CAPÍTULO 38
Marcel volvió a maldecir para sus adentros. A aquella mujer no podía habérsela tragado la tierra. Si bien era cierto que no sabían el tiempo que había transcurrido desde que se marchara del mesón hasta que Katherine se percató de su ausencia, habían supuesto que le darían alcance yendo a caballo, pero no había ni rastro de Caroline, al menos en aquella parte del bosque.
Ciertamente no era la zona más lógica donde buscarla, pero Alaric, Trevor y el resto de muchachos ya iban en su busca camino del Fuerte San Bartolomé, el Palacio Forbes, incluso Turín y el Palacio Mikaelson, si bien buscarla en casa de Klaus era un absurdo dado que se encontraba en los calabozos.
Él se había decantado por aquel bosque con el propósito de no dejar lugar por revisar, confiando en la posibilidad más que remota de que Caroline, simplemente, hubiera querido buscar la soledad, sobrepasada por todos los acontecimientos sucedidos en tan breve lapso de tiempo.
Ya estaba casi convencido de que su idea había resultado infructuosa, allí no había nadie más que él, su caballo y las alimañas del bosque. Aunque…
De pronto escuchó un silbido, concretamente una melodía. Su instinto le hizo desmontar y dejar el caballo oculto tras un árbol de grueso tronco y se aventuró con cautela hacia aquel sonido.
Posiblemente era un caminante o algún mercader que se dirigía al pueblo pero bien podía ser un soldado francés y, desconociendo si aún tenía precio su cabeza, prefirió pecar de cauto que de confiado y caer en las redes de Tyler.
Se fue acercando a aquel sonido escondiéndose de árbol en árbol, no dejándole la misma espesura que lo ocultaba, apreciar de quién se trataba, hasta que una pequeña extensión de matorrales se abrió frente a él, tirándose al suelo para permanecer a cubierto.
Alzó la cabeza lentamente y fue cuando se percató de que, a unos cuantos metros, serpenteaba un pequeño sendero y que dos figuras a caballo se iban aproximando. Tuvo que aguardar algunos segundos para darse cuenta por fin de quién era.
Shane y Klaus.
Marcel sintió como la adrenalina le golpeaba las sienes, al igual que la rabia le apretaba el pecho. Shane, de quien procedía aquel silbido, montaba uno de los caballos. Tras él, en otro caballo del que tiraba con una cuerda, viajaba Klaus, maniatado.
Miles de ideas que explicaran aquella situación le vinieron a la mente pero todas absurdas pues era muy improbable que Tyler dejase que un prisionero tan valioso como Klaus viajase con solo un escolta, aunque éste fuera el bastado de Shane.
Fuera lo que fuese, era la mejor y posiblemente la única ocasión para ayudar a Klaus, así que Marcel comenzó a maquinar con rapidez la forma más eficiente de poder acercarse a ellos, sorprendiendo a Shane.
Sin embargo, su mente se silenció cuando vio que Shane se detenía y bajaba del caballo, obligando a Klaus a hacer lo mismo. Un mortal escalofrío le recorrió la espalda porque, la única respuesta a lo que estaba sucediendo era que Shane iba a ejecutar a Klaus, al que ya había colocado de rodillas.
Maldita sea.
Estaba demasiado lejos para llegar a tiempo hasta ellos, y llamar su atención habría provocado con total seguridad que los matase a los dos.
Se echó mano al pantalón ¿Por qué demonios no había cogido su pistola? La búsqueda de una damisela no debía resultar una tarea tan peligrosa como para llevarla aunque, palpando en su bolsillo encontró algo que, tal vez, podría salvarles la vida.
Mientras lo sacaba, observó como Shane se posicionaba frente a Klaus y desenfundaba su pistola. Marcel no tenía más que unos segundos. Alargó la mano cogiendo la primera piedra que encontró, que por suerte era de tamaño considerable, y la colocó en su honda.
