El Infierno de Sasuke
Pareja: Sasuhina Sasuke x Hinata
Adaptación de la trilogía: El Infierno de Gabriel
Sasuke se quedó tanto tiempo en Asís que casi se convirtió en parte de la basílica. Cada día pasaba una hora sentado en la cripta de San Francisco, meditando. A veces, rezaba. A veces, sentía a Dios cercano; otras, parecía estar muy lejos. El deseo de estar con Hinata nunca desaparecía, aunque se daba cuenta de que su relación había estado cargada de defectos desde el primer día. Había querido cambiar para ser digno de ella, cuando debería haber cambiado para dejar de ser un asno insufrible.
Un día, mientras comía en el restaurante del hotel, un compatriota americano entabló conversación con él. Se trataba de un médico de California que estaba de visita en Asís con su esposa y su hijo adolescente.
—Mañana nos vamos a Florencia —dijo el hombre de pelo cano—. Tenemos previsto pasar allí dos meses.
—¿Y qué van a hacer en la ciudad tanto tiempo? —preguntó Sasuke, mirándolo con curiosidad.
—Nos alojaremos con los franciscanos. Mi esposa es enfermera y trabajaremos como voluntarios en el hospital. Mi hijo ayudará a los sin techo.
Sasuke frunció el cejo.
—¿Van como voluntarios?
—Sí, queríamos hacer algo así los tres juntos, en familia.
El hombre lo miró como si acabara de ocurrírsele algo.
—¿Quiere venir con nosotros? Los franciscanos siempre necesitan voluntarios.
—No —respondió él, pinchando un trozo de carne con decisión—. Yo no soy católico.
—Nosotros tampoco. Somos luteranos.
Sasuke lo miró con interés. Su conocimiento del luteranismo se limitaba a los escritos de Garrison Keillor (aunque nunca lo habría admitido en público).
—Queríamos echar una mano haciendo una buena obra —continuó el médico, con una sonrisa—. Quería que mi hijo ampliara sus horizontes más allá de unas vacaciones en la playa o de jugar a videojuegos.
—Gracias por la invitación, pero no puedo aceptarla. —Su respuesta fue tan firme, que el hombre cambió de tema.
Esa tarde, Sasuke miraba por la ventana de la habitación del hotel, pensando como siempre en Hinata.
«Ella no se habría negado. Ella habría ido.»
Como siempre, fue consciente de la brecha que había entre su egoísmo y la generosidad de la joven. Una brecha que ni los meses pasados a su lado habían logrado llenar.
Dos semanas más tarde, Sasuke se encontraba frente al monumento a Dante en la Santa Croce. Finalmente, se había unido a la familia luterana en su viaje a Florencia y se había convertido en uno de los voluntarios más conflictivos de la comunidad franciscana. Se encargaba de servir comida a los pobres, pero horrorizado por la calidad de lo que les servían, encargó a un servicio de catering que les prepararan las comidas. Acompañó también a otros voluntarios que repartían artículos de limpieza y ropa limpia a gente sin hogar, pero se quedó tan afectado al ver las condiciones en que vivían, que encargó la construcción de un edificio de lavabos y duchas para los sin techo junto a la misión de los franciscanos.
En resumen, cuando Sasuke acabó de conocer todos los aspectos que abarcaba la labor de los franciscanos con los pobres, se propuso mejorarlo todo y se ofreció a pagar todas las reformas de su bolsillo. Luego visitó a varias ricas familias florentinas que conocía por su trabajo y les pidió que ayudaran económicamente a los monjes en su misión con los pobres. Esas donaciones les asegurarían fondos para los próximos años.
Mientras contemplaba el monumento dedicado a Dante, sintió una súbita afinidad con su poeta favorito. Dante había sido desterrado de Florencia. Y, aunque posteriormente la ciudad acabó perdonándolo y permitió que se erigiera un monumento funerario en su honor en la basílica, sus restos estaban enterrados en Rávena. Por un curioso giro del destino, ahora Sasuke sabía también lo que era ser expulsado de su trabajo, de su ciudad y de su hogar. Porque los brazos de Hinata siempre serían su hogar, aunque pasara el resto de su vida en el exilio.
Los monumentos funerarios que lo rodeaban le recordaban su propia mortalidad. Si tenía suerte, tendría una vida larga, pero mucha gente, como Biwako, veía truncada su existencia bruscamente. Lo podía atropellar un coche, o tener cáncer, o un ataque al corazón. De pronto, su tiempo en la Tierra le pareció escaso y muy valioso.
Desde que se había marchado de Asís, había tratado de aliviar su culpabilidad haciendo buenas obras. Ofrecerse como voluntario había sido el primer paso en esa dirección. Pero sabía que si quería limpiar su conciencia tenía que arreglar las cosas con Sakura. Con ella aún estaba a tiempo, no como con Biwako, o Sarada, o con sus padres biológicos.
¿Y con Hinata? ¿Estaría a tiempo?
Sasuke se fijó en la escultura de una mujer desesperada que se inclinaba sobre lo que figuraba el ataúd de Dante.
Había aceptado su destierro, pero eso no significaba que hubiera dejado de escribirle cartas a Hinata, cartas que nunca le había enviado.
Los cementerios desprenden una paz especial. Incluso los situados en el centro de grandes ciudades la poseen, un silencio sobrenatural que flota en el ambiente.
Mientras paseaba por aquél, Sasuke no podía engañarse pensando que estaba en un parque. En los escasos árboles que salpicaban el paisaje no había pájaros. En la hierba, aunque verde y bien cuidada, no se veían corretear ardillas o algún conejo urbano que jugara con sus hermanos o buscara comida.
Vio los ángeles de piedra a lo lejos. Sus esbeltas formas gemelas montaban guardia entre los demás monumentos. Eran de mármol, no de granito, y su piel era pálida y perfecta. Estaban de espaldas a él, con las alas extendidas. Le resultaba más fácil permanecer detrás del monumento y así no ver el nombre grabado en la piedra. Habría podido quedarse donde estaba, pero ésa hubiera sido la solución fácil y cobarde.
Cerró los ojos y respiró hondo antes de rodear el monumento y detenerse frente a las letras.
Se sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón. Si alguien lo hubiera visto, habría pensado que lo necesitaba para secarse las lágrimas, pero lo que hizo fue inclinarse sobre la lápida negra y limpiarla. El polvo salió con facilidad, pero el rosal había crecido demasiado y había empezado a tapar las letras. Tomó nota mental de que debía contratar a un jardinero para que lo podara.
Dejó unas flores frente a la lápida. Los labios se le movían como si rezara, pero no lo hacía. La tumba, por supuesto, estaba vacía.
Una lágrima o dos le nublaron la vista. Pronto les siguieron muchas más, hasta que tuvo la cara cubierta de ellas. No se molestó en secárselas mientras levantaba la vista hacia los ángeles, dos compasivas almas de mármol.
Pidió perdón. Expresó la culpabilidad que sentía, una culpabilidad que sabía que lo acompañaría el resto de su vida. No pidió que lo liberaran del peso de la culpa, ya que le parecía consecuencia de sus actos. O, mejor dicho, consecuencia de lo que no había sido capaz de hacer para proteger a una madre y a su hija.
Sacó el iPhone del bolsillo y marcó un número guardado en la memoria.
—¿Hola?
—Sakura. Necesito verte.
+.+.+.+
El padre de Hinata insistió en asistir a la graduación y se negó a permitir que Naruto la ayudara con la mudanza a Cambridge en su lugar. Pagó el depósito y el alquiler de la habitación de Hinata y voló a Toronto para asistir a la graduación de su única hija el 11 de junio.
Con un sencillo vestido negro y unos bonitos zapatos, Hinata dejó a Naruto y a su padre en los escalones del salón de actos y ocupó su lugar en la cola, con los demás estudiantes graduados.
A Hiashi le gustó Naruto. Le gustó mucho.
Era un chico directo y sincero, que estrechaba la mano con fuerza. Cuando hablaba con él, lo miraba a los ojos. Naruto se ofreció a ayudar con la mudanza, cediéndoles una habitación en su granja de Burlington. Cuando Hiashi le dijo que podían hacerlo solos, él insistió.
Durante la cena con Hinata, la noche antes de la graduación, Hiashi había dejado caer alguna insinuación sobre Naruto, pero ella había fingido no entender a qué se refería.
Mientras los estudiantes entraban en fila en el salón, Hinata no pudo evitar recorrer la sala con la vista, buscando a Sasuke. Con tanta gente, habría sido casi imposible verlo aunque hubiera ido. Sin embargo, al localizar el espacio reservado para el departamento, distinguió fácilmente a Tsunade Senju, vestida con su toga de Oxford. Si los profesores estaban colocados alfabéticamente, como parecía, Hinata pensó entonces que no le habría costado localizar a Sasuke, ataviado con su toga carmesí de Harvard. Pero él no estaba allí.
Cuando alguien pronunció el nombre de Hinata, Tsunade subió al estrado, con lentitud pero con seguridad, y le puso la toga de magister antes de estrecharle la mano formalmente. Tras desearle mucha suerte en Harvard, le entregó el diploma.
Esa noche, después de ir a cenar a un asador con Naruto y su padre para celebrarlo, Hinata vio que tenía un mensaje de Tenten en el buzón de voz.
«¡Felicidades, Hinata! Todos te mandamos recuerdos. Tenemos regalos para ti. Gracias por darme tu nueva dirección en Cambridge. Cuando estés instalada, te lo enviaré todo por correo. También el vestido de dama de honor. » Papá te ha sacado billete de Boston a Filadelfia para el veintiuno de agosto. Espero que te vaya bien. Él quería pagarlo y como sabía que querías venir con tiempo...»
Seguimos sin tener noticias de Sasuke. Espero que haya ido a la graduación, pero, si no, espero que durante la boda puedan aclarar las cosas. Espero que venga a mi boda. Se supone que tiene que ser uno de los padrinos, ¡y ni siquiera tengo sus medidas para encargarle el esmoquin!»
+.+.+.+
Cierto especialista en Dante de ojos negros leía Miércoles de ceniza, el poema de T. S. Eliot, antes de rezar sus oraciones vespertinas. Estaba solo, pero al mismo tiempo no lo estaba. Mirando la fotografía que tenía en la mesilla de noche, pensó en su graduación. Qué bonita y orgullosa debía de estar con su toga de graduada. Suspirando, cerró el libro de poesía y apagó la luz.
En la oscuridad de su vieja habitación, en la antigua casa de sus padres adoptivos, pensó en las semanas pasadas. Después de Italia, había viajado a Boston y luego a Minnesota. Les había prometido a los hermanos franciscanos que volvería, porque éstos —que eran unos hombres sabios— le habían dicho que valoraban más su presencia que sus aportaciones económicas. Con ese agradable pensamiento en mente, cerró los ojos.
—Sasuke, es hora de levantarse.
Gruñó y se dio la vuelta, esperando que la voz lo dejara tranquilo. Dormir le daba paz. Lo necesitaba.
