Después de la navidad, el tiempo pareció acelerarse, en un abrir y cerrar de ojos ya estaban en el nuevo año 2069.
Las vacaciones llegaron a su fin y todos tuvieron que volver a sus actividades, entre ellos los habitantes del cuartel de la zona 01 de Berlin Occidental.
Era la una de la madrugada y Maximilian estaba recargado en una de las enormes secadoras que había en la lavandería del cuartel. Los otros dos cabos que lo acompañaban, estaban atemorizados sacando las cargas de ropa de una de las lavadoras. Iman había castigado al joven Mayor porque él se había encargado de moler cuatro jugosos chiles habaneros en el jugo de naranja de la rubia. La Teniente Coronel aun lloraba porque el picor del chile aun podía sentirse en su lengua. Obviamente no dudo en darle un severo castigo al Mayor, denigrándolo a hacer las tareas de limpieza en el área de lavandería.
No estaba muy contento con los resultados de su venganza, él quería hacerla quedar en ridículo y eso le tomaría un poco de tiempo, pues tenía que planearlo minuciosamente. Aun no olvidaba-ni creía poder hacerlo-el ridículo que le hizo pasar en la gala navideña. Se convirtió en el blanco de las burlas de todos los asistentes al evento, su foto salió en primera plana en todas las revistas del corazón y sociales que existían en el mundo. Había pasado de ser uno de los solteros más codiciados a ser apodado como el "peoresnada" por qué estaba tan desesperado por besar a alguien, que tuvo que besar a ese tubo de fierro.
Incluso cuando le conto a su hermano menor lo que había sucedido, el no pudo evitar reírse a carcajadas en su cara. Desde entonces el no charlaba con Blake, pensaba que él y su madre seguían riéndose de él. Iman en dos segundos había acabado con su reputación de casanova, se había metido con lo más sagrado que tenía y por si fuera poco, lo había hecho quedar con un estúpido por haber creído en todas sus mentiras.
Tenía que planear una venganza igual de dolorosa que tener la lengua pegada al hielo y tan vergonzosa que tuviese que hacerse un trasplante de cara para poder salir a la calle. Fue en ese momento que vio un par de latas de pintura de aceite roja, casi escondidas detrás de un costal de ropa. El Mayor se acercó cautelosamente hacia ellos y los levanto. Los observo cuidadosamente y una brillante idea de lo ocurrió. Dentro de dos días seria el cumpleaños de Iman y él se encargaría de darle la mejor felicitación del mundo.
Por la mañana, la joven Teniente hacia su recorrido de rutina por el campo. Le había parecido muy extraña la serenidad con la que Max se dirigía a ella. Estaba cumpliendo con todas las tareas que ella le había encomendado sin renegar y eso era de preocuparse. No podía confiar en que el castaño se hubiese dado por vencido, eso era algo imposible de lograr. Pero no solo eso la tenía agobiada, en un par de días seria su cumpleaños y su familia planeaba hacerle una fiesta en Austria para festejar sus veintinueve años. Incluso el General Lütke ya había firmado su permiso de tres días para viajar a Viena. Lo que más odiaba en el mundo era festejar su cumpleaños, su familia le había generado una gran fobia a esa clase de eventos. Desde que tenía uso de razón su familia hacia exuberantes fiestas para ella, llena de personas falsas e hipócritas que siempre le cambiaban el nombre por les era muy difícil de recordar. Todo empeoro cuando cumplió veinte años, sus tías se habían encargado de invitar a sus cumpleaños a cuanto cabeza hueca se les cruzaba, porque el mayor sueño de los Braun era verla casada. Su madre pensó que por fin sentaría cabeza con Iñaki, pero cuando leyó el reportaje que hicieron en una revista del corazón, donde se aprecia claramente el momento donde Iman terminaba con el español de forma violenta; su anhelo fue destruido.
No quería asistir a ese evento, no quería festejar su cumpleaños. Quería que fuese como otro día común y corriente, pero tenía que empezar a resignarse a tener que soportar otra arrogante y frívola fiesta de cumpleaños.
Al pasar por el campo de futbol, se encontró con Maximilian y compañía que jugaban un partido. Él no se había percatado de su presencia, así que decidió observarlo un rato escondido debajo de las gradas. No podía negar que se veía muy sensual corriendo como un desquiciado detrás del balón de cuero. Hasta en esos momentos tan simples, el Mayor sacaba a lucir lo que más le gustaba a Iman, su tenacidad. Ni siquiera después del baile dejaba de empeñarse en demostrarle que él era mejor que ella. Pero siempre fallaba, pues su enojo siempre lo cegaba sin embargo, nunca se rendía. Todas las tareas que ella o cualquier otro de sus mayores le encomendaban, la cumplía al pie de la letra y daba lo mejor de sí para que fuese perfecta su labor. Su mayor defecto era ser un chico caprichudo, pero hasta eso le parecía un defecto muy gracioso.