Con fe ciega sobre su puntería, volteó la honda varias veces y Shane ya colocaba el cañón sobre la frente de Klaus cuando soltó uno de los extremos y lanzó, con tal fuerza y rapidez que Shane no tuvo tiempo de disparar. La piedra se estrelló contra su cabeza antes, haciéndolo caer.
Klaus, sorprendido a la vez que aliviado, comenzó a mirar a su alrededor hasta ver que, de un conjunto de matorrales a bastantes metros de donde él se encontraba, surgía Marcel, quien corría hacia él.
–Creo que en mi vida me alegraré tanto de verte como en estos instantes –le dijo Klaus. –Ni de comprobar que tienes una puntería envidiable. ¿Lo has matado? –preguntó mientras Marcel se acercaba a Shane a cerciorarse y, de paso, quitarle la pistola y la cincha con su sable.
–No, solo está inconsciente –respondió yendo ya hacia él para ayudarlo a levantarse y a deshacerse de sus ligaduras.
En cuanto Klaus sintió las manos libres, abrazó al muchacho, profundamente agradecido.
–Siempre estaré en deuda contigo –prometió.
Marcel se encogió de hombros y le entregó las armas de Shane.
–Déjate de agradecimientos y busquemos a tu prometida.
–Se ha ido con Tyler con la absurda intención de salvarme –respondió acercándose al caballo, sin querer perder más tiempo y salir en su busca. –¿Qué vas a hacer con él?
–Me gustaría matarlo como el miserable que es –bajó la mirada hacia la cuerda que sujetaba las muñecas de Klaus hasta hacía un momento, –Pero que sea la justicia quien se encargue de él.
–Eres un buen hombre –sentenció Klaus, ya subido al caballo.
–Y tú pierdes el tiempo hablando conmigo –le sonrió.
Klaus sonrió a su vez y asintió con la cabeza. Tiró de las riendas para hacer que el caballo diera la vuelta y lo espoleó con brío, poniéndolo al galope casi al instante.
Marcel resopló aliviado mientras lo veía marcharse. Tal vez, con un poco de suerte, llegaba a tiempo de impedir que Caroline hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse.
El que no sabía si se arrepentiría era él, entregando a Shane a los franceses. Nada garantizaba que aquel rufián pagara por todo lo que…
Un sonido tras él lo puso alerta, moviéndose al percibir un brillo metálico cerca de su ojo, aunque no lo suficientemente rápido para impedir que golpeara su mejilla. Giró sobre si mismo dando un brinco para encontrarse de frente con Shane, quien empuñaba un cuchillo. Con rapidez, Marcel se alejó unos cuantos pasos sacando una navaja que, por suerte, siempre llevaba en su bota y llevándose la mano a un corte en su rostro por el que emanaba la sangre. El bastardo había fingido estar inconsciente.
–Ha sido un momento tan emocionante como vomitivo –se mofó entonces Shane mientras comenzaba a caminar dando círculos, estudiando la mejor forma de volver a atacar a Marcel. –El joven plebeyo salvando al noble que, irónicamente, es el jefe de la banda de alborotados a la que ambos pertenecen –se carcajeó. –Dile que, la próxima vez, te dé más parte del botín para que te puedas comprar un arma como Dios manda.
–No necesito más para encargarme de ti –dijo Marcel con total seguridad mientras se mantenía en guardia.
–Claro, claro, hijo del mesonero –apuntó con tono mordaz. –Será tu honor el que te dará fuerzas para vengar la muerte de tu padre, al que yo desollé como a un perro, ¿Verdad?
Marcel no quiso dejarse poseer por la rabia que pretendían contagiarle esas palabras. Aquella maniobra de distracción no iba a funcionar con él.
–¿O es la virtud mancillada de esa muchachita, Jessica, la que te obligará a matarme para resarcirla? –continuó Shane, sonriendo lleno de malicia. –Sí –agregó notando el asombro en los ojos de Marcel, –Los vi entrar en la iglesia el día que prendí fuego al almacén y déjame decirte que se veía igual de exquisita. Aún recuerdo su sabor…
–Por la boca muere el pez, Shane, y a ti la tuya, te pierde –pronunció Marcel con tranquilidad, tratando de no reflejar en su voz la ira que le ennegrecía la sangre. –O tal vez pretendas matarme del aburrimiento con tu discurso.