—Vamos, sé que estás despierto. —La voz se echó a reír suavemente y sintió que la cama se hundía a la altura de sus caderas.
Al abrir los ojos, vio a Biwako, su madre adoptiva, sentada a su lado.
—¿Ya es hora de ir al colegio? —preguntó él, frotándose los ojos.
Ella se echó a reír una vez más. El sonido era ligero, parecido a música.
—Ya eres un poco mayorcito para ir al colegio. Como alumno al menos.
Sasuke miró a su alrededor, confuso, y se sentó de golpe.
Biwako le sonrió con calidez y le tendió la mano. Sasuke disfrutó de la sensación de su mano suave antes de apretársela.
—¿Qué pasa? —Ella lo miró con amabilidad, pero al mismo con curiosidad, mientras él le sostenía la mano entre las suyas.
—No pude despedirme. No pude decirte... —se interrumpió y respiró hondo— que te quiero.
—Una madre sabe estas cosas, Sasuke. Siempre lo he sabido.
Él sintió una gran emoción cuando la abrazó.
—No sabía que estabas enferma. Tenten me dijo que estabas mejor. Debí haber estado a tu lado.
Biwako le dio unas palmaditas en la espalda.
—Quiero que dejes de culparte por todo. Tomaste la decisión más adecuada con la información de la que disponías en ese momento. Nadie espera que seas omnisciente. Ni perfecto. Se apartó un poco para verle la cara.
—No deberías exigírtelo. Quiero a todos mis hijos, pero tú fuiste el regalo que Dios me envió. Siempre has sido especial.
Madre e hijo vivieron un momento de comunión silenciosa. Luego, ella se levantó, alisándose el vestido.
—Hay alguien a quien me gustaría que conocieras.
Sasuke se secó los ojos, se destapó y se levantó. Llevaba unos pantalones de pijama de franela, pero iba desnudo de cintura para arriba. Mientras trataba de peinarse con los dedos, Biwako hizo entrar a una joven a la habitación.
Sasuke se le quedó mirando.
Se notaba que era una mujer joven, aunque parecía no tener edad. Era alta y esbelta, de pelo corto y negro, y piel muy blanca. Sus ojos le resultaban familiares. Eran unos preciosos ojos negros y le sonreían con amabilidad, igual que sus labios rosados.
Sasuke miró a Biwako con la cabeza ladeada.
—Los dejaré solos para que puedan hablar —dijo ésta, antes de desaparecer.
—Soy Sasuke —se presentó él, tendiéndole la mano educadamente.
Ella se la estrechó, sonriendo feliz.
—Lo sé.
Su voz era suave y muy dulce. A él le recordó a una campanilla.
—¿Y tú eres?
—Quería conocerte. Biwako me contó cómo eras de niño y me dijo que eres profesor. A mí también me gusta Dante. Es muy divertido.
Sasuke asintió, sin comprender.
La joven le dirigió una mirada melancólica.
—¿Podrías hablarme de ella?
—¿De quién?
—De Sakura.
Él se puso tenso y la miró con desconfianza.
—¿Por qué?
—Porque no la conozco.
Sasuke se frotó los ojos con el dorso de la mano.
—Ha ido a ver a su familia a Minnesota, para tratar de hacer las paces con ellos.
—Lo sé. Se siente feliz.
—Entonces, ¿por qué me preguntas a mí?
—Quiero saber cómo es.
Él reflexionó un momento antes de empezar a hablar.
—Es atractiva e inteligente. También muy terca. —Se echó a reír antes de continuar—. Pero no tiene talento para la música. No es capaz de afinar ni una sola nota.
—Eso he oído. —La joven lo miró con curiosidad—. ¿La querías?
Él apartó la vista.
—Creo que la quiero ahora, a mi manera. Cuando nos conocimos, en Oxford, éramos amigos.
La joven asintió y se volvió un momento hacia el pasillo, como si alguien la hubiera llamado.
—Me alegro de haberte conocido. Antes era imposible, pero nos volveremos a ver. —Y, con una sonrisa, se volvió para marcharse.
Sasuke la siguió.
—¿Cómo has dicho que te llamas?
Ella lo miró expectante.
—¿No me reconoces?
—No, lo siento. Aunque tus ojos me resultan muy familiares.
La joven se echó a reír y él sonrió, porque su risa era contagiosa.
—¿Cómo no te van a resultar familiares? Son tus ojos.
La sonrisa se borró de la cara de Sasuke.
—¿Aún no me reconoces?
Él negó con la cabeza.
—Soy Sarada.
Se quedó paralizado e, instantes después, su cara mostró todo un abanico de emociones, como nubes flotando en el cielo en un día de verano.
Ella se inclinó hacia el tatuaje que tenía en el pecho y le dijo con un susurro cómplice:
—No tenías por qué hacer eso. Sé que me querías. Soy feliz aquí. Todo está lleno de luz, amor y esperanza. Y todo es precioso.
Poniéndose de puntillas, le dio un beso en la mejilla antes de desaparecer en el pasillo.
+.+.+.+
Hiashi se plantó frente a la puerta de Hinata el día después de su graduación, llevando una camiseta gris con la palabra «Harvard» grabada en el pecho.
—¿Papá?
—Estoy tan orgulloso de ti... —afirmó con voz ronca, antes de darle un abrazo.
Padre e hija disfrutaron de un instante de tranquilidad antes de que alguien subiera los escalones a su espalda.
—Ah, buenos días. He traído el desayuno. —Naruto llevaba una bandeja con tres cafés con leche y donuts. Parecía algo incómodo por haber interrumpido un momento de intimidad familiar, pero cuando Hiashi lo recibió con un apretón de manos y Hinata con un abrazo, se relajó.
Tras desayunar en la mesita plegable, los dos hombres empezaron a planificar la mejor manera de empacarlo todo para el traslado. Por suerte, Naruto había convencido a Ameno, la persona que le subarrendaba el apartamento a Hinata, para que ésta pudiera instalarse en el piso el 15 de junio.
—Tsunade Senju me invitó a comer hoy, pero no es necesario que vaya — comentó Hinata de pasada.
No quería dejar a su padre y a su amigo trabajando, mientras ella iba de visita.
—No tienes muchas cosas, Hinata —dijo Hiashi, mirando a su alrededor—. Mientras tú recoges la ropa, nosotros nos ocuparemos de los libros. Estoy seguro de que a la hora de comer ya habremos terminado o poco nos faltará. —Con una sonrisa, le revolvió el pelo antes de irse hacia el pequeño baño.
—No tienes por qué ocuparte de esto —replicó Hinata al quedarse a solas con Naruto—. Papá y yo podemos hacerlo solos.
Él frunció el cejo.
—¿Cuándo vas a aceptar que estoy aquí porque me apetece? Yo no soy de los que se marchan, Hinata. No cuando hay una razón tan buena para quedarse.
Ella se tensó, incómoda, y clavó la vista en el café con leche.
—Si la profesora Senju te ha invitado a comer, será que quiere decirte algo. Será mejor que vayas. —Le apretó la mano—. Tu padre y yo nos encargaremos de todo.
Hinata soltó el aire lentamente y sonrió agradecida.
Había unos cuantos objetos personales que a Hinata no le apetecía que vieran ni su padre ni Naruto, así que los guardó en su mochila L. L. Bean. Aunque no eran los típicos objetos que una joven desea mantener lejos de la vista de su padre. Se trataba de un diario, unos pendientes de brillantes y algunas cosas relacionadas con sus sesiones de terapia.
Hotaru estaba encantada por la mejoría de Hinata. Durante la última sesión, le había dado el nombre de otra terapeuta de cerca de Harvard. Hotaru no sólo la había ayudado a soportar un duro golpe, sino que ahora la dejaba en buenas manos para seguir el viaje.
Hinata se puso un vestido sencillo pero bonito y unas sandalias bajas para ir a casa de la profesora Senju, pensando que la ocasión merecía algo mejor que unos vaqueros. Llevaba la mochila al hombro y en las manos una lata de lo que le habían asegurado que era un buen té Darjeeling.
El té y ella fueron recibidos con la contención propia de la profesora Senju, que la hizo pasar inmediatamente al comedor. El almuerzo, a base de ensalada de gambas, sopa fría de pepino y un vino sauvignon blanco, fue muy agradable.
—¿Cómo van las lecturas? —preguntó Tsunade, mirándola por encima del plato de sopa.
—Despacio pero segura. Voy a leer todo lo que usted me sugirió, pero acabo de empezar.
—La profesora Nohara ya está deseando conocerte. Estaría bien que fueras a presentarte cuando llegues a Cambridge.
—Lo haré. Muchas gracias.
—Sería muy beneficioso para ti que establecieras relación con el resto de los especialistas en Dante de la zona, especialmente los de la Universidad de Boston. — Tsunade sonrió enigmáticamente—. Pero estoy segura de que acabarás conociéndolos a todos, aunque no quieras. Si ves que no te los presentan, prométeme que te dejarás caer por el Departamento de Estudios en Lenguas Romances de esa universidad antes de septiembre.
—Lo haré, muchas gracias. No sé qué habría hecho... —Emocionada, Hinata no pudo seguir hablando.
La profesora la sorprendió consolándola con unas palmaditas en la mano. El gesto fue torpe, como si la distinguida solterona estuviera acariciando la cabeza de un niño lloroso, pero no sin sentimiento.
—Te has graduado con honores. Tu proyecto es sólido y puede ser una buena base para tu tesis. Seguiré tu carrera con interés. Creo que serás muy feliz en Cambridge.
—Gracias.
Cuando llegó el momento de despedirse, Hinata alargó la mano, pero Tsunade volvió a sorprenderla al darle un abrazo contenido pero cálido.
—Has sido una buena alumna. Ahora, ve a Harvard y haz que me sienta orgullosa de ti. Y mándame un correo electrónico de vez en cuando contándome cómo te van las cosas. —Separándose un poco de ella para mirarla a la cara, añadió—: Es posible que dé una conferencia en Boston en otoño. Espero que nos veamos allí.
Ella asintió.
Mientras caminaba hacia su pequeño apartamento de Madison Avenue, iba mirando maravillada el regalo que le había hecho la profesora Senju. Era una rara edición, antigua y gastada, de La Vita Nuova de Dante, que había pertenecido a Dorothy L. Sayers, que había sido amiga del director de tesis de Tsunade en Oxford. En los márgenes había anotaciones de puño y letra de Sayers. Hinata lo conservaría siempre. Sería su tesoro.
No importaba el daño que Sasuke le había causado. Al convencer a Tsunade Senju para que fuera su directora de proyecto le había hecho un favor tan grande que no podría devolvérselo nunca.
«El amor es tener un gesto amable con alguien sin esperar recibir nada a cambio», pensó.
A la mañana siguiente, Hinata, Hiashi y Naruto lo cargaron todo en la camioneta que habían alquilado y condujeron ocho horas hasta llegar a la granja Namikaze, que se encontraba a las afueras de Burlington, en Vermont. Los Hyuga fueron tan bien recibidos que se dejaron tentar para pasar unos cuantos días allí. Minato Namikaze, el padre de Naruto, convenció a Hiashi para que fuesen juntos de pesca.
