ADVERTENCIAS:

Esta historia contiene lenguaje violento y obsceno, escenas fuertes tanto de violencia como de sexo.

Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, menos Nadine y su familia que son originales míos, y Eric Northman, perteneciente a la autora Charlaine Harris, creadora de True blood.

Hay escenas y diálogos que están inspiradas de otras novelas, series o semejantes, al igual que otras son invención mía.

Para cualquier duda, sugerencia o crítica constructiva, estoy a disposición de quien quiera

Capítulo 38

Al día siguiente, nada más levantarme, nos fuimos al aeropuerto tras despedirnos vagamente de Aro y Eric.

El viaje se hacía eterno como de costumbre, pero esta vez, algo cambió la rutina cuando comencé a sentirme mal de nuevo. En esta ocasión, empecé a toser de forma violenta, mientras un fuerte dolor en el pecho me dejaba sin el aire suficiente.

-¿Estás bien, Nadine? Pediré un poco de agua. -Dijo el hombre, levantándose rápidamente de su asiento.

A la vuelta trajo consigo un pequeño vaso de plástico que me dio con rapidez. Yo me lo acerqué a la boca para beber cuando tuve que escupirla de vuelta al recipiente, pero esta vez el líquido se había tornado de color rojo.

Miré al hombre con terror mientras la tos comenzaba a remitir.

-¿Qué me está pasando?

-Lo averiguaremos, cariño. ¿Te duele algo? ¿Sientes presión en el pecho, dolor?

-Sólo estoy algo mareada, se me pasará enseguida. Me cuesta un poco respirar.

Empecé a notar como el aire me faltaba cada vez más, y mi corazón se aceleraba. Escuchaba como Carlisle empezaba a nombrarme, pero era incapaz de contestarle sin asfixiarme.

El rubio tocó mi cuello y gritó ayuda a una de las azafatas. No atendí a lo que le dijo, pero lo comprendí todo cuando al poco rato cayó la mascarilla de oxigeno de mi panel y el rubio me la colocó con rapidez, pero aún así, la cosa empeoraba y quedé inconsciente.


Al despertar me encontraba dentro de una ambulancia con Carlisle a mi lado. El rubio me preguntó por mi estado y me contó lo que había sucedido. Había sufrido un ataque cardíaco.

Al llegar al hospital me metieron en una sala de curas conectada al oxígeno. Estaba sola hasta que él entró junto con otro médico amigo suyo, al cual sólo había visto una vez, en nuestra boda.

-Hola, Nadine. ¿Cómo te encuentras?

-Mejor. Gracias, Alfred. –Dije tras quitarme la mascarilla.

-Carlisle me ha contado todo lo ocurrido en la última semana, y me temo que va a tener que ver con el corazón.

-Claro, si no no estarías aquí. ¿Sabes lo que tengo?

-Creo que puede ser un problema de válvulas, o relacionado con el pulmón... Voy a hacerte unas pruebas para ver dónde está el problema.

-Te voy a auscultar primero –dijo mientras se colocaba el estetoscopio–. No suena normal, vamos a hacerte una resonancia magnética y una angiografía coronaria, con esas dos pruebas veremos el corazón y las válvulas. Tendrás que quedarte aquí hasta mañana por la angiografía, pero no te asustes, es normal. Haré que te traigan la autorización.

El hombre sonrió y salió de la sala no sin antes darle una palmada en la espalda a Carlisle. El rubio le sonrió levemente para después de su salida, acercarse a mí.

-Es muy buen cardiólogo. Te vas a poner bien.

-Esto es horrible, siempre tiene que suceder algo.

-Lo sé, lo siento.

Hice una mueca al observar el rostro entristecido del hombre, para acto seguido, indicarle que se acercara a mí y así poder abrazarlo.

-Te quiero, Carlisle. Gracias por todo lo que haces por mí.

-No tienes que dármelas. Eres mi vida, Te amo.

Sonrió con ternura para después besarme con lentitud y muchísimo cariño. Mientras él me quedara lo demás sólo serían pequeños obstáculos.


Al cabo de unos días volvimos al hospital a por los resultados de las pruebas. Sentía algo de miedo por conocer el resultado.

Carlisle y yo nos encontrábamos en silencio en la consulta del doctor cuando este entró con unos grandes sobres de los cuales sacó las radiografías y papeles mientras nos saludaba a ambos.