Shane apretó los dientes.
–¿Ya dispuesto a morir?
–Las mujeres primero –lo señaló Marcel con el cuchillo de arriba abajo con tono burlón.
Shane bufó molesto y al joven le divirtió la poca tolerancia del Sargento. Tal vez…
–¿Sabes? –empezó a decir entonces. –En realidad tú y yo no somos tan diferentes.
El francés avanzó tratando un ataque que Marcel esquivó, sin dejar de moverse a su alrededor.
–Yo no me parezco en nada a un perro como tú –farfulló Shane mientras continuaba atacando siempre de modo fallido.
–Claro que sí –volvió a esquivarlo. –Siempre serás un segundón, a la sombra de Tyler o de cualquiera que demuestre tener más agallas que tú.
–¡Cállate!
–Yo soy un perro y tú no haces más que consentir con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. Bien pensado, si no eres un perro, tal vez seas un asno.
Shane gruñó a la vez que alargaba su cuchillo hacia Marcel quien sonreía satisfecho dado que, a cada palabra suya, las maniobras de Shane se volvían más torpes.
–Perdona, ¿Te estoy ofendiendo? –dijo entonces con irónica hipocresía. –Disculpa si no he visto en ti al gran hombre que eres, sobre todo cuando no eres capaz de conseguir a una mujer por tus propios medios, debiendo recurrir a la violación o pagando los servicios de una ramera.
–Te mataré, insecto –mascullaba Shane entre dientes.
–Porque, de otro modo, ninguna mujer se acercaría a ti –continuó Marcel, sin embargo. –Incluso dudo que tu madre consintiera en darte pecho con tal de no tenerte cerca.
–¡Te he dicho que te calles! –bramó lleno de furia mientras se lanzaba contra él.
Marcel no tuvo más que apartarse ligeramente a la vez que alargaba la mano con la que sujetaba su cuchillo. El propio ímpetu descontrolado de Shane lo hizo arrojarse contra su filo, clavándoselo profundamente en el abdomen.
Cayó al suelo encogido por el dolor, con las manos apretadas contra la herida mortal que sangraba profusamente. Se giró hacia Marcel con los ojos inyectados en cólera y la boca llena de su propia sangre.
–Maldito seas –susurró.
–Viniendo de ti, es toda una bendición –respondió el joven con hastío.
Un quejido ahogó el último suspiro del oficial francés.
Esta vez, Marcel le palpó la carótida para cerciorarse de que aquel bastardo ya iba camino del infierno. Se limpió las manos y el cuchillo en su casaca militar y luego lo arrastró hasta su caballo. Lo terció sobre su grupa como un fardo de ropa vieja y guió después al animal hasta colocarlo en dirección al Frente San Bartolomé, dándole una palmada en el anca para hacerlo caminar.
Alguien daría buena cuenta de él, si no sus soldados, los animales del bosque. Poco le importaba, ni ahora ni ya nunca más.
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Klaus espoleó de nuevo el caballo mientras tomaban otro pequeño sendero. Agradecía conocer como la palma de su mano aquellos bosques, todos sus secretos, hasta el más recóndito atajo. Ése mismo bosque que durante tanto tiempo había acogido en su seno a la banda de El Gavilán, ocultándolos a él y a sus compañeros de la vista de los franceses, ahora volvería a ayudarlo guiándolo sin yerro ni demora hasta Caroline.
Recordando aquel carruaje lleno de los baúles de Tyler que había visto desde el calabozo, supuso que su intención era la de dejar definitivamente Italia y marcharse de Francia, lejos de él. Aunque, en los planes de Tyler, para cuando llegasen a la frontera, Klaus ya debería estar muerto.
Disfrutaría al ver su expresión al comprobar que su plan no iba tan bien como él esperaba y después le haría pagar por todo el daño que les había causado, aunque fuera lo último que hiciera en la vida.