Hinata dudaba que cualquier otro argumento hubiera conseguido alterar el rígido programa de su padre, pero eso fue antes de probar la comida que preparaba Kushina. La madre de Naruto era una cocinera extraordinaria. Lo hacía todo ella, incluso los donuts.
El 15 de junio, la noche antes de que los Hyuga y Naruto siguieran su viaje hacia Cambridge, Naruto estaba en la cama, pero no podía dormir. Su padre lo había ido a buscar pasada la medianoche a causa de una emergencia bovina. Cuando finalmente pudo volver a acostarse, estaba demasiado agitado para conciliar el sueño.
En su mente compartían espacio dos mujeres. Shion, su ex novia, estaba de visita en la granja cuando él llegó con los Hyuga. No era de extrañar, ya que seguían siendo amigos, pero Naruto sabía que, al menos en parte, Shion había ido para echarle un vistazo a su rival. Él le había hablado de Hinata en Navidad, así que conocía su existencia y el papel que jugaba en su vida. Shion sabía que Hinata le despertaba unos sentimientos que, al menos en Navidad, no eran correspondidos.
Por suerte, fue amable con Hinata y ésta estuvo, como siempre, tímida pero encantadora. Naruto se había sentido bastante incómodo mientras su pasado y su posible futuro charlaban delante de él.
Cuando Shion lo llamó más tarde por teléfono para decirle que Hinata era encantadora, no había sabido qué responder. Por supuesto, seguía sintiendo algo por Shion. Eran amigos desde mucho antes de empezar a salir. La quería, pero ella había roto la relación, él había seguido adelante con su vida y había conocido a Hinata. ¿Por qué tenía que sentirse culpable?
Mientras Naruto se planteaba su compleja (aunque al mismo tiempo inexistente) vida amorosa, Hinata luchaba contra el insomnio. Cuando se hartó de dar vueltas en la cama, decidió bajar a hurtadillas a la cocina por un vaso de leche.
Y allí se encontró a Naruto, sentado a la mesa, tomando una generosa ración de helado.
—Hola —la saludó él, mirándola discretamente pero con admiración.
Hinata se le acercó, vestida con una vieja camiseta del instituto de Selinsgrove y unos shorts con «St. Joe's» cosido descaradamente en el culo.
(A los ojos de Naruto, era Helena de Troya con ropa de deporte.)
—¿Tú tampoco puedes dormir? —le preguntó Hinata, acercando una silla para sentarse a su lado.
—Papá tenía un problema con una de las vacas. ¿Un poco de Heath Bar Crunch? —preguntó él, ofreciéndole una cucharada grande de helado Ben & Jerry's.
Ella no se pudo negar. Era su sabor favorito. Con cuidado, cogió la cuchara y se la metió en la boca.
—Hum —gimió, con los ojos cerrados. Al acabar, le devolvió la cuchara a Naruto, resistiendo el impulso de lamerla.
Él la dejó en el tazón y se levantó. Hinata parpadeó y se echó hacia atrás en la silla.
—Hinata —susurró Naruto, tirando de sus brazos para que se levantara. Le echó el pelo hacia atrás, fijándose en que ella no hacía ningún gesto de rechazo. Estaban muy cerca, casi rozándose. Él le dedicó una ardiente mirada—. No quiero que nos despidamos.
La sonrisa de Hinata fue un poco forzada.
—No tenemos que hacerlo. Seguiremos en contacto por teléfono y correos electrónicos. Y nos podemos ver siempre que vayas a Boston.
—Creo que no me has entendido.
Ella se liberó de sus manos y dio un paso atrás.
—Es por Shion, ¿verdad? No quiero crear problemas entre ustedes. Papá y yo nos las apañaremos perfectamente solos.
Hinata esperó su respuesta, pero en vez de aliviado, Naruto cada vez parecía más preocupado.
—Shion no tiene nada que ver en esto.
—¿No?
—¿De verdad tienes que hacerme esa pregunta? —Dio un paso hacia ella—. ¿De verdad no lo sabes?
Hinata apartó la vista.
—Naruto, yo...
—Deja que termine de hablar —la interrumpió—. Por una vez, deja que te diga lo que siento. —Respiró hondo y esperó a que volviera a mirarlo a los ojos antes de continuar—: Estoy enamorado de ti. No quiero separarme de ti porque te quiero. La idea de tener que dejarte en Cambridge me está matando.
Ella inspiró lentamente y empezó a negar con la cabeza.
—Déjame terminar, por favor. Sé que tú no estás enamorada de mí. Sé que es demasiado pronto, pero ¿crees que podrías..., algún día... en el futuro...?
Hinata cerró los ojos. Un futuro que nunca había considerado se abrió ante ella. Era una auténtica encrucijada de posibilidades. Se planteó cómo sería compartir la vida con Naruto. Que fuera él el hombre que la besara, que la abrazara; el hombre que la llevara a la cama y le hiciera el amor, con dulzura y delicadeza. No le cabía ninguna duda de que Naruto sería muy dulce.
Querría que se casaran, por supuesto, y que tuvieran hijos. Pero se sentiría orgulloso de su carrera académica y la apoyaría en todo momento.
Se sorprendió al darse cuenta de que las imágenes no le resultaban desagradables. Era un buen futuro. Tendría una vida satisfactoria junto a un hombre decente, que nunca movería un dedo para perjudicarla. Podría tener una buena vida a su lado.
Cuando abrió los ojos, Naruto le levantó la barbilla.
—No habrá dramas, ni peleas, ni antiguas novias como la profesora Dolor. Te trataré con respeto y nunca, nunca te abandonaré. »
Elígeme —susurró, mirándola con sentimiento—. Elígeme y te daré una vida feliz. Nunca más tendrás que irte a dormir llorando.
Al oírlo, Hinata no pudo controlar las lágrimas. Sabía que le estaba diciendo la verdad, pero reconocer esa verdad y desearla eran cosas muy distintas.
—No soy como él. No soy como una hoguera que lo quema todo y luego se apaga. Soy constante. Me he contenido porque sabía que necesitabas un amigo, pero por una vez quiero decirte lo que siento en realidad.
Tomando su silencio como prueba de aceptación, la abrazó. Inclinándose sobre ella, unió sus labios a los suyos y expresó toda su pasión en un beso.
La boca de Naruto era cálida y acogedora y lo que empezó como un beso suave, en seguida se cargó de deseo.
Tras un instante de vacilación, ella se abrió a él. La lengua de Naruto aprovechó la duda para penetrar en su boca, mientras le sujetaba la cabeza con ambas manos. Pero Hinata no se sintió amenazada en ningún momento. En los gestos de él no había ningún intento de dominación, no había nada grosero ni abrumador.
La besó sin perder el control en ningún momento. Después, lentamente, se separó y le dio un suave beso en los labios antes de susurrarle al oído:
—Te quiero, Hinata. Di que serás mía y no te arrepentirás.
Ella lo abrazó con más fuerza, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
A la mañana siguiente, Kushina Namikaze miraba con preocupación a su hijo y a la joven a la que amaba. Su marido, Minato, trataba de animar la conversación hablando sobre la vaca enferma a la que habían tenido que atender la noche anterior. Mientras, Hiashi trataba de meterse en la boca un donuts casero sin parecer un bárbaro, pero fracasó.
Después del desayuno, la cocina se vació como si fuera un galeón lleno de ratas que acabara de llegar a puerto. Naruto y Hinata se quedaron solos, sentados el uno frente al otro, removiéndose incómodos en su asiento, con la vista clavada en sus respectivos cafés con leche.
Ella rompió el silencio.
—Lo siento mucho.
—Yo también.
Mordisqueándose el labio inferior, Hinata alzó la vista, preguntándose si Naruto estaría enfadado o resentido. O ambas cosas.
Pero no parecía que sintiera nada de eso. Sus ojos azules, aunque la miraban derrotados, seguían brillando con amabilidad.
—Tenía que intentarlo. No quería esperar a que hubieras encontrado a otra persona. Pero no volveré a sacar el tema. —Se encogió de hombros y frunció los labios, resignado—. No te preocupes. No volveré a ponerte en un compromiso.
Echándose hacia adelante en la mesa, Hinata le apretó la mano.
—No me pusiste en un compromiso. Y sé que tendríamos una buena vida juntos. Yo también te aprecio, pero te mereces algo más. Te mereces compartir la vida con alguien que te corresponda.
Soltándose de ella, Naruto salió de la cocina.
—¿Podrías explicarme por qué está tan callado? —Hiashi se volvió hacia Hinata, mientras esperaban a que Naruto saliera del lavabo en una estación de servicio de New Hampshire. —Quiere más de lo que puedo darle.
Su padre entornó los ojos, mirando al horizonte.
—Parece un buen hombre y viene de una buena familia. ¿Qué problema hay? ¿Tienes algo contra las vacas?
Estaba tratando de hacerla reír, pero al ver que sus palabras tenían el efecto contrario, alzó las manos en señal de rendición.
—No me hagas caso, soy un idiota. También pensaba que el hijo del senador era un buen partido, así que ya ves. Mejor me muerdo la lengua.
Antes de que Hinata pudiera tranquilizarlo, Naruto volvió del baño, poniendo fin a la conversación corazón a corazón entre padre e hija.
Dos días más tarde, Hinata estaba ante la puerta de su nueva casa, despidiéndose de Naruto y sintiéndose mucho peor que cuando lo había rechazado en la cocina de sus padres. En ningún momento él se había mostrado frío, maleducado ni rencoroso. Y no había retirado su oferta de acompañarlos a Cambridge para ayudarla con la mudanza.
Incluso le había conseguido una entrevista de trabajo en el moderno café que había enfrente de su casa. La anterior ocupante del apartamento acababa de dejar su trabajo allí y Naruto le propuso al dueño que contratara a Hinata, consciente de que ella necesitaba el dinero.
Esos dos días había dormido en el suelo del apartamento sin protestar. Naruto se había portado de un modo tan intachable que Hinata se sentía peor que nunca. ¿Estaba tomando la decisión correcta?
Sabía que elegirlo a él era apostar a caballo ganador. La vida a su lado sería fácil, segura. El corazón se le curaría y no volvería a sufrir más heridas. Pero si se quedaba con Naruto se estaría conformando sólo con tener una buena vida, no una vida excepcional. Pero incluso si nunca lograba una vida excepcional, prefería que su existencia fuera como la de Tsunade Senju y no como la de su madre.
Al casarse con un buen hombre sin estar apasionadamente enamorada de él, lo estaría estafando y se estaría estafando a sí misma. Y no era tan egoísta.
—Adiós.
Naruto la abrazó con fuerza antes de soltarla y mirarla fijamente. Tal vez quería asegurarse de que no hubiera cambiado de opinión.
—Adiós. Gracias por todo. No sé qué habría hecho sin ti durante todos estos meses.
Él se encogió de hombros.