Desde la cena de navidad, ella no había podido dejar de reprocharse el haber desaprovechado la oportunidad única que había tenido y que sabía no se repetiría, pero ella no pudo resistirse a darle su merecido por haberla hecho ponerse celosa con todas esas jóvenes sin cerebro con las que se paseó en sus narices. Aun así, era consciente de que había dañado la reputación de Max y eso lo tenía muy resentido. Todavía le hacía gracia recordar la imagen del castaño pegado al tubo helado, inclusive la imagen era su protector de pantalla. Con esa divertida pero cruel venganza, sabía que había creado el precipicio más profundo que podría existir entre ellos y aunque a ella le gustase mucho Maximilian y hubiese estado a punto de dejarlo ganar la guerra, su orgullo podía más que cualquier otro sentimiento de amor hacia él y desgraciadamente, sabía que esa regla también aplicaba para el castaño. Siempre estarían compitiendo para ver quién era el mejor y por eso mismo, cada vez se alejarían más. Esas eran las consecuencias de sus actos que ella estaba a aceptar.
Por fin había llegado la noche del seis de enero, faltaban unas cuantas horas para el cumpleaños de la rubia y él le daría una grandiosa sorpresa a su mayor enemiga en toda la Tierra. El castaño estaba en la azotea del cuartel, tenía dos botes de pintura de aceite color rojo y un plano de las tuberías del edificio. Nadie sabía que él estaba arriba pues todos dormían, lo que le facilitaba el trabajo. Iman la pagaría caro, la señorita perfección recordaría su cumpleaños número veintinueve para toda la vida.
La mañana del siete de enero, parecía ser similar a otras que había tenido Iman. Su despertador sonó a las seis de la mañana, se desperezo, tendió su cama y verifico que su maleta tuviese todo listo para su corto viaje. Por más que le imploro al General Lütke que le pusiera alguna tarea en el cuartel o en la CII para tener una excusa y no viajar a Austria, él se negó.
Con pereza, saco un pants negro de su armario y se metió a su baño. El agua caliente salió en un minuto y al ser una mañana helada se metió enseguida. Tomo el champo, puso una pequeña porción en su mano y comenzó a lavarse el cabello. Fue entonces cuando sintió algo extraño en el agua, parecía que le quemaba e incluso la sentía muy pesada y su cabello se sentía pegajoso. Al abrir los ojos, se encontró llena de pintura de aceite roja, salió enfurecida del baño, no hacía falta saber quién había hecho eso y lo pagaría caro. Al mirarse al espejo, encontró su cabello hecho un desastre, parecía estar teñido de rojo al igual que el resto de su cuerpo, que extrañamente comenzaba a darle una comezón insoportable. Ella era alérgica a un químico que contenía la pintura de aceite, olvido su enfado y tuvo que llamar a la enfermería para que la atendieran lo más rápido posible.
Para las nueve de la mañana, un radiante Maximilian trotaba por el campo. Era la hora del desayuno y por una extraña razón, tenía más apetito de lo normal. Al llegar al comedor se formó en la fila, espero pacientemente su turno mientras silbaba una canción y corrió a sentarse en su mesa de siempre. Al mirar a la mesa central donde usualmente se sentaba Iman, sintió un enorme alivio de no verla ahí, seguramente para ese momento ella ya tendría el color de su personalidad tiñendo su piel
—¿Han escuchado los rumores?—inquirió un sargento al resto de sus compañeros que estaban sentados en la misma mesa que Max. El joven castaño siguió comiendo sin prestarle mucha atención, sabía lo que ellos dirían.
—¿Qué la Teniente está en el hospital?—cuestiono otro cabo que estaba delante de él. Maximilian levanto la vista enseguida preocupado.
—¿Qué han dicho?—pregunto consternado.
—¿No lo sabía Mayor?, la Teniente fue llevada esta mañana de emergencia al hospital. Al parecer alguien le quiso jugar una broma en su cumpleaños que salió mal—comento el sargento. Max trago saliva nerviosamente, ¿Qué había hecho?, se preguntó. Justo se levantaba de la mesa cuando uno de los capitanes que siempre acompañaban a su padre se acercó a él.