Pero para eso debía interceptarlo antes de que llegase a la frontera. Ambos eran franceses, pero Tyler gozaría de mayor ventaja dada su condición de militar. Klaus podía contar como aliados su título y su fortuna, pero Tyler podría manejar los hilos de la justicia a su antojo y si en Italia se creía dueño de un poder ilimitado, en su terreno mucho más.
Tomó otro sendero que le condujo directamente a la vereda principal y sintió que el corazón le daba un vuelco. Hacía poco que alguien había pasado por allí, el polvo del camino aún se estaba asentando y se detuvo un segundo a comprobar que las huellas más recientes eran las de un carruaje.
Puso de nuevo el caballo a galope. Tenía que ser el carruaje de Tyler, algo en su interior se le decía que Caroline estaba cerca.
–¡Vamos! –le gritó al caballo.
Debían darles alcance. Confiaba en que la seguridad que sentía Tyler en ese momento le hubiera hecho decidir ir a un paso tranquilo, para disfrutar de la travesía. Maldito… para disfrutar de la travesía junto a Caroline. Lo haría por muy poco tiempo. De hecho, la nube de polvo se hacía más densa a su alrededor, sabiendo que estaba cerca. Rogó por no estar equivocado y que fueran ellos.
De pronto, apareció ante sus ojos la parte trasera de una carroza con varios baúles atados al pescante posterior y con el escudo francés grabado a fuego en la madera. El momento había llegado, así que se preparó, consciente de que se jugaba toda la partida a una sola carta, sería su única oportunidad y en la que solo cabían dos posibilidades, o moría Tyler o moría él.
Concluyó que, yendo por detrás, declararía su presencia ante Tyler antes de poder detener el carruaje, así que aminoró el paso unos instantes y volvió a sumergirse en el bosque, lo bastante para no ser descubierto mientras los adelantaba de su posición. Cuando creyó que era suficiente, volvió al camino principal y, sin desmontar, se colocó en mitad del camino, de frente, y aguardó.
Correctos habían sido sus cálculos porque no tardaron mucho en aparecer. Entonces, Klaus sacó la pistola de Shane y extendió el brazo, encañonando desde la distancia al cochero, cuyo semblante se transformó en una mueca de horror al verse amenazado. No tuvo más remedio que frenar.
–Vete –le indicó Klaus, desde la distancia, con un movimiento de la pistola.
El cochero no lo dudó ni un segundo y salió huyendo como alma que lleva el diablo.
–¿Qué demonios pasa? –se escuchó la voz de Tyler desde el interior de la carroza mientras ya iba sacando la cabeza por la ventanilla para comprobar lo que sucedía.
–Eso mismo –respondió Klaus con sonrisa sardónica, sujetando con firmeza la pistola. –Creo que preferirías tener frente a vos al mismísimo demonio en vez de a mí.
–No es posible –masculló Tyler entre dientes.
–Su perrito faldero no es tan eficiente como creía.
El semblante de Klaus se endureció.
–Tira la pistola y desciende, despacio.
Tyler lanzó la pistola fuera del camino y se colocó frente a él con las manos en alto. Entonces Caroline se asomó con cautela y, al ver a Klaus, no pudo evitar correr hacia él.
–Caroline –susurró, desmontando del caballo y recibiéndola entre sus brazos, sin perder nunca de vista a Tyler.
–Oh, Nik, yo creí…
Klaus la silenció con un breve beso.
–Luego hablamos –le pidió, indicándole con un gesto que se apartara.
–¿Vas a matarme a sangre fría, desarmado? –preguntó entonces Tyler en alta voz.
–No voy a manchar mis manos con su sangre –negó. –La justicia se encargará de vos.
–Pues le recomiendo que disparé su arma porque prefiero morir –alzó la barbilla con altivez mientras, con lentitud comenzaba a desenvainar su sable.