—Para eso están los amigos.
Entonces vio que los ojos se le llenaban de lágrimas y la miró con preocupación.
—Seguimos siendo amigos, ¿no?
—Por supuesto —sollozó ella—. Has sido el mejor amigo posible y espero que continuemos nuestra amistad, aunque... —Hinata dejó la frase inacabada y él asintió, como si le agradeciera que no la acabara.
Alargando una mano vacilante, Naruto le acarició la mejilla por última vez, antes de dirigirse hacia el coche de su amigo Inari, con quien iba a volver a Vermont.
Pero de repente se detuvo, se volvió y se acercó a Hinata, nervioso.
—No quería sacar el tema delante de tu padre, por eso he esperado a que se marchara. Aunque luego he dudado si contártelo o no... —Naruto desvió la vista en dirección a la calle Mount Auburn. Parecía estar luchando consigo mismo.
—¿Qué pasa?
Negando con la cabeza, se volvió hacia ella.
—Ayer me llegó un correo electrónico del profesor Ebisu.
Ella lo miró sin comprender.
—Uchiha ha dejado la universidad.
—¿Qué? —Hinata se llevó las manos a las sienes, tratando de asimilar la magnitud de lo que estaba oyendo—. ¿Cuándo?
—No lo sé. El profesor Ebisu dice que Uchiha se ha comprometido a seguir supervisando mi tesis, pero a mí él no me ha dicho ni una palabra.
Al ver la actitud preocupada de su amiga, le rodeó los hombros con un brazo.
—No quería disgustarte, pero he pensado que deberías saberlo. El departamento ha empezado a buscar sustituto. Sé que buscarán también en Harvard y que te habrías acabado enterando de todos modos.
Ella asintió, ausente.
—¿Adónde irá?
—No tengo ni idea. Ebisu no me dice nada. Creo que está enfadado con Uchiha. Después de todo el lío que montó el semestre pasado, ahora se marcha y los deja en la estacada. Hinata lo abrazó, aturdida, y entró en su nuevo apartamento para reflexionar. Esa noche llamó a Tenten. Cuando le saltó el contestador, pensó en llamar a Hiruzen, pero no quiso preocuparlo. Y sabía que Asuma no tendría más información.
A lo largo de los siguientes días, le dejó un par de mensajes de voz a Tenten y esperó, pero su amiga no respondió.
Empezó a trabajar como camarera en el café de Peet's, situado en el edificio de tres plantas que quedaba enfrente de su apartamento. Como su padre se había encargado de pagar el alquiler y los gastos de la mudanza y además había insistido en darle parte de los beneficios de la venta de la casa de Selinsgrove, podía vivir sin lujos pero sin apuros hasta que recibiera la beca, a finales de agosto.
Concertó una cita con la terapeuta que le había recomendado Hotaru y empezó a ir a ver a la doctora Iwa Kunoichi, una vez a la semana. Cuando no estaba aprendiendo los trucos del negocio del café ni encandilando a la clientela de Harvard Square, aprovechaba el tiempo para avanzar en su lista de lecturas. Siguiendo el consejo de Tsunade Senju, fue a presentarse a Iruka Umino, el catedrático de su nuevo departamento.
El profesor Umino la recibió con amabilidad y pasaron casi una hora hablando del tema que más les gustaba: Dante. Iruka la informó de que la profesora Nohara llegaría de Oxford la semana siguiente y la invitó a la recepción que celebrarían para darle la bienvenida. Hinata aceptó encantada.
Al despedirse, el profesor la acompañó hasta la cafetería de los alumnos graduados y le presentó a unos cuantos de ellos, antes de marcharse.
Dos de los estudiantes que conoció se mostraron educados pero no particularmente cordiales. La tercera, Kurotsuchi, una chica que le dio la bienvenida inmediatamente y la informó de que un grupo se reunían los miércoles en el Grendel's Den, un pub que estaba junto al Winthorp Park. Al parecer, el local tenía un bonito patio y una carta de cervezas excepcional. Hinata le prometió que no se lo perdería y las dos jóvenes se dieron su dirección de correo electrónico.
A pesar de su timidez innata, de la que nunca acabaría de librarse del todo, Hinata encajó como un guante en Harvard. Conoció a un alumno llamado Nurui, encargado de dar información sobre el campus. Nurui le enseñó dónde estaban los principales edificios, como por ejemplo la biblioteca o la escuela de posgrado.
Se apuntó en una lista para pedir el carnet de la biblioteca, aunque no podría hacer los trámites hasta agosto.
De vez en cuando, iba por la cafetería para ver a Kurotsuchi. Y pasaba muchas horas en la biblioteca, buscando y leyendo libros. Paseando por el barrio, descubrió una tienda de comestibles, un banco y un restaurante tailandés cerca de su casa; éste se convirtió en su nuevo restaurante favorito.
Cuando Tenten le devolvió la llamada, el 26 de junio, Hinata estaba ya totalmente instalada y se sentía a gusto con su nueva vida. Era feliz. Casi.
Estaba atendiendo a unos clientes cuando le sonó el teléfono, así que le pidió a un compañero que siguiera con los clientes mientras ella salía a la calle a hablar.
—Tenten. ¿Cómo estás?
—Estamos bien. Siento haber tardado tanto en responderte. Un hijo de puta me robó el móvil y he tenido que comprarme otro. Luego tuve que ponerme al día con todos los mensajes sobre la boda y...
Hinata apretó los dientes y esperó a que su amiga se interrumpiera para tomar aire y así poder darle las noticias sobre su hermano. Sólo tuvo que esperar un poco.
—Sasuke ha dejado el trabajo.
—¿Qué? —exclamó Tenten casi gritando—. ¿Cómo lo sabes?
—Un amigo mío era su auxiliar de investigación en Toronto.
—Eso lo explica todo —dijo Tenten.
—Explica ¿el qué?
—Sasuke ha vendido su piso. Le envió a papá un correo electrónico avisándolo de que lo dejaba y diciéndole que estaba viviendo en hoteles mientras encontraba una casa.
Hinata se apoyó en el viejo y retorcido roble que se alzaba junto a Peet's.
—¿Dijo dónde la estaba buscando?
—No. Sólo que había contratado a una empresa de mudanzas para que recogiera todas sus cosas y las guardara. Pero si ha dejado el trabajo...
—Está en pleno proceso de búsqueda.
—Entonces ¡tienes que llamarlo! Es el momento perfecto.
Hinata apretó los dientes.
—No.
—¿Por qué no?
—Fue él quien cortó conmigo, ¿te acuerdas? No seré yo quien trate de arreglar las cosas a estas alturas. En caso de que se puedan arreglar, claro.
Tenten guardó silencio unos instantes.
—No estoy diciendo que te olvides de todo lo que ha ocurrido y hagas como si no hubiera sucedido nada, Hinata. Pero creo que deberías hablar sobre lo que sucedió. Creo que él tiene que saber cómo te sentiste y lo que pasó cuando se marchó. Y francamente, creo que te debe una explicación. Después puedes mandarlo al infierno, si eso es lo que quieres.
Hinata cerró los ojos mientras el corazón se le contraía de dolor. La mera idea de ver a Sasuke y de escuchar sus razones le resultaba dolorosa.
—No estoy segura de que mi corazón sobreviviera a sus explicaciones.
Hinata se enterró en sus libros durante los días siguientes, preparándose para su entrevista con la profesora Nohara. Ésta era la invitada de honor de la fastuosa recepción en la que se conocieron, por lo que su primera toma de contacto fue breve aunque muy cordial. La profesora Nohara aún se estaba instalando, pero reconoció el nombre de Hinata gracias a la recomendación de la profesora Senju y le propuso verse para tomar un café en julio.
Ella volvió a casa envuelta en una nube de optimismo. Se sentía tan feliz que pensó que sería un buen momento para acometer la misión que había estado evitando desde que llegó: desembalar los libros y colocarlos en las estanterías de su pequeño apartamento. Hasta esa noche, había estado sacando los que necesitaba de la biblioteca, pero ver las cajas en el suelo la ponía nerviosa.
El proceso le llevó más tiempo del que había supuesto. No había acabado de ordenar ni un tercio de los volúmenes cuando sintió hambre, así que fue a su restaurante tailandés a encargar comida para llevar.
Dos días más tarde, el 30 de junio, había llegado por fin a la última caja. Tras una velada muy agradable con Kurotsuchi y otros estudiantes en el Grendel's Den, volvió a casa decidida a acabar de clasificar los libros.
Empezó a colocarlos alfabéticamente, hasta que llegó al último libro de la última caja: El matrimonio en la Edad Media: amor, sexo y lo sagrado, publicado por la Oxford University Press. Frunciendo el cejo, lo miró por delante y por detrás. Al cabo de unos minutos, recordó que Naruto se lo había llevado a casa, diciendo que lo había encontrado en su casillero del departamento.
«Un libro de texto sobre historia medieval», había dicho.
Por curiosidad, Hinata lo hojeó y entre las páginas de la Tabla de Contenidos encontró una tarjeta de visita. Era de Hayama Shirakumo, representante de la Oxford University Press en Toronto. En el dorso de la tarjeta, una nota manuscrita decía que estaría encantado de ayudarla con sus libros de texto.
Hinata estaba a punto de cerrarlo y dejarlo en la estantería, cuando sus ojos tropezaron con una de las lecturas referenciadas.
Las cartas de Abelardo y Eloísa, Carta VI.
Las palabras de Sasuke resonaron en su mente:
«Lee mi sexta carta, párrafo cuarto», le había susurrado.
Con el corazón desbocado, pasó las páginas y descubrió sorprendida que un grabado y una fotografía marcaban el punto donde se encontraba la sexta carta.
«Pero ¿adónde me lleva mi vana imaginación? Ah, Eloísa, qué lejos estamos de la paz de espíritu. Tu corazón arde con el fuego fatal que no puede extinguirse y el mío está lleno de conflictos e inquietud. No creas, Eloísa, que estoy disfrutando de la paz perfecta. Quiero abrirte mi corazón por última vez. No he logrado olvidarme de ti. Aunque lucho contra la excesiva ternura que me inspiras, mis esfuerzos son en vano, ya que soy consciente de tu dolor y querría compartirlo. Tus cartas me conmueven. No puedo leer con indiferencia las letras que ha escrito tu querida mano. Lloro y suspiro y apenas logro ocultar mi debilidad ante mis alumnos. Ésta, infeliz Eloísa, es la miserable condición de Abelardo. El mundo, que suele equivocarse en sus apreciaciones, cree que vivo en paz. Se imagina que mi amor por ti buscaba sólo la gratificación de los sentidos y que te he olvidado. ¡Cómo se equivocan!»
Hinata tuvo que leer el párrafo unas cinco veces antes de que el mensaje calara en su mente aturdida. Se fijó en el grabado. Era La disputa por el alma de Guido de Montefeltro.
Le resultaba familiar, pero no acababa de entender qué quería decirle Sasuke con esa ilustración.
