Hola, mis queridos lectores. Sí, lo sé, he tardado una barbaridad en subir este capítulo y aunque tengo buenas razones para ello dudo que queráis escucharla. Así que simplemente diré que lo siento, de corazón. Ha sido la vez que más he tardado en continuar la historia y no porque no supiera como hacerlo, la trama en sí está bien planeada y lo tengo todo pensado. Simplemente, como siempre, ocurren factores externos que impiden escribir incluso cuando uno tiene las ideas muy claras. He intentado que este capítulo fuera más largo que el anterior, lo cual he conseguido aunque no sin sufrimiento, ya que llegó una parte en la que me bloqueé y tardé semanas en poder continuarlo. Una vez más lamento haberos hecho esperar tanto y espero sinceramente que disfrutéis del capítulo.

«Más allá, la puerta de la celda con barrotes también estaba abierta y se imaginó allí a María, mirándolo con sus ojos almendrados y la espalda en la pared mientras daba patadas a los juncos esparcidos por el suelo». —La Cruzada Secreta

Concilio

Noviembre de 1191 d.C.

El sarraceno bajó la vista, observando minuciosamente el té. Sobre el cristalino líquido había unas pequeñas hojas de menta flotando; mientras que, en el fondo, unos pocos piñones permanecían inalterables. Era una costumbre arraigada en aquella tierra añadir frutos secos al té, para darle consistencia a la bebida. Tras ingerir el líquido, éstos adquirían un sabor mentolado, proporcionando un ligero aperitivo tras la ingesta. Pudo oír como Wafai daba un sorbo a su bebida, esperando pacientemente a que el Asesino le respondiera a la inoportuna pregunta que acababa de realizar.

Tras su muerte había hecho todo lo posible por borrar la existencia de Adha de su cabeza. Debido a ello jamás la había mencionado a nadie que no la hubiera conocido, nunca pronunciaba su nombre en voz alta a no ser que otro lo hiciera con anterioridad y mantenía su mente alejada del escenario de su prematura muerte. Sin embargo, tras haber viajado junto a la inglesa durante tantísimo tiempo había sido imposible evitar compararlas, trayendo consigo recuerdos que prefería eliminar. Pero, a pesar de sus muchos esfuerzos, era incapaz de olvidarla completamente. Creyó que recordarla lo debilitaba, que despertaba en él sentimientos que era mejor no volver a sentir. Cuan errado estaba al pensar eso.

Cerró el puño, hundiendo los nudillos contra la férrea madera. La pérdida de Adha le había cambiado; en muchos sentidos le debía a ella ser quien era hoy en día. No obstante, si no hubiera muerto se preguntaba que hubiera sido de él. ¿Habría abandonado la Orden? ¿Se habría convertido en un mero espía que intentaba servir a la Hermandad a la par que creaba una familia? La idea de la paternidad siempre le había resultado fútil e inútil, al menos hasta que la conoció.

Apretó los labios, intentando que sus pensamientos fluyeran en otro sentido. Evadiendo esos sentimientos contra los que luchaba; ahora dirigidos hacia alguien muy diferente. Inspiró hondamente, deseando olvidarse de los últimos momentos vividos con la inglesa. Aún podía recordar con total nitidez sus claros ojos observándolo con desprecio. No podía acordarse cuándo fue la última vez que alguien le miró con tanta animadversión, o al menos la última vez que le afectó que alguien lo hiciera. Había deseado poder despedirse de ella propiamente, un recuerdo que pudiera evocar en el futuro sin sentirse desolado. Pero, al igual que Adha, María se había marchado de su vida para no volver. Una pérdida que no era tal, aunque en el fondo presentía que saber que estaba viva en el confín del mundo sería un martirio en situaciones futuras.

—Adha… —dijo casi en un susurro—. Ella murió —afirmó en voz baja.

—¿Qué? —respondió su acompañante consternado—. ¿Cómo? ¿Cuándo? —indagó.

Altaïr permaneció en silencio, lidiando dolorosamente con los funestos recuerdos que atacaban su mente.

—Tras su secuestro, en un Templo perdido al norte de Alep —masculló.

—Pero… Eso fue hace más de cuatro años —recordó—. Creí que… pensé que la habías encontrado pero os habíais separado. Jamás me dijiste… —dudó—. No imaginé que hubiera muerto.

—Los Templarios la querían —aseguró—, seguramente les servía más viva que muerta —suspiró—. Ella se resistió o intentó huir, no sé cuál fue la causa de que la matasen pero lo hicieron.

Durante meses tales preguntas lo habían atormentado. ¿Por qué asesinarla? Según había podido averiguar El Cáliz era poderoso, algo capaz de traer la paz a aquella Tierra. Aunque al principio pensase que se trataba de un objeto que guardaba un misterioso poder, resultó ser una persona, una joven. Jamás supo qué clase de poderes eran los que supuestamente ella tenía; Adha nunca lo mencionó cuando estuvieron juntos y él ignoraba dicho hecho por aquel entonces. Altaïr suponía que, aparte del Fruto, existían otra serie de artefactos con características similares. Pero la muchacha que él conoció, la mujer fuerte y segura que había llegado a amar no mostraba más virtud que la de poseer un carácter similar al de una tempestad. En su mente no podía encontrar explicación a aquel hecho, no había ninguna pista ni hilo que hubiera podido seguir para llegar al inicio de aquella historia. Al tratarse de un camino sin salida decidió ignorarlo, tratar esos sucesos como si jamás hubieran ocurrido; sin embargo, el simple hecho de pensar en ella traía consigo demasiadas preguntas sin respuestas.

—Era una buena mujer —comentó Wafai—, algo extraña es verdad. Pero sin duda una belleza —dijo con nostalgia—. Siento mucho su muerte, hermano. Sé lo mucho que significaba para ti.