–Klaus…
El joven miró un momento a Caroline, leyendo en sus ojos su temor, ya no solo por él sino también por su integridad. Lo más sencillo hubiera sido apretar el gatillo pero ni sus principios ni su honor se lo permitían. Eso era en lo que se diferenciaba de Tyler. Jamás habría matado a un hombre que no hubiera podido defenderse dignamente, aunque no lo mereciese como era el caso.
Decidido, dejó sobre el asiento del cochero la pistola y desenfundó el sable de Shane.
–Una vez me dijo "ni aquí, ni ahora" –recordó Tyler con una mueca de despreció la ocasión en que Klaus interrumpió su matrimonio con Caroline. –¿Cree que ahora es el momento y el lugar?
No esperó respuesta alguna, sino que se lanzó directamente al ataque. A pesar de su contundencia, Klaus lo resistió sin problemas. Mientras soportaba la presión de su sable, mantuvo su mirada y una sonrisa mordaz, advirtiéndole así a Tyler que no lo subestimara.
El Capitán se apartó y recuperó su posición, aunque no tardó en volver a atacar. Esta vez le lanzó una serie de embates que Klaus devolvió con energía, haciendo que la espalda de Tyler casi chocara contra la carroza, quien tuvo que hacer un requiebro para poder alejarse.
–Parece sorprendido, Capitán.
Tyler gruñó por lo bajo y rodeó a Klaus para poder atacarlo desde el otro flanco, encontrándose con la respuesta de su sable por el camino. Su defensa estaba resultando impenetrable y Tyler notaba la tensión reflejarse en sus músculos.
Con rapidez, desabrochó su chaqueta y la lanzó al suelo.
–¿Estoy resultando un rival demasiado fuerte para vos? –se burló Klaus.
–No es cuestión de fuerza, si no de táctica –volvió a lanzar su sable contra él.
Caroline sentía el sonido de los impactos del metal que retumbaban contra su pecho mientras el miedo atenazaba su corazón. Si bien la seguridad de Klaus iba en aumento a cada asalto, también se acrecentaba la rabia de Tyler, cuyos ojos crepitaban de odio.
De pronto le pareció que Tyler se debilitaba tras un golpe de Klaus y, en efecto, el siguiente no lo pudo contener y cayó al suelo. Fue cuando Klaus iba a acercarse con el sable extendido frente a él cuando se percató de las intenciones de Tyler. Había tomado un puñado de tierra del camino y se lo lanzó a Klaus a la cara.
–¡Maldito!
Cegado temporalmente, Klaus sacudió el sable intentando impedir su ataque, pero Tyler ya corría hacia la carroza, haciéndose con la pistola que Klaus había dejado allí momentos antes.
Caroline tuvo intención de correr hacia Klaus pero él alzó su mano pidiéndole que no lo hiciera.
–¿Cómo has podido caer en un truco tan antiguo? –se rió Tyler.
–Infame hasta el final –lo encaró Klaus.
–No creerá que mi honorabilidad es la que me ha llevado hasta donde estoy, ¿Verdad? Su ingenuidad no tiene límites –chasqueó la lengua. –Y yo que quería ahorraros el mal trago de que vuestra amada os viera morir…
Por segunda vez en esa tarde, Klaus escuchó chasquear del martillo de una pistola que lo encañonaba y, por segunda vez, no quiso ni pestañear para recibir a la muerte. Mantuvo la mirada fija, aunque no en su ejecutor, sino en Caroline, en sus ojos que le gritaban cuanto lo amaba, y siendo ésa la más preciada visión que podría llevarse a la otra vida.
Un disparo rompió la tranquilidad del bosque, quebrando la vida de un hombre.
–Hayley…
Un disparo que se estrelló contra el pecho de Tyler.
De pie, cerca del carruaje, Hayley sostenía la aún humeante pistola de Shane mientras Tyler, con su inmaculada camisa blanca ahora teñida de carmesí, caía sobre sus rodillas. Con ojos desorbitados, se llevó la mano libre al pecho, donde se alojaba la bala que lo estaba matando.
–Mi corazón tiene un precio –pronunció ella con inquina, –el suyo.