Abrió el ordenador portátil para buscar información sobre ella, pero en seguida recordó que no tenía acceso a Internet en el apartamento.
Cogió su teléfono móvil, pero se había quedado sin batería y no se acordaba de dónde había dejado el cargador. Volvió a abrir el libro y se fijó en la fotografía que acompañaba la ilustración. Era una foto del huerto de manzanos de la casa de los Sarutobi. En el dorso había una nota manuscrita de Sasuke:
Para mi amada.
Mi corazón es tuyo, al igual que mi cuerpo.
Lo mismo que mi alma.
Siempre te seré fiel, Beatriz.
Quiero ser el último.
Espérame...
Cuando se recuperó de la impresión, sintió la necesidad irrefrenable de hablar con él. No importaba que fuera casi medianoche ni que la calle Mount Auburn estuviera completamente a oscuras. Ni siquiera le importaba que Peet's llevara horas cerrado. Cogió el portátil y salió a toda prisa del apartamento. Si se sentaba junto a la puerta de la cafetería, probablemente pudiese conectarse y enviarle un correo electrónico.
No tenía ni idea de qué iba a decirle. En esos momentos, sólo podía correr.
El vecindario estaba en silencio. A pesar de la suave llovizna vespertina, un grupito de estudiantes recorría la calle de al lado charlando y riendo. Hinata cruzó de acera, salpicando con sus chancletas sobre el asfalto húmedo. Ignoró las gotas de lluvia que empezaban a empaparle la camiseta. Ignoró los relámpagos y los truenos que se acercaban por el este.
En el centro de la calle se detuvo, asustada, porque acababa de ver una silueta escondida detrás del roble que había junto al café. El siguiente relámpago le reveló que la silueta pertenecía sin lugar a dudas a un hombre.
A oscuras y medio oculto por el árbol, Hinata no lo reconoció. Ni se le pasó por la cabeza acercarse a un extraño, así que se quedó inmóvil, ladeando la cabeza y aguzando la vista mientras trataba de identificarlo.
En respuesta a su indecisión, él salió de su escondite y avanzó hasta quedar bajo la luz de la farola más cercana. Un relámpago iluminó el cielo en ese momento y Hinata pensó que el hombre parecía un ángel.
«Sasuke.»
Sasuke vio el dolor en sus ojos. Fue lo primero en lo que se fijó. Parecía más mayor. Pero su belleza, que nacía de su bondad, era aún más arrebatadora que meses atrás.
De pie ante Hinata, se sintió abrumado por la intensidad de su amor por ella. Todas sus preocupaciones se desvanecieron. Llevaba un rato tratando de encontrar el valor necesario para llamar a su puerta y suplicarle que lo dejara entrar. Cuando pensaba que no podía aguantar más, Hinata había salido corriendo de la casa y se había detenido en medio de la calle, como una cierva cegada por los faros de un coche.
Sasuke llevaba tiempo imaginándose cómo sería su reencuentro. Algunos días era lo único que le permitía seguir adelante. Ella seguía inmóvil, sin acercarse. La desesperación se apoderó de él. Varios desenlaces le cruzaron la mente, pero ninguno era bueno.
«No me eches de tu lado», le rogó en silencio. Pasándose la mano por el pelo, inquieto, trató de apartarse de la cara los mechones mojados.
—Hinata. —No pudo disimular el temblor en la voz. Lo estaba mirando como si hubiera visto un fantasma.
Antes de poder decir nada más, oyó un ruido que se acercaba. Al volverse en esa dirección, vio que era un coche. Ella seguía petrificada en medio de la calle.
—¡Hinata, muévete! —le gritó, agitando los brazos.
Pero ella ignoró su aviso y el coche pasó rozándola. Sasuke siguió corriendo hacia allá, sin dejar de agitar los brazos.
—¡Hinata, sal de ahí ahora mismo!
Hinata no se atrevía a abrir los ojos. Oía ruidos y su voz a lo lejos, pero no distinguía las palabras. La lluvia le mojaba las piernas y los brazos, pero tenía la cara protegida por un pecho fuerte y sólido, un pecho que pertenecía a un cuerpo que la rodeaba como una manta.
Abrió los ojos.
La atractiva cara de Sasuke estaba surcada por arrugas de preocupación, pero en sus ojos había un brillo de esperanza. Con el pulgar, le secó la mejilla, sin saber si la tenía mojada por las lágrimas o por la lluvia.
Durante unos instantes permanecieron mirándose en silencio.
—¿Estás bien? —susurró él finalmente.
Hinata lo observaba muda, sin entender nada.
—No pretendía asustarte. He venido tan pronto como he podido.
Sus palabras atravesaron finalmente la confusión que se había apoderado de la mente de ella. Soltándose de su abrazo, le preguntó:
—¿Qué estás haciendo aquí?
Él frunció el cejo.
—¿No es obvio?
—No, al menos no para mí.
Sasuke suspiró, frustrado.
—Es primero de julio. He venido lo antes posible.
Hinata negó con la cabeza y dio un paso atrás.
—¿Qué?
—Ojalá hubiera podido venir antes —insistió él, con una sonrisa.
La expresión desconfiada de ella lo decía todo. Los ojos entornados, los labios fruncidos, la mandíbula apretada.
—Sabías que había renunciado a mi plaza. Sin duda sabías que volvería.
Hinata abrazó el portátil contra su pecho.
—¿Y por qué iba a saberlo?
Sasuke abrió mucho los ojos y, por un momento, no supo qué decir.
—¿Pensabas que no volvería aunque hubiera dejado el trabajo?
—Eso es lo que uno tiende a pensar cuando su amante se marcha de la ciudad sin ni siquiera una llamada de teléfono de despedida. Y también cuando éste le envía un correo electrónico impersonal, diciéndole que las cosas entre ellos han terminado.
El semblante de él se ensombreció.
—El sarcasmo no te sienta bien, Hinata.
—Y las mentiras no le sientan bien a usted, profesor.
Sasuke dio un paso hacia ella.
—Entonces, ¿hemos vuelto a la casilla de salida? ¿Volvemos a ser Hinata y el profesor?
—Según lo que contaste en la vista, las cosas nunca pasaron de ahí. Tú eras el profesor y yo la alumna. Tú me sedujiste y luego me abandonaste. Lo que no me dijeron los miembros del comité fue si habías disfrutado al hacerlo.
Él maldijo entre dientes.
—Te mandé mensajes, pero preferiste no hacerles caso.
—¿Qué mensajes? ¿Las llamadas que nunca hiciste? ¿Las cartas que nunca escribiste? Aparte de ese correo electrónico, no he sabido nada de ti desde que me llamaste Eloísa. Por no hablar de los mensajes que yo te dejé. ¿Los escuchaste antes de borrarlos o los borraste directamente? No te molestaste en responder, igual que no te molestaste en avisarme de que te marchabas de la ciudad. ¿Tienes idea de lo humillante que fue enterarme de que el hombre que en teoría estaba enamorado de mí había salido huyendo de Toronto para no verme? Sasuke se llevó una mano a la frente para concentrarse.
—¿Qué me dices de la carta de Abelardo a Eloísa y de la fotografía del huerto? Dejé el libro en tu casillero personalmente.
—No tenía ni idea de que me lo hubieras enviado tú. Acabo de verlo hace unos minutos.
—Pero ¡te dije que leyeras la carta de Abelardo! —balbuceó, con una expresión horrorizada—. Te lo dije a la cara.
Hinata sujetó el ordenador con más fuerza.
—No. Lo que dijiste fue «Lee mi sexta carta». Y lo hice. En ella me decías que me pusiera un jersey, que había refrescado. —Lo miró furiosa—. Y tenías razón. Todo se había enfriado. —Pero te llamé Eloísa. ¿No era evidente?
—Oh, desde luego. Aplastantemente obvio —replicó ella—. Eloísa fue seducida y abandonada por su profesor. Me pareció cruel, pero muy esclarecedor.
—Pero el libro... —repitió, suplicándole con la mirada—. La foto...
—La he encontrado esta noche, mientras desempacaba los libros. —La expresión de Hinata se suavizó al recordar la nota—. Hasta esta noche pensaba que te habías cansado de mí. —Perdóname —se disculpó él. Sabía que esas palabras eran insuficientes e inadecuadas, pero le salían del corazón—. Yo... Hinata... necesito explicarte...
—Deberíamos entrar en casa —lo interrumpió ella, mirando hacia las ventanas de su apartamento.
Sasuke levantó el brazo para cogerle la mano, pero lo pensó mejor y lo dejó caer de nuevo.
Mientras subían la escalera, la tormenta se hizo más fuerte. Al entrar en el apartamento, se fue la luz.
—Me pregunto si será sólo aquí o en toda la calle.
Sasuke murmuró algo, sin saber cómo ayudar, mientras ella cruzaba el salón y abría las cortinas para que entrara algo de luz de fuera. Pero las farolas también se habían apagado.
—Si quieres, podemos ir a algún sitio donde haya luz —dijo él, apareciendo de repente a su lado y sobresaltándola—. Lo siento —se disculpó, sujetándola del brazo.
—Preferiría que nos quedáramos aquí.
Él resistió el impulso de insistir, sabiendo que no estaba en condiciones de imponer su opinión. Mirando a su alrededor, preguntó.
—¿Tienes una linterna? ¿O velas?
—Las dos cosas, creo.
Tras encontrar la linterna, Hinata le dio una toalla a Sasuke para que se secara, mientras ella se cambiaba de ropa en el baño. Cuando regresó, él estaba sentado en el sofá, rodeado por media docena de velas, artísticamente colocadas sobre los muebles y en el suelo. Hinata se fijó en las sombras que bailaban en la pared, a su espalda. Parecían figuras demoníacas, que trataran de aprisionarlo en el Infierno de Dante. Al mirarlo a la cara, vio que las arrugas de la frente se le habían hecho más profundas y que sus ojos parecían más grandes. Se notaba que hacía tiempo que no se afeitaba. Había tratado de peinarse con los dedos.
Hinata había olvidado lo atractivo que era. Había olvidado cómo, con sólo una mirada o una palabra, podía hacer que le hirviera la sangre. Era tan guapo como peligroso.
Sasuke le ofreció la mano para que se sentara a su lado, pero ella prefirió acurrucarse en el rincón de enfrente.
—He encontrado una botella de vino y la he abierto —la informó él, alargándole un vaso de vino shiraz, barato.
A Hinata la sorprendió, porque en el pasado se habría negado a tomar un vino tan sencillo.
Ella bebió varios sorbos, paladeándolo, mientras esperaba que Sasuke empezara a toser y a quejarse por tener que tomar asquerosa agua sucia de la bañera. Pero no lo hizo. De hecho, no probó el vino. Se la quedó mirando y su mirada bajó hasta quedarse clavada en su pecho.
—¿Has cambiado de instituto?
—¿Cómo?
Sasuke señaló la camiseta que se había puesto, en la que se leía «Boston College».
—No. Es un regalo de Naruto. Estudió en Boston, ¿recuerdas?
Él se tensó.