Nunca había recibido palabras de consuelo ni de duelo por el fallecimiento de un ser querido. Tras morir su padre ninguno de sus allegados se había acercado al pobre huérfano para valorar su estado, ni siquiera para mostrar su pesar ante la pérdida de un miembro tan valioso para la Hermandad. Incluso si lo hubieran hecho dudaba que hubiera atendido a sus palabras. Durante días se había recluido en sus aposentos, escondido entre las sábanas de la cama de su padre llorando hasta quedarse sin lágrimas. Había experimentado un dolor que jamás había deseado volver a sufrir, por eso se negó a derramar una sola lágrima más ante la pérdida de compañeros y aliados; la muerte se había convertido en una extraña amiga que nunca se encontraba demasiado lejos de él. Al menos hasta que la conoció a ella, esa había sido la última vez que se había permitido llorar.

—Gracias —respondió—, pero fue hace mucho tiempo, amigo mío. Ambos sabemos cómo funciona el mundo, las personas vienen y van: amigos, familia, compañeros… —enumeró—. Somos Asesinos y hemos aprendido a vivir con dichas pérdidas.

—Pero no por ello duelen menos —afirmó—. ¿Recuerdas a mi madre, verdad? Ella siempre nos advertía a mí y a mis hermanos que, a pesar de todo, éramos una familia. Daba igual quién fuera hijo de quién o si uno conseguía un rango mayor, eso eran tonterías. Nos valoraba a todos, cada uno tenía sus dones y sus defectos —sonrió—. Murió el pasado invierno, después de contraer unas fiebres, ¿recuerdas?

El Asesino asintió, la mayoría de los fallecidos habían sido las personas de avanzada edad. Aunque a los pocos jóvenes que les habían afectado les había dejado secuelas permanente.

—Tanto mis hermanos como yo nos enteramos a destiempo de dicho suceso. Sin embargo, todos acudimos a Masyaf cuando nos fue posible, por respeto a ella —afirmó—. Siempre tuvo razón, éramos una familia, su familia y aunque tuviésemos nuestras diferencias todos la apreciábamos —admitió—. Aún duele, pero cada vez menos. Nadie podrá reemplazarla —continuó—. Supongo que tú también cargas con ese sentimiento, ¿verdad?

Aunque a los Asesinos les estaba prohibido mostrar sus sentimientos ante sus familiares, pocos recordaban dicha prohibición ante la muerte de uno de sus progenitores. La mayoría de ellos contaban con familia en el jardín: hijos, hermanas, madres… Ante la muerte de éstas últimas era muy extraño que los respectivos guardaran silencio, a pesar de las reticencias de Al Mualim ante tales muestras afectivas. Cuando Rajiya murió, una de las mujeres más longevas del jardín, la cual había traído al mundo catorce vástagos; casi todo Masyaf estuvo presente en su funeral.

Él apenas había sido un joven de quince años cuando esto sucedió, pero recordaba haber visto una larga fila de Asesinos delante de su tumba mostrando sus respetos. Altaïr jamás había entendido aquel sentimiento pues no había tenido propiamente una madre. Nunca la había conocido y nadie le hablaba de ella, era como un fantasma presente en su pasado que fuera cual fuese el momento de su vida se alzaba recordándole algo que jamás experimentó. Su madre nunca podría ser sustituida por este motivo, pues no tuvo una. No obstante, ¿se trataba María de una sustituta de Adha?

«Imposible —pensó—. Ambas son irremplazables».

A pesar de que al tratar con la inglesa había recordado a Adha sus similitudes eran pocas o escasas. Ambas le habían aportado a su vida diferentes matices, aunque éstos desencadenaran en los mismos sentimientos. Bajó la vista, maldiciendo sus pensamientos por volver a divagar en aquella dirección. Suponía que erradicarla de su mente costaría debido a la profunda huella que había marcado, pero no que a pesar de su separación todos sus sentidos acabasen centrados en ella.

—Sí —respondió—. Dejarla ir es doloroso —suspiró—. Pero necesario.

Sin embargo, en aquel momento no supo sobre quién estaba hablando, si sobre Adha o María.


La inglesa se movió con lentitud a través de un largo tramo de zarzas que cubrían una considerable extensión del oasis, creando una defensa natural contra cualquiera que intentara traspasarlo a pie. No parecía ser una especie autóctona del lugar, debido a su crecimiento y localización parecía más una especie de cultivo hecho a conciencia para ahuyentar a curiosos de seguir avanzando en esa dirección. Durante su infancia había visto varios tipos de grosellas germinar en diversos puntos del bosque que visitaba, de colores rojizos y vino tinto, con un sabor dulce y almibarado. Sin embargo, esa planta carecía de frutos ya que la temporada de ellos era casi al inicio de la primavera; sus hojas eran de un color verdoso oscuro, mostrando sin pudor las filosas púas que caracterizaban sus ramas.

María miró hacia atrás, distinguiendo al lejos tras el frondoso follaje las murallas de Damasco. Había recorrido un largo camino desde que se encontró con la anciana en el río, yendo hacia el este con la ciudad y el sol como su único punto de referencia. Al menos, hasta que se había encontrado con aquel impedimento natural. La solución fácil sería atravesarlo, pero conocía bastante bien los cortes que aquellos pinchos podían causar y no estaba dispuesta a malograr más el estado en el que se encontraba. Alzó la vista hacia el frente, divisando no muy lejos una abertura entre la maleza que permitía el paso de un lado a otro del zarzal. Dio un par de largas zancadas, llegando hasta la zona la cual atravesó con rapidez; observando con curiosidad las oriundas hendiduras que había en el suelo. Las había visto en más ocasiones, eran marcas de pezuñas aunque no pertenecían a caballos, sino a camellos.