Guardó silencio unos minutos mientras se concentraba en los resultados de las pruebas, emitiendo un intenso sonido al respirar.

-Lo que me temía. Hay un problema con la válvula mitral. Es una regurgitación. Y por lo síntomas que presentas, la frecuencia y los fallos cardíacos, está bastante feo.

-Hay que operar. –Dijo Carlisle mirando las radiografías fijamente.

-Es peligroso, ¿verdad? –miré al médico fijamente como si tratase de leer su mente. Él dudaba en qué decir-. No me mientas, Alfred.

-No podría aunque quisiera con él aquí. Es uno de los mejores médicos que he conocido. -Sentenció antes de hablar con sinceridad, mirándome. -Es peligroso, pero dado que eres joven tienes más probabilidad de que todo salga bien. Si no te operamos ya, morirás en unas semanas.

-¿En qué consiste la operación, qué le pasa a mi válvula? –No pude evitar derramar las lágrimas que me inundaban los ojos.

-La insuficiencia mitral hace que haya un reflujo de sangre desde el ventrículo izquierdo a la aurícula. Tendríamos que cambiar la válvula, puesto que está muy dañada, no serviría de nada intentar arreglarla.

-¿Cómo es posible que tenga esto?

-Bueno dado que no ha sufrido fiebre reumática ni endocarditis, se debe seguramente a los ataques cardíacos frutos de complicaciones, que has podido tener a lo largo de la vida, ataques de ansiedad, golpes bruscos... Lo siento, Nadine.

No dije nada, nadie dijo nada tras unos minutos horribles hasta que Alfred rompió aquel silencio tan incómodo, citándome para la cirugía en tres días.

Todos nos levantamos y tras despedirnos, Carlisle y yo salimos de la sala, dirigiéndonos al coche del rubio.

Una vez dentro, sin mediar palabra, me abrazó con fuerza mientras yo derramaba lágrimas silenciosas.

Nada más llegar a casa me metí en la cama de nuestro dormitorio y no salí en todo el día de allí, sumergiéndome en una tristeza absoluta. Todo se había juntado en muy poco tiempo, y no me veía lo suficientemente preparada como para afrontar aquello; Era demasiado.

Al caer la noche Carlisle llegó a casa del trabajo y se encamino al cuarto. Entro despacio para ver si estaba dormida, pero al percatarse de que no, se adentro cerrando la puerta tras de sí.

Se acercó al borde de la cama y se sentó de espaldas a mí, hablando con un tono sosegado y dulce.

-¿Cómo te encuentras?

-Bien. –Contesté secamente mientras trataba de que mi voz no delatara mi llanto.

-Es normal que estés así después de todo lo que ha pasado, pero esto no es bueno para tu corazón, ni para tu mente, cariño.

-No puedo evitarlo. He perdido a mi familia, Carlisle, y para colmo me estoy muriendo.

-Te pondrás bien, ya lo verás. En cuanto a lo primero, bueno, nos tendrás a nosotros siempre, sé que no llenará el vacío nunca, pero...

Me incorporé interrumpiéndole y lo abracé rompiendo en un llanto intenso que el hombre trató de parar acariciando mi pelo con ternura, mientras me decía dulcemente al oído que todo iría bien y que estaba a mi lado. Aunque sus palabras me hacían sentir mejor, no podía parar de llorar.

-No puedo dormir por las noches, Carlisle. Ni concentrarme casi en el resto de día en otra cosa que no esa esta angustia.

-Ha sido un golpe muy duro, es muy probable que necesites ayuda de un profesional para... Sobrellevarlo. Sabes que puedes contar con nosotros para lo que necesites, Nadine.

-Bastantes problemas tenéis ya, sobre todo tú.

-Soy tu marido, no pienso dejarte de lado por nada. Te amo. Mi existencia se basa en que tú estés aquí.

-Yo también te quiero, y mucho –me abracé a él con fuerza al terminar la frase–. ¿No puedes darme nada para conseguir dormir sin tener esas horribles pesadillas?

-Lo siento, cariño. En tu estado no podemos darte ningún tipo de somnífero, ni semejante. Debes tratar de relajarte, no quiero que vuelvas a tener un fallo cardíaco ni nada parecido. Túmbate, estaré contigo toda la noche.

-Gracias. Te quiero. -Me esforcé por sonreír mientras acariciaba su anguloso rostro antes de volver a tumbarme, sintiendo poco después como él me abrazaba.