagara -"¿Será una niña tan preciosa como Isabelle o quizás un niño con los hermosos y serenos ojos de su padre? ¿Lograré sobrevivir a este embarazo?"-

Volviendo centrarse en el lugar donde estaba, dejó vagar su vista por las cartas que había dejado sobre la mesa y comenzó a revisar la correspondencia que había retirado. Reconoció de inmediato la letra de Fersen… pensó en él, la vida les había negado un hijo juntos y se habían acostumbrado a la idea de su infertilidad, tendría que hablar con su ex marido. Abrió el sobre y leyó su carta, anunciaba una visita para fines de abril, sólo faltaban un par de semanas. Se tocó la frente sintiéndose agobiada una vez más con la inesperada noticia que acababa de recibir.

De regreso en la finca, buscó a André en cuanto ingresó a la casa, era prácticamente la hora de la cena y había estado toda la tarde fuera, la mayoría del tiempo sentada en la posada mientras su mente divagaba. Abrió la puerta del despacho y vio a Isabelle frente al escritorio repitiendo atentamente las letras que su abuelo apuntaba en un libro. El ex general lucía serio y severo mientras trataba de enseñarle a leer a Isabelle. Oscar sonrió al ver que esa severidad desaparecía completamente cuando la niña levantaba la vista y le sonreía. Cerró la puerta despacio para no interrumpirlos.

-¿Cómo te fue con la compra de vestidos?

Antes de que pudiera reaccionar, los brazos de André la levantaron del suelo tomando completa posesión de su cuerpo con tan sólo un movimiento.

-¿Qué vestidos?- Oscar contestó riendo.

-Los vestidos para Isabelle… a eso fuiste a la aldea- André la apoyó contra la pared del pasillo –Con todo lo que tardaste, llegué pensar que llegarías con un vestido puesto- bromeó divertido antes de besarla con ímpetu.

-No encontré lo que buscaba- pensó en decirle de inmediato que serían padres nuevamente pero no pudo… no supo por que las palabras no salían de su boca. Sacó las cartas de su bolsillo y se las entregó. –Axel quiere visitar a Isabelle en un par de semanas más.

André tomó las misivas y le devolvió la que estaba a su nombre, no necesitaba leerla. Sostuvo la carta dirigida a Isabelle. –¿Se la lees tú o yo?- sonrió.

-Hazlo tú- la mujer sonrió -Estará muy contenta.


Las semanas transcurrieron lentas y agobiantes para Oscar. Mientras se hacía a la idea de un nuevo embarazo, dejó de ayudar en el adiestramiento de los caballos y se dedicó únicamente a llevar los libros de cuentas, argumentando no sentirse bien debido a un persistente resfrío. Ya no podía dilatar más el hablar con André, sus malestares habían disminuido y pronto comenzaría a ser evidente su estado.

Apenas despertó pidió que le llevaran agua caliente y tomó un baño tratando de relajarse. Sin poder dejar de pensar abrazó sus rodillas apoyando el mentón en ellas, comenzó a soplar algunas burbujas que flotaban en el agua.

André abrió la puerta después de anunciarse con un par de suaves golpes sobre la madera. -¿Me invitas?- sonrió al verla aún en la bañera, él mismo le había preparado la tina. Ella asintió sonriendo.

-¿Isabelle ya se fue?- acomodó su espalda sobre el pecho de André en cuanto él entró al agua.

-Sí, hace un rato la vinieron a buscar- le besó el cabello –Hoy invité a cenar a Fersen y Sofía.

Ella asintió en silencio.

El Conde sueco y su hermana se habían instalado en Arras para visitar al Isabelle. Dado que querían quedarse más tiempo, habían alquilado una casa en las cercanías de la aldea.

-¿Hoy hablarás con él?- preguntó André en el oído de Oscar mientras posaba las manos sobre su vientre.

-¿A qué te refieres?- se movió incómoda.

-Lo sé desde hace semanas- besó con delicadeza uno de sus hombros.

Ella se separó de él acomodándose para mirarlo de frente. -¿Cómo lo supiste?- su mirada se humedeció.