Miró a su alrededor, intentando vislumbrar más huellas de estos animales, las cuales se adentraban poco a poco en la espesura, a través de un sinuoso camino que debía haber sido hecho indudablemente por el hombre. Caminó agachada, manteniendo alerta sus sentidos por si volvía a equivocarse. Sabía que los mercaderes al recorrer amplias distancias a través de zonas áridas utilizaban a este tipo de animales como cargueros, ya que aguantaban mejor aquel impertinente clima que los caballos. No obstante, los nómadas también los utilizaban, por lo que debía de asegurarse de que su destino era indudablemente el campamento de los comerciantes sino quería entrar en una trifulca con los bereberes.

Escuchó un ligero crujido entre la maleza, por lo que se agazapó entre los arbustos, manteniendo la mirada fija en las figuras que se movían erráticas a través de ella. Oculta entre unos frondosos bejucos contempló pasar a dos hombres; ambos de piel oscura vestidos con rudimentarias ropas de cuero tachonado mientras portaban un par de cimitarras en sus cintos. La inglesa contuvo la respiración, esperando a no ser descubierta merodeando por ahí. Sabía reconocer una escolta cuando la veía. Debía de tratarse de soldados contratados por los mercaderes, ya que carecían de las insignias propias de un guardia de Damasco y además se hallaban demasiado lejos de la ciudad como para estar patrullando.

Esperó hasta perderlos de vista. Sabía por experiencia propia que las rondas solían ser de recorrido fijo, variando únicamente cuando había algún altercado o problema en el perímetro. Si los había encontrado por esa senda sólo podía significar que el destino de esta era el campamento que estaba buscando, ya que dudaba que los nómadas contrataran los servicios de otras huestes para protegerse. Caminó con cautela a través del oasis, acercándose cada vez más a una zona ampliamente despejada de foresta que se encontraba poblada por tiendas de diversos colores en diferentes flancos del recinto.

Guarecida a la sombra de unas altas palmeras se quedó en las proximidades, observando con parsimonia a las personas que parecían hacer sus quehaceres en el amplio campamento. Se trataba de una zona de varias hectáreas cuyos árboles y matorrales habían sido desterrados para dejar un amplio solar en el que las caravanas acampaban durante su estancia en Damasco. Podía ver tiendas de diversos colores, algunas corinto con ribetes dorados en los extremos, mientras que otras, por el contrario, presentaban un aspecto más humilde con pálidos tonos terrosos y pastel. Suponía que debían pertenecer a varias familias de comerciantes. Era más lógico que todos acamparan en una misma zona si querían evitar de esta manera emboscadas o ataques de bandidos.

Giró la cabeza, buscando rastro de más soldados cubriendo aquel lugar. Sin embargo, lo único que pudo contemplar fue unas cuantas mujeres junto a sus sirvientes, los cuales cargaban varios telares y sacos hasta los pabellones contiguos. A lo lejos pudo oír varios chillidos infantiles, pero era incapaz de ver de quien procedían. Aquella debía ser la parte en la que las familias de los mercaderes convivían mientras ellos realizaban transacciones en la ciudad. María apretó los labios, sintiendo una ligera incertidumbre recorrer su cuerpo. Había dicho al Asesino que convencer a los comerciantes de que la contrataran sería el menor de sus problemas, pero no había sopesado que podrían tomarla por un intruso que deseaba asaltarles.

No había forma de que aquel infructífero futuro mermara su voluntad de viajar a la India, pero tenía que pensar bien qué palabras iba a pronunciar, hilando en su mente el discurso que iba a responder en cuanto alguien preguntara por su presencia allí. Inspiró hondamente, esperando a que las mujeres se escabulleran hasta sus tiendas. A lo lejos podía ver un pozo, una fuente de agua en la que se encontraban asentados varios camellos que permanecían pacíficamente en el suelo a la sombra de un par de solitarios árboles. Hizo una mueca, siendo casi una distorsionada sonrisa. No era de extrañar de cualquier peregrino que llevara tiempo viajando buscaría principalmente una fuente de agua y, a pesar de que el río surcaba todo el oasis, era siempre más seguro tomarla de un pozo que directamente de un arrollo.

Echó un ligero vistazo a su alrededor para asegurarse de que no había soldados o alguien que diera la voz de alarma sobre su presencia allí. Al no ver a nadie salió de entre la maleza, encaminándose hasta aquel lugar. Sin embargo, a pocos pasos de conseguir su objetivo una potente y hueca voz atrajo su atención, haciendo que se diera la vuelta velozmente. Sólo para ver la fina y afilada punta de una alabarda apuntando directamente a su cabeza.

—¡Atrás, is! —bramó.

María parpadeó, era la segunda vez en el día que la tomaban por un ladrón. Apretó los labios, observando atentamente al joven que agarraba el arma. Era un muchacho, algo mayor que a los que se había enfrentado esta mañana. Tenía el rostro tostado y su cabello era de color pardo. Sostenía con fuerza la alabarda, aunque con algo de torpeza pues se balanceaba ligeramente, como si intentara encontrar el equilibrio entre la punta y el resto del arma.

—No soy un ladrón —respondió agravando el tono—. Así que baja el arma, no pienso robar nada —insistió—. Estoy aquí para ofrecer mis servicios.

—¿Tus servicios? —repitió—. ¿Qué servicios puede prestar un infiel como tú?

A pesar de que aquel término no estaba propuesto para ser un insulto, la inglesa frunció el ceño al oírlo.

—Eso no te incumbe a ti, sino a tu señor —repuso—. Este es el campamento de los señores mercaderes, lo sé. He venido desde lejos para ofrecerles mis servicios a ellos y no pienso malgastar mi tiempo confrontando a alguien como tú.

Aunque sus palabras habían sido firmes el muchacho permanecía ahí, manteniendo el arma suficientemente elevada como para seccionar su carótida con un golpe contundente. María tornó la mirada, fijándose en su alrededor. Aparte del joven parecía que el resto de los vigías estaban ausentes; si comenzaba una trifulca la escena podría malinterpretarse rápidamente. Rechazó velozmente la idea de enfrentarse a él, sólo empeoraría la situación. Y, ya que se negaba a aceptar su palabra, sólo había una cosa que pudiera hacer para ganarse su favor. Lo único a lo que podía recurrir en una situación como esa.