—Yo también te regalé una camiseta —dijo, más para sí mismo que para ella.
Hinata bebió otro sorbo, deseando que el vaso estuviera más lleno.
Sasuke no se perdió detalle, con la mirada clavada en sus labios y su cuello.
—¿Todavía tienes mi sudadera de Harvard?
—Cambiemos de tema.
Él se removió inquieto en el sofá, pero no pudo apartar la vista de Hinata. Ansiaba recorrer su cuerpo con las manos y unir sus bocas.
—¿Qué opinas de la Universidad de Boston?
Ella lo miró con recelo. Su mirada desinfló la seguridad de Sasuke, que se mordió el labio.
—Tsunade Senju me dijo que fuera a presentarme al especialista en Dante del Departamento de Lenguas Romances de esa universidad, pero aún no he encontrado el momento. He estado ocupada.
—Entonces, tendré que llamarla para darle las gracias.
—¿Por qué?
Él dudó.
—Yo soy el nuevo especialista en Dante de la Universidad de Boston.
Sasuke esperaba una reacción, pero no hubo ninguna. Hinata permaneció inmóvil, mientras la luz de las velas proyectaba sombras sobre su preciosa cara.
Él se echó a reír sin ganas y le sirvió más vino.
—Bueno, no era exactamente la reacción que esperaba.
Hinata bebió un nuevo sorbo y a continuación murmuró algo entre dientes.
—Entonces —dijo finalmente—, ¿te vas a quedar aquí?
—Eso depende —replicó Sasuke, sin apartar su ardiente mirada de las letras de su camiseta.
Hinata estuvo a punto de cubrirse los pechos con los brazos, pero se obligó a dejarlos a los lados.
—Ahora soy catedrático —prosiguió él—. El Departamento de Estudios en Lenguas Romances no tenía un programa de posgrado de Italiano, pero la universidad quería atraer alumnos al nuevo programa sobre Dante, así que mi asignatura también será válida para el programa de Religión. —Echando un vistazo a las sombras que lo rodeaban, Sasuke negó la cabeza—. Irónico, ¿no crees? —añadió—. Un hombre que se ha pasado la vida huyendo de Dios, acaba como profesor en una carrera de Religión.
—He visto cosas más raras.
—Estoy seguro —susurró él—. Habría dimitido en Toronto, pero eso habría causado un escándalo. Pero en cuanto te graduaste, ya estaba libre para aceptar la plaza aquí.
Ella ladeó la cabeza, dejando el lóbulo de la oreja al descubierto. Sasuke vio con tristeza que no llevaba los pendientes de Biwako.
Hinata, que había estado reflexionando sobre sus palabras, preguntó al fin:
—¿Y qué tiene de especial la fecha del primero de julio?
—Hoy acaba mi contrato con la Universidad de Toronto. —Tras aclararse la garganta, prosiguió—: Leí tus correos electrónicos y escuché tus mensajes de voz, pero esperaba que encontraras el mensaje en el libro. Lo dejé en tu casillero personalmente.
Ella seguía pensando sus palabras. Su silencio no implicaba que estuviera aceptando sus excusas; sólo que no quería discutir. Al menos, de momento.
—Siento haberme perdido tu graduación. —Sasuke bebió un poco de vino—. Tsunade me envió fotos. —Carraspeó—. Estabas preciosa. Eres preciosa.
Se sacó el iPhone del bolsillo y se lo ofreció. Hinata lo cogió, curiosa, y vio que tenía una foto suya como fondo de pantalla, con la ropa de graduada, dándole la mano a Tsunade Senju. —Me la envió ella —explicó, al notar la confusión de Hinata.
Ésta empezó a revisar el resto de las fotos del teléfono de Sasuke, con decisión pero con el estómago encogido. Vio fotos de su viaje a Italia y otras de la pasada Navidad, pero ninguna de Sakura. Tampoco había fotos de otras mujeres. De hecho, todas eran de Hinata, incluso las más provocativas que le había hecho en Belice.
Estaba sorprendida. Después de pasar meses convencida de que él no quería saber nada de ella, ese cambio de actitud era demasiado brusco para que pudiera asimilarlo de golpe. Le devolvió el iPhone.
—¿Te llevaste la foto de los dos bailando en Lobby?
Él alzó las cejas, sorprendido.
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—Me di cuenta de que faltaba cuando fui a buscarte a tu casa.
Él trató de cogerle la mano, pero ella la apartó.
—Cuando volví al piso, vi allí tu ropa. ¿Por qué no te la llevaste?
—De hecho, no era mi ropa.
Sasuke frunció el cejo.
—Por supuesto que era tu ropa y sigue siéndolo si la quieres.
Ella negó con la cabeza.
—Créeme, Hinata. Quería tenerte a mi lado. La foto era un sustituto muy pobre.
—¿Me querías a tu lado?
Sin poder contenerse, Sasuke le acarició la mejilla, sintiéndose muy aliviado al ver que no se encogía ni se apartaba.
—No he dejado de desearlo en ningún momento.
Hinata se echó entonces hacia atrás, con lo que él se quedó acariciando el aire.
—¿Tienes la menor idea de lo que se siente cuando la persona a la que quieres te abandona no una vez, sino dos?
Sasuke apretó los labios.
—No, no lo sé. Lo siento. Perdóname. —Espero unos instantes, pero al ver que ella no decía nada, siguió hablando—: Así que Naruto te regaló esta camiseta. ¿Cómo está?
—Muy bien, ¿y a ti qué te importa?
—Es mi alumno —respondió él, formal.
—Como yo, en otros tiempos —replicó Hinata con amargura—. Deberías escribirle. Me dijo que no sabía nada de ti.
—¿Así que has hablado con él?
—Sí, Sasuke, he hablado con él.
Ella se soltó la coleta y se pasó los dedos entre los mechones mojados.
Él observó, extasiado, cómo la cascada de pelo azulado y brillante se derramaba sobre sus delgados hombros.
—Me duele el pelo.
—No sabía que el pelo pudiese doler —contestó Sasuke con una resplandeciente sonrisa, antes de acariciárselo. Al cabo de un momento, cambió de expresión al recordar lo que había pasado en la calle—. Podían haberte hecho mucho daño, allí parada en medio de la calle.
—Menos mal que no he soltado el portátil. Tengo todo mi trabajo ahí guardado.
—Habría sido culpa mía, por sorprenderte. Debía de parecer un fantasma, empapado y merodeando.
—No estabas merodeando. Y no parecías un fantasma. Parecías otra cosa.
—¿Qué parecía?
Ruborizándose, Hinata guardó silencio.
Sasuke la observó. Aunque había poca luz, su rubor no le pasó inadvertido. Deseaba sentirlo bajo sus palmas. Pero no quería ir demasiado de prisa.
Ella hizo un gesto vago con la mano y cambió de tema.
—Naruto sugirió que guardara una copia de seguridad en un lápiz de memoria, para no perder la información si le pasa algo al ordenador, pero hace tiempo que no lo actualizo.
Al oír la segunda mención a su antiguo ayudante de investigación, él reprimió un gruñido y una exclamación peyorativa. Se volvió hacia ella.
—Estaba convencido de que pensarías que me pondría en contacto contigo después de la graduación.
—¿Y si así fuera? El día de la graduación pasó y seguí sin saber nada de ti.
—Ya te lo he dicho, tenía que esperar a que acabara mi contrato, el primero de julio.
—No quiero seguir hablando.
—¿Por qué no?
—Porque no puedo decir las cosas que quiero decirte, mientras estás sentado en mi sofá.
—Ya veo —dijo él, lentamente.
Hinata se removió inquieta, luchando con las ganas que tenía de lanzarse a sus brazos y decirle que todo estaba bien.
Porque, en realidad, las cosas entre ellos no estaban bien. Y si no por él, al menos tenía que ser honesta por ella misma.
—Ya te he robado demasiado tiempo —dijo Sasuke, derrotado. Levantándose, miró hacia la puerta y de nuevo a Hinata—. Entiendo que no quieras hablar conmigo, pero espero que me concedas una última oportunidad antes de decirme adiós.
Ella enderezó los hombros.
—Tú no me la diste. No me dijiste adiós con una conversación. Te despediste follándome contra una puerta.
Él se le acercó rápidamente.
—No digas eso. Ya sabes lo que pienso de esa palabra. No vuelvas a usarla cuando hables de nosotros.
Allí estaba de nuevo el profesor Uchiha, quitándose el disfraz del Sasuke penitente. Aunque a Hinata le molestó su tono de voz, estaba familiarizada con sus cambios de humor y sabía que no tenía nada que temer de él. Ignorándolo, se levantó, dispuesta a acompañarlo a la puerta.
—No te dejes esto —le recordó, señalándole el iPhone.
—Gracias. Hinata, por favor...
—¿Cómo está Sakura?
La pregunta quedó suspendida en el aire, como una flecha.
—¿Por qué lo dices?
—Me preguntaba si se habrían visto a menudo durante estos meses.
Sasuke se guardó el teléfono en el bolsillo.
—La vi una vez. Le pedí que me perdonara y le deseé que le fuera muy bien en la vida —afirmó con decisión.
—¿Eso es todo?
—¿Por qué no me preguntas directamente lo que quieres saber, Hinata? — Apretó mucho los labios—. ¿Por qué no me preguntas si me acosté con ella?
—¿Lo hiciste? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
—¡Por supuesto que no!
Su respuesta fue tan rápida y vehemente que Hinata dio un paso atrás. Estaba indignado y lo demostraba apretando los puños.
—Tal vez he debido ser más concreta. Hay muchas cosas que un hombre y una mujer pueden hacer sin acostarse —añadió ella, alzando la barbilla, desafiante.
Sasuke se obligó a contar hasta diez. No podía perder los estribos en ese momento.
—Me doy cuenta de que tu visión de mi ausencia y la mía son muy distintas, pero puedo asegurarte que no he buscado la compañía de otras mujeres. —Con expresión más calmada, añadió—: He estado a solas con tus fotografías y mis recuerdos, Hinata. Han sido compañeros muy fríos, pero la única compañía que anhelaba era la tuya.
—¿No ha habido nadie más?
—Te he sido fiel en todo momento. Te lo juro por la memoria de Biwako.
El juramento los sorprendió a los dos. Al mirarlo a los ojos, Hinata no dudó de su sinceridad y suspiró aliviada.
Sasuke le cogió la mano con suavidad.
—Hay muchas cosas que debí haberte dicho. Te las diré ahora, si vienes conmigo.
—Prefiero quedarme aquí —susurró ella y su voz adquirió un tono inquietante en la penumbra.
—La Hinata que recuerdo odiaba la oscuridad. —Sasuke le soltó la mano—. Sakura está en Minnesota. Se reconcilió con su familia y ha conocido a otra persona. Acordamos que ya no le pasaría más dinero y nos deseó lo mejor.
—Te lo desearía a ti.
—No. Nos lo deseó a los dos. ¿No te das cuenta? Ella pensaba que seguíamos juntos y yo no le dije lo contrario, porque para mí siempre hemos seguido juntos.