-Te conozco, se lo que piensas y conozco tu cuerpo… ya te he visto embarazada y sé cómo cambias durante los primeros meses- se acercó a ella y la besó apasionado –Además, tú no compras vestidos- sonrió.

-Perdóname por favor…- susurró en cuanto se separó de él –No sé por qué no podía decírtelo…- evitó su mirada.

-¿Estás asustada?- tomó sus manos mientras la miraba dichoso. Ella asintió con un movimiento de cabeza -No lo estés- sonrió y la atrajo contra su pecho -Esta vez estamos juntos, nada ocurrirá… esta vez nada nos separará, te lo juro- sonrió resplandeciente.

-¿Estás feliz?- Oscar lo miró llena de amor.

-Nunca imaginé que la vida me permitiera ser tan feliz- la besó y atrayéndola sobre su regazo se entregó a amarla hasta que ella se rindió exhausta entre sus brazos.


Fersen se apoyó en la verja del corral y sonrió. -Realmente son magníficos ejemplares, compraré un par para llevarlos a Bélgica- habló mientras admiraba los potros que pastaban pacíficamente.

-Axel, tengo que hablar contigo…- Oscar se posicionó frente a él con los brazos cruzados.

-Te prometo que insistí hasta el cansancio en que Sofía no le comprara tantos vestidos a Isabelle, de hecho tuve algo de éxito, varios quedaron en casa… aunque creo que los enviará por correo cuando yo no esté pendiente- el sueco sonrió con los ojos brillantes.

-No es eso de lo que quiero hablar- lo miró seria –Quiero saber cómo estás…- se acercó y puso una de sus delgadas manos sobre la que él tenía apoyada en la madera.

-¿A qué te refieres?- la mirada de Fersen se apagó.

-Axel… me gustaría que conocieras a alguien, que no estuvieras solo…

-No quiero hablar de eso contigo- susurró él -No me pidas eso.

Los gritos de júbilo de Isabelle los distrajeron por unos segundos. La niña corría junto a su fiel cachorro en dirección a la terraza, lugar en donde estaban sentados el ex general, Sofía y André tomando el té.

-¿Has pensado en casarte nuevamente?- insistió Oscar.

-¿De qué hablas?- la miró molesto –Sabes que no volveré a casarme.

-Axel… yo…- Oscar soltó su mano.

-Me conoces perfectamente y sabes que no tengo el espíritu de un monje- el sueco sonrió tratando de tranquilizarla –He estado frecuentando a alguien, pero no la amo… y antes de que insistas. No, no me volveré a casar.

Ella asintió con la cabeza, permanecieron en silencio un momento. -No es correcto que estés con alguien a quien no amas- Oscar habló despacio sin atreverse a mirarlo.

-Tampoco puedo estar con quien amo- contestó molesto –Te pido que no reproches ni cuestiones mis decisiones, simplemente vivo de la mejor forma que puedo.

-Perdóname… no quise inmiscuirme en algo tan personal- murmuró ella con la vista fija en los caballos. Continuaban de pie, uno junto al otro y sin mirarse.

-Perdóname a mí… No quise contestarte tan duramente- Fersen volteó a mirarla –Tienes razón en lo que dices, pero no todos tenemos los mismos códigos morales que tú.

-¿Ella sabe lo que sientes?- Oscar levantó la vista y lo miró a los ojos.

-Sí… ella es igual a mí… ninguno de los dos espera nada del otro- trató de sonreír –Eleonore sabe que no tengo nada que ofrecer.

-Axel… yo... estoy esperando un hijo- sin poder evitarlo aguantó la respiración mientras esperaba la reacción del apuesto hombre que estaba frente a ella. Él se apoyó en la baranda y dejó caer la cabeza derrotado. Después de unos minutos, Oscar insistió –Axel… habla conmigo por favor… jamás ha sido mi intención lastimarte, pero quería decírtelo antes de que fuera evidente.

Sin aviso Fersen la abrazó con fuerza, permanecieron en silencio durante un rato. -Es una buena noticia- susurró en su oído después de unos minutos. Ella asintió con la cabeza. –Imagino que André está dichoso.

-Lo está- Oscar se separó lentamente de él para mirarlo a los ojos.