«Un soborno», pensó.

Bajó la mano, tocando con delicadeza el mango de su espada aunque sin llegar a asirla. Si alzaba el arma estaba perdida. Apretó los dientes y rebuscó en el jubón la pequeña bolsa de cuero en la que guardaba lo que le quedaba de dinero; tomando entre sus dedos cuantiosa cantidad que, para un sirviente, sería al menos el salario de un mes.

—Entiendo que desconfíes de mí —comentó—. Pero, si me llevas ante tu señor, serás recompensado.

Sacó la mano, mostrando los brillantes dinares sobre su diestra. Pudo ver, casi con gozo, como el muchacho mantenía la mirada fija en el dinero y, con lentitud, bajaba el arma. La inglesa alzó la vista, orgullosa de que la argucia tuviera efecto aunque retiró con presteza la mano con un rápido gesto ante la tentativa del joven de tomarlos.

—Primero llévame ante tu señor —dijo con sorna—. Cuando eso ocurra te daré esto. Supongo que confiar en la palabra de un extraño es algo no harías en una situación similar —divagó—. Sin embargo, tampoco es frecuente que un desconocido ofrezca tal suma por concertar un simple encuentro con tu señor, ¿verdad?

A pesar de que la mirada del muchacho destilaba desconfianza podía ver el brillo de la codicia velarlo. Éste se puso recto, observando por encima del hombro como si esperase que alguien más apareciera por ahí.

—Mi amo está reunido con el resto de señores en este momento —respondió.

—Eso no importa, tengo interés en hablar con cada uno de ellos si es necesario —añadió—. Sólo guíame hasta el lugar.


Altaïr caminó con lentitud, atravesando con agilidad el gentío que le impedía el paso a través de la ancha avenida que separaba en dos Damasco. Había pasado un par de horas en casa de Wafai, el cual le había ofrecido aparte del té un cuantioso refrigerio antes de marcharse. La conversación no había trascendido más allá que los simples comentarios acerca de sus nuevas funciones como Maestro en Masyaf; mientras el sarraceno, bonachón y amable, soltaba pequeñas y jocosas coletillas sobre el tiempo que combatieron juntos en Alep. Aquella tendida y calmada conversación le había permitido relajarse, dándole un respiro para reflexionar sobre la discusión que habían tenido sobre los seguidores de Jubair.

Si Wafai había estado de acuerdo con él después de presentarles sus argumentos, dudaba que Imam fuera mucho más reticente que su amigo a aceptarlos. No había dicho nada ilógico o errado en su razonamiento, había presentado los hechos tal y como los veía; planteando un problema futuro si actuaban como lo habían hecho antaño. Quizás la única falla que podía hacer que el rafiq volviera a mirarle con incredulidad y, posiblemente, recelo era el hecho de que había dejado vivo al orador. A pesar de que le había dicho a Wafai que matarlo era ir contra el Credo, seguía siendo algo escéptico respecto a ese tema. Él había obrado de acuerdo con su conciencia y percepción, la cual le aseguraba que aquel hombre no estaba relacionado con los seguidores de Jubair. Sin embargo, esto no significaba que otros que realizaran el mismo trabajo no lo estuvieran.

No podía pedir a los novicios que cambiaran su forma de actuar sólo por su renovada visión del Credo, no debía arriesgarse a que jóvenes inexpertos realizaran tal observación sin errar en ninguna ocasión. Porque, si lo hacían, esto podía llevarles hasta una prematura muerte por ser demasiado confiados con respeto a sus interrogatorios. Matar al mensajero evitaba precisamente eso, significaba prevención. Pero, ¿en qué caso debía o no hacerse? Normalmente tras la obtención de información se procedía a silenciar al testigo para siempre. No había que pararse a meditar sus motivaciones; si tenía familia, si había sido extorsionado o estaba realizando tal labor por voluntad propia. ¿Cómo pretender saber tales cosas en un lapso de tiempo tan estéril?

«Demasiadas preguntas sin respuestas —pensó—. ¿Por eso dejaste que se procediera así, Maestro? ¿Por qué no te planteaste buscar otras opciones para evitar la pérdida de más vidas?».

El Asesino alzó la vista, sabiendo con bastante certeza la forma de que dichas cuestiones fueran resultas. Por lo poco que había podido estudiar el Fruto, aparte del don de controlar mentes y proyectar ilusiones, éste tenía el poder de obsequiar con conocimiento y sabiduría a su portador. Había podido comprobar dicho poder cuando Abbas le arrebató la Manzana, proyectando una pregunta de la cual no sabía la respuesta; siendo, poco después, iluminado con la visión de qué podía ocurrir si dicha arma caía en manos enemigas. Por eso había optado por destruirla, por esconderla. Sin embargo, también había visto qué podía hacer en manos cautas y prudentes, una fuente saber infinito. Debido a ello no lo había lanzado al fondo del mar.

Miró a su alrededor había llegado casi donde se hallaba el refugio. A lo lejos podía ver la puerta abierta, mientras que Imam empezaba a quitar ésta unas muestras de alfarería aún sin terminar como prueba de su oficio. La tarde comenzaba a caer y, aunque aún podía verse el sol bastante alzado, en unas horas éste descendería por completo. Y, entonces, era cuando los novicios tendrían que prepararse para acudir a la madraza cerca del zoco de al-Silaah. Debía de hablar con el rafiq y explicarle la situación, proponiéndoles a los fedayines que espiasen a los integrantes del grupo; hasta que supieran por completo cual de todos era su cabecilla.

