La celda tenía un nauseabundo aroma que combinado con la humedad hacían de aquel calabozo un lugar insoportable. Esperaba que Elsa si hubiese logrado abordar el barco a tiempo, probablemente fue estúpido cederle el boleto a ella, pero si ella era atrapada moriría en cuanto alguien descubriera su "verdadera identidad".
Si el duque de Weselton la hubiese tenido en su poder era capaz de quemarla en una hoguera, él al menos tenía una pequeña esperanza de ir a un juicio y con suerte resultar inocente; a pesar de que no lo era.
Sin embargo su conciencia estaba tranquila; el mundo estaba mejor sin la mierda de persona que era ese infeliz que había osado tratar de abusar de Elsa, de chantajearla para obtener sus favores. No tenía ni el menor remordimiento por haber encajado aquella estaca en ese sujeto; volvería a hacerlo.
Tan solo deseaba que Elsa no fuese testaruda como de costumbre, la creía perfectamente capaz de lanzarse al océano y nadar de vuelta con tal de tratar de ayudarlo.
— ¡Arriba! — Hans simplemente lo miró con altanería sin mostrar intension alguna de separar su trasero del suelo. — Pedazo de basura, ¡He dicho que muevas tu trasero y te pongas de pie!
— Mi trasero realmente se ha encariñado con el fenomenal suelo de esta exquisita celda, ¿A caso un renombrado artista se hizo cargo del diseño de tal obra de arte?
— ¡Te advierto...
— No pierdas tu tiempo, Erasmus. — La irritante voz del Duque se hizo presente y pocos segundos después el anciano se adentró a la celda. — Espera afuera. — Ordenó.
El guardia abandonó el interior de la celda cerrando la puerta tras de sí, el bajito hombre miró con atención al pelirrojo.
— Ha pasado mucho tiempo, Príncipe Hans. No había tenido el placer de mirarlo desde Arendelle. — Hans permaneció en silencio. —, me decepciona Hans, no solo falló al tratar de asesinar a una bruja que estaba a escasos pasos de usted, sino que según me informan, ahora tiene un romance con ella.
— Creo que la edad comienza a afectarle, gran duque. — Comentó con un tono burlesco. — ¿La Reina de las Nieves y yo?, ¿Teniendo un amorío? ¡Por Dios!
— Tal parece que una joven mujer asesinó a un inocente civil. La describieron como una joven alta de piel pálida y un cabello casi blanco, ¿Le suena familiar?
— El albinismo es más común de lo que piensa, su Excelencia. — Comentó Hans. —, además, ¿Inocente ese sujeto?, para que lo sepa, fui yo quien lo asesinó y disfruté cada segundo de su sufrimiento; porque se lo merecía.
— Seguramente usted ha sido víctima de la brujería de esa mujer. — Concluyó el Duque. —, utilizó sus poderes para infiltrarse en su mente y hacerlo echarse la culpa de los crímenes cometidos por esa hechicera.
— Hay una pequeña inconsistencia en su historia, agrandada Duque. — Dijo tranquilamente el pelirrojo. —, la Reina Elsa murió, ¿O me equivoco?, incluso dicen que hubo un conmovedor funeral al cual usted comprenderá; no tuve oportunidad de asistir.
— Las brujas siempre tienen trucos bajo la manga, seguramente hizo un pacto con el demonio para regresar a atormentarnos.
— Bien, ¿Y por qué la supuesta Reina de las Nieves no desató su furia?, por favor Duque, sea sensato. — Apoyó su cabeza contra el muro. —, si Elsa de Arendelle hubiese estado aquí, créame que no la hubiese ayudado a escapar; después de todo la muy maldita arruinó mis planes, ella se encargó de alejarme de cualquier trono en el mundo... no se conformó con simplemente echarme de su insignificante Reino, sino que, la noticia del intento de regicidio llegó a muchos lugares y las damiselas no me veían con muy buenos ojos que digamos. Si tuviera a esa bruja enfrente de mi la asesinaría yo mismo sin dudarlo.
El camarote era pequeño, caminaba en círculos tratando de silenciar su deseo de abandonar el navío y volver a Weselton.