-No debes tener miedo- acarició con un dedo su mejilla –Es una segunda oportunidad… no sólo para él, también lo es para ti.

-Oh Axel…- se acercó y lo abrazó con fuerza –No merezco tu cariño.

-No esperen que sea yo quien le de la noticia a Isabelle- el sueco susurró contra su cabello mientras sonreía –Eso será tarea de André.

Oscar sonrió en silencio mientras permanecían abrazados, después de un rato se separó de él y sacó del bolsillo un montón de cartas atadas. Fersen las reconoció al instante. -¿Las recuerdas?- levantó su vista para encontrar los hermosos ojos grises de su ex marido. Él asintió emocionado -Isabelle es tu hija también y quiero que se las entregues personalmente cada vez que lo creas necesario- sonrió.

Fersen recibió las misivas que había escrito en Bélgica y las guardó en su bolsillo, no pudo hablar debido a la emoción. Pasó uno de sus enormes brazos sobre los delgados hombros de la que había sido su esposa y la atrajo con suavidad hacia su cuerpo, permanecieron abrazados y en silencio mirando a los caballos pastar.


Oscar François de Jarjayes caminó lo más rápido que pudo en dirección al corral mientras realizaba señas para que André se acercara. Él bajó a Isabelle del caballo que estaba montando y se acercó con la niña en brazos. -Denme sus manos- la mujer habló contenta mientras sonreía.

André e Isabelle hicieron lo que les pedía. Oscar tomó ambas manos y las apoyó sobre su vientre. -¿Se está moviendo?- habló emocionado -¡Dios mío, se mueve!- comenzó a sonreír nervioso.

Ella asintió sonriendo, tenía poco más cinco meses y era el primer movimiento que sentía. -Estoy segura de que será un niño- no podía dejar de sonreír, ver a su esposo tan dichoso la llenaba de felicidad.

-¿"Sedá" mi amigo?- preguntó Isabelle retirando su pequeña mano del estómago de su madre mientras la miraba llena de preguntas.

-Sí… será tu mejor amigo- Oscar sonrió a su hija mientras seguía sosteniendo la mano de André sobre su vientre.

-Mi "mejod" amigo es "Fançois"- replicó Isabelle.

-Será tu segundo mejor amigo además de tu hermano- contestó André sin despegar la vista del redondeado abdomen de su mujer, no podía dejar de sonreír.

Fersen tenía razón, su embarazo no sólo era una segunda oportunidad para André, también lo era para ella. En cuanto comprendió eso comenzó a disfrutar cada segundo de la vida que crecía en su interior.


André se levantó en silencio para dejar descansar a su esposa por más tiempo, sentía el pecho henchido de felicidad. Como era habitual, Oscar nunca se quejaba, a sus siete meses de embarazo seguía participando activamente en el negocio familiar y educando, junto a su padre, a Isabelle con amor y dedicación.

Sintió una punzada de deseo al verla entre las sábanas blancas con su hermoso cabello rubio revuelto sobre la almohada y su vientre palpitante de vida. Recordó como la había amado la noche anterior. Se sentó en el borde de la cama y sin poder evitarlo deslizó las manos bajo el ruedo del camisón de su mujer hasta llegar a su redondo abdomen. Comenzó a acariciar la suave piel. Oscar despertó entre suspiros, sus ojos azules estaban claros, felices y serenos. Como era habitual entre ellos, no fueron necesarias las palabras. André se desvistió y entró a la cama nuevamente junto a su esposa, dispuesto a amarla hasta que ya no tuviera fuerzas.

-o-

-Buenos días, señor- André saludó al padre de Oscar.

El anciano estaba retirando un libro de uno de los estantes del despacho de la casa. -Ya es casi medio día- contestó de forma huraña mientras asentía con la cabeza a modo de saludo. Si bien no habían vuelto a discutir, y el ex general había aceptado su matrimonio, la relación entre ellos continuaba siendo formal e incómoda, más aún cuando estaban solos. –No he visto a Oscar…- el patriarca trató de entablar una conversación.

-Está descansando- contestó André tranquilamente –No he visto a Isabelle...- lo miró tratando de continuar el incómodo diálogo.