Altaïr dudaba que se tratara de un trabajo sencillo. Si los datos de Wafai e Imam eran certeros debía por lo menos haber una veintena de ellos recorriendo las calles, quizás algunos más, aunque no los consideraran lo suficientemente peligrosos para movilizar a los miles de habitantes de la ciudad. Normalmente, debido a la magnitud de Damasco, siempre había por lo menos una docena de novicios desperdigados por el perímetro. Algunos, autóctonos de ésta, se refugiaban en las casas de familiares o conocidos; los que habían nacido en Masyaf siempre permanecían guarecidos bajo la atenta protección del rafiq. Si el número era el esperado, serían varios días de persecución y extorsión para averiguar dichos datos, un tiempo del cual él carecía, ya que había retrasado demasiado su viaje como para aletargarlo aún más. Quizás permanecería entre los muros de la ciudad un par de días a lo sumo, lo suficiente como para descansar y poder continuar hasta Masyaf sin el profundo cansancio que su cuerpo había acumulado durante el trayecto hasta Damasco.

El rafiq alzó la vista mientras que se estiraba, dejando la tensa musculatura laxa y distendida. Al hacerlo le vio, provocando que una senda sonrisa campara por sus labios al tiempo que le hacía un gesto amable, invitándole de esta forma a guarecerse en su tienda. Altaïr hizo una mueca, pensado cual sería la reacción de Imam al enterarse de los hechos acaecidos por la tarde, pero todo a su tiempo. Primero tenía que disponer de suficientes hombres como para mantener vigilada la madraza durante al menos las siguientes semanas, lo cual significaba saber de cuantos efectivos contaban y del resto de misiones que estaban realizando.

—Espero que tus investigaciones por la ciudad hayan dado su fruto —dijo Imam mientras cerraba la puerta con varios pestillos—. Por un segundo casi me preocupé por tu prolongada ausencia, hasta que recordé con quien estaba tratando.

Su tono era casual e irónico, como el que siempre utilizaba cuando hablaba con él. El Asesino se adentró más en el local, yendo hasta la sala contigua a la tienda principal en vez de quedarse donde estaba gran parte de la alfarería.

—Ha sido una investigación productiva —respondió—. ¿Enviaste a Khalil a la madraza?

—Todavía no —comentó—. Ha tenido un pequeño problema con los guardias esta tarde, así que le he permitido descansar en la parte de arriba de la casa. ¿Por qué lo preguntas?

—He averiguado que los seguidores no se reúnen allí, sino en otra cerca del zoco de al-Silaah, ¿la conoces? —preguntó.

—¿Cerca del zoco, dices? Bueno, sé que hay una, pero se encuentra en la parte pobre y está medio derruida —aclaró—. Nadie en su sano juicio entraría en ella, salvo quizás los vagabundos para guarecerse. —Ladeó la cabeza meditando—. Aunque claro, si yo perteneciera a una secta clandestina tampoco me importaría mucho que el lugar donde me reuniese se cayera a pedazos mientras fuera discreto.

—Pues ahí es donde van, justo después del rezo de la tarde —continuó—. ¿Cuántos efectivos tenemos en Damasco actualmente?

A pesar de que era su trabajo saber tales cosas había pasado demasiado tiempo fuera como para saber quiénes habían terminado sus misiones y quienes continuaban ahí.

—Sin contar a Khalil son ocho —indicó—. Sin embargo, tres de ellos están en otras casas… —Hizo una pausa—. Debería mandar a alguien a avisarles si planeas atacar esta noche.

—No vamos a derramar sangre —respondió en un tono seco.

Imam contrajo el rostro, confundido ante las palabras del Asesino.

—Entonces, ¿por qué quieres saber cuántos efectivos tenemos? —dijo—. ¿Acaso esta es la manera en la que cambias alegremente de tema? Porque si es así da pie a mucha confusión.

—Vamos a vigilar sus movimientos —repuso—. Son al menos una veintena de ellos frente a menos de una docena de nosotros. Es cierto que en un combate podríamos derrotarlos con facilidad, pero tú mismo lo dijiste esta mañana: «Sin un líder que los una sólo son meros charlatanes» —recitó—. Quiero comprobar si dichas palabras son ciertas. Que se reúnan en un lugar concreto y discreto ya muestra que están organizados. Debemos saber si alguien los guía o simplemente siguen el ideal de Jubair.

—O sea… —dijo— los novicios van a seguir los movimientos de esos fanáticos para averiguar quién es el que los lidera, si es que hay uno —resumió—, ¿no? Como si se trataran de objetivos al azar a los que hay que investigar.

—Exacto.

Pudo ver el gesto en el rostro del rafiq, parecía dubitativo con las órdenes que estaba dictando Altaïr. No obstante, se cruzó de brazos, meditando detenidamente las palabras del sarraceno.

—Sin embargo, te he pedido saber con cuantos hombres contamos por otro motivo —continuó—. No sé cuáles son las misiones que están realizando los novicios, ni la importancia que éstas puedan suscitar ahora mismo, tú sí. Necesitaríamos que al menos cinco de ellos sigan durante unas semanas a los fanáticos, averiguaran quiénes son y constatar dicha información antes de inmiscuirnos.

—Y, supongo, que tú no estarás aquí para sopesar la información obtenida en ese momento, ¿verdad? —inquirió.

El Asesino pudo ver la pose confiada de Imam. Él sabía que su estancia en Damasco era pasajera, que su destino era Masyaf y que estaba exigiendo una vigilancia máxima ante un enemigo que, actualmente, no parecía representar más peligro que humo y sombras. Aún así, mostró una serena sonrisa, sabiendo perfectamente qué responder ante tal vana acusación.

—Para eso estás tú, rafiq.


En primera instancia, la inglesa había calculado cuán extenso debía ser el asentamiento de los mercaderes en base a la zona deforestada que veía; sin embargo, su amplitud abarcaba más de lo que había imaginado. Tras adentrarse en el perímetro había vislumbrado al menos una veintena de tiendas, cada una de diferentes colores para distinguirlas unas de otras. Había permanecido atenta, por si el joven soldado que la acompañaba decidía revelarse y atacarla antes de llegar a su destino, o por si algún compañero de éste la identificaba como un intruso a pesar de ir con un escolta. No obstante, hasta el momento sólo se habían encontrado con sirvientes, mujeres y niños, los cuales correteaban alegremente entre los pabellones.