No entendía que le pasaba, su plan inicial era dejar a Hans a su suerte; después de romperle el corazón en mil pedazos, pero ahora era ella quien sentía una molestia en su pecho, extrañaba discutir con el sureño y de verdad le preocupaba su bienestar, ¿Y si estaba en peligro?
Hans Westergard; el hijo bastardo del Rey de Las Islas del Sur era el hombre más egoísta, manipulador y traicionero del mundo; ¿O no?, ¿Por qué le había cedido la oportunidad de salir de Weselton?, ¿Por qué no se marchó?
"Prometí que te ayudaría a volver a Arendelle", ¿Pero desde cuando Hans Westergard cumplía algo que prometía?, después de todo le juró a Anna que siempre estarían juntos y para el sureño; la Princesa de Arendelle solo había sido un juego. Y Elsa creyó que ella también lo era.
Sin embargo su mente le hacía recordar todo desde la vez que se reencontraron en las Islas del Sur, incluso el mal planeado viaje que habían compartido, Hans había tenido muchas oportunidades de alejarse de ella, pero siempre permanecía a su lado; discutiendo y haciéndole la vida imposible; ahora daría lo que fuera por tener otra boba discusión con él.
Ni siquiera estaba segura de lo que haría en Arendelle; ya no. ¡No podía siquiera concentrarse en eso!, su mente era solo "Hans, Hans, Hans" y Eso en definitiva le desagradaba.
Se dejó caer sobre el colchón. Se sentía tan culpable, Hans le había salvado la vida y ella ni siquiera había intentado hacer algo por él, sabía que el pelirrojo no era ningún santo, que era una persona engañosa y un criminal; pero ella también lo era.
Él la hacía enojar, la desafiaba muchísimo y eso la impulsaba a probarle que podía hacer cualquier estupidez, pero ahora no tenía ánimos de nada, tampoco se creía capaz de poder hacer esto sola; volver y enfrentar a su hermana, después de todo siempre había sido la cobarde que huía, ¿Por qué ahora sería distinto?, después de todo recién había huido de Weselton como una pequeña asustadiza.
Quizá no tenía siquiera una pequeña oportunidad.
En el Valle de los Trolls las cosas pintaban bastante bien para los seres de piedra, Grand Pabbie se sentía bastante satisfecho con como estaban marchando las coas; con Elsa fuera del mapa las cosas serian mucho más sencillas.
Supo desde el momento en que aquella pequeña de 8 años apareció en el Valle junto a sus padres y su inconsciente hermana que todo lo que Elsa provocaría serían problemas; sembrar un poco de miedo de ella misma evitaría que tuviese conocimiento sobre sus poderes, crecería odiándose a sí misma y tan solo querría deshacerse de su don.
Las gemas de fuego estaban a salvo de los poderes invernales de aquella chiquilla y por lo tanto tenían al rubio montañés en sus manos y muy pronto a todo Arendelle.
— Vamos Elsa, no puedes volver. —Se dijo por milésima vez. —, hay un centellar de razones por las cuales es una pésima idea y no puedes perder más el tiempo.
— ¿Rescatar a Hans es perder el tiempo? — Le recriminó su conciencia. — Él lo haría por ti; se arriesgaría.
— Hans dijo específicamente que ni siquiera pensara en regresar por él. — Añadió. —, si vuelvo a poner un pie en Weselton estoy muerta, Hans es inteligente y seguro hallará una manera de salir bien librado de todo este asunto.
— ¿Y si no? — A veces odiaba a su subconsciente. Contuvo el enorme deseo de darse una bofetada ella misma. Agradecía infinitamente que ese viaje no tuviera escalas en ningún otro reino porque lo más probable es que sería lo suficientemente testaruda como para tomar el primer barco hacia Weselton.
Esa noche Elsa no conseguía dormir, simplemente estaba recostada sobre la cama pensando en lo que haría. El día de su coronación prometió siempre ver por el pueblo de Arendelle y se juró a ella misma que sería la mejor Reina posible y en cuanto las cosas se veían difíciles ella siempre había salido corriendo como la niña asustadiza que había sido por muchísimos años.
Sabía que sus padres nunca creyeron que ella lograría controlar su inusual condición, que el pueblo de Arendelle vivía siempre alerta sin saber en qué momento su gobernante estallaría una vez más, que incluso Anna la había mirado con lastima debido a sus constantes temores, por mucho tiempo solo quiso que alguien de verdad tuviera fé en ella.