Fue como si Sasuke hubiera cogido la flecha en pleno vuelo y le hubiera dado la vuelta, encarándola hacia Hinata. No le había dicho a Sakura que estaba libre, porque, en su mente, estaba comprometido. A ella le costaba admitirlo, pero la idea le iba calando.
—No hay nadie más. —Su voz sonaba sincera.
Hinata apartó la vista.
—¿Qué estabas haciendo delante de una cafetería cerrada, en plena noche?
—Armándome de valor para llamar a tu puerta —respondió él, dándole vueltas al aro de platino que llevaba en el dedo—. Tuve que convencer a Tenten para que me diera tu dirección. No fue fácil.
Hinata le miró el anillo.
—¿Por qué llevas un anillo de boda?
—¿Por qué crees que lo llevo?
Sasuke se lo quitó y se lo ofreció.
Ella no lo cogió.
—Lee la inscripción —le pidió él.
Insegura, Hinata cogió el anillo y, acercándolo a una de las velas, leyó:
Hinata, MI AMADA, ES MÍA Y YO SOY SUYO.
A ella se le hizo un nudo en la garganta. Rápidamente, le devolvió el anillo. Él se lo puso en el dedo sin decir nada.
—¿Se puede saber por qué llevas un anillo con mi nombre en él?
—Has dicho que no querías hablar —la reprendió Sasuke suavemente—. Pero ya que al parecer podemos hacer preguntas, ¿puedo preguntarte por Naruto?
Hinata se ruborizó y apartó la vista.
—Estaba en el lugar y el momento adecuados para recoger mis pedazos.
Él cerró los ojos y respiró hondo para no ceder a la tentación de decir algo mordaz, que sólo serviría para alejarla más.
—Perdóname —dijo, abriendo los ojos—. Este anillo tiene un compañero más pequeño. Los compré en Tiffany el día que compré el marco de plata para la ecografía de Sarada.
Sigo pensando que eres mi otra mitad. Mi bashert. A pesar de nuestra separación, en ningún momento se me ha pasado por la cabeza estar con otra mujer. Te he sido fiel desde que me dijiste quién eras, el octubre pasado.
De repente, a Hinata le costó mucho respirar.
—Sasuke, desapareces sin avisar, pasas meses en paradero desconocido y ahora, de pronto...
Él la miró comprensivo, deseando abrazarla, pero ella seguía manteniendo las distancias.
—No tenemos que hablarlo todo esta noche. Pero si puedes soportarlo, me gustaría que volviéramos a vernos mañana —le pidió él, con una mirada melancólica.
Ella levantó los ojos el tiempo justo para responder.
—De acuerdo.
Sasuke soltó el aire, aliviado.
—Bien. Mañana seguimos hablando pues. Que descanses.
Hinata asintió, abriendo la puerta de la casa. Al pasar por su lado, Sasuke se detuvo.
—¿Hinata?
Estaba muy cerca. Demasiado cerca. Ella levantó los ojos hacia él.
—¿Me permites que... te bese la mano? —le preguntó con timidez.
A Hinata le recordó a un niño pequeño.
Se lo permitió, pero al verlo inclinado ante ella, no pudo resistir el impulso de besarlo en la frente. De repente, Sasuke la rodeó con los brazos y la besó.
Aunque mientras la besaba le costaba pensar en nada más, se concentró en transmitirle con los labios y con todo su cuerpo que era sincero, que no la había traicionado, que la amaba. Cuando ella le devolvió el beso con la misma pasión, Sasuke gimió.
Con un esfuerzo de contención, interrumpió el beso con delicadeza. Cuando Hinata aflojó el abrazo, él le mordisqueó el labio inferior antes de besarla en ambas mejillas y en la punta de la nariz.
Al abrir los ojos, vio que el rostro de ella estaba embargado por varias emociones al mismo tiempo.
Le acarició el pelo húmedo y la miró con deseo.
—Te quiero.
Mientras se marchaba, Hinata permaneció en silencio.
El beso de Sasuke no la ayudó a mantenerse firme en su decisión, pero no se arrepentía de haberlo besado. Había sentido curiosidad por saber cómo sería después de tantos meses y la había sorprendido lo familiar que le había resultado. En segundos, conseguía que el pulso se le acelerara y que le costara respirar.
La amaba, no cabía duda. Lo había notado. Ni siquiera él, con todo su encanto y sus modales impecables, podía mentir con sus besos.
Le notaba algo distinto. Parecía menos salvaje, más vulnerable. Por supuesto, seguía perdiendo la paciencia de vez en cuando, y el profesor nunca se alejaba demasiado, pero Sasuke, su Sasuke, había cambiado. Lo que no sabía era cómo ni por qué.
A la mañana siguiente, la luz había vuelto y Hinata puso a cargar el móvil. Llamó a su jefe en Peet's y le dijo que no iría a trabajar ese fin de semana porque no se encontraba bien. Al hombre no le hizo ninguna gracia, ya que era el fin de semana del Cuatro de Julio, pero no podía hacer nada.
Después de una larga ducha —una ducha que pasó soñando con los labios de Sasuke y con recuerdos reprimidos de ambos juntos—, se sintió mucho mejor. Le envió un correo a Tenten, contándole que su hermano había vuelto y se le había declarado.
Una hora más tarde, sonó el teléfono. Pensó que sería Tenten, pero era Dante Alighieri en persona.
—¿Cómo has dormido? —le preguntó alegremente.
—Bien, ¿y tú?
Sasuke hizo una pausa.
—No tan bien como... Bueno, tolerablemente, supongo.
Hinata se echó a reír. Ése era el profesor que recordaba.
—Me gustaría enseñarte mi casa.
—¿Cómo? ¿Ahora?
—No hace falta que sea ahora, pero sí hoy, a ser posible. —Parecía estar esperando una negativa.
—¿Dónde está?
—En Foster Place, cerca de Longfellow's House. La situación es perfecta para estudiar en la Universidad de Harvard; no tanto para la Universidad de Boston.
Hinata frunció el cejo, confusa.
—Si no es cómoda para trabajar en Boston, ¿para qué la has comprado?
Sasuke carraspeó.
—Pensé que... quiero decir que esperaba que... —Las palabras le fallaban—. Es pequeña, pero tiene un jardín muy bonito. Me gustaría saber qué te parece. —Carraspeó otra vez y ella habría jurado que se estaba tirando del cuello de la camisa—. Siempre podría buscar otra.
Hinata no supo qué decir.
—Si has dormido bien, ¿hablarás conmigo?
Ella no recordaba haberlo oído nunca tan nervioso ni tan inseguro.
—Por supuesto, aunque no por teléfono.
—Tengo que pasar por la universidad para ver mi nuevo despacho, pero no me llevará mucho tiempo.
—No hay prisa —lo tranquilizó Hinata.
—Sí la hay —replicó él, con un susurro ardiente.
Ella suspiró.
—Iré esta tarde.
—Ven a cenar. Te pasaré a buscar a las seis y media.
—Iré sola. Tomaré un taxi. —Hinata interrumpió el silencio que siguió a sus palabras diciéndole que tenía que irse.
—Bien —replicó él, tenso—. Si prefieres venir en taxi, estás en tu derecho.
—Voy a mantener la mente abierta hasta que hayamos hablado. Te pido que hagas lo mismo —dijo ella en tono conciliador.
Sasuke no había perdido del todo las esperanzas, pero poco le faltaba. No estaba nada seguro de que Hinata fuera a perdonarlo. Y, aunque lo hiciera, el monstruo de los celos lo martirizaba. No sabía cómo reaccionaría si ella le confesaba que se había refugiado en Naruto en un momento de debilidad y se había acostado con él.
«¡Maldito follaángeles del demonio!»
—Por supuesto —dijo.
—Me ha sorprendido tu llamada. ¿Por qué no me llamaste antes?
—Es una larga historia.
—Seguro que sí. Nos veremos esta noche.
Hinata colgó, deseando escuchar esa historia.
Cuando Hinata llegó al nuevo hogar de Sasuke, se lo quedó mirando asombrada. Era una casa de madera de dos plantas, con una fachada sencilla, pintada de gris marengo con el borde exterior más oscuro. Casi no había jardín en la parte delantera; sólo un rectángulo asfaltado donde dejar el coche.
En un correo electrónico donde le daba la dirección exacta, Sasuke le había enviado un enlace a la página de la inmobiliaria en la que se veía la casa. El valor de la misma, construida antes de la segunda guerra mundial, superaba el millón de dólares. De hecho, la calle entera había sido un barrio de inmigrantes italianos que se habían construido unas casitas de dos plantas hacia 1920. En esos días, la calle estaba ocupada por jóvenes de buena familia, por profesores de Harvard y por Sasuke.
Mientras contemplaba la sobria elegancia del edificio, Hinata negó con la cabeza.
«Así que esto es lo que puedes conseguir con un millón de dólares en este vecindario.»
Al acercarse a la puerta, vio una nota manuscrita de Sasuke.
Hinata:
Por favor,reúnete conmigo en el jardín. S.
Hinata suspiró, porque de pronto fue consciente de que la noche que tenía por delante iba a ser muy difícil. Rodeó la casa y ahogó una exclamación al llegar al jardín trasero.
Todo estaba lleno de flores y arbustos. Había plantas acuáticas y setos de boj elegantemente recortados. En el centro distinguió lo que parecía la tienda de un sultán. A la derecha de la misma había una fuente con una estatua de Venus y bajo la fuente, un pequeño estanque con lo que parecían carpas rojas y blancas.
Hinata se acercó a la tienda y echó un vistazo al interior. Y lo que vio la entristeció.
Porque dentro había una cama cuadrada, exactamente igual al futón de terraza de la suite que habían compartido en Florencia. La suite donde habían hecho el amor por primera vez. La terraza donde él le había dado fresas con chocolate y donde habían bailado bajo las estrellas con música de Diana Krall. El futón donde habían hecho el amor a la mañana siguiente. Sasuke había tratado de reproducir todos los detalles, hasta las sábanas.
La voz de Frank Sinatra sonaba desde algún lugar cercano y en cada superficie plana había una vela. Lámparas marroquíes colgaban de cables que cruzaban el techo.
Era un escenario de cuento de hadas. Era Florencia y su huerto de manzanos y un cuento de las mil y una noches. Por desgracia para Sasuke, el extravagante gesto suscitaba una cuestión obvia: si había tenido el tiempo suficiente para preparar ese decorado perfecto, ¿no podía haber dedicado un momento a avisarla de que iba a volver?
Él la estaba observando con el corazón desbocado. Se moría de ganas de abrazarla y besarla, pero la rigidez de su espalda le indicó que Hinata no apreciaría sus caricias en ese momento. Así que se acercó cautelosamente.
—Buenas noches, Hinata —la saludó con un susurro suave como el terciopelo, inclinándose hacia ella desde atrás.
Hinata, que no lo había oído acercarse, se estremeció ligeramente. Sasuke le acarició los brazos arriba y abajo, teóricamente para quitarle el frío, aunque el gesto resultaba muy erótico.