María se fijó en su alrededor, curiosa ante la magnitud del campamento. Cada cierta distancia de los puestos principales se encontraban al menos media docena de camellos recostados a la sombra, cargando enormes atadijos y fardos sujetos a sus costados. A penas había visto una decena de caballos en comparación a la cantidad de camélidos que había allí. Miró el suelo, comprobando los diversos caminos que se bifurcaban a través del recinto; parecía casi como si aquellas personas vivieran permanentemente en esa zona. O tal vez simplemente era debido al uso: unos comerciantes llegaban y otros se marchaban, ocupando los puestos que éstos vaciaban.

A pesar de que la mayoría de las tiendas eran uniformes, pudo distinguir a lo lejos una que difería de estas. A parte de ser más amplia los pendones destacaban en la lejanía, siendo al menos siete palmos más altos que el resto. A su alrededor se encontraban varios sirvientes, esperando en las afueras mientras mantenían la cabeza agachada, al tiempo que, en el interior, podían oírse varias voces fluctuar a la vez, e incluso gritarse entre ellos frases que no pudo llegar a entender por completo. Si los campamentos de los mercaderes se parecían en algo a los de la milicia, aquel lugar debía ser donde se encontrase el líder de aquella expedición. Sin embargo, como había dicho el joven soldado, no parecía estar solo.

—¡No podéis obligarnos a marchar por esa ruta! —escuchó bramar en el interior de la tienda—. La última vez que la tomamos para ir a Tadmur al menos dos docenas de bandidos saquearon nuestro cargamento, robaron nuestros camellos y se llevaron a tres esclavas; ¡eso sin mencionar que perdí a siete más durante el asalto!

—Eso fue hace casi tres años, El-Amin —respondió otra voz, parca y profunda—. Desde entonces los salteadores se han retirado del desierto, por necesidad, hacia las montañas. Ahí tienen su base principal y es más probable que ahora seamos atacados por la vía que sugerís que por la que estamos proponiendo.

—¡Pero sería un despropósito! —exclamó—. Esa ruta no tiene puntos de anclaje, ni siquiera un remanso para abastecer a los camellos —farfulló—. Nos obligáis al resto a obtener más sustento si deseamos partir cuando sabéis bien que por la otra dirección podríamos reabastecernos fácilmente. Al-Qaryatayn se encuentra en esa senda, un lugar intermedio para poder descansar antes de ir directamente hacia Tadmur.

—Yo estoy con El-Amin —dijo otra voz, mucho más suave y juvenil—. No deseo ofenderos, pero no todos contamos con suficientes esclavos ni remesas para poder soportar el viaje a Tadmur por la senda que sugerís. La ruta de Al-Qaryatayn es más larga, sí; pero también es la única donde encontraremos asilo durante nuestro recorrido.

—Lo que opines, Nadav, mantenlo en tus pensamientos —comentó un hombre barbudo al que María podía ver desde la entrada—. Estás aquí porque tu padre se encuentra en la ciudad, así que no interfieras en las decisiones importantes, muchacho.

—Vengo como representante de mi familia, Abdullah. Y, por lo que me consta, tengo el mismo derecho a decidir por el bien de dicho negocio como si fuera un octogenario medio ciego como vos.

—¿¡Cómo te atreves a faltar al respeto a mi padre, niñato imberbe!? —vociferó el acompañante que tenía Abdullah a su lado.

—Se atreve porque tiene razón, Daud. Todos sabemos que vuestro padre no diferencia un camello de un caballo —contestó El-Amin con sorna—. De todas formas el muchacho tiene razón. Su padre le ha dado su voto de confianza y por mucho que os duela debéis respetar su postura.

—Sólo lo defendéis porque opina lo mismo que vos, no intentéis parecer más bondadoso de lo que sois —espetó.

—¡Basta! —gritó la potente voz contra la que El-Amin se había enfrentado al principio—. Dejad de cotorrear como mujeres, si queréis hacerlo será en otro momento. Os he llamado para informaros de la ruta, no para pedir vuestro consenso ni permiso para ello —sentenció—. El-Amin, aunque haya posibilidad de que nos enfrentemos a bandidos cada uno de nosotros tiene al menos a siete hombres para defender nuestras provisiones, son más que suficientes incluso para una caravana de cuarenta mercaderes. Y además de eso…

Aunque el hombre parecía desear continuar se detuvo, interrumpiendo la conversación que hasta el momento había estado escuchando. Pudo ver como el soldado le hacía un gesto con la cabeza, señalando el dinero que aún sostenía en las manos mientras le indicaba que se acercara a la entrada de la tienda. María apretó los dientes, entregándoselo con un gesto veloz antes de que el resto notara la transacción.

A pesar de hallarse lo suficientemente cerca para ver a varios integrantes en su interior, no conseguía vislumbrar al anfitrión ni al resto de comensales que se encontraban en la parte izquierda del pabellón. La inglesa se irguió, manteniendo la postura firme con la mano izquierda apoyada en el mango de su espada. Caminó distendidamente hasta colocarse justamente en la entrada observando con cuidado a todos y cada uno de los hombres que se hallaban ahí.

Había quince personas, todos ellos varones, sentados en diferentes cojines formando una especie de semicírculo en el suelo. La gran mayoría superaba los treinta; simplemente por su aspecto se podía saber que todos pertenecían a buenas familias, ya que tanto su ropa como su aspecto era pulcro y aseado. Oprimió los labios, consciente de que todas las miradas se encontraban fijas en ella. Recorrió con la vista la sala, hasta centrarse en el hombre que parecía preceder aquella reunión. Tenía la barba recortada, ojos grandes de color ocre que, por un segundo, le recordaron del Asesino. Sin embargo, su piel tostada contrastaba mucho con el tono claro de sus orbes.