—Mayor Lütke—saludo el hombre con solemnidad—. Mi General le manda esta nota—le extendió una tarjeta blanca.
—Gracias, puede retirarse—balbuceo desdoblando el papel sin prestarle atención a los demás.
"Mayor Lütke:
Me es desagradable tener que darle la noticia de que la Teniente Coronel Iman Braun estará de baja por una semana y media, debido a que se encuentra delicada de salud. Ella ha pedido personalmente que usted sea el que se encargue de sus asuntos en el campo y esperamos que los cumpla al pie de la letra.
Gral. Otto Lütke"
Fue entonces que Max se dio cuenta de que los rumores no eran una broma, Iman estaba enferma. Volvió a su asiento e hizo su bandeja aun lado. Se le había ido el apetitito, estaba angustiado. No pensó que ella terminaría en el hospital por su culpa, solo esperaba que se tuviera que rapar porque el cabello se le dañaría por los químicos de la pintura y que su piel quedara como un tomate por unos días, mas no que la ingresaran al hospital. Suspiro, haría las tareas y por la tarde iría a visitar a su padre para preguntar por su estado de salud y si las cosas estaban muy mal, se tragaría su orgullo y le pediría disculpas a la rubia. Sabía que cuando su padre se enterara de que él fue el autor de la broma, lo descendería a cabo y si lo pensaba con humildad, lo tenía bien merecido.
En el hospital las cosas no iban mal para Iman. Había llegado justo a tiempo y le estaban administrando un fuerte medicamento para contra restar su alergia. Bradley, un reconocido peluquero de la ciudad estaba arreglándolo el cabello. Por suerte, su cabello no estaba perdido. Solo necesitaría un nuevo corte mediano y varios tratamientos para que se le cayera el color rojo. Quizás lo único malo, era la comezón que tenía por todo el cuerpo pues estaba llena de ronchas y le daban una picazón endemoniada. Pero cada hora le aplicaban un ungüento para aliviar sus molestias.
—Iman, ¿te sientes mejor?—pregunto Otto que había estado con ella desde el momento en que la ingresaron.
—Sí. Anda hombre, quita esa cara de preocupación, ¿nunca has escuchado que hierba mala nunca muere?—le dijo con una sonrisa para reconfortarlo.
—No es algo gracioso, Iman. Aun no puedo creer que te hayan jugado esta broma de mal gusto—dijo con severidad—. Pero en cuanto encuentre al culpable, lo daré de baja del ejército. La armada no es un lugar para estar jugando a hacer bromas como críos de primaria—sentencio enfado. Ella trago saliva, si enteraba que el culpable era su hijo no solo lo daría de baja, seguramente lo desheredaría por la vergüenza.
—No es necesario, Otto, estoy bien y fue una broma inocente. Nadie podía saber que yo era alérgica a las pinturas de aceite. Además a mí me ha caído de perlas—sonrió malévola—. No tendré que ir a mi fiesta de cumpleaños—el General negó con la cabeza.
—Ahora me estás haciendo pensar que tú misma te saboteaste—musito el hombre con seriedad.
—Pues si me sabotee a mí misma, me salió perfecto—comento con una enorme sonrisa. El General miro su reloj.
—Tengo que ir a recoger a tus padres. Afortunadamente ningún periodista se ha enterado de tu estado y ellos no serán molestados. Regresare pronto—le dijo poniéndose de pie.
—Si, muchas gracias.
—No hay por qué—el General salió de la habitación, dejándola a solas con Bradley.
—Ese hombre parece más tu padre que el señor Braun—comento el peluquero que sostenía con delicadeza un mechón del cabello de Iman.
—Solo parece mi padre cuando no estamos en el trabajo, porque cuando son horas laborales es un maldito explotador—se rieron por el comentario. La Teniente se quedó en silencio por varios minutos, pensando en todo y nada. Lanzo un suspiro—Brad ¿alguna vez has odiado a alguien y por causas del destino ahora estas en deuda con el?—inquirió la rubia con inocencia, el hombre suspiro.
—No, gracias a Dios no estoy en deuda con ninguno de mis enemigos ¿Tu si cariño?—le pregunto con una sonrisa.
—Desgraciadamente, aunque por fortuna no es Iñaki—rieron.
—¡Pero si Iñaki era un bomboncito!—exclamo el estilista haciendo reír más a Iman.
—Quizás, pero era como esos chocolates que se supone tienen que estar rellenos de caramelo. Se ve tan perfecto por fuera, pero dentro esta hueco. A Iñaki le faltaba el relleno—de nuevo rieron por la analogía de Iman.
