La pitia avanzó renqueando por las ruinas del templo. Cada día se sentía más cansada y no veía la hora de verse relegada del puesto. Sinceramente, tenía la cabeza loca de tanta profecía.
Y es que su trabajo era muy importante. Cada país llevaba un registro de profecías, pero solo de aquellas que se hacían en presencia de alguien, quien luego se encargaba de registrarlas ante las autoridades. Pero ellas, las pitias, debido a su precognición nata, recogían en su mente todas las profecías, estuviersen registradas o no, fuesen escuchadas por alguien o no. Y las guardaban en su templo. Aquel era su trabajo y su deber.
Sophia Nicté llevaba semanas con una mala sensación y esa noche se había despertado cuando aun estaba alta la luna. Se sentó en la cama unos instantes para despejarse y al punto supo lo que tenía que hacer.
Su silla la esperaba.
Cuando llegó a la habitación especialmente reservada para ella en el oráculo, se sentó en su lugar habitual y esperó. Pero estaba tranquila en ese aspecto: sabía que la profecía estaba por llegarl en pocos minutos.
Y así fue...aunque no de la forma habitual. Había oído hablar de ese tipo de profecías, pero en los sesenta años que llevaba siendo pitia, nunca le había tocado recibir ninguna. Y aquella era muy extraña. Demasiado. Solo conocía las iniciales de la persona a la que se refería la profecía. Ni destinatario, ni quien la había tenido. Aunque dadas las circunstancias, aquello no era de extrañar.
Se levantó con dificultad y se dirigió a la mesa que había al lado, donde se sentó y empezó a escribir con pulcra caligrafía la profecía.
T.S.R. Aquellas iniciales le sonaban, pero tenían cierto sabor, como llamaban ellos, a profecía cerrada, a tema concluso. Pues bien, ahora mismo no tenía ni idea de quien era T.S.R. (muchas veces los protagonistas de las profecias aparecian velados a su entendimiento), aunque no pudo evitar un deje de inquietud. Permaneció pensativa unos minutos hasta que por fin cayó en la cuenta.
No, no era posible. Ahora la profecía cobraba sentido, pero un sentido que se le antojaba abominable. Por todos los dioses del Olimpo. Y lo peor era que no podía hacer nada.
Una vez que los errores sean enmendados
El elegido se alzará y se enfrentará a su enemigo.
Pero no deberá dejar que Caronte haga su trabajo a la inversa,
Porque si Estigia cruza, todo estará de forma irremediable perdido.
Preocupada la archivó en un lugar bien visible, aunque sabía que era inútil. Sin más datos de referencia que esos no podían encontrar a los responsables de llevar a cabo la profecía.
Y como ésta decía al final...
...todo estará perdido.