La inglesa sabía que no debía hablar, o al menos no debía ser la primera en iniciar la conversación. En la milicia un soldado raso no podía pensar que era sensato interrumpir y, además, adelantar en palabra a un superior sin imaginar que eso podía traer nefastas consecuencias en un futuro. El resto de ellos parecían curiosos, cansados o enfurecidos por su impertinente interrupción, aunque el que más le llamaba la atención era uno de los que se hallaba en la izquierda: un muchacho que no podía llegar a tener más de quince o dieciséis años que sostenía una especie de arpa, aunque con una envergadura menor a la que ella conocía.

—No sé quien sois y, sinceramente, no me importa demasiado —dijo el líder—. Pero sabed, y espero que lo recordéis, que ni aquí ni en ningún lugar civilizado es por costumbre presentarse a cualquier sitio interrumpiendo asuntos de vital importancia.

—Eso de vital importancia será para vos, que planeáis nuestro suicidio —masculló El-Amin.

—¡Basta de cabezonerías! Si planeáis recorrer la otra ruta como bien habéis propuesto, olvidaos de la protección del resto de caravanas. Seguro que entonces sí seréis presa fácil para los bandidos —respondió con voz ronca.

El hombre de cabello claro, El-Amin, se quedó en silencio mientras fruncía el ceño. María, por otra parte, carraspeó intentando poner un tono más grave que el que normalmente usaba.

—No soy nadie, o al menos nadie a quien deseáis conocer —contestó—. Simplemente un viajero, alguien que viene de tierras lejanas y cuyo destino es incierto. Vago hacia el este, en pos de hallar al fin un lugar donde asentarme —continuó—. Mientras eso ocurre, ofrezco mis servicios a cualquiera que los pague. Lamento irrumpir sin más en vuestro concilio, pero quien habla ahora es la necesidad, la cual para mí también es de vital importancia.

Al terminar de recitar esas palabras en el mejor árabe que podía pronunciar permaneció en la misma postura. María sabía por experiencia que los mercaderes eran desconfiados y ganarse su favor no era algo que pudiera ocurrir de la noche a la mañana; no obstante, confiaba que su labia, aunque bastante oxidada, sirviera para conseguir al menos formar parte de aquella partida que estaban planeando.

—Vaya, para no ser nadie tiene el don de la oratoria, ¿verdad, Amirmoez? —dijo uno de los mercaderes al líder.

Éste torció el gesto.

—Sí, pero la elocuencia no suple su impertinencia —añadió—. Decís que ofrecéis vuestros servicios a quien os pague, ¿qué servicios pretendéis cumplir y qué paga exigís? —indagó—. Sólo por simple curiosidad.

—Vendo mi espada, mi señor —comentó—. Y no espero más que poder ser parte del viaje que, seguro, planeáis hacer hacia el este. Esa sería mi paga.

—Decís que vendéis vuestra espada, una espada cristiana, a un grupo de comerciantes sarracenos —ilustró—. Vos, un infiel que según dice viene de tierras lejanas, portando una espada que, por su empuñadura, se ve que es templaria.

Nada más salir esa palabra de sus labios las miradas de curiosidad y cansancio se tornaron más intranquilas e inquietas. Ella siguió erguida a pesar de la acusación, recordando la mentira que con anterioridad se había repetido hasta que, al escucharla en voz alta, sonara como una verdad absoluta.

—Es cierto, soy un infiel con una espada templaria. Una espada que arrebaté a un soldado en una pelea a las afueras de Acre hará unos meses —dijo con seguridad—. Un soldado que estaba a punto de matar a un par de niños sarracenos que estaban huyendo hacia el sur —comunicó—. Soy un mercenario y, en ese momento, mi espada no estaba al servicio de nadie, ni siquiera al de Dios. Y dudo mucho que la de ese hombre lo estuviese más que la mía.

Hubo unos segundos de silencio, como si las personas que estaban ahí presentes estuviesen analizando la historia para discernir si sus palabras eran o no eran verídicas.

—Entonces vos, un infiel, mató a otro simplemente para salvar a unos niños que eran unos simples desconocidos —relató—. Una historia difícil de creer.

—Supongo que se deberá a que tengo unos principios que me niego a romper, y ver morir a infantes delante de mí es algo intolerable, sean sarracenos o cristianos —narró—. Y no veo por qué iba a ser difícil de creer que pudiera matar a alguien sólo por ser también cristiano. ¿Acaso los sarracenos no matáis también a los vuestros? ¿No son los bandidos del desierto también seguidores de Allah? —preguntó—. Y aún así os atacan a vosotros, sus hermanos. No veo diferencia entre eso y lo que yo hice.

Tras sus palabras un pequeño revuelo se levantó, murmullos ininteligibles que era incapaz de ligar a frases concretas. Sabía que había acertado al decir eso. Antes de nacer ella Inglaterra había sido devastada por una terrible guerra civil, una carnicería que había enfrentado a hermanos contra hermanos, padres contra hijos. Familias enteras habían sido diezmadas por apoyar al bando perdedor, aunque ambos afirmaban que peleaban en el nombre de un mismo Dios. ¿Acaso los francos no eran también cristianos? Sin embargo, saqueaban las costas inglesas siempre que podían. Al igual que los nórdicos que alababan a otra serie de dioses. No había diferencia entre creyentes o no creyentes, matar era matar.

—Sabias palabras viniendo de alguien no tan sabio —dijo—. Es cierto, nada os impedía matar a un templario, aun siendo un infiel. Pero eso no significa que la historia sea cierta, ni que vuestras intenciones con nosotros lo sean —adujo—. Quizás pertenezcáis a un grupo de mercenarios que planean asaltarnos en la oscuridad y vos os encargaríais de que no haya nadie que pueda evitar dicho asalto.