-Debe estar jugando con ese perro que la sigue a todos lados- la voz del anciano sonó molesta.

-Jacques- corrigió André haciendo un esfuerzo por no reír. Él día había comenzado de forma maravillosa y no iba a permitir que el mal temperamento de su suegro lo arruinara.

-¿Cómo se les puede haber ocurrido nombrar de esa forma a un perro…?- Regnier gruñó exasperado. Vio como André tomaba un montón de correspondencia del escritorio y comenzaba a revisarla en silencio. –Hoy en la mañana las trajo el mozalbete que trabaja en la casa- se refirió a las cartas.

-Gilbert...- André lo corrigió nuevamente mientras separaba los recados de Girodelle y Alain.

-Sí… Gilbert- el anciano guardó silencio por unos minutos evitando comenzar una discusión que no tenía sentido, su hija estaba embarazada y no quería ocasionarle molestias bajo ninguna circunstancia. Pues aunque no lo dijera, o demostrara, estaba profundamente agradecido de que se le permitiera ser parte de la vida de su nieta, y ahora, la posibilidad de que el próximo vástago de su hija pudiera ser un varón, lo llenaba de gozo. Sólo esperaba tener fuerzas y salud para poder llegar a conocerlo. –Estás de muy buen humor hoy- miró a André que leía sonriendo una de las cartas.

-Girodelle y Dianne son padres de un niño- miró a su suegro contento –Su nombre es Pierre.

-Pierre…- se aclaró la garganta evitando un acceso de tos –Le enviaré una nota de felicitación a Girodelle y procuraré no olvidar el nombre del niño para que no tengas que corregirme por mi mala memoria- esperó que André lo mirara y sonrió con malicia. Su yerno entendió y sonrió junto con él.

André abrió la segunda carta, a los segundos el papel se deslizó entre sus dedos, sintió que sus rodillas se doblaban y fuertes nauseas inundaron su garganta. Se afirmó del escritorio mientras se concentraba en respirar profundo tratando de calmarse. Dio un puñetazo contra la cubierta de la mesa mientras sus hombros temblaban tratando de contener el sollozo que escapó de su pecho.

El ex general Jarjayes se acercó preocupado y apoyándose en el bastón levantó la carta del suelo. Bernard Chatelet había sido decapitado el pasado 28 de julio de 1794. Su sentencia se había ejecutado sin juicio previo y junto a veintiún hombres más, entre esos hombres se incluía Robespierre.


1) René Théophile Hyacinthe Laënnec (Quimper, Bretaña, Francia, 17 de febrero de 1781 - 13 de agosto de 1827) fue un médico francés, inventor del estetoscopio. En 1816, debido al pudor que el médico sentía al acercar su oído al pecho de las pacientes y también a la dificultad para percibir ruidos en pacientes con sobrepeso, creó un cilindro de 30 cm de largo, origen del instrumento. Si bien la invención del estetoscopio es posterior al año en que se desarrolla la historia no pude evitar la tentación de utilizar su nombre (XD siempre se puede aprender algo).

Notas

Obs 1: El dato de Eleonore Sullivan es verídico, efectivamente fue la segunda amante conocida de Hans Axel Von Fersen. Fue una relación que nunca se concretó formalmente y que comenzó mientras Maria Antonieta estuvo recluida en Temple.

Obs 2: Maximilien Robespierre fue ejecutado en la guillotina el 28 de julio de 1794 junto a 21 destacados colaboradores, entre los que se encontraba Luis De Saint-Just. El cuerpo de Robespierre y el de los demás condenados fue enterrado en una fosa común en el cementerio de Errancis, en la que se vertió cal viva a fin de borrar todo rastro. Su caída acabó con el Terror y con el impulso democrático de la República.


Les prometo el final para el próximo capítulo, así que cerraré esta loca historia en 40 capítulos un epílogo. Agradezco infinitamente la paciencia y el entusiasmo que han mostrado hacia este fic.

No olviden su review (No es necesario que sean usuarios registrados para escribir, así que anímense las lectoras silenciosas XD)

GRACIAS POR LEER!