—Bonita música —comentó ella, apartándose un poco.
Él le tendió la mano, en una muda invitación. Con cautela, Hinata colocó la mano sobre la suya. Sasuke le besó los nudillos antes de soltarla y mirarla de arriba abajo.
—Estás impresionante, como siempre.
Disfrutó de la visión de ella vestida con un sencillo vestido negro y una bailarinas asimismo negras, que contrastaban con sus piernas, pálidas pero bien torneadas. Al volverse hacia él, la brisa del atardecer le revolvió el pelo.
—Gracias.
Hinata esperaba que le hiciera algún comentario sobre los zapatos, ya que se había quedado mirándolos un poco más de lo que era educado hacer. Se había puesto zapatos planos porque eran más cómodos, pero también como una manera de reafirmar su independencia. Sabía que a Sasuke no le gustarían. Sin embargo, él sonrió.
Hinata se fijó entonces en que iba vestido más informalmente de lo que era habitual en él, con unos pantalones caqui, una camisa de lino blanca y una chaqueta, también de lino, azul marino. Aunque sin duda la sonrisa era su complemento más atractivo.
—La tienda es preciosa.
—¿Te ha gustado?
—Siempre me preguntas eso.
Su sonrisa perdió intensidad.
—Antes apreciabas que fuera un amante considerado.
Hinata apartó la vista.
—Ha sido un gesto muy bonito, pero habría preferido una llamada telefónica hace tres meses.
Pareció que Sasuke iba a decir algo, pero cambió de opinión.
—¿Dónde están mis modales? —murmuró y ofreciéndole el brazo, la acompañó hasta una mesa redonda, metálica, como las de restaurante, situada en un rincón del patio.
Estaba iluminada por lamparitas blancas que colgaban de las ramas de un arce cercano. Hinata se preguntó si habría contratado a un decorador para la ocasión. Sasuke le retiró la silla y la ayudó a sentarse. Entonces ella se fijó en que el centro de la mesa estaba hecho con enormes gerberas rojas y anaranjadas.
—¿Cómo has montado todo esto? —preguntó, desdoblando la servilleta y colocándosela sobre el regazo.
—Chiyo es una maravilla. Un modelo de la diligencia propia de Nueva Inglaterra.
Hinata lo miró curiosa, pero él no tuvo que explicarle nada, porque la mujer hizo su aparición para servir la cena.
El ama de llaves era chaparra y poco atractiva y llevaba el pelo canoso recogido en un severo moño. Sus ojos, grandes y oscuros, brillaban con una pizca de travesura.
Suponía que Sasuke le habría contado sus planes respecto a ella, al menos en parte.
A diferencia de la ambientación y de la música, que eran perfectas, la cena fue bastante sencilla para lo que Sasuke estaba acostumbrado: crema de langosta, una ensalada con pera, nueces y queso gorgonzola, mejillones al vapor con patatas fritas y, por último, una gloriosa tarta de arándanos con helado de limón ácido.
Sasuke le sirvió el champán, el mismo Veuve Cliquot que le había ofrecido la primera vez que cenó en su piso de Toronto. Aunque no había pasado ni un año, esa noche parecía muy lejana.
Durante la cena hablaron de temas seguros, como la boda de Tenten o la novia de Asuma y su hijo. Él le comentó las cosas que le gustaban de la casa y las que le disgustaban, prometiéndole enseñárselas más tarde. Ninguno de los dos tenía prisa por tocar temas más personales.
—¿Tú no bebes? —preguntó Hinata, al ver que se servía solo agua.
—Lo dejé.
Ella alzó las cejas, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque estaba bebiendo demasiado.
—Cuando estabas conmigo no bebías demasiado. Me juraste que no volverías a emborracharte.
—Precisamente.
Hinata lo miró con atención y vio que sus palabras escondían una experiencia desagradable.
—Pero te gustaba beber.
—Tengo una personalidad adictiva, Hinata, ya lo sabes —admitió, antes de cambiar de tema.
Cuando Chiyo les sirvió el postre, ambos intercambiaron una mirada cómplice.
—¿No hay tarta de chocolate esta noche?
—Non, mon ange —susurró Sasuke—. Aunque nada me gustaría más que alimentarte.
Ella sintió que se ruborizaba. Sabía que no era buena idea seguir por ese camino antes de haber hablado de todo lo que necesitaban aclarar, pero al ver la mirada ardiente que él le dirigía, dejó de parecerle importante.
—Me encantaría —dijo en voz baja.
Él sonrió como si el sol hubiera vuelto a iluminar la Tierra después de una larga ausencia. Con un rápido gesto, movió la silla y se sentó a su lado. Muy cerca. Tan cerca que Hinata sintió su aliento en el cuello y se estremeció.
Quitándole el tenedor de la mano, Sasuke cortó un trozo de tarta y una porción de helado y se los ofreció juntos.
Al ver el deseo en los ojos de ella, se olvidó de respirar.
—¿Qué pasa? —preguntó Hinata, alarmada.
—Casi había olvidado lo preciosa que eres.
Acariciándole la mejilla con la mano que tenía libre, llevó la tarta hasta sus labios.
Hinata cerró los ojos y abrió la boca y, en ese momento, Sasuke se sintió eufórico. Sí, era un detalle casi sin importancia, pero era una muestra de confianza y eso era lo que más necesitaba en ese momento. Una muestra de confianza que hizo que el corazón se le acelerara.
Al notar el contraste de sabores, Hinata gimió y abrió los ojos.
Sasuke no pudo seguir conteniéndose. Se inclinó hacia ella hasta que sus labios quedaron casi unidos y susurró:
—¿Puedo?
Cuando Hinata asintió, la besó. Ella era la luz y la dulzura, la amabilidad y la bondad, el objetivo de todas sus búsquedas en este mundo, el fuego y la fascinación. Pero no era suya y por eso la besó con delicadeza, como aquella primera vez en su huerto de manzanos, enredándole los dedos en el pelo. Luego se echó hacia atrás para verle la cara.
Un suspiro de satisfacción escapó de los labios de Hinata, rojos como los rubíes, mientras permanecía flotando, con los ojos cerrados.
—Te quiero —dijo Sasuke.
Ella abrió los ojos bruscamente. En su mirada se reflejaba una emoción intensa, pero no le devolvió las palabras.
Cuando hubieron terminado el postre, Sasuke sugirió que tomaran el café en la tienda y le dijo a Chiyo que no la necesitarían más.
La noche había caído sobre aquel rincón del edén y, como si del mismo Adán se tratase, Sasuke acompañó a una Eva ruborizada a su refugio.
Hinata se quitó los zapatos y se acurrucó en un rincón del futón, mordiéndose las uñas nerviosa, mientras Sasuke encendía las lámparas marroquíes.
Se tomó su tiempo para hacerlo, ajustando la intensidad de las lámparas hasta conseguir una luz suave y sugerente. Luego encendió varias velas en distintos rincones de la tienda y finalmente se tumbó en el futón, con la cabeza apoyada en las manos, para contemplarla a placer.
—Me gustaría que habláramos de lo que pasó —dijo ella.
Sasuke la escuchó con atención.
—Cuando apareciste frente a mi casa, no sabía si besarte o darte una bofetada — confesó en voz baja.
—¿Ah, no? —murmuró él.
—No hice ni una cosa ni la otra.
—No está en tu naturaleza ser vengativa. Ni cruel.
Tras respirar hondo, Hinata empezó a hablar. Le contó que le había roto el corazón al no responder a ninguno de sus mensajes. Le contó la sorpresa que se llevó al encontrar su piso vacío; la amabilidad de su vecino y de la profesora Senju. Le habló de sus sesiones con Hotaru.
Mientras lo hacía, Hinata daba vueltas a la cucharilla del café y no se dio cuenta de lo mucho que sus palabras estaban alterando a Sasuke.
Al mencionar cómo el libro de texto había acabado ignorado en la estantería, él maldijo a Naruto.
—No te permito que hables así de él —dijo Hinata, enfadada—. No es culpa suya que tú decidieras mandar tu mensaje en un libro de texto. ¿Por qué no elegiste un ejemplar de tu biblioteca? Tal vez así lo habría reconocido.
—Me habían ordenado que me mantuviera alejado de ti. Si hubiera dejado un libro de mi biblioteca personal, alguien se habría dado cuenta. Ya me arriesgué al usar ese libro y dejarlo en tu casillero de noche. —Resopló frustrado—. ¿No te dijo nada el título?
—¿Qué título?
—El matrimonio en la Edad Media: amor, sexo y lo sagrado.
—¿Y qué querías que me dijera? Que yo supiera, habías jugado conmigo como si fuera Eloísa y me habías abandonado. No tenía ninguna razón para creer otra cosa.
Sasuke se le acercó con los ojos en llamas.
—El libro era esa razón. El título, la foto del huerto, la imagen de san Francisco tratando de salvar a Guido da Montefeltro... —Hizo una agónica pausa cuando se le quebró la voz—. ¿Te habías olvidado de nuestra conversación en Belice? Te dije que iría al infierno a salvarte si fuera necesario. Y eso es lo que hice.
—No sabía que habías tratado de ponerte en contacto conmigo. No miré dentro del libro porque no sabía que me lo habías enviado tú. ¿Por qué no me llamaste?
—No podía hablar contigo —murmuró—. Me dijeron que te entrevistarían antes de que te graduaras y que descubrirían si había tratado de ponerme en contacto. Eres una mujer deliciosa, Hinata, pero pésima mintiendo. Tuve que conformarme con los mensajes en clave.
Ella no pudo ocultar su sorpresa.
—¿Sabías que me entrevistarían?
—Sabía muchas cosas, pero no podía contártelas. De eso se trataba.
—Tenten me dijo que no perdiera la fe, que no desesperara. Pero necesitaba oírlo de tu boca. La última noche que pasamos juntos, nos acostamos pero no me dijiste ni una palabra. ¿Qué iba a pensar?
No pudo contener las lágrimas por más tiempo, pero antes de que pudiera secárselas con la mano, Sasuke tiró de ella y la abrazó. Apretándola contra su pecho, la besó en la cabeza. Por alguna razón, al sentirse rodeada por sus fuertes brazos, lloró con más sentimiento. Él la acarició.
—Mi orgullo fue mi perdición. Pensé que podría cortejarte mientras eras mi alumna y salirme con la mía sin que hubiera consecuencias. Me equivoqué.
—Pensé que habías renunciado a mí a cambio de mantener tu trabajo —admitió ella, sin ocultar el dolor que había sentido durante esos interminables meses—. Cuando vi que te habías marchado de casa sin despedirte... ¿Por qué no me avisaste?
—No podía.
—¿Por qué no?
—Perdóname, Hinata. Te juro que no quería hacerte daño. Siento muchísimo todo por lo que has tenido que pasar. —La besó en la frente—. Tengo que contarte lo que pasó. Es una historia larga y sólo tú conoces el final.
Continuara…