—No tengo más defensa ante eso que mi palabra. Vengo solo, sin argucias ni mentiras —afirmó—. Incluso si deseáis probar mi valía estaría dispuesto a mostrar mis habilidades, si eso fomenta entonces a que confiéis en mi palabra.

—¿Probar vuestras habilidades? —repitió uno de los mercaderes—. ¿Por qué querríamos tal cosa? Algunos tenemos suficientes hombres y no necesitamos ninguna boca más que alimentar, muchacho.

—Oh, calla, Gawdat —comentó El-Amin—. ¿Cuánto tiempo hace que no disfrutas de una buena pelea? Será entretenido —alegó con una amplia sonrisa—. Estoy intrigado por ver qué puede hacer el infiel.

—¿Aceptaríais a alguien como él? No me extraña entonces que perdáis cargamento y esclavos durante el viaje —razonó Daud—. Seguro que vuestros guardias abandonaron sus puestos nada más aparecer los bandidos.

Las voces comenzaron a hacerse eco en el interior del recinto, algunas a favor y otras en contra de la petición de la inglesa. Amirmoez permanecía en silencio, meditando lo que ella había dicho. María sabía que si la dejaban pelear tendría muchas más posibilidades de que la admitieran en el viaje. No todas las personas que poseían armas sabían usarlas, algunos sólo las portaban para exhibirlas sin tener la menor idea de cómo manejarlas. Muchos hombres en Inglaterra solían llevarlas, presumiendo de ser grandes guerreros cuando verdaderamente no habían luchado en batalla alguna. Y, cuando verdaderamente lo hacían, perdían la espada y la vida.

Amirmoez alzó la mano, un gesto que debía ser bastante significativo ya que todos se callaron a la vez. El mercader alzó la vista, clavando sus claros ojos en los de la inglesa, mostrando un gesto entre la aceptación y la desconfianza.

—No me interesa que probéis vuestras habilidades, ya que no estoy en necesidad de contratar a más hombres. Pero, si alguno de vosotros estaríais dispuestos a aceptarlo en vuestras filas… —dijo mirando a su alrededor— proponed entonces a alguien para enfrentarse a él.

Ella miró a su alrededor, esperando ansiosa que alguno de ellos presentara a alguien a quien enfrentarse, pues eso significaría que estaba dispuesto a aceptar acogerla durante el viaje hacia la India. Un par de ellos comenzaron a hablar en susurros, mostrando largas y sinuosas sonrisas cargadas de diversión. Uno de ellos, bajo y rechoncho, se puso en pie mostrando sus torcidos dientes.

—Yo ofrezco a mi esclavo Kwasi —comentó—. Sin embargo, no puedo prometer un puesto al infiel ya que, al igual que Amirmoez, poseo ya un amplio número de hombres. —Dio un par de pasos hacia el centro del círculo, procurando no tropezarse con las tupidas alfombras que ocupaban el suelo—. Todos conocéis a mi prodigioso esclavo. Kwasi es un maestro en sus artes y estoy seguro de que si este infiel es capaz de vencerle será más que recibido entre nuestras filas.

Aquella propuesta fue aprobada con el asentimiento de casi todos los presentes, incluso pudo ver una curva de diversión en los labios de Amirmoez.

—Entonces está decidido, pero antes… —hizo una pausa señalando a la inglesa—. No sois nadie, pero al menos espero que podáis ofrecernos un nombre al que poder dirigirnos. No creo que infiel sea lo más indicado en este ámbito, ¿no creéis?

María parpadeó varias veces. Era cierto, debía ofrecer al menos un pseudónimo al que poder dirigirse. Ella asintió. No era la primera vez que debía actuar bajo un nombre falso y suponía que no sería la última. Dio un paso al frente, barriendo con la mirada a todos los presentes antes de hablar.

—Thorpe —dijo—. Soy Thorpe.

Continuará…

Lo sé, lo sé. La trama avanza a paso de tortuga y vosotros sufrís, yo sufro y todos tenemos deseos de ver de nuevo a Altaïr y María juntos. Eso pasará, con el tiempo, pero ahora la trama se tiene que desarrollar bastante más. Me gusta ver a cada uno por su lado porque aunque apenas lleven unas horas por su cuenta saben centrarse en sus intereses cuando es necesario. Odio cuando separan parejas y parece que si no piensan en el otro no saben que hacer con su vida... Como si el resto de las acciones que hicieran no fuesen importantes, no lo comprendo. Por eso me gusta como sigue cada uno su camino. Ambos saben en qué dirección deben ir y que no se inmiscuirán más en la senda del otro (a no ser que el destino los una...); mientras tanto disfrutaremos de los secundarios, que esos sí que dan vida a la historia, ¿verdad? O al menos me es mucho más ameno cuando los uso. Espero que hayáis disfrutado del capítulo.

Muchísimas gracias a todos aquellos que me han leído durante todo este tiempo, incluso tras mis tres meses de desaparición. Aun así habéis seguido leyendo la historia, añadiéndola a favoritos y dejando reviews. Sois fantásticos. Si no fuera por vosotros no habría llegado a más de 16,000 lecturas y todo gracias a vosotros.

Patty Sparda, ¡gracias por el review! Me alegra saber que tarde lo que tarde siempre tendrás un hueco para dejarme un comentario en la historia. Y sí, el día de hoy no está siendo especialmente amable con María. A mí me gusta mucho escribir sobre Altaïr, pero es bastante complejo seguir su línea de pensamiento, así que simplemente intento hacerlo lo mejor que puedo. ¡Espero que te haya gustado este capítulo! Espero tu siguiente review con ansias.

Y, como siempre, también agradecer a todos los lectores que me leen desde todas partes del mundo: España, México, Chile, Francia, Nicaragua, Portugal, Venezuela, Argentina, China, Perú y Ucrania. ¡Gracias por vuestras visitas! Nos vemos en el próximo capítulo.