—Nunca cambiarias mujer—dijo Bran negando con la cabeza.
Iman pensaba en que tenía que vengarse de Max. Casi perdía su precioso cabello por su broma, pero también estaba en deuda con él, pues inconscientemente la había salvado del peor cumpleaños de su vida.
Por la tarde, Maximilian fue a visitar a su padre. El General parecía estar bastante molesto con la persona que le jugo esa broma a Iman y aún estaba confundido por que la rubia no lo había delatado, lo que hubiese sido una genial venganza de su parte. Afortunadamente, ella se encontraba estable pero aún tenía que estar en el hospital para evitar que la alergia empeorara. También el General le comento que a causa de la broma, su familia había tenido que suspender su fiesta de cumpleaños. Con lo caprichosa que era, seguramente estaba muy enfadada con él por arruinarle su grandiosa fiesta. Su conciencia se sentía muy pesada cuando se acordó que ella no arruino su cumpleaños e incluso lo había felicitado. Tenía que darle una pequeña disculpa a la rubia, no le daría una grande porque sabía que ya estaba pensando en una forma de vengarse de él y el solo quería limpiar un poco su consciencia.
Como no podía más con la pesada carga, tuvo que contarle a Andreas lo que había hecho. El joven rubio estaba atacado de la risa por la broma que había hecho Max y que había salido mal. Aunque de eso no se enteró el Mayor, porque el internet encubrió a su amigo. Andreas no dudo en darle una idea para un regalo de cumpleaños y disculpa para la Teniente, que le costaría mucho dinero pero que tenía que hacerlo para aliviar su pesado cargo de consciencia. Aún seguía sin tolerar la idea de que la había mandado al hospital. Se despidió del espía, tomo su celular y su chamarra. Solo conocía a una persona que podía ayudarle a escoger el regalo perfecto para Iman.
—¿Mami? Sí, estoy bien… No, no pasa nada malo… ¿puedo pasar por ti en unos quince minutos? Necesito que me ayudes con algo…
La mamá de Iman estaba sobre de ella cuidando de cada respiración que daba su hija. La rubia ya estaba más que fastidiada por los excesivos cuidados de su progenitora y su padre parecía estar muy alegre disfrutando de sus pequeñas vacaciones en la habitación del hospital, pues por un momento, dejo de ser el presidente de Austria y solo tenía que ser Hugh Braun, el padre de Iman. Por suerte cuando su madre iba a tomarle la temperatura por quinta vez en una hora, tocaron la puerta.
—Adelante—dijo Hugh dejando su periódico a un lado. Una enfermera de mayor edad, ya que Iman pidió que ninguna enfermera joven la atendiera; entro con una pequeña caja de regalo.
—Teniente, le han traído esto—dijo la mujer dándole el regalo en las manos.
—¿Quién lo ha traído?—pregunto Iman curiosa, pocas personas en Alemania sabía que era su cumpleaños o eso pensaba ella.
—No quiso dejar su nombre—le informo y salió de la habitación.
—¡Seguro que fue Iñaki!—exclamo con alegría Lori, la madre de Iman. Hugh e Iman lanzaron un suspiro fastidiado.
—No mamá, no creo que el venga a dejarme un regalo—comento recordando la vergonzosa escena del restaurante. Iman abrió con cuidado el paquete y no pudo evitar esbozar una gran sonrisa al ver un brazalete de platino con un diamante rojo.
—Eso es lo que yo llamo un buen regalo—observo Hugh al ver el brazalete.
—Lo sé—suspiro la rubia sin dejar de contemplar el regalo.
—¡Oh! He encontrado una nota—informo Lori moviendo el papel de un lado a otro.
—Mujer, que cotilla eres—señalo Hugh tocándose la frente, Iman se rio por el comentario de su padre.
—Vamos Iman, lee la nota—le ordeno su madre dándosela. Como la Teniente no podía ponerse aún ninguna clase de metal n la piel, dejo el brazalete sobre su cama. Abrió con cuidado la pequeña tarjeta blanca.
"Feliz Cumpleaños Teniente"—leyó en el papel. Sonrió para sí misma, esa caligrafía la tenía memorizada en la mente. "Ni creas que con este regalo te salvaras", pensó Iman un poco sonrojada.
—¿Y bien? ¿Quién es?—pregunto su madre ansiosa.
—No dice quién es, pero es un bonito detalle—sonrió alegre. Después de todo, había sido un buen cumpleaños para Iman.