Una sonrisa ensangrentada se dibujó en los labios de Tyler.
–Sea –susurró, consumiendo su último aliento. Sin embargo, su último hálito de vida lo empleó en alzar la pistola de nuevo y disparar.
A Hayley.
Directo a su corazón.
Y tuvo tiempo de verla caer fulminada antes de desplomarse él sobre la tierra del camino.
Con lo que casi parecía un quejido, Klaus dejó escapar el aire que se le comprimía en los pulmones, pudiendo respirar al fin. Había estado a punto de morir dos veces esa tarde, para que finalmente todo hubiera concluido de ese modo…
Los mismos sentimientos encontrados se reflejaban en el rostro de Caroline que lloraba mientras corría a abrazarse a Klaus.
–Ya ha acabado todo –le susurraba él acariciando sus cabellos. –Ha terminado.
Caroline se hundió sobre el pecho de Klaus, sollozando y aún incrédula de poder tocarlo, de sentir su abrazo.
–Tenía tanto miedo por ti. Nunca quise dejarte pero creí que…
–Ya no digas más –la calló él posando el pulgar sobre sus labios, aunque pronto fueron los suyos los que cubrieron su boca con un beso, desesperado y lleno de las ansias de creer que jamás habría podido volver a besarla.
El ruido de cascos a lo lejos los hizo separarse y el horror se instaló en los ojos de Caroline.
–Escapa –le pidió. –Debes huir, salvarte.
–No, Caroline.
–Pero no quiero que te ejecuten, yo…
–No me van a ejecutar sin juzgarme primero –le aseguró. –Estoy seguro de que el General Silas cumplirá la ley.
–¡Eso no lo sabes! –le rebatió ella. –¡Y si es como Tyler!
–Confiemos…
–¡Klaus!
–Tal vez estamos de suerte. Es Damon con unos soldados.
Ciertamente, la presencia del Teniente les daba una luz de esperanza a ambos, sabiendo de primera mano el alcance de su afán de justicia.
–¡Marqués! –Damon se alegraba sinceramente de encontrarlo vivo y así se lo hizo saber. –Gracias a Dios que estáis bien. ¿Qué ha sucedido? –preguntó de repente al ver los cuerpos de Hayley y Tyler ensangrentados en el suelo y con sendas pistolas en sus manos.
–Tyler iba a matarme pero llegó Hayley y…
Damon había desmontado para acercarse a examinar la escena y no le hizo falta que Klaus le explicara más.
–Metan los cuerpos en la carroza y llévenlos al Fuerte –le ordenó a sus hombres. –El cuerpo de la Condesa reposará allí hasta que la familia se haga cargo –le informó a Caroline.
–Gracias, Teniente.
–¿Qué ha sido de Shane? –le preguntó entonces a Klaus, entendiendo al instante a lo que se refería.
–Hoy he sido doblemente afortunado pues Marcel llegó justo a tiempo.
–¿A tiempo? –preguntó Caroline, sin comprender.
–Luego te lo explicaré todo –le susurró Klaus. –Me dijo que lo llevaría al Fuerte y que la justicia se encargara de él –terminó de relatarle al Teniente.
–Me alegro, y no sabe cuánto –se mostró Damon más que aliviado.
Entonces, para desdicha de Caroline, Klaus extendió sus manos frente a Damon, juntando las muñecas en clara indicación.
El Teniente lo observó un segundo.
–Imagino que quieres llevar a Caroline a Palacio, narrarle al Conde Elijah personalmente lo sucedido –dijo con media sonrisa cómplice. –Tal vez asearse, disfrutar de una cena...
Klaus sonrió agradecido.
–Lo estaré esperando –le prometió.
Damon asintió, conforme. La que no lo estaba tanto era Caroline pero sabía que aquella era una batalla perdida. Se acercó a él que la envolvió en sus brazos mientras veían a Damon montar de nuevo en su caballo, siguiendo aquella comitiva fúnebre en la que se había convertido aquel pequeño destacamento.
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