Dudaba mucho que Hans fuese el sujeto soñado para ella, pero ese tipo si que le hacía notar lo patética que era por victimizarse o vivir asustada de ella misma, él jamás le había temido; eso si que le desconcertaba un poco, pero aceptaba que Hans era lo más cercano que había tenido a alguien que creyera que ella podía dominar sus poderes.
Se abrazó a ella misma al percatarse de que realmente deseaba tenerlo a su lado en ese momento; Hans se burlaría de ella tan sólo de verla en ese momento: La Reina de las Nieves echando de menos a Hans Westergard. Seguramente él le diría que era una estupidez pasar el resto de la noche en vela por eso.
Era Hans Westergard; un experto manipulador y además ingenioso, seguramente lograría que lo dejaran en libertad en cuestión de minutos y luego iría tras algo más; quizá intentaría conseguir un trono de nuevo.
La idea le sentó mal en el estómago.
Quería pensar que después de todo lo que habían pasado; Hans intentaría reunirse con ella en cuanto se librara de su actual situación.
Los días pasaban tan lentos en medio del océano. Los demás pasajeros del barco conversaban animados entre ellos mientras que ella simplemente miraba al horizonte pensativa.
El cielo estaba despejado así que no tenía que preocuparse de alguna tormenta; no tenía muchos conocimientos sobre navegación, pero el viento no soplaba muy fuerte y eso le había llevado a deducir que no sería precisamente un viaje corto.
— Hace un día grandioso. ¿No lo cree usted? — Cuestionó un hombre, ella solo lo miró de reojo sin responder. — La marea está bastante tranquila, una gran oportunidad para relajarse y disfrutar el viaje.
— Si usted lo dice. — Comentó ella de forma cortante, no estaba de ánimos para socializar.
— No he podido evitar notar la ausencia de algún acompañante suyo. ¿Se va a reunir con algún pariente, señorita?
— ¿Por qué el interés? — No pudo ocultar su molestia y ciertamente no le importaba en lo absoluto, tampoco tenia curiosidad por conocer las intensiones de ese hombre, ¿Por qué no solo se marchaba y dejaba de molestarla?
— Creí que una bella doncella apreciaría un poco de compañía durante el trayecto hasta Arendelle. — Dijo él. — Me dio la impresión de que usted estaba algo decaída, sólo quise ser amable, lamento si la importuné.
— Estoy bien. — Habló a la defensiva. — Si me disculpa preferiría estar sola.
— De acuerdo, pero si cambia de opinión me gustaría poder conversar con usted. — Dijo. — Soy Aladar Risedola. — El sujeto tenía toda la intención de tomar la mano de la joven para depositar un beso en ella, sin embargo Elsa se apartó de forma rápida.
— ¿No consideraría decirme su nombre? — Habló nuevamente el hombre como si no le importara lo recién ocurrido.
Elsa simplemente desvió la mirada pensativa. El hombre pareció captar el mensaje y después de despedirse con aparente amabilidad; optó por darle su espacio.
Ella soltó un suspiro con pesadez en cuanto se encontró en completa soledad.
— Anna. — Pensó. —, se que lo qué pasó... — La rubia se dio una bofetada en su mente. — Si claro Elsa, de una vez puedes preguntarle cómo ha estado su día y podrías invitarte una taza de té. — Era confuso, ¿Tan siquiera se diría algo a su hermana?
No tenía un plan bien definido, simplemente sabía que tenía que arreglar la situación. Mandar a Kristoff al mismísimo infierno de ser necesario y tan solo esperar que su hermanita no hubiese ocasionado algo irreversible.
Deseaba enfrentar a Anna y cuestionarle el porqué la traicionó. No recordaba haber hecho algo en contra de Kristoff y Anna, probablemente el montañés creía que al igual que en el caso de Hans; se negaría a aceptarlo como esposo de Anna, pero aquel rubio tímido parecía ser una buena persona, había salvado a Anna; quien en ese entonces era su mayor adoración, ¿Por qué iba a oponerse?
— Aquí algo enserio no encaja. — Pensó la rubia.
